El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien
lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en un campo (En la
historia de la Iglesia tenemos ejemplos de ello: el propio S. Mateo, S. Pablo,
S. Ignacio de Loyola...). Otros (como S. Agustín, S. Justino...) llegaron
a él tras una larga búsqueda, como el comerciante de perlas. Para unos y otros,
este tesoro llena de alegría. Y esa alegría da fuerzas para una opción radical:
vale la pena darlo todo por ese tesoro, porque en él está lo que puede llenar
nuestro corazón, lo que da valor a nuestra vida.
Un buen comentario a este evangelio es lo que decía Pablo, que, por el
Evangelio, dejó la seguridad de la Ley: “todo
es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por
quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser
hallado en él, (…) y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión
en sus padecimientos, hasta hacerme semejante a Él...” (Flp 3, 7,11).
El evangelio habla también de algo escondido. Y la lectura del libro
de los Reyes (3,5) nos habla de un corazón
atento (literalmente: un corazón que escuche).
Hay una llamada a la interioridad, como cuando Jesús invita a "orar a tu Padre que ve en lo escondido"
(Mt 6,6). Y a cultivar la sabiduría de una mirada diferente a la del mundo,
como propone el Papa Francisco: “no
mirar tanto a las cosas que el mundo alaba, a mirar las periferias, (…) dar
importancia a lo que otros descartan (…) lo realmente valioso no llama nuestra
atención, sino que requiere un paciente discernimiento para ser descubierto y
valorado”. (Audiencia 17-XI-2021).
La última parábola (que se
expresa en el lenguaje de Juicio propio de la cultura judía del siglo I) añade
una reflexión: la opción que tomamos tiene consecuencias, nos orienta hacia un
destino. No da igual hacer el bien que el mal, porque el mal (y por tanto, optar
por el mal) es incompatible con Dios y con su Vida. Esta llamada a la
responsabilidad (no al miedo), hoy la leemos con la perspectiva que nos da S.
Pablo. En otro lugar (1 Timoteo 2, 4) dice que “quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Dios
nos ha pre-destinado, nos ha llamado
a unirnos a Cristo y hacernos imagen de Él, para participar de su Vida. Nos
corresponde a nosotros, libremente, responder a esa llamada. Y “a los que aman a Dios todo les sirve para el
bien”.
"Oye una palabra llena de sustancia y verdad
inaccesible: es buscarle en fe y en amor, sin querer satisfacerte de cosa, ni
gustarla ni entenderla más de lo que debes saber; que esos dos son los mozos
del ciego que te guiarán por donde no sabes, allá a lo escondido de Dios (…)
Muy bien haces, ¡oh alma!, en buscarle siempre
escondido, porque mucho ensalzas a Dios y mucho te llegas a él teniéndole por
más alto y profundo que todo cuanto puedes alcanzar. (…) Bien haces, pues, en
todo tiempo, ahora de adversidad, ahora de prosperidad espiritual o temporal,
tener a Dios por escondido, y así clamar a él diciendo: ¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?"
(San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual 1,11-12)
Hoy, 26 de julio, es la fiesta de S. Joaquín y Santa Ana, los padres (según
la tradición) de la Virgen María. Celebramos la Jornada de los abuelos y las
personas mayores. Aquí tienes el mensaje del Papa León XIV
Oración por nuestros mayores
Señor Jesús, tú naciste de la Virgen María,
hija de los santos Joaquín y Ana.
Mira con amor a los abuelos de todo el mundo.
¡Protégelos! Son una fuente de enriquecimiento
para las familias,
para la Iglesia y para toda la sociedad.
¡Sostenlos! Que cuando envejezcan
sigan siendo para sus familias
pilares fuertes de la fe evangélica,
custodios de los nobles ideales hogareños,
tesoros vivos de sólidas tradiciones religiosas.
Haz que sean maestros de sabiduría y valentía,
que transmitan a generaciones futuras
los frutos de su madura experiencia humana y espiritual.
Señor Jesús, ayuda a las familias y a la sociedad
a valorar la presencia y el papel de los abuelos.
Que jamás sean ignorados o excluidos,
sino que siempre encuentren respeto y amor.
Ayúdales a vivir serenamente y a sentirse acogidos
durante todos los años de vida que les concedas.
María, Madre de todos los vivientes,
cuida constantemente a los abuelos,
acompáñalos durante su peregrinación terrena,
y con tus oraciones obtén que todas las familias
se reúnan un día en nuestra patria celestial,
donde esperas a toda la humanidad
para el gran abrazo de la vida sin fin. Amén






