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sábado, 6 de junio de 2026

"El que me come, vivirá por mí" (Jn 6, 51-58)

 

La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a cultivar nuestra relación con Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Corpus Christi nos recuerda que la Eucaristía es encuentro vivo con Cristo, en el que Él comparte su Vida con nosotros, nos transmite el Espíritu, y nos introduce en la relación que, como Hijo, Él tiene con el Padre, para que nosotros vivamos también como hijos suyos.

En el lenguaje de un hebreo del siglo I, el cuerpo se identifica con la persona, y la sangre con la vida. Como nos recuerda Pablo, la Eucaristía nos une a Cristo, en ella participamos de su vida (su sangre) y de su persona (su cuerpo). Así alimenta así nuestro espíritu, nos impulsa y nos construye como discípulos de Jesús. Para ello, también es preciso que nosotros asimilemos este alimento. Celebrar la Eucaristía auténticamente  nos compromete a vivir en comunión con Jesús: a adherirnos a Él, identificarnos con su mensaje y su vida entera, con su búsqueda de la voluntad del Padre.

El Evangelio subraya este alimentarnos de Jesús. El habla, insistentemente, de su carne. Es el término que usan los hebreos (y la Escritura) para hablar del ser humano, de su existencia histórica y concreta. Nos remite al Jesús real, "de carne y hueso", a sus enseñanzas, sus actitudes, sus sentimientos, su vida entera. Cristo, la Palabra hecha carne, es la Revelación definitiva de Dios, que ha asumido nuestra realidad humana.  Jesús es el Pan de Vida, el que sale a nuestro encuentro en nuestras circunstancias concretas, y nos transmite la Vida de Dios.

Jesús, el que sintió terror y angustia en Getsemaní, es quien puede sostenernos cuando sentimos debilidad y miedo. Y también El, que en Caná transformó el agua en vino, es quien puede dar sabor y fuerza a nuestra vida, para que no se vuelva insípida, y quien alimenta nuestra alegría con una hondura y una paz que el mundo no puede dar (Jn 14, 27; 15,11). Él, que lloró a su amigo Lázaro, viene a nosotros cuando nuestro corazón se apaga, y puede también sacarnos, como a Lázaro, de la tristeza y el aislamiento que a veces nos atrapan. Jesús, que abrazaba a los niños y tocaba a los leprosos, nos convoca a la Mesa, para formar una comunidad con capacidad de ternura y acogida. Una comunidad que comparte vida, y que así aprende a acoger y compartir la vida que Jesús nos ofrece. Como dice Pablo, aunque somos muchos y diferentes, podemos ir formando un cuerpo, una comunidad que haga presente hoy, en el mundo, la persona y el mensaje de Jesucristo.

Celebrar la Eucaristía y comulgar con Jesús es aprender a vivir nuestras alegrías, desencantos, tristezas, miedos y proyectos, unidos a Él, dejándonos iluminar por su palabra y acompañar por su presencia.


Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero. Y veo yo claro (y he visto después) que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta humanidad sacratísima, en quien dijo su Majestad se deleita (Mt 3, 17). Muy muchas veces lo he visto por experiencia; me lo ha dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos.

 Así que vuestra merced, señor, no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de contemplación. Por aquí va seguro. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes; él lo enseñará. Mirando su vida, es el mejor dechado. ¿Qué más queremos de un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere junto a sí”.

Teresa de Jesús. Vida, 22, 6-7



Jesuscristo, Pan de Vida, quienes vienen a Ti no tendrán hambre
Jesucristo, Señor Resucitado, quien confía en Ti no tendrá sed

sábado, 21 de junio de 2025

“Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24; Lc 9, 11b-17)

 

Las lecturas, hoy, comienzan recordando a Melquisedec, una figura misteriosa (Hebreos, 7, 2-3 nos dice que es “rey de justicia… rey de paz…, sin genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre”). Melquisedec, en nombre de Dios, bendice a Abraham con un sacrificio de pan y vino. El Salmo 109, anunciando al Mesías vencedor (sentado a la derecha del Señor, engendrado antes de la aurora) vuelve a hablar de ese sacerdocio y “rito de Melquisedec”.

Y ese sacerdocio, y ese misterioso rito del pan y el vino que expresa la victoria y la bendición de Dios, se esclarecen en la Última Cena. En “la noche en que iba a ser entregado” (1 Cor 11, 23), Jesús, en el pan y el vino, entrega a sus discípulos su persona (mi cuerpo, en el lenguaje de un judío del siglo I) y su vida (mi sangre). Y nos encomienda: “haced esto en memoria mía”.

La Eucaristía es memoria de la vida de Jesús, entregada hasta la muerte, (“proclamáis la muerte del Señor”, 1 Cor 11, 2). Su vida sacrificada, entregada por nosotros, es el sacerdocio, el puente que nos hace posible llegar a Dios, que nos comunica la vida de Dios, el que vence a la muerte y el mal.  

El Evangelio nos acerca a este misterio desde otra perspectiva. Nos cuenta cómo ha transcurrido esa vida de Jesús (esa entrega, en el día a día): “acogiéndola, hablaba a la gente del reino, y sanaba a los que tenían necesidad de curación”. Y narra el signo que Jesús hace, al alimentar a la multitud con cinco panes y dos peces. Él no sólo habla de Dios, sino que se hace cargo de las necesidades de la gente. E invita a los discípulos a asumir esa solicitud, a ofrecer confiadamente lo que tienen y son, aunque sea poco (“no tenemos más que cinco panes y dos peces”), y transmitir lo que Él les va dando.

La Iglesia se va construyendo en ese compartir, y ese poner en manos de Dios lo que tenemos, y transmitir lo que recibimos de Él.

La Eucaristía nos reúne para compartir nuestra fe, en comunidad y para compartir nuestra vida con Dios, y acoger lo que Él nos ofrece. Los diversos momentos de la Misa nos invitan a ello: poner ante Él nuestra fragilidad, acogiendo su misericordia, y ofrecerle lo que somos y tenemos; pedirle y darle gracias; acoger su Palabra y su Espíritu. Recibirle a Él, para vivir en memoria suya. Para que nuestra vida, de alguna manera, anuncie, sea signo de esa vida de Jesús entregada por nosotros.

Hoy es el día de la Caridad. La acogida y la ayuda a los necesitados hace concreto ese compartir. Es signo del reino: de ese amor y de esa presencia de Jesús, que se hace cargo de la realidad y responde de forma sanadora, ayudando a cada persona a desarrollar su vida.  

 


Lecturas del día (www.dominicos.org)


jueves, 17 de abril de 2025

“Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24; Jn 13,1-15)

 

En esta Cena, Jesús deja a sus discípulos y amigos, como legado, lo que es la esencia, el fundamento de su vida, de su misma persona, de su misión como enviado del Padre.

Lucas, en el Evangelio que escuchamos el Domingo, nos ofrece el contexto, nos asoma a la complejidad del ambiente en que se desarrolla: se presiente la cercanía del Reino de Dios (Lc 22,17.29-31), y a la vez la inminencia de la crisis en que todo se tambaleará (“Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo en la criba” (Lc 22, 31). Los discípulos no están preparados, y se manifiestan, una vez, dinámicas que los contaminan: “Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos se consideraba el más importante” (Lc 22, 24). Jesús dice entonces: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27).

Es lo que expresa con el gesto que Juan nos transmite, revestido de solemnidad, y también de amor a esos discípulos inmaduros: “sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

Jesús se quita el manto (“se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo” Flp 2, 7. El manto era signo de dignidad) y se pone a lavar los pies de los discípulos, que era tarea de esclavos.

El gesto de Jesús nos alcanza, nos interpela. Es preciso descalzarse (como Moisés, Ex 3,5: “porque el lugar donde estás es sagrado”), para acogerlo. Pedro, lleno de buena voluntad para seguir a Jesús con sus fuerzas (que sucumbirán poco después) es un signo para nosotros: “Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo”. ¿De qué tengo que descalzarme, precisamente ahora, qué debo dejar que Jesús lave en mí? ¿Cómo necesito que Él, el que sanaba a los enfermos, toque en mi forma de caminar, para que pueda seguir sus pasos?

La Eucaristía de hoy nos recuerda cómo toda Eucaristía es memoria de la vida de Jesús, entregada en amor y servicio humilde hasta la Cruz, y de la Vida Nueva que nos transmite. Nos introduce en el Misterio Pascual, con un mandato: “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24) y una pregunta: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 18 de agosto de 2024

"El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí, y yo en él" (Jn 6, 51-58)

 

Culmina hoy el discurso de Jesús, que comenzó a raíz del signo de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús ha invitado a los que se acercan a Él a “trabajar por el alimento que permanece para la vida eterna”, ha señalado que el núcleo de ese esfuerzo es creer en Él, y se propone como alimento: “Yo soy el pan de la vida”. Avanza ahora sobre lo que significa esta fe y este alimentarnos de él: no se trata, simplemente, de que miremos a Jesús como una “figura inspiradora”, o alguien que esperamos que nos otorgue una inmortalidad como quien da un objeto externo. Se trata de una identificación real con la persona concreta de Jesús, con sus hechos y dichos, con su vida entregada: “el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

La Eucaristía nos quiere conducir a esto: Jesús se hace nuestro alimento para que lo asimilemos de la forma más real y atenta posible. El verbo que aquí usa Jesús se traduciría literalmente por “comer masticando” (por eso la resistencia de los oyentes a estas palabras). Estamos llamados a “rumiar” las palabras y los hechos de Jesús, a asimilar lo más concretamente posible sus actitudes en nuestra realidad actual y concreta. A identificarnos y vivir desde Él: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí, y yo en Él… Yo vivo por el Padre. Del mismo modo, el que me come, vivirá por mí” Vivir unidos a Jesús es lo que nos introduce en la vida eterna, que es la misma vida de Dios, que Jesús, el Hijo, ha venido a compartir con nosotros. Algo que ya empezamos a realizar en esta vida, y que se completa más allá de ella.

Los distintos momentos de la Eucaristía nos ofrecen la oportunidad de ir viviendo esto, desde las distintas dimensiones de nuestra realidad. Nos acercamos a Jesús desde nuestra debilidad y pecado, para que su misericordia sea medicina que sana las disfunciones y heridas de nuestro corazón, y alimento que nos fortalece. Escuchamos su palabra, para meditarla y “digerirla”. En la oración de los fieles, abrimos a su acción nuestra realidad y la de nuestro mundo, tan lleno de necesidades. En el ofertorio le presentamos, con el pan y el vino, lo que somos y tenemos, lo que nos traemos entre manos, para que también lo consagre, lo llene y lo “reconfigure” con la fuerza de su Espíritu. Recordamos, con la Última Cena, su entrega por nosotros en la Cruz y proclamamos su Resurrección. E invocamos su Espíritu para que nos consagre, nos haga ser (como Iglesia, como comunidad) cada vez más, su Cuerpo, nos ayude a vivir como seguidores suyos. A vivir fortalecidos por su Amor y su Paz, como Él nos propone: “haced esto en memoria mía”.

 

   Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.

       Aquí se está llamando a las criaturas
y de esta agua se hartan, aunque a oscuras,
porque es de noche.

                San Juan de la Cruz

(Jesucristo, Pan de Vida, quienes vienen a ti no tendrán hambre.
Jesucristo, Señor resucitado, quienes confían en ti no tendrán sed).

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 11 de agosto de 2024

"Yo soy el Pan de la Vida" (Jn 6, 41-51)

 

Jesús se ofrece como Pan de Vida, y nos invita a alimentarnos de Él. Hacerlo implica aceptar que Jesús es quien nos revela quién es y cómo es Dios, y quien nos transmite verdaderamente la Vida.

El Evangelio deja ver que esto tiene sus dificultades, como les ocurrió a los que lo escuchaban aquel día. Esperaban un enviado de Dios que apareciera de manera extraordinaria y deslumbrante. Les resulta difícil reconocer a Dios en Jesús, que ha crecido en una familia humilde.

Y Jesús, precisamente invita “convertir” nuestra forma de pensar: en lugar de esperar un Dios de hechos sobrehumanos, pero a la medida de nuestras expectativas, nos invita a aprender. Son nuestras expectativas e ideas las que han de abrirse a lo que Él enseña y ofrece, a su forma de hacer las cosas, porque es Él quien ha visto al Padre.  Y su carne, su realidad histórica y concreta, es el alimento que nos da la vida definitiva. Toda la vida de Dios pasa por las formas humildes y humanas (y humanizadoras) de Jesús. Por su forma de descubrir y gozar cuanto tiene de hermoso y bueno la existencia, y su manera de compartirlo. Por su forma de asumir el dolor, las dificultades, las contradicciones que encuentra la vida humana, y por su forma de abrir camino para superarlas…. Jesús, el que pasó por la muerte, es quien nos ofrece vida eterna. Vida que va más allá de la muerte, porque es la vida de Dios. Y a la vez, fuerza y amor que nos hacen capaces de vivir esta vida de otra manera, participando de la libertad y la paz de Jesús, de su capacidad de pasar haciendo el bien...  

Celebramos la Eucaristía para esto: para alimentarnos de Jesús, de su Palabra y del encuentro personal y vivo con Él; para recibirlo y comulgar con Él, con sus actitudes, sus sentimientos, su Vida, su Espíritu.

San Pablo nos recuerda que esto implica un estilo de vida: “Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo…”

Y la historia de Elías, en la primera lectura, nos anuncia también algo que muchos han experimentado en la Eucaristía. Si el camino de la vida, a veces, es muy largo (superior a tus fuerzas, decía otra traducción) y podemos experimentar el cansancio y el desánimo, en este encuentro con Cristo, Pan de Vida, encontramos el alimento que nos fortalece para seguir, y nos guía al encuentro con Dios.  



Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 4 de agosto de 2024

"Señor, danos siempre de este pan" (Jn 6, 24-35)

 

Hoy, vemos en el Evangelio una tensión entre la gente que busca a Jesús, que intuye la Vida que Él ofrece, pero intenta “domesticarlo”, traerlo a su modo de vivir y sus intereses, y Jesús que quiere revelar y entregar Vida, pero en Verdad.

Así, aunque Jesús ha frustrado sus esperanzas de tener un rey, siguen buscándolo.

Y entablan un diálogo difícil. Las preguntas de la gente “se van por las ramas”, por cuestiones colaterales: la curiosidad por cómo llegó al lugar sin tener barca, las obras que hay que hacer, los mediadores y las mediaciones (como Moisés, y el maná). Y Jesús, en cada respuesta, intenta centrarlos en lo fundamental:

- Llama a buscar y esforzarse, sobre todo, “por el alimento que permanece para la vida eterna”.

- Ante la pregunta por las obras (cumplimientos, actividades…) Jesús remite a lo que es previo, a la raíz: creer en Él, aceptarlo como fuente de Vida y Verdad, acoger su propuesta de vida.

- Como Jesús afirma estar marcado con el sello del Padre, ellos preguntan por la señal de ese sello, y recuerdan a Moisés, que les transmitió el maná y la Ley. De fondo está, precisamente, el deseo de quedarse en esa Ley, en cumplimientos externos (por eso Juan anota que han vuelto a cruzar a la orilla judía, a Cafarnaúm, y luego situará la discusión en la sinagoga). Y Jesús señala la verdadera fuente, más allá de Moisés, del maná y la Ley: es Dios quien envió a Moisés y quien ofrece el pan que verdaderamente baja del cielo y da la vida al mundo. Y ese pan es el propio Jesús. Su palabra, sus hechos, su propia persona, se nos ofrecen como verdadero alimento que sacia nuestros anhelos y nutre nuestra vida.

Pablo, en la carta a los Efesios, nos llama a preguntarnos por los criterios con los que vivimos, para no dejarnos seducir por cuestiones insustanciales y deseos que corrompen:

- Es necesario trabajar por el alimento y las demás necesidades cotidianas. Pero, ¿hasta qué punto nos absorben estas cuestiones –para muchos parece que todo es poseer y gozar-, o las situamos como medio para vivir, para compartir, para amar? ¿Hasta qué punto cultivamos el hambre y sed de justicia y de paz, el hambre de Dios, de Vida?

- Tenemos normas y rutinas de actividades que nos ayudan (¡y mucho!) para vivir en concreto nuestros valores. ¿Intentamos también ir a la raíz, al encuentro con Dios?

Pablo nos invita a renovarnos en la mente y el espíritu, para alcanzar la vida que Dios nos está ofreciendo, que él quiere crear en nosotros. Con el Evangelio, hoy podemos orar:  Señor, danos siempre de este pan”.



sábado, 1 de junio de 2024

“Tomad, esto es mi cuerpo” (Mc 14, 12-16.22-26)

 


La fiesta de la Santísima Trinidad “recapitulaba” todo lo que hemos celebrado en la Pascua, ayudándonos a descubrir cómo es este Dios que se revela en ella, para que entremos en relación con Él. La fiesta del Corpus Christi nos recuerda que en la Eucaristía se hace presente todo este acontecimiento: la entrega de Jesús por nosotros, que nos salva y nos da Vida Nueva. Se hace presente vida entregada hasta la Cruz. En esa entrega del Hijo, es el mismo Dios quien hace alianza con nosotros. Y la Eucaristía celebra ese vínculo, y nos ayuda a “entrar” en Él, para vivirlo

Antaño, Dios hizo alianza con los hebreos, liberándolos de la esclavitud y constituyéndolos como pueblo, su Pueblo. La sangre (símbolo de vida) derramada sobre el altar (en nombre de Dios) y sobre el pueblo, vinculaba a Dios que liberó y protegía al pueblo, con Israel, que se comprometía a obedecerle, siguiendo sus mandamientos.

La carta a los Hebreos, utilizando el lenguaje y las imágenes del culto de los sacrificios antiguos, nos dice que todo aquello era como una preparación, un anuncio de la “nueva alianza”. Una alianza no se limita a una serie de cláusulas, sino que abarca toda la vida. Porque Dios, en Jesús, comparte su vida con nosotros y se nos entrega totalmente.

La vida de Jesús se ha ido entregando, como pan que alimenta, día a día (sanando, enseñando, transmitiendo el amor del Padre…), hasta partirse en la cruz. Esa vida es “la sangre de la nueva alianza”: vida derramada, entregada. Que nos revela cómo Dios quiere compartir su Vida con nosotros. Y Jesús nos invita a recibirla, a asimilarla. A recibirle a Él mismo. A aceptar este amor y abrirnos a Él. A vivir desde El.

Cada vez que celebramos la Eucaristía, ahí está, presente, la vida de Jesús entregada hasta la Cruz, y vivimos el encuentro con Jesús, el Resucitado, que nos transmite su Espíritu y su relación con el Padre. Es, siempre, más de lo que somos capaces de percibir y pensar. Algo que, poco a poco, estamos llamados a asimilar y a hacer vida. “Haced esto en memoria mía” se refiere a celebrar la Eucaristía y a vivir cuanto la Eucaristía significa: el camino de fe y confianza de Jesús, y el mandato del amor fraterno, que hace concreto el amor a Dios en el amor al otro, en la solicitud hacia el otro, que descubrimos como hermano. Por eso, hoy es el día de Cáritas.



jueves, 28 de marzo de 2024

"Haced esto en memoria mía" (1 Cor 11, 25. Jn 13, 1-15)

 


Comenzamos el Triduo Pascual, la celebración de la Pascua del Señor, el centro de nuestra vida como cristianos

La celebración de la Cena del Señor, donde se manifiesta su amor hasta el extremo, nos ofrece el sentido de lo que vamos a vivir en estos días, La muerte de Cristo en la Cruz es la expresión final y definitiva de esa entrega, que ha ido derramándose a lo largo de toda su vida, en favor de todos. Y la Resurrección manifiesta cómo esta entrega de Cristo, que baja hasta los abismos humanos del dolor, del fracaso y de la muerte, y que carga con nuestra historia de pecado, vence a la muerte y abre para nosotros la puerta de una nueva vida, la de Dios. 

Jesús ha vivido desde el amor del Padre y para transmitir y manifestar ese amor a todos. Por fidelidad a ese amor (amor que el mundo rechaza por su propia autenticidad, por ese "ser para todos" y no plegarse a los intereses, las manipulaciones y parcialidades de unos y otros), Jesús entrega su vida. Y en esa Cena, sabiendo que uno de los que comparten su mesa lo va a traicionar, y que todos lo van a abandonar, elige amar hasta el extremo, y entregarse a sus discípulos. Lo hace con un gesto de servicio humilde (propio de siervos). Y entregándonos toda su persona, su vida, su experiencia del Padre, su realidad, como alimento para que podamos llegar a asimilarlo. 

Pablo, en el primer relato escrito que tenemos de aquella Cena, nos transmite las palabras de Jesús: "Haced esto en memoria mía". La Eucaristía que celebramos cada domingo y cada día es como la punta del iceberg, o la clave de bóveda, de esa memoria de Jesús. Una señal viva, llena de su Presencia y de su Espíritu, que nos conduce a ir viviendo en memoria suya, a recordar, a llevar siempre en el corazón su amor -el amor de Dios que acompaña y hace preciosa la vida de cada uno de nosotros-, a ir convirtiendo nuestra propia vida en memoria de su entrega, de su disposición a servir con humildad. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


domingo, 11 de junio de 2023

"El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él" (


Tras terminar el ciclo de la Cuaresma, la Semana Santa y la Pascua, las fiestas de la Trinidad y del Corpus Christi nos ofrecen como una panorámica, una oportunidad de "recapitular" todo lo que hemos ido contemplando y celebrando en estos "tiempos fuertes" del año. El domingo pasado nos acercaba a Dios, tal como se ha revelado en la cruz y la resurrección de Jesús, y en la vida de la comunidad cristiana. La fiesta del Corpus nos invita a crecer en la conciencia de lo que es la Eucaristía, como encuentro con Cristo que nos une a Él (y al Padre y al Espíritu, como hoy alude el Evangelio) y nos une en Él, que sostiene y construye la comunidad cristiana y a cada uno de los que la formamos.

Las palabras de Pablo a los cristianos de Corinto nos recuerdan que la Eucaristía nos une a Cristo, nos hace participar de su vida (su sangre) y a su persona (su cuerpo). En esas breves palabras está condensado todo un camino personal de seguimiento de Cristo. En la Eucaristía, el propio Jesús comparte su vida y su persona con nosotros. Participar en ella significa acoger ese don y cultivarlo. Celebrar la Eucaristía auténticamente nos implica, nos compromete a vivir en comunión con Jesús: a adherirnos a su enseñanza, a su modo de vida, a identificarnos con sus actitudes y sentimientos, con su búsqueda de la voluntad del Padre.... Ese empeño y ese don de Dios nos une a todos los cristianos, y así, aunque somos muchos y diferentes, podemos ir formando un cuerpo. Un "cuerpo", una comunidad que siga haciendo presente hoy, en el mundo, la persona y el mensaje de Jesucristo. Todo esto se ha de ir haciendo realidad en nuestras situaciones y realidades concretas. De hecho, Pablo escribe esa carta a una comunidad tentada por las divisiones, por la idolatría y los vicios de su entorno.

El discurso del Pan de Vida que escuchamos en el Evangelio (y que se tiene, de fondo, la tradición del maná con el que Dios alimentó en el desierto a su pueblo) subraya este "alimentarnos" de Jesús. La insistencia de Jesús en hablar de su carne nos remite al Jesús real, "de carne y hueso" (que diríamos hoy), a sus enseñanzas y su vida, que nos ha transmitido el Evangelio, al Jesús que pasó haciendo el bien, que lloró ante la tumba de su amigo, que también sintió terror y angustia, al que lavó los pies de sus discípulos y se entregó a la muerte, sabiéndose sostenido siempre por el Padre que le ama, al que ofrece una paz diferente de la del mundo y una alegría completa... Su persona y su vida (su carne y su sangre, utilizando la forma de hablar de los hebreos) son verdadero alimento, capaz de saciar nuestra sed.  Alimento que estamos llamados a asimilar: a recibir, meditar, comprender, vivir, incorporar a nuestra forma de vivir... Este camino de asimilación, de identificarnos con Jesús lo vamos haciendo en la vida concreta de cada día y lo celebramos y profundizamos en la Eucaristía. Y nos va uniendo a Jesús con una intimidad que llega a ser parecida a la que une al propio Jesús con el Padre ("como el Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre, el que me come vivirá por mí"), que es participación en su vida. La Eucaristía -unida a una vida en consonancia con lo que celebramos- realiza plenamente nuestro bautismo.

"Pues entendiendo, como he dicho, el buen Jesús cuán dificultosa cosa era esta que ofrece por nosotros (…) no hubiera sino muy poquitos que cumplieran esta palabra, que por nosotros dijo al Padre, de “fiat voluntas tua”. Pues visto el buen Jesús la necesidad, buscó un medio admirable adonde nos mostró el extremo de amor que nos tiene (Jn 13, 1), y en su nombre y en el de sus hermanos, pidió esta petición: El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, Señor”. (…) Por ser nosotros tales y tan inclinados a cosas bajas y de tan poco amor y ánimo, que era menester el suyo para despertarnos, y no una vez sino cada día”.  

      “El habernos dado este pan sacratísimo para siempre, su Majestad nos dio el mantenimiento y maná de la humanidad (…) que de todas cuantas maneras quisiere comer el alma, hallará en el Santísimo Sacramento sabor y consolación. No hay necesidad ni trabajo ni persecución que no sea fácil de pasar, si comenzamos a gustar de los suyos”.

Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 33, 1-2; 34,2

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


Jesus Christ, Bread of Life, Those who come tu you will no hunger.
Jesus 
Christ, Risen Lord, Those who trust in you will no thirst.

(Jesucristo, Pan de Vida. Quien viene a ti no tendrá hambre.
Jesucristo, Señor Resucitado. Quien viene a ti no pasará sed) (Jn 6,35).



domingo, 23 de abril de 2023

"Se puso a caminar con ellos" (Lc 24, 13-35)

 

En esta mañana de Pascua ("aquel mismo día": porque Jesús es presente, es presencia viva que acompaña Jn 11, 25), Lucas nos invita a ponernos en camino, con aquellos dos discípulos, cuya experiencia evoca lo que vivió la primera comunidad cristiana; y lo que, sin darnos apenas cuenta, porque nuestros ojos también están velados (Lc 24, 16), se nos ofrece a vivir. 

Jesús sale a paso de su (nuestro) camino. Ellos estaban "de vuelta" (en todos los sentidos). Desanimados, derrotados. Sus ojos son incapaces de reconocer a Jesús, de manera parecida a como son incapaces de reconocer lo que significa el sepulcro vacío, y de comprender el testimonio de las mujeres. Pero Jesús se acerca. Incluso ante su primera reacción es desabrida ("¿eres tú el único que no sabe...?"), se pone a la escucha de su desencanto, sus lamentos, sus esperanzas frustradas... Dios escucha, e invita a que le hablemos de nuestros sentimientos, inquietudes... 

Y en esa conversación, toma la palabra. Una palabra audaz, capaz de sacudir su ofuscamiento (en 1 Cor 15, 34 Pablo habla de algo parecido). Una palabra que ayuda a ver la historia vivida desde otra perspectiva, la de Dios que abre camino de salvación de una manera diferente ("era necesario..."). Jesús guía una nueva lectura de la Escritura, que ilumina lo que están viviendo, y enciende su corazón. Es lo que hizo con las primeras comunidades cristianas, que comprenden y resitúan lo que hoy llamamos Antiguo Testamento, desde Jesús. Es lo que sigue haciendo, cuando nos acercamos a la Escritura para leer, desde ella, nuestra vida. 

"Lo reconocieron en la fracción del pan". El relato culmina en ese momento en que reconocen, en el gesto de partir el pan, a ese Jesús que ha partido y compartido su vida con ellos y por ellos. "Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron". 

La expresión recuerda a la del Génesis, cuando "se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos" (Gn 3,7). Pero ahora todo es nuevo y de otra manera: la conciencia de la propia pobreza e indignidad, está iluminada por aquél que ha vencido al pecado y la muerte y nos sana, aquél que nos muestra la misericordia victoriosa de Dios. Por eso, en lugar de un camino de destierro y penalidades, el camino que se abre aquí es de gozo, de vida, un retorno a Jerusalén y a la comunidad. 

La Eucaristía se muestra como momento de reconocimiento de la presencia de Jesús. Un reconocimiento que tiene relación con la hospitalidad y el compartir ("quédate con nosotros"). Y con la comunidad, a la que vuelven aquellos discípulos para compartir el testimonio del resucitado (y vuelven de noche, pues han reconocido a Jesús en la cena, pero ni la noche les impide el camino). De algún modo, todo ese camino es como una Eucaristía, en la que han escuchado a Jesús explicarles las Escrituras, y han podido descubrir la presencia de Él en sus (nuestras) vidas.  

Una presencia que no se puede agarrar: "lo reconocieron. Pero él desapareció"; y a la vez, se dan cuenta de que sus corazones ardían cuando les hablaba por el camino. Antes, nos ha dicho que "entró para quedarse". Es esa presencia misteriosa que no podemos asir, controlar. Pero que nos llena de esperanza y nos guía por el camino. 

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

jueves, 6 de abril de 2023

"Haced esto en memoria mía" (1 Cor 11, 24; Jn 13,1-15)

 

Entramos en la celebración de la Pascua. Las lecturas de hoy nos hablan del sentido de la muerte y resurrección del Señor, que vamos a contemplar en estos días. Muerte (no lo olvidemos) que es consecuencia y culminación de su vida, y Resurrección que es fuente de Vida Nueva para nosotros. Conectan esta muerte y resurrección con la Pascua judía, que es memoria del paso salvador de Dios, que libera a su pueblo, y afianza su relación con él a través de un pacto, una alianza. En Pascua, de hecho, tuvo lugar la muerte y resurrección de Jesús. Sobre todo, es que la Pascua judía se convierte en anuncio de la de Jesús: su muerte y resurrección son el paso definitivo de Dios por nuestra historia, que nos libera y salva. 

Y por otro lado, conectan la Pascua con la Eucaristía que celebramos a diario; y que, cada día, remite nuestras vidas a la vida, muerte y resurrección de Jesús, y fortalece nuestra relación personal (alianza) con Él. Para que su salvación, su vida, vaya impregnando y transformando nuestra vida. 

El texto de la Carta a los Corintios que escuchamos hoy, es el relato más antiguo de la Última Cena de Jesús. Nos transmite el gesto de Jesús con el pan y el vino. Y Juan nos presenta otro gesto, el lavatorio, que nos ayuda a comprender el sentido de la muerte de Jesús, y también el sentido de la Iglesia, como comunidad que Jesús funda, y de la Eucaristía. Las primeras palabras del relato de Juan revisten de solemnidad este gesto: el lavatorio expresa el sentido de la vida y misión de Jesús (que, el domingo pasado, Pablo nos presentaba como un camino de entrega y humildad: por nosotros "se despojó de si mismo... hasta la muerte". Flp 2, 6-11), y revela el sentido de su muerte, que manifestará la gloria de Dios, su amor que está por encima de todo, y que ha de vencer a la muerte y al mal. 

Una solemnidad que contrasta con la humildad, con la escandalosa humillación del gesto que Jesús hace (un gesto de servicio relegado a los esclavos). Como será también escandalosa la humillación de su muerte en la cruz. El amor que Jesús enseña  no tiene límites, implica asumir lo que no entraría en un plan. Sólo el amor puede afrontar lo imprevisible, y la realidad humana, con sus limitaciones y heridas.

Juan nos dice que Jesús "se ciñe" para realizar este gesto, y vuelve a aludir después al paño que Jesús lleva ceñido. Lo que Jesús está haciendo no es casual. Jesús se ciñe, como el luchador para el combate, o como el pueblo para el Éxodo (en la primera lectura) para el camino de liberación que emprende. De hecho, Jesús se ciñe a la voluntad del Padre, a su amor a toda la humanidad, y afronta así su muerte ya próxima. Esa muerte, que iba a ser una injusticia, un abuso, un plan trazado por otros para eliminarlo, es algo que Jesús asume conscientemente, y lo convierte en entrega, y en vida. 

Juan subraya la iniciativa de Jesús. En el Éxodo se ceñía el pueblo, aquí es Jesús quien se ciñe. Donde cabía esperar que los discípulos sirvieran, es Jesús quien sirve. Aunque todos fallen (Pedro que, a pesar de sus promesas, negará a Jesús; Judas, que lo traicionará), Jesús lleva adelante su misión, y ante ese panorama desolador de traiciones y debilidades, manifiesta su amor hasta el extremo. El amor es más fuerte. El amor de Jesús es el fundamento firme de todo. 

Es preciso dejarse lavar por Él. Es preciso tener la humildad de reconocer su iniciativa, y acogerla. Tomar conciencia de este amor con el que Dios se pone a nuestros pies. En la medida en que llegamos a conocer este amor, a dejarnos rehacer por él, es él quien puede hacernos comprender, impulsarnos.

Y esto pasa por la comunidad. Comunidad que se ha de construir desde el amor y la humildad. Que vamos aprendiendo a construir día a día, al estilo de Jesús, haciendo el esfuerzo de servirnos unos a otros, y de dejarnos lavar unos por otros. 

Entramos en la Pascua. Para que Dios nos ayude a dar pasos, a entrar en la Vida Nueva que nos ofrece. 

Lecturas de hoy (www.domincos.org)

domingo, 19 de junio de 2022

"Los partió y se los dio" (Lc 9, 11b-17)


En la fiesta de la Trinidad, se nos invitaba a contemplar a Dios, que ha venido a nosotros en los acontecimientos celebrados durante la Cuaresma y la Pascua: la vida, muerte y resurrección de Jesús, y el envío del Espíritu. Hoy, volvemos sobre la Eucaristía, cuya institución habíamos recordado el Jueves Santo. A punto de retomar el ciclo normal de los domingos del año, estas celebraciones nos ayudan a tomar conciencia de lo que, domingo tras domingo, celebramos y somos invitados a vivir. 

El texto de Pablo que hoy escuchamos es el primer relato escrito de la Cena del Señor (varios años anterior a los Evangelios). Pablo recuerda el sentido de la Eucaristía, para corregir a los cristianos de Corinto, que, al celebrarla, se habían ido deslizando hacia algo parecido a una comida social, una reunión al estilo del mundo (con sus clasismos y divisiones. 1 Cor 11, 17-22). Y nos recuerda cómo, cada Eucaristía, nos lleva a la Última Cena de Jesús, a su vida entregada por nosotros. 

El Evangelio, por su parte, nos trae el relato de la multiplicación de los panes y los peces. Ese episodio  tiene sabor eucarístico: por los gestos de Jesús (orar, bendecir, partir el pan, entregarlo), y porque habla del compartir: la extraordinaria fecundidad de los dones puestos a disposición de Jesús y de los demás, la misma manera de acomodar a la gente en grupos... Lucas ha notado la tentación que tienen los discípulos de desentenderse de las personas ("despide a la gente..."); y con ello, otra tentación de nuestra forma de celebrar la Eucaristía: convertirla en un ritual desconectado de la vida, de los anhelos, preocupaciones y vivencias de las personas. El Evangelio nos invita, por el contrario, a descubrir la Eucaristía como compartir: compartir nuestra vida, entre nosotros y con Jesucristo. Acoger la Vida que Él comparte con nosotros. Porque Él ha compartido con nosotros toda su vida, y con ello, la vida de Dios. La de Jesús, ha sido una existencia partida, entregada por nosotros, que es fuente extraordinaria de fecundidad, de alegría, de  paz... de vida. Y eso es lo que recibimos y compartimos en la Eucaristía. 

Algún pensador, hace un par de siglos, expresó su escepticismo diciendo que "el hombre es lo que come". Pero desde mucho antes, Jesús, el Hijo de Dios, se ha hecho nuestro alimento. Para que vivamos desde Él. Para que entremos en el misterio de su Vida, la podamos gustar. Y hoy, Cáritas nos propone que "Somos lo que damos". Si lo pensemos, nos daremos cuenta de que lo que damos a quienes están a nuestro alrededor, va definiendo nuestra vida y nuestra identidad, lo que somos. Optar por el compartir, con Jesús y como Jesús, es optar por vivir el amor. Como Jesús nos enseña que es Dios. Elegir compartir, con todo lo que implica (de esfuerzo, de atención a los más desfavorecidos, a los "descartados" por nuestra sociedad...) es vivir como hijos de Dios. Lo que somos y estamos llamados a vivir. 


Jesus Christ, Bread of Life, Those who come tu you will no hunger.
Jesus Christi, Risen Lord, Those who trust in you will no thirst.

(Jesucristo, Pan de Vida. Quien viene a ti no tendrá hambre.

Jesucristo, Señor Resucitado. Quien viene a ti no pasará sed) (Jn 6,35)

jueves, 14 de abril de 2022

"Los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1-15)

 


Nos disponemos a celebrar el Triduo Pascual: la muerte, sepultura y Resurrección del Señor. El Jueves Santo recoge el sentido de toda esta celebración, que se hace presente en cada Eucaristía. 

Jesús, sabiendo que está a punto de ser arrestado, celebra la Pascua definitiva con sus discípulos. La Pascua (= Paso) comenzó siendo una fiesta de paso del invierno a la primavera. Cuando los hebreos salieron de Egipto, se convirtió en la fiesta del paso de la esclavitud a la libertad, a convertirse en Pueblo de Dios. Ahora, con Jesús, va a ser el paso de la muerte a la vida, con una alianza nueva, y eterna, entre Dios y la humanidad: la que el Hijo de Dios realiza entregando su vida por nosotros, compartiendo nuestra muerte, para que nosotros podamos compartir su Vida. 

En la mesa de la Última Cena, Jesús entrega a los suyos lo que ha sido su vida: su experiencia del amor del Padre, su misericordia por toda la humanidad, su entrega por ese amor, en la que se recogen todos sus hechos y sus palabras. En el pan y el vino, que San Pablo recuerda en la carta a los Corintios (1 Cor 11, 23-26), Jesús pone su persona (su cuerpo) y su vida (su sangre). Y así, por la fuerza del Espíritu Santo, del mismo Espíritu que lo acompañó y que ha transmitido a su Iglesia, en la Eucaristía lo recibimos a Él, recibimos su presencia viva. 

El gesto del lavatorio de los pies expone lo que significa ese amor que mueve a Jesús: capacidad de servicio, humildad, entrega. 

Acogemos estos gestos, que fundan la Iglesia, para vivirlos, para ir aprendiendo a vivir como Jesús, y unidos a Él: "os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" (Jn 13, 15). O, como recordamos cada día en Misa: "Haced esto en memoria mía". 

Un detalle más llama la atención: la Acción de Gracias que Jesús pronuncia. Era, ciertamente, uno de los ritos de la cena pascual. Pero el hecho de estar recogida en los relatos evangélicos y en el de Pablo indica que está llena de significado. Por un lado, esa acción de gracias era confesión de toda la obra salvadora de Dios, que precisamente se completa en Jesús. Por otra parte, conocemos el contexto, que Juan vuelve a recordar: Jesús sabe lo que viene sobre Él, como sabe también que uno de los suyos lo va a entregar y que los demás van a abandonarlo. Y, en estas circunstancias, Él ama hasta el extremo; y recoge y renueva la Acción de Gracias que expresaba la fe del pueblo de Dios. Tal vez el Evangelio nos invita a asomarnos a la profundidad de la mirada de Jesús: en medio de una trama que está urdida con miserias y debilidades, y que va a llevarlo a la cruz, Él descubre la presencia del Padre ("el que me envió está conmigo, no me ha dejado solo" Jn 8, 29), su amor, que va a salvarnos a todos, a cada uno de nosotros; un amor y una obra salvadora que da sentido a todo ese sufrimiento y redime toda esa pobreza. También nos entrega esto, para que lo vivamos. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)



sábado, 21 de agosto de 2021

"¡Tú tienes palabras de vida eterna!" (Juan, 6, 60-69)

 


La segunda lectura (Ef 5, 21-32), que puede extrañar en el contexto actual, pide una aclaración. Cabe tener en cuenta que la Palabra de Dios llega en palabras humanas, que recogen también la mentalidad del tiempo (el mundo judío del siglo I). Pero, sobre todo, es que Pablo no está hablando de una supuesta superioridad del hombre sobre la mujer. De manera retórica, "distribuye" unas actitudes entre mujeres ("se sometan a sus maridos") y hombres ("amen a sus mujeres"). Pero se trata de actitudes mutuas: de la misma forma que cabe esperar que las mujeres amen a sus maridos, éstos también se someten a sus mujeres. De hecho, el pasaje ha comenzado universalizando esa actitud: "someteos unos a otros con respeto cristiano" (o "en el temor de Cristo"). Y eso apunta a que ese sometimiento tiene un sentido diferente del que hoy suele connotar la palabra sumisión. Un sentido que tiene que ver con la escucha mutua, el tenerse en cuenta, el estar en comunión y decidir juntos. Con esa "autoridad" que tienen para nosotros las personas a las que queremos.  Por otra parte, el texto pone la relación entre Cristo y la Iglesia como modelo de la relación conyugal, como amor comprometido,  definitivo, fecundo. 

En el Evangelio (anticipado, de alguna forma, por la lectura de Josué 24), el discurso del Pan de Vida que había comenzado con la multiplicación de los panes y los peces, termina con una llamada  a tomar opción. Muchos comentan que el lenguaje de Jesús es duro. No sé si es porque no entendían las palabras de Jesús, que hablaban de comer su carne y beber su sangre (Jn 60, 54-56), o si es porque sí las entendían: y es que una cosa es hacerse partidarios de un líder capaz de multiplicar panes y peces, y otra, bastante más comprometida, es seguir a Cristo asimilando, "tragándose" su estilo y su propuesta de vida, "comulgando" con Él. El caso es que, cuando descubren las exigencias del seguimiento de Jesús, muchos se marchan. Y Jesús les deja ir, no intenta ganárselos rebajando estas exigencias, ni con otros argumentos. Y se vuelve a los más cercanos (y en ellos a nosotros), interpelándolos a tomar una decisión. 

La respuesta, la confesión de Pedro transmite una relación personal (no dice"¿adónde iremos?", sino "¿a quién iremos?"), y una profunda experiencia: "Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Esto es clave, y da razón de todo lo demás: la palabra y la vida de Jesús son radicales, porque son raíz de vida. Y Él mismo es quien da fuerzas y ánimo para vivirlas.  


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sábado, 31 de julio de 2021

"Yo soy el Pan de Vida" (Jn 6, 24-41)


El evangelio de este domingo y el próximo, sigue a la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6, 1-15. El domingo pasado, escuchamos, en su lugar, las lecturas de  Santiago Apóstol). Jesús "dándose cuenta de que intentaban hacerle rey" (Jn 6, 15) marchó a Cafarnaúm, y la gente fue a su encuentro. Ahora, Jesús muestra el sentido de aquel signo. Se presenta como el Pan de Vida, en un diálogo que se convertirá en discusión, porque los judíos no comprenden sus palabras (y cuanto más claro habla Jesús, menos lo comprenden).

El discurso en torno al pan nos invita a reflexionar sobre el hambre, sobre nuestras necesidades y deseos. Tenemos hambre de pan ¡y de tantas otras cosas (seguridad, reconocimiento, sentido, amor...)! Y Jesús nos interpela:

- Nos pregunta por qué le buscamos. Como en aquellas gentes a las que hablaba Jesús, nuestra búsqueda de Dios puede estar planteada desde distintas necesidades: la búsqueda de solución para nuestros problemas, de seguridades, respuestas... Los judíos buscaban un rey que les "solucionara" la subsistencia, y preguntaban qué debían hacer (para conseguir que Dios les diera lo que buscaban). Y Jesús les (nos) dice que "la obra de Dios es que creáis" (Jn 6, 29). La fe ha de ir purificando motivaciones, nos lleva a un encuentro con Jesús que nos va introduciendo en la vida que Él nos ofrece. En línea con esto, hoy nos dice San Pablo: "renovaos en la mente y en el espíritu" (Ef. 4, 23).

- Nos invita a buscar "el alimento que permanece para vida eterna" (Jn 6, 27). Ciertamente, tenemos que ganarnos el sustento con el trabajo. Pero la vida es más que eso. Y se nos puede escapar buscando cosas que no dan consistencia, que no llenan. El mundo incita a una carrera por acumular, aparentar, consumir... que no lleva a ninguna parte. Jesús nos llama a buscar aquello que puede realmente saciar nuestros anhelos, que puede sustentarnos, construir nuestro ser con solidez, y darnos una vida que se hace nueva y se abre a la eternidad. "Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí, no tendrá sed". 
Nos invita a poner en primer lugar este anhelo fundamental de vida que llevamos dentro. Y vivir los demás deseos y necesidades desde ahí, en diálogo con el mismo Jesús, dejándonos iluminar por su Palabra, apoyándonos en Él. 

Éste es el sentido de la Eucaristía. Nos reunimos para construir comunidad y así abrirnos a su amor; nos ponemos a la escucha de su Palabra para entrar en diálogo con Él. Nos acercamos a Él, Pan vivo, para que su presencia viva nos alimente y su Espíritu nos inspire, nos aliente, nos sostenga, nos llene.

"Aquesta viva fonte que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche"
    (San Juan de la Cruz)


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

 

sábado, 5 de junio de 2021

"La sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros" (Ex 24, 8; Mc 14, 12-16.22-26)

 

Para un hebreo, la sangre significa la vida (por eso, el temor reverencial de la Ley judía ante todo lo relacionado con la sangre). Tener esto en cuenta nos ayuda a entender las lecturas de esta fiesta del Corpus, que vuelven, una y otra vez, sobre la sangre y la alianza. Podemos, así, comprender que es la vida de Jesús la que establece la alianza definitiva de Dios con nosotros. Esa vida que se fue derramando día a día, curando enfermos, levantando a marginados, acogiendo a pecadores, anunciando el amor el Padre... hasta entregarse finalmente en la cruz, es presencia de Dios que estará siempre con nosotros: hasta el último día, y hasta el rincón más perdido de nuestro mundo o de nuestra historia. Y que nos invita a vivir en su presencia, a abrirle nuestro corazón, a compartir con Él nuestra vida. Comulgar con la vida (la sangre) de Cristo es entrar en esta alianza de amor, ir viviéndola en nuestro día a día. 

Por eso, el Corpus es el día de la Caridad. La Iglesia es expresión de esta alianza, y se alimenta en la Eucaristía, para vivir cuanto ella significa, ser memoria vida de Cristo que sana, levanta, acoge, hace presente el amor, de manera especial con los  más olvidados y necesitados. 

Cáritas, hoy nos invita a ahondar en este estilo de vida, cultivando actitudes de proximidad, de atención y cuidado hacia el otro, de vinculación con los demás, para compartir, para ayudar a los que, muy cerca de nosotros, necesitan apoyo, y para contribuir a hacer un poco más humano nuestro mundo. 

Pues entendiendo, como he dicho, el buen Jesús cuán dificultosa cosa era esta que ofrece por nosotros (…) no hubiera sino muy poquitos que cumplieran esta palabra, que por nosotros dijo al Padre, de “fiat voluntas tua”. Pues visto el buen Jesús la necesidad, buscó un medio admirable adonde nos mostró el extremo de amor que nos tiene (Jn 13, 1), y en su nombre y en el de sus hermanos, pidió esta petición: El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, Señor”. (…) Por ser nosotros tales y tan inclinados a cosas bajas y de tan poco amor y ánimo, que era menester el suyo para despertarnos, y no una vez sino cada día”.  
                           Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 33, 1-2


Lecturas de hoy: (www.vaticannews.va)

sábado, 1 de agosto de 2020

"Hasta quedar satisfechos" (Mt 14,13-21)


A pesar del título que se ha puesto a esta escena, el Evangelio no habla de multiplicar.  Lo que subraya son unas actitudes de Jesús:

- Aunque buscaba un momento de soledad y calma, su compasión le lleva a cambiar de planes, ante que ("como ovejas sin pastor") lo busca. 
- Ve las necesidades de las personas, y responde concretamente: cura los enfermos, se da cuenta de que necesitan comer...
- Siempre unido al Padre: levanta la mirada, bendice el pan...

Y pide una actitud en los discípulos. Frente a la tentación de inhibirse por la precariedad de medios ("aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces"), y de dejar que cada uno se las arregle como pueda, Jesús les llama a poner en juego lo que tienen, a compartir. 

El texto de Isaías (Is 55, 1-3) refuerza una lectura de este Evangelio: frente a la dinámica del mercado (comprar, confiar en el dinero...), que genera hambre e insatisfacción, Jesús promueve otra forma de vida, que nace de la capacidad de compartir en comunidad, que llena a la persona. "Escuchadme y viviréis". La Eucaristía es signo y anticipo del Reino, y nos impulsa a buscar la forma de construir esa vida. 

    "Como me vi (...) imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el servicio del Señor  y toda mi ansia era, y aún es, que pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo"
                (Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 1,2)



jueves, 30 de abril de 2020

"Yo soy el pan de la vida" (Jn 6, 45-51)


En el discurso sobre el Pan de Vida (capítulo 6 de S. Juan) Jesús nos habla de lo que recibimos en la Eucaristía: al mismo Jesús, su persona ("mi carne", en la manera de decir hebrea de aquel tiempo). Él es alimento que nos da la vida de Dios, vida eterna y verdadera.

Nos habla, además, de la vida trinitaria: Dios Padre nos atrae hacia Jesús, porque nos ha creado para que nos unamos a Cristo. Y Jesús, por su parte, es el que nos da a conocer al Padre. Llegamos al Padre a través de Cristo.

Esperamos poder volver a participar de la Eucaristía, dentro de poco. De momento, Cristo, que es la esencia de la Eucaristía, está a nuestro alcance en la fe: el que cree, el que vive apoyado en Cristo, tiene vida eterna.

Pan de Vida (Jesús Adrián Romero)

Lecturas de hoy: https://oracionyliturgia.archimadrid.org/2020/04/30/30-04-2020-jueves-de-la-3a-semana-de-pascua/

viernes, 24 de abril de 2020

Cinco panes y dos peces (Jn 6,1-15)


Junto a la luz del signo que hace Jesús, el relato del Evangelio también tiene sombras, en las que podemos intuir la tentación de convertir las piedras en panes: la gente pretende hacer rey a Jesús, por el milagro que ha hecho. Ante esa actitud, Él se retira. 

Juan no usa la palabra milagro. Prefiere hablar de un signo. Un signo que tiene trasfondo eucarístico y que nos acerca a la Pascua.   

Un signo que Jesús realiza gracias a la generosidad de un muchacho que pone lo que tiene (lo poco que tiene, todo lo que tiene) a disposición de Jesús. Y con la mediación de Andrés, que en otros lugares también lleva a otras personas a Jesús: a su hermano Pedro (Jn 1,41), a algunos griegos (Jn 12, 20)....

En este tiempo, en que muchos viven privados de la celebración litúrgica de la Eucaristía, están a nuestro alcance estas actitudes, que también son eucarísticas: poner a disposición de Jesús lo que somos y tenemos; intentar (con nuestras palabras, gestos, actitudes) ayudar a otros a acercarse a la bondad de Jesús. Esos pequeños gestos, en manos de Jesús, se convierten en cosecha sobreabundante. 


"... determiné a hacer eso poquito que era en mí, (...) confiada en la gran bondad de Dios que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo;"
       Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 1, 2

Pongo mi vida en tus manos (Luis Guitarra)

Lecturas de hoy: https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy


  El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en ...