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domingo, 17 de noviembre de 2024

"Sabed que él está cerca" (Mc 13, 24-32)

 

Estamos llegando al fin del año litúrgico, y las lecturas nos invitan a mirar la vida desde la perspectiva de lo último, lo definitivo. Para situarnos, para saber tomar opciones.

El pasaje de Daniel (Dn 12, 1-3) y del Evangelio de hoy nos llegan como “a medio traducir”. Y es que se pueden traducir las palabras, pero para entenderlas bien, tendríamos que haber vivido en aquel medio oriente antiguo, en que dioses y emperadores se identificaban con los astros, cataclismos y guerras azotaban los pueblos, y ejércitos naciones encumbraban naciones y luego las derribaban hasta hacerlas desaparecer.

En ese contexto nace el género literario apocalíptico. Con él Israel expresa una esperanza, una experiencia: Dios es más fuerte (“el amor es más fuerte” dijo Juan Pablo II). Y su pueblo prevalecerá, aunque parezca insignificante entre esos imperios dominadores, porque Dios no lo abandona. Dios tiene la última palabra, la que permanece cuando parecen tambalearse hasta los cimientos del mundo.

Una experiencia que la Iglesia va viviendo a lo largo de los siglos, entre los vaivenes del mundo y de sus poderes, avasalladores pero transitorios. Es la esperanza que celebraremos el próximo domingo, con la fiesta de Cristo Rey: Él es el Señor de la Historia. Su palabra de misericordia y salvación es la definitiva, la que no pasará. Saber esto nos da fuerza ante las dificultades y las situaciones desconcertantes de nuestro tiempo.

En cada Eucaristía, tras la consagración (donde hacemos memoria de las palabras de Jesús en la Última Cena) reafirmamos esta actitud, rientar nuestra vida mirando a Cristo, muerto y resucitado: “¡Ven, Señor Jesús!”  El Evangelio nos dice que Él está cerca. Y nos llama a estar despiertos, atentos, para descubrir cómo es eso.

La primera comunidad cristiana interpretaba esa cercanía pensando que el retorno glorioso de Jesús acontecería en sus años, en aquella misma generación (1 Tes. 4,17). Poco a poco fueron comprendiendo que “en cuanto al día y la hora, nadie lo conoce… solo el Padre”. Que esa inmediatez no es cronológica, sino de otro tipo. Tiene que ver, más bien, con la presencia de Dios en la entraña de la existencia, abriendo caminos de paz, de bondad, de hermosura. En cada generación. La imagen de la higuera nos ofrece una clave. Entre los fríos y oscuridades de nuestro tiempo, hemos sido elegidos como testigos de esa presencia de Cristo, escondida como la primavera en las yemas tiernas. Testigos que cultivan la Vida, que va brotando para dar fruto.

Hoy celebramos también la Jornada Mundial de los Pobres. Con ellos se identifica Jesús, y lo hace precisamente cuando habla de su retorno como Señor y Juez (Mt 25, 31-46). Dios muestra su gloria haciendo a las personas vivir en plenitud, y nos pide a nosotros dar frutos de solidaridad para ayudar en ello.

 

Señor, escucha la oración de los pobres,
que llega hasta tu presencia con la fuerza de la fe y la esperanza.
Haznos capaces de vivir con humildad,
reconociendo que todos somos necesitados de tu amor. 

Danos un corazón generoso,
dispuesto a compartir el sufrimiento de los que menos tienen
y a ser instrumentos de tu justicia y misericordia.

Que nuestra oración no se quede en palabras,
sino que se transforme en acciones concretas de caridad,
acercándonos a los pobres como hermanos
y compartiendo con ellos el don de tu paz.

Haz que nunca olvidemos
que en los rostros de los que sufren,
vemos el rostro de tu Hijo Jesús,
quien nos invita a amarlos con el mismo amor que Tú nos das.

Por intercesión de María,
Madre de los pobres y de los humildes,
te pedimos que nos guíes en este camino de oración,
servicio y entrega. Amén.



domingo, 13 de agosto de 2023

"Ánimo, soy yo, no tengáis miedo" (Mt 14, 22-33)


El relato evangélico que hoy escuchamos sigue a la multiplicación de los panes y los peces. Jesús no se queda en el entusiasmo de la gente, ni deja a sus discípulos quedarse ahí. Mateo subraya la fuerza con la que "los apremia" a embarcarse para ir a otra orilla. Más de una vez repetirá Jesús ese mandato. A nosotros, tentados por la seguridad de nuestra orilla (de "nuestro mundo" y sus intereses, de lo  conocido y acostumbrado...) nos impulsa a buscar otras fronteras, a salir al encuentro de los alejados y los otros, de lo aún desconocido...

Va a ser un viaje en la noche, sin sentir la presencia de Jesús a su lado. Un viaje azaroso, de una comunidad lejos de tierra firme, con viento contrario, zarandeada por las olas. Pero Jesús no está lejos. De hecho, hacia el final de esa noche difícil (en el cuarto turno de vela) de la oscuridad y dificultades, experimentan cómo Jesús les sale al paso y se les revela como Dios: como el que es capaz de dominar el abismo (andar sobre las aguas) y, sobre todo, como Aquél que extiende su mano para salvar (aquél "brazo extendido" que tanto recordaba Israel en el Antiguo Testamento, es una mano tendida hacia Pedro que se hundía). Esos gestos ayudan a comprender el sentido de sus palabras: "¡Ánimo, soy yo. No tengáis miedo!". Palabras que somos invitados a guardar en el corazón, para reconocerlas cuando, de alguna manera, también llegan a nosotros. 

Y el Evangelio esboza una especie de diálogo entre esa presencia animosa de Jesús, como Señor, y la fe incipiente, insegura, del discípulo. Entre la noche y el encuentro sorprendente, aparecen el miedo, y la tendencia a "ver fantasmas". Y la palabra de Jesús, que infunde ánimo e invita a reconocerlo. También se cuela la tendencia pedir más señales. Y en las palabras de Pedro se mezclan la inseguridad de quien sigue pidiendo pruebas ("si eres tú"...), y la temeridad de quien pretende lo extraordinario, y el deseo de acercarse a Jesús... En ese intento de seguir a Jesús con más impulso que conciencia, y al sentir la violencia de los vientos, Pedro se siente hundir. Y en esa ambigüedad de su miedo y su deseo, se vuelve a Jesús, y experimenta cómo él lo salva. Pues Dios es el que tiende su mano a nosotros, para salvarnos en medio de la ambigüedad de nuestra vida. Y su reproche amistoso invita a dejar atrás dudas. El Evangelio de hoy nos invita también a hacer memoria y dar gracias a Dios, por tantas veces que su mano nos ha agarrado, y su palabra nos ha invitado a dejar atrás dudas y crecer en la fe

De fondo, en las lecturas de este domingo hay una invitación a descubrir el rostro y la presencia de Dios. Con el salmo 84 rezamos "muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salvación"... En el relato del libro de los Reyes vemos a Elías, el gran profeta, que "afina el oído" para descubrir la presencia de Dios, que ya no llega aparatosamente en el huracán, el fuego y el terremoto, sino "en el susurro de una brisa suave" (o, más literalmente, "la voz de un silencio sutil"). En la carta a los Romanos, Pablo nos abre su corazón, roto por el dolor de que su propio pueblo, el heredero de las promesas de Dios, ha rechazado al Mesías prometido. A continuación, en esa carta nos habla de cómo, incluso a través de esa oposición incomprensible a Dios, Él ha abierto un camino de bien, para que su salvación llegue a todos los pueblos. Elías y Pablo nos invitan a cultivar esa capacidad de escucha capaz de descubrir el paso de Dios en formas y hechos inesperados. 

Y la oración. Jesús se retira al monte, a orar. Con ese encuentro, a solas con el Padre, tiene que ver cuanto despliega: la capacidad para responder a la gente sin dejarse arrastrar por ella, para llegar hasta sus discípulos y trazar senderos en el mar, para infundir ánimo, calmar vientos y guiar en la fe.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)



domingo, 21 de mayo de 2023

"Yo estoy con vosotros todos los días..." (Mt 28, 16-20)

 

Acercándonos al final de la Pascua, la fiesta de la Ascensión nos invita a profundizar en lo que significa la Resurrección de Jesús. Lo contemplamos a la derecha del Padre, manifestando que es Dios. Aquel hombre, Jesús, que recorrió los caminos de Galilea y Judea anunciando el amor del Padre, haciendo el bien y sanando (Hch 10, 38), que lavó los pies de los discípulos, que se sometió al juicio de Pilatos  y entregó su vida en la cruz, es Dios, y es la plena revelación de Dios. 

El tiene pleno poder en el cielo y en la tierra. Un poder que no se ejerce como imposición ni manipulación. Un poder, el que el Padre le ha dado, que tal vez no comprendemos del todo, pero tiene que ver con la capacidad de crear y dar vida. Que abre caminos nuevos en nuestra vida y, no sabemos bien cómo, conducirá nuestra historia -la de nuestro mundo y la de cada uno de nosotros- a la Vida, a la plenitud. 

Como aquellos discípulos, nos acercamos a Él con actitud de adoración, y también con dudas, con nuestras vacilaciones y debilidades. Y El se acerca a nosotros. Y nos envía a ser testigos y continuadores de su obra y de su palabra. Ese monte de Galilea donde los Once se encuentran con Jesús, nos recuerda al monte de la Transfiguración, donde el Padre nos urgía a escuchar a Jesús (Mt 17,5) y al monte en el que Jesús anunció las Bienaventuranzas (Mt 5-7) donde encontramos sus enseñanzas, las que hemos de "guardar" y transmitir. 

Contemplamos a Jesús, pero no para quedarnos "plantados mirando al cielo" (Hch 1, 11) sino para ponernos en camino, y "hacer discípulos", transmitir el anhelo de búsqueda de la verdad y de la vida que a nosotros nos lleva a Él, invitar a otros también a hacer camino, a descubrirlo, a seguirle y unirse a Él. La celebración de hoy nos mueve también a pensar qué pasos hemos de dar (sin que nuestras debilidades nos paralicen). El está con nosotros, en los días buenos y en los malos. Tal vez lo experimentamos, especialmente, cuando nos implicamos en continuar su obra. 

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)




domingo, 14 de mayo de 2023

"Yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros" (Jn 14, 15- 21)

 

Continuamos escuchando las palabras de Jesús a sus discípulos, en la Última Cena. Jesús se está despidiendo, pues ya no volverá a estar con los suyos en la forma en que había estado hasta ahora. Pero seguirá acompañándonos, y no sólo como un recuerdo entrañable e inspirador. Jesús habla de una presencia en la ausencia, difícil de explicar con palabras, pero profundamente intensa y real, más aún, vivificante: "el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis". 

Empieza así Jesús a anunciar al Espíritu Santo, que es el que va a hacerle presente a Jesús y al Padre. Y habla de Él como el Paráclito (el que acompaña, para defender como un abogado en el juicio, para interceder y amparar, para ayudar, para infundir ánimo y luz...). Es presencia espiritual.  Por tanto, es intangible (no podemos percibirlo con la exactitud de las cosas físicas, y sobre todo, no podemos controlarlo) y sobre todo, es presencia que infunde vida. Jesús habla de él como el Espíritu de la Verdad, aquél que nos "guiará hasta la verdad plena" (Jn 16,3), que es capaz de conectarnos, a nosotros que somos parciales y limitados, con esa verdad plena que está en Dios, y así ayudarnos a situarnos de forma auténtica y reconciliada ante la vida.

Esa presencia es presencia por el amor, que nos une a Jesús, y con Él, al Padre. Amor que significa una adhesión a Él, una unión de la voluntad con El, y que por tanto se expresa en ese "aceptar guardar sus mandamientos", que ha resumido poco antes en el amor "como yo os he amado, os améis unos a otros" (Jn 13, 34). No se trata de normas impuestas desde fuera, ni de una condición externa, sino de una condición interna. De manera parecida a como una radio ha de sintonizarse don una frecuencia para recibir adecuadamente el mensaje; de manera parecida a como nuestros sentidos necesitan estar atentos preparados y sanos para percibir con nitidez la luz y los sonidos, para ver y oír, nuestro corazón, cuando va viviendo el amor que Jesús nos enseña, se hace capaz de comprenderlo (me revelaré a él) y de verlo. 

De los frutos de ese ver a Jesús, acoger la Verdad, y ser acompañados por su Espíritu, nos hablan las otras dos lecturas. La primera nos cuenta cómo el Evangelio desborda los límites de Jerusalén y llega a Samaría. Ahí está la fuerza del Espíritu, que impulsa a Felipe (aunque no era de los Doce) a dar ese paso y llevar a Samaría el Evangelio que llena la ciudad de la alegría y la fuerza sanadora de Jesús, y que se hace presente, como comunión, en la misión de Pedro y Juan, confirmando la obra de Felipe y siendo cauce y a la vez testigos del Espíritu. La carta de Pedro, por su parte, nos ofrece un mensaje plenamente actual: "dar razón de vuestra esperanza a todo el que la pidiere, con delicadeza, y respeto y en buena conciencia", como palabra que no siempre conlleva el éxito ("también Cristo murió") pero nos hace capaces de hacer el bien incluso cuando nos toca padecer, y es promesa de vida definitiva. 

El Espíritu "vive con vosotros y está con vosotros". ¿Cómo hacernos más conscientes, cómo escucharlo mejor, cada uno de nosotros y como comunidad? ¿Hacia dónde me (nos) impulsa?



domingo, 23 de abril de 2023

"Se puso a caminar con ellos" (Lc 24, 13-35)

 

En esta mañana de Pascua ("aquel mismo día": porque Jesús es presente, es presencia viva que acompaña Jn 11, 25), Lucas nos invita a ponernos en camino, con aquellos dos discípulos, cuya experiencia evoca lo que vivió la primera comunidad cristiana; y lo que, sin darnos apenas cuenta, porque nuestros ojos también están velados (Lc 24, 16), se nos ofrece a vivir. 

Jesús sale a paso de su (nuestro) camino. Ellos estaban "de vuelta" (en todos los sentidos). Desanimados, derrotados. Sus ojos son incapaces de reconocer a Jesús, de manera parecida a como son incapaces de reconocer lo que significa el sepulcro vacío, y de comprender el testimonio de las mujeres. Pero Jesús se acerca. Incluso ante su primera reacción es desabrida ("¿eres tú el único que no sabe...?"), se pone a la escucha de su desencanto, sus lamentos, sus esperanzas frustradas... Dios escucha, e invita a que le hablemos de nuestros sentimientos, inquietudes... 

Y en esa conversación, toma la palabra. Una palabra audaz, capaz de sacudir su ofuscamiento (en 1 Cor 15, 34 Pablo habla de algo parecido). Una palabra que ayuda a ver la historia vivida desde otra perspectiva, la de Dios que abre camino de salvación de una manera diferente ("era necesario..."). Jesús guía una nueva lectura de la Escritura, que ilumina lo que están viviendo, y enciende su corazón. Es lo que hizo con las primeras comunidades cristianas, que comprenden y resitúan lo que hoy llamamos Antiguo Testamento, desde Jesús. Es lo que sigue haciendo, cuando nos acercamos a la Escritura para leer, desde ella, nuestra vida. 

"Lo reconocieron en la fracción del pan". El relato culmina en ese momento en que reconocen, en el gesto de partir el pan, a ese Jesús que ha partido y compartido su vida con ellos y por ellos. "Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron". 

La expresión recuerda a la del Génesis, cuando "se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos" (Gn 3,7). Pero ahora todo es nuevo y de otra manera: la conciencia de la propia pobreza e indignidad, está iluminada por aquél que ha vencido al pecado y la muerte y nos sana, aquél que nos muestra la misericordia victoriosa de Dios. Por eso, en lugar de un camino de destierro y penalidades, el camino que se abre aquí es de gozo, de vida, un retorno a Jerusalén y a la comunidad. 

La Eucaristía se muestra como momento de reconocimiento de la presencia de Jesús. Un reconocimiento que tiene relación con la hospitalidad y el compartir ("quédate con nosotros"). Y con la comunidad, a la que vuelven aquellos discípulos para compartir el testimonio del resucitado (y vuelven de noche, pues han reconocido a Jesús en la cena, pero ni la noche les impide el camino). De algún modo, todo ese camino es como una Eucaristía, en la que han escuchado a Jesús explicarles las Escrituras, y han podido descubrir la presencia de Él en sus (nuestras) vidas.  

Una presencia que no se puede agarrar: "lo reconocieron. Pero él desapareció"; y a la vez, se dan cuenta de que sus corazones ardían cuando les hablaba por el camino. Antes, nos ha dicho que "entró para quedarse". Es esa presencia misteriosa que no podemos asir, controlar. Pero que nos llena de esperanza y nos guía por el camino. 

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

sábado, 28 de mayo de 2022

"Seréis mis testigos" (Hch 1, 8; Lc 25, 46-53)


Celebramos hoy un aspecto de la Pascua, que va unido a la Resurrección de Cristo: lo contemplamos en el "cielo", "a la derecha" del Padre. Esos términos simbólicos (cielo, ascender, la derecha del Padre),  hacen referencia a la manifestación de Cristo como Señor, como Hijo de Dios, con todo su poder y fuerza salvadora. 

Por otra parte, al narrar la Ascensión, Lucas nos introduce en el tiempo de la Iglesia: Jesús ya no está físicamente presente en la tierra. Ahora nos toca a nosotros, sus discípulos, continuar su misión, hacer presente su Evangelio con nuestras palabras y nuestras obras: ser sus testigos. Y este término, testigos, significa, a la vez, que Él sigue siendo el centro, y Él sigue siendo quien actúa de forma más importante, con la fuerza de su Espíritu que nos impulsa y guía. Ello nos compromete a ponerlo todo de nuestra parte, y a hacerlo con la sencillez de quien sabe que todo depende de Él, y la atención para dejarnos guiar por su Espíritu. 

S. Pablo nos recuerda, en la Carta a los Efesios (Ef 4, 10-15) (y también en Flp 2, 5-11) que "el que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo": el Cristo glorificado que hoy contemplamos es el mismo Jesús que ha recorrido el camino de la Encarnación y de la Cruz. Su señorío y gloria pasa por la entrega, el compartir, el dar vida. Y  "El mismo do a unos el ser apóstoles; a otros profetas; a otros evangelizadores..." Él reparte sus diferentes dones para que nosotros participemos de esa vida y misión. Una vida que alcanza a todos. Ese cielo al que Jesús asciende es también la entraña de la historia, en la que Dios está siempre presente, con ese estilo que Jesús ha mostrado: abriendo caminos de vida, humildes pero fecundos, a través del compartir, de la entrega... Y es también, como recuerdan los místicos (Teresa de Jesús, Isabel de la Trinidad...) el corazón humano. La Ascensión nos llama a no quedarnos "plantados mirando al cielo", sino aprender a descubrir su presencia en todo, para dejarnos conducir por El. Sabiendo que su bendición nos acompaña.

Podemos orar, con el pasaje de la Carta a los Efesios que hoy escuchaos, pidiendo a Dios esa sabiduría para conocerlo, para comprender la esperanza "a la que os llama, la riqueza de gloria... la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes".

"Considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos así como en el cielo hay muchas moradas; que si bien lo consideramos, hermanas, no es ora cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice él tiene sus deleites". (Pr 8, 31).
(Sta. Teresa de Jesús, El Castillo Interior, I,1.1).



domingo, 22 de mayo de 2022

"Haremos morada en él"


El evangelio que hoy escuchamos, lleno de riqueza, nos prepara para las fiestas de la Ascensión y Pentecostés, que, a su vez, nos remiten a la Pascua. Jesús, en la Última Cena, se despide de los discípulos, antes de volver al Padre que lo envió. Pronto dejará de estar con ellos como estaba antes. Y nos anuncia una nueva forma de presencia. 

Antes, el templo era el lugar, por excelencia, de la presencia de Dios, su morada. Ahora, nosotros, seguidores de Jesús (y unidos a Él por el bautismo) somos su templo, lugar donde Dios tiene su morada, donde resuena su Palabra, donde otros puedan encontrarse con Él. Encontramos a Dios en nuestro interior, donde habita la Trinidad (el Evangelio va hablando del propio Cristo, del Padre, del Espíritu), como fuente de paz, de gozo, de sabiduría, de valor, de amor... Esto no significa, por otra parte, un intimismo desconectado del mundo ni de las enseñanzas concretas de Jesús. La presencia de Dios en nuestro interior está vinculada al amor a Jesús, que se manifiesta en el hecho de guardar sus palabras: de llevarlas en el corazón e intentar hacerlas realidad en la vida. Y el Espíritu nos va enseñando y recordando (literalmente, "haciendo pasar por el corazón") las palabras y gestos de Jesús, para que podamos comprenderlas, podamos experimentar su fuerza sanadora, regeneradora. 

Nos invita Jesús a tener ánimo: "que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde". Y nos ofrece su paz. Una paz que no es como las del mundo (ni la tranquilidad de quien se desentiende de otros, ni la seguridad del poderoso y el vencedor...), una paz nueva, la suya. que brota desde dentro como fuerza ante la adversidad, como experiencia de su amor en medio de lo cotidiano, como armonía que abraza y da vida a nuestra fragilidad, como descanso en nuestro esfuerzo... ¿Qué experiencia tienes de esta paz?

Hablan también, el Evangelio y las dos lecturas, de una Iglesia profundamente arraigada en Cristo, iluminada por Él, que vive su presencia ("es su santuario el Dios todopoderoso y el Cordero"), y abierta a los cuatro vientos, universal, irradiando esa gloria de Dios que es vida para todos, que es su amor manifestado en Cristo. 

Y encontramos también una sutil referencia a María. Ella, la que guardaba en el corazón las palabras de Jesús (dos veces cuenta Lucas cómo guardaba "todas estas cosas": Lc 2, 19.51) nos ayuda también a nosotros a hacerlo. Al lado de ella, nos podemos preguntar cómo guardar la palabra de Jesús, cómo acoger y cultivar su paz, cómo abrir nuestra vida a su Espíritu.



domingo, 1 de mayo de 2022

"Sígueme" (Jn 21, 1-19)


El Evangelio cuenta el tercer encuentro de Jesús resucitado con los discípulos (Jn 21, 14). La narración está llena de alusiones a otros pasajes del Evangelio (la pesca milagrosa en que Jesús llamó a Pedro, la larga  noche del juicio y las negaciones...) y de referencias a la vida de la comunidad cristiana, que nos alcanzan a nosotros. Juan nos invita a embarcarnos con él (Jn 21, 3) en un relato, que es el de una comunidad que, desde sus pobrezas y sus noches, amanece al encuentro con el Señor. 

Al leer el relato con atención (dejándonos interpelar) podremos, tal vez, reconocernos en esos discípulos que conocen la experiencia de jornadas de trabajo sin fruto, de noches de vacío, en la que Dios parece estar ausente, o parece que hemos perdido su rastro, y no se percibe su recuerdo vivo (llama la atención, en los primeros versos, esa "vuelta a la vida cotidiana" de los discípulos, como si nada hubiera pasado, como si nada hubiera cambiado en sus vidas). Y comprender así que es con Él que llega el amanecer, y el trabajo, perseverante, se llena de frutos, y la Iglesia se hace red capaz de acoger y salvar a muchos, sin romperse. 

Una vez más, destacan Pedro y "el discípulo que Jesús quería" (Jn 21,7). Omite su nombre, tal vez para subrayar la experiencia de amor y de identificación con Jesús, lo que él quiere en sus discípulos. Es el discípulo capaz de reconocer al Señor, de intuir su presencia, y compartirla. Pedro, por su parte, sabe que está desnudo (Ap 3, 17. Como Adán tras la caída. Gn 3,7). Pero, en vez de esconderse, se dirige a Jesús. Ya no pretende andar sobre las aguas (Mt 14, 22), sino que se ata la túnica (como Jesús se ciñó para lavar los pies de los discípulos Jn 13,4) y se lanza al agua, y después trae la red a la orilla. 

Una vez más, el encuentro es comida con el Señor, Eucaristía en la que Él hace sentir su presencia y enseña. Y reconcilia. El diálogo último, de Jesús con Pedro, baja hasta las heridas que dejaron las tres negaciones, para sanarlas, para renovar la llamada al seguimiento y el encargo de la comunidad. Jesús invita a un amor total (agapaô); Pedro responde con un sí consciente de que su amor es mucho más pobre (phileô, es la palabra que usa aquí el evangelio). Y Jesús baja hasta su nivel, y por otra parte, le indica el camino del amor: la entrega del Buen Pastor a la comunidad, que es cuidar y apacentar. Y le anuncia que ese amor llegará a ser capacidad de dar la vida. 

La última palabra de hoy, la última que pronuncia Jesús en el Evangelio, es "Sígueme" (Jn 21,19).


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

  El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en ...