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  En la liturgia, toda esta semana que hemos pasado es un eco del Domingo de Pascua. Y el Evangelio nos vuelve a situar en " el día primero de la semana ". Ese día iluminado por la Resurrección de Jesús es para nosotros siempre el primero, la referencia de toda nuestra vida.  Los discípulos ya han recibido la noticia de la Resurrección del Señor. Juan, con Pedro, " vio y creyó " (Jn 20,8); María Magdalena se encontró con el Resucitado y ha transmitido a los demás su palabra (Jn 20,11-18). Cuando Jesús aparece, lo reconocen sin las vacilaciones iniciales. Sin embargo, están encerrados en una sala con miedo. Han empezado a comprender y creer, pero su fe y su vida tienen límites y lastres. El Evangelio está narrando un camino de fe que puede ser también el nuestro.  Nos habla de una experiencia con notas que contrastan: la paz, la alegría ... y las llagas de Jesús, que aparecen tres veces en el relato. Tomás, aquel discípulo decido y generoso que en un día difícil dijo

"Ha resucitado y va delante de vosotros a Galilea" (Mc 16, 7; Jn 20, 1-9)

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 Los relatos evangélicos de la Resurrección hablan de algo que trasciende los conceptos y las categorías de nuestro pensamiento: de algo que no cabe en palabras. Por eso, como el lenguaje de los místicos, recurren a símbolos, a imágenes que nos invitan a ponernos en camino, como a Pedro y Juan, hacia la experiencia de la Resurrección y la fe.  Un elemento que todos transmiten es la dificultad de aquellas discípulas y discípulos (los primeros testigos son las mujeres que acompañaron a Jesús en la cruz. Y esto es significativo), la dificultad para creer y comprender. En todos ellos hay un desconcierto, como en Magdalena, un primer momento en que lo que están descubriendo sobrepasa su capacidad de entender, un momento de vacilación. Y un camino. Un camino que se emprende madrugando, y en oscuridad. Una oscuridad que aludíamos al celebrar la Vigilia Pascual en la noche. Una oscuridad como la que envolvía al mundo al principio del Primer día de la Creación. Y es que con la Resurrección de J

"Sus heridas nos han curado" (Is 55, 5-8; Jn 18 y 19)

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  En la Pasión de Jesucristo se cruzan los caminos de la humanidad con los de Dios. Aparece, por una parte, la violencia y la injusticia de nuestro mundo, que manipula la justicia y condena a muerte al inocente entre desprecios y burlas, que incluso busca al Nazareno (término que también designa al enviado de Dios, esperanza del pueblo) para aniquilarlo. Como anunciaba Isaías, " Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes " (Is 55, 5-8). Los relatos de la cruz empiezan en la noche de Getsemaní, terminan en las tinieblas que cubren el mundo en pleno día, y dejan entrever esa oscuridad en el escepticismo de Pilato ("¿qué es la verdad?"), en las burlas crueles de los soldados, en la traición de unos y el miedo de otros. Las mismas tinieblas que siguen presentes en las guerras, las mentiras y desesperaciones de nuestro tiempo.  Juan, en su relato de la Pasión, deja toda una serie de pistas que, en medio de esa historia de escarnio y muerte

"Haced esto en memoria mía" (1 Cor 11, 25. Jn 13, 1-15)

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  Comenzamos el Triduo Pascual, la celebración de la Pascua del Señor, el centro de nuestra vida como cristianos La celebración de la Cena del Señor, donde se manifiesta su amor hasta el extremo, nos ofrece el sentido de lo que vamos a vivir en estos días, La muerte de Cristo en la Cruz es la expresión final y definitiva de esa entrega, que ha ido derramándose a lo largo de toda su vida, en favor de todos. Y la Resurrección manifiesta cómo esta entrega de Cristo, que baja hasta los abismos humanos del dolor, del fracaso y de la muerte, y que carga con nuestra historia de pecado, vence a la muerte y abre para nosotros la puerta de una nueva vida, la de Dios.  Jesús ha vivido desde el amor del Padre y para transmitir y manifestar ese amor a todos. Por fidelidad a ese amor (amor que el mundo rechaza por su propia autenticidad, por ese "ser para todos" y no plegarse a los intereses, las manipulaciones y parcialidades de unos y otros), Jesús entrega su vida. Y en esa Cena, sabiend

"¡Hosanna! ¡Bendito el que viene"

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  El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa y nos ofrece como una panorámica de todo lo que vamos a celebrar. De hecho, la entrada de Jesús en Jerusalén, triunfal a la vez que humilde (en un borrico, y no a caballo como un rey guerrero), es como un anuncio del triunfo de su Resurrección, en la que resplandece un triunfo y una gloria diferentes de los poderes y glorias del mundo. Un triunfo muy diferente del que esperaban aquellos que aclamaron a Jesús en su entrada a Jerusalén. Siempre más allá de nuestras expectativas y criterios. Y es que celebramos la Semana Santa un año más, para entrar un poco más en esa Vida de Jesús que siempre es nueva.  El Tercer Canto del Siervo de Yahveh (Is 50, 4-7), que sirvió a los primeros cristianos para meditar la Pasión de Jesús, nos invita también a nosotros a acercarse al misterio de este Mesías que " aprendió, sufriendo, el camino de la obediencia " (Hebreos 5,8, como escuchábamos el domingo pasado) y es el verdaderamente capaz

"Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 20-33)

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  Hoy, Jeremías (31, 31-34) nos ofrece un hermoso texto para orar y meditar como preparación al Evangelio. La historia de las alianzas que Dios ha ido haciendo y rehaciendo, primero con la humanidad, y después con su pueblo Israel, y que de manera resumida hemos seguido a lo largo de la Cuaresma, nos trae a este anuncio de una alianza nueva, con una ley que no se viva como preceptos externos, sino escrita en el corazón (como añade Ezequiel 36,26-27: " os daré un corazón nuevo ... y os infundiré mi Espíritu" ). Una alianza que conlleva el conocimiento del Señor.  En el Evangelio, encontramos una señal de la llegada de esos nuevos tiempos, en esos griegos que quieren ver a Jesús. Jesús lo confirma: " cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí ". Él ha venido para esto, y para esto entrega su vida: para ese juicio que, como escuchábamos el domingo pasado, es oferta de salvación para todos, y es victoria de Dios, de su vida, sobre los principios de

"Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único" (Jn 3, 14-21)

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  Nicodemo es un magistrado judío, fariseo, que se acerca a Jesús de noche, porque a pesar de los desencuentros con su grupo, intuye que ha venido de Dios, por las señales que realiza (Jn 3,2). A este maestro de la Ley que se acerca a Jesús en la oscuridad, como a tientas, Jesús le invita a " nacer de nuevo ", a acoger el Evangelio radicalmente y replantearse su manera de situarse ante Dios.  En esa conversación se inserta el pasaje que hoy escuchamos. Jesús recoge una tradición judía, antigua y extraña: una plaga de serpientes atacó a los hebreos en el desierto, y Dios ordenó a Moisés hacer un estandarte con una serpiente de bronce  (algo contrario a la Ley, que prohíbe hacer imágenes), de modo que los mordidos por una serpiente miraban a ese estandarte y quedaban curados (Números, 21, 4-9). La historia tiene vestigios del culto egipcio a Ranenutet, que era veneno y antídoto, muerte y vida. Dios se sirvió de aquel medio, a pesar de sus ribetes paganos, para curar a los hebre