domingo, 26 de abril de 2026

“Yo soy la puerta” (Jn 10, 1-10)

 

El domingo pasado veíamos a Jesús acompañar a los discípulos de Emaús, y conducirlos de nuevo a la comunidad, iluminados por su presencia y su palabra (por la fe) desde dentro del corazón.

Así es pastor Jesús. Hoy, el Evangelio nos habla de esa relación personal, que es de confianza (“el va llamando por el nombre a sus ovejas… y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz”) y de libertad: “quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”.

Jesús utiliza la imagen del pastor, muy querida en el mundo de la Biblia, de Israel. De hecho, aquellos que fueron guías del pueblo y lo condujeron de parte de Dios, fueron también pastores, como Moisés (Ex 3,1) y David (1 Smuel 16,11). Como decía Aafrates, un padre de la Iglesia (s.III-IV) , porque quería que primero aprendiesen el oficio de quien debe preocuparse de las ovejas, fatigarse de día y vigilar de noche, sufrir las inclemencias del tiempo, defenderlas…

Esa imagen, en Jesús, no tiene las connotaciones negativas que para nosotros tienen términos “rebaño” u “oveja”. Sí tiene ese sentido de atención y de guía, que lleva a la persona a realizarse totalmente. Jesús presenta hoy unas claves para discernir al guía auténtico del falso: la búsqueda del beneficio personal o el interés por la persona, y los frutos de esa labor: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia

Utiliza otra expresión sugerente: “Yo soy la puerta”. Puerta al espacio de Dios (el término que se ha traducido como redil, no se utiliza en la Biblia para hablar de un redil de ovejas, pero sí, p. ej., del atrio del templo, donde Jesús acaba de curar al ciego de nacimiento). Puerta a la vida. Puerta siempre abierta, para que podamos movernos con libertad.

“Siempre cuando tornareis, os tendrá la puerta abierta. Una vez mostradas a gozar de este castillo, en todas las cosas hallaréis descanso, aunque sean de mucho trabajo, con esperanza de tornar a él, que no os lo puede quitar nadie.
Aunque no se trata de más de siete moradas, en cada una de éstas hay muchas: en lo bajo y alto y a los lados, con lindos jardines, y fuentes, y laberintos y cosas tan deleitosas, que desearéis deshaceros en alabanzas del gran Dios, que le crió a su imagen y semejanza”.
         
Teresa de Jesús, Las Moradas, Conclusión

Lecturas de hoy


domingo, 19 de abril de 2026

“Se acercó y se puso a caminar con ellos” (Lc 24, 13-35)

 


En esta mañana de Pascua, S. Lucas nos invita a descubrir a Jesús como compañero de camino.

En el relato de aquellos dos discípulos de Emaús, Lucas cuenta también la historia de la primera comunidad cristiana: “lo que les había pasado por el camino, y cómo lo habían reconocido al partir el pan”. Una experiencia de Jesús que se hace especialmente fuerte en la Eucaristía. Experiencia de que Él los ha acompañado (“entró para quedarse con ellos”), aunque muchas veces “sus ojos no eran capaces de reconocerlo”, y no se le puede retener ni controlar (“se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció de su vista”). El mismo Resucitado los iluminaba, y les ayudaba a comprender la Escritura, y el sentido de cuanto habían vivido con Él, incluida la cruz (“¿no ardía nuestro corazón...? … les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras”)

Aquel mismo día (el primero de la semana)” es también hoy, y esta historia puede ser la tuya. Jesús se acerca también a ti y camina contigo. Se interesa por tu vida, con sus desencantos, inquietudes y frustraciones. También es capaz de encender tu corazón y ayudarte a comprender, a vivir tu realidad. Porque la Escritura no es un libro ajeno a ti, sino algo escrito para ti: para darte luz en lo que te toca vivir, y llevarte al encuentro con Cristo.

En este relato de encuentro, el Evangelio nos ofrece hoy varios puntos de conexión con Cristo: la Escritura, la Eucaristía, la acogida, y la comunidad, a la que regresan aquellos discípulos, aun en medio de la noche (sin otra luz y guía, sino la que en el corazón ardía…) para compartir el testimonio, la alegría, la presencia de Cristo.

¡Quédate con nosotros, Señor!



El acompañamiento espiritual es una mediación para vivir esta experiencia: descubrir a Jesús que camina a nuestro lado; leer la Escritura desde nuestra vida (con sus anhelos, esperanzas, cruces...) para descubrir cómo pasa Dios por ella, y hacia dónde nos lleva. Para llevarnos a la comunidad, la Iglesia (en medio, también de nuestras noches), para vivir, humilde y también gozosamente, la fe, la experiencia de que es Verdad: Cristo vive y es fuente de vida.

domingo, 12 de abril de 2026

“Para que tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 19-31)

 


Juan señala hoy el sentido de su Evangelio, y, particularmente, de los relatos de la Resurrección. No se trata, meramente, de transmitir una información. Estos relatos son puentes para que nosotros lleguemos a Jesús, para que nos encontremos con Él. Para alimentar nuestra fe, que es encuentro personal. Encuentro sin ver, como hoy dicen el Evangelio y la carta de Pedro, porque esta relación no se basa en unas pruebas irrefutables que garantizan seguridad, sino en una confianza que genera vida. Así son las relaciones humanas (la amistad, el amor…). Encuentro que transmite la Paz de Jesús, su alegría, y nos convierte en enviados, capaces de transmitir su perdón y participar en toda su misión y en la experiencia de amor que la fundamenta, la que Jesús vive (“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”).

Hay en el Evangelio de hoy una reiterada alusión a las llagas de Jesús. Muestran que el Resucitado es el mismo que dio su vida en la cruz, donde se unió a todos los crucificados y asumió los dolores y dificultades de la humanidad. El Resucitado no es ajeno a todas esas realidades. Las sigue llevando en sus manos y en sus pasos, para derramar sobre ellas su misericordia. Ello nos invita también a poner nuestras propias heridas en diálogo con Él. Podemos experimentar cómo la acción de Dios en nuestra vida transforma heridas y dificultades en experiencia de su creatividad para dar vida, y de su amor.

Y la referencia al Espíritu, que transmite todo lo de Jesús y nos hace capaz de vivirlo: su : su paz, su alegría, su palabra, su amor. Pascua es tiempo del Espíritu. Se nos invita a tomar conciencia de su obrar. A invocarlo, a disponernos a su acción: lo hacemos cultivando la humildad y buscando la verdad; perdonando e intentando vivir desde el amor, con actitud de servicio; cultivando actitudes de gratuidad.

“Este cauterio es aquí el Espíritu Santo, (…) es a saber, fuego de amor (…) 
El cauterio del fuego material en la parte do asienta siempre hace llaga, y tiene esta propiedad: que si sienta sobre llaga que no era de fuego, la hace que sea de fuego. Y eso tiene este cauterio de amor, que en el alma que toca, ahora esté llagada de otras llagas de miserias y pecados, ahora esté sana, luego la deja llagada de amor; y ya las que eran llagas de otra causa, quedan hechas llagas de amor. Pero (…) la llaga del cauterio de amor no se puede curar con otra medicina, sino que el mismo cauterio que la hace la cura, y el mismo que la cura, curándola la hace. Y de esta manera ya toda cauterizada y hecha una llaga de amor, está toda sana en amor, porque está transformada en amor. (…) Por eso dice el alma bien aquí: ¡Oh llaga regalada! (…)  ¡Oh dichosa llaga, hecha por quien no sabe sino sanar!

S. Juan de la Cruz, Llama de Amor Viva, 2, 2,7-8



sábado, 4 de abril de 2026

“Ha resucitado y va delante de vosotros…” (Mt 28, 1-10; Jn 20, 1-9)

 

Cristo resucitado es nuestra esperanza, es fuente de Vida eterna y siempre Nueva para nosotros

Por Él, sabemos que, verdaderamente, estamos llamados a la vida para siempre. Y a una vida plena, porque Dios nos llama a participar de su vida a través de Jesús, su Hijo, que se ha hecho nuestro hermano y vence a la muerte.

Por eso, la Resurrección es el centro de nuestra fe. Y desde esta alegría somos llamados a escuchar cada palabra de Jesús, intuyendo que es palabra llena de Vida. Cristo resucitado, fuente de vida y alegría, es nuestra referencia, cada día y en cada momento.

El mensaje del ángel a las santas mujeres nos dice que Él va por delante de nosotros. Y nos envía a Galilea.

Galilea fue el lugar de la llamada, de la primera predicación de Jesús. Somos llamados a recordar nuestra vocación; a retomar nuestro camino de vida cristiana, sabiéndonos acompañados, precedidos, por la gracia de Jesús.  Y escuchar su palabra.

Galilea es el lugar de la vida cotidiana. Allí nos precede Jesús, y somos invitados a ir descubriendo los signos de su presencia, de su vida.

¡Feliz Pascua!


Lecturas de hoy

viernes, 3 de abril de 2026

“Junto a la cruz de Jesús” (Jn 18-19)

 

Contemplamos hoy a Jesús en la cruz. Nos dejamos interpelar por Él.

Jesús es rechazado porque habla del amor de Dios, sin rechazar a nadie, en un mundo atravesado por divisiones y enfrentamientos (judíos y gentiles, fariseos y paganos…), en aquella sociedad que justificaba la exclusión de pecadores, leprosos, enfermos… Es condenado a muerte por pasar dando vida. Por eso, su cruz pone en evidencia la violencia y falta de justicia y verdad de nuestro mundo.

Juan, en el Evangelio, nos muestra el enredo de manipulaciones que decide la muerte de Jesús (los sumos sacerdotes hacen que Pilatos elimine a Jesús, aunque sabe que es inocente, y él consigue que ellos declaren “no tenemos más rey que el César”) y nos muestra a Jesús como Juez, que, ante Pilatos, es capaz de interpelarlo (“No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado”). Jesús interpela y denuncia a nuestro mundo, que sigue embarcándose en guerras (¡intentando justificarlas, incluso!). Y Él, que se había identificado con los vulnerables, los pobres, (Mt 25, 35-45), en su muerte, se hace uno con los últimos, con los rechazados y con todos los que sufren. Hoy se nos invita a mirar la cruz pensando en tantas personas que, en tantos lugares sufren la violencia y la injusticia. Y también los que sufren por la enfermedad, o por otras causas.

A la vez, Juan, en este relato, sin esconder los escarnios y el sufrimiento de Jesús, va dejando señales de su divinidad, que anuncian que su cruz es, paradójicamente, victoria sobre la muerte (los guardias que caen rostro en tierra cuando él dice “Yo Soy”, la repetida referencia a él como rey, y su propia proclamación como rey de la Verdad, la entrega del espíritu…). Una victoria que resplandecerá cuando el Resucitado salga al encuentro de los discípulos.  

Jesús, el Hijo de Dios, crucificado, nos habla de que Dios que vence de una manera incomprensible para nosotros: no imponiéndose desde arriba, sino haciéndose solidario a los que sufren. Infundiendo vida y creando caminos nuevos, en medio de toda situación, también de las de sufrimiento y muerte.

Y nos deja a María como madre. Para que la recibamos como “algo propio” (Jn 19, 27).  Para que, ella que guardaba las palabras de Jesús y las meditaba en su corazón, nos ayude a mirar al crucificado, a escuchar su voz, y guardarla en el corazón, incluso aunque no comprendamos muchas cosas. Así nos disponemos a acoger al Resucitado, a dejarnos iluminar por su Espíritu.



"La hora de nona será el momento en el que Jesús va a pro­nunciar la frase del salmo 22: "Dios mío, Dios mío para qué me has abandonado". Jesús la pronuncia en arameo. Estas palabras han dado pie a numerosas interpretaciones. Muchos han supuesto simplemente que Jesús murió recitando el salmo 22. Otros han visto en estas palabras un grito de desesperación. Pero esto no hace justicia al texto, pues esas palabras son el ini­cio del un salmo en el que al final quien las pronuncia en momentos de abandono se abre a una gran confianza en Dios. Sin duda alguna, Marcos quiere decir que Jesús ha muerto con el espíritu del salmo 22 (…)

Con esas palabras algunos piensan que Jesús llamaba a Elías. En efecto, en el versículo 11 se lee Elí atha: mi Dios, tú. Esta expresión pronunciada por un moribundo crucificado pudo sonar en los oídos de algunos Elyah tha, en arameo, que ciertamente significa Elías ven. Jesús recitaría el salmo en hebreo y Marcos nos da la fórmula aramea; pero se refiere sólo al comienzo del salmo porque era como el título del mismo. 

Pudo recitar todo el salmo, pero lo que llamó la atención a los oyentes fue este versículo, o mejor las palabras de este versículo a las que nos hemos referi­do. El versículo 11 dice así: "A ti me confiaron al salir del seno, desde el vientre materno tú eres mi Dios". (…) Pdemos decir que Jesús murió con el Abbá en los labios. El salmista recuerda que desde la infancia y aun antes Yahvé ha sido su Dios.

Las primeras palabras hacen alusión al abandono. Quizás Marcos nos quiera decir que a ese abandono tan tremendo Jesús respondió con un supremo grito de confianza pronunciando el Abbá".

             (Secundino Castro, El sorprendente Jesús de Marcos)

Lecturas de hoy

jueves, 2 de abril de 2026

“Como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13, 34; Jn 13, 1-15)

 

La celebración de la Cena del Señor nos introduce en el Triduo Pascual. Celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor para entrar en este misterio: para acercarnos más a Jesús, para empaparnos de su amor. Para dejar que Él ilumine nuestra vida (también tocada por la muerte), e ir entrando en la Vida Nueva que Él, el crucificado y resucitado, nos comunica.

En la Última Cena, Jesús comunica a sus discípulos (a nosotros también) lo esencial de su vida y de su misión. Y nos deja, como legado, este mandato: “Que, como yo os he amado, así también os améis vosotros los unos a los otros”.

El Evangelio de hoy lo expresa con un gesto lleno de humildad (lavar los pies a los visitantes, era tarea de esclavos), y a la vez, de solemnidad. Las palabras de Juan resaltan la importancia de este gesto y lo ponen en el contexto de la Pasión (“había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre”), como expresión de lo que significa. Tiene también un sentido sacerdotal: Jesús sabe “que había salido de Dios y a Dios volvía” y “que el Padre le había puesto todo en sus manos”.  Y Él va a ofrecer todo, entregando por amor toda su vida, en actitud de servicio, hasta la muerte en la cruz.

Jesús, a la vez, es consciente de la dura realidad que se avecina. Lucas al narrar esta Última Cena, habla de una crisis en la que todo se tambaleará (“Satanás os ha reclamado para zarandearos como trigo en la criba” Lc 22,31). Y poco después, en Getsemaní, aflora la agonía que Jesús vive en su interior.

Jesús hace este gesto de amor también en medio de esa crisis y esa agonía. Lo hace apoyado en el Padre en quien confía, quien le sostiene.

Y nos invita a vivir desde esta confianza, también en medio de nuestras dificultades y crisis. El fundamento de nuestra capacidad de amar es ese “como yo os he amado”, más fuerte que nuestras fuerzas y que nuestras debilidades. Necesitamos, como Pedro, dejarnos lavar los pies por Jesús (¿cuántas cosas necesito que Él lave en mí?). Necesitamos dejarnos tocar por su amor en toda su hondura. Para ir siendo capaces de amar como Él.

La Eucaristía de hoy nos recuerda que toda Eucaristía es memoria de la vida de Jesús, entregada en amor y servicio humilde hasta la Cruz, y de la Vida Nueva que nos transmite. Nos invita alimentarnos de Él, para apoyarnos en su amor. Nos introduce en el Misterio Pascual, con un mandato: “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24) y una pregunta: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”


Lecturas de hoy 

domingo, 29 de marzo de 2026

“Obediente hasta la muerte… Jesucristo es Señor” (Flp 2, 6-11; Mt 26,14-27.66)

 

El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa, con la entrada de Jesús en Jerusalén, de forma humilde, y aclamado como aquél "que viene en nombre del Señor”. El Mesías no viene a caballo (símbolo del poder guerrero), sino con la fuerza del Espíritu, la fuerza de Dios Amor que se entrega y da vida, que salva. La aclamación de los que acompañan a Jesús anuncia una victoria que se va a realizar de forma diferente a como ellos esperaban, y con un alcance más definitivo. 

El relato de la Pasión nos introduce en todo lo que vamos a contemplar en estos días, para que lo meditemos, para que vayamos, día tras día y año tras año, entrando en el sentido de este Misterio que siempre es más profundo de lo captamos. Y que tiene relación con nuestras vidas, más de lo que percibimos. 

Se nos invita a una lectura pausada de la Pasión del Señor, para dejarnos interpelar por ella: por las situaciones y las personas que aparecen, por múltiples detalles que nos hablan.

El relato de Mateo subraya que en Jesús se cumplen las Escrituras. Su vida, entregada hasta la muerte, es, efectivamente, la Revelación plena de Dios, que cumple todos los anuncios y profecías anteriores. Jesús muere por fidelidad al Padre, al amor de Dios a todos los hombres, que él ha predicado sin plegarse a los exclusivismos de unos y otros (fariseos, nacionalistas judíos, etc.). Su entrega, su amor hasta el fin, su humilde despojarse de sí mismo y de la misma vida por nosotros (que canta Flp 2, 6-11), su comunión, en la cruz, con todos los que sufren, revela quién es Dios en verdad. 

Es un cumplimiento lleno de paradojas: los discípulos prometen ser fieles pero sucumbirán a su debilidad; y aún así, serán, al fin, testigos de la fidelidad de Jesús que, en medio de todo, se entrega y salva: El pueblo elegido y sus doctores de la ley no comprende a Jesús, mientras que un pagano, el centurión, lo reconoce: "Verdaderamente este era Hijo de Dios". Dios lleva adelante su plan de salvación anunciado, pero no sucede como esperábamos. Acontece, de hecho, con más hondura y más alcance. 

Así sigue siendo. Esta cruz de Jesús ilumina también las encrucijadas de mi vida y mis contradicciones. En ellas también nos acompaña y salva, de forma, a veces, insospechada. Se nos invita a aprender a confiar en Él, y a dejarnos iluminar por su palabra, por su ejemplo, por su vida, por su presencia. . Somos invitados, en estos días, a mirar la cruz de Jesús. Y mirar nuestra vida a su luz. 



  El domingo pasado veíamos a Jesús acompañar a los discípulos de Emaús, y conducirlos de nuevo a la comunidad, iluminados por su presencia ...