Saber y sabor tienen la
misma raíz de sal. Pablo, por su parte, dice que “nunca me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este
crucificado” (1 Cor 2, 1-5) ¿A qué
sabe tu vida?
Jesús nos invita a aportar el sabor y la sabiduría del
Evangelio. Como la sal, mezclándonos, haciéndonos presentes en el mundo. Pero
sin perder nuestro sabor. Estar en el mundo sin ser del mundo.
Y nos dice que somos la luz del mundo. Estas palabras
expresan la confianza de Dios en nosotros. Y nos interpelan. En un mundo donde
la fe se intenta relegar al espacio "privado",
fuera de los espacios públicos (donde se decide cómo intentar construir un
mundo en paz, qué es la justicia, cómo distribuir los bienes del mundo y
conservar el medio ambiente....), Jesús nos dice que "no se enciende una lámpara para ponerla debajo de un cuenco". Es
que "una ciudad en lo alto de un
monte" es imposible de ocultar. Una Iglesia construida como
comunidad sobre la vida y mensaje de Jesús, sobre su Cruz y Resurrección, no
puede dejar de ser signo que hable de Dios y de la vida que nos ofrece.
Isaías, consciente de que también en nosotros hay
oscuridades ("cuando alejes de ti la
opresión, el dedo acusador y la calumnia..."), nos habla de cómo ser
luz: "parte tu pan con el
hambriento... no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la
aurora, enseguida se curarán tus heridas". (Is 58, 7-10). El
testimonio de Pablo nos ofrece también, una perspectiva sobre cómo “brille vuestra luz ante los hombres",
" no con persuasiva sabiduría
humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu", el de
"Jesucristo, y este crucificado".
Tal vez no sea una luz "deslumbrante",
como la de las estrellas mediáticas. Sino, más bien, la luz de quien sirve y se
entrega, de quien vive el amor y ayuda a vivir. Las bienaventuranzas, encarnadas
en actitudes concretas, en "buenas
obras", se convierten en luz. Hoy, el Evangelio te invita a
preguntarte por esas actitudes evangélicas que Dios te invita a vivir, para ser
luz.
La Campaña contra el Hambre de Manos Unidas nos ofrece una
forma concreta de ser luz del mundo, en línea con la palabra de Isaías (58,
7-10).
Desde hace cerca de 70 años, Manos Unidas trabaja para que
muchos puedan tener una vida digna, libre de la miseria y el hambre. Pionera en
plantear la solidaridad como ayuda para que los pobres pongan en marcha
proyectos de desarrollo desde su propia realidad; ejemplar en la gestión de sus
fondos… Hoy propone, un año más, que colaboremos económicamente. Necesita
también otra ayuda: la de personas que ofrezcan parte de su tiempo, que se
comprometan como voluntarios para tomar el testigo y seguir realizando esta
labor. ¿Tal vez puedes ser tú?





