“Sed misericordiosos,
como vuestro Padre es misericordioso”. “No
juzguéis y no seréis juzgados…” Estas palabras de Jesús, inmediatamente
anteriores (Lc 6, 36-38) nos ofrecen una clave para comprender el pasaje que
hoy escuchamos.
Y nos llevan a preguntarnos por el fruto que produce en
nosotros el Evangelio. A veces, nuestra vivencia religiosa nos lleva a
sentirnos superiores a otros, a cultivar actitudes de juicio. Cuando esto
ocurre, no comprendemos bien la enseñanza de Jesús, que nos habla de una forma de situarnos ante los demás, ante Dios y ante nosotros mismos. Nos volvemos un poco ciegos. Y en lugar
de ser luz capaz de guiar a otros, añadimos oscuridad a nuestro mundo, podemos caer en divisiones, enfrentamientos y "agujeros" así.
A punto de entrar en la Cuaresma, el Evangelio nos habla de
la necesidad de limpiar nuestra mirada (la imagen de la ceguera es frecuente y
llena de sentidos a lo largo del Evangelio). Nuestro objetivo no estar sobre
nadie. Es llegar a ser como nuestro maestro: Jesús.
Pablo nos hablará, en otro lugar, de “llegar a la medida de Cristo en su plenitud”, y hoy nos habla de
que “lo corruptible se vista de
incorrupción”, y de una vida que va más allá de la ley (en esa vertiente de
la ley que Pablo descubre como fuente de divisiones, de juicios y actitudes de
condena), del pecado y de la muerte.
Se trata de transformar radicalmente nuestro corazón, para
que pueda dar frutos buenos.
Necesitamos crecer en humildad: para abrir los ojos; para
reconocer las “vigas” que llevamos en ellos; para dejarnos conducir por Dios.
Como referencia, para todo ello, está Dios que es misericordioso, que ve
nuestra realidad con amor y por eso nos ayuda a nosotros a acogerla. Y que abre
para nosotros caminos, en la situación en la que estemos, y nos invita a
descubrirlos.
El canto de la viña de Isaías y la parábola del Evangelio esbozan la historia de Dios con su pueblo, y el rechazo de éste, que se niega a dar los frutos que se le piden, maltrata a los profetas, y llegará a matar incluso al hijo que Dios envía.
No es sólo la historia de Israel, es también la historia de la humanidad. Nuestro mundo tiene recursos suficientes para ofrecer una vida digna a todos, pero la codicia que acapara, y los miedos y soberbias que dividen, han hecho que en nuestra historia crezca el resultado que Isaías denuncia: "esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada. Esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos" (Is 5,7).
Una historia que nos interpela a cada uno, pues en cada uno está la capacidad de dar buen fruto, o de dejar que ese fruto se agrie y estropee. El evangelio ofrece una clave: la tentación de querer apropiarse de todo frente a la actitud de entregar fruto. S. Francisco de Asís (cuya fiesta celebramos el miércoles pasados), nos recuerda que todo cuanto tenemos, lo hemos recibido de Dios: no sólo los bienes materiales, sino también nuestras cualidades personales, y la misma vida. Y que cuando pretendemos apropiarnos de ello, quedárnoslo sólo para nosotros, lo estropeamos. Nuestra vida da fruto y se realiza cuando esos dones se convierten en ofrenda: acción de gracias a Dios y dones que se ponen al servicio de los demás. De ello, por cierto, habla una de la Plegaria Eucarística III, que pide que el Espíritu "nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos".
Cabe apuntar, por otra parte, que Dios nos pide frutos, que no es lo mismo que resultados. El "resultado" de nuestros esfuerzos depende de muchos factores, parte de ellos ajenos a nosotros. Y también escapa a nuestros cálculos. La vida de algunos santos de nuestros tiempos modernos (estos tiempos que idolatran la eficacia), como Teresa de Lisieux y Charles de Foucauld era, aparentemente, un fracaso sin resultado, y sin embargo han tenido una extraordinaria fecundidad y capacidad de dar luz y vida a otros. En el Nuevo Testamento, los frutos tienen que ver, más bien, con las actitudes. Así, dice San Pablo (Gálatas, 5, 23) que "el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia,
benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza"...
Y hoy nos invita también a cultivar una serie de actitudes: tener en cuenta "todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, todo lo que es virtud o mérito" y poner en obra "lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí" (Flp 4, 8-9).
Vale la pena que hoy nos preguntemos, cada uno ¿qué frutos me pide Dios? ¿Qué frutos pide la realidad que me rodea? ¿Qué frutos puede (y pide) dar mi vida?
San Pablo, además, pone, como punto de partida, la oración confiada. Una oración que ya se anuncia en el salmo, que evoluciona desde la desolación por la desgracia de su pueblo (esa vid que extendió sus sarmientos, pero se ve saqueada y pisoteada) a una actitud de búsqueda de Dios: "no nos alejaremos de ti: danos vida, para que invoquemos tu nombre".
En la Escritura hay otro pasaje significativo que habla de una viña: Jn 15 1-10, que vale la pena leer hoy: Jesús es la vid verdadera, y nosotros los sarmientos, que, unidos a Él, podemos dar fruto. Frente a la tentación de un voluntarismo basado en las propias fuerzas (otra vez, el quedarnos en nosotros mismos), nos dice hoy Jesús que Él es la piedra angular (Mt 21, 42), sobre la que podemos construir.
Y devolvamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo,
y reconozcamos que todos los bienes son de él, y démosle gracias por todos a
él, de quien proceden todos los bienes. Y el mismo altísimo y sumo,
solo Dios verdadero, tenga y a él se le tributen y él reciba todos los honores
y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las gracias y gloria,
de quien es todo bien, solo el cual es bueno (cf. Lc 18,19). (S. Francisco de Asís, Regla no bulada, cap. 17)
En la tarde de esta
vida, compareceré delante de ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor,
que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus
ojos. Por eso yo quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor
la posesión eterna de Ti mismo. No quiero otro trono ni otra corona que Tú
mismo, Amado mío... (Sta. Teresa del Niño Jesús, Ofrenda al Amor misericordioso)
El Evangelio cuenta el tercer encuentro de Jesús resucitado con los discípulos (Jn 21, 14). La narración está llena de alusiones a otros pasajes del Evangelio (la pesca milagrosa en que Jesús llamó a Pedro, la larga noche del juicio y las negaciones...) y de referencias a la vida de la comunidad cristiana, que nos alcanzan a nosotros. Juan nos invita a embarcarnos con él (Jn 21, 3) en un relato, que es el de una comunidad que, desde sus pobrezas y sus noches, amanece al encuentro con el Señor.
Al leer el relato con atención (dejándonos interpelar) podremos, tal vez, reconocernos en esos discípulos que conocen la experiencia de jornadas de trabajo sin fruto, de noches de vacío, en la que Dios parece estar ausente, o parece que hemos perdido su rastro, y no se percibe su recuerdo vivo (llama la atención, en los primeros versos, esa "vuelta a la vida cotidiana" de los discípulos, como si nada hubiera pasado, como si nada hubiera cambiado en sus vidas). Y comprender así que es con Él que llega el amanecer, y el trabajo, perseverante, se llena de frutos, y la Iglesia se hace red capaz de acoger y salvar a muchos, sin romperse.
Una vez más, destacan Pedro y "el discípulo que Jesús quería" (Jn 21,7). Omite su nombre, tal vez para subrayar la experiencia de amor y de identificación con Jesús, lo que él quiere en sus discípulos. Es el discípulo capaz de reconocer al Señor, de intuir su presencia, y compartirla. Pedro, por su parte, sabe que está desnudo (Ap 3, 17. Como Adán tras la caída. Gn 3,7). Pero, en vez de esconderse, se dirige a Jesús. Ya no pretende andar sobre las aguas (Mt 14, 22), sino que se ata la túnica (como Jesús se ciñó para lavar los pies de los discípulos Jn 13,4) y se lanza al agua, y después trae la red a la orilla.
Una vez más, el encuentro es comida con el Señor, Eucaristía en la que Él hace sentir su presencia y enseña. Y reconcilia. El diálogo último, de Jesús con Pedro, baja hasta las heridas que dejaron las tres negaciones, para sanarlas, para renovar la llamada al seguimiento y el encargo de la comunidad. Jesús invita a un amor total (agapaô); Pedro responde con un sí consciente de que su amor es mucho más pobre (phileô, es la palabra que usa aquí el evangelio). Y Jesús baja hasta su nivel, y por otra parte, le indica el camino del amor: la entrega del Buen Pastor a la comunidad, que es cuidar y apacentar. Y le anuncia que ese amor llegará a ser capacidad de dar la vida.
La última palabra de hoy, la última que pronuncia Jesús en el Evangelio, es "Sígueme" (Jn 21,19).