miércoles, 18 de febrero de 2026

"Ahora es el día de la salvación" (II Cor 6, 2; Mt 6, 1-6.16-18)


  Hoy, Miércoles de Ceniza, comenzamos la Cuaresma: un itinerario interior para unirnos a Cristo, para vivir con hondura y con fruto la Pascua. 

El rito de la ceniza es un gesto sobrio y lleno de significado. En un mundo fascinado por la imagen, el lujo, los placeres... en un mundo de prisas y superficialidad, que parece consumir y convertir todo en ceniza, denunciamos el vacío. Planteamos una pregunta: ¿qué queda de todo lo que hacemos, lo que vivimos, lo que buscamos? 

Conectamos con el deseo profundo que hay en nosotros de una Vida que pueda arder y dar luz sin "quemarse", que llene verdaderamente. La que María Magdalena, Pedro, Juan, Santiago... encontraron en el Resucitado. Hacia ella queremos encaminarnos, con especial intensidad, en esta Cuaresma.

El evangelio de hoy nos habla del ayuno, la oración y la solidaridad (o limosna, como se decía en tiempos de Jesús). Nos advierte de la tentación de vivirlos de manera superficial (¡también la espiritualidad puede ser superficial!), como una proyección de nosotros mismos, un "engordar" nuestra imagen. 

El Papa León XIV, con su mensaje, nos ofrece una clave de comprensión: la escucha, que es hacer espacio al otro y a Dios. 

Desprendiéndonos del "yo" para hacer espacio al tú, podemos ejercitar una solidaridad discreta, donde la persona a la que ayudamos crece, y puede también compartir vida con nosotros, enriquecernos. Una oración como atención amorosa al Padre, que ilumina lo escondido de nuestra vida y nos puede recompensar llenándonos de su vida; un ayuno que no es "demostración de ascesis", sino cultivar el hambre de Dios, lavar nuestras autosuficiencias y lo que nos intoxica y contamina, y prepararnos al encuentro con El. 

Mensaje del Papa León XIV para esta Cuaresma

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 15 de febrero de 2026

“Para dar plenitud” (Mt 5, 17-37)

 

Jesús se enfrenta, a veces, con los fariseos y escribas: para curar en sábado, salvar a una mujer condenada a muerte por adulterio... hoy escuchamos el sentido de esto, que no es una "rebaja" de las exigencias de la Ley; sino, precisamente, su realización plena. Jesús es, la Palabra definitiva del Padre, que nos da la clave para comprender toda la revelación anterior: "el Hijo Único, que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer" (Jn 1, 18). Y por eso “habla con autoridad” (Mt 7, 28-29), con ese “pero yo os digo” que precisa y señala el sentido de la Revelación ya conocida.

Una plenitud que es radicalidad: “si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”.  Y una radicalidad que no es cumplimiento minucioso de preceptos, sino ir a su raíz: aquí, Jesús habla de la renuncia a toda forma de violencia (también la verbal), y la búsqueda de la reconciliación; el respeto a la persona y a la familia, que ha de purificar la mirada; la opción por el amor, incondicional y definitiva, que funda la familia y le da solidez; la sinceridad. En otros momentos hablará de la generosidad frente a la codicia (Lc 12, 15; Mt 25), y otros temas. Jesús llama a vivir estas actitudes desde el corazón. Y a cortar de raíz con cuanto se opone a ellas.

Nos llama a evitar la hipocresía y el autoengaño de quien cumple la Ley “hacia fuera”, en lo más visible, pero mantiene actitudes contrarias. Y también el cinismo de quien asume el mal y el pecado como algo “normal”. Un poco más adelante lo dirá: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mt 5, 48)

El texto con que S. Lucas transmite este discurso de Jesús, añade un matiz que ayuda a comprender en qué consiste esa perfección: “sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc 6, 36). Si se saca d contexto, el pasaje de Mateo que hoy escuchamos, con las hipérboles y el lenguaje tajante típicamente judío, podría dar sensación de rigorismo. Pero hay que entenderlo mirando el obrar de Jesús, que dijo a la adúltera “Yo tampoco te condeno” (Jn 8, 11) y a la pecadora, “quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra” (Lc 7, 47-49). La clave es la misericordia de Dios, que perdona nuestras debilidades y errores. Y, precisamente, descubrir este amor gratuito de Dios y abrirnos a él, es lo que nos hace más capaces de ir transformando nuestra vida y purificando nuestras actitudes. Con una confianza que nos ayuda a vivir en paz, y un deseo de seguir creciendo en su amor que nos impulsa.

Jesús nos invita a “entrar en el reino de los cielos”, en la vida que Dios nos ofrece, entrando en una nueva forma de relacionarnos con Él: acogiendo su amor, y dejándonos transformar por Él, para reflejarlo en nuestras obras. Ese amor salvador de Dios es la Ley que ha de cumplirse. La que prevalecerá, a pesar de los avatares del mundo. 

 De muchas maneras trata paz el Rey nuestro y amistad con las almas, como vemos cada día, así en la oración como fuera de ella (…) no desmayéis, que con cualquier amistad que tengáis con Dios, quedáis harto ricas, si no falta por vosotras. Mas para lastimar es y dolernos mucho los que por nuestra culpa no llegamos a esta tan excelente amistad y nos contentamos con poco. (…) os he dicho esto muchas veces, y ahora os lo torno a decir y rogar que siempre vuestros pensamientos vayan animosos, que de aquí vendrán a que el Señor os dé gracia para que lo sean las obras. (…) poco os falta para la amistad y paz que pide la esposa. No dejéis de pedirla con lágrimas muy continuas y deseos; haced lo que pudiereis de vuestra parte, para que os la dé”.

Teresa de Jesús, Meditaciones sobre los Cantares, 2, 16-17. 30

“¡Oh, qué [dicha] tan grande será alcanzar esta merced!, pues es juntarse con la voluntad de Dios, de manera que no haya división entre él y ella, sino que sea una misma voluntad, no por palabras, no por solos deseos, sino puesto por obra”.

Meditaciones, 3,1



domingo, 8 de febrero de 2026

“Sois la sal de la tierra” (Mt 5, 13-16)


 La sal, en la antigüedad, era símbolo de permanencia, porque conserva los alimentos sin corromperse. El "pacto de sal" tenía garantía de fidelidad y de cumplimiento. A ello hace referencia Jesús al decir "vosotros sois la sal de la tierra". En un mundo donde todo tiene la tentación de corromperse, se nos llama a vivir la integridad, la fidelidad. También la comunión.

Saber  y sabor tienen la misma raíz de sal. Pablo, por su parte, dice que “nunca me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado” (1 Cor 2, 1-5)  ¿A qué sabe tu vida?  

Jesús nos invita a aportar el sabor y la sabiduría del Evangelio. Como la sal, mezclándonos, haciéndonos presentes en el mundo. Pero sin perder nuestro sabor. Estar en el mundo sin ser del mundo.

Y nos dice que somos la luz del mundo. Estas palabras expresan la confianza de Dios en nosotros. Y nos interpelan. En un mundo donde la fe se intenta relegar al espacio "privado", fuera de los espacios públicos (donde se decide cómo intentar construir un mundo en paz, qué es la justicia, cómo distribuir los bienes del mundo y conservar el medio ambiente....), Jesús nos dice que "no se enciende una lámpara para ponerla debajo de un cuenco". Es que "una ciudad en lo alto de un monte" es imposible de ocultar. Una Iglesia construida como comunidad sobre la vida y mensaje de Jesús, sobre su Cruz y Resurrección, no puede dejar de ser signo que hable de Dios y de la vida que nos ofrece. 

Isaías, consciente de que también en nosotros hay oscuridades ("cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia..."), nos habla de cómo ser luz: "parte tu pan con el hambriento... no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas".  (Is 58, 7-10). El testimonio de Pablo nos ofrece también, una perspectiva sobre cómo “brille vuestra luz ante los hombres", " no con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu", el de "Jesucristo, y este crucificado". Tal vez no sea una luz "deslumbrante", como la de las estrellas mediáticas. Sino, más bien, la luz de quien sirve y se entrega, de quien vive el amor y ayuda a vivir. Las bienaventuranzas, encarnadas en actitudes concretas, en "buenas obras", se convierten en luz. Hoy, el Evangelio te invita a preguntarte por esas actitudes evangélicas que Dios te invita a vivir, para ser luz. 


La Campaña contra el Hambre de Manos Unidas nos ofrece una forma concreta de ser luz del mundo, en línea con la palabra de Isaías (58, 7-10).

Desde hace cerca de 70 años, Manos Unidas trabaja para que muchos puedan tener una vida digna, libre de la miseria y el hambre. Pionera en plantear la solidaridad como ayuda para que los pobres pongan en marcha proyectos de desarrollo desde su propia realidad; ejemplar en la gestión de sus fondos… Hoy propone, un año más, que colaboremos económicamente. Necesita también otra ayuda: la de personas que ofrezcan parte de su tiempo, que se comprometan como voluntarios para tomar el testigo y seguir realizando esta labor. ¿Tal vez puedes ser tú?

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 1 de febrero de 2026

“Bienaventurados” (Mt 5, 1-12)


 El domingo pasado, Mateo nos presentaba la misión de Jesús, “enseñando…, proclamando la buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad…” (Mt 4, 23. Ahora nos ofrece sus enseñanzas en el Sermón de la Montaña.

La de hoy es una palabra fundamental. Por eso Mateo nos dice que Jesús “se sentó” como Maestro que enseña. Y nos sitúa en el monte, el lugar donde Dios se reveló a Moisés y dio al pueblo la Ley.

Aquella Alianza, con el Decálogo, no fue del todo entendida. Muchos la comprendieron de forma legalista, como si el hombre pudiera cumplir unas normas y “exigirle” a Dios la salvación. Además esa Ley nunca termina de ser cumplida por el hombre (¿quién logra vivir en plenitud todo lo que enseña?), y muchas veces fue dejada de lado.

Jesús viene a dar plenitud a aquella Alianza (Mt 5,17), y habla de una forma nueva, con otra lógica. Por eso empieza hablando de los pobres en el espíritu. Esta expresión se refiere a los anawim: aquellos que, por su falta de riquezas o de poder, saben que no son las fuerzas y medios humanos los que salvan; aquellos que no se creen autosuficientes, sino que ponen su confianza en Dios. Aquellos que, ante los males del mundo (y el propio pecado) lloran, y tienen hambre y sed de justicia: no se conforman con la injusticia del mundo ni se instalan en la indiferencia. Y tampoco confían en la violencia para cambiar las cosas: son mansos (no violentos, podríamos traducir hoy). Todos estos elevan su corazón a Dios y esperan de Él respuesta. Porque es Dios el que consuela, sacia, los llama hijos, ofrece misericordia, y así establece su Reino. (Dios es el sujeto agente de todas esas expresiones en forma pasiva).

Las Bienaventuranzas se comprenden desde la confianza en Dios, el que salva. Y se comprenden mirando a Jesús, que es quien las encarna plenamente. Son caminos de configuración con Cristo, el misericordioso, el príncipe de la Paz, el que pro nosotros se hizo pobre (2 Cor 8,9) y comparte nuestras lágrimas.

Por eso, porque son caminos de seguimiento de Jesús, son caminos de plenitud: son buena aventura. Lo son de una manera diferente a la que el mundo ofrece: el éxito, la falta de preocupaciones, la riqueza… caminos, por otra parte, ilusorios, porque nunca faltan preocupaciones y tropiezos, y en toda persona hay una dimensión de fragilidad y precariedad que ninguna riqueza ni fuerza puede evitar. La vida humana está llena de paradojas, y las Bienaventuranzas asumen eso. Cuando Mateo las pone por escrito, la comunidad cristiana ya conoce la persecución, las lágrimas, la pobreza, el hambre de justicia… El Evangelio nos recuerda hoy que el camino de seguir a Jesús, aun pasando por esas realidades, es buena aventura, porque cuando las pasamos con Jesús, como Él nos enseña, nos lleva al verdadero consuelo, a la plenitud.

Las Bienaventuranzas son palabras de esperanza: animan a seguir a Jesús, asumiendo las dificultades que ello implica. También tienen una dimensión de misterio. No se pueden terminar de explicar con la mera razón. Se comprenden desde la vida: entrando en esas actitudes de la mano de Jesús, dejándonos guiar por Él. Una manera de orar este Evangelio puede ser leerlas despacio y hacer silencio: ¿cuál (o cuales) te llaman más la atención? ¿cómo resuenan en tu interior? ¿qué te inspiran? ¿cómo puedes vivirlo?

Todos los que militáis
debajo desta bandera,
ya no durmáis, no durmáis,
pues que no hay paz en la tierra (…)

No haya ningún cobarde,
aventuremos la vida,
pues no hay quien mejor la guarde
que el que la da por perdida.
Pues Jesús es nuestra guía,
y el premio de aquesta guerra
ya no durmáis, no durmáis,
porque no hay paz en la tierra
.

Teresa de Jesús


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 25 de enero de 2026

“Convertíos, porque está cerca del Reino de los Cielos” (Mt 4, 12-23)

 

Comienza Jesús su predicación, y lo hace en la periferia de Israel, en un lugar de Galilea frecuentado por gentiles. Se dirige, de forma preferencial, a los que estaban alejados, postergados.

 A los que habitaban en tierra y en sombra de muerte, una luz les brilló”. Las palabras y obras de Jesús, “proclamando la buena noticia (evangelio) del Reinado de Dios, y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” irrumpen como un torrente de luz en medio de los claroscuros de la vida, de las dificultades que vive la gente. Mateo nos recuerda el anuncio del profeta Isaías (9,1-3) que se cumple, entonces y también ahora: ¿qué sombras hay en nuestro mundo, y en mi vida, y cómo las puede estar iluminando Jesús?

Está cerca el Reinado (o Reino) de Dios (los cielos es una forma judía de referirse a Dios sin nombrarlo). Jesús lo proclama y lo hace presente con su acción. Dios reina cuando las personas heridas sanan; cuando las personas superan cegueras, dificultades para caminar y vivir…; cuando la reconciliación sana vidas y relaciones enfermas; cuando nos ilumina la verdad y acertamos a desarrollar nuestra vida; cuando crece la sensibilidad para cuidar la vida; cuando la paz y la justicia van ganando terreno…

Dios reina haciendo a las personas vivir y crecer en libertad, en plenitud. Por eso, su Reino no se impone, sino que crece desde dentro, desde la vida de quienes se abren a Él, quienes se dejan conquistar por el amor de Dios. En ese sentido habla Jesús de conversión, que es una actitud amplia y profunda: es volvernos hacia Él, abrir el corazón, estar dispuestos a un cambio de perspectiva y una nueva forma de vivir…

Desde esa nueva forma de mirar, podemos comprender la invitación a ser “pescadores de hombres”. En castellano, “pescar” tiene relación con, atrapar, o ganar algo o a alguien para los intereses del que “pesca”. Para los judíos, que identificaban el mar con el abismo, un pescador de hombres puede ser alguien que rescata personas del abismo para llevarlas a “tierra firme”. Alguien que, como Jesús, ayuda a las personas a vivir y en plenitud. Los discípulos de Jesús están llamados a tejer redes que no atrapen, sino sostengan y hagan libres a las personas, las ayuden a realizar sus vidas.


Celebramos hoy, además, el Domingo de la Palabra de Dios, con el lema “La Palabra de Cristo habite entre vosotros” (Col 3, 16). Se nos invita a volvernos hacia la Palabra de Dios, cultivar la lectura y conocimiento de la Escritura, que nos lleva a Cristo, a ese Reinado de Dios que hoy se nos anuncia.

Página de la Conferencia Episcopal. Materiales para este día

Y concluimos hoy el Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos, que nos recuerda, con la carta de Pablo a los Corintios, que hemos seguir caminando hacia la unidad, para vivir con autenticidad nuestra fe. Es un camino largo, en el que los cristianos de las distintas confesiones estamos llamados a ir dando pasos de acercamiento mutuo, de fomentar lo que nos une, de colaborar.


domingo, 18 de enero de 2026

“El que bautiza con Espíritu Santo” (Jn 1, 29-34)

 

A lo largo del año escucharemos los dichos y los hechos de Jesús. Hoy, Juan nos lo presenta, con palabras cuya profundidad iremos descubriendo poco a poco, y conviene meditar. Es “el Hijo de Dios”. Y es aquél en quien reside el Espíritu (“se posó sobre él”), “el que bautiza con Espíritu Santo. Las palabras y hechos de Jesús “son espíritu y son vida” (Jn 6, 63), tienen la fuerza de Dios, creadora, vivificadora, capaz de renovar la realidad.

Más aún: Jesús viene a “quitar el pecado del mundo”. Y lo hará como Cordero. Con un cordero sacrificado y compartido como comida de comunión (Éxodo 12), Dios liberó a Israel de la esclavitud de Egipto, y lo constituyó como pueblo. Jesús, el Hijo de Dios, nos libera del pecado: quien entra en comunión con Él, quien lo recibe, entra en un camino (éxodo) de Vida Nueva, de liberación de la violencia, la injusticia y ambición, la mentira y manipulación del mundo. Y Jesús realiza esta salvación como cordero: a través de su entrega por nosotros. Es un camino diferente de los que busca el mundo para cambiar las cosas. Camino nuevo, que pueda llegar, también, a transformar el mundo.

Juan nos muestra a Jesús (Jn 1, 19-20), y nos invita a escucharlo y seguirlo. Como invitó a Andrés y Juan (Jn 1, 35-39), que "se quedaron con Él". ¿Qué significa, para mí, quedarme con Jesús?


Comenzamos, hoy la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. El próximo domingo, la carta a los Corintios (que hoy comenzamos a leer) nos hablará, precisamente, de superar nuestras divisiones, para vivir con autenticidad el seguimiento de Cristo. Pues Él pidió al Padre, para sus seguidores “que todos sean uno” (Jn 17, 20-26).

El lema de esta semana es “Un solo espíritu, una sola esperanza” (Ef 4,4).

App de la Conferencia Episcopal para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Materiales, catequesis y reflexiones para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 11 de enero de 2026

“Se abrieron los cielos” (Mt 3, 13-17)

 

Concluimos hoy el tiempo de Navidad, con la fiesta del Bautismo del Señor. El Hijo de Dios se ha hecho hombre y se ha manifestado a Israel (Lc 2, 22-38, la Presentación en el templo) y a todos los pueblos (Adoración de los Magos, Mt 2, 1-11). Y ahora comienza su misión con un gesto humilde: recibir el bautismo de Juan.

Aquel era un bautismo de conversión (Lc 3, Mt. 3) Los que se bautizaban “confesaban sus pecados” (Mt 3,6), como gesto de preparación, expresión de su búsqueda de la Verdad y la justicia de Dios. El gesto de Jesús, uniéndose a esos pecadores que buscan un camino de Vida, revela el sentido de su misión: él nos salvará “tomando nuestras flaquezas y cargando con nuestras enfermedades”  (Is 53,4, Mt 8, 17). Más tarde, Pedro (1 pe 2, 24) dirá que “cargando con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivíamos para la justicia”. Y Jesús se referirá también a su Pasión como bautismo (“tengo que ser bautizado y ¡que angustia hasta que se cumpla!”  Lc 12, 50).

Y en ese gesto de Jesús se manifiesta la Trinidad: vemos a Jesús en el Jordán, el Espíritu que se posa sobre Él, y escuchamos la voz del Padre que lo proclama como Hijo. El misterio de Dios se manifiesta como misterio de solidaridad con la humanidad: el Hijo de Dios se sumerge en nuestra realidad, asume nuestra historia con sus contradicciones (errores y búsqueda de la verdad, grandezas y miserias…), para comunicarnos su Vida, para salvarnos.

La fiesta de hoy nos invita a recordar y revitalizar nuestro bautismo. En él, nosotros hemos sumergidos en el Misterio Pascual de Cristo muerto y resucitado. El gesto de derramar el agua sobre nosotros, significa ese empaparnos de la vida de Dios, manifestada en Jesús y animada por su Espíritu. Hemos quedado unidos a Cristo, para siempre. Para vivir unidos a Él y como Él. Para que su Vida vaya fortaleciendo, guiando y renovando la nuestra. Para que su Vida se vaya haciendo presente en la nuestra: en nuestras opciones, nuestras actitudes, nuestra forma de ser. Ello nos compromete a intentar hacer cada vez más presente y más viva nuestra relación con Él, a escucharlo y hacer vida su Palabra. A pasar como Él, “haciendo el bien y curando” (como escuchamos, hoy, a Pedro, resumir la vida de Jesús, Hch 10, 38).


En este pasaje aparece el Espíritu Santo como una paloma que se posa sobre Jesús. En Jesús tiene su sede (el texto alude a la paloma que soltó Noé desde el arca, acabado el diluvio, Gn 2, 8-12, buscando dónde poder posarse). El Espíritu de Dios aletea  y alienta en todas las iniciativas humanas de paz, de justicia, de amor, de hermosura. Pero tiene su sede, su centro, en Jesús: en sus palabras y gestos, en su persona, en su presencia viva (en los sacramentos, en la comunidad cristiana, en la oración). A través de Jesús encontramos el mejor camino a la libertad y la creatividad, a la paz y sabiduría, a todos los dones del Espíritu Santo.

   Hoy, Miércoles de Ceniza, comenzamos la Cuaresma: un itinerario interior para unirnos a Cristo, para vivir con hondura y con fruto la Pas...