La parábola del sembrador nos
habla de la fuerza de la Palabra de Dios, semilla que ha de dar fruto
abundante. En primer término, es una llamada a la confianza, con el ejemplo de
ese sembrador que, a pesar del fracaso de los primeros intentos, no deja de
sembrar: al fin encuentra una cosecha sobreabundante (en aquel tiempo, una
cosecha del siete o del diez por uno era buena. Y el evangelio habla del
ciento, setenta y treinta por uno). La Palabra de Dios, como nos dice Isaías,
es fuente de fecundidad, tiene la fuerza creadora de Dios, y produce fruto.
Con la explicación de la parábola
(Mt 13, 10-23), este Evangelio nos muestra también que la Palabra de Dios tiene
una riqueza de sentidos: sin perder el significado original, despliega nuevos alcances, porque es Palabra
Viva. La explicación de la Parábola del Sembrador es una nueva interpretación
de la misma, que conecta profundamente con la experiencia de los discípulos (a
lo largo del Evangelio, veremos cómo a veces no entienden a Jesús, o en el caso
de Pedro, responden con un entusiasmo que sucumbe ante la dificultad…) Y nos llama,
a nosotros, a reflexionar sobre cómo acogemos la Palabra.
¿Qué tipo de tierra es mi corazón? ¿Cómo he de cultivarla
para que llegue a ser tierra buena?
En estos días de la Novena del Carmen, el Carmelo vuelve la
mirada a María, la que "guardaba
todas estas cosas, meditándolas en su corazón" (Lc 2, 19, y de nuevo
Lc 2, 51). Ella es modelo de esa escucha de la Palabra de Dios, que nos lleva a
encarnarla en nuestra vida, en actitudes evangélicas.
"Una palabra
habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en
silencio ha de ser oída del alma."
Hace
algunos domingos, escuchábamos cómo Jesús mira con compasión a las gentes, cansadas y abatidas como ovejas sin pastor
(Mt 9, 36). Con esa misericordia, Él envía a los discípulos a la misión, y los
llama a mantenerse fieles, a pesar de las dificultades que encontrarán. La
palabra y los gestos de Jesús responden a la necesidad del ser humano y, sin
embargo, con frecuencia encuentran resistencia, rechazo, indiferencia. Los sabios y entendidos, los doctores de la
ley, y también los que se sienten seguros en sí mismos, se vuelven incapaces de
reconocer los signos de vida, signos de Dios que hace Jesús (“los ciegos ven y los cojos andan, los
leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan…” Mt 11,5). Ante esa tentación, la de qeudarnos
encerrados en nuestras ideas preconcebidas sobre Dios (o nuestros intereses,
que una cosa puede ir unida a la otra), Jesús señala que “nadie conoce al Padre sino el Hijo”. Por eso son los pequeños, los que se acercan a Jesús con
sencillez y apertura, los que pueden recibir su vida.
De
fondo, está la opción de "vivir en la carne" o "vivir en el espíritu", a la que alude Pablo (Romanos 8, 9.11-13). Pablo no se refiere a la
contraposición entre cuerpo y alma (propia de nuestra cultura de origen
griego), sino a una elección, un estilo de vida: estar "en la carne" es vivir encerrado en uno mismo (en los propios
deseos, intereses, criterios...). La vida espiritual es apertura a Dios, en la
confianza y el amor. El Espíritu nos hace capaces de ir más allá de nosotros
mismos... y nos abre a la vida que Dios nos regala. Vida que vence
incluso a la muerte: “el que resucitó de
entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales”.
Vivir en el espíritu es también aprender a encontrar descanso en
Dios. Muchas cosas pueden agobiarnos y cansarnos: están las dificultades de la
vida, que no podemos evitar; también las que encontramos al intentar ayudar a
otros, y participar en la misión de Jesús, también nuestros errores…. Por otra
parte, está el cómo afrontamos la
vida y sus dificultades. El cansancio y abatimiento que Jesús veía en la gente
tenía mucha relación con una religiosidad cargada de cumplimientos y preceptos,
que se volvía aplastante. Hoy, el perfeccionismo puede llevar a muchas personas
de buena voluntad al cansancio y al agobio de una exigencia que nunca se
alcanza. A unos y otros, a todos, nos llama Jesús, para encontrar alivio en Él.
Su yugo, aunque está lleno de radicalidad (amar a todos, perdonar…) es suave,
porque se basa, ante todo, en el amor del Padre, que estamos llamados a
experimentar: amor gratuito, que siempre nos acompaña, y puede ser nuestra
fuente de ánimo, de fuerza, de alegría y paz. Amor misericordioso y paciente con nuestras
limitaciones. Amor que da sentido a todo esfuerzo. El "aprended de mí" de Jesús, es una
invitación a experimentar su vida, conocer su Paz y Alegría (Jn 14, 27; 15,11).
“¡La ciencia del amor! ¡Sí, estas palabras
resuenan dulcemente en los oídos de mi alma! No deseo otra ciencia. (...) Si
todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de
todas las almas, el alma de tu Teresita, ni una sola perdería la esperanza de
llegar a la cima de la montaña del amor, pues Jesús no pide grandes hazañas,
sino únicamente abandono y gratitud, como dijo en el salmo 49 (…) No tiene
necesidad de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios
que declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en
mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir: «Dame de
beber», lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre
criatura. Tenía sed de amor...
Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús
está sediento. Entre los discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e
indiferentes, y entre sus propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que
se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor
infinito!”
Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma (Manuscrito
B, 1-2rº)
Las palabras de Jesús, hoy, tienen como contexto el envío
evangelizador, que conlleva identificarnos con Jesús ("el que os recibe a vosotros, me recibe a mí"),
y la hostilidad del mundo a su mensaje. También la forma de hablar judía, tajante
y radical. Conviene comprender su sentido. No es que el amor de Dios entre en "competencia" con el amor a la
familia. Dios nunca es rival del ser humano. Él ama a cada persona más incluso
que sus padres o sus hijos. La primacía del amor a Dios no "hace de menos" los otros amores,
sino que los ordena, y los ayuda a crecer en plenitud. Desde Dios, el amor a
los padres, a los hijos, a los cónyuges, los hermanos... crece en vitalidad, en
capacidad de compartir, en horizonte y apertura hacia los demás, en libertad
para no atrapar...
Con todo, a veces hay conflicto. Entre los primeros
cristianos, hubo quienes sufrieron el rechazo de sus familias por su fidelidad
a Cristo. Tuvieron que elegir.
Eso sigue ocurriendo hoy. Con frecuencia, de manera menos radical
y explícita, pero también real: los lazos familiares, a veces, se pueden convertir
en ataduras de chantajes afectivos, de actitudes (egoísmos de grupo, celos,
enemistades…) que un seguidor de Cristo no puede aceptar.
Jesús invita a optar con radicalidad, de raíz: poner la vida
en juego. Aceptar el riesgo de "perder la vida" por Él. Porque seguir
a Cristo (renunciar a buscar el propio interés por encima de todo, renunciar a
la violencia y la mentira, perdonar…) también implica una serie de actitudes
que, desde los criterios de nuestro mundo, pueden entenderse como "perder". Implica una manera
diferente de afrontar la vida. Por eso, también, Pablo habla de andar en una vida nueva. ¿Qué puede
significar esto, hoy, para mí? ¿A qué he de morir?
Jesús nos habla de cargar la propia cruz y seguirle. Esta
expresión también nos remite a nuestra vida personal, a las "cruces"
concretas que encontramos, y nos habla de un seguimiento de Cristo que se
encarna en lo cotidiano.
A la vez, estas palabras llevan dentro una esperanza y una
experiencia de luz. No afrontamos nuestras dificultades y riesgos en solitario,
sino siguiendo a Jesús, apoyados en Él, el que "nos amó primero" (1 Jn 4,19), que siempre está cerca de
nosotros y toma la iniciativa. Afrontado con Él nuestras cruces, "viviremos con Él", encontraremos
nuevos caminos, maneras fecundas de vivir nuestra realidad. La invitación a la
radicalidad de este evangelio también conlleva un anuncio de la generosidad de
Dios que comprende nuestra limitación y recompensa hasta el más pequeño
esfuerzo.
Porque el aprovechar no se halla sino imitando a Cristo que es el
camino y la verdad y la vida, y ninguno viene al Padre sino por él, según él
mismo dice por San Juan (14,6 y 10,9). Y en otra parte dice: Yo soy la puerta;
por mí, si alguno entrare, salvarse ha. De donde todo espíritu que quiere ir
por dulzuras y facilidad y huye de imitar a Cristo, no le tendría por bueno.
(San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, II,7,8)
Cuando Mateo escribe el Evangelio,
han comenzado las persecuciones. La comunidad cristiana ya sabe que la
fidelidad a Cristo puede costar la vida. En ese contexto, Mateo recoge estas
palabras de Jesús, que llaman a una fidelidad –y una confianza- radicales: “no temáis, pues vosotros valéis más que los gorriones”.
Son palabras actuales. Hoy,
millones de cristianos (¡sí, millones!) viven en peligro o sufren
discriminación por su fe: en el Sahel (Burkina Faso, Nigeria…),en muchos países islámicos (Pakistán, Arabia
Saudí…), en regímenes totalitarios (Nicaragua…). Sigue siendo necesario (quizás
hoy más que nunca) trabajar por el respeto a la libertad de conciencia.
“No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma…”
La fidelidad de tantos cristianos en medio de la prueba, nos llama a tomar
conciencia de la seriedad de vivir nuestra fe. Es preciso comprender las
palabras de Jesús: “a quien me niegue
ante los hombres, lo negaré yo también ante mi Padre”, que tienen la
radicalidad del lenguaje judío de entonces, y se matizan con los hechos de
Jesús (su perdón y rehabilitación de Pedro, que lo negó tres veces). No se
trata de tener miedo a Dios, que sempre está dispuesto a responder “con la bondad de su gracia, por su gran
compasión” (salmo 68). Es tomar conciencia de que, si nos dejamos arrastrar
por el mundo, renunciando a Cristo, nuestra vida puede irse vaciando de
sentido, podemos irnos perdiendo, sin casi darnos cuenta. Si nos alejamos de
Él, nos alejamos de la Vida.
La raíz de esa fidelidad es la
confianza. “No temáis”, dice y repite
Jesús. No podamos evitar, a veces, el sentimiento de temor (los sentimientos no
se pueden cambiar simplemente a fuerza de voluntad), pero sí podemos evitar que
el miedo nos gobierne. Y al hacerlo, crecemos en libertad.
Hay, además, razones para
confiar: aunque a veces parezca que la mentira triunfa, la verdad siempre se
abre paso (“la verdad padece, pero no
perece”, decía Teresa de Jesús): ”nada
hay escondido que no llegue a saberse”.
Y, sobre todo, Dios no se
desentiende de nosotros: "hasta los
cabellos de vuestra cabeza están todos contados". De forma misteriosa,
Él cuida de nosotros.
En este día en que Jesús repite
"no temáis", podemos preguntarnos por nuestros temores. Ponerlos ante
Dios, para que nos ayude a afrontarlos. Y preguntarnos por la forma en que hoy
podemos "pregonar desde la azotea",
hacer presente en el mundo la verdad que Dios va susurrando en nuestro interior
y entre las oscuridades y luces de nuestro camino.
El Evangelio, hoy, nos invita a participar de la
mirada de Jesús. Una mirada que no se pierde en el anonimato de la muchedumbre,
una mirada capaz de percibir los sentimientos de las personas. La de Aquél que
es com-pasivo: ha venido a "padecer-con" nosotros, a compartir
nuestros sentimientos y nuestra vida. Lo hace, además, para que nuestra vida no
sea "pasiva": Él viene a
nosotros para transmitirnos libertad, iniciativa creadora.
Una mirada que descubre posibilidades. En ese gentío cansado y desorientado
"como ovejas sin pastor",
Jesús percibe un campo maduro, como las mieses en este tiempo de cosecha. Y
hacen falta personas dispuestas a trabajar para recogerlo, para que no se
pierda. Las respuestas a las inquietudes y anhelos, al hambre de nuestro tiempo, están también entre nosotros, esperando
ser despertadas.
La mirada de Jesús conecta con las personas, y llama. Nos invita a
compartir su vida, su misma misión. Al recordar los doce apóstoles, Mateo muestra
a Jesús fundando un "nuevo Israel": la Iglesia (como el antiguo
Israel se fundó sobre doce tribus, doce patriarcas). Será "un reino de
sacerdotes y una nación santa" (Éxodo, 19, 2-6). Con un sacerdocio que no se reduce al culto,
sino que une nuestra realidad vital con Dios. Con una santidad que no nos
separa de lo humano, sino que transmite en lo cotidiano la vida de Dios, su
amor, que es fuente de salud, de vida, de dignidad. Que vence al mal: "curad
enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios".
Testimonio de que Dios no ha abandonado el mundo, está presente y comienza (con
nuestra colaboración) a hacer presente su Reino.
Mateo nos recuerda los nombres de aquellos primeros apóstoles y algún
detalle pesonal. Es el comienzo de una lista que nos incluye a cada uno de
nosotros. Somos alcanzados por esa mirada de amor que comprende nuestros
sentimientos. Somos invitados a formar parte viva de la Iglesia, a unirnos a
Jesús en su misión. A experimentar y transmitir la cercanía de Dios que sana y
renueva. A compartir la mirada de Jesús.
La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a cultivar
nuestra relación con Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Corpus
Christi nos recuerda que la Eucaristía es encuentro vivo con Cristo, en el que Él
comparte su Vida con nosotros, nos transmite el Espíritu, y nos introduce en la
relación que, como Hijo, Él tiene con el Padre, para que nosotros vivamos
también como hijos suyos.
En el lenguaje de un hebreo del siglo I, el cuerpo se identifica con la persona, y
la sangre con la vida. Como nos
recuerda Pablo, la Eucaristía nos une a Cristo, en ella participamos de su vida
(su sangre) y de su persona
(su cuerpo). Así alimenta así
nuestro espíritu, nos impulsa y nos construye como discípulos de Jesús. Para
ello, también es preciso que nosotros asimilemos
este alimento. Celebrar la Eucaristía auténticamente nos compromete a vivir en comunión con Jesús:
a adherirnos a Él, identificarnos con su mensaje y su vida entera, con su búsqueda
de la voluntad del Padre.
El Evangelio subraya este alimentarnos de Jesús. El habla, insistentemente, de su carne. Es el término que usan los hebreos
(y la Escritura) para hablar del ser humano, de su existencia histórica y
concreta. Nos remite al Jesús real, "de
carne y hueso", a sus enseñanzas, sus actitudes, sus sentimientos, su
vida entera. Cristo, la Palabra hecha carne, es la Revelación definitiva de
Dios, que ha asumido nuestra realidad humana. Jesús es el Pan de Vida, el que sale a nuestro
encuentro en nuestras circunstancias concretas, y nos transmite la Vida de Dios.
Jesús, el que sintió terror y angustia en Getsemaní, es
quien puede sostenernos cuando sentimos debilidad y miedo. Y también El, que en
Caná transformó el agua en vino, es quien puede dar sabor y fuerza a nuestra
vida, para que no se vuelva insípida, y quien alimenta nuestra alegría con una
hondura y una paz que el mundo no puede
dar (Jn 14, 27; 15,11). Él, que lloró a su amigo Lázaro, viene a nosotros
cuando nuestro corazón se apaga, y puede también sacarnos, como a Lázaro, de la
tristeza y el aislamiento que a veces nos atrapan. Jesús, que abrazaba a los
niños y tocaba a los leprosos, nos convoca a la Mesa, para formar una comunidad
con capacidad de ternura y acogida. Una comunidad que comparte vida, y que así
aprende a acoger y compartir la vida que Jesús nos ofrece. Como dice Pablo, aunque
somos muchos y diferentes, podemos ir
formando un cuerpo, una comunidad que
haga presente hoy, en el mundo, la persona y el mensaje de Jesucristo.
Celebrar la Eucaristía y comulgar con Jesús es aprender a
vivir nuestras alegrías, desencantos, tristezas, miedos y proyectos, unidos a
Él, dejándonos iluminar por su palabra y acompañar por su presencia.
“Con tan buen amigo
presente, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo
se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero. Y veo
yo claro (y he visto después) que para contentar a Dios y que nos haga grandes
mercedes, quiere sea por manos de esta humanidad sacratísima, en quien dijo su
Majestad se deleita (Mt 3, 17). Muy muchas veces lo he visto por experiencia;
me lo ha dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar si
queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos.
Así que vuestra merced, señor,
no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de contemplación. Por aquí va
seguro. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes; él lo
enseñará. Mirando su vida, es el mejor dechado. ¿Qué más queremos de un tan
buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como
hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le
trajere junto a sí”.
Teresa de Jesús. Vida, 22, 6-7
Jesuscristo, Pan de Vida, quienes vienen a Ti no tendrán hambre
Jesucristo, Señor Resucitado, quien confía en Ti no tendrá sed
Las fiestas de la Santísima Trinidad y del Corpus Christi
nos invitan a contemplar al Dios que se nos ha revelado en los acontecimientos
de la Pascua: en la Resurrección y Ascensión de Jesucristo, y el envío del
Espíritu Santo. Y a encontrarnos con Él, en la Eucaristía y en la vida de cada
día.
Las reflexiones filosóficas sobre cómo Dios es Tres y a la
vez es Uno llegaron después. Lo originario es la experiencia que lleva a esta
confesión. Una experiencia que nosotros estamos llamados a vivir, y para ello,
a comprender lo que implica.
De Israel, el pueblo de la Primera Alianza, recibimos la
experiencia (forjada a través de siglos, de la experiencia del éxodo, del
destierro…) de que Dios es Uno solo (Dt 6,4). Esto nos ofrece perspectiva para
mirar nuestro mundo, con tantas divisiones y discordias, este mundo en que a
veces vence el mal. Pero en Dios no hay división. Él se revela como
misericordioso y leal (como escuchamos hoy en la lectura del Éxodo) encima de
nuestros pecados y de nuestras rebeldías. Jesús añade: “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único… para que el mundo
se salve por Él”. Esto nos invita a la confianza, porque el único Dios tiene
la última palabra sobre nuestra vida y sobre al mundo, y es una palabra de
salvación y amor. También nos llama a la conversión: a construir puentes de
unidad entre todos los seres humanos.
Los primeros discípulos descubren que Jesús es Dios, desde la
experiencia que viven con Él. Sobre todo, desde el encuentro con Cristo
Resucitado, y la Vida que Él les transmite. Comprenden así que Jesús es,
verdadera y plenamente, el Hijo de Dios, y que Dios es Padre.
Experimentan, además, que, cuando Jesús ya no está
físicamente entre ellos, sigue haciéndose presente a través de su Espíritu, que
va guiando a la comunidad y le transmite su amor, su paz, su fuerza, su alegría.
Es tan fuerte esta experiencia, que descubren que el Espíritu no es meramente “algo”
de Dios, sino presencia viva, personal, que nos lleva a Jesús (a sus enseñanzas
y su persona) y al Padre.
El Evangelio y el Nuevo Testamento nos transmiten esta
experiencia de Jesucristo, Hijo de Dios, y del Espíritu Santo, que nos conducen
al Padre. Por eso hablamos de Dios como Padre, Hijo y Espíritu. Descubrimos así
también que su Unidad no es uniformidad, sino comunión de amor (Dios es amor, 1 Jn 4,8) entre tres
personas distintas. La unidad que nos llama a construir en el mundo también es unión
desde la pluralidad.
Nos transmiten esta experiencia para que la vivamos. Para
que abramos nuestra vida al Espíritu Santo y cultivemos la amistad con Cristo,
el Hijo de Dios que se ha hecho nuestro hermano. Para que, unidos a Él, vivamos
como hijos de Dios, arraigándonos en el amor del Padre. Como nos dice Pablo: “alegraos, trabajad por vuestra perfección,
animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz…La gracia del Señor Jesucristo,
el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos
vosotros”.
Qué bien sé yo la fonte que mana y
corre,
aunque es de noche.
Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.
Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen de ella tiene,
aunque es de noche.
Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben de ella,
aunque es de noche.
Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.
Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.
Sé ser tan caudalosos sus corrientes
que infiernos, cielos riegan y las gentes,
aunque es de noche.
El corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.
El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.
Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.
Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a oscuras
porque es de noche.
Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.