Cristo resucitado es nuestra esperanza, es fuente de Vida
eterna y siempre Nueva para nosotros
Por Él, sabemos que, verdaderamente, estamos llamados a la
vida para siempre. Y a una vida plena, porque Dios nos llama a participar de su
vida a través de Jesús, su Hijo, que se ha hecho nuestro hermano y vence a la
muerte.
Por eso, la Resurrección es el centro de nuestra fe. Y desde
esta alegría somos llamados a escuchar cada palabra de Jesús, intuyendo que es
palabra llena de Vida. Cristo resucitado, fuente de vida y alegría, es nuestra
referencia, cada día y en cada momento.
El mensaje del ángel a las santas mujeres nos dice que Él va
por delante de nosotros. Y nos envía a Galilea.
Galilea fue el lugar de la llamada, de la primera
predicación de Jesús. Somos llamados a recordar nuestra vocación; a retomar
nuestro camino de vida cristiana, sabiéndonos acompañados, precedidos, por la
gracia de Jesús. Y escuchar su palabra.
Galilea es el lugar de la vida cotidiana. Allí nos precede
Jesús, y somos invitados a ir descubriendo los signos de su presencia, de su
vida.
Hace ocho días, el Evangelio nos asomaba al sepulcro vacío,
testimonio de la Resurrección de Jesús. Hoy el Evangelio nos vuelve a llevar a “aquel día, el primero de la semana”. Que
conecta con el primer día de la Creación, “en
el principio” (Gn 1, 1. 5. Cuando
Dios creó la luz). Con la Resurrección de Jesús comienza una Nueva Creación y una nueva historia.
Y nos cuenta el encuentro de los discípulos con Jesús resucitado.
Ahora es cuando los discípulos constatan que Él es el Viviente, que vive por los
siglos de los siglos y es capaz de cerrar para siempre el paso a la muerte
y el abismo. (Apocalipsis, 1, 17-18). La experiencia que viven de Jesús (de su
gloria, su vida, su fuerza, su hermosura…) los llevará a comprender que es el
Hijo de Dios.
Sobre todo, ese encuentro los transforma a ellos. Jesús
llega a ellos aunque están “con las
puertas cerradas” llenos de miedo.
Y les comunica sus dones. Entre ellos, destaca la Paz (tres veces dice Jesús “Paz a vosotros”). Y la alegría. En este
relato, cada palabra tiene una profundidad que conecta con lo sobrenatural, con
Dios. Y esa paz y alegría son experiencia de plenitud, del sentido de todo… Es
experiencia de la vida de Dios dentro de ellos, que a partir de ese momento los
impulsará.
El Resucitado muestra las manos y el costado, e invitará a
Tomás a tocar sus llagas. Muestra así
que es el mismo Jesús que predicó en Galilea, y el que murió en la Cruz. Las llagas hablan de una relación entre la
Resurrección y la Cruz que tiene varias dimensiones y es profunda (va más allá
de lo que se puede explicar). La Resurrección de Jesús tiene relación con su
vida entregada. También con el sufrimiento humano que Jesús ha asumido en la
Cruz. El Resucitado lleva en sus manos las heridas de la Humanidad, y no
podemos llegar a Él sin acercarnos a los que sufren. Esas llagas que Jesús invita a Tomás a tocar tienen también relación con
las heridas de los propios discípulos (y con las nuestras): su desconcierto y
dolor, su miedo, el hecho de haber abandonado y negado a Jesús… Jesús no lo
pasa por alto. Lo sana en profundidad. “Sus
heridas nos han curado”, dirá Pedro (1 Pe 2, 24). Y los hará capaces de
pasar, como Jesús, curando a otros, como escuchamos en Los Hechos de los
Apóstoles (5, 16).
El Resucitado envía a los discípulos, los asocia a su propia
misión. Que subraya, precisamente, la reconciliación, el perdón. El encuentro
con Él es experiencia de su misericordia que sana, da vida y se transmite a
otros.
Toda esta experiencia y estos dones tienen que ver con el
Espíritu Santo, que Jesús comunica a los discípulos.
Pascua es tiempo del Espíritu. Somos invitados a pedirle a
Jesús su Espíritu, que nos guíe. Que nos ayude a encontrarnos con Él. Y también
a mirar, en sus manos, las llagas que
nos duelen. A descubrir cómo Él nos sana y renueva. El Evangelio de hoy termina
con una bienaventuranza para nosotros, los discípulos que no hemos visto, no hemos tenido una experiencia
tan intensa como la de aquellos primeros. En la humildad de nuestros caminos,
con sus ambigüedades y tropiezos, Él nos acompaña y nos comunica su Vida.
Lucas, en el relato que escuchamos en la Vigilia, y Juan, en
el que escuchamos el Domingo, recogen el desconcierto que provoca en los
discípulos la noticia del sepulcro vacío. El sepulcro vacío y esa sorpresa atestiguan
que la Resurrección aconteció realmente.
Y nos dice algo más: los discípulos han de vivir un proceso
de “conversión”, para abrirse a algo que desborda su capacidad de comprender y
que cambiará sus vidas definitivamente. El Resucitado es el mismo Jesús que les
enseñaba en Galilea. Lucas subraya esa identidad, y a la vez señala que los
discípulos no comprendían su anuncio de su muerte y resurrección. Porque,
aunque es el mismo Jesús, su Resurrección no es la vuelta a la vida que tenía
antes de morir. Es algo más grande, es una novedad que no cabe en palabras.
La Vida de Jesús Resucitado es vida que va más allá de la
muerte, que ha asumido la muerte y el dolor, que tiene que ver con el perdón y
la regeneración, con el amor misericordioso de Dios ofrecido a todos. Tiene que
ver con lo que Jesús ha vivido y enseñado, que tiene una hondura mayor de la
que percibían. Acoger al Resucitado significa ir entrando en esa hondura. Por
eso, el primero en “ver y creer” será
el discípulo amado (“el discípulo que
Jesús quiere”): el que ha apoyado su cabeza en el pecho del Señor y lo ha
seguido hasta la cruz…) será el primero en “ver
y creer”. Y las primeras testigos de la Resurrección serán Magdalena y las
mujeres que también estuvieron al pie de la cruz, madrugaron para ir en su
busca, y recordaron sus palabras. Es una búsqueda movida por el amor (“buscaré
al amor de mi alma” Ct 3, 2). Y una búsqueda como “ a tientas”,“cuando aún
estaba oscuro”, hasta que Él mismo las ilumina: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha
resucitado”.
Es todo un camino, un proceso, abrir el corazón a la Buena Noticia
y la presencia de Jesús, el Viviente. De ello nos hablan las cartas a los
Romanos (esta noche), y a los Colosenses (mañana), haciéndonos reflexionar
sobre lo que significa el bautismo, que renovamos en esta noche: nos unimos a
Cristo, para siempre. Entramos en un camino que significa “morir al hombre viejo” (el ser humano encerrado en su propio
egoísmo y soberbia). “Para que, lo mismo
que Cristo resucitó … así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rom
6,4). En consecuencia, “si habéis
resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo”. (Col
3, 1) Las que Él nos enseña.
Los relatos evangélicos de la Resurrección hablan de algo que trasciende los conceptos y las categorías de nuestro pensamiento: de algo que no cabe en palabras. Por eso, como el lenguaje de los místicos, recurren a símbolos, a imágenes que nos invitan a ponernos en camino, como a Pedro y Juan, hacia la experiencia de la Resurrección y la fe.
Un elemento que todos transmiten es la dificultad de aquellas discípulas y discípulos (los primeros testigos son las mujeres que acompañaron a Jesús en la cruz. Y esto es significativo), la dificultad para creer y comprender. En todos ellos hay un desconcierto, como en Magdalena, un primer momento en que lo que están descubriendo sobrepasa su capacidad de entender, un momento de vacilación. Y un camino.
Un camino que se emprende madrugando, y en oscuridad. Una oscuridad que aludíamos al celebrar la Vigilia Pascual en la noche. Una oscuridad como la que envolvía al mundo al principio del Primer día de la Creación. Y es que con la Resurrección de Jesús comienza una Nueva Creación. Nueva Creación que empieza en los creyentes: de hecho, y aunque todos los evangelios hablan del sepulcro vacío, el signo más claro de la Resurrección, para el mundo, fue y sigue siendo la renovación de los que se encuentran con Él: la vida que los llena, y que se manifiesta como alegría, capacidad de compartir, audacia y liberación de temores, capacidad de comprender la palabra de Jesús y vivirla... los dones del Espíritu. Desde nuestro corazón y nuestra vida, Dios quiere ir, pacientemente, renovando la sociedad y el mundo entero.
Un camino personal. El primer anuncio ha sido "un no sé qué que quedan balbuciendo" (como cantaba Juan de la Cruz). Magdalena anuncia apenas que Jesús no está en el sepulcro, sin saber dar razón. Movidos por la inquietud, Pedro y el discípulo amado se ponen en marcha, como antes lo había hecho ella. Juan nos deja ahí el detalle de que el discípulo que Jesús ama es el más rápido, y también una nota con sabor a comunidad: aunque llega antes, entra con Pedro. Tal vez eso es determinante para alcanzar a comprender los signos (los lienzos "vacíos" porque el cuerpo de Jesús no ha sido llevado, sino que los ha dejado; el sudario, signo de muerte, aparte), y creer. El encuentro con el Resucitado es un camino de conversión (dejar atrás prejuicios y ataduras, volvernos hacia Jesús, abrirnos a su Espíritu), personal y a la vez hecho en comunidad.
Un "camino a Galilea". El Evangelio de la Vigilia, de Marcos, nos envía allí, recordando las palabras de Jesús, en la Última Cena, cuando anunciaba también la dispersión y escándalo de los discípulos ante el arresto y la cruz del Maestro. Galilea es el lugar donde comenzó Jesús su predicación, como hoy recuerda Pedro en los Hechos de los Apóstoles; el lugar donde llamó a los discípulos, donde comenzó su misión, "haciendo el bien y curando a los oprimidos". Es también el lugar de la vida cotidiana, donde tenían su trabajo y sus familias.
Y es que, aunque este Domingo se nos ha convertido en "el final de la Semana Santa", es el Primer Día. Aquí comienza todo. Es como el "kilómetro cero", el punto de referencia de toda nuestra vida. Somos invitados a recomenzar nuestro seguimiento, a encontrarlo, vivo, en nuestra vida cotidiana. A descubrir con Él "los bienes de allá arriba" (los que Él puso encima, con sus actitudes y sus palabras, distintos a los del mundo). A una Vida Nueva que, de momento, tal vez no resplandece enseguida, porque "está escondida con Cristo en Dios"(Col 3, 1-4), pero va germinando, como una primavera del Espíritu, en el corazón del discípulo.
Comenzamos el Triduo Pascual, la celebración de la Pascua del Señor, el centro de nuestra vida como cristianos
La celebración de la Cena del Señor, donde se manifiesta su amor hasta el extremo, nos ofrece el sentido de lo que vamos a vivir en estos días, La muerte de Cristo en la Cruz es la expresión final y definitiva de esa entrega, que ha ido derramándose a lo largo de toda su vida, en favor de todos. Y la Resurrección manifiesta cómo esta entrega de Cristo, que baja hasta los abismos humanos del dolor, del fracaso y de la muerte, y que carga con nuestra historia de pecado, vence a la muerte y abre para nosotros la puerta de una nueva vida, la de Dios.
Jesús ha vivido desde el amor del Padre y para transmitir y manifestar ese amor a todos. Por fidelidad a ese amor (amor que el mundo rechaza por su propia autenticidad, por ese "ser para todos" y no plegarse a los intereses, las manipulaciones y parcialidades de unos y otros), Jesús entrega su vida. Y en esa Cena, sabiendo que uno de los que comparten su mesa lo va a traicionar, y que todos lo van a abandonar, elige amar hasta el extremo, y entregarse a sus discípulos. Lo hace con un gesto de servicio humilde (propio de siervos). Y entregándonos toda su persona, su vida, su experiencia del Padre, su realidad, como alimento para que podamos llegar a asimilarlo.
Pablo, en el primer relato escrito que tenemos de aquella Cena, nos transmite las palabras de Jesús: "Haced esto en memoria mía". La Eucaristía que celebramos cada domingo y cada día es como la punta del iceberg, o la clave de bóveda, de esa memoria de Jesús. Una señal viva, llena de su Presencia y de su Espíritu, que nos conduce a ir viviendo en memoria suya, a recordar, a llevar siempre en el corazón su amor -el amor de Dios que acompaña y hace preciosa la vida de cada uno de nosotros-, a ir convirtiendo nuestra propia vida en memoria de su entrega, de su disposición a servir con humildad.
En esta mañana de Pascua ("aquel mismo día": porque Jesús es presente, es presencia viva que acompaña Jn 11, 25), Lucas nos invita a ponernos en camino, con aquellos dos discípulos, cuya experiencia evoca lo que vivió la primera comunidad cristiana; y lo que, sin darnos apenas cuenta, porque nuestros ojos también están velados (Lc 24, 16), se nos ofrece a vivir.
Jesús sale a paso de su (nuestro) camino. Ellos estaban "de vuelta" (en todos los sentidos). Desanimados, derrotados. Sus ojos son incapaces de reconocer a Jesús, de manera parecida a como son incapaces de reconocer lo que significa el sepulcro vacío, y de comprender el testimonio de las mujeres. Pero Jesús se acerca. Incluso ante su primera reacción es desabrida ("¿eres tú el único que no sabe...?"), se pone a la escucha de su desencanto, sus lamentos, sus esperanzas frustradas... Dios escucha, e invita a que le hablemos de nuestros sentimientos, inquietudes...
Y en esa conversación, toma la palabra. Una palabra audaz, capaz de sacudir su ofuscamiento (en 1 Cor 15, 34 Pablo habla de algo parecido). Una palabra que ayuda a ver la historia vivida desde otra perspectiva, la de Dios que abre camino de salvación de una manera diferente ("era necesario..."). Jesús guía una nueva lectura de la Escritura, que ilumina lo que están viviendo, y enciende su corazón. Es lo que hizo con las primeras comunidades cristianas, que comprenden y resitúan lo que hoy llamamos Antiguo Testamento, desde Jesús. Es lo que sigue haciendo, cuando nos acercamos a la Escritura para leer, desde ella, nuestra vida.
"Lo reconocieron en la fracción del pan". El relato culmina en ese momento en que reconocen, en el gesto de partir el pan, a ese Jesús que ha partido y compartido su vida con ellos y por ellos. "Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron".
La expresión recuerda a la del Génesis, cuando "se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos" (Gn 3,7). Pero ahora todo es nuevo y de otra manera: la conciencia de la propia pobreza e indignidad, está iluminada por aquél que ha vencido al pecado y la muerte y nos sana, aquél que nos muestra la misericordia victoriosa de Dios. Por eso, en lugar de un camino de destierro y penalidades, el camino que se abre aquí es de gozo, de vida, un retorno a Jerusalén y a la comunidad.
La Eucaristía se muestra como momento de reconocimiento de la presencia de Jesús. Un reconocimiento que tiene relación con la hospitalidad y el compartir ("quédate con nosotros"). Y con la comunidad, a la que vuelven aquellos discípulos para compartir el testimonio del resucitado (y vuelven de noche, pues han reconocido a Jesús en la cena, pero ni la noche les impide el camino). De algún modo, todo ese camino es como una Eucaristía, en la que han escuchado a Jesús explicarles las Escrituras, y han podido descubrir la presencia de Él en sus (nuestras) vidas.
Una presencia que no se puede agarrar: "lo reconocieron. Pero él desapareció"; y a la vez, se dan cuenta de que sus corazones ardían cuando les hablaba por el camino. Antes, nos ha dicho que "entró para quedarse". Es esa presencia misteriosa que no podemos asir, controlar. Pero que nos llena de esperanza y nos guía por el camino.
Hoy celebramos la fiesta más importante. Cristo resucitado es el centro y la fuente de nuestra fe. Su victoria sobre la muerte y el mal son el fundamento de nuestra esperanza. Su presencia es la que congrega la Iglesia. Su fuerza, la fuerza del Espíritu, es la que impulsa nuestras vidas.
Hablar de la Resurrección de Cristo es hablar de un acontecimiento que está en el centro de la historia, y a la vez va más allá de cuanto se puede narrar. Los evangelistas usan un lenguaje simbólico para hablar de la experiencia de encuentro con Cristo que vivieron los discípulos, una experiencia difícil de poner en palabras, de reducir a los esquemas de nuestro pensamiento, a la vez que una experiencia profundamente real, que, de hecho, transformó totalmente sus vidas, ahora contagiadas de esa luz, fuerza y vida nueva del Resucitado.
Se nos irá hablando, así, de búsqueda, de encuentros, de dificultad para reconocer... El encuentro con el Resucitado es también, para los discípulos, una experiencia de conversión: ahora es cuando cambian su forma de enfocar la vida, su escala de valores y sus actitudes, toda su vida se recompone desde el encuentro con Jesús. Y eso implica un proceso de comprender, abrir los ojos, hacer camino... La resurrección se presenta como acontecimiento luminoso como un relámpago, con fuerza para transformar la vida... pero a la vez, y como todo lo de Dios, como algo que se ofrece, no se impone; y que, por tanto, en nosotros significa dar pasos, hacer proceso.
El anuncio del ángel que escuchábamos ayer en la Vigilia, envía a los discípulos a Galilea ("ha resucitado de entre los muertos, y va delante de vosotros a Galilea"). Y sobre ello vuelve el mismo Jesús, que sale a su encuentro: "Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán". Esa Galilea es el lugar de la vida cotidiana. También, el lugar de la primera predicación de Jesús, donde (en palabras de Pedro, Hch 10,37) comenzó todo. Ahí se nos envía, para encontrarnos con El. El va delante de nosotros: delante de nuestros esfuerzos, de nuestras iniciativas, de nuestro construir comunidad, de nuestras búsquedas. Abriéndonos camino. Sigámosle, para encontrarnos con El.
Entramos en la celebración de la Pascua. Las lecturas de hoy nos hablan del sentido de la muerte y resurrección del Señor, que vamos a contemplar en estos días. Muerte (no lo olvidemos) que es consecuencia y culminación de su vida, y Resurrección que es fuente de Vida Nueva para nosotros. Conectan esta muerte y resurrección con la Pascua judía, que es memoria del paso salvador de Dios, que libera a su pueblo, y afianza su relación con él a través de un pacto, una alianza. En Pascua, de hecho, tuvo lugar la muerte y resurrección de Jesús. Sobre todo, es que la Pascua judía se convierte en anuncio de la de Jesús: su muerte y resurrección son el paso definitivo de Dios por nuestra historia, que nos libera y salva.
Y por otro lado, conectan la Pascua con la Eucaristía que celebramos a diario; y que, cada día, remite nuestras vidas a la vida, muerte y resurrección de Jesús, y fortalece nuestra relación personal (alianza) con Él. Para que su salvación, su vida, vaya impregnando y transformando nuestra vida.
El texto de la Carta a los Corintios que escuchamos hoy, es el relato más antiguo de la Última Cena de Jesús. Nos transmite el gesto de Jesús con el pan y el vino. Y Juan nos presenta otro gesto, el lavatorio, que nos ayuda a comprender el sentido de la muerte de Jesús, y también el sentido de la Iglesia, como comunidad que Jesús funda, y de la Eucaristía. Las primeras palabras del relato de Juan revisten de solemnidad este gesto: el lavatorio expresa el sentido de la vida y misión de Jesús (que, el domingo pasado, Pablo nos presentaba como un camino de entrega y humildad: por nosotros "se despojó de si mismo... hasta la muerte". Flp 2, 6-11), y revela el sentido de su muerte, que manifestará la gloria de Dios, su amor que está por encima de todo, y que ha de vencer a la muerte y al mal.
Una solemnidad que contrasta con la humildad, con la escandalosa humillación del gesto que Jesús hace (un gesto de servicio relegado a los esclavos). Como será también escandalosa la humillación de su muerte en la cruz. El amor que Jesús enseña no tiene límites, implica asumir lo que no entraría en un plan. Sólo el amor puede afrontar lo imprevisible, y la realidad humana, con sus limitaciones y heridas.
Juan nos dice que Jesús "se ciñe" para realizar este gesto, y vuelve a aludir después al paño que Jesús lleva ceñido. Lo que Jesús está haciendo no es casual. Jesús se ciñe, como el luchador para el combate, o como el pueblo para el Éxodo (en la primera lectura) para el camino de liberación que emprende. De hecho, Jesús se ciñe a la voluntad del Padre, a su amor a toda la humanidad, y afronta así su muerte ya próxima. Esa muerte, que iba a ser una injusticia, un abuso, un plan trazado por otros para eliminarlo, es algo que Jesús asume conscientemente, y lo convierte en entrega, y en vida.
Juan subraya la iniciativa de Jesús. En el Éxodo se ceñía el pueblo, aquí es Jesús quien se ciñe. Donde cabía esperar que los discípulos sirvieran, es Jesús quien sirve. Aunque todos fallen (Pedro que, a pesar de sus promesas, negará a Jesús; Judas, que lo traicionará), Jesús lleva adelante su misión, y ante ese panorama desolador de traiciones y debilidades, manifiesta su amor hasta el extremo. El amor es más fuerte. El amor de Jesús es el fundamento firme de todo.
Es preciso dejarse lavar por Él. Es preciso tener la humildad de reconocer su iniciativa, y acogerla. Tomar conciencia de este amor con el que Dios se pone a nuestros pies. En la medida en que llegamos a conocer este amor, a dejarnos rehacer por él, es él quien puede hacernos comprender, impulsarnos.
Y esto pasa por la comunidad. Comunidad que se ha de construir desde el amor y la humildad. Que vamos aprendiendo a construir día a día, al estilo de Jesús, haciendo el esfuerzo de servirnos unos a otros, y de dejarnos lavar unos por otros.
Entramos en la Pascua. Para que Dios nos ayude a dar pasos, a entrar en la Vida Nueva que nos ofrece.
El Evangelio cuenta el tercer encuentro de Jesús resucitado con los discípulos (Jn 21, 14). La narración está llena de alusiones a otros pasajes del Evangelio (la pesca milagrosa en que Jesús llamó a Pedro, la larga noche del juicio y las negaciones...) y de referencias a la vida de la comunidad cristiana, que nos alcanzan a nosotros. Juan nos invita a embarcarnos con él (Jn 21, 3) en un relato, que es el de una comunidad que, desde sus pobrezas y sus noches, amanece al encuentro con el Señor.
Al leer el relato con atención (dejándonos interpelar) podremos, tal vez, reconocernos en esos discípulos que conocen la experiencia de jornadas de trabajo sin fruto, de noches de vacío, en la que Dios parece estar ausente, o parece que hemos perdido su rastro, y no se percibe su recuerdo vivo (llama la atención, en los primeros versos, esa "vuelta a la vida cotidiana" de los discípulos, como si nada hubiera pasado, como si nada hubiera cambiado en sus vidas). Y comprender así que es con Él que llega el amanecer, y el trabajo, perseverante, se llena de frutos, y la Iglesia se hace red capaz de acoger y salvar a muchos, sin romperse.
Una vez más, destacan Pedro y "el discípulo que Jesús quería" (Jn 21,7). Omite su nombre, tal vez para subrayar la experiencia de amor y de identificación con Jesús, lo que él quiere en sus discípulos. Es el discípulo capaz de reconocer al Señor, de intuir su presencia, y compartirla. Pedro, por su parte, sabe que está desnudo (Ap 3, 17. Como Adán tras la caída. Gn 3,7). Pero, en vez de esconderse, se dirige a Jesús. Ya no pretende andar sobre las aguas (Mt 14, 22), sino que se ata la túnica (como Jesús se ciñó para lavar los pies de los discípulos Jn 13,4) y se lanza al agua, y después trae la red a la orilla.
Una vez más, el encuentro es comida con el Señor, Eucaristía en la que Él hace sentir su presencia y enseña. Y reconcilia. El diálogo último, de Jesús con Pedro, baja hasta las heridas que dejaron las tres negaciones, para sanarlas, para renovar la llamada al seguimiento y el encargo de la comunidad. Jesús invita a un amor total (agapaô); Pedro responde con un sí consciente de que su amor es mucho más pobre (phileô, es la palabra que usa aquí el evangelio). Y Jesús baja hasta su nivel, y por otra parte, le indica el camino del amor: la entrega del Buen Pastor a la comunidad, que es cuidar y apacentar. Y le anuncia que ese amor llegará a ser capacidad de dar la vida.
La última palabra de hoy, la última que pronuncia Jesús en el Evangelio, es "Sígueme" (Jn 21,19).
Los relatos evangélicos del encuentro con el Resucitado intentan describir algo que no cabe en palabras, que desborda nuestros conceptos; algo que es profundamente real y, a la vez, abre toda nuestra realidad a otra dimensión. Están, por ello, llenos de detalles simbólicos, de pistas para nuevas lecturas. Son puentes que nos acercan al encuentro con Cristo Resucitado.
Un encuentro que se realiza en la fe. La historia de Tomás nos conduce a una bienaventuranza: "Dichosos los que crean sin haber visto". Tomás también confiesa lo que está más allá de lo visible: el señorío y la divinidad de Jesús. No se cuenta si llegó a tocar las llagas de Jesús, como antes exigía. Más bien parece que el encuentro con Él lo sorprende de tal modo que le hace olvidar aquellas exigencias.
Este relato nos invita a preguntarnos sobre las condiciones que ponemos para "ver" al Señor, para reconocer su presencia en nuestras vidas. Tal vez Él se está haciendo presente y nos invita a descubrirle donde no esperábamos, o de la manera que no pensábamos.
Nos habla también de la comunidad. Tomás se encuentra con Jesús porque, a pesar de sus dudas, permanece con los demás discípulos que, cada ocho días, se están encontrando, a la hora de la Cena, con el Señor, el que se deja reconocer "en la fracción del pan" (Lc 24, 35). La Eucaristía dominical es encuentro con Cristo resucitado, que se hace misteriosamente presente.
Nos habla de paz y reconciliación, unas realidades tan necesarias hoy. Jesús repite por tres veces el saludo "Paz a vosotros", y su palabra llena de alegría el corazón. Por otra parte, se identifica mostrando las marcas de la Pasión, que lo siguen uniendo a tantos llagados y crucificados que hay en el mundo. Y, con el Espíritu, entrega a la comunidad una misión de reconciliación, de perdón.
Y nos invita a mirar más allá de lo escrito. Los últimos versículos del texto, son un primer final del Evangelio de Juan. Nos recuerda que se ha escrito, no meramente para informarnos, sino para que en Cristo encontremos vida. Y nos advierte que Jesús hizo "muchos otros signos" que no están escritos. En el segundo final (Jn 21, 25) insiste en que "si se escribieran uno por uno, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros". Es que Jesús sigue vivo, obrando en sus discípulos. El relato de Hch 5, 12-16 nos invita a descubrir su presencia en la primera comunidad cristiana, que participa de la capacidad sanadora de Jesús ("el que cree en mí hará también las obras que yo hago" Jn, 14, 12), derramando su misericordia como lluvia de vida.
La Resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fe, de toda vida cristiana. Es desde ella desde contemplamos la muerte de Jesús en la cruz y la Última Cena. De otro modo, esos acontecimientos serían admirables, conmovedores... pero no traerían salvación, no cambiarían las cosas. Si Cristo hubiera terminado definitivamente en la cruz, habrían conseguido su objetivo quienes lo mataron y los motivos y medios que usaron (el odio, la manipulación, la injusticia, las divisiones y enfrentamientos).
La Resurrección lo cambia todo. Es un cambio tan radical que a los discípulos les cuesta asimilarlo. Los relatos evangélicos transmiten esta dificultad que tienen los discípulos para descubrir el sepulcro vacío como señal de la Resurrección, para comprender y acoger el anuncio de los ángeles, y el testimonio de las primeras testigos, e incluso para reconocer a Jesús, aunque lo tengan ante su vista. Esta dificultad, por una parte, prueba la verdad de su experiencia. El anuncio de la Resurrección no es la invención de unos discípulos entusiasmados o exaltados. Es el testimonio de unas mujeres y hombres que vivieron un encuentro inesperado, desconcertante, que a ellos mismos les costó asumir.
El Evangelio, entre líneas, nos habla de un proceso de conversión, en ese ir y venir al sepulcro, como también en esa conversación entre aquellos dos discípulos que estaban "de vuelta de todo", camino de Emaús. Un ir abriéndose a comprender, que pasa por creer (y el discípulo que Jesús quiere avanza más rápido, aunque espera a Pedro, y es el que ve y cree). Jesús resucitado se les hace presente de forma sorprendente, y a la vez respeta su libertad, no se impone. De hecho, Mateo nos informa de que algunos de los más cercanos a los hechos (los guardias del sepulcro, y los sumos sacerdotes), prefirieron negarlo. En ese proceso de encuentro con el Resucitado, los discípulos no sólo acogen la noticia de que Él ha resucitado, sino que van, ellos mismos, creciendo, transformándose. Cristo resucitado les transmite su Espíritu, que va sanando sus miedos e incapacidades, desarrollando su corazón y su mente, haciéndoles capaces de "sintonizar" con Jesús. Son los mismos discípulos que antes seguían a Jesús sin comprenderlo, sin asumir sus propuestas (y algunas de esas dificultades seguirán apuntando después, porque esto es un proceso de toda la vida, no un cambio "mágico"), pero ahora entienden la palabra y la vida de Jesús, van asimilando sus actitudes, participan de su amor, de su valor, de su paz, son capaces de obrar como Él.
Iniciamos el tiempo de Pascua, más amplio aún de lo que ha sido la Cuaresma, para celebrar la Resurrección y para ir abriéndonos a ella: comprender lo que significa para nosotros ("buscad los bienes de allá arriba, dice San Pablo. Que no es evadirse de la realidad, sino vivirla con la perspectiva de Dios: y así en otros textos hablará de actitudes cotidianas de compasión, comprensión mutua..."). Abrirnos al Espíritu Santo, para que nos vaya introduciendo, como a aquellos primeros discípulos, en la Vida Nueva de Jesús Resucitado.
Nos disponemos a celebrar el Triduo Pascual: la muerte, sepultura y Resurrección del Señor. El Jueves Santo recoge el sentido de toda esta celebración, que se hace presente en cada Eucaristía.
Jesús, sabiendo que está a punto de ser arrestado, celebra la Pascua definitiva con sus discípulos. La Pascua (= Paso) comenzó siendo una fiesta de paso del invierno a la primavera. Cuando los hebreos salieron de Egipto, se convirtió en la fiesta del paso de la esclavitud a la libertad, a convertirse en Pueblo de Dios. Ahora, con Jesús, va a ser el paso de la muerte a la vida, con una alianza nueva, y eterna, entre Dios y la humanidad: la que el Hijo de Dios realiza entregando su vida por nosotros, compartiendo nuestra muerte, para que nosotros podamos compartir su Vida.
En la mesa de la Última Cena, Jesús entrega a los suyos lo que ha sido su vida: su experiencia del amor del Padre, su misericordia por toda la humanidad, su entrega por ese amor, en la que se recogen todos sus hechos y sus palabras. En el pan y el vino, que San Pablo recuerda en la carta a los Corintios (1 Cor 11, 23-26), Jesús pone su persona (su cuerpo) y su vida (su sangre). Y así, por la fuerza del Espíritu Santo, del mismo Espíritu que lo acompañó y que ha transmitido a su Iglesia, en la Eucaristía lo recibimos a Él, recibimos su presencia viva.
El gesto del lavatorio de los pies expone lo que significa ese amor que mueve a Jesús: capacidad de servicio, humildad, entrega.
Acogemos estos gestos, que fundan la Iglesia, para vivirlos, para ir aprendiendo a vivir como Jesús, y unidos a Él: "os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" (Jn 13, 15). O, como recordamos cada día en Misa: "Haced esto en memoria mía".
Un detalle más llama la atención: la Acción de Gracias que Jesús pronuncia. Era, ciertamente, uno de los ritos de la cena pascual. Pero el hecho de estar recogida en los relatos evangélicos y en el de Pablo indica que está llena de significado. Por un lado, esa acción de gracias era confesión de toda la obra salvadora de Dios, que precisamente se completa en Jesús. Por otra parte, conocemos el contexto, que Juan vuelve a recordar: Jesús sabe lo que viene sobre Él, como sabe también que uno de los suyos lo va a entregar y que los demás van a abandonarlo. Y, en estas circunstancias, Él ama hasta el extremo; y recoge y renueva la Acción de Gracias que expresaba la fe del pueblo de Dios. Tal vez el Evangelio nos invita a asomarnos a la profundidad de la mirada de Jesús: en medio de una trama que está urdida con miserias y debilidades, y que va a llevarlo a la cruz, Él descubre la presencia del Padre ("el que me envió está conmigo, no me ha dejado solo" Jn 8, 29), su amor, que va a salvarnos a todos, a cada uno de nosotros; un amor y una obra salvadora que da sentido a todo ese sufrimiento y redime toda esa pobreza. También nos entrega esto, para que lo vivamos.
El Evangelio nos habla de preparativos. Judas se pone de
acuerdo con las autoridades judías, y buscan ocasión para prender a Jesús. Los
discípulos se disponen a preparar la fiesta de Pascua. Jesús también se prepara: sabe que llega su hora, que esta
Pascua es definitiva.
Envía a los discípulos a una casa. Ha quedado en el anonimato su dueño. Alguien dispuesto a abrir su casa para acoger a Jesús y a sus discípulos. Su
hogar será el lugar donde Cristo revela a los suyos el sentido de su misión y de
su muerte, donde pone toda su vida y su persona en manos de
sus discípulos, antes de entregarla en la cruz. De alguna manera, en esa casa
nace la Iglesia.
Esa noche, Jesús anuncia que será entregado por uno de los suyos. Han compartido caminos, encuentros con multitudes, acontecimientos
asombrosos y también momentos amargos; y están sentados a una mesa en la que
Jesús comparte lo más íntimo y valioso… Pero hay un camino que
cada uno recorre por sí mismo.
El anuncio de Jesús sacude a los discípulos. Les mueve a
preguntarse cómo se van a situar ante Él. Y se preguntan, porque no están seguros:
a veces, terminamos haciendo lo que no pensábamos; a veces, sin darnos casi
cuenta, nos vamos dejando arrastrar por las circunstancias, las presiones, por
tantas cosas…
Con todo, la respuesta está en cada uno, como sugiere Jesús
a Judas.
¿Seré yo…? ¿Seré
yo quien te traicione, quien te cambie por otros intereses, quien pierda tu
camino…?
¿Seré yo, tal vez,
quien te siga, quien comprenda tu palabra y tu entrega y pueda vivirla?
La casa en la que Jesús va a celebrar la Pascua puede ser la tuya. ¿Cómo vas a preparar esta Pascua?
¿Qué momentos vas a preparar para estar con Jesús, para
ponerte a la escucha de su Palabra, para contemplarlo? ¿Cómo vas a preparar esos momentos? ¿De qué quieres hablar con Jesús, en estos días? ¿Qué necesita, en ti, dar pasos nuevos? Lo que vamos a celebrar, ¿qué tiene que ver con tu vida?
Y esta preparación personal, también puede pasar por los
otros. ¿Necesitas reconciliarte con alguien para renovar la fraternidad? ¿Es,
tal vez, tiempo oportuno para acercarte a alguien que sufre y necesita una
presencia amiga? ¿Tal vez estos días son momento para hablar con alguien,
buscando consejo sobre lo que estás viviendo…?
El Domingo de Ramos nos introduce en la Pascua que vamos a celebrar en esta semana. El tercer canto del Siervo de Yahveh, de Isaías (Is 50, 4-17) nos va acercando al misterio del enviado de Dios que va a salvar pasando por el sufrimiento y la humillación. Por su parte, la carta a los Filipenses (Flp 2, 6-11) nos ofrece un himno que resume la misión y la vida entera del Hijo de Dios como un camino de solidaridad con los hombres, un camino de abajamiento (kénosis), obediencia y servicio. Éste es el camino de la gloria de Dios. La gloria que, extrañamente, reconoce el centurión romano que asiste a la ejecución de Jesús.
El relato de la Pasión, en los cuatro evangelios, es un relato denso, lleno de contenido, y a la vez conciso. Permite ver e imaginar los sufrimientos de Jesús, pero no abunda en ellos. Prefiere apuntar detalles que nos hablan de la salvación que esta vida entregada nos ofrece, del misterio de Dios que se revela, veladamente (valga la paradoja) en Jesús, el Maestro que muere despreciado, desautorizado, condenado. Y aun así, prometiendo vida y llamando a conversión. Lucas subraya la misericordia de Jesús y refiere con toda claridad la confianza en el Padre que Jesús vive hasta su último aliento (confianza que, de forma un poco más oscura, refieren Mateo y Marcos al recordarlo orando con el salmo 21). Vale la pena leerlo y contemplarlo despacio, dejándonos interpelar.
Entramos con Jesús en Jerusalén. El Evangelio nos invita a entrar. A no quedarnos como meros espectadores. Llama la atención esa multitud que un día aclama entusiasmada, y otro condena, fácil de manipular porque le faltan raíces (Mt 13, 6). Incluso a los discípulos les cuesta alcanzar el sentido de lo que están viviendo, y se pierden en discusiones durante la Cena o se duermen en el Huerto. También a nosotros nos cuesta entrar en este Misterio, cuyo relato conocemos "de memoria", pero cuya profundidad nos sobrepasa. No nos quedemos en la superficie, en folclores, en sentimientos de un momento, en costumbres. Al celebrar la Pascua, cada año, (al celebrarla este año, con lo que estamos viviendo ahora), renovamos nuestro bautismo, que nos vincula, vitalmente, a Cristo muerto y resucitado. Para descubrir que su muerte acompaña y sana nuestras heridas, y su Resurrección va abre nuestra existencia a nuevas, dimensiones que son anticipos de una Vida incontenible.
La lectura del Génesis (15, 5-18) y el Evangelio nos narran experiencias intensas del misterio de Dios. En la primera, Dios se revela a Abraham y, usando las formas y ritos de los pactos de entonces, se compromete en alianza con él, prometiéndole una tierra y una descendencia.
Por su parte, la escena que Lucas nos presenta acontece "ocho días después" (Lc 9, 28) de que Jesús haya anunciado a los discípulos su Pasión en Jerusalén, y haya dicho "si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga" (Lc 9, 22-23). En la Transfiguración, se revela a los discípulos, por un momento, la luz interior que tiene ese camino de Jesús, que se les presentaba oscuro e incierto. Es un atisbo de la luz de la Resurrección, que ellos aún no comprenden, y por eso guardan en silencio. En esta manifestación, la próxima muerte (éxodo, dice Lucas) de Jesús está también presente, es el "tema" de la conversación que tienen con Jesús Moisés y Elías, que aquí vienen a resumir la Ley y los Profetas: toda la Revelación anterior de Dios (también la alianza con Abraham) converge hacia la entrega de Jesús, su muerte y resurrección. Esta es la gloria que vieron Pedro, Santiago y Juan (quien comenzará su relato evangélico diciendo "hemos contemplado su gloria" Jn 1, 14). Una gloria que no tiene que ver con el esplendor de una estrella mediática, ni con la demostración de dominio de un poderoso, sino con el amor que se entrega y da vida. S. Ireneo (cuyo maestro fue S. Policarpo, discípulo de Juan), dirá que "la gloria de Dios es que el hombre viva".
La Transfiguración revela la luz y la gloria que habitan al interior de todo camino de entrega, de fidelidad, de amor. Es la presencia de Dios, y su amor insospechadamente apasionado y creador, que se esconde en lo cotidiano de la vida. La tradición de la Iglesia ha leído este relato como un testimonio y una invitación a la contemplación, a una oración que afina nuestra mirada para ver más hondo, para descubrir esta presencia y esta luz en medio de la vida concreta, con todo lo que lleva de incertidumbres, alegrías y dificultades. Una oración que es encuentro intenso, profundo, no para quedarse en un "bienestar espiritual" (como se le ocurrió a Pedro, "sin saber lo que decía") , sino para hacerse escucha de Cristo, para bajar del monte al terreno de la vida cotidiana y sus tareas, para seguir a este "Jesús solo" (Lc 9, 36) que continúa su camino hacia Jerusalén, hacia la Pascua.
«nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas
comunes —corrientemente olvidadas—
que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes
pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los
acontecimientos decisivos de nuestra historia: (…) tantos pero tantos otros que
comprendieron que nadie se salva solo. […] Cuánta gente
cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico
sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes
muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y
transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la
oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos».
Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa
desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad.
San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un
protagonismo sin igual en la historia de la salvación”. (Francisco, Patris Corde)
El primer día de la semana es jornada de encuentro con Jesús resucitado. Así nos lo transmiten, e invitan a vivir, los Evangelios que narran las apariciones de Jesús.
Ese encuentro transforma la vida de los discípulos. Estaban paralizados por el miedo, y Jesús les infunde su paz y su alegría. Estaban cerrados, y Él los envía al mundo, con la fuerza de su Espíritu y con una misión reconciliadora. Los Hechos de los Apóstoles nos narrarán el proceso de transformación de esa comunidad. Pues no fue un cambio "mágico", de la noche a la mañana, sino un camino, con sus dificultades y sus luces. Los discípulos se convierten, con su vida, en testigos del Resucitado, que es quien inspira, enciende y fortalece esa vida nueva.
Somos convocados a este encuentro, que tiene algo de "ver" (experimentar su presencia y su fuerza) y de "no ver" (caminar en la incertidumbre y la penumbra propia de este mundo). Como Tomás, que puede tocar, en el Resucitado, las señales de la crucifixión, y que confiesa a Jesús como Señor y Dios, precisamente, aquello que esta más allá de lo visible. También nosotros nos podremos acercar a Jesús, que lleva en sus manos el dolor de la humanidad y nuestra propia fragilidad, y que alienta en nosotros la vida nueva, sanadora y reconciliadora del Espíritu. La fe es encuentro que genera vida (Jn 20,31). Somos testigos suyos porque, vamos encontrando, en nuestra vida y a nuestro alrededor, el rastro de su amor misericordioso.
¡Oh cristalina
fuente, si en esos tus semblantes
plateados formases de repente los ojos deseados que tengo en mis
entrañas dibujados!
Llama cristalina a la fe por dos cosas: la primera, porque
es de Cristo su Esposo, y la segunda, porque tiene las propiedades del cristal
en ser pura en las verdades, y fuerte y clara, limpia de errores y formas
naturales. Y llámala fuente, porque de ella le manan al alma las aguas de todos
los bienes espirituales. De donde Cristo nuestro Señor, hablando con la
Samaritana, llamó fuente a la fe, diciendo (Jn. 4, 14) que en los que creyesen
en él se haría una fuente cuya agua saltaría hasta la vida eterna. Y esta agua
era el espíritu que habían de recibir en su fe los creyentes (Jn. 7, 39)
No hay palabras para narrar la Resurrección de Cristo. Desborda nuestra capacidad de pensar. Y nos llama a una nueva conversión: abrirnos a este amor sin límites, que vence a la muerte, y a todo lo que en nosotros es muerte: el pecado, el miedo, la duda, la amargura...
Magdalena, que madrugó para buscarlo cuando aún estaba oscuro, nos despierta para ponernos en camino. Él ya se nos ha adelantado. No está donde lo habíamos dejado, y nada puede reternerlo: ni las ataduras de la muerte, ni los poderes que pretenden dominar el mundo, ni tampoco nuestras ideas preconcebidas sobre lo que Él puede hacer en nosotros.
En la mañana de Resurrección, amanecer de todos nuestros días, su tumba vacía nos invita a creer. Y a poner ante Él todo cuanto en nosotros se fue apagando o está languideciendo, para que su luz nos saque de nuestros sepulcros y nos llene de vida.
Él va delante de nosotros, a Galilea, la tierra de lo cotidiano. Allí lo encontraremos. Y, como aquellos discípulos de la primera hora, nos costará reconocerlo, pero su palabra encenderá nuestro corazón y su presencia iluminará nuestro camino, sanando nuestras heridas, renovando nuestro ser. Él ha resucitado y nos transmite una Vida Nueva, capaz de hacer florecer y madurar todo lo que hay en nosotros. Somos testigos de su Resurrección. Somos llamados a experimentar su Vida.
"Miradle
resucitado; que sólo imaginar cómo salió del sepulcro os alegrará. Mas ¡con qué
claridad, y con qué hermosura! ¡Con qué majestad, qué victorioso, qué alegre!
Como quien tan bien salió de la batalla adonde ha ganado un tan gran reino, que
todo le quiere para vos, y a Sí con él." (Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 26,4)
Con los ramos y la aclamación a Cristo, entramos en la Semana Santa, donde celebraremos su victoria sobre la muerte y el pecado. Una victoria, como todo lo de Dios, que se realiza de otra manera, por caminos diferentes a los humanos... (el camino de la cruz, de la muerte...) precisamente para asumir todo lo humano. Es la Pascua, el Paso del Señor. Paso que nos lleva de la muerte a la vida, de la tiniebla a la luz. Somos llamados a abrir el corazón para que este Misterio pase por nosotros.
Este año escuchamos el relato de la Pasión según san Marcos, el primero de los relatos evangélicos. Nos presenta cómo Cristo se revela (paradójicamente) en lo escondido. A través de su muerte, vence a la muerte. En el fracaso y el desprecio se revela como Hijo de Dios (Mc 15,40), que muere rezando un salmo de abandono y confianza en medio del sufrimiento, el salmo 21, que, según la costumbre de entonces, Marcos cita con sus primeras palabras: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Más aún (como ha señalado Secundino Castro en su obra "El sorprendente Jesús de Marcos"): las palabras que los presentes oyen, y que confunden con una invocación a Elías, serían las del versículo 11: Elí atha: "(desde el vientre materno) tú eres mi Dios". La muerte de Jesús corona su vida entregada en la confianza al Padre y su proyecto de amor a los hombres.
Dejémonos interpelar por el relato de Marcos, para acercarnos, de su mano, al misterio de la Cruz y la Resurrección.
En la cruz está la
vida y el consuelo, y ella sola es el
camino para el cielo.
Después que se puso en cruz el Salvador, en la cruz está la gloria, y el honor; y en el padecer dolor, vida y consuelo, y el camino más seguro para el cielo.
En la Resurrección de Jesús ("el primer día de la semana...") comienza una Nueva Creación, una renovación que ha de llegar "a toda la Creación" (Mc 16,15, el envío de Jesús a los discípulos). Esta renovación pasa por aquellos que acogen a Jesús, llamados a "nacer de agua y de Espíritu" (Jn 3, 3).
Nicodemo reconoce a Jesús como maestro venido de Dios, pero lo hace desde sus razonamientos de fariseo, y va a verlo de noche. Jesús lo invita a no quedarse a medias, a entrar en el Reino de Dios, a empezar de nuevo, con Él, para encontrar la libertad del Espíritu (que en hebreo, se dice igual que viento). Ése es el significado del Bautismo. Una actitud que renovamos cada Pascua, que estamos
Jesús Resucitado se hace presente en medio de los discípulos reunidos (confinados, podríamos decir). Les entrega el Espíritu Santo, el mismo que ha estado presente y actuando en todas sus obras y palabras (Lc 4, 18); y los hace partícipes de su misión. Y lo que hizo con aquellos discípulos, también lo hace con nosotros, sus discípulos hoy.
El Evangelio de hoy ofrece a nuestra contemplación y oración múltiples detalles. Subrayo sólo algunos:
- El perdón de los pecados, obra de la misericordia divina. Esa capacidad de reconciliar y restaurar el corazón de la persona, es propia de Dios (Lc 5, 21), y Jesús nos la confía, como parte de su misión.
- La paz con la que Jesús se presenta, que es fuente de alegría en en los corazones de los discípulos.
- Las marcas de la pasión. Dan testimonio de que el Resucitado es el mismo que murió en la cruz. Por otra parte, en sus manos gloriosas sigue teniendo presente los sufrimientos de la humanidad.
- La fe, que va más allá de lo que se ve y se palpa. También en Tomás: él ve las señales de la cruz, y confiesa a Dios. Esa fe es bienaventuranza. Es encuentro con Jesús, y nos hace tener vida. Sobre ella se vuelve la lectura de 1 Pe 1, 3-9.
- La comunidad. Tomás, a pesar de sus dificultades, se reencuentra con Jesús resucitado, porque permanece en la comunidad. La lectura de Hch 2,42-47 nos presenta el espíritu con el que vivía esa comunidad (otros textos de los Hechos nos presentarán la realidad histórica en que se "encarnaba" ese ideal, con sus dificultades y los pasos que daban).