Mostrando entradas con la etiqueta paz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta paz. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de abril de 2026

“Para que tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 19-31)

 


Juan señala hoy el sentido de su Evangelio, y, particularmente, de los relatos de la Resurrección. No se trata, meramente, de transmitir una información. Estos relatos son puentes para que nosotros lleguemos a Jesús, para que nos encontremos con Él. Para alimentar nuestra fe, que es encuentro personal. Encuentro sin ver, como hoy dicen el Evangelio y la carta de Pedro, porque esta relación no se basa en unas pruebas irrefutables que garantizan seguridad, sino en una confianza que genera vida. Así son las relaciones humanas (la amistad, el amor…). Encuentro que transmite la Paz de Jesús, su alegría, y nos convierte en enviados, capaces de transmitir su perdón y participar en toda su misión y en la experiencia de amor que la fundamenta, la que Jesús vive (“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”).

Hay en el Evangelio de hoy una reiterada alusión a las llagas de Jesús. Muestran que el Resucitado es el mismo que dio su vida en la cruz, donde se unió a todos los crucificados y asumió los dolores y dificultades de la humanidad. El Resucitado no es ajeno a todas esas realidades. Las sigue llevando en sus manos y en sus pasos, para derramar sobre ellas su misericordia. Ello nos invita también a poner nuestras propias heridas en diálogo con Él. Podemos experimentar cómo la acción de Dios en nuestra vida transforma heridas y dificultades en experiencia de su creatividad para dar vida, y de su amor.

Y la referencia al Espíritu, que transmite todo lo de Jesús y nos hace capaz de vivirlo: su : su paz, su alegría, su palabra, su amor. Pascua es tiempo del Espíritu. Se nos invita a tomar conciencia de su obrar. A invocarlo, a disponernos a su acción: lo hacemos cultivando la humildad y buscando la verdad; perdonando e intentando vivir desde el amor, con actitud de servicio; cultivando actitudes de gratuidad.

“Este cauterio es aquí el Espíritu Santo, (…) es a saber, fuego de amor (…) 
El cauterio del fuego material en la parte do asienta siempre hace llaga, y tiene esta propiedad: que si sienta sobre llaga que no era de fuego, la hace que sea de fuego. Y eso tiene este cauterio de amor, que en el alma que toca, ahora esté llagada de otras llagas de miserias y pecados, ahora esté sana, luego la deja llagada de amor; y ya las que eran llagas de otra causa, quedan hechas llagas de amor. Pero (…) la llaga del cauterio de amor no se puede curar con otra medicina, sino que el mismo cauterio que la hace la cura, y el mismo que la cura, curándola la hace. Y de esta manera ya toda cauterizada y hecha una llaga de amor, está toda sana en amor, porque está transformada en amor. (…) Por eso dice el alma bien aquí: ¡Oh llaga regalada! (…)  ¡Oh dichosa llaga, hecha por quien no sabe sino sanar!

S. Juan de la Cruz, Llama de Amor Viva, 2, 2,7-8



jueves, 1 de enero de 2026

“Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gal 4, 4-7; Lc 2, 16-21)

 

Comenzamos el año con la Jornada Mundial de la Paz (establecida en 1967 por Pablo VI). La bendición del libro de los Números (6 22-27), que hoy recibimos, habla de la Paz. Esa paz es también armonía, tiene relación con una plenitud de vida, con una vida verdad. En la Escritura, está vinculada a la justicia y la fraternidad, a la misericordia, la fe, la alegría. Es don del Mesías. Pablo nos dirá que “Cristo es nuestra paz” (Efesios, 2, 14).

María nos acerca al misterio de Dios que se hace hombre. Al invocarla como “Madre de Dios” (afirmación que viene del Concilio de Éfeso, en el año 431), afirmamos que en Jesús están integrados lo humano y lo divino. El Hijo de Dios se hace verdaderamente hombre, se somete a las leyes naturales e históricas de nuestra existencia. Y así, abre nuestra realidad, desde dentro, a su paz, a su plenitud, a su vida: Dios nos convierte en hijos suyos (la adopción no es una filiación rebajada. Al contrario, es una filiación elegida. En el mundo antiguo, por ejemplo, el César adoptaba como hijo a quien elegía para ser su sucesor.

Y Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, para ir transformando desde dentro (siempre con nuestra colaboración) nuestra realidad. Para que vivamos como hijos. Como Jesús, el que nos ha enseñado a orar diciendo “¡Abba!” ¡Padre!

María, la llena de gracia (del Espíritu Santo), la que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” se nos ofrece como acompañante y guía de ese camino, que incluye una actitud contemplativa (capacidad de escucha, y de mirar más hondo) para vivir con disponibilidad hacia Dios.

Comenzamos un año nuevo. Tiempo para crecer como hijos de Dios, y para construir la paz. La liturgia, hoy, nos invita a reconocer la bendición de Dios, a conservar en nuestro corazón lo que nos habla de Él. Busca un momento para repasar, en oración, el año terminado. Para reconocer el paso de Dios por tu vida, ver los frutos que hace brotar. Para tomar conciencia de cómo estás llamado a colaborar con su obra. Para recordar, ante Él, a las personas que has ido encontrando en este camino. Para poner ante Él tus planes y proyectos, pidiéndole que te ayude a mantener los ojos y el corazón abiertos a los suyos.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 27 de abril de 2025

“Paz a vosotros” (Jn 20, 19-31)

Hace ocho días, el Evangelio nos asomaba al sepulcro vacío, testimonio de la Resurrección de Jesús. Hoy el Evangelio nos vuelve a llevar a “aquel día, el primero de la semana”. Que conecta con el primer día de la Creación, “en el principio”  (Gn 1, 1. 5. Cuando Dios creó la luz). Con la Resurrección de Jesús comienza una Nueva Creación y una nueva historia.

Y nos cuenta el encuentro de los discípulos con Jesús resucitado. Ahora es cuando los discípulos constatan que Él es el Viviente, que vive por los siglos de los siglos y es capaz de cerrar para siempre el paso a la muerte y el abismo. (Apocalipsis, 1, 17-18). La experiencia que viven de Jesús (de su gloria, su vida, su fuerza, su hermosura…) los llevará a comprender que es el Hijo de Dios.

Sobre todo, ese encuentro los transforma a ellos. Jesús llega a ellos aunque están “con las puertas cerradas” llenos de miedo. Y les comunica sus dones. Entre ellos, destaca la Paz (tres veces dice Jesús “Paz a vosotros”). Y la alegría. En este relato, cada palabra tiene una profundidad que conecta con lo sobrenatural, con Dios. Y esa paz y alegría son experiencia de plenitud, del sentido de todo… Es experiencia de la vida de Dios dentro de ellos, que a partir de ese momento los impulsará.

El Resucitado muestra las manos y el costado, e invitará a Tomás a tocar sus llagas. Muestra así que es el mismo Jesús que predicó en Galilea, y el que murió en la Cruz. Las llagas hablan de una relación entre la Resurrección y la Cruz que tiene varias dimensiones y es profunda (va más allá de lo que se puede explicar). La Resurrección de Jesús tiene relación con su vida entregada. También con el sufrimiento humano que Jesús ha asumido en la Cruz. El Resucitado lleva en sus manos las heridas de la Humanidad, y no podemos llegar a Él sin acercarnos a los que sufren. Esas llagas que Jesús invita a Tomás a tocar tienen también relación con las heridas de los propios discípulos (y con las nuestras): su desconcierto y dolor, su miedo, el hecho de haber abandonado y negado a Jesús… Jesús no lo pasa por alto. Lo sana en profundidad. “Sus heridas nos han curado”, dirá Pedro (1 Pe 2, 24). Y los hará capaces de pasar, como Jesús, curando a otros, como escuchamos en Los Hechos de los Apóstoles (5, 16).

El Resucitado envía a los discípulos, los asocia a su propia misión. Que subraya, precisamente, la reconciliación, el perdón. El encuentro con Él es experiencia de su misericordia que sana, da vida y se transmite a otros.

Toda esta experiencia y estos dones tienen que ver con el Espíritu Santo, que Jesús comunica a los discípulos.

Pascua es tiempo del Espíritu. Somos invitados a pedirle a Jesús su Espíritu, que nos guíe. Que nos ayude a encontrarnos con Él. Y también a mirar, en sus manos, las llagas que nos duelen. A descubrir cómo Él nos sana y renueva. El Evangelio de hoy termina con una bienaventuranza para nosotros, los discípulos que no hemos visto, no hemos tenido una experiencia tan intensa como la de aquellos primeros. En la humildad de nuestros caminos, con sus ambigüedades y tropiezos, Él nos acompaña y nos comunica su Vida.  


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


miércoles, 1 de enero de 2025

"Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer" (Ga 4, 4-7; Lc 2, 16-21)

 

Comenzamos el año con la Jornada Mundial de la Paz (establecida en 1967 por Pablo VI, el mismo que fijó en el 1 de enero la fiesta de Santa María, Madre de Dios). La bendición del libro de los Números (6 22-27), que hoy recibimos, habla de la Paz, que es don del Mesías, y que implica todo lo que hace posible una vida sana, plena, en armonía. En la Escritura está vinculada a la justicia y la fraternidad, a la misericordia, la fe, la alegría. Es don del Mesías. Pablo nos dirá que “Cristo es nuestra paz” (Efesios, 2, 14).

María nos acerca al misterio de Dios que se hace hombre. El título con que la invocamos, proclamado en el Concilio de Éfeso (año 431) expresa cómo en Jesús están integrados lo humano y lo divino. El Hijo de Dios no se “reviste” de una apariencia humana, sino que verdaderamente se hace hombre, se somete a las leyes naturales e históricas de nuestra existencia. Y así, abre nuestra realidad, desde dentro, a su paz, a su plenitud, a su vida: Dios nos convierte en hijos suyos (la adopción no es una filiación "de segunda”. Al contrario: en aquella cultura el hijo adoptado –por ejemplo, para ser sucesor del César- es el hijo elegido).

Y Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, para ir transformando desde dentro (siempre con nuestra colaboración) nuestra realidad. Para que vivamos como hijos. Como Jesús, el que nos ha enseñado a orar diciendo “¡Abba!” ¡Padre!

Este camino de ser hijos de Dios pasa (entre otras cosas) por la oración. María, la llena de gracia, la persona abierta al Espíritu, nos guía en él con su: “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

Comenzamos un año nuevo. Tiempo para crecer como hijos de Dios, y para construir la paz. Las liturgia, hoy, nos invita a reconocer la bendición de Dios, a conservar en nuestro corazón lo que nos habla de Él. Busca un momento para repasar, en oración, el año terminado. Para reconocer el paso de Dios por tu vida, ver los frutos que hace brotar, también tomar conciencia de cómo estás llamado a colaborar con su obra. Para recordar, ante Él, a las personas que has ido encontrando en este camino. Para poner ante Él tus planes y proyectos, pidiéndole que te ayude a mantener los ojos y el corazón abiertos a los suyos.

Mensaje del Papa en la 58ª Jornada Mundial de la Paz

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


 

domingo, 21 de julio de 2024

"Venid vosotros a solas" (Mc 6, 30-34)

 

La ética termina donde empiezan los nervios”. Así reza un titular de una escritora de éxito, que leí ayer. Me sorprende esta falta de conciencia y de memoria: hace sólo cuatro años, miles de sanitarios luchaban, en una situación límite que se prolongó durante meses, por salvar millones de vidas. La frase me parece un ejemplo (entre muchos) de la desorientación y falta de principios de nuestro tiempo. Puede hacernos pensar también en la falta de rumbo y sentido de quienes “pastorean” hoy la cultura (medios de comunicación, intelectuales…: “vosotros dispersasteis mis ovejas y las dejasteis ir sin preocuparos de ellas”, dice la lectura de Jeremías, 23, 1-6).

Este domingo, el evangelio habla de una multitud que “andaban como ovejas que no tienen pastor”. Describe también la realidad de hoy, con tantas personas extenuadas, corriendo de aquí para allá sin encontrar lo que buscan, abatidas por la falta de esperanza y de sentido, desorientadas.

Ante ellos, vemos a Jesús y sus discípulos. Se mueven entre el anhelo de un lugar tranquilo para estar a solas con el Maestro, y la atención a esa multitud que tiene hambre de Verdad y de Vida. Marcos nos propone buscar el equilibrio entre esas dos dimensiones: el discípulo ha de ser apóstol, no puede desentenderse de la gente; y por otra parte, él también tiene mucho que aprender, y necesita encontrar tiempo para alimentarse, para “estar muchas veces a solas, con quien sabemos nos ama” (como describía Teresa de Jesús la oración).

Llama la atención, una vez más, la actitud de Jesús. Quería retirarse a un lugar tranquilo, pero su plan se frustra, porque ese lugar desierto se ha llenado de gente que lo requiere. Y, en lugar de impacientarse, Jesús se pone a enseñar a la gente “muchas cosas”. La expresión de Marcos también significa “con calma”. Jesús lleva dentro esa calma, que se hace capacidad para ver a la multitud y reconocer lo que están viviendo las personas. Esa paz no es un “blindaje” ni un abstraerse de los problemas de la gente: Marcos nos dice que a Jesús “se le conmueven las entrañas” (ese es el sentido del verbo “compadecerse”). Es una Paz unida a la Misericordia. Con ella, Jesús va a enseñar a la gente. Y también va a responder a sus necesidades, dándoles de comer, como veremos en el pasaje que sigue. Esa Paz y Misericordia de Jesús se nos propone como referencia.

El salmo nos ayuda a enfocar todo esto, al invitarnos a reconocer a Jesús al Buen Pastor. Él es nuestra referencia: nos conduce por el sendero de vida, nos acompaña con su bondad y su misericordia. Él nos alimenta, repara nuestras fuerzas, es nuestro descanso. “Él es nuestra paz”, nos dice San Pablo (Efesios, 2, 14); y ahonda en uno de los sentidos de esa paz: la reconciliación, que es trabajo por la paz y la unión entre los pueblos; es conversión, apertura al amor de Dios; y es también camino personal de sanación de las heridas y contradicciones que nos tensan por dentro.   


lunes, 1 de enero de 2024

"Encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre" (Lc 2, 16-21)

 

En este primer día del año, la liturgia te invita, en primer lugar, a escuchar y acoger, en el corazón, la bendición de Dios, en la lectura del libro de los Números (6, 22-27). Él, Señor del tiempo y de la Historia, nos acompaña con su amor, nos guarda, es luz para nuestros pasos

Él nos ha mostrado su rostro, que es su hijo, "nacido de mujer" (Gal 4,4-7), sujeto a las mismas leyes de la existencia humana (los dinamismos de nuestra naturaleza, de la convivencia social...) que enmarcan y condicionan nuestro vivir. Y ello, para "rescatarnos", para que nuestra vida no se quede atrapada, sino que desde esta realidad pueda abrirse y elevarse a otra dimensión, más profunda, a la que Él nos llama: la de hijos de Dios. Con su Hijo, el Padre nos ha dado también el Espíritu que ha enviado a nuestros corazones, que nos ayuda a acercarnos a Él en la oración, a dejarnos guiar por Él, a participar de su vida. El año que comenzamos es tiempo para ir dando pasos en ese camino, para encarnarlo en la vida cotidiana. 

Y en ello nos acompaña María, la primer y más cercana testigo, y la primera colaboradora con este Misterio de amor. La llena de gracia nos acompaña y enseña a abrirnos al Espíritu Santo. La madre de Dios nos abre su hogar. Para que podamos, como los pastores, encontrarnos, en la pobreza del pesebre y la fragilidad del recién nacido, con este Dios que también se hace presente en nuestras pobrezas, crece con nosotros y nos pide que cuidemos su presencia en nosotros y en tantos otros, pequeños y vulnerables, que necesitan atención. María nos enseña a guardar (interiorizar, y también realizar) todas estas cosas, meditándolas en el corazón. 

Con esa actitud podemos también mirar el año que hemos terminado, descubrir algo de la presencia de Dios a lo largo de estos meses pasados (digo "algo", porque mucho de esa presencia, nos habrá pasado desapercibido. El amor de Dios acompaña discretamente nuestros pasos). Dar "gracias a Dios por todo lo vivido y compartido, por las personas que con su cariño me han traído un pedacito de cielo y porque con su ayuda hemos logrado grandes cosas" (como decía, ayer, alguien de esta parroquia).

Y pedirle, en este día, el don de la paz, tan necesario en nuestro mundo, en nuestra sociedad, también en nuestra Iglesia. Acogiendo su presencia, que es fuente de paz en nuestro corazón, y comprometiéndonos a construir paz, allí donde estamos. 

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


domingo, 16 de abril de 2023

"Paz a vosotros... Os envío" (Jn 20, 19-31)

 

El encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos que narra Juan tiene muchos detalles, muchos elementos implícitos para contemplar. Apunto sólo algunos. 

Jesús se hace presente en medio de una comunidad que ya ha recibido el anuncio de la Resurrección (a través del testimonio de María Magdalena. Y de su propia visita al sepulcro vacío, donde el discípulo amado "vio y creyó", Jn 20,8) pero se encuentra "con las puertas cerradas por miedo". Una vez más, Juan nos está dando a entender cómo el encuentro de los discípulos con el Resucitado no fue un "flash" que cambió todo como por arte de magia, sino un proceso, un camino en que los amigos de Jesús recorrieron con dificultades (y el Evangelio nos habla de comprender, caer en la cuenta, reconocer...) y, en el que experimentaron la fuerza transformadora del Señor. Y su gozo: "los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor". 

Junto a la alegría, la Paz, que es saludo, repetido tres veces, del Señor. Es la paz del Resucitado, que lleva las señales de su paso por la cruz y la muerte. Es la paz de quien ha afrontado el conflicto, de quien conoce en propia carne, el sufrimiento de la humanidad (de toda la humanidad), y la muerte; de quien ha cargado con nuestra injusticia, mentiras, violencia (todo eso que se hizo presente en su condena a muerte...). Es la Paz de quien, asumiendo todo esto, abre un camino nuevo de vida. Es la victoria de Dios, que no se impone por la fuerza, sino que encuentra otro modo de brotar. Es una Paz que tiene que ver con la Misericordia de Dios, que celebramos también en este domingo. Y con el envío de los discípulos, a quienes Jesús confía una misión de reconciliación, de perdón de los pecados.

El Evangelio habla también de la comunidad, que es lugar de encuentro con Jesús. Por eso Tomas, que "no estaba con ellos", es incapaz de creer. Y por eso también Tomás, que a pesar de sus dudas (ese querer que Dios se manifieste a la medida de sus condiciones) permanece en la comunidad, llega a encontrarse con Jesús. Un encuentro verdadero, en el que Tomás comprende, confiesa lo que no podría haber "palpado": la divinidad y el señorío de Cristo.  

"Muchos otros signos" hizo y sigue haciendo Jesús. Como aquella primera comunidad, nosotros tenemos una fe incipiente, con miedos y puertas cerradas . No encontramos, por ejemplo, la "puerta" para entrar en el corazón de nuestra cultura y anunciar, de forma que nos comprendan, lo que ofrece Cristo Resucitado. Pero Jesús se hace presente, para comunicarnos su paz y su gozo. Somos invitados a "creer sin ver", a ponernos en camino, aun no sin tenerlo "todo claro", sin tener encajadas todas las piezas de nuestro puzle.  Estamos en camino de experimentar el encuentro con Jesús resucitado y la Vida que nos ofrece. Y Él nos envía. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 1 de enero de 2023

"Nacido de una mujer... para que recibiéramos la adopción de hijos" (Gal 4, 4-7; Lc 2, 16-21)


Entramos en el año nuevo de la mano de María. Ella es testigo y colaboradora fundamental del misterio que celebramos: Dios se hace hombre, asume toda nuestra realidad. Dios comparte nuestra vida, para que nosotros seamos hijos de Dios. Y por eso, como nos dice san Pablo en la carta a los Gálatas, nos envía su Espíritu. Para que nos enseñe a orar -y a vivir- como Jesús. En ese "abbá" se nos ofrece toda la experiencia y el camino de confianza, de comunicación profunda, de entrega, que encontramos en Jesús. 

Además, Jesús es, plenamente, la bendición anunciada desde antiguo, que hemos escuchado en la lectura del libro de los Números (Num 6, 22-27): Es el rostro de Dios, que él ilumina sobre nosotros, como luz que nos guía. Él es nuestra paz (Ef 2, 14; Jn 14, 27-28), que nos acompaña para afrontar los acontecimientos que lleguen, porque con él todo camino lleva a la Vida. Y que nos hace capaces de construir paz, desde la reconciliación y la misericordia. 

Este primer día del año nos invita a hacer memoria de lo vivido el año pasado. Memoria que nos puede ayudar a aprender de las experiencias vividas, a tomar conciencia del paso de Dios por nuestra vida a lo largo de estos meses, a darle gracias por tantas cosas. 

Se nos invita a acercarnos a Belén, como los pastores del Evangelio. La Eucaristía (acción de gracias) es espacio para compartir nuestra fe, como ellos comparten las palabras que han recibido sobre ese niño, en un encuentro que suscita la alabanza, y ayuda a reconocer la presencia y la salvación de Dios en signos humildes, aparentemente tan insignificantes como un recién nacido acostado en un pesebre. Y María, la madre de Dios, nos ofrece una clave fundamental para acoger a Dios en nuestra vida, para poder encarnar su palabra y su amor en nuestro día a día: conservar todas todas estas cosas, meditándolas en el corazón. Para nosotros que vivimos entre tantas prisas y barullo, es un reto. Puede ser un buen propósito para este año.

Es, sobre todo, un camino para abrir nuestras vidas a ese Espíritu que nos conduce a descubrir la ternura del Abbá, y nos guía por caminos de libertad, para tener (ser herederos de) su Vida. No sabemos lo que nos deparará el año que comienza. Pero sabemos que Dios nos acompaña. Dejándonos acompañar por Él, haciendo espacio en nuestro corazón para todas estas cosas (su Palabra, el testimonio de su amor, sobre todo el compartido en comunidad, la capacidad de reconocerlo en sus humildes señales), podemos ir creciendo, a través de todo, como hijos suyos, ir descubriendo y saboreando su Vida. 

Hoy es también la Jornada Mundial de la Paz. El Papa Francisco, en su mensaje de hoy, nos recuerda que nadie puede salvarse solo, y nos invita a una conversión, a que nos comprometamos (con responsabilidad y compasión) con la sanación de nuestra sociedad y nuestro plantea, creando las bases para un mundo más justo y pacífico, que se involucre con seriedad en la búsqueda de un bien que sea verdaderamente común."

Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz 2023


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


domingo, 22 de mayo de 2022

"Haremos morada en él"


El evangelio que hoy escuchamos, lleno de riqueza, nos prepara para las fiestas de la Ascensión y Pentecostés, que, a su vez, nos remiten a la Pascua. Jesús, en la Última Cena, se despide de los discípulos, antes de volver al Padre que lo envió. Pronto dejará de estar con ellos como estaba antes. Y nos anuncia una nueva forma de presencia. 

Antes, el templo era el lugar, por excelencia, de la presencia de Dios, su morada. Ahora, nosotros, seguidores de Jesús (y unidos a Él por el bautismo) somos su templo, lugar donde Dios tiene su morada, donde resuena su Palabra, donde otros puedan encontrarse con Él. Encontramos a Dios en nuestro interior, donde habita la Trinidad (el Evangelio va hablando del propio Cristo, del Padre, del Espíritu), como fuente de paz, de gozo, de sabiduría, de valor, de amor... Esto no significa, por otra parte, un intimismo desconectado del mundo ni de las enseñanzas concretas de Jesús. La presencia de Dios en nuestro interior está vinculada al amor a Jesús, que se manifiesta en el hecho de guardar sus palabras: de llevarlas en el corazón e intentar hacerlas realidad en la vida. Y el Espíritu nos va enseñando y recordando (literalmente, "haciendo pasar por el corazón") las palabras y gestos de Jesús, para que podamos comprenderlas, podamos experimentar su fuerza sanadora, regeneradora. 

Nos invita Jesús a tener ánimo: "que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde". Y nos ofrece su paz. Una paz que no es como las del mundo (ni la tranquilidad de quien se desentiende de otros, ni la seguridad del poderoso y el vencedor...), una paz nueva, la suya. que brota desde dentro como fuerza ante la adversidad, como experiencia de su amor en medio de lo cotidiano, como armonía que abraza y da vida a nuestra fragilidad, como descanso en nuestro esfuerzo... ¿Qué experiencia tienes de esta paz?

Hablan también, el Evangelio y las dos lecturas, de una Iglesia profundamente arraigada en Cristo, iluminada por Él, que vive su presencia ("es su santuario el Dios todopoderoso y el Cordero"), y abierta a los cuatro vientos, universal, irradiando esa gloria de Dios que es vida para todos, que es su amor manifestado en Cristo. 

Y encontramos también una sutil referencia a María. Ella, la que guardaba en el corazón las palabras de Jesús (dos veces cuenta Lucas cómo guardaba "todas estas cosas": Lc 2, 19.51) nos ayuda también a nosotros a hacerlo. Al lado de ella, nos podemos preguntar cómo guardar la palabra de Jesús, cómo acoger y cultivar su paz, cómo abrir nuestra vida a su Espíritu.



sábado, 17 de julio de 2021

"Se puso a enseñarles con calma" (Mc 6, 30-34)


 Hoy vemos a Jesús cambiar de planes. Cuando buscaba un lugar desierto para descansar un poco, se encuentra con la multitud que lo busca, desorientada y desamparada, "como ovejas sin pastor". Y se compadece de ellos. En la reacción de Jesús descubrimos el corazón de Dios, su capacidad de sentir con nosotros, de hacer camino a nuestro paso. 

"Él es nuestra paz" (Ef 2, 14). La carta a los Efesios, hoy, nos invita a contemplar la misión de Cristo como reconciliación: su vida, entregada por nosotros, derriba muros, nos acerca al Padre, nos renueva. Encontrarnos con Él es hacer experiencia de estas cosas, descubrir esa cercanía del Padre que nos acoge, y del Espíritu que infunde paz y abre caminos nuevos en nuestra vida, que deshace enemistades y rivalidades. 

Éstos son los rasgos del Buen Pastor. Jesús, que había enviado a los discípulos en su "primera misión pastoral", a su regreso, los quería llevar a un lugar desierto, a un espacio donde profundizar sobre esa misión. No hubo lugar, pero ante la necesidad de la gente, la enseñanza de Jesús fue su propia actitud, llena de compasión, de entrega, y de paz. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


jueves, 31 de diciembre de 2020

"El Señor ilumine su rostro sobre ti, y te conceda la paz" (Nm 6, 25-26; Lc 2, 16-21)


Comenzamos el año con una oración de bendición, que nos invita a poner todo lo que vamos a vivir bajo la mirada de Dios, que, con palabras y hechos, "dice bien" (eso significa, en primer término, bendecir), nos regala su amor. 
La bendición de Aarón (Num 6, 22-27) y el Salmo 66 piden que Dios "ilumine su rostro sobre nosotros" (Salm 66,2). Ese rostro de Dios que es luz  para nuestro caminar (Salm 108,105) aparece en Jesús, el hijo de María, que, en el pesebre, asume la fragilidad de nuestro ser y la humildad de los pobres. Su persona, su palabra y sus gestos, son el rostro de Dios que nos ilumina y bendice.

Y el Evangelio nos deja en María, madre de Dios, una clave para vivir el año a la luz de Dios, para descubrirlo como fuente de paz (pues hoy es también la Jornada de la Paz): "conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón".

Que así, a la luz de Dios reflejada en Jesús, vivamos el año que empieza. De este modo podrá ser feliz. 

domingo, 19 de abril de 2020

"Para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre"


Jesús Resucitado se hace presente en medio de los discípulos reunidos (confinados, podríamos decir). Les entrega el Espíritu Santo, el mismo que ha estado presente y actuando en todas sus obras y palabras (Lc 4, 18); y los hace partícipes de su misión. Y lo que hizo con aquellos discípulos, también  lo hace con nosotros, sus discípulos hoy.

El Evangelio de hoy ofrece a nuestra contemplación y oración múltiples detalles. Subrayo sólo algunos:

- El perdón de los pecados, obra de la misericordia divina. Esa capacidad de reconciliar y restaurar el corazón de la persona, es propia de Dios (Lc 5, 21), y Jesús nos la confía, como parte de su misión.

- La paz con la que Jesús se presenta, que es fuente de alegría en en los corazones de los discípulos.

- Las marcas de la pasión. Dan testimonio de que el Resucitado es el mismo que murió en la cruz. Por otra parte, en sus manos gloriosas sigue teniendo presente los sufrimientos de la humanidad.

- La fe, que va más allá de lo que se ve y se palpa. También en Tomás: él ve las señales de la cruz, y confiesa a Dios. Esa fe es bienaventuranza. Es encuentro con Jesús, y nos hace tener vida.  Sobre ella se vuelve la lectura de 1 Pe 1, 3-9.

- La comunidad. Tomás, a pesar de sus dificultades, se reencuentra con Jesús resucitado, porque permanece en la comunidad. La lectura de Hch 2,42-47 nos presenta el espíritu con el que vivía esa comunidad (otros textos de los Hechos nos presentarán la realidad histórica en que se "encarnaba" ese ideal, con sus dificultades y los pasos que daban).

El Espíritu del Señor (Kairoi)

Lecturas de hoy: http://www.usccb.org/bible/lecturas/041920.cfm

  El domingo pasado veíamos a Jesús acompañar a los discípulos de Emaús, y conducirlos de nuevo a la comunidad, iluminados por su presencia ...