Tras atender a la multitud hambrienta, Jesús se retira a la
soledad que estaba buscando. Ante la necesidad, lo pospuso, pero después volvió
a ese espacio de oración, de encuentro con el Padre.
En ese clima de oración podemos nosotros contemplar este
evangelio. Habla también de nuestras noches, de nuestro navegar por la vida, a
veces sacudido por olas y vientos contrarios. Habla también de nuestros miedos.
Y de nuestros, fantasmas, esas cosas que nos asustan y que (en todo o en parte)
son fruto de nuestra imaginación, de nuestra mirada insegura.
“Ánimo, Soy Yo, no
tengáis miedo” Se nos invita a guardar en el corazón estas palabras.
Podemos aventurarnos hacia otras orillas, y afrontar la noche, porque Él viene
siempre a nuestro encuentro cuando lo necesitamos. Manifiesta su poder de
maneras sorprendentes, y extiende su mano para salvarnos (ese “brazo extendido” del que habla tantas
veces también el Antiguo Testamento).
Él nos acompaña en medio de la ambigüedad de nuestra vida. Una
ambigüedad que se hoy refleja en las actitudes de Pedro: mezcla de fe y duda (la
expresión “si eres Tú…” en la Biblia,
es síntoma de tentación), de deseo de acercarse a Jesús y de afán innecesario
de acciones extraordinarias… Pedro comienza a hundirse, pero sabe volverse
hacia Jesús y llamarle. Y Jesús lo salva, a la vez que reprocha, con cariño, su
falta de fe.
Una fe que va unida al discernimiento. Reconocer a Jesús en
la noche. O, como Elías en la lectura del libro de los Reyes (19, 11-13),
reconocer a Dios que no se manifiesta como se esperaba (el huracán, el
terremoto, el fuego… habían sido signo suyo en otros momentos), sino “en el susurro de una brisa suave”
(literalmente: “en la voz de un silencio
sutil”). Aprender a escucharlo y descubrirlo, en el silencio y la noche. Para
aprender a seguirlo, a navegar.
En el pasaje que hoy escuchamos de la carta a los Romanos, S. Pablo nos abre su corazón, hablando de su dolor por su pueblo. Es el inicio de una reflexión honda sobre los caminos de Dios y la historia, que escucharemos el próximo domingo.
“Oíd, sedientos todos…
venid a mí: escuchadme y viviréis” Estas palabras del profeta Isaías nos
preparan hoy para acercarnos a Jesús en el Evangelio. Y también las palabras de
S. Pablo: “ninguna criatura podrá
separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom
8, 39)
El amor misericordioso, mueve a Jesús. Mateo nos dice que, en
ese momento, Él buscaba un momento de soledad para “encajar” la muerte de Juan
el Bautista (víctima del despotismo de Herodes y las intrigas de Herodías).
Pero al encontrarse con la multitud que lo busca, se compadece, y responde
concretamente ante las necesidades: cura a los enfermos, se da cuenta de que
necesitan comer…
Señala también la unión de Jesús con el Padre: levanta la mirada
al cielo, bendice el pan…
Y asocia a los discípulos a su misión. Frente a la tentación
de inhibirse, por la precariedad de medios (“aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”), los llama a
poner en juego lo que tienen, a compartir, a transmitir lo que Él les da.
Las lecturas de hoy nos dan, también, algunas claves
esenciales de la Eucaristía:
- La sed, el anhelo que no se sacia con lo que se puede
comprar con dinero ¿Cuáles son tus inquietudes, qué necesitas? La Eucaristía es
momento para ponerlo ante Jesús
- Ofrecer. Cuando ponemos en manos de Jesús lo que somos
y tenemos, aunque sea poco, Él lo transforma en abundancia para nosotros y para
todos.
La Eucaristía nos invita a compartir: compartir nuestra vida
con Dios (Él comparte con nosotros, nos entrega su presencia y su vida). Y
formar comunidad, compartiendo nuestros recursos, nuestras inquietudes…
Como… toda mi ansia era, y aún es, que pues [el Señor] tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen
buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos
evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas
poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios
que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo"
Europa ha “externalizado” el control de la emigración,
para que la controlen países vecinos (como Marruecos). Nuestra sociedad no
quiere saber cómo lo hacen, qué pasa con los emigrantes que intentan llegar. Y
estos países, a veces aprovechan esto para presionar. Lo sucedido estos días
parece tener relación con ello. No están claros los verdaderos motivos, que han
provocado la angustia de estas dos ciudades y el sufrimiento de decenas de
miles de personas manipuladas en este juego. Y 67 muertos.
El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien
lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en un campo (En la
historia de la Iglesia tenemos ejemplos de ello: el propio S. Mateo, S. Pablo,
S. Ignacio de Loyola...). Otros (como S. Agustín, S. Justino...) llegaron
a él tras una larga búsqueda, como el comerciante de perlas. Para unos y otros,
este tesoro llena de alegría. Y esa alegría da fuerzas para una opción radical:
vale la pena darlo todo por ese tesoro, porque en él está lo que puede llenar
nuestro corazón, lo que da valor a nuestra vida.
Un buen comentario a este evangelio es lo que decía Pablo, que, por el
Evangelio, dejó la seguridad de la Ley: “todo
es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por
quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser
hallado en él, (…) y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión
en sus padecimientos, hasta hacerme semejante a Él...” (Flp 3, 7,11).
El evangelio habla también de algo escondido. Y la lectura del libro
de los Reyes (3,5) nos habla de un corazón
atento (literalmente: un corazón que escuche).
Hay una llamada a la interioridad, como cuando Jesús invita a "orar a tu Padre que ve en lo escondido"
(Mt 6,6). Y a cultivar la sabiduría de una mirada diferente a la del mundo,
como propone el Papa Francisco: “no
mirar tanto a las cosas que el mundo alaba, a mirar las periferias, (…) dar
importancia a lo que otros descartan (…) lo realmente valioso no llama nuestra
atención, sino que requiere un paciente discernimiento para ser descubierto y
valorado”. (Audiencia 17-XI-2021).
La última parábola (que se
expresa en el lenguaje de Juicio propio de la cultura judía del siglo I) añade
una reflexión: la opción que tomamos tiene consecuencias, nos orienta hacia un
destino. No da igual hacer el bien que el mal, porque el mal (y por tanto, optar
por el mal) es incompatible con Dios y con su Vida. Esta llamada a la
responsabilidad (no al miedo), hoy la leemos con la perspectiva que nos da S.
Pablo. En otro lugar (1 Timoteo 2, 4) dice que “quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Dios
nos ha pre-destinado, nos ha llamado
a unirnos a Cristo y hacernos imagen de Él, para participar de su Vida. Nos
corresponde a nosotros, libremente, responder a esa llamada. Y “a los que aman a Dios todo les sirve para el
bien”.
"Oye una palabra llena de sustancia y verdad
inaccesible: es buscarle en fe y en amor, sin querer satisfacerte de cosa, ni
gustarla ni entenderla más de lo que debes saber; que esos dos son los mozos
del ciego que te guiarán por donde no sabes, allá a lo escondido de Dios (…)
Muy bien haces, ¡oh alma!, en buscarle siempre
escondido, porque mucho ensalzas a Dios y mucho te llegas a él teniéndole por
más alto y profundo que todo cuanto puedes alcanzar. (…) Bien haces, pues, en
todo tiempo, ahora de adversidad, ahora de prosperidad espiritual o temporal,
tener a Dios por escondido, y así clamar a él diciendo: ¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?"
(San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual 1,11-12)
Hoy, 26 de julio, es la fiesta de S. Joaquín y Santa Ana, los padres (según
la tradición) de la Virgen María. Celebramos la Jornada de los abuelos y las
personas mayores. Aquí tienes el mensaje del Papa León XIV
Oración por nuestros mayores
Señor Jesús, tú naciste de la Virgen María, hija de los santos Joaquín y Ana. Mira con amor a los abuelos de todo el mundo.
¡Protégelos! Son una fuente de enriquecimiento para las familias, para la Iglesia y para toda la sociedad.
¡Sostenlos! Que cuando envejezcan sigan siendo para sus familias pilares fuertes de la fe evangélica, custodios de los nobles ideales hogareños, tesoros vivos de sólidas tradiciones religiosas.
Haz que sean maestros de sabiduría y valentía, que transmitan a generaciones futuras los frutos de su madura experiencia humana y espiritual.
Señor Jesús, ayuda a las familias y a la sociedad a valorar la presencia y el papel de los abuelos. Que jamás sean ignorados o excluidos, sino que siempre encuentren respeto y amor.
Ayúdales a vivir serenamente y a sentirse acogidos durante todos los años de vida que les concedas.
María, Madre de todos los vivientes, cuida constantemente a los abuelos, acompáñalos durante su peregrinación terrena, y con tus oraciones obtén que todas las familias se reúnan un día en nuestra patria celestial, donde esperas a toda la humanidad para el gran abrazo de la vida sin fin. Amén
Celebramos a Santiago Apóstol, patrono de España. Esta fiesta nos habla de
las raíces apostólicas de nuestra fe. También nos invita a descubrir la vida
como peregrinación: camino guiado por Cristo, con una meta que orienta nuestros
pasos y da sentido a lo que vivimos (encuentros, cansancios, momentos de
hermosura o de dificultad…).
Desde esta clave de camino podemos también leer las lecturas de hoy. Hay un
itinerario vital, en que aquellos discípulos que buscaban puestos en el Reino (“uno a tu derecha y otro a tu izquierda”)
llegarán a convertirse en apóstoles dispuestos a dar la vida por el Evangelio (“mi cáliz lo beberéis”). Pedro, Santiago
y Juan son los discípulos más cercanos a Jesús. Y esa cercanía es un progresivo
camino de acercamiento a El y a su propuesta de Vida (servicio, entrega,
arraigo en el amor del Padre…), hasta comprenderla y vivirla.
Esa cercanía es experiencia de confianza, como escuchamos a S. Pablo(2 Cor 4, 7-15). Conciencia de la
propia fragilidad y pobreza. Pero sobre todo, de que, “en vasijas de barro”, llevamos un tesoro que se nos ha regalado, y
nos acompaña la fuerza del Espíritu, capaz de vencer las dificultades e incluso
la muerte (“sabiendo que quien resucitó
al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros”).
Y es la clave del dinamismo evangelizador, lleno de energía y valor ("hay
que obedecer a Dios antes que a los hombres", Hch 5, 29), que los hace
capaces de vencer miedos y complejos, para transmitir la vida de Jesús. Serán
capaces de dar la vida por el Evangelio, porque saben que en Cristo encuentran
la vida que vence toda muerte.
Cabe apuntar también que todas las lecturas, hoy, hablan en plural. Seguir
a Jesús es un camino compartido. Jesús reúne a los discípulos (tentados de dividirse
por sus diferencias y ambiciones personales), y nos llama a servir, a construir
comunidad.
Jesús sigue hablando con imágenes sugerentes. Y, de nuevo,
encontramos una parábola y luego una explicación que la convierte en alegoría (va
dando un significado a cada elemento) y le da un sentido nuevo, esta vez para
indicar que paciencia de Dios no es indiferencia, que no tienen el mismo
destino el trigo y la cizaña.
El sentido primero de la parábola, con todo, nos invita a
confiar con realismo. El Reino de los cielos se parece a un granito de mostaza,
a una mínima medida de levadura, y a un campo de trigo, en el que también hay cizaña.
A pesar de la presencia de cizaña y de la pequeñez, encierra una fuerza
fecunda, capaz de transformar todo: “basta
para que todo fermente”.
Nos habla también del modo de actuar de Dios. A veces, nos
puede desalentar o escandalizar el mal que crece en el mundo (y también en la
Iglesia. Y, en fin, en el corazón de cada uno de nosotros), y cómo se mezcla y
enreda con el bien. También, a veces, un afán excesivo de limpiar lo malo puede
llevar actitudes demasiado críticas, a “arrancar
también el trigo”. Dios sin embargo, enseña “que el justo debe ser humano” (Sab 12, 19). Apuesta, sobre todo, por
el crecimiento del bien.
Actualmente, también algunos psicólogos indican que el
incidir sobre lo bueno de una persona (reforzar las actitudes positivas,
cultivar las capacidades y dones…) da más fruto que el esforzarse en eliminar
los defectos (aunque esto tampoco se pueda descuidar).
S. Agustín, al comentar esta parábola, subraya la necesidad
de un discernimiento atento, y con capacidad de autocrítica: “a veces se cree que algunos son trigo, pero
son cizaña; o se cree que algunos son cizaña, pero realmente son trigo” (como
dice el Evangelio, “por sus frutos los
conoceréis” Mt 7, 16). Sobre todo, señala la oportunidad de conversión: “quien encuentre que es cizaña, no tema
cambiar… Dios te ha prometido el perdón” (Sermón 73 A).
A esa llamada a la conversión, confiada en la misericordia
de Dios, apunta hoy la liturgia, al acompañar este Evangelio con el Salmo 85 y
con un pasaje de la Sabiduría que hablan de la misericordia de Dios, “pues concedes el arrepentimiento a los
pecadores” (Sab 12, 19). Y, de otra manera, la carta los Romanos, al hablar
del Espíritu que “acude en ayuda de
nuestra debilidad” e “intercede por
nosotros”.
¿Qué fruto puede dar tu vida? ¿Cómo crecer?
“un celo de la perfección muy grande, muy bueno
es; mas podría venir de aquí que cualquier faltita de las hermanas le pareciese
una gran quiebra y un cuidado de mirar si las hacen, y aun a las veces podría
ser no ver las suyas por el gran celo que tiene de la religión. (...) Lo
que aquí pretende el demonio no es poco: que es enfriar la caridad y el amor de
unas con otras, que sería gran daño. Entendamos, hijas mías, que la perfección
verdadera es amor de Dios y del prójimo y, mientras con más perfección
guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas. (...)
Dejémonos de celos indiscretos que nos pueden hacer mucho daño; cada una se
mire a sí"
Tú acompañas la vida
de nuestra parroquia. A lo largo del año, estás con nosotros en los momentos
alegres y en los momentos dolorosos. Acoges la vida de los que nacen y de los
que mueren. Por eso queremos, hoy, renovar nuestro recuerdo, agradecimiento y petición.
Recordamos tu
sencillez y entrega, acogiendo la voluntad de Dios, y comprometida fielmente
con esta voluntad. Recordamos tu oración hecha agradecimiento a Dios, que hace
cosas grandes con los pequeños y hace saber a los soberbios que no son nada.
Recordamos tu cercanía a las personas, intercediendo por ellas ante Jesús.
Te agradecemos las
muestras de afecto maternal con las gentes, los sentimientos que suscitas en
ellas y el ejemplo y fortaleza que prestas a los débiles. Te agradecemos el
Escapulario como signo de amor y cercanía.
Y te pedimos que
sigas acompañando nuestros buenos deseos, el pequeño trabajo que realizamos.
Que tu protección vele solícita por los miembros de esta parroquia, de quienes
aquí te veneran y de todos los que ponen en ti su confianza.
La parábola del sembrador nos
habla de la fuerza de la Palabra de Dios, semilla que ha de dar fruto
abundante. En primer término, es una llamada a la confianza, con el ejemplo de
ese sembrador que, a pesar del fracaso de los primeros intentos, no deja de
sembrar: al fin encuentra una cosecha sobreabundante (en aquel tiempo, una
cosecha del siete o del diez por uno era buena. Y el evangelio habla del
ciento, setenta y treinta por uno). La Palabra de Dios, como nos dice Isaías,
es fuente de fecundidad, tiene la fuerza creadora de Dios, y produce fruto.
Con la explicación de la parábola
(Mt 13, 10-23), este Evangelio nos muestra también que la Palabra de Dios tiene
una riqueza de sentidos: sin perder el significado original, despliega nuevos alcances, porque es Palabra
Viva. La explicación de la Parábola del Sembrador es una nueva interpretación
de la misma, que conecta profundamente con la experiencia de los discípulos (a
lo largo del Evangelio, veremos cómo a veces no entienden a Jesús, o en el caso
de Pedro, responden con un entusiasmo que sucumbe ante la dificultad…) Y nos llama,
a nosotros, a reflexionar sobre cómo acogemos la Palabra.
¿Qué tipo de tierra es mi corazón? ¿Cómo he de cultivarla
para que llegue a ser tierra buena?
En estos días de la Novena del Carmen, el Carmelo vuelve la
mirada a María, la que "guardaba
todas estas cosas, meditándolas en su corazón" (Lc 2, 19, y de nuevo
Lc 2, 51). Ella es modelo de esa escucha de la Palabra de Dios, que nos lleva a
encarnarla en nuestra vida, en actitudes evangélicas.
"Una palabra
habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en
silencio ha de ser oída del alma."