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 En medio del verano, tiempo de plenitud (días de cosecha, con lo que eso significaba para una sociedad que, hasta hace menos de un siglo, vivía al ritmo de la naturaleza y las labores del campo) celebramos la fiesta de la Asunción de María. Una verdad de fe afirmada como dogma en 1950, y asentada desde antiguo en la conciencia del pueblo creyente. Esta fiesta nos invita a la alegría, a la esperanza, a una mirar el mundo y la vida y descubrirlos llenos de la luz de Dios. Contemplamos a María participando plenamente, en cuerpo y alma, de la Resurrección de Cristo. Ella, nuestra madre, llena de felicidad porque ha vivido llena de fe (Lc 1,45), va delante de nosotros, y nos muestra hacia dónde se dirige nuestra vida. Como dice San Pablo, " Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos "  (1 Cor 15,20). Unidos a Él por el bautismo, unidos a Él como seguidores y amigos suyos, participaremos de esa plenitud de vida que nuestras palabras no alcanzan a describir.  María n

"He venido a prender fuego" (Lc 12, 49-53)

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  Poco antes, Pedro preguntaba a Jesús: " Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos? " (Lc 2, 41). Ahora, Jesús habla del alcance que tienen sus palabras para el mundo entero y para sí mismo, de la radicalidad de su mensaje, que viene " a prender fuego a la tierra ", y que para Él ha de significar la angustia de entregar la vida en la cruz (entrega a la que alude al hablar de su bautismo). Puede resultar sorprendente que Jesús diga " ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división " (Lc 12, 51). El, que dice " la paz os dejo, mi paz os doy " (Jn 14, 27) propone el perdón y el amor incluso a los enemigos (Mt 5, 44), y habla de Dios como Padre. Jesús, en este pasaje, utiliza una forma de hablar de su tiempo y su pueblo (que ya aparece también en la vocación de Isaías, Is 6,10). Expresa en forma de finalidad ( "he venido a" ) lo que acontece como resultado de la misión. Es decir: no es la intención de Jesús, ni

"No temas... estad preparados" (Lc 12, 32-48)

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 El Evangelio de hoy enlaza con el del domingo pasado, que nos hablaba de ser ricos "ante Dios". O como quizás diría santa Teresa de Jesús, "ante la Verdad", ser, en verdad, ricos . Frente a la codicia, la tentación de acumular, Jesús nos invita a compartir y poner en juego lo que somos y tenemos, para vivir desde el amor. Pues ese cielo donde se puede guardar un tesoro inagotable y sin riesgo de robo o deterioro, no es un " almacén ", ni propiamente un " lugar " (como decía el Papa Benedicto XVI). Las imágenes que el Nuevo Testamento utiliza (el cielo, el Reino, como también " los bienes de allá arriba " de los que hablaba San Pablo el domingo pasado) nos intentan hablar de algo que no cabe en palabras, y que tiene que ver con participar de la vida de Dios. Por eso el camino pasa por compartir la vida de Jesús: compartir sus actitudes, vivir en comunicación con El. Poner en Él, y en el amor que Él nos enseña, nuestro corazón. Descubrir

"Guardaos de toda clase de codicia" (Lc 12, 13-21)

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 Una vez más, alguien se acerca a Jesús para intentar "traerlo a su terreno", a sus intereses. Y Jesús, con sabiduría y libertad, aprovecha la ocasión para enseñar, para invitarnos a profundizar.  " Aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes " (Lc 12, 15). Una vez más, Jesús habla de la tentación de poner la confianza en el dinero, y cifrar en él la propia seguridad. Pablo, por su parte (Col 1, 5) nos dice que la avaricia es una forma de idolatría. Y cuando el dinero se convierte en un "dios", cuando se convierte en el valor supremo que dirige todo, esclaviza y provoca injusticias y violencias. Lo vemos a diario. La parábola del rico necio refleja la mentalidad de nuestro mundo, obsesionado con la acumulación económica, el deseo de "darse buena vida"...  Y señala como esas actitudes malogran la vida de quien se entrega a ellas. El deseo de tener, disfrutar... nunca se sacia, y vacía a la persona. Porque su sed pide otra fuente.   &

"Señor, enséñanos a orar" (Lc 11, 1-13)

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Varias veces, los Evangelistas nos hablan de Jesús orando, buscando momentos en el día o la noche, para estar a solas con el Padre. Su palabra, sus gestos, su libertad, su vida entera están referidos al Abbá que lo sostiene y lo envía, que es fuente de gozo y de paz para Él, y quiere serlo para todos.  Con los discípulos, hoy somos invitados a decir a Jesús: " Señor, enséñanos a orar ". La carta de Pablo a los Colosenses (Col, 2, 12-13) nos habla, además, del sentido que tiene este aprender a orar desde Jesús: se trata de identificarnos con Él, puesto que, por el bautismo, nuestra vida está vinculada a su vida y muerte: para resucitar con Él, para descubrir esa vida nueva que Él quiere ir construyendo en nuestra existencia.  Con pequeñas variantes, Mateo y Lucas nos transmiten el Padre nuestro. Una oración para orar y para meditar. Pues como decía San Cipriano de Cartago (siglo III) " ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de

"Una sola es necesaria" (Lc 10, 38-42)

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  El Domingo pasado, escuchábamos al escriba preguntar "¿ qué he de hacer... ?" Inmediatamente después de la parábola del "Buen Samaritano" (" haz tú lo mismo... " Lc 10, 37), el Evangelio introduce esta escena.  Una mujer recibe a Jesús en su casa. Como, tal vez, podría haber recibido a algunos de los discípulos que, poco antes, Jesús envió por delante. (Lc 10, 1-7). En aquel "mundo de hombres", por cierto, llama la atención que sea la casa de una mujer la que hospeda a Jesús.  Su hermana María escucha la Palabra de Jesús, sentada a sus pies. Esta expresión tiene un significado preciso: el discipulado (como se ve cuando Pablo afirma haber sido instruido en la Ley " a los pies de Gamaliel ", Hch 22, 3). María se ha hecho discípula de Jesús. La Ley, sin embargo, prohibía a las mujeres hacerse discípulas de un rabino. Tal vez a la misma Marta le pareció que el afán de su hermana era imposible, y que era mejor que "hiciera algo útil&

"¿Qué tengo que hacer...?" (Lc 10, 25-37)

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  " ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? " Ante esa pregunta, Jesús invita al maestro de la ley dar por sí mismo una respuesta, desde la Palabra de Dios. Y, sencillamente, confirma la respuesta que él mismo ha dado.  " Amarás al Señor tu Dios... " y " a tu prójimo como a ti mismo ". El maestro de la ley insiste. En su mente legalista, la pregunta viene a significar " ¿hasta dónde, hasta qué grado de cercanía, puedo considerar a alguien como prójimo? " (¿los de mi familia, mi clan, mi tribu, mi nación, mi raza...?). Jesús, entonces, le invita a mirar con una perspectiva totalmente diferente, y le propone una situación vital, la de una persona herida al borde del camino, necesitada de ayuda. De hecho, nos invita a mirar desde ese hombre herido (" ¿cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos? ").  El relato sorprende porque sea un samaritano (despreciado por los judíos como infiel a D