Contemplamos a Jesús la derecha del Padre, participando de
su gloria. Jesús, hombre verdadero, que anunció el amor del Padre, haciendo el
bien y sanando (Hch 10, 38), que lavó los pies de los discípulos, aquél que
entregó su vida en la cruz, se manifiesta plenamente como Dios. Y Él es la
plena revelación de Dios para nosotros.
El mismo que contemplamos despojado de todo en la cruz, participa del
poder de Dios en el cielo y en la tierra. Un poder que no se ejerce como
imposición. Un poder que es capacidad de crear y dar vida. Que abre caminos
nuevos para nosotros. Y, aunque no sabemos bien cómo, conducirá nuestra
historia -la de nuestro mundo y la de cada uno de nosotros- a la Vida, a la
plenitud.
Como aquellos discípulos, nos acercamos a Él con actitud de adoración, y
también con nuestras vacilaciones y debilidades. Y Él se acerca a nosotros. Y
nos envía a ser testigos y continuadores de su obra y de su palabra.
Contemplamos a Jesús, pero no para quedarnos "plantados mirando al
cielo" (Hch 1, 11) sino para ponernos en camino. Para "hacer
discípulos": anunciar la Palabra y el amor de Dios, y acercar a otros
al Maestro. Para bautizar, que no
sólo es realizar ese rito, sino ir cumpliendo lo que significa: ir
introduciendo en la vida “del Padre, y
del Hijo y del Espíritu Santo”¸ en esa relación de amor que pasa por el
amor fraterno. Juan 14-15, que nos habla del mandato del amor y de la participación
en la vida de la Trinidad, desarrolla lo que significa “guardar lo que os he mandado”.
Cristo nos confía su obra. (¿Qué pasos tenemos que dar para ello?). En nuestra
debilidad se hará presente su fuerza. Cristo ya no está físicamente presente
con los discípulos, pero nos acompaña “todos
los días, hasta el fin del mundo”. nos mueve también a pensar qué pasos
hemos de dar (sin que nuestras debilidades nos paralicen).





