¿Qué es lo más importante en la
vida, lo que puede dar sentido y sostener lo demás?
Así podríamos traducir la pregunta que hoy se hace a Jesús. (Para
los fariseos, el cumplimiento de la Ley era lo fundamental, la respuesta a Dios
para que Él nos dé vida). Jesús, trae la cuestión a lo esencial: el amor. Es lo
que da sentido y hace posible lo demás. “El
que ama al prójimo, ha cumplido la Ley”, dirá S. Pablo (Romanos, 13, 8-10).
Amor, que no es mero sentimiento, sino actitudes. Y que se traduce en obras,
pero va más allá de cumplimientos o acciones (1 Corintios, 13).
Jesús une el amor a Dios con el
amor al prójimo. Este segundo mandamiento es
semejante, como el hombre es imagen y
semejanza de Dios (Génesis 1, 27). Y nos hacemos semejantes a Dios,
precisamente, cuando amamos. “Porque Dios
es amor” (1 Juan 4,8). El amor al prójimo es escuela de amor real:
perdonar, comprender, ceder, respetar, esperar, sobrellevar, cuidar, atender,
compartir, recibir …
Y el amor a Dios nos aporta
profundidad. “En esto consiste el amor:
no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó” (1 Juan 4,
10). Amar es renunciar a ponernos en el centro: para reconocer y recibir de
Dios la iniciativa del amor, y para centrarnos en el otro. Además, nuestro amor
no es mera respuesta a lo que recibimos en nuestro entorno, porque bebe de otra
fuente, el amor que Dios derrama sobre nosotros. En Él hemos de enraizarnos: en
ese amor que siempre nos acoge, nos levanta, nos bendice.
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda
tu mente” (el texto que Jesús cita, Deuteronomio 6,5, decía “con todas tus fuerzas”). Con todo lo que
somos, también nuestra fragilidad. Como decía el Papa Francisco: Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo
en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus
designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad. Esto es lo que
hace que san Pablo diga: «Él me ha dicho: ¡Te basta mi gracia!,
porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad” (2 Co 12,7-9.
Patris Corde, 2).
Amar con nuestra personalidad. Cada uno tenemos una manera de amar, como hemos tenido una manera de ser (que también hemos de “pulir” y trabajar). Eso significa también abrirnos al otro y su manara de amar: la persona con quien trato, con quien convivo: ¿cómo expresa su amor? ¿y cómo necesita ser amada?
“Dios no se sirve de otra cosa sino de amor (…) su deseo, sólo es de engrandecer al alma. Para sí nada de esto desea [obras, trabajos…], pues no lo ha menester, y así, si de algo se sirve, es de que el alma se engrandezca; y como no hay otra cosa en que más la pueda engrandecer que igualándola consigo, por eso solamente se sirve de que le ame; porque la propiedad del amor es igualar al que ama con la cosa amada (…). Dice, pues, la canción:
Mi alma se ha empleado
y todo mi caudal en su servicio,
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio
que ya sólo en amar es mi ejercicio”.
(San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual B 28,1)






