domingo, 1 de febrero de 2026

“Bienaventurados” (Mt 5, 1-12)


 El domingo pasado, Mateo nos presentaba la misión de Jesús, “enseñando…, proclamando la buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad…” (Mt 4, 23. Ahora nos ofrece sus enseñanzas en el Sermón de la Montaña.

La de hoy es una palabra fundamental. Por eso Mateo nos dice que Jesús “se sentó” como Maestro que enseña. Y nos sitúa en el monte, el lugar donde Dios se reveló a Moisés y dio al pueblo la Ley.

Aquella Alianza, con el Decálogo, no fue del todo entendida. Muchos la comprendieron de forma legalista, como si el hombre pudiera cumplir unas normas y “exigirle” a Dios la salvación. Además esa Ley nunca termina de ser cumplida por el hombre (¿quién logra vivir en plenitud todo lo que enseña?), y muchas veces fue dejada de lado.

Jesús viene a dar plenitud a aquella Alianza (Mt 5,17), y habla de una forma nueva, con otra lógica. Por eso empieza hablando de los pobres en el espíritu. Esta expresión se refiere a los anawim: aquellos que, por su falta de riquezas o de poder, saben que no son las fuerzas y medios humanos los que salvan; aquellos que no se creen autosuficientes, sino que ponen su confianza en Dios. Aquellos que, ante los males del mundo (y el propio pecado) lloran, y tienen hambre y sed de justicia: no se conforman con la injusticia del mundo ni se instalan en la indiferencia. Y tampoco confían en la violencia para cambiar las cosas: son mansos (no violentos, podríamos traducir hoy). Todos estos elevan su corazón a Dios y esperan de Él respuesta. Porque es Dios el que consuela, sacia, los llama hijos, ofrece misericordia, y así establece su Reino. (Dios es el sujeto agente de todas esas expresiones en forma pasiva).

Las Bienaventuranzas se comprenden desde la confianza en Dios, el que salva. Y se comprenden mirando a Jesús, que es quien las encarna plenamente. Son caminos de configuración con Cristo, el misericordioso, el príncipe de la Paz, el que pro nosotros se hizo pobre (2 Cor 8,9) y comparte nuestras lágrimas.

Por eso, porque son caminos de seguimiento de Jesús, son caminos de plenitud: son buena aventura. Lo son de una manera diferente a la que el mundo ofrece: el éxito, la falta de preocupaciones, la riqueza… caminos, por otra parte, ilusorios, porque nunca faltan preocupaciones y tropiezos, y en toda persona hay una dimensión de fragilidad y precariedad que ninguna riqueza ni fuerza puede evitar. La vida humana está llena de paradojas, y las Bienaventuranzas asumen eso. Cuando Mateo las pone por escrito, la comunidad cristiana ya conoce la persecución, las lágrimas, la pobreza, el hambre de justicia… El Evangelio nos recuerda hoy que el camino de seguir a Jesús, aun pasando por esas realidades, es buena aventura, porque cuando las pasamos con Jesús, como Él nos enseña, nos lleva al verdadero consuelo, a la plenitud.

Las Bienaventuranzas son palabras de esperanza: animan a seguir a Jesús, asumiendo las dificultades que ello implica. También tienen una dimensión de misterio. No se pueden terminar de explicar con la mera razón. Se comprenden desde la vida: entrando en esas actitudes de la mano de Jesús, dejándonos guiar por Él. Una manera de orar este Evangelio puede ser leerlas despacio y hacer silencio: ¿cuál (o cuales) te llaman más la atención? ¿cómo resuenan en tu interior? ¿qué te inspiran? ¿cómo puedes vivirlo?

Todos los que militáis
debajo desta bandera,
ya no durmáis, no durmáis,
pues que no hay paz en la tierra (…)

No haya ningún cobarde,
aventuremos la vida,
pues no hay quien mejor la guarde
que el que la da por perdida.
Pues Jesús es nuestra guía,
y el premio de aquesta guerra
ya no durmáis, no durmáis,
porque no hay paz en la tierra
.

Teresa de Jesús


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 25 de enero de 2026

“Convertíos, porque está cerca del Reino de los Cielos” (Mt 4, 12-23)

 

Comienza Jesús su predicación, y lo hace en la periferia de Israel, en un lugar de Galilea frecuentado por gentiles. Se dirige, de forma preferencial, a los que estaban alejados, postergados.

 A los que habitaban en tierra y en sombra de muerte, una luz les brilló”. Las palabras y obras de Jesús, “proclamando la buena noticia (evangelio) del Reinado de Dios, y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” irrumpen como un torrente de luz en medio de los claroscuros de la vida, de las dificultades que vive la gente. Mateo nos recuerda el anuncio del profeta Isaías (9,1-3) que se cumple, entonces y también ahora: ¿qué sombras hay en nuestro mundo, y en mi vida, y cómo las puede estar iluminando Jesús?

Está cerca el Reinado (o Reino) de Dios (los cielos es una forma judía de referirse a Dios sin nombrarlo). Jesús lo proclama y lo hace presente con su acción. Dios reina cuando las personas heridas sanan; cuando las personas superan cegueras, dificultades para caminar y vivir…; cuando la reconciliación sana vidas y relaciones enfermas; cuando nos ilumina la verdad y acertamos a desarrollar nuestra vida; cuando crece la sensibilidad para cuidar la vida; cuando la paz y la justicia van ganando terreno…

Dios reina haciendo a las personas vivir y crecer en libertad, en plenitud. Por eso, su Reino no se impone, sino que crece desde dentro, desde la vida de quienes se abren a Él, quienes se dejan conquistar por el amor de Dios. En ese sentido habla Jesús de conversión, que es una actitud amplia y profunda: es volvernos hacia Él, abrir el corazón, estar dispuestos a un cambio de perspectiva y una nueva forma de vivir…

Desde esa nueva forma de mirar, podemos comprender la invitación a ser “pescadores de hombres”. En castellano, “pescar” tiene relación con, atrapar, o ganar algo o a alguien para los intereses del que “pesca”. Para los judíos, que identificaban el mar con el abismo, un pescador de hombres puede ser alguien que rescata personas del abismo para llevarlas a “tierra firme”. Alguien que, como Jesús, ayuda a las personas a vivir y en plenitud. Los discípulos de Jesús están llamados a tejer redes que no atrapen, sino sostengan y hagan libres a las personas, las ayuden a realizar sus vidas.


Celebramos hoy, además, el Domingo de la Palabra de Dios, con el lema “La Palabra de Cristo habite entre vosotros” (Col 3, 16). Se nos invita a volvernos hacia la Palabra de Dios, cultivar la lectura y conocimiento de la Escritura, que nos lleva a Cristo, a ese Reinado de Dios que hoy se nos anuncia.

Página de la Conferencia Episcopal. Materiales para este día

Y concluimos hoy el Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos, que nos recuerda, con la carta de Pablo a los Corintios, que hemos seguir caminando hacia la unidad, para vivir con autenticidad nuestra fe. Es un camino largo, en el que los cristianos de las distintas confesiones estamos llamados a ir dando pasos de acercamiento mutuo, de fomentar lo que nos une, de colaborar.


domingo, 18 de enero de 2026

“El que bautiza con Espíritu Santo” (Jn 1, 29-34)

 

A lo largo del año escucharemos los dichos y los hechos de Jesús. Hoy, Juan nos lo presenta, con palabras cuya profundidad iremos descubriendo poco a poco, y conviene meditar. Es “el Hijo de Dios”. Y es aquél en quien reside el Espíritu (“se posó sobre él”), “el que bautiza con Espíritu Santo. Las palabras y hechos de Jesús “son espíritu y son vida” (Jn 6, 63), tienen la fuerza de Dios, creadora, vivificadora, capaz de renovar la realidad.

Más aún: Jesús viene a “quitar el pecado del mundo”. Y lo hará como Cordero. Con un cordero sacrificado y compartido como comida de comunión (Éxodo 12), Dios liberó a Israel de la esclavitud de Egipto, y lo constituyó como pueblo. Jesús, el Hijo de Dios, nos libera del pecado: quien entra en comunión con Él, quien lo recibe, entra en un camino (éxodo) de Vida Nueva, de liberación de la violencia, la injusticia y ambición, la mentira y manipulación del mundo. Y Jesús realiza esta salvación como cordero: a través de su entrega por nosotros. Es un camino diferente de los que busca el mundo para cambiar las cosas. Camino nuevo, que pueda llegar, también, a transformar el mundo.

Juan nos muestra a Jesús (Jn 1, 19-20), y nos invita a escucharlo y seguirlo. Como invitó a Andrés y Juan (Jn 1, 35-39), que "se quedaron con Él". ¿Qué significa, para mí, quedarme con Jesús?


Comenzamos, hoy la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. El próximo domingo, la carta a los Corintios (que hoy comenzamos a leer) nos hablará, precisamente, de superar nuestras divisiones, para vivir con autenticidad el seguimiento de Cristo. Pues Él pidió al Padre, para sus seguidores “que todos sean uno” (Jn 17, 20-26).

El lema de esta semana es “Un solo espíritu, una sola esperanza” (Ef 4,4).

App de la Conferencia Episcopal para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Materiales, catequesis y reflexiones para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 11 de enero de 2026

“Se abrieron los cielos” (Mt 3, 13-17)

 

Concluimos hoy el tiempo de Navidad, con la fiesta del Bautismo del Señor. El Hijo de Dios se ha hecho hombre y se ha manifestado a Israel (Lc 2, 22-38, la Presentación en el templo) y a todos los pueblos (Adoración de los Magos, Mt 2, 1-11). Y ahora comienza su misión con un gesto humilde: recibir el bautismo de Juan.

Aquel era un bautismo de conversión (Lc 3, Mt. 3) Los que se bautizaban “confesaban sus pecados” (Mt 3,6), como gesto de preparación, expresión de su búsqueda de la Verdad y la justicia de Dios. El gesto de Jesús, uniéndose a esos pecadores que buscan un camino de Vida, revela el sentido de su misión: él nos salvará “tomando nuestras flaquezas y cargando con nuestras enfermedades”  (Is 53,4, Mt 8, 17). Más tarde, Pedro (1 pe 2, 24) dirá que “cargando con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivíamos para la justicia”. Y Jesús se referirá también a su Pasión como bautismo (“tengo que ser bautizado y ¡que angustia hasta que se cumpla!”  Lc 12, 50).

Y en ese gesto de Jesús se manifiesta la Trinidad: vemos a Jesús en el Jordán, el Espíritu que se posa sobre Él, y escuchamos la voz del Padre que lo proclama como Hijo. El misterio de Dios se manifiesta como misterio de solidaridad con la humanidad: el Hijo de Dios se sumerge en nuestra realidad, asume nuestra historia con sus contradicciones (errores y búsqueda de la verdad, grandezas y miserias…), para comunicarnos su Vida, para salvarnos.

La fiesta de hoy nos invita a recordar y revitalizar nuestro bautismo. En él, nosotros hemos sumergidos en el Misterio Pascual de Cristo muerto y resucitado. El gesto de derramar el agua sobre nosotros, significa ese empaparnos de la vida de Dios, manifestada en Jesús y animada por su Espíritu. Hemos quedado unidos a Cristo, para siempre. Para vivir unidos a Él y como Él. Para que su Vida vaya fortaleciendo, guiando y renovando la nuestra. Para que su Vida se vaya haciendo presente en la nuestra: en nuestras opciones, nuestras actitudes, nuestra forma de ser. Ello nos compromete a intentar hacer cada vez más presente y más viva nuestra relación con Él, a escucharlo y hacer vida su Palabra. A pasar como Él, “haciendo el bien y curando” (como escuchamos, hoy, a Pedro, resumir la vida de Jesús, Hch 10, 38).


En este pasaje aparece el Espíritu Santo como una paloma que se posa sobre Jesús. En Jesús tiene su sede (el texto alude a la paloma que soltó Noé desde el arca, acabado el diluvio, Gn 2, 8-12, buscando dónde poder posarse). El Espíritu de Dios aletea  y alienta en todas las iniciativas humanas de paz, de justicia, de amor, de hermosura. Pero tiene su sede, su centro, en Jesús: en sus palabras y gestos, en su persona, en su presencia viva (en los sacramentos, en la comunidad cristiana, en la oración). A través de Jesús encontramos el mejor camino a la libertad y la creatividad, a la paz y sabiduría, a todos los dones del Espíritu Santo.

lunes, 5 de enero de 2026

“Venimos a adorarlo” (Mt 2, 1-12)

 

Celebramos la Epifanía: la manifestación del Hijo de Dios a todos los pueblos, representados en los magos de Oriente. La carta a los Efesios subraya esta universalidad de la salvación: el regalo que Dios nos ha hecho, su Hijo, es también para los gentiles (los no judíos), para todos los pueblos.

Entre las muchas dimensiones de esta fiesta, podemos fijarnos en algunos rasgos que nos propone el relato de Mateo:

- La búsqueda, el camino. Los sabios de Jerusalén saben decir dónde nacerá el Mesías, pero no se encuentran con Él. Lo alcanzan, sin embargo, unos extranjeros (Mt 8, 11; Lc 13, 29), que, ante un signo que aparece en su horizonte, se ponen en camino, buscan, preguntan... Llegan hasta Jesús, y alcanzan a reconocerlo como Dios (por eso lo adoran). La Verdad no se deja poseer por el hombre, pero se deja buscar y encontrar.

- La fe. La tradición ve la estrella como un símbolo de la fe, que nos llama y que nos va guiando (contando, también con nuestra respuesta libre y nuestro esfuerzo, como esos magos que estudian el significado de la estrella, preguntan…). Aunque el camino sea incierto y con peligros, nos lleva hasta Dios.

- La gratuidad. Es uno de los aspectos más entrañables de esta fiesta. Esos magos ofrecen regalos, como un gesto de reconocimiento hacia el Mesías niño, sin pedirle nada. La gratuidad sitúa las relaciones en un plano verdaderamente humano, que reconoce y afirma el valor de la persona. Cuando amamos a alguien, no por lo que nos puede dar, sino por sí mismo, establecemos relaciones auténticas, que nos ayudan a vivir y crecer.

- La adoración. También nuestra relación con Dios se hace más auténtica y más profunda en la gratuidad. Él nos ha dado todo gratuitamente. Adorar es una forma de orar que nos sitúa, en silencio, ante la grandeza de Dios. Sin buscar ni pretender nada. Sólo para estar con Él. Para mirarle y dejarnos mirar, poner nuestra realidad y nuestra vida ante su mirada (mirada que, como dice Juan de la Cruz, nos ama y nos renueva, nos crea de nuevo). Para amar, para cultivar la capacidad de asombro.

- La ofrenda. Somos también invitados, en este día (y en cada Eucaristía, en el ofertorio), a ofrecer a Dios lo que tenemos, lo que somos, lo que sentimos, lo que vivimos… Abrirlo a su presencia, a su acción, que nos va transformando., Como esos magos, que vuelven a su tierra por otro camino, de otra manera.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


domingo, 4 de enero de 2026

“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 1-18)

 

Volvemos a escuchar el Evangelio del día de Navidad. La liturgia lo acompaña con la lectura del Eclesiástico y el himno inicial de la carta a los Efesios, que nos ayudan a profundizar en el sentido de lo que celebramos en Navidad.

- El libro del Eclesiástico reflexiona sobre la Sabiduría, que el pueblo de Israel identifica con la Ley, la Torah (los libros de Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, que son el fundamento del judaísmo). Sabiduría que está presente en la Creación, y que, a través de la Ley, de la Palabra de Dios, es presencia de Dios en medio de su pueblo, para iluminar su vida.

- Juan da un paso más: esta Sabiduría (el término que usa es Logos, que se traduce también como “Palabra”, o “Verbo”, para subrayar su carácter activo) no es algo creado (como pensaba el Antiguo Testamento), sino Dios mismo, el Hijo de Dios. Y es Jesucristo, el que nació en Belén y murió en la cruz. Juan prologa su Evangelio afirmando que Jesús es Hijo de Dios. Esta fe brota de la experiencia: “Hemos contemplado su gloria: gloria como del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Como dice el mismo Juan en su primera carta “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos… pues la Vida se manifestó… os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros: y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn 1, 1-3). Es la experiencia que Juan y los demás discípulos viven junto a Jesús, primero en su predicación, y después ante la cruz, y la experiencia de Cristo Resucitado, que los introduce también a ellos en la Vida Nueva de hijos de Dios. Una experiencia que Juan nos transmite para que nosotros también, uniéndonos a Cristo, lleguemos a conocer a Dios (conocerlo en verdad, en hondura), y a ser sus hijos.



- En su Hijo, Dios nos ofrece la Verdad y la Gracia. La carta a los Efesios insiste en esta generosidad de Dios, que nos ha bendecido, nos ha elegido para que participemos de su Vida, nos ha destinado a ser sus hijos. Y pide a Dios que nosotros lleguemos a comprender la riqueza de esta esperanza y esta vida que se nos ofrece y que está en nuestras manos acoger, uniéndonos a Cristo por la fe, por la oración, por la práctica de sus enseñanzas, por los sacramentos, por la comunidad.


El Evangelio de hoy ofrece muchos otros temas para meditar. Uno es que el Hijo de Dios, el Logos, se hace carne. En el mundo judío, carne se refiere al ser humano en cuanto ser frágil, caduco, necesitado. Frente a nuestras tentaciones de autosuficiencia, Dios nos ofrece la plenitud de vida asumiendo toda nuestra realidad, e invitándonos a asumirla, unidos a Él.

Otra “trama” de este pasaje es la relación entre Jesús y Juan el Bautista. El grupo de discípulos de Juan el Bautista se mantuvo varias décadas, y coexistió con las primeras comunidades cristianas (Hch 19, 3). Por eso el evangelista señala el lugar de Juan el Bautista en la historia de la salvación: “éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz”.

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jueves, 1 de enero de 2026

“Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gal 4, 4-7; Lc 2, 16-21)

 

Comenzamos el año con la Jornada Mundial de la Paz (establecida en 1967 por Pablo VI). La bendición del libro de los Números (6 22-27), que hoy recibimos, habla de la Paz. Esa paz es también armonía, tiene relación con una plenitud de vida, con una vida verdad. En la Escritura, está vinculada a la justicia y la fraternidad, a la misericordia, la fe, la alegría. Es don del Mesías. Pablo nos dirá que “Cristo es nuestra paz” (Efesios, 2, 14).

María nos acerca al misterio de Dios que se hace hombre. Al invocarla como “Madre de Dios” (afirmación que viene del Concilio de Éfeso, en el año 431), afirmamos que en Jesús están integrados lo humano y lo divino. El Hijo de Dios se hace verdaderamente hombre, se somete a las leyes naturales e históricas de nuestra existencia. Y así, abre nuestra realidad, desde dentro, a su paz, a su plenitud, a su vida: Dios nos convierte en hijos suyos (la adopción no es una filiación rebajada. Al contrario, es una filiación elegida. En el mundo antiguo, por ejemplo, el César adoptaba como hijo a quien elegía para ser su sucesor.

Y Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, para ir transformando desde dentro (siempre con nuestra colaboración) nuestra realidad. Para que vivamos como hijos. Como Jesús, el que nos ha enseñado a orar diciendo “¡Abba!” ¡Padre!

María, la llena de gracia (del Espíritu Santo), la que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” se nos ofrece como acompañante y guía de ese camino, que incluye una actitud contemplativa (capacidad de escucha, y de mirar más hondo) para vivir con disponibilidad hacia Dios.

Comenzamos un año nuevo. Tiempo para crecer como hijos de Dios, y para construir la paz. La liturgia, hoy, nos invita a reconocer la bendición de Dios, a conservar en nuestro corazón lo que nos habla de Él. Busca un momento para repasar, en oración, el año terminado. Para reconocer el paso de Dios por tu vida, ver los frutos que hace brotar. Para tomar conciencia de cómo estás llamado a colaborar con su obra. Para recordar, ante Él, a las personas que has ido encontrando en este camino. Para poner ante Él tus planes y proyectos, pidiéndole que te ayude a mantener los ojos y el corazón abiertos a los suyos.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

 El domingo pasado, Mateo nos presentaba la misión de Jesús, “ enseñando…, proclamando la buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad…” ...