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jueves, 2 de abril de 2026

“Como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13, 34; Jn 13, 1-15)

 

La celebración de la Cena del Señor nos introduce en el Triduo Pascual. Celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor para entrar en este misterio: para acercarnos más a Jesús, para empaparnos de su amor. Para dejar que Él ilumine nuestra vida (también tocada por la muerte), e ir entrando en la Vida Nueva que Él, el crucificado y resucitado, nos comunica.

En la Última Cena, Jesús comunica a sus discípulos (a nosotros también) lo esencial de su vida y de su misión. Y nos deja, como legado, este mandato: “Que, como yo os he amado, así también os améis vosotros los unos a los otros”.

El Evangelio de hoy lo expresa con un gesto lleno de humildad (lavar los pies a los visitantes, era tarea de esclavos), y a la vez, de solemnidad. Las palabras de Juan resaltan la importancia de este gesto y lo ponen en el contexto de la Pasión (“había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre”), como expresión de lo que significa. Tiene también un sentido sacerdotal: Jesús sabe “que había salido de Dios y a Dios volvía” y “que el Padre le había puesto todo en sus manos”.  Y Él va a ofrecer todo, entregando por amor toda su vida, en actitud de servicio, hasta la muerte en la cruz.

Jesús, a la vez, es consciente de la dura realidad que se avecina. Lucas al narrar esta Última Cena, habla de una crisis en la que todo se tambaleará (“Satanás os ha reclamado para zarandearos como trigo en la criba” Lc 22,31). Y poco después, en Getsemaní, aflora la agonía que Jesús vive en su interior.

Jesús hace este gesto de amor también en medio de esa crisis y esa agonía. Lo hace apoyado en el Padre en quien confía, quien le sostiene.

Y nos invita a vivir desde esta confianza, también en medio de nuestras dificultades y crisis. El fundamento de nuestra capacidad de amar es ese “como yo os he amado”, más fuerte que nuestras fuerzas y que nuestras debilidades. Necesitamos, como Pedro, dejarnos lavar los pies por Jesús (¿cuántas cosas necesito que Él lave en mí?). Necesitamos dejarnos tocar por su amor en toda su hondura. Para ir siendo capaces de amar como Él.

La Eucaristía de hoy nos recuerda que toda Eucaristía es memoria de la vida de Jesús, entregada en amor y servicio humilde hasta la Cruz, y de la Vida Nueva que nos transmite. Nos invita alimentarnos de Él, para apoyarnos en su amor. Nos introduce en el Misterio Pascual, con un mandato: “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24) y una pregunta: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”


Lecturas de hoy 

sábado, 13 de septiembre de 2025

“Para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 13-17)

 

En nuestra vida se cruzan el sufrimiento, la frustración, la muerte. Son realidades inevitables.

Y la forma de situarnos ante ellas puede ayudarnos a vivir, o puede traer más muerte. Muchas situaciones actuales (la polarización, las manipulaciones…) tienen que ver con la forma como la gente responde al dolor, a la inseguridad, a la frustración…  Detrás de las guerras actuales están el resentimiento, el miedo al otro, y la ambición (un deseo de poder, dinero, prestigio… que ofrecen seguridad frente a la propia fragilidad). En medio de la inestabilidad y las sombras de nuestro mundo, ¿dónde podemos encontrar luz y un punto de apoyo firme? ¿hacia dónde mirar?

Tomando pie de una antigua historia de Israel (un estandarte que curaba a los mordidos por las serpientes), Jesús nos propone una paradoja. A nosotros, “mordidos” y heridos por el dolor y muerte, “envenenados” por miedos, ambiciones, soberbias… nos invita a mirarle a Él: a Cristo crucificado, llevado a la muerte por la violencia e injusticia del mundo.

A Él que, “a pesar de su condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo” (Flp 2, 6-11). Dios se ha hecho hombre, asumiendo nuestra fragilidad (“se hizo semejante en todo a nosotros, menos en el pecado”, Heb 4, 15) ), Él se ha hecho solidario de nuestros sufrimientos (“como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”), y ha cargado con nuestra historia de violencia, injusticia y muerte.

Miramos a Jesucristo, porque Él, que ha cargado con nuestra cruz, ha resucitado y nos ofrece la Vida. Hablamos de la cruz desde el testimonio de mujeres y hombres (María Magdalena, Pablo, Pedro…) transformados por el encuentro con el Resucitado. Ellos han experimentado cómo, misteriosa y admirablemente, Cristo abre caminos de vida. Y nos invitan a hacer también nosotros esa experiencia, para vivir en plenitud. (Plenitud, dentro de lo que cabe en esta vida, y la plenitud de Dios más allá de esta vida).

Por eso, la cruz es para nosotros signo de esperanza. Es signo del amor sin medida de Dios: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.” Ese amor es más fuerte que la muerte, y nos ofrece otra forma, otros caminos para afrontar el sufrimiento y la dificultad, cuando aparecen en nuestra vida: la misericordia, el amor, la búsqueda de reconciliación… Los mismos de Jesús.

Al hablar de la cruz, conviene recordar que lo que salva no es el sufrimiento en sí mismo, sino el amor. Un amor que no retrocede ante los sacrificios que implica amar; un amor que está dispuesto a afrontar el sufrimiento cuando es necesario, sin dejar de amar, y que por ello tiene creatividad para abrir siempre caminos de vida.

Y cuando resulta difícil amar, miramos a Jesús y le pedimos, con humildad, que nos enseñe a amar como Él (enraizados en el amor inmenso e incondicional y del Padre). Y a descubrir los caminos que Él va abriendo en nuestra vida. Desde las encrucijadas y dificultades de nuestra vida, y junto a la cruz de tantos que sufren, miramos a Jesús, el Hijo que Dios nos ha regalado “para que el mundo se salve por él”

 «Pues quiero concluir con esto: que siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes, y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor. Y aunque sea muy a los principios y nosotros muy ruines, procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar; porque, si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, ha de sernos todo fácil y obraremos muy en breve y muy sin trabajo. Dénosle su Majestad, pues sabe lo mucho que nos conviene, por el que él nos tuvo y por su glorioso Hijo, a quien tan a su costa nos le mostró. Amén»
      (Teresa de Jesús, Vida 22, 14).

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 18 de mayo de 2025

“Como yo os he amado, amos también unos a otros” (Jn 13, 31-35)

 

El Evangelio nos sitúa en la Última Cena. Al salir Judas del Cenáculo para preparar el arresto de Jesús, comienza la Pasión. En ella, se manifiesta la gloria de Dios. En la entrega de Jesús por nosotros se manifiesta el amor de Dios que nos salva, asumiendo y redimiendo el dolor de nuestro mundo.

Jesús sabe que le queda poco tiempo, y abre a sus discípulos su corazón (el término “hijitos” indica ese tono entrañable). Nos transmite lo esencial. Así nos da el “mandamiento nuevo: que os améis unos a otros”

Ya el Levítico mandaba “amarás al prójimo como a ti mismo” (19, 18). El mandamiento de Jesús es nuevo por su referencia a Jesús. Es la Nueva Ley de Jesús, que no consiste en cumplir normas, sino en amar, guiados por el Espíritu Santo. Amar como Jesús es precisamente, lo que nos introduce en la Vida Nueva que Él nos ofrece. Y anuncia (y empieza a hacer realidad) el cielo y la tierra nuevos de que nos habla hoy el Apocalipsis (21,1).

Este mandamiento es, sobre todo, un don (por eso dice Jesús “Os doy”). Es el legado de Jesús. Así es como lo seguimos, y nos introducimos en su amistad. Así dirá Jesús: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando” (Jn 15,1), que no consiste en “cumplir órdenes”, sino, precisamente, en vivir en este amor. El amor a Cristo se forja en el amor al hermano, que construye la comunidad (1 Jn 4, 7-13), comunidad en la que Él se hace presente (Mateo 18,20: “donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos”). Este amor nos identifica con Jesús, como discípulos suyos. De hecho, el amor fraterno de las primeras comunidades interpelaba a la gente en el mundo antiguo, y llevó a muchos a Jesús.

Como yo os he amado”: el amor de Jesús es nuestro modelo y también nuestra fuente. Lo que, a su vez, nos remite a la forma como Jesús vive el amor: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo” (Jn 15, 9). Este amor no es voluntarismo, sino respuesta a un amor que estamos llamados a experimentar. Es preciso comprender cómo nos ama Dios, acoger ese amor, para que Él nos haga capaces de amar. La oración puede ser esto: acoger el amor de Dios, para dejarnos transformar por Él.

El evangelio y la liturgia de hoy sitúan ese amor en el contexto de nuestra debilidad y de la complejidad del mundo: Jesús habla de esto entre el anuncio de la traición de Judas y el de la negación de Pedro. Por otra parte, en esa comunidad que se abre al mundo (Hechos de los Apóstoles), en un proceso que tuvo tribulaciones e incertidumbres. Así se va abriendo paso, de manera humilde pero decisiva, ese “hago nuevas todas las cosas” del Apocalipsis (21, 5). En medio de nuestros tropiezos, debilidades y dudas, vamos aprendiendo a amar.

Amar como Jesús (en griego hay muchos términos para hablar del amor. Aquí es ápape: el amor desinteresado, que es puro don). Podemos mirar la vida de Jesús para comprender ese amor que va unido a la verdad, que no ata sino que libera, que dialoga, que sana, que lava los pies de los discípulos… ¿Cómo puedo hacerlo concreto hoy?


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)




sábado, 21 de diciembre de 2024

"Bienaventurada tú que has creído" (Lc 1, 39-45)

 

El IV Domingo de Adviento es el pórtico de la Navidad. Nos ofrece unas claves para que podamos entrar en ella (no sólo pasar por ella, sino “entrar”). Y a María, que nos acompaña y guía.

María, la que ha creído, ha sido capaz de abrir su corazón y poner su confianza en Dios. Y será la primer testigo de cómo Dios cumple sus promesas: su Palabra es viva y es creadora de vida. Hoy, Lucas pronuncia la primera bienaventuranza: la de aquellos que, como María, creen.

En el relato, además, apuntan algunas dimensiones la fe:

-  la alegría, contagiosa, que produce el encuentro con Dios;

- el impulso a compartir, a comunicar esa vida recibida. María, con Cristo en sus entrañas, no se queda ensimismada, sino que se pone en camino, para llevarlo a los demás. Es imagen de la “Iglesia en salida”, en camino para servir y comunicar vida, anunciar a Cristo.

- la libertad. Es inaudita, en el contexto judío, la libertad e iniciativa de María. Expresa la audacia del Espíritu, y el lugar que tiene la mujer en el Evangelio y ante Dios. Se superan estereotipos, se anuncia una nueva humanidad.

Vale la pena meditar también la Carta a los Hebreos, que nos ayuda a comprender el misterio de la Encarnación: Cristo viene al mundo para vivir haciendo la voluntad del Padre. Esta obediencia no es algo servil, opresor. Es el diálogo del amor (unión de voluntades), en plenitud. De hecho, haciendo la voluntad del Padre es como Jesús muestra sr Hijo amado. Esta es la ofrenda auténtica, que nos transmite la vida de Dios. La que se nos invita a vivir.

Cabe una aclaración sobre lo que significa el cuerpo: la mentalidad occidental identifica a la persona con el “alma” y ve el cuerpo como algo “externo”, algo que se “tiene”. En la mente de Jesús y la primera Iglesia no hay esa separación: somos nuestro cuerpo (aunque no sólo seamos “cuerpo”). Por eso creemos en la resurrección (no en una mera inmortalidad del alma), y en la Eucaristía recibimos a Cristo mismo, su Presencia viva (“Esto es mi cuerpo…”)

Creer y confiar en Dios; amar y vivir en actitud de entrega; salir de nosotros mismos para compartir la vida que se nos ha dado. He aquí tres claves para acercarnos al Misterio que vamos a celebrar. Como María, con ella.


domingo, 3 de noviembre de 2024

"Amarás al Señor... amarás a tu prójimo" (Mc 12, 28b-34)

 

El Evangelio nos sitúa hoy en Jerusalén. Antes de culminar su misión en la cruz y la resurrección, Jesús expone una parte fundamental de su mensaje.

Pone en el centro el amor a Dios y el amor al prójimo. Esto es el corazón de la Ley que lleva a la vida. Desde ahí se comprende todo lo demás. Además, los une (Jesús responde al escriba uniendo dos textos: Dt. 6, 4-5  y Levítico 19, 18). La unión entre estas dos dimensiones del amor es profunda y tiene varias facetas. Amar al prójimo hace concreta y real nuestra capacidad de amar. Amar a Dios (y acoger su amor, porque “Él nos amó primero”, 1 Jn 4,10) nos hace capaces de amar, y de hacerlo verdaderamente, al estilo de Dios…

Es un amor total, llamado a hacerse presente en todo. Amar “con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” (Dt 6,5). Jesús añade “con toda tu mente”. Amar también es aprender a amar, y eso también configura nuestra mente.  

El escriba preguntaba por mandamientos. Pero no se trata sólo de normas que cumplir. Jesús propone todo un estilo de ser y de hacer, que comienza en la escucha (“Escucha, Israel…”), y que nos lleva a centrar toda nuestra vida. Desde Dios, el “único Señor“, todo se puede ir integrando, encontrando su lugar y su orientación.

Es palabra de Vida. Celebramos este domingo al día siguiente de recordar a los Difuntos. Y el pasaje evangélico que escuchamos también sigue a una enseñanza de Jesús sobre la Resurrección. Allí, Jesús llama a “entender las Escrituras y el poder de Dios”, que “no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12, 24.27). El amor nos lleva más allá de nosotros mismos (de nuestros intereses, comodidad…). Y, de alguna manera, nos aproxima a la vida eterna, que va más allá de nuestras fuerzas y posibilidades. La vida de Dios, que es amor (1 Jn 4,8).

 

“Acá solas estas dos que nos pide el Señor: amor de su Majestad y del prójimo es en lo que hemos de trabajar; guardándolas con perfección, hacemos su voluntad, y así estaremos unidos con él. … La más cierta señal que -a mi parecer- hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber, aunque hay indicios grandes para entender que le amamos; mas el amor del prójimo, sí. Y estad ciertas que, mientras más en éste os viereis aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que su Majestad nos tiene que, en pago del que tenemos al prójimo, hará que crezca el que tenemos a su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar”. 
            (Teresa de Jesús, Moradas V, 3, 7-8)


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 6 de octubre de 2024

"Lo que Dios ha unido" (Mc 10, 2-16)

 



Para comprender el Evangelio y las lecturas de hoy, conviene tener en cuenta su peculiar lenguaje y contexto.

Los primeros capítulos del Génesis nos hablan de la “historia” del mundo. No en el sentido actual de historia (crónica, lo más exacta posible, de hechos), sino en sentido sapiencial: desentrañar su esencia. Quién es el ser humano, de dónde procede, para qué está en el mundo… El lenguaje narrativo, aparentemente ingenuo, transmite una sabiduría profunda (y sorprendente, porque este relato es de 8 ó 9 siglos antes de Cristo): la igualdad de la mujer y el varón (“hueso de mis huesos y carne de mi carne”), la complementariedad de ambos, capaz de remediar la soledad humana y ofrecer la ayuda necesaria para vivir, que los lleva a unirse, dejando atrás otros lazos, para formar “una sola carne”, y que así los hace imagen de Dios.

A este plan originario de Dios sobre el ser humano se remite Jesús, cuando le preguntan. Y aquí, se entrelazan otras cuestiones:

- en el mundo judío, la “facultad” de “repudiar” era exclusiva del hombre, y mostraba la situación de inferioridad e indefensión de la mujer. Jesús denuncia que eso no es conforme al plan de Dios, sino a la “dureza de corazón” de la sociedad, y defiende la igualdad de la mujer (incluso aludiendo a la posibilidad de que ella repudiara al marido, aunque sea para desautorizarla igualmente).

- Por otra parte, Jesús revela el proyecto de Dios en su radicalidad, que antepone a la Ley (el texto del Deuteronomio 24,1), condicionada “por la dureza de vuestro corazón”. Esta será la regla cristiana: toda el Antiguo Testamento y toda Ley se interpreta desde Jesús. La radicalidad de su propuesta tiene que ver con su propio (Jesús va hacia Jerusalén, a entregar su vida en la Cruz), y con el amor del Padre que lo sostiene y guía.

Amor que Jesús invita a acoger con la confianza de un niño. La irrupción de los niños (que parece “intempestiva” en medio de ese momento de enseñanza sobre un tema complejo) muestra cómo en Jesús se entrelazan la ternura y la revelación de Dios. En la sociedad judía, un niño no tenía “derechos”, no tenía ningún tipo de poder o posesión: sólo tenía a sus padres, y de ellos lo recibe todo gratuitamente, por amor. Jesús nos invita a recibir el Reino con el mismo sentido de gratuidad, de confianza en el amor del Padre (ese Padre de quien son imagen humana, precisamente, el padre y la madre unidos por el amor). Ese amor que vive Jesús, que le sostiene en su misión, y que a nosotros nos sostiene e impulsa a vivir con radicalidad el amor.

La Liturgia nos trae hoy la propuesta de Dios sobre la vida en pareja: el matrimonio, como un proyecto radical de amor incondicional y sin vuelta atrás, que lleva a las personas a desarrollar su vida en plenitud. Algo que vale la pena proponer y defender, frente a un mundo que tiende a reducir el amor a experiencias fragmentarias, interesadas (incluidas algunas idealizaciones “poéticas” que se desvanecen ante la realidad y sus exigencas) desencantadas, escasas.

Una propuesta para cultivar pacientemente, porque el amor es don y tarea. Ese proyecto de amor, de experiencia de complementariedad y de ayuda necesaria en la vida, de plenitud, de unión, se va realizando (y aprendiendo) en la realidad humilde y accidentada del día a día.

Una propuesta basada en el amor gratuito y misericordioso del Padre. Un amor que también se manifiesta en la forma en la que Jesús acoge a los que caen, a los que fracasan, a los pecadores (que, de una u otra forma, somos todos), a los pequeños y débiles. Y que ha de manifestarse en la forma en que la Iglesia trata a aquellos cuyo proyecto de amor y de vida se ha roto, a los divorciados, con la historia y situación peculiar de cada persona. Como señalaba Benedicto (en “Luz del mundo”): "Para los divorciados Dios sigue estando siempre allí … que si bien estoy por debajo de lo que debería ser como cristiano, no dejo de ser cristiano, de ser amado por Cristo, y tanto más permanezco en la Iglesia, porque tanto más seré sostenido por Él.''



domingo, 5 de mayo de 2024

"Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor" (Juan 15, 9-17)

 

Tras hablarnos de cómo se arraiga el sarmiento en la vid, el Evangelio nos invita a permanecer así en el amor de Jesús. Un amor que es como el que une a Jesús con el Padre: ese amor que lo ha sostenido en su misión, y en la entrega de su propia vida, que se expresa en esa plenitud de vida que Jesús transmite. Jesús, el Hijo, viene a compartir con nosotros el mismo amor que Él vive.

Toma conciencia de quién eres para Dios. No eres siervo, sino amigo. Amigo con quien Jesús comparte todo y por quien da la vida. Así te llama hoy Jesús. Y te invito a orar este Evangelio hoy así: pasando de los términos genéricos a los personales, al yo-tú que Jesús usa hoy.

Para ser exactos, Jesús dice Yo-vosotros. Lo que nos descubre la importancia de la comunidad, que no reduce la importancia y peculiaridad personal de cada uno, sino que nos ofrece el camino para ese ser “yo mismo” ante Dios. El laborioso camino del amor fraterno, como nos explica Juan en su carta, es el que nos conduce al “conocimiento” de Dios. Un conocimiento que no es meramente intelectual, es experiencia viva de ese amor, de esa relación de la que está hablando Jesús.    

En nuestra forma de hablar, “vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando” podría sonar como una condición, una forma de coacción. Pero Juan nos aclara, en su carta, que “en esto consiste el amor; no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino el que él nos amó y nos envió a su Hijo”. Es Él quien ha tomado la iniciativa, nos ha elegido gratuitamente. Y Jesús ofrece incondicionalmente su amor (como el del Padre, que “hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia a justos e injustos” Mt 5, 45). Nuestro amor es respuesta agradecida. Y guardar su mandato, su enseñanza (que, como ya hemos visto es creer en Él y amar, 1 Jn 3, 23) es la forma de abrir nuestro corazón y nuestra vida a su amor, de arraigarnos en ese amor. De la misma manera que Jesús vive su unión con el Padre como comunión con su corazón, que le lleva a hacer su voluntad. (No sólo cumplir. Guardar, como “María guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” Lc 2, 19.51).

De manera parecida “lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé” no es la expresión de un favoritismo (un “enchufe” para conseguir cualquier cosa), sino que tiene que ver con esa comunión que nos lleva a mirar el mundo con los ojos de Dios y así “saber pedir lo que nos conviene” (Romanos 8, 26), vivir en esa comunión de nuestra voluntad con la suya, en la que Él se inclina hacia nosotros, para escucharnos y responder con generosidad a los deseos auténticos de nuestro corazón.

Como discípulos, estamos en ese camino de “prender” en su amor, descubrir la plenitud que nos ofrece. “Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud”.

 “Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero. Y veo yo claro ‑y he visto después‑ que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad Sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita (Mt 3,17). Muchas veces lo he visto por experiencia; me lo ha dicho el Señor. He visto que por esta puerta hemos de entrar si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos.
 Así que vuestra merced, señor, no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación. Por aquí va seguro. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes; El lo enseñará. Mirando su vida, es el mejor modelo. ¿Qué más queremos de un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere junto a sí”.

Teresa de Jesús, Vida, 22, 6-7


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)


sábado, 20 de abril de 2024

"Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por las ovejas" (Jn 10, 11-18)

 

En los primeros domingos de Pascua, el Evangelio narra los encuentros de Jesús Resucitado con los discípulos. En los tres siguientes, antes de la Ascensión, nos habla de nuestra relación con Él, a través de tres imágenes: el Buen Pastor, la Vid y los sarmientos, y el Amigo.

Hoy se presenta Jesús como Pastor. Es una imagen familiar para aquellas gentes, que con frecuencia se aplicó a reyes y gobernantes, encargados de conducir a los pueblos. Más de una vez, los profetas hablaron así de los reyes de Israel, para denunciar que eran malos pastores, que se aprovechaban del pueblo, en vez de cuidarlo.

Jesús es, en cambio, el Buen Pastor, que da la vida por las ovejas. Ha expresado, poco antes, la razón de esa entrega: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan a en abundancia”(Jn 10,10). Ese “dar la vida” se hará real en la muerte de Jesús, que aquí se afirma como un acto de total libertad de Jesús: “Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente”.  Y aquí, se unen dos paradojas, que nos invitan a meditar: la libertad de Jesús, que incluso está por encima de la muerte (“Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla”) se realiza unida a la voluntad, el “mandato” del Padre. Y Jesús se manifiesta como “dueño” de las ovejas, en la entrega por ellas.

Otro rasgo fundamental de esta relación del Buen Pastor con los suyos es el conocimiento mutuo. Un conocimiento profundo, íntimo: tanto, que Jesús lo declara igual al que une al Padre y al Hijo. La carta de San Juan nos ayuda a comprenderlo: Jesús usa la imagen del Pastor, pero los términos “oveja” y “rebaño” son mera metáfora, porque nuestra relación con Dios aclara y hace emerger nuestra verdadera realidad, con toda su dignidad y singularidad: el Padre nos llama "hijos suyos y ¡lo somos!" aunque aún no se ha manifestado plenamente cuanto esto significa. Él ya nos conoce y nos ama. Nosotros estamos en camino de comprender vivir esa filiación, ese conocerle y amarle, que une el conocimiento y la identificación, nos iguala en dignidad y en posibilidades: estamos llamados a ser semejantes a El, a participar de su vida

Y esta vocación es universal. La misión de Jesús como Pastor no se reduce al “redil” de Israel, se abre a la humanidad entera, llamada a formar un solo rebaño, un solo pueblo.

El Salmo 118 y la lectura de Hechos, hoy, unen otra imagen, desde la que nos invitan a considerar la del Pastor: Jesús es “la piedra que desecharon los arquitectos y que se ha convertido en piedra angular” (Salmo 118, 22-23). La expresión está planteada en polémica (como también lo estaba la comparación de Jesús con otros pastores), y en ello resplandece de nuevo ese “para que tengan vida en abundancia” de Jesús: Pedro responde ante el Sanedrín, precisamente porque han curado, en nombre de Jesús, a un paralítico; y esto manifiesta qué sentido tiene el poder de Jesús. El mundo “no le conoció a Él” (como también desconoce y oculta nuestra condición de hijos de Dios) y Él ha sido “rechazado por los arquitectos”, hasta ser condenado a muerte en la cruz. Sin embargo, su amor es el que tiene la iniciativa y dirige la historia: Él ha entregado su vida libremente para que nosotros tengamos vida en abundancia. Él es el pastor que nos conoce y nos conduce, y  Él es la rocasobre la que podemos levantar, con solidez, nuestra vida.

Un pastorcico solo está penado,
ajeno de placer y de contento,
y en su pastora puesto el pensamiento,
y el pecho del amor muy lastimado.

No llora por haberle amor llagado,
que no le pena verse así afligido,
aunque en el corazón está herido;
mas llora por pensar que está olvidado.

Que sólo de pensar que está olvidado
de su bella pastora, con gran pena
se deja maltratar en tierra ajena,
el pecho del amor muy lastimado.

Y  dice el pastorcito: ¡Ay, desdichado
de aquel que de mi amor ha hecho ausencia
y no quiere gozar la mi presencia,
y el pecho por su amor muy lastimado!

Y a cabo de un gran rato se ha encumbrado
sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos,
y muerto se ha quedado asido dellos,
el pecho del amor muy lastimado.

           S. Juan de la Cruz

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)



jueves, 28 de marzo de 2024

"Haced esto en memoria mía" (1 Cor 11, 25. Jn 13, 1-15)

 


Comenzamos el Triduo Pascual, la celebración de la Pascua del Señor, el centro de nuestra vida como cristianos

La celebración de la Cena del Señor, donde se manifiesta su amor hasta el extremo, nos ofrece el sentido de lo que vamos a vivir en estos días, La muerte de Cristo en la Cruz es la expresión final y definitiva de esa entrega, que ha ido derramándose a lo largo de toda su vida, en favor de todos. Y la Resurrección manifiesta cómo esta entrega de Cristo, que baja hasta los abismos humanos del dolor, del fracaso y de la muerte, y que carga con nuestra historia de pecado, vence a la muerte y abre para nosotros la puerta de una nueva vida, la de Dios. 

Jesús ha vivido desde el amor del Padre y para transmitir y manifestar ese amor a todos. Por fidelidad a ese amor (amor que el mundo rechaza por su propia autenticidad, por ese "ser para todos" y no plegarse a los intereses, las manipulaciones y parcialidades de unos y otros), Jesús entrega su vida. Y en esa Cena, sabiendo que uno de los que comparten su mesa lo va a traicionar, y que todos lo van a abandonar, elige amar hasta el extremo, y entregarse a sus discípulos. Lo hace con un gesto de servicio humilde (propio de siervos). Y entregándonos toda su persona, su vida, su experiencia del Padre, su realidad, como alimento para que podamos llegar a asimilarlo. 

Pablo, en el primer relato escrito que tenemos de aquella Cena, nos transmite las palabras de Jesús: "Haced esto en memoria mía". La Eucaristía que celebramos cada domingo y cada día es como la punta del iceberg, o la clave de bóveda, de esa memoria de Jesús. Una señal viva, llena de su Presencia y de su Espíritu, que nos conduce a ir viviendo en memoria suya, a recordar, a llevar siempre en el corazón su amor -el amor de Dios que acompaña y hace preciosa la vida de cada uno de nosotros-, a ir convirtiendo nuestra propia vida en memoria de su entrega, de su disposición a servir con humildad. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


domingo, 17 de marzo de 2024

"Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 20-33)

 

Hoy, Jeremías (31, 31-34) nos ofrece un hermoso texto para orar y meditar como preparación al Evangelio. La historia de las alianzas que Dios ha ido haciendo y rehaciendo, primero con la humanidad, y después con su pueblo Israel, y que de manera resumida hemos seguido a lo largo de la Cuaresma, nos trae a este anuncio de una alianza nueva, con una ley que no se viva como preceptos externos, sino escrita en el corazón (como añade Ezequiel 36,26-27: "os daré un corazón nuevo ... y os infundiré mi Espíritu"). Una alianza que conlleva el conocimiento del Señor. 

En el Evangelio, encontramos una señal de la llegada de esos nuevos tiempos, en esos griegos que quieren ver a Jesús. Jesús lo confirma: "cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí". Él ha venido para esto, y para esto entrega su vida: para ese juicio que, como escuchábamos el domingo pasado, es oferta de salvación para todos, y es victoria de Dios, de su vida, sobre los principios de muerte (violencia, egoísmo, división...) que ejercen su poder en el mundo. 

La entrega de Jesús muestra la gloria de Dios, que es su amor que salva. Jesús la asume, aunque le cuesta, y siente su alma turbada. Esta escena es como un eco de la de Getsemaní, cuando Jesús dice al Padre "aleja de mí este cáliz... pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Mc 14,36). Y, a la vez, es como un eco de la Transfiguración, donde se oía la voz del cielo manifestando la gloria de Dios en su Hijo (no es casualidad que Mateo, Marcos y Lucas recuerdan a los mismos tres discípulos como testigos de ambos momentos: están íntimamente unidos). La carta a los Hebreos (5, 7-9) nos habla de estos sentimientos y de esta opción de Jesús, en Getsemaní y en toda su vida, hasta la cruz: de cuánto le costó, humanamente; de su oración al Padre (esa "piedad filial" que significa amor, respeto, entrega, confianza), diálogo en que Jesús aprende el camino de la obediencia, y el Padre le salva del dominio de la muerte, pero no evitándole el morir, sino resucitándolo. De cómo el Hijo, hecho hombre como nosotros, ha aprendido también, en medio de dificultades y sufrimientos, el camino de la obediencia, y por eso nos puede guiar a través de él. Obediencia que en Jesús no es sumisión a un mandato externo, sino esa "ley interior" del amor que le hace capaz de identificarse con la voluntad del Padre, de conocer su corazón y estar en unión con él. Cuando Jesús se identifica como Hijo, hace siempre referencia a esa unión que tiene con la voluntad del Padre, con su corazón. 

En el Evangelio, cuando Andrés y Felipe le cuentan a Jesús que uno griegos querían verlo, podría parecer que Jesús se puso a hablar de otra cosa. Pero, precisamente, se nos está dando a conocer, nos permite verlo "por dentro", nos revela sus sentimientos, lo que le mueve, sus opciones. 

Y nos invita a conocerlo "por dentro", asumiendo su misma actitud de entrega. Con la radicalidad de términos propia del modo hebreo de hablar (no usa términos como "posponer" o "preferir", sino los extremos de amar y aborrecerse) nos invita a entrar en su misma lógica, la del amor y la entrega, para entrar en comunión con Él. "Donde esté yo, allí también estará mi servidor". Para participar de su gloria, de su vida. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 29 de octubre de 2023

"Amarás al Señor, tu Dios... amarás al prójimo" (Mt 22, 34-40)

 

¿Qué es lo más importante en la vida, lo que puede dar sentido y sostener lo demás?

Así podríamos traducir la pregunta que hoy hace un doctor a Jesús. La corriente farisea del judaísmo centraba la religión en el cumplimiento de la Ley, como respuesta humana que intenta ser fiel a Dios y a su alianza. Pues, para un judío, la Palabra de Dios (la Ley) es la presencia de Dios en medio de su pueblo. (Por las controversias que tuvieron con Jesús, a veces hemos hecho un retrato caricaturizado de los fariseos, y eso tampoco ayuda a captar la hondura y radicalidad del propio Jesús). Al intentar llevar esa fidelidad a todos los rincones de la vida, se fueron multiplicando los mandatos y prohibiciones, hasta sumar 613 preceptos, entre los que, a muchos, les resultaba difícil orientarse. Como a nosotros, a veces, nos resulta difícil orientarnos, centrarnos, entre tantas cuestiones por atender en nuestra vida, 

Jesús trae la cuestión a lo esencial. Desde ahí, con discernimiento, se puede ir construyendo la vida. Ése es una de las claves de Jesús: discernir en vez de multiplicar normas.

Y lo esencial es el amor. Es lo que da sentido a todo. Todo esfuerzo y sacrificio puede tener sentido desde el amor. Y el amor puede orientarnos para vivir humanamente tanto las situaciones difíciles como las agradables. Al fin, Dios es amor. Por eso el amor es el que sostiene "la ley y los profetas": es la clave de toda la revelación de Dios a la humanidad. Y nosotros desarrollamos nuestro ser "a imagen y semejanza de Dios" (Gn 1, 26) cuando amamos. 

Amor a Dios, el que "nos amó primero" (1 Jn 4,10). Esto implica (entre otras cosas) acoger su iniciativa, su amor. El texto que Jesús cita (Dt 6,5), comienza diciendo "Escucha, Israel" (Dt 6,4). Y el salmo que hoy oramos nos invita a encontrar en Dios nuestro apoyo, nuestra fortaleza, nuestro libertador. Con eso tiene que ver la oración: ponernos ante la mirada de Dios que nos ama, acoger su palabra, dejarnos amar, descubrir su amor, para poder responder. Si descubrimos la hondura y grandeza de ese amor, nuestro amor brota como respuesta. 

"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente". Este mandato invita a no dejar nada fuera. Tampoco nuestras sombras, nuestras debilidades. Dios nos acoge con todo lo que somos. También nuestras heridas, a la luz de Dios, pueden convertirse en caminos para aprender a amar (por ejemplo, para evitar la autosuficiencia, para aprender a acoger a otros en su debilidad... y de otras muchas maneras), para experimentar la misericordia y capacidad sanadora de Dios. 

Jesús nos habla, además, de una semejanza entre el amor al prójimo y el amor a Dios. Y es que, si comprendemos cómo ama Dios, aprendemos a amar. A la vez que aprender a amar al prójimo, concreto, real, es "escuela" para aprender a amar a Dios, a abrir auténticamente nuestro corazón. 

Autenticidad que no siempre es espontaneidad. Conviene aclarar esto, en un tiempo que idolatra la espontaneidad y los sentimientos. En la Biblia, el amor son, sobre todo, actitudes (recordemos 1 Cor 13). Jesús, con frecuencia, relaciona amar con "cumplir sus mandamientos", hacer la voluntad del Padre (Jn 15, 10). También Teresa de Jesús, desde su experiencia, dirá que la unión con Dios "que toda mi vida he deseado... la que está más clara y segura" es la unión con su voluntad (Moradas V, 3, 5). Los sentimientos dicen mucho, pero nuestra vida se juega en nuestras opciones. Así, por ejemplo, a estar junto a una persona en un momento difícil (como una depresión), podemos sentir cansancio o incluso fastidio, pero ese "estar" es amor auténtico, real. 

Amar desde nuestra realidad: cada uno tenemos una forma de amar, y, sin darnos cuenta, hemos aprendido en nuestro hogar, unas maneras de sentir, expresar, reaccionar... Aprender a amar abriéndonos al otro (esa persona con quien trato, ¿cómo necesita ser amada?). Aprendiendo los modos de Dios. 

"adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor..."
(S. Juan de la Cruz. Carta a María de la Encarnación, 6-VII-1591)




sábado, 23 de septiembre de 2023

"Los últimos serán primeros" (Mt 20, 1-16)

 


"Los últimos serán primeros, y los primeros, últimos". Esta frase es la clave del Evangelio de hoy, y de la parábola que Jesús propone. Una expresión que concuerda, a su vez, con la de Isaías (Is 55, 6-9): "mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes". 

Y, sin embargo, tampoco es tan extraño a nuestro corazón. Para una madre o un padre, que quiere a cada uno de sus hijos, el primero que viene a su mente es aquél que está en situación más vulnerable, aquél que sufre o se encuentra mal. Podríamos decir que así es Dios. O mejor: que en esto nuestro corazón está hecho a imagen del de Dios. 

Jesús habla así de Dios que es Padre misericordioso y ama a cada ser humano de manera personal, única, y que por ello se inclina, sobre todo, hacia los pequeños, los que sufren. Jesús lo expone con toda claridad, y sabiendo que esto choca contra las pretensiones que tenían los judíos y los fariseos de ser los primeros, de tener ventaja sobre los demás por ser, desde siempre, el pueblo de Dios. De hecho, pronuncia esta parábola cuando ya orienta sus pasos hacia Jerusalén, donde va a entregar su vida por fidelidad a ese Dios Padre cuyo amor no quiere comprender su pueblo. Y Jesús, en la cruz, se hará solidario de los últimos: de los condenados, de los fracasados, de los esclavos, de los malditos (para los judíos, es maldito el que cuelga de un madero, como dice Deuteronomio 21, 23). Para que sepamos que su salvación llega a todos. 

En la parábola, llama la atención que al propietario de esa viña, lo que más parece interesarle es que todo el mundo encuentre trabajo. Un denario era el salario de una jornada de trabajo, y para los jornaleros significaba el sustento de su familia. Podemos también notar que aquel propietario negocia el salario con los primeros, según lo que era normal y justo en aquel tiempo, pero a los demás no les dice cuánto van a cobrar: ellos se fían, y se llevan al fin del día una grata sorpresa. 

Sobre el valor del "denario" que Dios nos "paga" (un himno dice que "a jornal de gloria no hay trabajo grande"), nos puede iluminar esta confesión de Pablo (1 Cor 9, 18, 22- 23): "¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente (...) me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos. Y todo esto lo hago por el Evangelio para ser partícipe del mismo". 

Hoy el Evangelio nos invita a despojarnos de envidias, de comparaciones. A meditar en el amor de Dios, gratuito y siempre mayor de lo que pensamos. A intentar entrar en esa gratuidad, en la hondura de ese amor y esa vida que Dios nos ofrece. 

"[Dios] para sí nada de esto desea, pues no lo ha menester, y así, si de algo se sirve, es de que el alma se engrandezca; y como no hay otra cosa en que más la pueda engrandecer que igualándola consigo, por eso solamente se sirve de que le ame; porque la propiedad del amor es igualar al que ama con la cosa amada"
San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 28, 1


domingo, 12 de febrero de 2023

"Para dar plenitud" (Mt 5,17-37)

 

Con frecuencia, Jesús se enfrenta con los fariseos y doctores de la Ley: para curar en sábado, salvar a una mujer condenada a muerte por adulterio... hoy escuchamos el sentido de todo esto, que no es una "rebaja" de las exigencias de la Ley, sino, precisamente, su realización plena, según el corazón de Dios, ese corazón que "el Hijo Único, que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer" (Jn 1, 18).

Y así, escuchamos hoy una palabra radical: "si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos". Una palabra que inquieta, pues los escribas eran los doctores de la ley, y los fariseos se distinguían de los demás por el cumplimiento minucioso de sus preceptos. 

Jesús nos invita, precisamente (¡para ello dará su vida!), a "entrar" en ese reino, que es una nueva vida según el corazón del Padre. A entrar en una forma diferente de relacionarnos con Él, no basada en la aparente seguridad que da el cumplir una serie de normas (todo lo exigentes  que se quiera), sino en abrirnos, para acoger su amor misericordioso, y responder a ese amor: dejarnos transformar por él, reflejarlo en nuestras actitudes, hacerlo presente e el mundo (y una cosa y la otra se ayudan mutuamente: el esfuerzo por reflejar ese amor misericordioso nos abre a acogerlo como algo que se regala gratuitamente). Ese amor salvador de Dios es la Ley que ha de cumplirse, que prevalecerá, a pesar de los avatares del mundo. 

Y así, Jesús llama a vivir desde ese amor, y lo que significa, radicalmente. La reinterpretación que Jesús hace de los antiguos preceptos va a la raíz de los mismos: la renuncia a toda forma de violencia (también la verbal), y la búsqueda de la reconciliación; el respeto a la persona y a la familia, que ha de purificar la mirada; la opción incondicional y definitiva por el amor que funda la familia; la sinceridad. Jesús llama a vivirlos desde lo pequeño, desde los detalles, que van poco a poco orientando nuestra vida. Y a cortar de raíz con cuanto se opone a ellos. 

Es el amor el que articula también misericordia y exigencia, como lo vemos en las palabras y hechos de Jesús, que siempre propone esta radicalidad en nuestras opciones, y a la vez acoge siempre a aquél a quien se le quiebran los proyectos, a aquél que cae. Desde ahí hay que entender también las palabras que hoy dice Jesús sobre el divorcio (como las que dice también, por ejemplo, sobre los que, con más o menos frecuencia, nos peleamos con un hermano o caemos en actitudes agresivas). Proponer esa radicalidad en las opciones y cuidarla en el día a día, y ofrecer esa misericordia que acoge y ayuda a vivir en plenitud, es nuestro reto como Iglesia. Pidamos al Espíritu que nos infunda su sabiduría (ésa de que habla hoy Pablo) para saber proponer "lo que Dios ha preparado para los que lo aman" (1 Cor 2, 10)


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


sábado, 25 de junio de 2022

"Sígueme" (Lc 9, 51-62). "Para vivir en libertad..." (Gal 5,1)


Retomamos el ciclo normal de los domingos del año, con la invitación de Jesús a seguirle. La radicalidad de esta llamada está subrayada por el lenguaje del tiempo de Jesús, con su gusto por las expresiones tajantes, y con contextos que conviene conocer para no interpretarla de forma inhumana. Así, la despedida de la familia era un ritual que podía alargarse días. Y el que pidió "ir primero a enterrar a mi padre" no se refería meramente al entierro, sino a atender al padre anciano hasta la muerte (con todo, aún yo he conocido a misioneros que no pudieron asistir al entierro de sus padres. El Evangelio se ha extendido por el mundo gracias a mujeres y hombres como ellos). El evangelio recoge ahí dos ejemplos de actitudes que intentan posponer la respuesta, que se debaten en una cierta indecisión, como la de quien "pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás", sin terminar de romper amarras. Junto a ellas, aparece la advertencia de Jesús a quien, entusiasmado, quiere seguirle. Es una llamada  a considerar que esta decisión implica una disponibilidad de por vida, a seguir a Jesús sin buscar refugios. Y se añade, a estos avisos, una cuarta escena, la de los Zebedeos, que pretenden convertir a Dios en enemigo de sus enemigos. Quieren seguir a Jesús "a su manera" (algunos manuscritos especifican la reprensión de Jesús: "no sabéis de qué espíritu sois", aunque puede ser un añadido). 

El marco de estos avisos sobre seguimientos "a medias", poco meditados o indecisos, es el camino de Jesús hacia Jerusalén: hacia la cruz. La seriedad de ese camino da sentido a la coherencia y decisión con la que quiere que lo sigamos. 

Y San Pablo nos recuerda el sentido de ese camino: Cristo da la vida por nosotros "para que vivamos en libertad". Una libertad que no es justificación de egoísmos ni entrega a lo primero que apetece, al igual que tampoco es sujeción a leyes impuestas. Su sentido es el amor. Se entiende desde el amor. ("Ama, y haz lo que quieras", decía san Agustín...). El que ama se entrega libremente: sabe tomar la iniciativa yendo más allá de sus meros intereses, y aprende a escuchar y "hacerse al otro", sin dejar de ser él mismo, sin dejar de crecer como persona en libertad.

La Palabra de Dios, hoy, nos invita a preguntarnos cómo seguimos a Jesús. A tomar conciencia de las excusas, de las indecisiones o tendencias que puede haber en nosotros para hacerlo a medias, o "a nuestra manera". Nos invita (con el salmo), a dejarnos instruir por Él, buscar y encontrar en Él nuestra alegría, nuestro descanso (en Él podemos también "reclinar la cabeza"). Nos invita a preguntarnos cómo vivimos ese seguimiento (y las realidades en que se concreta: nuestro vivir en familia, en comunidad, nuestro participar en la Iglesia...): ¿nos va llevando la inercia? ¿lo hacemos desde algo parecido a un cumplimiento del deber (aunque sean deberes que hemos escogido nosotros)? ¿Vamos encontrando o intuyendo ese camino del espíritu, ese camino del amor que da sentido y ayuda a orientar más afinadamente nuestros pasos?


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sábado, 14 de mayo de 2022

"Como yo os he amado, amaos también entre vosotros" (Jn 13, 31-33a.34-35)

 

El Evangelio que hoy escuchamos se "enmarca" entre la traición de Judas (aludida al principio del pasaje) y las negaciones de Pedro (anunciadas en los versículos siguientes). En ese marco que parecería invitar al lamento y la decepción, Jesús habla de glorificación y de amor. Y es que la gloria de Dios se manifiesta en su amor, ese amor que se sobrepone a la traición y la debilidad, que no duda en entregar la vida por nosotros, y que nos trae la salvación. Ésta es la gloria auténtica, la realización plena: el amor. 

Jesús, sabiendo que le queda poco tiempo, lega a sus discípulos (a nosotros) lo más importante de su vida, el amor. Y nos encomienda vivirlo. Éste es el nuevo mandamiento, la nueva Ley, la Palabra de Vida. Que será nuevo siempre, porque necesita renovarse ante cada persona, en cada situación. 

Este amor es lo esencial de la comunidad. Desde ahí podemos leer el relato de los Hechos de los Apóstoles, que hoy narra la misión de Pablo y Bernabé, enviados por la Iglesia de Antioquía, construyendo comunidades y animándonos a perseverar en la fe. Y la profecía del Apocalipsis, que anuncia el futuro de esa Iglesia (la nueva Jerusalén), en medio de un cielo y una tierra nuevos, llenos de la presencia de Dios, que libera del abismo, el mal y el dolor. Aquel que es capaz de hacerlo todo nuevo, es el mismo que ha encomendado el mandamiento renovador del amor. 

Amar como Jesús. Ésta es nuestra identidad, una bandera que no divide, sino que crea unidad, una señal siempre llena de significado, porque implica toda la vida. 

Amar como Jesús. Que sólo puede hacerse posible amando desde Jesús, unidos a Él, como el discípulo al Maestro, el sarmiento a la vid, como el cauce del río al manantial. 

"Cuando Jesús dio a sus apóstoles un mandamiento nuevo -su mandamiento, como lo llama más adelante-, ya no habla de amar al prójimo como a uno mismo, sino de amarle como él, Jesús, le amó y como le amará hasta la consumación de los siglos...
Yo sé, Señor, que tú no mandas nada imposible. Tú conoces mejor que yo mi debilidad, mi imperfección. Tú sabes bien que yo nunca podría amar a mis hermanas como tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí. Y porque querías concederme esta gracia, por eso diste un mandamiento nuevo...
¡Y cómo amo este mandamiento, pues me da la certeza de que tu voluntad es amar tú en mí a todos los que me mandas amar...!
Sí, lo se: cuando soy caritativa, es únicamente Jesús quien actúa en mí. Cuanto más unida estoy a él, más amo a todas mis hermanas
"
(Sta. Teresa de Lisieux, Historia de un alma, Ms. C, 12 vº)



sábado, 26 de marzo de 2022

"Dejaos reconciliar por Dios" (2 Co 5, 20; Lc 15, 1-3.11-32)

 


El relato evangélico de hoy se abre con una crítica, que marca la razón de la ruptura de los fariseos con Jesús: "Ese acoge a los pecadores y come con ellos". Jesús proclama el amor misericordioso del Padre, que acoge a todos, que no se pliega a las divisiones y los rechazos que llenan nuestro mundo, y que enarbolaban, como bandera, los distintos grupos del tiempo de Jesús (justos y pecadores, judíos y gentiles, etc.). Por ser fiel a ese amor del Padre a todos, es por lo que todos irán dejando solo a Jesús, y al final lo llevarán a la cruz. Y hoy nos sigue costando aceptar ese amor que es más abierto que nuestros límites y bandos, más profundo que cualquier cálculo. 

Jesús nos habla de este amor, con la parábola de un padre incomprendido. Uno de sus hijos pensó que sería más feliz lejos de él, y actuó sin ningún respeto (pedir la herencia significaba poco menos que desear la muerte de su padre). Aun cuando vuelve, espera un perdón limitado, que lo deje entrar en casa como jornalero. El otro permanece a su lado, pero nunca ha entrado en su corazón, se mantiene en la posición de un siervo que obedece órdenes, pero no ha comprendido que su padre le ofrece algo mejor: compartir su vida. Y hace presea en él el resentimiento.

Y el padre manifiesta, con todos los medios, su amor: restituye al que se alejó en su condición de hijo (el anillo, el vestido, la fiesta...), y sale a buscar al otro, a intentar hacerle caer en la cuenta de su verdadera condición: "todo lo mío es tuyo".

Y en el fondo de ese amor incomprendido, sólo conocido a medias (el amor que Dios tiene por ti), aparece una alegría que rebosa del corazón del Padre, en gestos de cariño y en una fiesta. Se nos invita a entrar en ella. 

La carta de San Pablo a los Corintios nos ofrece otra perspectiva, al hablarnos de Jesús, que no conocía el pecado, pero cargó con nuestro pecado. Es el Hijo que vino a buscarnos, para que podamos encontrar el camino de vuelta a casa del Padre, que es la casa de la fraternidad. Unidos a Él, participamos de su ministerio, que es reconciliar, construir paz. (1 Cor 5, 17-18).

La parábola "del hijo pródigo" (o más bien, del Padre) nos invita a orar y meditar, reconocer lo que tenemos de cada uno de los personajes que ahí aparecen. A descubrir lo que necesitamos reconciliar, a vivir y celebrar la reconciliación (ése es el sentido de la confesión sacramental: vivir y profundizar en esta experiencia). 

El regreso del hijo pródigo está lleno de ambigüedades. Está viajando por el camino correcto; sin embargo, está aún lejos de fiarse del amor de su padre... Uno de los grandes retos de la vida espiritual es recibir el perdón de Dios. Hay algo en nosotros lo humanos, que nos hace aferrarnos a nuestros pecados y nos previene de dejar a Dios que borre nuestro pasado y nos ofrezca un comienzo completamente nuevo.
    Recibir el perdón implica voluntad de dejar a Dios ser Dios y de dejarle hacer todo el trabajo de sanación, restauración y renovación de mi persona. Siempre que intento hacer yo sólo parte del trabajo, termino conformándome con soluciones del tipo “convertirme en jornalero”
    (Henry Nouwen, El Regreso del hijo pródigo, pp. 57-59)

Yo he visto al padre en la plaza
con los ojos extraviados,
la mirada lejana.

Lo he visto por los caminos
que se alejan de la casa
murmurando un nombre,
preguntando a las distancias.

Yo he visto al padre disimulando
la ausencia,
amando también al otro hijo
(el de la sonrisa triste
y la férrea constancia).

Yo he visto la ropa nueva,
ese anillo,
las sandalias.

Lo he visto muchas veces,
demasiadas...

Por eso he vuelto.

                Rafael Velasco, sj.



domingo, 20 de febrero de 2022

"Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar" (Lc 6, 27-38)


En un mundo que presume de globalización, pero sigue lleno de divisiones y marca barreras infranqueables; en una sociedad que se está polarizando y en la que crece la desconfianza y la falta de entendimiento, las palabras de Jesús, hoy, resultan chocantes, y a la vez, portadoras de aire fresco.

A las Bienaventuranzas, les siguen las palabras de hoy, que son, como ellas, propuesta de una novedad que pasa por nosotros. 

En el corazón de este pasaje, una "regla de oro": "Tratad a los demás como queréis que ellos os traten" (Lc 6, 31). Con sencillez y profundidad, Jesús nos da la clave para tratar al otro como alguien con la misma dignidad que yo. Una invitación a ponerme en su lugar, a cultivar al empatía, para saber actuar haciendo el bien.

Y esta regla se inserta propuesta insólita: no basta con tratar bien a los que nos tratan o nos caen bien, a los nuestros ("¿qué mérito tenéis?"). Es preciso abrir el amor y la bondad a todos, incluyendo a los más difíciles: los enemigos, los que nos odian, maldicen e injurian. Podemos también aquí considerar a los que, sin llegar a esos extremos, nos resultan difíciles: los que nos resultan antipáticos o pesados, los que "no nos interesan"...

Lucas ilustra esta actitud con comportamientos sorprendentes, que Mateo expone más explícitamente (Mt 5, 39-42), con un significado preciso en aquella cultura. No se trata de una resignación pasiva ante el mal, sino de una respuesta que interpela al otro (como la resistencia pacífica que promovieron Gandhi y M. Luther King), que, incluso, busca despertar su lado humano, su conciencia. Sabemos que responder al mal con el mal sólo perpetúa la violencia y la injusticia. Es necesario inventar nuevas formas de responder (el Papa Francisco habla de "valentía creativa" para abrir caminos nuevos).

La razón que Jesús da, para este comportamiento nuevo, es que así es Dios, "que es bueno con los malvados y desagradecidos". Vivir como hijos suyos significa obrar como Él. Se nos invita a un "círculo virtuoso": entrar en su lógica, aprender con Él la "gramática del perdón", que conjuga el perdón, la universalidad, el ir más allá de nuestras fronteras, para ser capaces de comprender, de acoger, de vivir su amor que no condena, que perdona, que se nos da con una medida generosa, rebosante (el uso de la forma pasiva, aquí, como en otros pasajes bíblicos, se refiere a lo que Dios hace). A la vez, sólo acercándonos a Dios, cultivando la relación con Él, con su amor, vamos siendo capaces de amar así.


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

sábado, 29 de enero de 2022

"El amor no pasa nunca" (1 Cor 13,8; Lc 4, 21-30)

 


La presentación de Jesús en Nazaret, que comenzamos a contemplar el domingo anterior (L 4, 16-22) acaba en conflicto. Es el conflicto que acompañará toda la vida de Jesús, hasta llevarlo a la Cruz: la radicalidad con la que Jesús anuncia el amor del Padre, sin dejarlo manipular por exclusivismos, hace que, en la mayoría el entusiasmo inicial de por Jesús se vuelva rechazo y, finalmente, deseo de eliminarlo. 

Las primeras frases del Evangelio de hoy (de difícil traducción: no está claro si expresan aprobación y admiración, o una atención llena de extrañeza, cercana al escándalo) transmiten la reacción de los paisanos de Jesús ante su anuncio de sanación, libertad y gracia, y que va desde la atención inicial al escándalo. Es que Jesús ha cortado el pasaje que estaba leyendo de Isaías, que, anunciaba "el año de gracia del Señor... y el día de venganza de nuestro Dios" (Is 61, 1-2). Al cortar el verso que habla de la venganza de Dios, Jesús contraviene el mandato del Deuteronomio, de añadir o quitar nada de la Palabra (Dt 4,2) y, sobre todo, se opone a las expectativas del pueblo, que esperaba un Mesías que liberara a Israel de la opresión romana y lo pusiera a la cabeza de las naciones. De ahí la pregunta "¿No es éste el hijo de José...?", que refleja la expectativa de que Jesús se mantenga fiel a sus raíces, a su tradición y las esperanzas e intereses del pueblo en que se crió. Jesús capta esta postura de sus paisanos ("médico, cúrate a ti mismo; haz también aquí...") y la confronta, recordándoles episodios del Antiguo Testamento que anuncian la universalidad de la gracia de Dios. Pero con ello se hace más claro el rechazo a su anuncio. Aquel "¿No es éste el hijo de José?" tiene también el sentido de "¿quién es éste para reinterpretar la Palabra de Dios?" que encontraremos en otros momentos en que Jesús muestra radicalmente la misericordia del Padre, como cuando perdona pecados. Consecuentemente, intentan matarlo por blasfemo. Llama la atención, por otra parte, que cuando Jesús reivindica su autoridad como Hijo de Dios, es para defender la radicalidad de la misericordia de Dios, que no se ciñe a los intereses de un pueblo o un grupo, sino que "hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos" (Mt 5, 46).

El asunto no pierde actualidad. Émile Durkheim, el sociólogo, y otros críticos de la religión, han denunciado la tendencia que tenemos, todas las personas religiosas, a pensar a Dios como un aliado nuestro y enemigo de nuestros enemigos. Por eso las religiones tienen la recurrente tentación de aliarse con nacionalismos y otros movimientos de autoafirmación, de sentirse superiores... Y  en esto, conviene que mantengamos siempre alerta un sentido autocrítico, pues es más fácil ver estas tendencias en los otros que en nosotros mismos. Pero el verdadero Dios, el que Jesús, nos revela ("a Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer" Jn 1, 19) es amor incondicional e universal, que nos llama a convertirnos. 

La primera lectura, de Jeremías (Jr 1,4-5. 17-19) nos prepara hoy para contemplar la firmeza con que Jesús afronta el conflicto, en fidelidad al Padre. La carta a los Corintios (1 Cor 13) nos invita a profundizar en el sentido de ese amor que Jesús anuncia. Amor, por cierto, que tampoco coincide siempre con lo que nosotros pensamos (la carta habla poco de la retórica sentimental con que hoy se suele hablar del amor). Amor que se traduce, para Pablo, en actitudes que vamos aprendiendo a cultivar. Y que, a diferencia de muchas otras cosas (por brillantes que sean) no pasa: es el que nos introduce en Dios, nos lleva al verdadero sentido de la vida, es lo definitivo. 

Tiene algo de inquietante la escena final del Evangelio de hoy: Jesús se abre paso entre sus paisanos, que quieren matarlo, y se va alejando de ellos. ¿Seré capaz de abrirme paso entre aquello que me impide creer, perdonar, ser paciente... para seguirlo a Él, para no dejar que se aleje de mi vida?


Lecturas de hoy (www.dominicos)

sábado, 25 de diciembre de 2021

"En las cosas de mi Padre"

 


En el domingo siguiente a la Navidad volvemos los ojos sobre la Familia en que nació. Es significativo que el Hijo de Dios, al nacer, prescinde de honores, de riquezas, de seguridades, e incluso del amparo de una casa, pero no de una familia. Y es que es verdaderamente fundamental el llegar al mundo acogidos en una familia que nos ama, y que posibilita nuestro crecimiento a todos los niveles. 

Las lecturas de hoy subrayan la importancia de la familia, a la vez que indican un estilo de vida en familia, caracterizado por el cuidado mutuo, la misericordia ("la compasión hacia el padre no será olvidada" Eclo 3, 14; "El Señor os ha perdonado; haced vosotros lo mismo" Col 3,13), el respeto, la capacidad de sobrellevarnos con amor. 

En nuestra mentalidad "chirría" el consejo "mujeres, someteos a vuestros maridos" (tampoco de cualquier manera, sino "como conviene en el Señor", Col 3, 18). Al leer con atención, podemos ver que Pablo, de manera retórica, distribuye entre hombres y mujeres actitudes que son recíprocas: a continuación dice: "Maridos, amad a vuestras mujeres" (Col 3, 19). De la misma forma que es de esperar que también las mujeres amen a sus maridos, también éstos han de someterse (o "ser sumisos" dice la traducción litúrgica actual) a sus mujeres. Ese sometimiento mutuo se refiere a un contar siempre el uno con el otro, y a la "autoridad" que tiene para nosotros la palabra de quien nos ama.

El Evangelio nos muestra a la familia de Nazaret en una perspectiva de Pascua: la ciudad de Jerusalén, la fiesta pascual por la que sube allí la familia, los tres días de búsqueda de Jesús (que son una alusión a los tres días del sepulcro)... Además de subrayar que Jesús es el Hijo de Dios, nos llama a todos a reflexionar sobre ese sentido pascual que tiene también la vida en familia: la capacidad del amor entregado para generar vida y para superar las situaciones de dolor y de crisis, la llamada a vivir el amor, como Jesús y con fe en Él, en las relaciones familiares. 

En este día, damos gracias a Dios por nuestras familias, y le pedimos que nos dé luz para seguir construyéndolas en el amor. 


 

domingo, 31 de octubre de 2021

"Amarás..." (Mc 12, 28b-34; Dt 6, 2-6)

 


Para los judíos, la Ley es sabiduría para vivir. Es la presencia de Dios en medio de su pueblo. También, se volvió una maraña de 613 preceptos, entre los cuales llegaba a resultar difícil orientarse. El escriba, buen conocedor de aquellos preceptos, busca en Jesús ayuda para situarse ante ellos. 

Jesús remite a un texto bien conocido, que habla de Dios como fundamento de todo, que llama a escuchar y amarlo "con todo tu ser" y une a él, el amor al prójimo, que es el principio de todas las demás normas. La novedad de su respuesta está en unir el amor a Dios y a los demás (y a uno mismo).

Son palabras ya conocidas, pero su sentido tiene siempre mucho por descubrir. También nosotros tendemos a perdernos entre mil obligaciones y distracciones. Y  vivimos en una cultura de la fragmentación, que tiende a "deconstruir", a ir descomponiendo nuestra realidad en "elementos independientes" como si fueran piezas que se pueden separar y mezclar de nuevo arbitrariamente (se desvinculan, por ejemplo, el amor, la sexualidad y el compromiso; también la convivencia cotidiana y la comunicación...) y eso nos hace difícil integrar, "encontrar el hilo" de nuestra vida. Y Jesús nos invita a centrarnos en lo que de verdad es necesario, lo que da sentido a todo y es capaz de integrar todo: el amor, que es don y tarea. 

No se trata de una "obligación" más por "cumplir", sino de descubrir la necesidad y a la vez la riqueza fundamental que nos mueve: amar y ser amados. No se trata sólo de "hacer", sino también (por ejemplo) de "reconfigurar" nuestra capacidad de sentir: ¿hasta qué punto somos conscientes de que "Él nos amó primero" (1 Jn 4,19), del misterio de hermosura que nos envuelve, y de lo preciosos que somos a los ojos de Dios? 

Se trata de ir abriéndonos: a Dios, al otro, a nuestra propia realidad, con actitudes que van desde la capacidad contemplativa a la respuesta práctica y cotidiana a las necesidades del prójimo, y a educar la escucha. De todo un camino, siempre mayor de lo que sospechamos, y siempre a un paso de donde estamos. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

  El domingo pasado veíamos a Jesús acompañar a los discípulos de Emaús, y conducirlos de nuevo a la comunidad, iluminados por su presencia ...