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domingo, 12 de abril de 2026

“Para que tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 19-31)

 


Juan señala hoy el sentido de su Evangelio, y, particularmente, de los relatos de la Resurrección. No se trata, meramente, de transmitir una información. Estos relatos son puentes para que nosotros lleguemos a Jesús, para que nos encontremos con Él. Para alimentar nuestra fe, que es encuentro personal. Encuentro sin ver, como hoy dicen el Evangelio y la carta de Pedro, porque esta relación no se basa en unas pruebas irrefutables que garantizan seguridad, sino en una confianza que genera vida. Así son las relaciones humanas (la amistad, el amor…). Encuentro que transmite la Paz de Jesús, su alegría, y nos convierte en enviados, capaces de transmitir su perdón y participar en toda su misión y en la experiencia de amor que la fundamenta, la que Jesús vive (“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”).

Hay en el Evangelio de hoy una reiterada alusión a las llagas de Jesús. Muestran que el Resucitado es el mismo que dio su vida en la cruz, donde se unió a todos los crucificados y asumió los dolores y dificultades de la humanidad. El Resucitado no es ajeno a todas esas realidades. Las sigue llevando en sus manos y en sus pasos, para derramar sobre ellas su misericordia. Ello nos invita también a poner nuestras propias heridas en diálogo con Él. Podemos experimentar cómo la acción de Dios en nuestra vida transforma heridas y dificultades en experiencia de su creatividad para dar vida, y de su amor.

Y la referencia al Espíritu, que transmite todo lo de Jesús y nos hace capaz de vivirlo: su : su paz, su alegría, su palabra, su amor. Pascua es tiempo del Espíritu. Se nos invita a tomar conciencia de su obrar. A invocarlo, a disponernos a su acción: lo hacemos cultivando la humildad y buscando la verdad; perdonando e intentando vivir desde el amor, con actitud de servicio; cultivando actitudes de gratuidad.

“Este cauterio es aquí el Espíritu Santo, (…) es a saber, fuego de amor (…) 
El cauterio del fuego material en la parte do asienta siempre hace llaga, y tiene esta propiedad: que si sienta sobre llaga que no era de fuego, la hace que sea de fuego. Y eso tiene este cauterio de amor, que en el alma que toca, ahora esté llagada de otras llagas de miserias y pecados, ahora esté sana, luego la deja llagada de amor; y ya las que eran llagas de otra causa, quedan hechas llagas de amor. Pero (…) la llaga del cauterio de amor no se puede curar con otra medicina, sino que el mismo cauterio que la hace la cura, y el mismo que la cura, curándola la hace. Y de esta manera ya toda cauterizada y hecha una llaga de amor, está toda sana en amor, porque está transformada en amor. (…) Por eso dice el alma bien aquí: ¡Oh llaga regalada! (…)  ¡Oh dichosa llaga, hecha por quien no sabe sino sanar!

S. Juan de la Cruz, Llama de Amor Viva, 2, 2,7-8



domingo, 14 de abril de 2024

"Soy yo en persona" (Lc 24, 35-48)

 

¿En qué se cree hoy? Personalmente, cuando echo un vistazo al mundo de la cultura actual (cine, literatura, etc.), veo una profusión exuberante de relatos, de fantasía que juega con el pasado, con el futuro, con universos paralelos, con retóricas... Y me deja una sensación de vacío: la impresión de que (casi) todos esos relatos no son "ventanas", sino meras imágenes. No se abren a otra realidad, sino que sólo sirven para "decorar" la vida, o  para acompañar la apatía. Da la impresión de que vivimos en una era de desencanto, en que las creencias se reducen a mitos, a historias que se usan para distraer, o en momentos difíciles para calmar el dolor (como ante la muerte, mucha gente se apoya en una difusa esperanza en un más allá y en algún Ser Supremo), sin más trascendencia.

De esto (entre otras cosas) viene a hablarnos Lucas, cuando nos narra hoy un encuentro de Jesús con sus discípulos. Es también hermosa y sugerente la descripción de ese momento, porque habla de lo que está llamada a ser nuestra celebración de la Eucaristía y los grupos cristianos: los discípulos están reunidos, compartiendo la noticia de la Resurrección y cómo está afectando a sus vidas: "contaban lo que les había pasado por el camino y cómo lo reconocieron al partir el pan". Y Jesús se hace presente en medio de ellos. Realmente presente. No es que su entusiasmo y fervor les haga sentir la presencia de Jesús; porque, de hecho, esta presencia los sorprende, los descoloca e incluso atemoriza. En los testimonios de la Resurrección, esto es casi una constante: lo inesperado y chocante de la experiencia que viven, aunque a la vez lleva por dentro una profunda paz. Una experiencia que a ellos mismos les resulta difícil de integrar (y tienen que hacer un proceso para "darse cuenta") y que los transforma: pasan del desencanto y desolación a la fe, de las dudas a la confianza, del miedo a la paz y al valor, del aturdimiento y cerrazón a la capacidad de comprender. 

Jesús no es un "fantasma", un "espíritu". No es simplemente una "hermosa causa", o una "filosofía de vida". No es un mito. Los discípulos se encontraron con Jesús en persona. Aunque el Resucitado es de otra manera (se hace presente sin barreras físicas, hace falta algo más que los sentidos para reconocerlo...) es Él: el mismo a quien habían intentado seguir por los caminos de Judea y Galilea, el mismo que vieron morir en la cruz. De hecho, una vez más las lecturas insisten en ese hecho difícil de comprender, pero que ocurrió: que el Mesías, el Salvador, tenía que pasar por el sufrimiento y la muerte para abrir un camino definitivo de reconciliación y de vida para nosotros. Un mensaje, de hecho, que siempre nos sigue desbordando, su sentido (para el mundo y para la vida de cada uno de nosotros) es más de lo que acabamos de comprender. El encuentro con Él fue real y tan real que cambió su rumbo y su forma de vivir. Y así, en los Hechos de los Apóstoles vemos a esos discípulos haciendo, precisamente, lo que Jesús ha dicho: ser testigos, ante el pueblo, de su muerte y resurrección, y proclamar una conversión que es reconocimiento de la propia realidad (con toda su crudeza, incluso: "matasteis al autor de la vida") y encuentro con la misericordia de Dios.  

El cambio de vida de los discípulos es consecuencia y testimonio de su encuentro con el Resucitado. A la vez, forma parte del camino hacia ese encuentro. Por eso Juan, a la vez que llama a la confianza en Él, cuando tropezamos con nuestra debilidad y pecado, recuerda la necesidad de "guardar sus mandamientos". Que tampoco se trata de un cumplimiento minucioso de normas, pues los mandamientos de Jesús son creer en Él (Jn 6, 29), amarse unos a otros (Jn 15, 12-14), permanecer en Él (Jn 15,4), hacer práctica la misericordia (Lc 10,37).... El llevar a la vida la enseñanza de Jesús, vivir como discípulos suyos, construir comunidad, nos "pone en sintonía", nos acerca a su camino, en el que Él sale a nuestro paso y nos sorprende con su presencia. Aunque nuestra experiencia tiene características diferentes de las de la primera comunidad cristiana, Jesús también nos invita a un encuentro personal con Él. A descubrir que Él es real, y que nos llama a convertirnos, a crecer, a descubrir nuevas dimensiones de su palabra y de su vida. 

"Señor haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro" (salmo 4)

     "...así como el sol está madrugando y dando en tu casa para entrar si destapas el agujero, así Dios, que en guardar a Israel no dormita, ni menos duerme, entrará en el alma vacía y la llenará de bienes divinos". (S. Juan de la Cruz, Llama 3, 46)


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


domingo, 18 de abril de 2021

"Mirad mis manos y mis pies: soy Yo en persona" (Lc 24, 35-48)


De nuevo, Jesús se hace presente en medio de los discípulos, que están compartiendo la experiencia que tienen de encuentro con Él ("porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo..." Mt 18,20). Y, una vez más, el evangelista refiere las dificultades de los discípulos para reconocer a Jesús: el miedo, la sorpresa, o incluso la alegría (¿tal vez la idea de que "algo tan hermoso no puede ser real"?) suscitan dudas, alarma, vacilación. Descubrir la presencia del Resucitado y abrirse a ella es un proceso. Por eso, tal vez, la Pascua se prolonga durante 50 días, como un nuevo itinerario de conversión gozosa. 

En medio de estas dudas, precisamente, se manifiesta Jesús: "soy yo en persona". No es un fantasma, no es una sugestión, no es un producto de la imaginación o de los sentimientos de los discípulos, ni una idea, no es un ideal ni una "causa" por la que luchar, o un mero símbolo. Es Él, realmente, que se hace presente. Y, si bien lo podemos experimentar a través de símbolos, ideas, sentimientos. ideales... todo eso vale en la medida en que nos acerca a Él, a su persona. 

Jesús se presentan, una vez más, mostrando las manos y los pies, marcados con las señales de la Pasión: Es el mismo que pasó por la cruz. Esas manos son las que tantas veces vieron los discípulos curando, alcanzando a los que nadie quería tocar, levantando.... Y esos pies, los que recorrieron tantos caminos, invitando a seguir sus huellas. La primera y la segunda lectura guardan cierta relación con esto, al hablar de nuestro quehacer, inspirado y sostenido por el mismo Jesús que cargó con nuestras faltas y nos invita a guardar su Palabra. Y al aludir a la curación del cojo que da ocasión a Pedro para anunciar el Evangelio. 

Nosotros no podemos "palpar" a Jesús, como aquellos primeros discípulos, pero somos invitados a una experiencia de Él, que a través de medios (la comunidad, la oración, las actitudes que cultivamos...) se realiza, se hace verdadero y real encuentro con Él. Y que tiene un momento privilegiado en la Eucaristía, donde nos sentamos a comer con Él.


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

sábado, 10 de abril de 2021

"Hemos visto al Señor" (Jn 20, 19-31)


El primer día de la semana es jornada de encuentro con Jesús resucitado. Así nos lo transmiten, e invitan a vivir, los Evangelios que narran las apariciones de Jesús. 

Ese encuentro transforma la vida de los discípulos. Estaban paralizados por el miedo, y Jesús les infunde su paz y su alegría. Estaban cerrados, y Él los envía al mundo, con la fuerza de su Espíritu y con una misión reconciliadora. Los Hechos de los Apóstoles nos narrarán el proceso de transformación de esa comunidad. Pues no fue un cambio "mágico", de la noche a la mañana, sino un camino, con sus dificultades y sus luces. Los discípulos se convierten, con su vida, en testigos del Resucitado, que es quien inspira, enciende y fortalece esa vida nueva. 

Somos convocados a este encuentro, que tiene algo de "ver" (experimentar su presencia y su fuerza) y de "no ver" (caminar en la incertidumbre y la penumbra propia de este mundo). Como Tomás, que puede tocar, en el Resucitado, las señales de la crucifixión, y que confiesa a Jesús como Señor y Dios, precisamente, aquello que esta más allá de lo visible. También nosotros nos podremos acercar a Jesús, que lleva en sus manos el dolor de la humanidad y nuestra propia fragilidad, y que alienta en nosotros la vida nueva, sanadora y reconciliadora del Espíritu. La fe es encuentro que genera vida (Jn 20,31). Somos testigos suyos porque, vamos encontrando, en nuestra vida y a nuestro alrededor, el rastro de su amor misericordioso. 

¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!

Llama cristalina a la fe por dos cosas: la primera, porque es de Cristo su Esposo, y la segunda, porque tiene las propiedades del cristal en ser pura en las verdades, y fuerte y clara, limpia de errores y formas naturales. Y llámala fuente, porque de ella le manan al alma las aguas de todos los bienes espirituales. De donde Cristo nuestro Señor, hablando con la Samaritana, llamó fuente a la fe, diciendo (Jn. 4, 14) que en los que creyesen en él se haría una fuente cuya agua saltaría hasta la vida eterna. Y esta agua era el espíritu que habían de recibir en su fe los creyentes (Jn. 7, 39)

S. Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 12,3



Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

viernes, 3 de julio de 2020

Santo Tomás Apóstol

Dichosos los que crean sin haber visto (Jn 20,29)


Se ha presentado muchas veces a Santo Tomás como el incrédulo. No obstante, en el Evangelio que hoy leemos, también Tomás confiesa, precisamente, aquello que no se ve. Al tocar las llagas de Cristo, confiesa a Dios. El Evangelio subraya el valor de la fe que va más allá de lo que se puede ver y palpar. 

Junto a esto, el Evangelio de hoy subraya el valor de la comunidad. Santo Tomás tiene dificultades para creer en el Resucitado (como todos los demás, según nos muestran los relatos de las apariciones) y se encuentra con Él porque, a pesar de sus dificultades, permanece en la comunidad. Participar en la Iglesia, compartir en comunidad nuestro camino de fe, es lo que nos permite encontrarnos con Cristo. 

Al celebrar la fiesta de Santo Tomás, nos unimos a los cristianos de la India, adonde, según la tradición, este apóstol llevó la fe.


domingo, 19 de abril de 2020

"Para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre"


Jesús Resucitado se hace presente en medio de los discípulos reunidos (confinados, podríamos decir). Les entrega el Espíritu Santo, el mismo que ha estado presente y actuando en todas sus obras y palabras (Lc 4, 18); y los hace partícipes de su misión. Y lo que hizo con aquellos discípulos, también  lo hace con nosotros, sus discípulos hoy.

El Evangelio de hoy ofrece a nuestra contemplación y oración múltiples detalles. Subrayo sólo algunos:

- El perdón de los pecados, obra de la misericordia divina. Esa capacidad de reconciliar y restaurar el corazón de la persona, es propia de Dios (Lc 5, 21), y Jesús nos la confía, como parte de su misión.

- La paz con la que Jesús se presenta, que es fuente de alegría en en los corazones de los discípulos.

- Las marcas de la pasión. Dan testimonio de que el Resucitado es el mismo que murió en la cruz. Por otra parte, en sus manos gloriosas sigue teniendo presente los sufrimientos de la humanidad.

- La fe, que va más allá de lo que se ve y se palpa. También en Tomás: él ve las señales de la cruz, y confiesa a Dios. Esa fe es bienaventuranza. Es encuentro con Jesús, y nos hace tener vida.  Sobre ella se vuelve la lectura de 1 Pe 1, 3-9.

- La comunidad. Tomás, a pesar de sus dificultades, se reencuentra con Jesús resucitado, porque permanece en la comunidad. La lectura de Hch 2,42-47 nos presenta el espíritu con el que vivía esa comunidad (otros textos de los Hechos nos presentarán la realidad histórica en que se "encarnaba" ese ideal, con sus dificultades y los pasos que daban).

El Espíritu del Señor (Kairoi)

Lecturas de hoy: http://www.usccb.org/bible/lecturas/041920.cfm

  ¿Qué es lo más importante en la vida, lo que puede dar sentido y sostener lo demás? Así podríamos traducir la pregunta que hoy se hace a...