domingo, 29 de marzo de 2026

“Obediente hasta la muerte… Jesucristo es Señor” (Flp 2, 6-11; Mt 26,14-27.66)

 

El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa, con la entrada de Jesús en Jerusalén, de forma humilde, y aclamado como aquél "que viene en nombre del Señor”. El Mesías no viene a caballo (símbolo del poder guerrero), sino con la fuerza del Espíritu, la fuerza de Dios Amor que se entrega y da vida, que salva. La aclamación de los que acompañan a Jesús anuncia una victoria que se va a realizar de forma diferente a como ellos esperaban, y con un alcance más definitivo. 

El relato de la Pasión nos introduce en todo lo que vamos a contemplar en estos días, para que lo meditemos, para que vayamos, día tras día y año tras año, entrando en el sentido de este Misterio que siempre es más profundo de lo captamos. Y que tiene relación con nuestras vidas, más de lo que percibimos. 

Se nos invita a una lectura pausada de la Pasión del Señor, para dejarnos interpelar por ella: por las situaciones y las personas que aparecen, por múltiples detalles que nos hablan.

El relato de Mateo subraya que en Jesús se cumplen las Escrituras. Su vida, entregada hasta la muerte, es, efectivamente, la Revelación plena de Dios, que cumple todos los anuncios y profecías anteriores. Jesús muere por fidelidad al Padre, al amor de Dios a todos los hombres, que él ha predicado sin plegarse a los exclusivismos de unos y otros (fariseos, nacionalistas judíos, etc.). Su entrega, su amor hasta el fin, su humilde despojarse de sí mismo y de la misma vida por nosotros (que canta Flp 2, 6-11), su comunión, en la cruz, con todos los que sufren, revela quién es Dios en verdad. 

Es un cumplimiento lleno de paradojas: los discípulos prometen ser fieles pero sucumbirán a su debilidad; y aún así, serán, al fin, testigos de la fidelidad de Jesús que, en medio de todo, se entrega y salva: El pueblo elegido y sus doctores de la ley no comprende a Jesús, mientras que un pagano, el centurión, lo reconoce: "Verdaderamente este era Hijo de Dios". Dios lleva adelante su plan de salvación anunciado, pero no sucede como esperábamos. Acontece, de hecho, con más hondura y más alcance. 

Así sigue siendo. Esta cruz de Jesús ilumina también las encrucijadas de mi vida y mis contradicciones. En ellas también nos acompaña y salva, de forma, a veces, insospechada. Se nos invita a aprender a confiar en Él, y a dejarnos iluminar por su palabra, por su ejemplo, por su vida, por su presencia. . Somos invitados, en estos días, a mirar la cruz de Jesús. Y mirar nuestra vida a su luz. 



domingo, 22 de marzo de 2026

“Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 1-45)

 

Hoy, el Evangelio nos conduce a una confesión de fe fundamental, en medio de paradojas, como las que encontramos en nuestra vida.

Juan nos hace ver cómo Jesús es profundamente humano, y se estremece y llora ante la muerte de su amigo y el dolor inconsolable de María y las que lo acompañan. A la vez, hoy manifiesta la fuerza de Dios, capaz de resucitar a Lázaro. Dios se conmueve con nuestras tragedias. Y su compasión no es sólo sentimiento, sino poder que crea vida, la renueva.

Juan nos habla también de frustración, de desconcierto.  Lo que expresan, reiteradamente, Marta y María: “Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Nos queda la perplejidad por la demora de Jesús para socorrer a su hermano (y, aunque Jesús se hubiera puesto en camino inmediatamente, habría llegado dos días después del entierro de Lázaro). Podemos ver reflejado, en este episodio, nuestro desconcierto por ante tantas situaciones, ante tantas cosas que ocurren.

Marta y María exponen a Jesús sus sentimientos, abiertamente, confiadamente. Desde su  dolor y decepción, Marta se abre al diálogo con el Maestro. Y ese diálogo la conducirá a confesar a Jesús como resurrección y vida, como “el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. En ese diálogo, Jesús acompaña a Marta a vencer sus propias resistencias, a quitar la losa que cierra el sepulcro de Lázaro, para permitirle hacer su obra: dar nueva vida.

La carta a los Hebreos (2, 14-15) nos dice que “ Jesús participó de esa condición (nuestra carne y sangre, nuestra vida mortal), para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al Diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan la vida como esclavos”. Jesús ha venido a darnos vida, y para hacerlo Él mismo pasará por la muerte. Él trae la Resurrección y la Vida definitiva: una vida que anhelamos, y a la vez somos incapaces de definir y comprender (como un ciego de nacimiento no podría describir los colores, o un sordo imaginar la música). Una vida que recibiremos plenamente más allá de esta vida, y que también se va haciendo presente en esta vida, en la experiencia que podemos ir haciendo del “Espíritu que habita en vosotros” (Romanos, 8, 8-11), que es fuente de paz, de creatividad, de valor, de perdón… de vida que se renueva.

Este Evangelio, hoy, nos pregunta también por nuestra vida, que tal vez tiene también “espacios muertos”, sellados con losas, y frustraciones y desconciertos... Nos invita a entrar en diálogo con Jesús, que ofrece Vida, no sólo en el último día, sino también en el hoy de nuestra existencia.


En la primera lectura, escuchamos las palabras del profeta Ezequiel, ante un pueblo en el destierro, que se sentía a punto de desaparecer, después de haber perdido casi todo (la independencia y la libertad, la tierra patria, y el templo que era el medio que tenían para relacionarse con Dios):

"Yo mismo abriré vuestros sepulcros,
y os haré salir de vuestros sepulcros...
Y cuando abra vuestros sepulcros
y os saque de ellos, pueblo mío,
comprenderéis que soy el Señor.
Pondré mi espíritu en vosotros, y viviréis."

Son palabras que anuncian una obra de Dios: ese momento, que parecía de muerte (hasta ese momento, todos los pueblos antiguos, al ser desterrados, desaparecían como pueblo), va a ser el momento en que Israel se renueve, se afiance con una nueva identidad, y una nueva manera de comprender a Dios y de relacionarse con Él.


jueves, 19 de marzo de 2026

“José, el esposo de María, de la cual nació Jesús” (Mt 1, 16.18-21)

 

Celebramos hoy a san José, un hombre que pasa en silencio por la Escritura, sin decir una palabra.

Durante siglos, también la Iglesia guardó silencio sobre él, podríamos decir que casi lo olvidó. Él mismo, ante la Encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios, acepta una posición que no es de protagonismo, sino de estar al servicio de Jesús y de María.

Poco a poco, a medida que se presta más atención a la realidad humana de Cristo (verdadero Dios y verdadero hombre), comienza un redescubrimiento de este hombre sencillo, humilde, cercano y fundamental. Y la Iglesia experimenta su cercanía, inspiradora y protectora.

José, que vive en la mayor cercanía del Misterio de Dios hecho hombre, vive también una realidad cercana a la nuestra: en familia, en el trabajo, entre dificultades y conflictos… Y nos enseña, silenciosamente, a acoger a Cristo en medio de esa realidad compleja, ambivalente, que nos toca a diario.

José, hombre del silencio, de la escucha, de la confianza en Dios convertida en creatividad valiente ante las dificultades de la vida, es para nosotros, como decía Teresa, maestro de oración, maestro de vida.

Carta "Patris Corde" del Papa Francisco, sobre S. José

Lecturas de hoy

domingo, 15 de marzo de 2026

“La Luz del mundo” (¿También nosotros estamos ciegos?) (Jn 9)

 

El capítulo 9 de San Juan se expresa con paradojas. Así, Jesús dice que "para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, queden ciegos". Él cura al ciego, y pone en evidencia la ceguera de los fariseos, cada vez más obstinada.

Y nos interpela con la pregunta final: “¿también nosotros estamos ciegos?”. Juan habla de muchas cegueras, de miradas desenfocadas en las que, tal vez, podemos reconocernos:

- Cuando, ante el mal, buscamos culpables (“¿quién pecó, este o sus padres?”) en vez de preguntarnos qué podemos hacer (“Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado". Esa actitud es, además, la que ayuda a descubrir cómo “se manifiestan las obras de Dios”)

- Cuando pasamos junto a los pobres sin verlos, como aquella gente que no acertaba a reconocer a quien había estado ante ellos, todos los días, pidiendo limosna.

- Cuando preferimos "mirar para otro lado", como los padres del ciego ("Preguntádselo a él, que es mayor... porque tenían miedo")

- Cuando nos obcecamos (por orgullo, prejuicios, o por otras causas) y dejamos de ver lo evidente, como los fariseos que se fijaban en la ley del sábado, y no veían el signo que Jesús había hecho. 

Podríamos añadir más formar de mirar sin ver (Mt 13, 13-15). Lo importante, con todo, es el itinerario de sanación que Juan narra. Ese ciego era alguien que vivía en la oscuridad, en la dependencia, en la marginación (se le consideraba “empecatado de los pies a la cabeza”), y va haciendo un camino, en el que Jesús ha tomado la iniciativa: a principio no sabe dónde está Jesús, pero llegará a confesarlo (aun a precio de ser expulsado) y a encontrarse con Él, y a reconocerlo ("Creo, Señor").

Es un camino de renovación, de creación (por eso Jesús, como Dios en el principio, hace barro y se lo coloca en los ojos). Es un itinerario bautismal (por eso dice: "lávate en la piscina de Siloé -que significa enviado-"). Se nos propone a nosotros, que en el bautismo hemos recibido un don, para que lo hagamos vida.

Jesús es la Luz del Mundo. Una luz que transmite la misericordia, el amor de Dios, y llena de paz (“En la Palabra estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” Jn 1, 4). Se nos invita a poner nuestras vidas a esta luz (reconociendo nuestras sombras, desenredando nuestros recovecos interiores…), para dejarnos iluminar por Él, que “mira el corazón” (1 Samuel 16,7). Así podemos llegar a “ser luz por el Señor", (Ef 5,8). Iluminados por Jesús, podemos "trabajar", involucrarnos en la obra de Dios (Jn 9,4-5). Podemos ser aprender a mirar como Él, y ser luz con nuestras actitudes.



Podemos también leer el capítulo 9 de Juan, desde la experiencia de San Pablo, que tiene varios paralelismos: un fariseo que, en el camino de Damasco, fue cegado por la luz de Jesús, para abrir los ojos desde la fe (Hch 9, 3-18).

domingo, 8 de marzo de 2026

"Señor, dame de esa agua" (Jn 4, 5-42)

 

Este domingo, y los dos que siguen, escuchamos tres capítulos del Evangelio de San Juan, que centraban tres catequesis para los que se iban a recibir el bautismo en Pascua. Nos descubren quién es Jesús para nosotros: Agua Viva, Luz del mundo, y Resurrección y Vida. Nos invitan a encontrarnos con Él, que nos busca, como buscó, con insistente delicadeza, el diálogo con aquella samaritana.

Juan nos presenta un Jesús humano: cansado, sediento... Y a la vez, con la capacidad que Dios tiene para saltar fronteras (entre varones y mujeres, entre judíos y samaritanos...), para tocar y decir la verdad de la persona ("me ha dicho todo lo que he hecho") sin condenar; para superar los conflictos, llevando las cosas a un plano más profundo ("el sitio donde se debe dar culto …"), para ofrecer un agua que "salta hasta la vida eterna". Jesús se acerca pidiendo, y lo hace para dar, para ofrecer el don de Dios (tantas veces lo hace así...).

El Evangelio nos habla de sed: de deseo y necesidad. El salmo nos advierte: "No endurezcáis vuestro corazón". Frente a la tentación de endurecernos en nuestros desencantos (como tierra reseca), se nos invita a preguntarnos por nuestra sed más profunda. ¿Cómo intentamos saciar nuestro corazón? Esta pregunta es uno de los sentidos del ayuno cuaresmal.

Jesús es fuente de un agua viva, capaz de saciar y convertirse en fuente en nuestro interior. Nos ofrece del don de Dios: verdad y sabiduría; encuentro y amor; vida y de fecundidad; bondad y hermosura...  Nos ofrece el Espíritu Santo. San Pablo nos dice que "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado" (Rom 5,5), y este amor gratuito, que acogemos en la confianza de la fe, es el que nos "justifica", el que nos salva y hace que nuestra vida encuentre su lugar, tenga sentido y contenido. 

El Evangelio nos revela que Dios que tiene "hambre y sed". Jesús, que en el desierto renunció a convertir piedras en panes porque "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 3-4), ahora habla a sus discípulos de un alimento nuevo: "hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra". Dios es una fuente sedienta: desea compartir su plenitud y su vida con nosotros, para llenarnos. 


"He aquí, pues, todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir: «Dame de beber», lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor...

Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!"
                    Sta. Teresa del Niño Jesús, Carta a su hermana María, 13-IX-1896



  En esta mañana de Pascua, S. Lucas nos invita a descubrir a Jesús como compañero de camino. En el relato de aquellos dos discípulos de E...