Hoy, Miércoles de Ceniza, comenzamos la Cuaresma: un itinerario interior para unirnos a Cristo, para vivir con hondura y con fruto la Pascua.
El rito de la ceniza es un gesto sobrio y lleno de significado. En un mundo fascinado por la imagen, el lujo, los placeres... en un mundo de prisas y superficialidad, que parece consumir y convertir todo en ceniza, denunciamos el vacío. Planteamos una pregunta: ¿qué queda de todo lo que hacemos, lo que vivimos, lo que buscamos?
Conectamos con el deseo profundo que hay en nosotros de una Vida que pueda arder y dar luz sin "quemarse", que llene verdaderamente. La que María Magdalena, Pedro, Juan, Santiago... encontraron en el Resucitado. Hacia ella queremos encaminarnos, con especial intensidad, en esta Cuaresma.
El evangelio de hoy nos habla del ayuno, la oración y la solidaridad (o limosna, como se decía en tiempos de Jesús). Nos advierte de la tentación de vivirlos de manera superficial (¡también la espiritualidad puede ser superficial!), como una proyección de nosotros mismos, un "engordar" nuestra imagen.
El Papa León XIV, con su mensaje, nos ofrece una clave de comprensión: la escucha, que es hacer espacio al otro y a Dios.
Desprendiéndonos del "yo" para hacer espacio al tú, podemos ejercitar una solidaridad discreta, donde la persona a la que ayudamos crece, y puede también compartir vida con nosotros, enriquecernos. Una oración como atención amorosa al Padre, que ilumina lo escondido de nuestra vida y nos puede recompensar llenándonos de su vida; un ayuno que no es "demostración de ascesis", sino cultivar el hambre de Dios, lavar nuestras autosuficiencias y lo que nos intoxica y contamina, y prepararnos al encuentro con El.
Jesús se enfrenta, a veces, con los fariseos y escribas:
para curar en sábado, salvar a una mujer condenada a muerte por adulterio...
hoy escuchamos el sentido de esto, que no es una "rebaja" de las
exigencias de la Ley; sino, precisamente, su realización plena. Jesús es, la
Palabra definitiva del Padre, que nos da la clave para comprender toda la
revelación anterior: "el Hijo Único, que está en el seno del Padre, nos
lo ha dado a conocer" (Jn 1, 18). Y por eso “hablacon autoridad” (Mt
7, 28-29), con ese “pero yo os digo”
que precisa y señala el sentido de la Revelación ya conocida.
Una plenitud que es radicalidad: “si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no
entraréis en el reino de los cielos”. Y una radicalidad que no es cumplimiento
minucioso de preceptos, sino ir a su raíz: aquí, Jesús habla de la renuncia a
toda forma de violencia (también la verbal), y la búsqueda de la
reconciliación; el respeto a la persona y a la familia, que ha de purificar la
mirada; la opción por el amor, incondicional y definitiva, que funda la familia
y le da solidez; la sinceridad. En otros momentos hablará de la generosidad
frente a la codicia (Lc 12, 15; Mt 25), y otros temas. Jesús llama a vivir estas
actitudes desde el corazón. Y a cortar de raíz con cuanto se opone a ellas.
Nos llama a evitar la hipocresía y el autoengaño de quien
cumple la Ley “hacia fuera”, en lo más visible, pero mantiene actitudes contrarias.
Y también el cinismo de quien asume el mal y el pecado como algo “normal”. Un
poco más adelante lo dirá: “sed perfectos
como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mt 5, 48)
El texto con que S. Lucas transmite este discurso de Jesús, añade
un matiz que ayuda a comprender en qué consiste esa perfección: “sed
misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc 6, 36).
Si se saca d contexto, el pasaje de Mateo que hoy escuchamos, con las
hipérboles y el lenguaje tajante típicamente judío, podría dar sensación de rigorismo.
Pero hay que entenderlo mirando el obrar de Jesús, que dijo a la adúltera “Yo tampoco te condeno” (Jn 8, 11) y a la
pecadora, “quedan perdonados sus muchos
pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor
muestra” (Lc 7, 47-49). La clave es la misericordia de Dios, que perdona
nuestras debilidades y errores. Y, precisamente, descubrir este amor gratuito de
Dios y abrirnos a él, es lo que nos hace más capaces de ir transformando
nuestra vida y purificando nuestras actitudes. Con una confianza que nos ayuda a vivir en paz, y un deseo de seguir creciendo en su amor que nos impulsa.
Jesús nos invita a “entrar
en el reino de los cielos”, en la vida que Dios nos ofrece, entrando en una
nueva forma de relacionarnos con Él: acogiendo su amor, y dejándonos
transformar por Él, para reflejarlo en nuestras obras. Ese amor salvador de
Dios es la Ley que ha de cumplirse. La que prevalecerá, a pesar de los avatares
del mundo.
“De muchas maneras trata paz el Rey nuestro y amistad con las almas,
como vemos cada día, así en la oración como fuera de ella (…) no desmayéis, que con cualquier amistad que
tengáis con Dios, quedáis harto ricas, si no falta por vosotras. Mas para
lastimar es y dolernos mucho los que por nuestra culpa no llegamos a esta tan
excelente amistad y nos contentamos con poco. (…) os he dicho esto muchas
veces, y ahora os lo torno a decir y rogar que siempre vuestros pensamientos
vayan animosos, que de aquí vendrán a que el Señor os dé gracia para que lo
sean las obras. (…) poco os falta
para la amistad y paz que pide la esposa. No dejéis de pedirla con lágrimas muy
continuas y deseos; haced lo que pudiereis de vuestra parte, para que os la dé”.
Teresa de Jesús, Meditaciones sobre los Cantares, 2,
16-17. 30
“¡Oh, qué [dicha] tan grande será alcanzar esta merced!, pues es
juntarse con la voluntad de Dios, de manera que no haya división entre él y
ella, sino que sea una misma voluntad, no por palabras, no por solos deseos,
sino puesto por obra”.
La sal, en la antigüedad, era símbolo de permanencia, porque
conserva los alimentos sin corromperse. El "pacto de sal" tenía garantía de fidelidad y de cumplimiento. A
ello hace referencia Jesús al decir "vosotros
sois la sal de la tierra". En un mundo donde todo tiene la tentación
de corromperse, se nos llama a vivir la integridad, la fidelidad. También
la comunión.
Saber y sabor tienen la
misma raíz de sal. Pablo, por su parte, dice que “nunca me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este
crucificado” (1 Cor 2, 1-5) ¿A qué
sabe tu vida?
Jesús nos invita a aportar el sabor y la sabiduría del
Evangelio. Como la sal, mezclándonos, haciéndonos presentes en el mundo. Pero
sin perder nuestro sabor. Estar en el mundo sin ser del mundo.
Y nos dice que somos la luz del mundo. Estas palabras
expresan la confianza de Dios en nosotros. Y nos interpelan. En un mundo donde
la fe se intenta relegar al espacio "privado",
fuera de los espacios públicos (donde se decide cómo intentar construir un
mundo en paz, qué es la justicia, cómo distribuir los bienes del mundo y
conservar el medio ambiente....), Jesús nos dice que "no se enciende una lámpara para ponerla debajo de un cuenco". Es
que "una ciudad en lo alto de un
monte" es imposible de ocultar. Una Iglesia construida como
comunidad sobre la vida y mensaje de Jesús, sobre su Cruz y Resurrección, no
puede dejar de ser signo que hable de Dios y de la vida que nos ofrece.
Isaías, consciente de que también en nosotros hay
oscuridades ("cuando alejes de ti la
opresión, el dedo acusador y la calumnia..."), nos habla de cómo ser
luz: "parte tu pan con el
hambriento... no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la
aurora, enseguida se curarán tus heridas". (Is 58, 7-10). El
testimonio de Pablo nos ofrece también, una perspectiva sobre cómo “brille vuestra luz ante los hombres",
" no con persuasiva sabiduría
humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu", el de
"Jesucristo, y este crucificado".
Tal vez no sea una luz "deslumbrante",
como la de las estrellas mediáticas. Sino, más bien, la luz de quien sirve y se
entrega, de quien vive el amor y ayuda a vivir. Las bienaventuranzas, encarnadas
en actitudes concretas, en "buenas
obras", se convierten en luz. Hoy, el Evangelio te invita a
preguntarte por esas actitudes evangélicas que Dios te invita a vivir, para ser
luz.
Desde hace cerca de 70 años, Manos Unidas trabaja para que
muchos puedan tener una vida digna, libre de la miseria y el hambre. Pionera en
plantear la solidaridad como ayuda para que los pobres pongan en marcha
proyectos de desarrollo desde su propia realidad; ejemplar en la gestión de sus
fondos… Hoy propone, un año más, que colaboremos económicamente. Necesita
también otra ayuda: la de personas que ofrezcan parte de su tiempo, que se
comprometan como voluntarios para tomar el testigo y seguir realizando esta
labor. ¿Tal vez puedes ser tú?
El domingo pasado, Mateo nos presentaba la misión de
Jesús, “enseñando…, proclamando la buena
Nueva del Reino y curando toda enfermedad…” (Mt 4, 23. Ahora nos ofrece sus
enseñanzas en el Sermón de la Montaña.
La de hoy es una palabra fundamental. Por eso Mateo nos dice
que Jesús “se sentó” como Maestro que
enseña. Y nos sitúa en el monte, el lugar donde Dios se reveló a Moisés y dio al
pueblo la Ley.
Aquella Alianza, con el Decálogo, no fue del todo entendida.
Muchos la comprendieron de forma legalista, como si el hombre pudiera cumplir
unas normas y “exigirle” a Dios la
salvación. Además esa Ley nunca termina de ser cumplida por el hombre (¿quién
logra vivir en plenitud todo lo que enseña?), y muchas veces fue dejada de
lado.
Jesús viene a dar
plenitud a aquella Alianza (Mt 5,17), y habla de una forma nueva, con otra lógica.
Por eso empieza hablando de los pobres en
el espíritu. Esta expresión se refiere a los anawim: aquellos que, por su falta de riquezas o de poder, saben
que no son las fuerzas y medios humanos los que salvan; aquellos que no se
creen autosuficientes, sino que ponen su confianza en Dios. Aquellos que, ante
los males del mundo (y el propio pecado)
lloran, y tienen hambre y sed de
justicia: no se conforman con la injusticia del mundo ni se instalan en la
indiferencia. Y tampoco confían en la violencia para cambiar las cosas: son mansos (no violentos, podríamos traducir hoy). Todos estos elevan su
corazón a Dios y esperan de Él respuesta. Porque es Dios el que consuela, sacia, los llama hijos,
ofrece misericordia, y así establece
su Reino. (Dios es el sujeto agente
de todas esas expresiones en forma pasiva).
Las Bienaventuranzas se comprenden desde la confianza en
Dios, el que salva. Y se comprenden mirando a Jesús, que es quien las encarna
plenamente. Son caminos de configuración con Cristo, el misericordioso, el
príncipe de la Paz, el que pro nosotros se hizo pobre (2 Cor 8,9) y comparte
nuestras lágrimas.
Por eso, porque son caminos de seguimiento de Jesús, son
caminos de plenitud: son buena aventura.
Lo son de una manera diferente a la que el mundo ofrece: el éxito, la falta de
preocupaciones, la riqueza… caminos, por otra parte, ilusorios, porque nunca
faltan preocupaciones y tropiezos, y en toda persona hay una dimensión de
fragilidad y precariedad que ninguna riqueza ni fuerza puede evitar. La vida
humana está llena de paradojas, y las Bienaventuranzas asumen eso. Cuando Mateo
las pone por escrito, la comunidad cristiana ya conoce la persecución, las
lágrimas, la pobreza, el hambre de justicia… El Evangelio nos recuerda hoy que
el camino de seguir a Jesús, aun pasando por esas realidades, es buena aventura, porque cuando las
pasamos con Jesús, como Él nos enseña, nos lleva al verdadero consuelo, a la
plenitud.
Las Bienaventuranzas son palabras de esperanza: animan a
seguir a Jesús, asumiendo las dificultades que ello implica. También tienen una
dimensión de misterio. No se pueden terminar de explicar con la mera razón. Se
comprenden desde la vida: entrando en esas actitudes de la mano de Jesús,
dejándonos guiar por Él. Una manera de orar este Evangelio puede ser leerlas despacio
y hacer silencio: ¿cuál (o cuales) te llaman más la atención? ¿cómo resuenan en
tu interior? ¿qué te inspiran? ¿cómo puedes vivirlo?
Todos los que militáis debajo desta bandera, ya no durmáis, no durmáis, pues que no hay paz en la tierra (…)
No haya ningún cobarde, aventuremos la vida, pues no hay quien mejor la guarde que el que la da por perdida. Pues Jesús es nuestra guía, y el premio de aquesta guerra ya no durmáis, no durmáis, porque no hay paz en la tierra.
Comienza Jesús su predicación, y lo hace en la periferia de
Israel, en un lugar de Galilea frecuentado por gentiles. Se dirige, de forma
preferencial, a los que estaban alejados, postergados.
“A los que habitaban en tierra y en sombra de muerte, una luz les brilló”.
Las palabras y obras de Jesús, “proclamando
la buena noticia (evangelio) del Reinado
de Dios,y curando toda enfermedad y
toda dolencia en el pueblo” irrumpen como un torrente de luz en medio de
los claroscuros de la vida, de las dificultades que vive la gente. Mateo nos recuerda
el anuncio del profeta Isaías (9,1-3) que se cumple, entonces y también ahora:
¿qué sombras hay en nuestro mundo, y en mi vida, y cómo las puede estar
iluminando Jesús?
Está cerca el Reinado (o Reino) de Dios (los cielos es una forma judía de
referirse a Dios sin nombrarlo). Jesús lo proclama y lo hace presente con su
acción. Dios reina cuando las personas heridas sanan; cuando las personas
superan cegueras, dificultades para caminar y vivir…; cuando la reconciliación
sana vidas y relaciones enfermas; cuando nos ilumina la verdad y acertamos a
desarrollar nuestra vida; cuando crece la sensibilidad para cuidar la vida;
cuando la paz y la justicia van ganando terreno…
Dios reina haciendo a las personas vivir y crecer en
libertad, en plenitud. Por eso, su Reino no se impone, sino que crece desde dentro, desde la vida de quienes
se abren a Él, quienes se dejan conquistar
por el amor de Dios. En ese sentido habla Jesús de conversión, que es una
actitud amplia y profunda: es volvernos hacia Él, abrir el corazón, estar dispuestos
a un cambio de perspectiva y una nueva forma de vivir…
Desde esa nueva forma de mirar, podemos comprender la
invitación a ser “pescadores de hombres”. En castellano, “pescar” tiene
relación con, atrapar, o ganar algo o a alguien para los intereses del que “pesca”.
Para los judíos, que identificaban el mar con el abismo, un pescador de hombres puede ser alguien
que rescata personas del abismo para llevarlas a “tierra firme”. Alguien que,
como Jesús, ayuda a las personas a vivir y en plenitud. Los discípulos de Jesús
están llamados a tejer redes que no
atrapen, sino sostengan y hagan libres a las personas, las ayuden a realizar
sus vidas.
Celebramos hoy, además, el Domingo de la Palabra de Dios,
con el lema “La Palabra de Cristo habite
entre vosotros” (Col 3, 16). Se nos invita a volvernos hacia la Palabra de
Dios, cultivar la lectura y conocimiento de la Escritura, que nos lleva a
Cristo, a ese Reinado de Dios que hoy
se nos anuncia.
Y concluimos hoy el Octavario de Oración por la Unidad de
los Cristianos, que nos recuerda, con la carta de Pablo a los Corintios, que
hemos seguir caminando hacia la unidad, para vivir con autenticidad nuestra fe.
Es un camino largo, en el que los cristianos de las distintas confesiones
estamos llamados a ir dando pasos de acercamiento mutuo, de fomentar lo que nos
une, de colaborar.
A lo largo del año escucharemos los dichos y los hechos de
Jesús. Hoy, Juan nos lo presenta, con palabras cuya profundidad iremos
descubriendo poco a poco, y conviene meditar. Es “el Hijo de Dios”. Y es aquél en quien reside el Espíritu (“se posó
sobre él”), “el que bautiza con
Espíritu Santo. Las palabras y hechos de Jesús “son espíritu y son vida” (Jn 6, 63), tienen la fuerza de Dios,
creadora, vivificadora, capaz de renovar la realidad.
Más aún: Jesús viene a “quitar
el pecado del mundo”. Y lo hará como Cordero.
Con un cordero sacrificado y compartido como comida de comunión (Éxodo 12), Dios
liberó a Israel de la esclavitud de Egipto, y lo constituyó como pueblo. Jesús,
el Hijo de Dios, nos libera del pecado: quien entra en comunión con Él, quien
lo recibe, entra en un camino (éxodo)
de Vida Nueva, de liberación de la violencia, la injusticia y ambición, la
mentira y manipulación del mundo. Y Jesús realiza esta salvación como cordero: a través de su entrega por
nosotros. Es un camino diferente de los que busca el mundo para cambiar las
cosas. Camino nuevo, que pueda llegar, también, a transformar el mundo.
Juan nos muestra a Jesús (Jn 1, 19-20), y nos invita a escucharlo
y seguirlo. Como invitó a Andrés y Juan (Jn 1, 35-39), que "se quedaron con Él". ¿Qué
significa, para mí, quedarme con Jesús?
Comenzamos, hoy la Semana de Oración por la Unidad de los
Cristianos. El próximo domingo, la carta a los Corintios (que hoy comenzamos a
leer) nos hablará, precisamente, de superar nuestras divisiones, para vivir con
autenticidad el seguimiento de Cristo. Pues Él pidió al Padre, para sus
seguidores “que todos sean uno” (Jn
17, 20-26).
El lema de esta semana es “Un solo espíritu, una sola esperanza” (Ef 4,4).
Concluimos hoy el tiempo de Navidad, con la fiesta del
Bautismo del Señor. El Hijo de Dios se ha hecho hombre y se ha manifestado a
Israel (Lc 2, 22-38, la Presentación en el templo) y a todos los pueblos (Adoración
de los Magos, Mt 2, 1-11). Y ahora comienza su misión con un gesto humilde:
recibir el bautismo de Juan.
Aquel era un bautismo de conversión (Lc 3, Mt. 3) Los que se
bautizaban “confesaban sus pecados” (Mt
3,6), como gesto de preparación, expresión de su búsqueda de la Verdad y la
justicia de Dios. El gesto de Jesús, uniéndose a esos pecadores que buscan un
camino de Vida, revela el sentido de su misión: él nos salvará “tomando nuestras flaquezas y cargando con
nuestras enfermedades” (Is 53,4, Mt
8, 17). Más tarde, Pedro (1 pe 2, 24) dirá que “cargando con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al
pecado, vivíamos para la justicia”. Y Jesús se referirá también a su Pasión
como bautismo (“tengo que ser bautizado y ¡que angustia hasta que se cumpla!” Lc 12, 50).
Y en ese gesto de Jesús se manifiesta la Trinidad: vemos a
Jesús en el Jordán, el Espíritu que se posa sobre Él, y escuchamos la voz del
Padre que lo proclama como Hijo. El misterio de Dios se manifiesta como
misterio de solidaridad con la humanidad: el Hijo de Dios se sumerge en nuestra realidad, asume
nuestra historia con sus contradicciones (errores y búsqueda de la verdad,
grandezas y miserias…), para comunicarnos su Vida, para salvarnos.
La fiesta de hoy nos invita a recordar y revitalizar nuestro
bautismo. En él, nosotros hemos sumergidos
en el Misterio Pascual de Cristo muerto y resucitado. El gesto de derramar el
agua sobre nosotros, significa ese empaparnos
de la vida de Dios, manifestada en Jesús y animada por su Espíritu. Hemos
quedado unidos a Cristo, para siempre. Para vivir unidos a Él y como Él. Para
que su Vida vaya fortaleciendo, guiando y renovando la nuestra. Para que su
Vida se vaya haciendo presente en la nuestra: en nuestras opciones, nuestras
actitudes, nuestra forma de ser. Ello nos compromete a intentar hacer cada vez
más presente y más viva nuestra relación con Él, a escucharlo y hacer vida su
Palabra. A pasar como Él, “haciendo el
bien y curando” (como escuchamos, hoy, a Pedro, resumir la vida de Jesús, Hch
10, 38).
En este pasaje aparece el Espíritu Santo como una paloma que
se posa sobre Jesús. En Jesús tiene
su sede (el texto alude a la paloma
que soltó Noé desde el arca, acabado el diluvio, Gn 2, 8-12, buscando dónde
poder posarse). El Espíritu de Dios aletea
y alienta en todas las iniciativas
humanas de paz, de justicia, de amor, de hermosura. Pero tiene su sede, su centro, en Jesús: en sus
palabras y gestos, en su persona, en su presencia viva (en los sacramentos, en
la comunidad cristiana, en la oración). A través de Jesús encontramos el mejor
camino a la libertad y la creatividad, a la paz y sabiduría, a todos los dones
del Espíritu Santo.