sábado, 17 de octubre de 2026

Uno en Cristo, unidos en la misión. “Al César lo que es del César, pero a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 15-21)

 

Jesús, hoy nos ofrece una palabra luminosa, con ocasión de una pregunta trampa. Los fariseos y herodianos (enemigos entre sí, pero unidos contra Jesús) pretendían ponerle en un dilema, y desautorizarlo ante el pueblo (si decía que hay que pagar el tributo al César) o acusarlo ante el poder romano (si decía que no hay que pagar).

Jesús pone en evidencia la falsedad de la pregunta: ellos ya la habían respondido, y de hecho han acatado al César, porque llevan consigo (¡incluso en el recinto sagrado del Templo, donde se sitúa esta discusión!) la moneda del emperador, con su imagen y una inscripción que proclamaba su divinidad. Vale la pena fijarnos en Jesús para aprender, también nosotros, a identificar preguntas erróneos y resolver conflictos mal planteados.

Las palabras de Jesús nos enseñan, además, a deslindar el plano “temporal” y el espiritual. El mundo tiene una autonomía legítima, una forma de funcionar en lo político, económico, social… Y hemos de saber participar en la sociedad, colaborando con el bien común. Pero hay otra dimensión, señalada con ese “pero a Dios, lo de es de Dios”. Y es la más honda y definitiva, pues, en último término, todo es de Dios (“Yo soy el Señor y no hay otro”, escuchamos hoy a Isaías). Respetamos las leyes del mundo (en la medida en que se ajustan a criterios de justicia, de paz y solidaridad…), pero sólo Dios es nuestro Señor.

Un Señor que nos ha dado todo, y que nos invita a responderle con una actitud de confianza y de amor. “Dar a Dios lo que es de Dios” no es un tributo que nos empobrece, sino, al contrario, abrir toda nuestra vida a una relación que nos enriquece y hace libres. Como decía S. Ireneo, “la gloria de Dios es que el ser humano viva, y la vida del hombre es ver a Dios”.

Y hoy, el DOMUND nos invita a descubrir una dimensión de esta respuesta. También hemos recibido de Dios el don de la fe, el vivir unidos a Cristo. Y ese don lo hemos recibido para compartirlo, con otros. Es más, lo recibimos y lo comprendemos plenamente cuando lo compartimos. Profundizamos en nuestra unión con Cristo participando de su misión: anunciar y hacer presente el amor de Dios a través de las enseñanzas, los gestos y la vida de Cristo. Y, como Jesús, anunciarlo con palabras y con obras: por eso la Iglesia, anuncia el Evangelio y abre escuelas, celebra los sacramentos y levanta hospitales, funda comunidades y teje redes de solidaridad, anuncia la gloria de Dios y promueve la dignidad de las personas.  

Este domingo nos invita a pensar ¿qué puedo dar a Dios? ¿Cómo puedo participar en la misión de la Iglesia?.

“El César busca su imagen, dádsela. Dios busca la suya: devolvédsela. No pierda el César su moneda por vosotros; no pierda Dios la suya en vosotros” (S. Agustín, Comentario al Salmo 57,11)


Te sugiero acercarte a alguna revista misionera: La Obra Máxima , Mundo Negro  ... Es una forma de colaborar. Y también es una forma de ampliar tus horizontes, de conocer mejor el mundo (nuestros medios de comunicación, frecuentemente olvidan o silencian muchas regiones, muchas cuestiones).

El Domund cumple hoy 100 años. Aunque su historia comienza hace más de 200. En 1822, una joven francesa, la beata Paulina Jaricot, fundó la Asociación de la Propagación de la Fe. 100 años más tarde, el Papa Pío XI la asumió como Obra Pontificia para cooperación misionera, y en 1926 instituyó el Domingo Mundial de la Propagación de la Fe.

sábado, 10 de octubre de 2026

“Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos” (Mt 22, 1-14)

 

Jesús (e Isaías, en la primera lectura) compara el reino de Dios con un banquete magnífico. En contraste con la generosidad de esta invitación aparecen la indiferencia y el rechazo de los llamados.

La violencia de esa parábola resulta chocante en Jesús, que siempre anuncia la misericordia del Padre (aunque una parábola es un relato muy esquemático con trazos simples). Refleja, sin embargo, la realidad de nuestro mundo, donde recursos para que todos pudieran vivir con dignidad, pero, por el rechazo a los valores que Dios propone, se malogran las oportunidades de compartir y se desatan muchas veces la guerra y la brutalidad.

A pesar del rechazo de los llamados, el banquete se sigue ofreciendo, y con una generosidad que alcanza a todos, "malos y buenos". Es la misma benevolencia del "Padre celestial que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos" (Mt 5, 45), que ofrece su amor a todos.

El "vestido de boda" significa que la invitación nos compromete a algo. La gracia de Dios es gratuita, pero no barata (como decía D. Bonhoeffer). El invitado expulsado había desdeñado también el banquete, al presentarse de manera negligente. Y su expulsión introduce la sentencia final del texto. Todos hemos sido llamados, pero es necesario responder. El vestido habla, aquí, de actitudes de vida. En esa línea, S. Pablo habla de "revestirnos” de una serie de actitudes: verdad, justicia  (Efesios, 6,6-19), entrañas de misericordia, bondad, humildad, paciencia (Col 2, 12). Finalmente, es revestirnos de Cristo (Gálatas, tas 3, 27; Efesios 4, 24).

El Evangelio, en fin, nos llama a preguntarnos cómo respondemos a la invitación que Dios nos hace para compartir la vida que Él nos ofrece.



“En  un reino lejano de Oriente, se encontraban dos amigos que tenían deseo de saber sobre el Bien y el Mal. Un día se acercaron a la cabaña del sabio Lang para hacerle algunas preguntas:

Anciano, díganos: ¿qué diferencia hay entre el cielo y el infierno?…

El sabio contestó:  

– Veo una montaña de arroz recién cocinado, con variedad de manjares. Alrededor hay muchos hombres y mujeres con mucha hambre. Los palillos que utilizan para comer son más largos que sus brazos. Por eso cuando cogen el arroz no pueden hacerlo llegar a sus bocas. La ansiedad y la frustración cada vez van a más.

– Veo también otra montaña de arroz recién cocinado, con variedad de manjares. Alrededor hay muchas personas alegres que sonríen con satisfacción. Sus palos son también más largos que sus brazos. Aun así, han decidido darse de comer unos a otros.”


sábado, 3 de octubre de 2026

“Un pueblo que produzca sus frutos” (Mt 21, 33-43)

 

El canto de Isaías y la parábola del Evangelio, esbozan la historia de Dios con su pueblo, que se niega a dar los frutos que se le piden, maltrata a los profetas, y llegará a matar a Cristo, el Hijo que Dios envía. 

No es sólo la historia de Israel. En nuestro mundo aparece lo que el profeta denuncia: "esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada. Esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos" (Is 5,7).  

Esta historia nos interpela a todos, pues en cada uno está la capacidad de dar buen fruto, o dejar que ese fruto se estropee. El evangelio ofrece una clave: la disposición a dar fruto, frente a la tentación de querer apropiarse de todo. S. Francisco de Asís (cuya fiesta celebramos este domingo), nos recuerda que todo cuanto tenemos, lo hemos recibido de Dios: no sólo los bienes materiales, sino también nuestras cualidades personales, y la misma vida. Y cuando pretendemos apropiarnos de ello, quedárnoslo sólo para nosotros, lo estropeamos. Nuestra vida da fruto y se realiza cuando esos dones se convierten  en ofrenda: acción de gracias a Dios y dones que se ponen al servicio de los demás. De ello habla también la Plegaria Eucarística III, que pide que el Espíritu "nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos".

Cabe apuntar que Dios nos pide frutos, que no es lo mismo que resultados. El "resultado" de nuestros esfuerzos depende de muchos factores, a veces ajenos a nosotros. Y también escapa a nuestros cálculos. La vida de algunos santos, como Teresa de Lisieux y Charles de Foucauld, podía parecer un fracaso sin resultado, y sin embargo han tenido una extraordinaria fecundidad y capacidad de dar luz a otros.

En el Nuevo Testamento, los frutos se refieren, más bien, a las actitudes. Así, dice San Pablo (Gálatas, 5, 23) que "el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza"...  Hoy nos invita también a cultivar, junto con la oración confiada, una serie de actitudes: "todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, todo lo que es virtud o mérito" y poner en obra "lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí" (Flp 4, 8-9). 

Vale la pena que preguntarse ¿qué frutos me pide Dios? ¿Qué frutos pide la realidad que me rodea? ¿Qué frutos puede (y pide) dar mi vida? 

 

Y devolvamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos los bienes son de él, y démosle gracias por todos a él, de quien proceden todos los bienes. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a él se le tributen y él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es bueno (cf. Lc 18,19).
(S. Francisco de Asís, Regla no bulada, cap. 17)


En la tarde de esta vida, compareceré delante de ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor, que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso yo quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de Ti mismo. No quiero otro trono ni otra corona que Tú mismo, Amado mío...
 (Sta. Teresa del Niño Jesús, Ofrenda al Amor misericordioso)



En la Escritura hay otro pasaje que habla de una viña y puede iluminar el de hoy: Jn 15 1-10,  Jesús es la vid verdadera, y nosotros los sarmientos, que, unidos a Él, podemos dar fruto. Frente a la tentación de un voluntarismo basado en las propias fuerzas (otra vez, el quedarnos en nosotros mismos), nos dice hoy Jesús que Él es la piedra angular (Mt 21, 42), sobre la que podemos construir. 


sábado, 26 de septiembre de 2026

"¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?" (Mt 21, 28-32)

 

El domingo anterior daba la vuelta a las categorías de "últimos" y "primeros", para subrayar la misericordia de Dios que busca a todos, y que nos llama a vivir desde la gratuidad. Hoy, Jesús da un paso más. Ya está en Jerusalén, próximo a la cruz. Y denuncia, de forma abierta, la hipocresía de las autoridades judías.

Su planteamiento va más allá de lo moral: el “trabajo” al que se refiere la parábola es la conversión, que Juan Bautista predicaba. Es orientar radicalmente nuestra vida a Dios. Algo que ya estaba en la Ley, tal como la expresa el Deuteronomio: “Escucha, Israel: Yahveh es el único Señor. Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Dt 6, 4-5). Lo que hace "primeros" a aquellos pecadores públicos (publicanos, prostitutas...), es que ellos son conscientes que necesitan ser salvados, y han escuchado y acogido la llamada a la conversión. Los fariseos, sin embargo, se sienten seguros en sí mismos, en su cumplimiento de normas. Y esa seguridad orgullosa los ciega, para no ver las contradicciones que viven (“ellos no hacen lo que dicen”, Mt 23,3; “su corazón está lejos de Dios” Mt 15,9), e incluso condenar a otros.

El evangelio nos llama a la humildad. Teresa de Jesús dice que es “andar en verdad”: darnos cuenta de nuestras incoherencias, nuestra falta de consistencia. Esa conciencia nos llama a seguir esforzándonos por convertir en vida la fe que profesamos, hacer la voluntad del Padre. Además, nos llama a asumir nuestra fragilidad, y vivir una fe humilde y agradecida: lo que nos salva es el amor misericordioso de Dios. (La parábola de hoy habla de un padre, como el del hijo pródigo). Podemos asumir nuestra verdad, con sus sombras y sus luces, porque Dios mira nuestra realidad con amor. 

En esa línea leemos hoy la carta de Pablo a los Filipenses (Flp, 2,1-11), que “resume” la historia de la salvación, desde uno de sus aspectos fundamentales: frente a la soberbia humana que pretendía "asaltar el cielo" (aquel "seréis como dioses" que escuchó Adán, Gn 3,5), el camino de Dios es el camino humilde del amor que se entrega. Es el camino de la Vida. 

Desde el evangelio de hoy se abre también una mirada dialogante hacia nuestro mundo, en el que muchos dicen "no quiero" (ante la religión, ante la Iglesia...), y, sin embargo, trabajan por construir un mundo más pacífico y justo... más de Dios. Nos recuerda la llamada del Concilio Vaticano II, y del Sínodo a derribar muros y construir puentes.  

 

"La sola cosa que nadie envidia es el último lugar. Este último lugar es, pues lo único que no es vanidad y aflicción de espíritu...
Coloquémonos humildemente entre los imperfectos, considerémonos almas pequeñas a las que Dios tiene que sostener a cada instante. Cuando él nos ve profundamente convencidas de nuestra nada, nos tiende la mano…. «Cuando parece que voy a tropezar, tu misericordia, Señor, me sostiene» (Salmo 93). Sí, basta con humillarse, con soportar serenamente las propias imperfecciones. ¡He ahí la verdadera santidad!
Cojámonos de la mano, hermana querida, y corramos al último lugar... Nadie vendrá a disputárnoslo..." 
 (Teresa del Niño Jesús, Carta a Celina, 7-6-1897)



sábado, 19 de septiembre de 2026

“Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 1-16)

 

Con la parábola de los jornaleros, Jesús ilumina un dicho que repite varias veces en el Evangelio “los últimos serán primeros y los primeros últimos” (Mt 20, 16).

Una expresión que desafía la lógica del mundo. Pero se puede comprender con el corazón. Para una madre o un padre, que quiere a cada uno de sus hijos, el primero que viene a su mente es aquél que está en situación más vulnerable, o aquél que sufre. Jesús nos dice que el Padre, Dios, es así. (Y nuestro corazón, cuando ama, se hace a imagen del de Dios). 

En la parábola, el dueño de la viña se mueve por la generosidad. Busca que todos tengan trabajo. Y paga el jornal entero incluso a quien llegó a última hora. El denario era el salario de una jornada y significaba, para los jornaleros, el sustento de su familia.

Y dice: “¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Literalmente (es una expresión hebrea): “¿es tu ojo malo porque yo soy bueno?” Su generosidad nos interpela: ¿cómo es mi mirada? Mi forma de comprender la justicia, ¿da lugar a celos y envidias? ¿Pueden ofuscar mi mirada la competitividad, o el deseo de ser más que otros…?

    La parábola habla además, entre líneas, de confianza: los primeros jornaleros saben lo que van a cobrar; pero los contratados a media mañana confían que su salario será “lo debido”, y los últimos van sin oír qué se les pagará. Habla de gratuidad, y de gratitud. Porque el Reino de los cielos es infinitamente más de lo que podemos ganar con nuestros méritos y trabajos. Es gracia. En la 1ª carta a los Corintios, Pablo, con profunda conciencia de esa gratuidad, dirá que su paga por empeñar su vida en el anuncio del Evangelio, es entrar en esa gratuidad (“para ser partícipe del mismo” 1 Co 9, 18-23”). Y hoy llega a decir “para mí la vida es Cristo”.

“Como está el cielo más alto que la tierra, así están mis caminos más altos que los vuestros, y mis caminos que los vuestros" (s 55,9) Dios nos llama a un cambio de mentalidad. Esa distancia, paradójicamente, es cercanía: Dios es más cercano y misericordioso de lo que pensamos. “Cerca está el Señor de los que lo invocan… es incalculable su grandeza, es clemente y misericordioso” rezamos con el salmo 144).

 

“¿Para qué pensáis, hijas, que he pretendido declarar el fin y mostrar el premio antes de la batalla, con deciros el bien que trae consigo llegar a beber de esta fuente celestial, de esta agua viva? Para que no os congojéis del trabajo y contradicción que hay en el camino, y vayáis con ánimo y no os canséis (…) Mirad que convida el Señor a todos (Mt 11, 28). Pues es la misma Verdad, no hay que dudar. Si no fuera general este convite, no nos llamara el Señor a todos (…)  tengo por cierto que todos los que no se quedaren en el camino, no les faltará esta agua viva. Dénos el Señor, que la promete, gracia para buscarla como se ha de buscar”.

Teresa de Jesús, Camino de perfección, 19, 14-15


 - Cabe también apuntar que, en esta parábola, el denario no llega como mero subsidio, sino como pago a los que responden y van a trabajar (siquiera una hora). Este evangelio une la gratuidad con el esfuerzo y la respuesta humana, que tienen su valor ante Dios.


viernes, 11 de septiembre de 2026

"¿Cuántas veces tengo que perdonar?" (Mt 18, 21-35)

 

El Evangelio subraya la importancia y necesidad del perdón:

- Es necesario para sanar las relaciones. Entre personas hay roces, y algunas veces nos hacemos daño (muchas veces, sin querer o por conflictos inevitables...). El perdón es la única forma posible de sanar una relación rota, y de construir una convivencia sana.

- Es el camino hacia la paz personal. El rencor nos envenena por dentro, nos malogra. Perdonar nos permite recuperar la paz y nos libera del pasado. También es importante pedir perdón, porque nos ayuda a asumir nuestros errores y restaurar la relación con las personas en verdad.

Perdonar no significa justificar lo que ocurrió, ni tampoco quitarle importancia. Es restablecer la relación con la persona en clave positiva, y "pasar página", para no quedarnos atados emocionalmente a un hecho del pasado. 

- Jesús pone el perdón en referencia a Dios. Nos invita a caer en la cuenta de la magnitud del perdón que nosotros recibimos de Dios. Nuestra deuda con Él (no sólo por nuestras ofensas, sino también por todo lo recibido, que no podríamos devolver) es infinita. Y agradecerla (Col 3, 15: Sed agradecidos). Es la gratitud la que nos hace capaces de gratuidad

Y, a la vez, es la gratuidad la que nos pone en sintonía con Dios, para acoger el perdón que Él ofrece incondicionalmente. 

- En el perdón nos encontramos con Dios, experimentamos su amor que nos renueva. La comunidad cristiana es lugar de la presencia de Dios ("allí estoy yo en medio de ellos"), porque es comunidad de personas que perdonan. Así se hace transmisora de su reconciliación ("lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo"), como escuchábamos el domingo pasado (Mt 18, 18-20).

     “¡Qué estimado debe ser este amarnos unos a otros del Señor! Pues pudiera el buen Jesús ponerle delante otras [cosas], y decir: «perdonadnos, Señor, porque hacemos mucha penitencia», o «porque rezamos mucho y ayunamos y lo hemos dejado todo por vos y os amamos mucho»; y no dijo «porque perderíamos la vida por vos», y, como digo, otras cosas que pudiera decir, sino sólo «porque perdonamos». (...)  

No puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia adonde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió; porque tiene presente el regalo y merced que le ha hecho, adonde vio señales de grande amor” 

    Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 36, 7-8.11


Muchas veces, el perdón es un camino. El primer paso es “querer perdonar”. Lo siguen las actitudes y signos reconciliadores (tal vez no podemos evitar sentirnos mal con alguien, pero sí podemos elegir tratarle bien …) y más tarde, llega a ser ese “perdón de corazón” en el que podemos sentir la paz interior. A ese camino lo acompaña la oración: pedir a Dios que sane nuestras heridas y nos ayude a perdonar (o pedir perdón), nos infunda su paz.


sábado, 5 de septiembre de 2026

“Estoy Yo en medio de ellos” (Mt 18, 15-20)

 

En nuestro tiempo, la era de las redes sociales, se multiplican las interacciones superficiales, pero crecen el individualismo y, paralelamente, la soledad (hay estudios que hablan de cómo la sufren no sólo muchos ancianos sino también uno de cada cuatro jóvenes). Tal vez el sentimiento de vacío y desencanto que cunden en la sociedad tiene relación con ello.

Jesús invita a amar. Así es como nos abrimos a la Vida que Él nos ofrece, porque Dios es amor (1 Jn 4,8). Por eso, Él se hace presente en la comunidad, en aquellos que comparten vida en su nombre. En comunidad nos sostenemos mutuamente ante las dificultades, y ensanchamos nuestra percepción de Dios, haciéndola menos parcial. Y, sobre todo, aprendemos a amar: a comprender, perdonar, dar y recibir… Pablo nos invita a relacionarnos así: "a nadie debáis nada más que amor..." (Rom 13, 8). Poniendo en el centro el bien de la persona, que es lo que da sentido a las normas, y que está por encima de compromisos sociales, para evitar que se conviertan en ataduras.

Con este crear comunidad tiene relación la promesa de que "si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre". No es una "receta mágica". Jesús subraya el camino hacia el acuerdo mutuo, que es la comunión, el ideal de la primera comunidad cristiana: "un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32). Un camino que nos hace capaces de ir más allá del propio interés, que nos abre al Espíritu y nos enseña a orar, porque "nosotros no sabemos cómo pedir para orar como nos conviene, pero el Espíritu intercede por nosotros" (Rom 8, 26). 

Ese amor también implica una corresponsabilidad, un interés por el hermano, que nos llama a no desentendernos de él. Con un sano equilibrio y respeto a su autonomía. En esa línea, Mateo nos transmite una enseñanza de Jesús sobre la corrección fraterna, que pone el acento en el deseo de salvar la persona. Por eso invita, en primer lugar, a hablar personalmente con el hermano, sin airear los problemas en críticas o comentarios con otros. Esto implica valor (a veces se habla mucho de una persona, y nadie se atreve a hablarle a ella de su problema). Y delicadeza, (el objetivo no es quedar por encima, "tener la razón", sino que el hermano "se salve"). Hace falta, para ello, humildad en el que habla, y, por supuesto, en el que escucha. ¿Cómo recibimos nosotros una llamada de atención, una crítica constructiva...?. 

Para situaciones de mayor trascendencia o aspecto público, esta praxis incorpora el recurso a otra persona, que ayude a tratar la situación con objetividad, con más perspectiva. Y finalmente a la comunidad. El Evangelio, finalmente, señala que cuando alguien no hace caso a la comunidad, se sitúa al margen de ella. Pero aun así, se deja una puerta abierta a la misericordia de Dios, que también llamó a la conversión a los publicanos y los paganos.


  Jesús, hoy nos ofrece una palabra luminosa, con ocasión de una pregunta trampa. Los fariseos y herodianos (enemigos entre sí, pero unidos ...