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domingo, 5 de julio de 2026

“Venid a mí…” (Mt 11, 25-30)

 



Hace algunos domingos, escuchábamos cómo Jesús mira con compasión a las gentes, cansadas y abatidas como ovejas sin pastor (Mt 9, 36). Con esa misericordia, Él envía a los discípulos a la misión, y los llama a mantenerse fieles, a pesar de las dificultades que encontrarán. La palabra y los gestos de Jesús responden a la necesidad del ser humano y, sin embargo, con frecuencia encuentran resistencia, rechazo, indiferencia. Los sabios y entendidos, los doctores de la ley, y también los que se sienten seguros en sí mismos, se vuelven incapaces de reconocer los signos de vida, signos de Dios que hace Jesús (“los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan…”  Mt 11,5). Ante esa tentación, la de qeudarnos encerrados en nuestras ideas preconcebidas sobre Dios (o nuestros intereses, que una cosa puede ir unida a la otra), Jesús señala que “nadie conoce al Padre sino el Hijo”. Por eso son los pequeños, los que se acercan a Jesús con sencillez y apertura, los que pueden recibir su vida.

De fondo, está la opción de "vivir en la carne" o "vivir en el espíritu", a la que alude Pablo  (Romanos 8, 9.11-13). Pablo no se refiere a la contraposición entre cuerpo y alma (propia de nuestra cultura de origen griego), sino a una elección, un estilo de vida: estar "en la carne" es vivir encerrado en uno mismo (en los propios deseos, intereses, criterios...). La vida espiritual es apertura a Dios, en la confianza y el amor. El Espíritu nos hace capaces de ir más allá de nosotros mismos...  y nos abre a la vida que Dios nos regala. Vida que vence incluso a la muerte: “el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales”.

Vivir en el espíritu es también aprender a encontrar descanso en Dios. Muchas cosas pueden agobiarnos y cansarnos: están las dificultades de la vida, que no podemos evitar; también las que encontramos al intentar ayudar a otros, y participar en la misión de Jesús, también nuestros errores…. Por otra parte, está el cómo afrontamos la vida y sus dificultades. El cansancio y abatimiento que Jesús veía en la gente tenía mucha relación con una religiosidad cargada de cumplimientos y preceptos, que se volvía aplastante. Hoy, el perfeccionismo puede llevar a muchas personas de buena voluntad al cansancio y al agobio de una exigencia que nunca se alcanza. A unos y otros, a todos, nos llama Jesús, para encontrar alivio en Él. Su yugo, aunque está lleno de radicalidad (amar a todos, perdonar…) es suave, porque se basa, ante todo, en el amor del Padre, que estamos llamados a experimentar: amor gratuito, que siempre nos acompaña, y puede ser nuestra fuente de ánimo, de fuerza, de alegría y paz.  Amor misericordioso y paciente con nuestras limitaciones. Amor que da sentido a todo esfuerzo. El "aprended de mí" de Jesús, es una invitación a experimentar su vida, conocer su Paz y Alegría (Jn 14, 27; 15,11).


“¡La ciencia del amor! ¡Sí, estas palabras resuenan dulcemente en los oídos de mi alma! No deseo otra ciencia. (...) Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas, el alma de tu Teresita, ni una sola perdería la esperanza de llegar a la cima de la montaña del amor, pues Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud, como dijo en el salmo 49 (…) No tiene necesidad de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir: «Dame de beber», lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor...

Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!”

Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma (Manuscrito B, 1-2rº)



domingo, 12 de abril de 2026

“Para que tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 19-31)

 


Juan señala hoy el sentido de su Evangelio, y, particularmente, de los relatos de la Resurrección. No se trata, meramente, de transmitir una información. Estos relatos son puentes para que nosotros lleguemos a Jesús, para que nos encontremos con Él. Para alimentar nuestra fe, que es encuentro personal. Encuentro sin ver, como hoy dicen el Evangelio y la carta de Pedro, porque esta relación no se basa en unas pruebas irrefutables que garantizan seguridad, sino en una confianza que genera vida. Así son las relaciones humanas (la amistad, el amor…). Encuentro que transmite la Paz de Jesús, su alegría, y nos convierte en enviados, capaces de transmitir su perdón y participar en toda su misión y en la experiencia de amor que la fundamenta, la que Jesús vive (“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”).

Hay en el Evangelio de hoy una reiterada alusión a las llagas de Jesús. Muestran que el Resucitado es el mismo que dio su vida en la cruz, donde se unió a todos los crucificados y asumió los dolores y dificultades de la humanidad. El Resucitado no es ajeno a todas esas realidades. Las sigue llevando en sus manos y en sus pasos, para derramar sobre ellas su misericordia. Ello nos invita también a poner nuestras propias heridas en diálogo con Él. Podemos experimentar cómo la acción de Dios en nuestra vida transforma heridas y dificultades en experiencia de su creatividad para dar vida, y de su amor.

Y la referencia al Espíritu, que transmite todo lo de Jesús y nos hace capaz de vivirlo: su : su paz, su alegría, su palabra, su amor. Pascua es tiempo del Espíritu. Se nos invita a tomar conciencia de su obrar. A invocarlo, a disponernos a su acción: lo hacemos cultivando la humildad y buscando la verdad; perdonando e intentando vivir desde el amor, con actitud de servicio; cultivando actitudes de gratuidad.

“Este cauterio es aquí el Espíritu Santo, (…) es a saber, fuego de amor (…) 
El cauterio del fuego material en la parte do asienta siempre hace llaga, y tiene esta propiedad: que si sienta sobre llaga que no era de fuego, la hace que sea de fuego. Y eso tiene este cauterio de amor, que en el alma que toca, ahora esté llagada de otras llagas de miserias y pecados, ahora esté sana, luego la deja llagada de amor; y ya las que eran llagas de otra causa, quedan hechas llagas de amor. Pero (…) la llaga del cauterio de amor no se puede curar con otra medicina, sino que el mismo cauterio que la hace la cura, y el mismo que la cura, curándola la hace. Y de esta manera ya toda cauterizada y hecha una llaga de amor, está toda sana en amor, porque está transformada en amor. (…) Por eso dice el alma bien aquí: ¡Oh llaga regalada! (…)  ¡Oh dichosa llaga, hecha por quien no sabe sino sanar!

S. Juan de la Cruz, Llama de Amor Viva, 2, 2,7-8



domingo, 18 de enero de 2026

“El que bautiza con Espíritu Santo” (Jn 1, 29-34)

 

A lo largo del año escucharemos los dichos y los hechos de Jesús. Hoy, Juan nos lo presenta, con palabras cuya profundidad iremos descubriendo poco a poco, y conviene meditar. Es “el Hijo de Dios”. Y es aquél en quien reside el Espíritu (“se posó sobre él”), “el que bautiza con Espíritu Santo. Las palabras y hechos de Jesús “son espíritu y son vida” (Jn 6, 63), tienen la fuerza de Dios, creadora, vivificadora, capaz de renovar la realidad.

Más aún: Jesús viene a “quitar el pecado del mundo”. Y lo hará como Cordero. Con un cordero sacrificado y compartido como comida de comunión (Éxodo 12), Dios liberó a Israel de la esclavitud de Egipto, y lo constituyó como pueblo. Jesús, el Hijo de Dios, nos libera del pecado: quien entra en comunión con Él, quien lo recibe, entra en un camino (éxodo) de Vida Nueva, de liberación de la violencia, la injusticia y ambición, la mentira y manipulación del mundo. Y Jesús realiza esta salvación como cordero: a través de su entrega por nosotros. Es un camino diferente de los que busca el mundo para cambiar las cosas. Camino nuevo, que pueda llegar, también, a transformar el mundo.

Juan nos muestra a Jesús (Jn 1, 19-20), y nos invita a escucharlo y seguirlo. Como invitó a Andrés y Juan (Jn 1, 35-39), que "se quedaron con Él". ¿Qué significa, para mí, quedarme con Jesús?


Comenzamos, hoy la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. El próximo domingo, la carta a los Corintios (que hoy comenzamos a leer) nos hablará, precisamente, de superar nuestras divisiones, para vivir con autenticidad el seguimiento de Cristo. Pues Él pidió al Padre, para sus seguidores “que todos sean uno” (Jn 17, 20-26).

El lema de esta semana es “Un solo espíritu, una sola esperanza” (Ef 4,4).

App de la Conferencia Episcopal para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Materiales, catequesis y reflexiones para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 25 de mayo de 2025

“Vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23-29)


 Judas Tadeo había preguntado “¿Por qué vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?” (Jn 14,22). Jesús responde con estas palabras, que muestran la conexión que hay entre el amor a Él, el vivir su palabra, y el conocerle. En profundidad.

Dios es misterio: no llegamos a conocerlo bien “desde fuera”, como se puede analizar un fenómeno físico. Pasa algo parecido con las personas: sólo se conoce a alguien en el encuentro personal, y desde el amor, que abre la capacidad de comprender. Por eso, el Evangelio narra encuentros con Jesús, y el Evangelio es para nosotros “puente” para encontrarnos personalmente con Él.

Quien se encuentra con Jesús entra en una relación de fe y de amor con Él (“a vosotros os llamo amigos” (Jn 15, 15), en la que recibimos su Palabra. Su Palabra es Sabiduría y Vida (la palabra de Jesús es, al fin, su misma vida, entregada por nosotros). Su Palabra es amor, que es don y tarea: el “mandamiento nuevo: que os améis unos a otros” (Jn 13, 34). La recibimos para “guardarla”: para no dejarla perder, sino “llevar dentro” (como hacía María, Lc 2, 19.51). Y a la vez, realizarla, ponerla por obra (si no se vive, se pierde, porque esta palabra es vida). Llevar la Palabra y el amor de Jesús en el corazón y en nuestro obrar.

Jesús promete que cuando nos disponemos a vivir esto, no estamos solos: Él viene a nosotros. Y con Él, el Padre y el Espíritu Santo.

Ahí encuentra la plenitud nuestra vocación, nuestra dimensión espiritual (1 Cor 3, 16: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?”). Esa presencia de Dios en nosotros es fuente de Paz (esa paz que el mundo no nos puede dar), y nos va transformando, nos ayuda a desarrollar en plenitud nuestra personalidad.

Particularmente, Jesús nos habla hoy del don del Espíritu Santo, que nos acompaña (Paráclito significa eso: “junto a”: el que acompaña: p.ej., para consolar en la dificultad o para defender en un juicio). El nos va recordando, llevando de nuevo al corazón, la Palabra y la Vida de Jesús. Y nos enseña, nos va haciendo capaces de comprenderla.


“Dentro de nosotras está un palacio de grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas, en fin, como para tal Señor; y que sois vos parte para que este edificio sea tal, como a la verdad es así (que no hay edificio de tanta hermosura como un alma limpia y llena de virtudes, y mientras mayores, más resplandecen las piedras), y que en este palacio está este gran Rey, que ha tenido por bien ser vuestro Padre, y que está en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón.

(…) entendamos con verdad que hay otra cosa más preciosa, sin ninguna comparación, dentro de nosotras que lo que vemos por de fuera. No nos imaginemos huecas en lo interior.”

Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 28, 9-10.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 14 de mayo de 2023

"Yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros" (Jn 14, 15- 21)

 

Continuamos escuchando las palabras de Jesús a sus discípulos, en la Última Cena. Jesús se está despidiendo, pues ya no volverá a estar con los suyos en la forma en que había estado hasta ahora. Pero seguirá acompañándonos, y no sólo como un recuerdo entrañable e inspirador. Jesús habla de una presencia en la ausencia, difícil de explicar con palabras, pero profundamente intensa y real, más aún, vivificante: "el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis". 

Empieza así Jesús a anunciar al Espíritu Santo, que es el que va a hacerle presente a Jesús y al Padre. Y habla de Él como el Paráclito (el que acompaña, para defender como un abogado en el juicio, para interceder y amparar, para ayudar, para infundir ánimo y luz...). Es presencia espiritual.  Por tanto, es intangible (no podemos percibirlo con la exactitud de las cosas físicas, y sobre todo, no podemos controlarlo) y sobre todo, es presencia que infunde vida. Jesús habla de él como el Espíritu de la Verdad, aquél que nos "guiará hasta la verdad plena" (Jn 16,3), que es capaz de conectarnos, a nosotros que somos parciales y limitados, con esa verdad plena que está en Dios, y así ayudarnos a situarnos de forma auténtica y reconciliada ante la vida.

Esa presencia es presencia por el amor, que nos une a Jesús, y con Él, al Padre. Amor que significa una adhesión a Él, una unión de la voluntad con El, y que por tanto se expresa en ese "aceptar guardar sus mandamientos", que ha resumido poco antes en el amor "como yo os he amado, os améis unos a otros" (Jn 13, 34). No se trata de normas impuestas desde fuera, ni de una condición externa, sino de una condición interna. De manera parecida a como una radio ha de sintonizarse don una frecuencia para recibir adecuadamente el mensaje; de manera parecida a como nuestros sentidos necesitan estar atentos preparados y sanos para percibir con nitidez la luz y los sonidos, para ver y oír, nuestro corazón, cuando va viviendo el amor que Jesús nos enseña, se hace capaz de comprenderlo (me revelaré a él) y de verlo. 

De los frutos de ese ver a Jesús, acoger la Verdad, y ser acompañados por su Espíritu, nos hablan las otras dos lecturas. La primera nos cuenta cómo el Evangelio desborda los límites de Jerusalén y llega a Samaría. Ahí está la fuerza del Espíritu, que impulsa a Felipe (aunque no era de los Doce) a dar ese paso y llevar a Samaría el Evangelio que llena la ciudad de la alegría y la fuerza sanadora de Jesús, y que se hace presente, como comunión, en la misión de Pedro y Juan, confirmando la obra de Felipe y siendo cauce y a la vez testigos del Espíritu. La carta de Pedro, por su parte, nos ofrece un mensaje plenamente actual: "dar razón de vuestra esperanza a todo el que la pidiere, con delicadeza, y respeto y en buena conciencia", como palabra que no siempre conlleva el éxito ("también Cristo murió") pero nos hace capaces de hacer el bien incluso cuando nos toca padecer, y es promesa de vida definitiva. 

El Espíritu "vive con vosotros y está con vosotros". ¿Cómo hacernos más conscientes, cómo escucharlo mejor, cada uno de nosotros y como comunidad? ¿Hacia dónde me (nos) impulsa?



domingo, 15 de enero de 2023

"Ese es el que bautiza con Espíritu Santo" (Jn 1, 29-34)

 


Juan Bautista, que ha dedicado su vida a preparar el camino del Señor (Mc 1, 1-2) ahora nos lo presenta, con un lenguaje simbólico, que conecta con las promesas y anuncios del Antiguo Testamento, abriéndolos a sentidos nuevos.

Un cordero, sacrificado y compartido como comida de comunión, fue el instrumento de la liberación del pueblo de Israel, cuando Dios lo sacó de la esclavitud de Egipto. Jesús nos trae una nueva liberación, más profunda y total. Él quita el pecado del mundo, carga con él (el verbo griego que usa Juan significa "cargar sobre sí"), para liberarnos de él. Quien entra en comunión con Jesús, quien lo recibe, entra en un camino (éxodo) de liberación de la violencia, la injusticia y ambición, la manipulación del mundo... Jesús es quien nos trae la salvación de Dios. Y lo hace como cordero, por por caminos de paz, de sencillez, de entrega. Caminos diferentes de los que busca el mundo para transformar las cosas. Pero Jesús es también el que hace brotar en el mundo un camino nuevo de transformación, un camino que llegue, un día, a liberarlo de su pecado.

Jesús es también la "sede" del Espíritu Santo, que se ha posado sobre Él (como aquella paloma, en el relato del diluvio, que no regresó al arca porque encontró donde anidar. Gn 8, 9-12). Él es el que bautiza con Espíritu Santo: el que trae un nuevo comienzo, que no es simplemente un signo, ni una declaración de intenciones, ni un gesto exterior; sino una renovación que brota desde dentro, porque "el Espíritu habla a nuestro espíritu" (Rom 8,16), nos comunica los dones de Dios (sabiduría, paz, alegría, valor, delicadeza, discernimiento...) y con la fuerza creadora de Dios potencia nuestras capacidades, nuestra sensibilidad y nuestra personalidad, para hacernos crecer en el amor, llevar nuestra vida a plenitud. De nuevo, se nos invita a "hacer memoria" de nuestro bautismo, y también a tomar conciencia de esa obra que el Espíritu va haciendo en nosotros (¿qué hace crecer en nosotros, qué nos invita a cultivar?), con la que podemos colaborar. 

Jesús es el Hijo de Dios. El que nos revela, nos muestra verdadera y totalmente a Dios (siempre mayor que lo que alcanzamos a ver, Jn 1,18), y nos hace a nosotros hijos de Dios. 

Juan confiesa a Jesús (Jn 1, 19-20), y nos invita a seguirlo, como hizo, tras estas palabras, a Andrés y Juan (Jn 1, 35-39), que "se quedaron con Él". Con Él nos deja, para que lo vayamos escuchando en el evangelio que escuchamos cada domingo y cada día de este año recién comenzado. Para que lo sigamos, y  compartamos su vida. 

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


 


domingo, 22 de mayo de 2022

"Haremos morada en él"


El evangelio que hoy escuchamos, lleno de riqueza, nos prepara para las fiestas de la Ascensión y Pentecostés, que, a su vez, nos remiten a la Pascua. Jesús, en la Última Cena, se despide de los discípulos, antes de volver al Padre que lo envió. Pronto dejará de estar con ellos como estaba antes. Y nos anuncia una nueva forma de presencia. 

Antes, el templo era el lugar, por excelencia, de la presencia de Dios, su morada. Ahora, nosotros, seguidores de Jesús (y unidos a Él por el bautismo) somos su templo, lugar donde Dios tiene su morada, donde resuena su Palabra, donde otros puedan encontrarse con Él. Encontramos a Dios en nuestro interior, donde habita la Trinidad (el Evangelio va hablando del propio Cristo, del Padre, del Espíritu), como fuente de paz, de gozo, de sabiduría, de valor, de amor... Esto no significa, por otra parte, un intimismo desconectado del mundo ni de las enseñanzas concretas de Jesús. La presencia de Dios en nuestro interior está vinculada al amor a Jesús, que se manifiesta en el hecho de guardar sus palabras: de llevarlas en el corazón e intentar hacerlas realidad en la vida. Y el Espíritu nos va enseñando y recordando (literalmente, "haciendo pasar por el corazón") las palabras y gestos de Jesús, para que podamos comprenderlas, podamos experimentar su fuerza sanadora, regeneradora. 

Nos invita Jesús a tener ánimo: "que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde". Y nos ofrece su paz. Una paz que no es como las del mundo (ni la tranquilidad de quien se desentiende de otros, ni la seguridad del poderoso y el vencedor...), una paz nueva, la suya. que brota desde dentro como fuerza ante la adversidad, como experiencia de su amor en medio de lo cotidiano, como armonía que abraza y da vida a nuestra fragilidad, como descanso en nuestro esfuerzo... ¿Qué experiencia tienes de esta paz?

Hablan también, el Evangelio y las dos lecturas, de una Iglesia profundamente arraigada en Cristo, iluminada por Él, que vive su presencia ("es su santuario el Dios todopoderoso y el Cordero"), y abierta a los cuatro vientos, universal, irradiando esa gloria de Dios que es vida para todos, que es su amor manifestado en Cristo. 

Y encontramos también una sutil referencia a María. Ella, la que guardaba en el corazón las palabras de Jesús (dos veces cuenta Lucas cómo guardaba "todas estas cosas": Lc 2, 19.51) nos ayuda también a nosotros a hacerlo. Al lado de ella, nos podemos preguntar cómo guardar la palabra de Jesús, cómo acoger y cultivar su paz, cómo abrir nuestra vida a su Espíritu.



sábado, 16 de abril de 2022

"Que Él había de resucitar de entre los muertos" (Jn 20, 1-9)

La Resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fe, de toda vida cristiana. Es desde ella desde contemplamos la muerte de Jesús en la cruz y la Última Cena. De otro modo, esos acontecimientos serían admirables, conmovedores... pero no traerían salvación, no cambiarían las cosas. Si Cristo hubiera terminado definitivamente en la cruz, habrían conseguido su objetivo quienes lo mataron y los motivos y medios que usaron (el odio, la manipulación, la injusticia, las divisiones y enfrentamientos). 

La Resurrección lo cambia todo. Es un cambio tan radical que a los discípulos les cuesta asimilarlo. Los relatos evangélicos transmiten esta dificultad que tienen los discípulos para descubrir el sepulcro vacío como señal de la Resurrección, para comprender y acoger el anuncio de los ángeles, y el testimonio de las primeras testigos, e incluso para reconocer a Jesús, aunque lo tengan ante su vista. Esta dificultad, por una parte, prueba la verdad de su experiencia. El anuncio de la Resurrección no es la invención de unos discípulos entusiasmados o exaltados. Es el testimonio de unas mujeres y hombres que vivieron un encuentro inesperado, desconcertante, que a ellos mismos les costó asumir. 

El Evangelio, entre líneas, nos habla de un proceso de conversión, en ese ir y venir al sepulcro, como también en esa conversación entre aquellos dos discípulos que estaban "de vuelta de todo", camino de Emaús. Un ir abriéndose a comprender, que pasa por creer (y el discípulo que Jesús quiere avanza más rápido, aunque espera a Pedro, y es el que ve y cree). Jesús resucitado se les hace presente de forma sorprendente, y a la vez respeta su libertad, no se impone. De hecho, Mateo nos informa de que algunos de los más cercanos a los hechos (los guardias del sepulcro, y los sumos sacerdotes), prefirieron negarlo. En ese proceso de encuentro con el Resucitado, los discípulos no sólo acogen la noticia de que Él ha resucitado, sino que van, ellos mismos, creciendo, transformándose. Cristo resucitado les transmite su Espíritu, que va sanando sus miedos e incapacidades, desarrollando su corazón y su mente, haciéndoles capaces de "sintonizar" con Jesús. Son los mismos discípulos que antes seguían a Jesús sin comprenderlo, sin asumir sus propuestas (y algunas de esas dificultades seguirán apuntando después, porque esto es un proceso de toda la vida, no un cambio "mágico"), pero ahora entienden la palabra y la vida de Jesús, van asimilando sus actitudes, participan de su amor, de su valor, de su paz, son capaces de obrar como Él. 

Iniciamos el tiempo de Pascua, más amplio aún de lo que ha sido la Cuaresma, para celebrar la Resurrección y para ir abriéndonos a ella: comprender lo que significa para nosotros ("buscad los bienes de allá arriba, dice San Pablo. Que no es evadirse de la realidad, sino vivirla con la perspectiva de Dios: y así en otros textos hablará de actitudes cotidianas de compasión, comprensión mutua..."). Abrirnos al Espíritu Santo, para que nos vaya introduciendo, como a aquellos primeros discípulos, en la Vida Nueva de Jesús Resucitado. 

 

Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

domingo, 9 de enero de 2022

"Tú eres mi Hijo, el amado" (Lc 3, 15-16. 21-22)

 

Con la fiesta del Bautismo de Jesús terminamos el tiempo de la Navidad, para entrar en el de los domingos comunes del año. En el Bautismo, Jesús, ya adulto, se manifiesta como el Hijo amado de Dios, a quien vamos a escuchar y seguir a lo largo del año. 

A la vez, este momento es como el paso del Antiguo al Nuevo Testamento. Juan el Bautista afirma que su bautismo es anuncio de aquél que trae el Bautismo radical, "con Espíritu Santo y fuego" (Lc 3, 16). Los versículos 18-20 (que se omiten en el Evangelio que hoy escuchamos) hablan del encarcelamiento de Juan, con el que termina su misión, dando paso a la de Jesús. 

Y, efectivamente, en el bautismo de Jesús se manifiesta, sobre Él, el Espíritu Santo que acompañará toda su obra, y el Padre lo proclama su Hijo amado. 

A la vez, se empieza a dejar ver la novedad que Cristo trae (frente al estilo de justicia rigurosa que Juan anunciaba). En primer lugar, se une al pueblo en un bautismo general de conversión, y así indica el sentido de su misión: el Hijo de Dios se manifiesta en la humildad, y se hace solidario de ese pueblo pecador que busca los caminos de Dios, para salvarnos "desde abajo". 

Además, su forma de actuar se anuncia en el primer canto del Siervo, que escuchamos en la lectura de Isaías (Is 42, 1-4): una misericordia que no quiebra la caña cascada, y que tampoco se quiebra ni doblega, "hasta implantar la justicia en el país" (justicia que, en la Escritura, se equipara con la salvación). Y que se confirma en las palabras con las que Pedro resume la vida de Jesús (Hch 10, 38), "pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él". 

Esa solidaridad con la que Jesús se une a la humanidad, nos transmite también, a nosotros, las palabras que Él recibe en el bautismo: "Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco". Por el bautismo, nuestras vidas han quedado unidas a la de Cristo. Y unidos a él, somos también hijos amados de Dios, en quienes Dios se complace.

Somos invitados a profundizar en esta realidad a través de la oración (que ya aparece en el Evangelio de hoy) por la que abrimos nuestro corazón y nuestra vida al Espíritu; y en el vivir, como Jesús, "pasar haciendo el bien".


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

lunes, 20 de abril de 2020

"Nacer de agua y de Espíritu"


En la Resurrección de Jesús ("el primer día de la semana...") comienza una Nueva Creación, una renovación que ha de llegar "a toda la Creación" (Mc 16,15, el envío de Jesús a los discípulos). Esta renovación pasa por aquellos que acogen a Jesús, llamados a "nacer de agua y de Espíritu" (Jn 3, 3). 

Nicodemo reconoce a Jesús como maestro venido de Dios, pero lo hace desde sus razonamientos de fariseo, y va a verlo de noche. Jesús lo invita a no quedarse a medias, a entrar en el Reino de Dios, a empezar de nuevo, con Él, para encontrar la libertad del Espíritu (que en hebreo, se dice igual que viento). Ése es el significado del Bautismo. Una actitud que renovamos cada Pascua, que estamos
llamados a revivir cada día.

Dejarme hacer (Ixcís)

Lecturas de hoy: https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

domingo, 19 de abril de 2020

"Para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre"


Jesús Resucitado se hace presente en medio de los discípulos reunidos (confinados, podríamos decir). Les entrega el Espíritu Santo, el mismo que ha estado presente y actuando en todas sus obras y palabras (Lc 4, 18); y los hace partícipes de su misión. Y lo que hizo con aquellos discípulos, también  lo hace con nosotros, sus discípulos hoy.

El Evangelio de hoy ofrece a nuestra contemplación y oración múltiples detalles. Subrayo sólo algunos:

- El perdón de los pecados, obra de la misericordia divina. Esa capacidad de reconciliar y restaurar el corazón de la persona, es propia de Dios (Lc 5, 21), y Jesús nos la confía, como parte de su misión.

- La paz con la que Jesús se presenta, que es fuente de alegría en en los corazones de los discípulos.

- Las marcas de la pasión. Dan testimonio de que el Resucitado es el mismo que murió en la cruz. Por otra parte, en sus manos gloriosas sigue teniendo presente los sufrimientos de la humanidad.

- La fe, que va más allá de lo que se ve y se palpa. También en Tomás: él ve las señales de la cruz, y confiesa a Dios. Esa fe es bienaventuranza. Es encuentro con Jesús, y nos hace tener vida.  Sobre ella se vuelve la lectura de 1 Pe 1, 3-9.

- La comunidad. Tomás, a pesar de sus dificultades, se reencuentra con Jesús resucitado, porque permanece en la comunidad. La lectura de Hch 2,42-47 nos presenta el espíritu con el que vivía esa comunidad (otros textos de los Hechos nos presentarán la realidad histórica en que se "encarnaba" ese ideal, con sus dificultades y los pasos que daban).

El Espíritu del Señor (Kairoi)

Lecturas de hoy: http://www.usccb.org/bible/lecturas/041920.cfm

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