La de hoy es una palabra fundamental. Por eso Mateo nos dice
que Jesús “se sentó” como Maestro que
enseña. Y nos sitúa en el monte, el lugar donde Dios se reveló a Moisés y dio al
pueblo la Ley.
Aquella Alianza, con el Decálogo, no fue del todo entendida.
Muchos la comprendieron de forma legalista, como si el hombre pudiera cumplir
unas normas y “exigirle” a Dios la
salvación. Además esa Ley nunca termina de ser cumplida por el hombre (¿quién
logra vivir en plenitud todo lo que enseña?), y muchas veces fue dejada de
lado.
Jesús viene a dar
plenitud a aquella Alianza (Mt 5,17), y habla de una forma nueva, con otra lógica.
Por eso empieza hablando de los pobres en
el espíritu. Esta expresión se refiere a los anawim: aquellos que, por su falta de riquezas o de poder, saben
que no son las fuerzas y medios humanos los que salvan; aquellos que no se
creen autosuficientes, sino que ponen su confianza en Dios. Aquellos que, ante
los males del mundo (y el propio pecado)
lloran, y tienen hambre y sed de
justicia: no se conforman con la injusticia del mundo ni se instalan en la
indiferencia. Y tampoco confían en la violencia para cambiar las cosas: son mansos (no violentos, podríamos traducir hoy). Todos estos elevan su
corazón a Dios y esperan de Él respuesta. Porque es Dios el que consuela, sacia, los llama hijos,
ofrece misericordia, y así establece
su Reino. (Dios es el sujeto agente
de todas esas expresiones en forma pasiva).
Las Bienaventuranzas se comprenden desde la confianza en
Dios, el que salva. Y se comprenden mirando a Jesús, que es quien las encarna
plenamente. Son caminos de configuración con Cristo, el misericordioso, el
príncipe de la Paz, el que pro nosotros se hizo pobre (2 Cor 8,9) y comparte
nuestras lágrimas.
Por eso, porque son caminos de seguimiento de Jesús, son
caminos de plenitud: son buena aventura.
Lo son de una manera diferente a la que el mundo ofrece: el éxito, la falta de
preocupaciones, la riqueza… caminos, por otra parte, ilusorios, porque nunca
faltan preocupaciones y tropiezos, y en toda persona hay una dimensión de
fragilidad y precariedad que ninguna riqueza ni fuerza puede evitar. La vida
humana está llena de paradojas, y las Bienaventuranzas asumen eso. Cuando Mateo
las pone por escrito, la comunidad cristiana ya conoce la persecución, las
lágrimas, la pobreza, el hambre de justicia… El Evangelio nos recuerda hoy que
el camino de seguir a Jesús, aun pasando por esas realidades, es buena aventura, porque cuando las
pasamos con Jesús, como Él nos enseña, nos lleva al verdadero consuelo, a la
plenitud.
Las Bienaventuranzas son palabras de esperanza: animan a
seguir a Jesús, asumiendo las dificultades que ello implica. También tienen una
dimensión de misterio. No se pueden terminar de explicar con la mera razón. Se
comprenden desde la vida: entrando en esas actitudes de la mano de Jesús,
dejándonos guiar por Él. Una manera de orar este Evangelio puede ser leerlas despacio
y hacer silencio: ¿cuál (o cuales) te llaman más la atención? ¿cómo resuenan en
tu interior? ¿qué te inspiran? ¿cómo puedes vivirlo?
Todos los que militáis
debajo desta bandera,
ya no durmáis, no durmáis,
pues que no hay paz en la tierra (…)
No haya ningún cobarde,
aventuremos la vida,
pues no hay quien mejor la guarde
que el que la da por perdida.
Pues Jesús es nuestra guía,
y el premio de aquesta guerra
ya no durmáis, no durmáis,
porque no hay paz en la tierra.
Teresa de Jesús




