El domingo pasado veíamos a Jesús acompañar a los discípulos
de Emaús, y conducirlos de nuevo a la comunidad, iluminados por su presencia y
su palabra (por la fe) desde dentro del corazón.
Así es pastor Jesús. Hoy, el Evangelio nos habla de esa
relación personal, que es de confianza (“el
va llamando por el nombre a sus ovejas… y las ovejas lo siguen, porque conocen
su voz”) y de libertad: “quien entre
por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”.
Jesús utiliza la imagen del pastor, muy querida en el mundo
de la Biblia, de Israel. De hecho, aquellos que fueron guías del pueblo y lo
condujeron de parte de Dios, fueron también pastores, como Moisés (Ex 3,1) y
David (1 Smuel 16,11). Como decía Aafrates, un padre de la Iglesia (s.III-IV) ,
porque quería que primero aprendiesen el oficio de quien debe preocuparse de
las ovejas, fatigarse de día y vigilar de noche, sufrir las inclemencias del
tiempo, defenderlas…
Para nosotros, términos como “rebaño” u “oveja” pueden tener
connotaciones negativas (despersonalización, falta de pensamiento autónomo…). En
el Evangelio de hoy, vemos que Jesús es Pastor que tiene relación personal con
los suyos, y los hace crecer en libertad, realizarse totalmente. Jesús presenta
hoy unas claves para discernir al guía auténtico del falso: la búsqueda del
beneficio personal o el interés por la persona, y los frutos de esa labor: “Yo he venido para que tengan vida y la
tengan en abundancia”.
Utiliza otra expresión sugerente: “Yo soy la puerta”. Puerta al espacio de Dios (el término que se ha
traducido como redil, no se utiliza en la Biblia para hablar de un redil de
ovejas, pero sí, p. ej., del atrio del templo, donde Jesús acaba de curar al
ciego de nacimiento). Puerta a la vida. Puerta siempre abierta, para que
podamos movernos con libertad.
Apoyados en el Buen
Pastor, guiados por Él, es posible, incluso, afrontar el sufrimiento (cuando
aparece en nuestras vidas) sin dejar de hacer el bien. De ello habla el pasaje
de la I Carta de Pedro, que escuchamos (1 Pe 2, 20-25). No es que Dios desee
que suframos: Él ha entregado a su Hijo, que vivamos en plenitud. Es que, sostenidos
por El, “pastor y guardián de vuestras
almas”, cuando nos alcanza el dolor o la injusticia, (“cuando sufrís por hacer el bien”), encontramos fuerza para no rendirnos
al mal (“que aguantéis… eso es una gracia
por parte de Dios”). Como Jesús , el que “pasó haciendo el bien” (Hch 10, 38), el que nos ha amado hasta
padecer por nosotros “dejándoos un
ejemplo para que sigáis sus huellas”. Huellas que llevan a la Vida Nueva.
Teresa de Jesús, Las Moradas, Conclusión






