Cristo resucitado es nuestra esperanza, es fuente de Vida
eterna y siempre Nueva para nosotros
Por Él, sabemos que, verdaderamente, estamos llamados a la
vida para siempre. Y a una vida plena, porque Dios nos llama a participar de su
vida a través de Jesús, su Hijo, que se ha hecho nuestro hermano y vence a la
muerte.
Por eso, la Resurrección es el centro de nuestra fe. Y desde
esta alegría somos llamados a escuchar cada palabra de Jesús, intuyendo que es
palabra llena de Vida. Cristo resucitado, fuente de vida y alegría, es nuestra
referencia, cada día y en cada momento.
El mensaje del ángel a las santas mujeres nos dice que Él va
por delante de nosotros. Y nos envía a Galilea.
Galilea fue el lugar de la llamada, de la primera
predicación de Jesús. Somos llamados a recordar nuestra vocación; a retomar
nuestro camino de vida cristiana, sabiéndonos acompañados, precedidos, por la
gracia de Jesús. Y escuchar su palabra.
Galilea es el lugar de la vida cotidiana. Allí nos precede
Jesús, y somos invitados a ir descubriendo los signos de su presencia, de su
vida.
Contemplamos hoy a Jesús en la cruz. Nos dejamos interpelar
por Él.
Jesús es rechazado porque habla del amor de Dios, sin
rechazar a nadie, en un mundo atravesado por divisiones y enfrentamientos
(judíos y gentiles, fariseos y paganos…), en aquella sociedad que justificaba
la exclusión de pecadores, leprosos, enfermos… Es condenado a muerte por pasar
dando vida. Por eso, su cruz pone en evidencia la violencia y falta de justicia
y verdad de nuestro mundo.
Juan, en el Evangelio, nos muestra el enredo de
manipulaciones que decide la muerte de Jesús (los sumos sacerdotes hacen que
Pilatos elimine a Jesús, aunque sabe que es inocente, y él consigue que ellos
declaren “no tenemos más rey que el César”)
y nos muestra a Jesús como Juez, que, ante Pilatos, es capaz de interpelarlo (“No tendrías contra mí ningún poder, si no se
te hubiera dado”). Jesús interpela y denuncia a nuestro mundo, que sigue embarcándose
en guerras (¡intentando justificarlas, incluso!). Y Él, que se había
identificado con los vulnerables, los pobres, (Mt 25, 35-45), en su muerte, se
hace uno con los últimos, con los rechazados y con todos los que sufren. Hoy se
nos invita a mirar la cruz pensando en tantas personas que, en tantos lugares sufren
la violencia y la injusticia. Y también los que sufren por la enfermedad, o por
otras causas.
A la vez, Juan, en este relato, sin esconder los escarnios y
el sufrimiento de Jesús, va dejando señales de su divinidad, que anuncian que
su cruz es, paradójicamente, victoria sobre la muerte (los guardias que caen
rostro en tierra cuando él dice “Yo Soy”, la repetida referencia a él como rey,
y su propia proclamación como rey de la Verdad, la entrega del espíritu…). Una
victoria que resplandecerá cuando el Resucitado salga al encuentro de los
discípulos.
Jesús, el Hijo de Dios, crucificado, nos habla de que Dios
que vence de una manera incomprensible para nosotros: no imponiéndose desde
arriba, sino haciéndose solidario a los que sufren. Infundiendo vida y creando
caminos nuevos, en medio de toda situación, también de las de sufrimiento y
muerte.
Y nos deja a María como madre. Para que la recibamos como “algo propio” (Jn 19, 27). Para
que, ella que guardaba las palabras de Jesús y las meditaba en su corazón, nos
ayude a mirar al crucificado, a escuchar su voz, y guardarla en el corazón,
incluso aunque no comprendamos muchas cosas. Así nos disponemos a acoger al
Resucitado, a dejarnos iluminar por su Espíritu.
"La hora de nona será el momento en el que Jesús va a pronunciar
la frase del salmo 22: "Dios mío,
Dios mío para qué me has abandonado". Jesús la pronuncia en arameo.
Estas palabras han dado pie a numerosas interpretaciones. Muchos han supuesto
simplemente que Jesús murió recitando el salmo 22. Otros han visto en estas
palabras un grito de desesperación. Pero esto no hace justicia al texto, pues
esas palabras son el inicio del un salmo en el que al final quien las
pronuncia en momentos de abandono se abre a una gran confianza en Dios. Sin
duda alguna, Marcos quiere decir que Jesús ha muerto con el espíritu del salmo
22 (…)
Con esas palabras algunos piensan que Jesús llamaba a Elías.
En efecto, en el versículo 11 se lee Elí
atha: mi Dios, tú. Esta expresión pronunciada por un moribundo
crucificado pudo sonar en los oídos de algunos Elyah tha, en arameo, que ciertamente significa Elías ven. Jesús recitaría el salmo en hebreo
y Marcos nos da la fórmula aramea; pero se refiere sólo al comienzo del salmo
porque era como el título del mismo.
Pudo recitar todo el salmo, pero lo que llamó la atención a
los oyentes fue este versículo, o mejor las palabras de este versículo a las
que nos hemos referido. El versículo 11 dice así: "A ti me confiaron al salir del seno, desde el vientre materno tú eres
mi Dios". (…) Pdemos decir que Jesús murió con el Abbá en los labios.
El salmista recuerda que desde la infancia y aun antes Yahvé ha sido su Dios.
Las primeras palabras hacen alusión al abandono. Quizás
Marcos nos quiera decir que a ese abandono tan tremendo Jesús respondió con un
supremo grito de confianza pronunciando el Abbá".
(Secundino
Castro, El sorprendente Jesús de
Marcos)
La celebración de la Cena del Señor nos introduce en el
Triduo Pascual. Celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor para entrar en este misterio: para acercarnos
más a Jesús, para empaparnos de su amor. Para dejar que Él ilumine nuestra vida
(también tocada por la muerte), e ir entrando en la Vida Nueva que Él, el
crucificado y resucitado, nos comunica.
En la Última Cena, Jesús comunica a sus discípulos (a
nosotros también) lo esencial de su vida y de su misión. Y nos deja, como
legado, este mandato: “Que, como yo os he
amado, así también os améis vosotros los unos a los otros”.
El Evangelio de hoy lo expresa con un gesto lleno de
humildad (lavar los pies a los visitantes, era tarea de esclavos), y a la vez,
de solemnidad. Las palabras de Juan resaltan la importancia de este gesto y lo
ponen en el contexto de la Pasión (“había
llegado su hora de pasar de este mundo al Padre”), como expresión de lo que
significa. Tiene también un sentido sacerdotal: Jesús sabe “que había salido de Dios y a Dios volvía” y
“que el Padre le había puesto todo en sus
manos”. Y Él va a ofrecer todo,
entregando por amor toda su vida, en actitud de servicio, hasta la muerte en la
cruz.
Jesús, a la vez, es consciente de la dura realidad que se
avecina. Lucas al narrar esta Última Cena, habla de una crisis en la que todo
se tambaleará (“Satanás os ha reclamado
para zarandearos como trigo en la criba” Lc 22,31). Y poco después, en
Getsemaní, aflora la agonía que Jesús vive en su interior.
Jesús hace este gesto de amor también en medio de esa crisis
y esa agonía. Lo hace apoyado en el Padre en quien confía, quien le sostiene.
Y nos invita a vivir desde esta confianza, también en medio
de nuestras dificultades y crisis. El fundamento de nuestra capacidad de amar
es ese “como yo os he amado”, más
fuerte que nuestras fuerzas y que nuestras debilidades. Necesitamos, como
Pedro, dejarnos lavar los pies por Jesús (¿cuántas cosas necesito que Él lave
en mí?). Necesitamos dejarnos tocar por su amor en toda su hondura. Para ir
siendo capaces de amar como Él.
La Eucaristía de hoy nos recuerda que toda Eucaristía es
memoria de la vida de Jesús, entregada en amor y servicio humilde hasta la
Cruz, y de la Vida Nueva que nos transmite. Nos invita alimentarnos de Él, para
apoyarnos en su amor. Nos introduce en el Misterio Pascual, con un mandato: “Haced
esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24) y una pregunta: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”
El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa, con la
entrada de Jesús en Jerusalén, de forma humilde, y aclamado como aquél "que
viene en nombre del Señor”. El Mesías no viene a caballo (símbolo del poder
guerrero), sino con la fuerza del Espíritu, la fuerza de Dios Amor que se entrega
y da vida, que salva. La aclamación de los que acompañan a Jesús anuncia una
victoria que se va a realizar de forma diferente a como ellos esperaban, y con
un alcance más definitivo.
El relato de la Pasión nos introduce en todo lo que vamos a contemplar
en estos días, para que lo meditemos, para que vayamos, día tras día y año tras
año, entrando en el sentido de este Misterio que siempre es más profundo de lo
captamos. Y que tiene relación con nuestras vidas, más de lo que
percibimos.
Se nos invita a una lectura pausada de la Pasión del Señor,
para dejarnos interpelar por ella: por las situaciones y las personas que
aparecen, por múltiples detalles que nos hablan.
El relato de Mateo subraya que en Jesús se cumplen las
Escrituras. Su vida, entregada hasta la muerte, es, efectivamente, la
Revelación plena de Dios, que cumple todos los anuncios y profecías anteriores.
Jesús muere por fidelidad al Padre, al amor de Dios a todos los hombres, que él
ha predicado sin plegarse a los exclusivismos de unos y otros (fariseos,
nacionalistas judíos, etc.). Su entrega, su amor hasta el fin, su humilde
despojarse de sí mismo y de la misma vida por nosotros (que canta Flp 2, 6-11),
su comunión, en la cruz, con todos los que sufren, revela quién es Dios en
verdad.
Es un cumplimiento lleno de paradojas: los discípulos prometen
ser fieles pero sucumbirán a su debilidad; y aún así, serán, al fin, testigos
de la fidelidad de Jesús que, en medio de todo, se entrega y salva: El pueblo
elegido y sus doctores de la ley no comprende a Jesús, mientras que un pagano,
el centurión, lo reconoce: "Verdaderamente
este era Hijo de Dios". Dios lleva adelante su plan de salvación
anunciado, pero no sucede como esperábamos. Acontece, de hecho, con más hondura
y más alcance.
Así sigue siendo. Esta cruz de Jesús ilumina también las
encrucijadas de mi vida y mis contradicciones. En ellas también nos acompaña y
salva, de forma, a veces, insospechada. Se nos invita a aprender a confiar en
Él, y a dejarnos iluminar por su palabra, por su ejemplo, por su vida, por su
presencia. . Somos invitados, en estos días, a mirar la cruz de Jesús. Y mirar
nuestra vida a su luz.
Hoy, el Evangelio nos conduce a una confesión de fe
fundamental, en medio de paradojas, como las que encontramos en nuestra vida.
Juan nos hace ver cómo Jesús es profundamente humano, y se estremece y llora ante la muerte de su amigo y
el dolor inconsolable de María y las que lo acompañan. A la vez, hoy manifiesta
la fuerza de Dios, capaz de resucitar a Lázaro. Dios se conmueve con nuestras
tragedias. Y su compasión no es sólo sentimiento, sino poder que crea vida, la
renueva.
Juan nos habla también
de frustración, de desconcierto. Lo que
expresan, reiteradamente, Marta y María: “Si
hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Nos queda la
perplejidad por la demora de Jesús para socorrer a su hermano (y, aunque Jesús
se hubiera puesto en camino inmediatamente, habría llegado dos días después del
entierro de Lázaro). Podemos ver reflejado, en este episodio, nuestro
desconcierto por ante tantas situaciones, ante tantas cosas que ocurren.
Marta y María exponen
a Jesús sus sentimientos, abiertamente, confiadamente. Desde su dolor y decepción, Marta se abre al diálogo
con el Maestro. Y ese diálogo la conducirá a confesar a Jesús como resurrección
y vida, como “el Hijo de Dios, el que
tenía que venir al mundo”. En ese diálogo, Jesús acompaña a Marta a vencer
sus propias resistencias, a quitar la losa que cierra el sepulcro de Lázaro,
para permitirle hacer su obra: dar nueva vida.
La carta a los Hebreos (2, 14-15) nos dice que “
Jesús participó de esa condición
(nuestra carne y sangre, nuestra vida mortal), para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al
Diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan la vida como
esclavos”. Jesús ha venido a darnos vida, y para hacerlo Él mismo pasará
por la muerte. Él trae la Resurrección y la Vida definitiva: una vida que
anhelamos, y a la vez somos incapaces de definir y comprender (como un ciego de
nacimiento no podría describir los colores, o un sordo imaginar la música). Una
vida que recibiremos plenamente más allá de esta vida, y que también se va
haciendo presente en esta vida, en la experiencia que podemos ir haciendo del “Espíritu que habita en vosotros” (Romanos,
8, 8-11), que es fuente de paz, de creatividad, de valor, de perdón… de vida
que se renueva.
Este Evangelio, hoy, nos
pregunta también por nuestra vida, que tal vez tiene también “espacios muertos”, sellados con losas, y
frustraciones y desconciertos... Nos invita a entrar en diálogo con Jesús, que
ofrece Vida, no sólo en el último día, sino también en el hoy de nuestra
existencia.
En la primera lectura, escuchamos las palabras del profeta
Ezequiel, ante un pueblo en el destierro, que se sentía a punto de desaparecer,
después de haber perdido casi todo (la independencia y la libertad, la tierra
patria, y el templo que era el medio que tenían para relacionarse con Dios):
"Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros...
Y cuando abra vuestros sepulcros
y os saque de ellos, pueblo mío,
comprenderéis que soy el Señor.
Pondré mi espíritu en vosotros, y viviréis."
Son
palabras que anuncian una obra de Dios: ese momento, que parecía de muerte
(hasta ese momento, todos los pueblos antiguos, al ser desterrados,
desaparecían como pueblo), va a ser el momento en que Israel se renueve, se
afiance con una nueva identidad, y una nueva manera de comprender a Dios y de
relacionarse con Él.
Celebramos hoy a san José, un hombre que pasa en silencio por la
Escritura, sin decir una palabra.
Durante siglos, también la Iglesia guardó silencio sobre él,
podríamos decir que casi lo olvidó. Él mismo, ante la Encarnación y el
nacimiento del Hijo de Dios, acepta una posición que no es de protagonismo,
sino de estar al servicio de Jesús y de María.
Poco a poco, a medida que se presta más atención a la
realidad humana de Cristo (verdadero Dios y verdadero hombre), comienza un
redescubrimiento de este hombre sencillo, humilde, cercano y fundamental. Y la
Iglesia experimenta su cercanía, inspiradora y protectora.
José, que vive en la mayor cercanía del Misterio de Dios hecho
hombre, vive también una realidad cercana a la nuestra: en familia, en el
trabajo, entre dificultades y conflictos… Y nos enseña, silenciosamente, a
acoger a Cristo en medio de esa realidad compleja, ambivalente, que nos toca a
diario.
José, hombre del silencio, de la escucha, de la confianza en
Dios convertida en creatividad valiente ante las dificultades de la vida, es
para nosotros, como decía Teresa, maestro de oración, maestro de vida.
El capítulo 9 de San
Juan se expresa con paradojas. Así, Jesús dice que "para un juicio he venido yo
a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, queden ciegos". Él cura al ciego, y
pone en evidencia la ceguera de los fariseos, cada vez más obstinada.
Y nos interpela con la pregunta final: “¿también nosotros estamos ciegos?”. Juan habla de muchas cegueras, de miradas desenfocadas en las que, tal vez, podemos reconocernos:
- Cuando, ante el mal, buscamos culpables (“¿quién pecó, este o sus padres?”) en vez
de preguntarnos qué podemos hacer (“Tenemos
que trabajar en las obras del que me ha enviado". Esa actitud es,
además, la que ayuda a descubrir cómo “se
manifiestan las obras de Dios”)
- Cuando pasamos junto a los pobres sin verlos, como aquella gente que no acertaba a reconocer a quien había
estado ante ellos, todos los días, pidiendo limosna.
- Cuando preferimos "mirar para otro lado", como los padres del ciego ("Preguntádselo a él, que es mayor... porque
tenían miedo")
- Cuando nos obcecamos (por orgullo, prejuicios, o por otras
causas) y dejamos de ver lo evidente, como los fariseos que se fijaban en la ley
del sábado, y no veían el signo que Jesús había hecho.
Podríamos añadir más formar de mirar sin ver (Mt 13, 13-15). Lo importante, con todo, es el
itinerario de sanación que Juan narra. Ese ciego era alguien que vivía en la
oscuridad, en la dependencia, en la marginación (se le consideraba “empecatado de los pies a la cabeza”), y
va haciendo un camino, en el que Jesús ha tomado la iniciativa: a principio no
sabe dónde está Jesús, pero llegará a confesarlo (aun a precio de ser
expulsado) y a encontrarse con Él, y a reconocerlo ("Creo, Señor").
Es un camino de renovación, de creación (por eso Jesús, como
Dios en el principio, hace barro y se lo coloca en los ojos). Es un itinerario
bautismal (por eso dice: "lávate en
la piscina de Siloé -que significa enviado-"). Se nos propone a
nosotros, que en el bautismo hemos recibido un don, para que lo hagamos vida.
Jesús es la Luz del Mundo. Una luz que transmite la
misericordia, el amor de Dios, y llena de paz (“En la Palabra estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”
Jn 1, 4). Se nos invita a poner nuestras vidas a esta luz (reconociendo
nuestras sombras, desenredando nuestros recovecos interiores…), para dejarnos
iluminar por Él, que “mira el corazón” (1
Samuel 16,7). Así podemos llegar a “ser luz por el Señor", (Ef 5,8). Iluminados
por Jesús, podemos "trabajar",
involucrarnos en la obra de Dios (Jn 9,4-5). Podemos ser aprender a mirar como
Él, y ser luz con nuestras actitudes.
Podemos también leer el
capítulo 9 de Juan, desde la experiencia de San Pablo, que tiene varios paralelismos:
un fariseo que, en el camino de Damasco, fue cegado por la luz de Jesús, para abrir los ojos desde la fe
(Hch 9, 3-18).