En nuestro tiempo, la
era de las redes sociales, se multiplican las interacciones superficiales, pero
crecen el individualismo y, paralelamente, la soledad (hay estudios que hablan
de cómo la sufren no sólo muchos ancianos sino también uno de cada cuatro
jóvenes). Tal vez el sentimiento de vacío y desencanto que cunden en la
sociedad tiene relación con ello.
Jesús invita a amar. Así
es como nos abrimos a la Vida que Él nos ofrece, porque Dios es amor (1 Jn 4,8). Por eso, Él se hace presente en la
comunidad, en aquellos que comparten vida en su nombre. En comunidad nos sostenemos
mutuamente ante las dificultades, y ensanchamos nuestra percepción de Dios,
haciéndola menos parcial. Y, sobre todo, aprendemos a amar: a comprender,
perdonar, dar y recibir… Pablo nos invita a relacionarnos así: "a nadie
debáis nada más que amor..." (Rom 13, 8). Poniendo en el centro el
bien de la persona, que es lo que da sentido a las normas, y que está por
encima de compromisos sociales, para evitar que se conviertan en ataduras.
Con este crear
comunidad tiene relación la promesa de que "si dos de vosotros se ponen
de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi
Padre". No es una "receta mágica". Jesús subraya el
camino hacia el acuerdo mutuo, que es
la comunión, el ideal de la primera comunidad cristiana: "un solo
corazón y una sola alma" (Hch 4, 32). Un camino que nos hace capaces
de ir más allá del propio interés, que nos abre al Espíritu y nos enseña a
orar, porque "nosotros no sabemos cómo pedir para orar como nos
conviene, pero el Espíritu intercede por nosotros" (Rom 8, 26).
Ese amor también
implica una corresponsabilidad, un interés por el hermano, que nos llama a no desentendernos de él. Con un sano equilibrio
y respeto a su autonomía. En esa línea, Mateo nos transmite una enseñanza de
Jesús sobre la corrección fraterna, que pone el acento en el deseo de salvar la persona. Por eso invita, en
primer lugar, a hablar personalmente con el hermano,
sin airear los problemas en críticas o comentarios con otros. Esto implica
valor (a veces se habla mucho de una persona, y nadie se atreve a hablarle a
ella de su problema). Y delicadeza, (el objetivo no es quedar por encima, "tener
la razón", sino que el hermano "se salve"). Hace
falta, para ello, humildad en el que habla, y, por supuesto, en el que escucha.
¿Cómo recibimos nosotros una llamada de atención, una crítica constructiva...?.
Para situaciones de
mayor trascendencia o aspecto público, esta praxis incorpora el recurso a otra
persona, que ayude a tratar la situación con objetividad, con más perspectiva.
Y finalmente a la comunidad. El Evangelio, finalmente, señala que cuando alguien
no hace caso a la comunidad, se sitúa al margen de ella. Pero aun así, se deja
una puerta abierta a la misericordia de Dios, que también llamó a la conversión
a los publicanos y los paganos.






