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viernes, 3 de abril de 2026

“Junto a la cruz de Jesús” (Jn 18-19)

 

Contemplamos hoy a Jesús en la cruz. Nos dejamos interpelar por Él.

Jesús es rechazado porque habla del amor de Dios, sin rechazar a nadie, en un mundo atravesado por divisiones y enfrentamientos (judíos y gentiles, fariseos y paganos…), en aquella sociedad que justificaba la exclusión de pecadores, leprosos, enfermos… Es condenado a muerte por pasar dando vida. Por eso, su cruz pone en evidencia la violencia y falta de justicia y verdad de nuestro mundo.

Juan, en el Evangelio, nos muestra el enredo de manipulaciones que decide la muerte de Jesús (los sumos sacerdotes hacen que Pilatos elimine a Jesús, aunque sabe que es inocente, y él consigue que ellos declaren “no tenemos más rey que el César”) y nos muestra a Jesús como Juez, que, ante Pilatos, es capaz de interpelarlo (“No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado”). Jesús interpela y denuncia a nuestro mundo, que sigue embarcándose en guerras (¡intentando justificarlas, incluso!). Y Él, que se había identificado con los vulnerables, los pobres, (Mt 25, 35-45), en su muerte, se hace uno con los últimos, con los rechazados y con todos los que sufren. Hoy se nos invita a mirar la cruz pensando en tantas personas que, en tantos lugares sufren la violencia y la injusticia. Y también los que sufren por la enfermedad, o por otras causas.

A la vez, Juan, en este relato, sin esconder los escarnios y el sufrimiento de Jesús, va dejando señales de su divinidad, que anuncian que su cruz es, paradójicamente, victoria sobre la muerte (los guardias que caen rostro en tierra cuando él dice “Yo Soy”, la repetida referencia a él como rey, y su propia proclamación como rey de la Verdad, la entrega del espíritu…). Una victoria que resplandecerá cuando el Resucitado salga al encuentro de los discípulos.  

Jesús, el Hijo de Dios, crucificado, nos habla de que Dios que vence de una manera incomprensible para nosotros: no imponiéndose desde arriba, sino haciéndose solidario a los que sufren. Infundiendo vida y creando caminos nuevos, en medio de toda situación, también de las de sufrimiento y muerte.

Y nos deja a María como madre. Para que la recibamos como “algo propio” (Jn 19, 27).  Para que, ella que guardaba las palabras de Jesús y las meditaba en su corazón, nos ayude a mirar al crucificado, a escuchar su voz, y guardarla en el corazón, incluso aunque no comprendamos muchas cosas. Así nos disponemos a acoger al Resucitado, a dejarnos iluminar por su Espíritu.



"La hora de nona será el momento en el que Jesús va a pro­nunciar la frase del salmo 22: "Dios mío, Dios mío para qué me has abandonado". Jesús la pronuncia en arameo. Estas palabras han dado pie a numerosas interpretaciones. Muchos han supuesto simplemente que Jesús murió recitando el salmo 22. Otros han visto en estas palabras un grito de desesperación. Pero esto no hace justicia al texto, pues esas palabras son el ini­cio del un salmo en el que al final quien las pronuncia en momentos de abandono se abre a una gran confianza en Dios. Sin duda alguna, Marcos quiere decir que Jesús ha muerto con el espíritu del salmo 22 (…)

Con esas palabras algunos piensan que Jesús llamaba a Elías. En efecto, en el versículo 11 se lee Elí atha: mi Dios, tú. Esta expresión pronunciada por un moribundo crucificado pudo sonar en los oídos de algunos Elyah tha, en arameo, que ciertamente significa Elías ven. Jesús recitaría el salmo en hebreo y Marcos nos da la fórmula aramea; pero se refiere sólo al comienzo del salmo porque era como el título del mismo. 

Pudo recitar todo el salmo, pero lo que llamó la atención a los oyentes fue este versículo, o mejor las palabras de este versículo a las que nos hemos referi­do. El versículo 11 dice así: "A ti me confiaron al salir del seno, desde el vientre materno tú eres mi Dios". (…) Pdemos decir que Jesús murió con el Abbá en los labios. El salmista recuerda que desde la infancia y aun antes Yahvé ha sido su Dios.

Las primeras palabras hacen alusión al abandono. Quizás Marcos nos quiera decir que a ese abandono tan tremendo Jesús respondió con un supremo grito de confianza pronunciando el Abbá".

             (Secundino Castro, El sorprendente Jesús de Marcos)

Lecturas de hoy

domingo, 29 de marzo de 2026

“Obediente hasta la muerte… Jesucristo es Señor” (Flp 2, 6-11; Mt 26,14-27.66)

 

El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa, con la entrada de Jesús en Jerusalén, de forma humilde, y aclamado como aquél "que viene en nombre del Señor”. El Mesías no viene a caballo (símbolo del poder guerrero), sino con la fuerza del Espíritu, la fuerza de Dios Amor que se entrega y da vida, que salva. La aclamación de los que acompañan a Jesús anuncia una victoria que se va a realizar de forma diferente a como ellos esperaban, y con un alcance más definitivo. 

El relato de la Pasión nos introduce en todo lo que vamos a contemplar en estos días, para que lo meditemos, para que vayamos, día tras día y año tras año, entrando en el sentido de este Misterio que siempre es más profundo de lo captamos. Y que tiene relación con nuestras vidas, más de lo que percibimos. 

Se nos invita a una lectura pausada de la Pasión del Señor, para dejarnos interpelar por ella: por las situaciones y las personas que aparecen, por múltiples detalles que nos hablan.

El relato de Mateo subraya que en Jesús se cumplen las Escrituras. Su vida, entregada hasta la muerte, es, efectivamente, la Revelación plena de Dios, que cumple todos los anuncios y profecías anteriores. Jesús muere por fidelidad al Padre, al amor de Dios a todos los hombres, que él ha predicado sin plegarse a los exclusivismos de unos y otros (fariseos, nacionalistas judíos, etc.). Su entrega, su amor hasta el fin, su humilde despojarse de sí mismo y de la misma vida por nosotros (que canta Flp 2, 6-11), su comunión, en la cruz, con todos los que sufren, revela quién es Dios en verdad. 

Es un cumplimiento lleno de paradojas: los discípulos prometen ser fieles pero sucumbirán a su debilidad; y aún así, serán, al fin, testigos de la fidelidad de Jesús que, en medio de todo, se entrega y salva: El pueblo elegido y sus doctores de la ley no comprende a Jesús, mientras que un pagano, el centurión, lo reconoce: "Verdaderamente este era Hijo de Dios". Dios lleva adelante su plan de salvación anunciado, pero no sucede como esperábamos. Acontece, de hecho, con más hondura y más alcance. 

Así sigue siendo. Esta cruz de Jesús ilumina también las encrucijadas de mi vida y mis contradicciones. En ellas también nos acompaña y salva, de forma, a veces, insospechada. Se nos invita a aprender a confiar en Él, y a dejarnos iluminar por su palabra, por su ejemplo, por su vida, por su presencia. . Somos invitados, en estos días, a mirar la cruz de Jesús. Y mirar nuestra vida a su luz. 



sábado, 13 de septiembre de 2025

“Para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 13-17)

 

En nuestra vida se cruzan el sufrimiento, la frustración, la muerte. Son realidades inevitables.

Y la forma de situarnos ante ellas puede ayudarnos a vivir, o puede traer más muerte. Muchas situaciones actuales (la polarización, las manipulaciones…) tienen que ver con la forma como la gente responde al dolor, a la inseguridad, a la frustración…  Detrás de las guerras actuales están el resentimiento, el miedo al otro, y la ambición (un deseo de poder, dinero, prestigio… que ofrecen seguridad frente a la propia fragilidad). En medio de la inestabilidad y las sombras de nuestro mundo, ¿dónde podemos encontrar luz y un punto de apoyo firme? ¿hacia dónde mirar?

Tomando pie de una antigua historia de Israel (un estandarte que curaba a los mordidos por las serpientes), Jesús nos propone una paradoja. A nosotros, “mordidos” y heridos por el dolor y muerte, “envenenados” por miedos, ambiciones, soberbias… nos invita a mirarle a Él: a Cristo crucificado, llevado a la muerte por la violencia e injusticia del mundo.

A Él que, “a pesar de su condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo” (Flp 2, 6-11). Dios se ha hecho hombre, asumiendo nuestra fragilidad (“se hizo semejante en todo a nosotros, menos en el pecado”, Heb 4, 15) ), Él se ha hecho solidario de nuestros sufrimientos (“como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”), y ha cargado con nuestra historia de violencia, injusticia y muerte.

Miramos a Jesucristo, porque Él, que ha cargado con nuestra cruz, ha resucitado y nos ofrece la Vida. Hablamos de la cruz desde el testimonio de mujeres y hombres (María Magdalena, Pablo, Pedro…) transformados por el encuentro con el Resucitado. Ellos han experimentado cómo, misteriosa y admirablemente, Cristo abre caminos de vida. Y nos invitan a hacer también nosotros esa experiencia, para vivir en plenitud. (Plenitud, dentro de lo que cabe en esta vida, y la plenitud de Dios más allá de esta vida).

Por eso, la cruz es para nosotros signo de esperanza. Es signo del amor sin medida de Dios: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.” Ese amor es más fuerte que la muerte, y nos ofrece otra forma, otros caminos para afrontar el sufrimiento y la dificultad, cuando aparecen en nuestra vida: la misericordia, el amor, la búsqueda de reconciliación… Los mismos de Jesús.

Al hablar de la cruz, conviene recordar que lo que salva no es el sufrimiento en sí mismo, sino el amor. Un amor que no retrocede ante los sacrificios que implica amar; un amor que está dispuesto a afrontar el sufrimiento cuando es necesario, sin dejar de amar, y que por ello tiene creatividad para abrir siempre caminos de vida.

Y cuando resulta difícil amar, miramos a Jesús y le pedimos, con humildad, que nos enseñe a amar como Él (enraizados en el amor inmenso e incondicional y del Padre). Y a descubrir los caminos que Él va abriendo en nuestra vida. Desde las encrucijadas y dificultades de nuestra vida, y junto a la cruz de tantos que sufren, miramos a Jesús, el Hijo que Dios nos ha regalado “para que el mundo se salve por él”

 «Pues quiero concluir con esto: que siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes, y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor. Y aunque sea muy a los principios y nosotros muy ruines, procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar; porque, si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, ha de sernos todo fácil y obraremos muy en breve y muy sin trabajo. Dénosle su Majestad, pues sabe lo mucho que nos conviene, por el que él nos tuvo y por su glorioso Hijo, a quien tan a su costa nos le mostró. Amén»
      (Teresa de Jesús, Vida 22, 14).

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

viernes, 18 de abril de 2025

“Junto a la Cruz de Jesús” (Jn 18,1- 19-42)

 

Contemplamos a Jesús en la Cruz.

Él es la palabra que nos da el Padre, ante tantos sufrimientos y tantas muertes que suceden en nuestro mundo, y a las que no encontramos explicación. El cuarto Canto del Siervo de Yahveh (Is 52, 13 - 53,12) nos asoma a esta realidad que desborda nuestra capacidad de comprensión: “El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores… él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes”. Jesús asume la historia de sufrimiento de la humanidad, se hace solidario de cuantos sufren. Y, predicando la misericordia del Padre sin límites, afronta nuestras divisiones y violencias que tantas veces, como ocurrió con Él, provocan muerte. 

Lo asume en obediencia al Padre. Nos habla la carta a los Hebreos de cómo Él, el Hijo amado, vive y aprende la obediencia al Padre en medio de sufrimientos. Y por eso nos puede acompañar a nosotros en ese camino de buscar la voluntad de Dios, que es siempre voluntad de vida y amor; y que, sin embargo, a veces tiene caminos complicados de entender y de vivir, en medio de la complejidad de nuestro mundo. 

Él es el sacerdote auténtico (y la fuente de todo sacerdocio), el que une a Dios con la humanidad, y así nos salva. Él asume nuestra muerte. Juan, en su relato de la Pasión, nos deja ver los escarnios, los tormentos y el despojo que sufre Jesús. Y a la vez, nos ofrece atisbos de su realeza, que lo hace capaz de interpelar a los mismos que lo juzgan; y de su divinidad, ese “Yo soy”, ante el cual caen postrados en tierra los mismos que iban a detenerlo. 

Juan nos invita a contemplar cómo en Jesús, de una forma insospechada, se cumplen las promesas de Dios. Y nos invita a contemplar el agua que sale de su costado. Como el agua del costado del templo, que vio Ezequiel (Ez 4,7 1-12), que se convierte en un río que va saneando todo a su paso. La vida entregada de Jesús es fuente de Vida nueva, la de Dios . Una vida que podemos encontrar en medio de todas las situaciones de dificultad y dolor que se nos cruzan.

Lucas, el domingo pasado, nos sugería diversas maneras de acercarnos, desde la cruz, a Jesús. A veces, como Simón de Cirene, ayudamos a cargar la cruz de otros, con los que se solidariza Jesús. A veces, nuestra cruz es, como la de Dimas, consecuencia de nuestros propios actos, pero desde ella podemos volvernos a Jesús y recibir la salvación. Otras veces serán enfermedades, circunstancias diversas... Desde todas estas situaciones, nos podemos encontrar con Jesús y su Vida. 

Hoy, Juan nos invita a contemplar la Cruz, como el discípulo amado, junto a María. En la cruz, Jesús se hace, definitivamente, hermano nuestro. Y nos da a María como madre, para que ella nos ayude a crecer como hermanos suyos. Para que ella nos ayude a acercarnos a Jesús, el crucificado y resucitado, con fe y esperanza, en cada momento de nuestras vidas. 


domingo, 7 de abril de 2024

"Entró Jesús, se puso en medio y les dijo: "Paz a vosotros..." (Jn 20, 19-31)

 

En la liturgia, toda esta semana que hemos pasado es un eco del Domingo de Pascua. Y el Evangelio nos vuelve a situar en "el día primero de la semana". Ese día iluminado por la Resurrección de Jesús es para nosotros siempre el primero, la referencia de toda nuestra vida. 

Los discípulos ya han recibido la noticia de la Resurrección del Señor. Juan, con Pedro, "vio y creyó" (Jn 20,8); María Magdalena se encontró con el Resucitado y ha transmitido a los demás su palabra (Jn 20,11-18). Cuando Jesús aparece, lo reconocen sin las vacilaciones iniciales. Sin embargo, están encerrados en una sala con miedo. Han empezado a comprender y creer, pero su fe y su vida tienen límites y lastres. El Evangelio está narrando un camino de fe que puede ser también el nuestro. 

Nos habla de una experiencia con notas que contrastan: la paz, la alegría ... y las llagas de Jesús, que aparecen tres veces en el relato. Tomás, aquel discípulo decido y generoso que en un día difícil dijo "vayamos también nosotros y muramos con Él" (Jn 11, 16), necesita tocarlas para creer que es verdad la Resurrección. Parece que la impresión del sufrimiento del Crucificado le hace preguntarse si es el mismo que los demás afirman haber visto, resucitado. ¿Cómo puede ser eso, qué camino hay de la Cruz a la Resurrección? 

Y precisamente, Jesús se identifica mostrando esas llagas. Su paz no es la tranquilidad de quien está a salvo de conflictos. Su alegría ha conocido el dolor, no está "más acá" de la cruz, sino "más allá". Por eso, el Resucitado ofrece respuesta a cuantos experimentan el dolor, el fracaso y la muerte. Es más: sigue llevando en sus manos la señales de la Cruz en que se ha unido a todos los que sufren, los sigue teniendo presentes. Y ante Él, Tomás pronuncia la confesión más completa de todos los Evangelios: "Señor mío y Dios mío". 

En este Evangelio aparecen también, con fuerza, el envío y la comunión. Comunión con Él: nos envía como el Padre lo ha enviado, y con su mismo Espíritu. La misión no es la simple realización de una tarea encargada. Es comunión con Jesús. Está llamada a dejarse impulsar por su Espíritu (y por su estilo, sus palabras y obras) y a hundir sus raíces en la misma experiencia de amor que Jesús tiene del Padre. 

Comunión que crea comunidad, y de alguna manera se hace "palpable" en la comunidad. Jesús se hace presente en medio de los discípulos reunidos en su nombre. Y es ahí, en comunidad, donde Tomás lo encuentra. La experiencia de Dios, de Jesús es personal, y a la vez comunitaria (es singular, pero no individual). Y los Hechos de los Apóstoles nos muestran una de las consecuencias de ese encuentro de Jesús Resucitado con sus discípulos, de esa transmisión del Espíritu y ese envío: la comunidad que comparte vida y da testimonio de El. Una comunidad que, con todas sus pobrezas y limitaciones (Los Hechos de los Apóstoles irán contando las dificultades y discusiones de aquellos primeros cristianos) es lugar de encuentro con Jesús y continúa su obra. 

El Evangelio nos habla de Jesús que se hace presente en el primer día de la semana (el Domingo), en ese encuentro semanal de los discípulos. Se hace presente en la Eucaristía que celebramos, para transmitirnos su Paz y su Alegría, para invitarnos a acercarnos a Él (y "poner el dedo en la llaga", hablar con Él de nuestras dificultades, nuestros miedos, nuestras puertas cerradas), para comunicarnos su Espíritu y enviarnos.


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viernes, 29 de marzo de 2024

"Sus heridas nos han curado" (Is 55, 5-8; Jn 18 y 19)

 

En la Pasión de Jesucristo se cruzan los caminos de la humanidad con los de Dios. Aparece, por una parte, la violencia y la injusticia de nuestro mundo, que manipula la justicia y condena a muerte al inocente entre desprecios y burlas, que incluso busca al Nazareno (término que también designa al enviado de Dios, esperanza del pueblo) para aniquilarlo. Como anunciaba Isaías, "Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes" (Is 55, 5-8).

Los relatos de la cruz empiezan en la noche de Getsemaní, terminan en las tinieblas que cubren el mundo en pleno día, y dejan entrever esa oscuridad en el escepticismo de Pilato ("¿qué es la verdad?"), en las burlas crueles de los soldados, en la traición de unos y el miedo de otros. Las mismas tinieblas que siguen presentes en las guerras, las mentiras y desesperaciones de nuestro tiempo. 

Juan, en su relato de la Pasión, deja toda una serie de pistas que, en medio de esa historia de escarnio y muerte, deja ya traslucir otra luz, la que resplandecerá en la mañana de Resurrección. Nos invita a ver un "Cristo en majestad" (como esos Cristos bizantinos que están en la cruz con vestiduras sacerdotales o regias y semblante sereno). Un Jesús que entrega libremente su vida, que sale al paso de los que lo buscan. Un Cristo cuya majestad divina ("Yo soy") hace caer rostro en tierra incluso a los que vienen a prenderlo, que juzga a Pilatos ("no tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado..."). Cristo que es rey porque da testimonio de la Verdad, que muere cumpliendo cuanto el Padre le encomendó, y abriendo una fuente de salvación (esa herida de su costado, por la que sale un hilo de agua como el que el profeta Ezequiel había contemplado saliendo del costado del santuario, para convertirse en un río que siembra vida y sanación a su paso. Cfr. Ez 47, 1-12). El mismo que, un instante antes, ha manifestado su sed: sed de que nos acerquemos a Él que es fuente viva. 

El mismo Jesús que recorre, obediente al Padre, los caminos humanos del sufrimiento, que baja al encuentro de los últimos, los condenados, los despreciados, los que sufren. Para que sepamos que llega a todos la misericordia de Dios que es fuente de vida, y que vence sobre la muerte. 

Junto a la Cruz de Jesús estaban su madre y el discípulo que Jesús quiere. Ante ellos entrega Jesús el espíritu. Ellos son como el embrión de la Iglesia, que se prepara para recibir el Espíritu Santo así, permaneciendo junto al que está en la cruz, al que sufre. 

A ese discípulo amado le entrega Jesús a su madre. Y él la recibe "como algo propio", como el don más preciado del Maestro. Ella nos ha de ayudar a mirar la Cruz y contemplar el amor de quien en ella se entrega por nosotros, a recoger sus palabras y gestos y meditarlos en el corazón. A esperar en Dios, que parece desarmado ante tanta injusticia y muerte, pero está abriendo caminos nuevos e insospechados de vida, que vencen la muerte y sanan nuestra realidad herida

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domingo, 24 de marzo de 2024

"¡Hosanna! ¡Bendito el que viene"

 

El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa y nos ofrece como una panorámica de todo lo que vamos a celebrar. De hecho, la entrada de Jesús en Jerusalén, triunfal a la vez que humilde (en un borrico, y no a caballo como un rey guerrero), es como un anuncio del triunfo de su Resurrección, en la que resplandece un triunfo y una gloria diferentes de los poderes y glorias del mundo. Un triunfo muy diferente del que esperaban aquellos que aclamaron a Jesús en su entrada a Jerusalén. Siempre más allá de nuestras expectativas y criterios. Y es que celebramos la Semana Santa un año más, para entrar un poco más en esa Vida de Jesús que siempre es nueva. 

El Tercer Canto del Siervo de Yahveh (Is 50, 4-7), que sirvió a los primeros cristianos para meditar la Pasión de Jesús, nos invita también a nosotros a acercarse al misterio de este Mesías que "aprendió, sufriendo, el camino de la obediencia" (Hebreos 5,8, como escuchábamos el domingo pasado) y es el verdaderamente capaz de "decir al abatido una palabra de aliento". Y el himno de la Carta a los Filipenses (Flp 2, 6-11) resume todo el camino de este Mesías que veremos culminar en estos días: un camino de abajamiento, de entrega de sí, de vaciarse en favor de los demás, "obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz". Un camino que expresa la comunión con el corazón del Padre que es amor y entrega, y por eso es el que lleva el nombre del mismo Dios, el del verdadero señorío y gloria. 

Las dos lecturas nos introducen a la Pasión del Señor. Puede ser bueno recordar que el relato de Marcos, que escuchamos hoy, es el primer relato evangélico de la Pasión, anterior a los otros tres (alguien ha apuntado que tal vez el Evangelio de Marcos se escribió para presentar toda la vida de Jesús "en una sesión", tal vez en la celebración pascual, y por eso es tan breve). Entre otras muchas características, cabe apuntar su ritmo rápido, y "en presente", que nos invita a "entrar" en la escena que se está contando. Porque, en verdad, nos involucra a nosotros. 

Un relato aparentemente sencillo, pero lleno de trasfondo, que nos asoma al Misterio. Es la revelación de Dios en lo que parecía lo más opuesto: la cruz, la muerte, el fracaso, el abandono, la experiencia de desprecio. Al final, un extranjero, ajeno a toda la tradición bíblica, abre los ojos y confiesa: "realmente este hombre era Hijo de Dios". 

De entre los muchos detalles para meditar, uno aludido por el salmo que hoy rezamos, el mismo salmo 21 que Jesús rezó en la cruz (en aquel tiempo los libros bíblicos no tenían título ni números, y se citaban por sus primeras palabras): "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Como ha señalado el teólogo Secundino Castro, la reacción de los circunstantes, cuando piensan, confundidos, que Jesús está llamando a Elías ("Elyah tha") nos permite identificar el verso concreto que Jesús pronuncia: "Elí atha": (desde el vientre materno) Tú eres mi Dios (Samo 21, 11), la confesión de fe, con referencias de ternura materna y confianza filial, con que Jesús concluye su vida. 

Meditemos estos días la Pasión del Señor, para adentrarnos en el Misterio de su amor, su entrega. Para descubrir la Vida Nueva que nos ofrece. 

“Él murió a lo sensitivo, espiritualmente en su vida y naturalmente en su muerte. Porque, como él dijo, en la vida no tuvo dónde reclinar su cabeza (Mt 8,20) y en la muerte lo tuvo menos (…) Al punto de la muerte quedó también aniquilado en el alma sin consuelo y alivio alguno, dejándole el Padre así en íntima sequedad, según la parte inferior. Por lo cual fue necesitado a clamar diciendo: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado? (Mc 15,34). Lo cual fue el mayor desamparo sensitivamente que había tenido en s vida. Y así, en él hizo la mayor obra que en toda su vida con milagro y obras había hecho ni en la tierra ni en el cielo, que fue reconciliar y unir al género humano por gracia con Dios. 

S. Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, II, 7, 9


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domingo, 10 de marzo de 2024

"Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único" (Jn 3, 14-21)

 

Nicodemo es un magistrado judío, fariseo, que se acerca a Jesús de noche, porque a pesar de los desencuentros con su grupo, intuye que ha venido de Dios, por las señales que realiza (Jn 3,2). A este maestro de la Ley que se acerca a Jesús en la oscuridad, como a tientas, Jesús le invita a "nacer de nuevo", a acoger el Evangelio radicalmente y replantearse su manera de situarse ante Dios. 

En esa conversación se inserta el pasaje que hoy escuchamos. Jesús recoge una tradición judía, antigua y extraña: una plaga de serpientes atacó a los hebreos en el desierto, y Dios ordenó a Moisés hacer un estandarte con una serpiente de bronce  (algo contrario a la Ley, que prohíbe hacer imágenes), de modo que los mordidos por una serpiente miraban a ese estandarte y quedaban curados (Números, 21, 4-9). La historia tiene vestigios del culto egipcio a Ranenutet, que era veneno y antídoto, muerte y vida. Dios se sirvió de aquel medio, a pesar de sus ribetes paganos, para curar a los hebreos . 

Y la salvación que ofrece está plantada en medio del misterio del dolor y la muerte. Como dice un himno de Semana Santa: "la gracia está en el fondo de la pena, y la salud brotando de la herida". A nosotros, mordidos por la muerte y el pecado, se nos invita a mirar a Jesús levantado en la cruz, muerto por nuestros pecados, para encontrar en él salud. 

Jesús, en ese diálogo, insiste en la necesidad de levantar los ojos, de cambiar nuestra perspectiva, muy "a ras de tierra", para acoger la salvación que viene de Dios y nos pide un cambio de perspectiva. La mirada a Cristo crucificado nos interpela y contrasta. A nosotros, envenenados de ansias de poder, se nos invita a mirar a Aquel que ha sido condenado y rechazado por los poderes e intrigas del mundo, y que, entregándose como cordero, desprovisto de todo, nos salva. A nosotros, aburridos y enredados en los placeres del mundo, se nos invita a descubrir la belleza del Crucificado, que no es estética, sino la hermosura del amor que se entrega y da vida. A nosotros, heridos por la muerte, se nos invita a acudir a Él, que ha pasado por la muerte y la ha vencido, para "liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos" (Heb 2, 15).

Y nos revela el amor del Padre, que ha entregado a su Hijo Único "para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna... para que el mundo se salve por Él". 

Con ello, nos llama a otro cambio de enfoque. "Dios no envió al mundo para juzgar al mundo". Dios sólo ofrece salvación. Somos los hombres quienes nos condenamos y condenamos nuestro mundo, al alejarnos de Dios y de su luz, al preferir esconder en las tinieblas nuestros errores y dificultades, que muchas veces nos cuesta reconocer. Pero nuestras pasiones y heridas, lejos de la luz, se vuelven más oscuras y retorcidas. Desde Adán, que al caer, tuvo miedo y se escondió de Dios "porque estaba desnudo" (Gen 2, 10), Dios nos busca, y el ser humano tiende a huir de Él, por miedo a verse acusado por sus obras" (Jn 3, 20). Sin embargo, "El que cree en Él no será juzgado". La luz de Dios y su verdad están llenas de su misericordia, que acoge, perdona, sana, como vemos a cada paso en los gestos de Jesús. Como nos dice hoy Pablo (Ef 2, 4,10) "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo -estáis salvados por pura gracia-".

El Evangelio nos invita hoy a acercarnos a Dios, con confianza desde nuestra realidad. A poner a su luz cada rincón de nuestra vida. Sin esconder los más oscuros. Su luz es misericordia.

Quisiera tratar de hacerle comprender con una comparación muy sencilla cómo ama Jesús a las almas que confían en él, aun cuando sean imperfectas. Supongamos que un padre tiene dos hijos traviesos y desobedientes, y que, al ir a castigarlos, ve que uno de ellos se echa a temblar y se aleja de él aterrorizado, llevando en el corazón el sentimiento de que merece ser castigado; y que su hermano, por el contrario, se arroja en los brazos de su padre diciendo que lamenta haberlo disgustado, que lo quiere y que, para demostrárselo, será bueno en adelante; si, además, este hijo pide a su padre que lo castigue con un beso, yo no creo que el corazón de ese padre afortunado pueda resistirse a la confianza filial de su hijo, cuya sinceridad y amor conoce. Sin embargo, no ignora que su hijo volverá a caer más de una vez en las mismas faltas, pero está dispuesto a perdonarle siempre si su hijo le vuelve a ganar una y otra vez por el corazón...
    Sta. Teresa del Niño Jesús. Carta al abate Bellière, 18-VII-1897


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domingo, 3 de septiembre de 2023

"Tome su cruz y me siga" (Mt 16, 21-27)

 


La escena que hoy nos presenta en el Evangelio sigue a la que contemplábamos el domingo pasado. Una vez que los discípulos, con Pedro a la cabeza, reconocen a Jesús como Mesías, Él pasa a explicarles cómo es el camino del Mesías. Un camino incomprensible para ellos, porque pasa por el fracaso, el sufrimiento y la cruz. De nuevo, Pedro toma la palabra. Y, con sus criterios humanos (la expectativa de que el Mesías ha de tener éxito), la que había de ser "roca de fundamento" se convierte en "piedra de tropiezo", en tentador. Jesús lo llama, incluso, "Satanás", porque, sin darse cuenta, Pedro está expresando la segunda tentación que rechazó Jesús en el desierto (Mt 4, 5-7), la de un Mesías que "no tropiece en las piedras", no conozca el fracaso. 

A este Pedro que ha intentado decirle a Jesús por dónde ir, Jesús le manda ponerse detrás, como discípulo. Y a los demás discípulos (y nosotros con ellos) a asumir que seguirle implica negarnos a nosotros mismos y cargar con nuestra cruz. 

Tal vez nos gustaría que, ya que seguimos a Cristo e intentamos ser fieles a Dios, Él nos librara de sufrimientos, de fracasos, de rupturas. No es así. La plenitud y la vida que Jesús nos ofrece no está "más acá" de todo eso que tememos (no consiste en que "nos libremos de pasar por ello") sino que está "más allá": ante esas situaciones que nos bloquean y parecen ahogar con nuestro camino vital, acabar con él, el poder y la misericordia de Dios se manifiestan como capacidad de abrir camino, de poder atravesar todo eso sin ser aplastados. 

De fondo, una cuestión fundamental de la propuesta de vida de Jesús: entregar la vida, no vivir para nosotros mismos. En definitiva, amar. El que sólo busca su propia felicidad, no la podrá encontrar. Porque la plenitud que podemos encontrar pasa por el amor. Y el amor significa entrega, ir mas allá de nosotros mismos (de nuestros intereses, gustos, comodidad...). En el lenguaje radical que Jesús usa, "negarse a sí mismo".

Jesús nos habla de tomar la cruz y seguirle. Implica, por una parte, la radicalidad de estar dispuestos a poner toda nuestra vida en juego. Por otra, "anclar" ese seguimiento en nuestra vida real, con las dificultades que se nos cruzan, con la cruz que cada uno tenemos. No estamos llamados a cargar con nuestra cruz solos, sino siguiéndole a Él, dejando que Él nos enseñe y nos ayude a llevarla. De esta forma, podremos llevarla, y crecer como personas en ese camino. 

Todo esto implica lo que San Pablo nos propone en la carta a los Romanos: no amoldarse a la mentalidad de este mundo, sino renovar nuestra mente. Nuestro culto razonable consiste, no en presentar a Dios algo ajeno a nosotros, sino en abrirle nuestro corazón y nuestra vida, presentarle nuestras propias personas ("nuestros cuerpos", en lenguaje de un judío del siglo I), dejarle entrar en nuestra vida para que Él pueda guiarla y transformarla. Eso tiene que ver con una experiencia de amor, de "ser seducidos" por Dios (como dice, con un lenguaje extremo, Jeremías). Hemos descubierto algo de Él, y tenemos sed de Él, como rezamos hoy con el salmo 63. Y en el trato con Él, en ese seguirle, esta experiencia (sed y plenitud a la vez), va creciendo. 


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sábado, 1 de julio de 2023

"El que pierda su vida por mí la encontrará" (Mt 10, 37, 42)

 

Las palabras que hoy escuchamos a Jesús, siguen teniendo como contexto el envío evangelizador ("el que os recibe a vosotros, me recibe a mí") y la hostilidad del mundo a ese mensaje. Y también la forma de hablar judía, llena de contrastes y radicalidad. Conviene, por ello, situar su sentido. No es (como podría parecer) que haya una "competencia" entre el amor a la familia y el amor de Dios. Dios no se sitúa ante lo humano en actitud de rivalidad o competencia. De hecho, Él ama a cada persona, más de lo que sus padres o sus hijos puedan amarla. La primacía del amor a Dios no "hace de menos" los otros amores, sino que los "ordena", y los ayuda a crecer en plenitud. Desde Dios, el amor a los padres, a los hijos, a los cónyuges, los hermanos... puede ir creciendo en libertad para no atrapar, en generosidad y vitalidad, en capacidad de compartir, en horizonte y apertura hacia los demás...

Con todo, el conflicto existe. En las primeras comunidades hubo personas que, por su fidelidad a Cristo, sufrieron presiones de sus familias, o incluso el rechazo total. La radicalidad de las palabras del Evangelio refleja la radicalidad de su opción: tuvieron que elegir. Eso sigue ocurriendo hoy. Y en ocasiones, de manera menos explícita: los lazos familiares, a veces, se pueden convertir en ataduras de chantajes afectivos, de egoísmos de grupo (aquello de "yo por mi familia mato"...) que un seguidor de Cristo no puede aceptar. 

Jesús da un paso más, e invita a poner toda la vida en juego, en el seguimiento de Cristo. Aceptar el riesgo de seguirle, el riesgo de "perder la vida" en ello. Y, efectivamente, seguir a Cristo implica una serie de actitudes que, desde los criterios de nuestro mundo, pueden implicar "perder". Implica una manera diferente de afrontar la vida diferente. Vale la pena, aquí, volver sobre la lectura de la carta a los Romanos que hoy escuchamos, para preguntarnos qué puede significar para nosotros "andar en una vida nueva", y a qué hemos de "morir", para ello. 

Jesús nos habla de cargar la cruz y seguirle. Leído desde aquel tiempo en que la cruz era un patíbulo, esto nos habla de una opción que afronta el riesgo al fracaso, a la muerte: una opción total. A la vez, esta expresión la cruz de cada uno, nos remite a nuestra vida personal, con nuestras "cruces", nuestras dificultades cotidianas... y nos habla de un seguimiento de Cristo que se encarna en lo cotidiano, en nuestra existencia real. 

A la vez, estas palabras llevan dentro una esperanza y una experiencia de luz. No se trata meramente de cargar con la propia cruz, sino de hacerlo siguiendo a Jesús. No afrontamos nuestras dificultades y riesgos en solitario, sino unidos a Jesús, apoyados en Él, el que "nos amó primero" (1 Jn 4,19), que siempre está cerca de nosotros y toma la iniciativa. Afrontado con Él nuestras cruces, "viviremos con Él", encontraremos nuevos caminos, maneras fecundas de vivir nuestra realidad. Y la invitación a la radicalidad de este evangelio va unida a la conciencia de la generosidad de Dios que comprende nuestra limitación y recompensa hasta el más pequeño esfuerzo. 

¡Aventuremos la vida!
Pues no hay quien mejor la guarde
que el que la da por perdida.
Pues Jesús es nuestra guía,
y el premio de aquesta guerra.
Ya no durmáis, no durmáis,
porque no hay paz en la tierra.

Teresa de Jesús


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viernes, 7 de abril de 2023

"Cargando él mismo con la cruz..." (Jn 18,1 - 19,42)

 



Hoy se nos invita a contemplar la cruz de Jesús, a dejarnos interpelar por aquello que fue instrumento de tortura y muerte, pero ha cambiado de sentido por la muerte de Cristo, hasta convertirse en señal de salvación y vida. 

El relato de la Pasión según san Juan nos ofrece una perspectiva significativa. Por un lado, su historicidad detalla escenas como las negaciones de Pedro, y muestra el juego de manipulaciones insidiosas entre los sumos sacerdotes y Pilato (ellos lo corrompen para que condene injustamente a Jesús, y él consigue que declaren "no tenemos más rey que al César"). Por otro, una serie de detalles ofrecen una lectura más honda, que descubre cómo se manifiesta ahí la gloria de Dios, la salvación de la humanidad. Jesús (como uno de tantos, Flp 2, 7-8) es traído y llevado por los manejos de las autoridades, maltratado y escarnecido. Pero manifiesta su majestad como Dios. Una majestad velada, que intimida a Pilato (quien, de alguna manera, es juzgado por el propio Jesús, que le dice "soy rey... no tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado..."), y hace retroceder y postrarse a los soldados que van a prenderlo. (el mismo Jesús que, en la Ultima Cena se arrodillaba para lavar los pies de los discípulos, es quien ahora se presenta como "Yo Soy", como se identificó ante Moisés. Ex 3, 14-15). Manifiesta así que "nadie me quita la vida, sino que Yo la doy voluntariamente. Tengo autoridad para darla, y tengo autoridad para recuperarla" (Jn 10,18). Su muerte no es, como parece, victoria del poder del mundo, sino manifestación del amor y obediencia de Jesús al Padre (Jn 14,31), el Padre que lo ha enviado para anunciar su amor salvador para todos. Y en su entrega hasta la muerte, "todo está cumplido" (Jn 19,30). La revelación de Dios a la humanidad se cumple, culmina en ese amor que, por nosotros, se ha despojado de todo, se ha hecho igual a nosotros, hasta ser contado entre los últimos, y ha dado la vida. Y la humanidad es salvada. Su historia, marcada por la muerte, la mentira y la injusticia, se abre a un nuevo comienzo, porque el Hijo de Dios ha cargado con ella, y porque la ha vencido. La Resurrección de Jesús hará "evidente" (aunque con "evidencia" que no se impone, sino se ofrece y se acoge en la fe) esa victoria de Dios.

La muerte de Jesús asume los dolores y muertes de la humanidad. En esa cruz que Jesús ha asumido por anunciar el amor del Padre a todos (sin plegarse a los exclusivismos y las manipulaciones de fariseos y de otros poderes de aquel tiempo), Jesús se une a todos los que sufren, a todos los que mueren. Para que su Vida alcance a todos los que la quieran acoger. El Jesús que ahora entrega el espíritu (Jn 19,30), es el mismo que, resucitado, lo alentará sobre los discípulos, para llevar al mundo la reconciliación y la Vida Nueva (Jn 20, 22-23)

Somos invitados a permanecer junto a la cruz de Jesús, como lo hace el discípulo que Jesús quiere. Junto a María, que, también esta vez, es la que guarda (y nos enseña a guardar) todas las cosas de Jesús, meditándolas en el corazón (Lc 2, 51), aun sin comprenderlas del todo, pero esperando a que su Palabra y su Vida germinen y den fruto (como "el grano que cae en tierra y muere" Jn 12, 24-26). A la espera de la Resurrección que mostrará todo el poder salvador y renovador de la entrega de Jesús. 

Ante esa cruz somos invitados a poner nuestras cruces, nuestros dolores, incertidumbres, fracasos... Y mirar nuestra vida desde la cruz de Jesús, desde el amor que en ella nos muestra, desde la esperanza que ella abre. 

Ante esa cruz somos llamados a hacer presentes las cruces de nuestro mundo, de todos los que sufren, de todas las víctimas, de cuantos vemos "sin aspecto atrayente, despreciados y evitados de los hombres" (Is 53, 2). San Pablo nos dice que Jesús, el Hijo de Dios, aprendió, como hombre real que era, el camino de la obediencia, de la búsqueda de la voluntad del Padre, asumiendo la dificultad y sufrimiento que comporta esta búsqueda. Con Él ("toma parte en los trabajos del Evangelio", 2 Tim 1,8), somos llamados a buscar la voluntad de Dios, que abre caminos de justicia, de solidaridad, de vida. Significativamente, Juan nos presenta al pie de la cruz a quienes serán los primeros testigos de la Resurrección, los primeros en reconocerlo (Jn 20,16; 21,7)

"Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero"  (Teresa de Jesús, Vida, 22,6)




domingo, 2 de abril de 2023

"Obediente hasta la muerte... Jesucristo es Señor" (Flp 2, 6-11; Mt 26,14-27,66)

 

El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa, con ese gesto profético de la entrada de Jesús en Jerusalén, de forma humilde, y aclamado como aquél "que viene en nombre del Señor". Por las mismas fechas, el gobernador romano hacía su entrada en la capital, escoltado por un imponente despliegue militar para dejar claro su dominio de la situación. La entrada de Jesús es la del Mesías que viene, no con el poder de un ejército que se impone, sino con la fuerza del Espíritu, la fuerza de Dios Amor que se entrega y da vida, que salva. La aclamación de los que acompañan a Jesús anuncia una victoria que se va a realizar de forma muy diferente a como ellos esperaban, y con un alcance más definitivo. 

El relato de la Pasión nos introduce en todo lo que vamos a contemplar en estos días, para que lo meditemos una y otra vez, para que vayamos entrando en el sentido de este Misterio que siempre es más profundo de lo captamos, siempre es mayor. Y está más conectado con nuestras vidas de lo que percibimos. 

Se nos invita a una lectura pausada de la Pasión del Señor, para dejarnos interpelar por ella. Son muchas las escenas, las personalidades que aparecen, los elementos y los detalles que nos hablan. Cabe apuntar, entre otros, que el relato de Mateo se caracteriza por las frecuentes referencias al cumplimiento de las Escrituras, ya desde la entrada de Jesús en Jerusalén (Mt 21, 1-11) que recuerda el texto del profeta Zacarías (Za 9,9). La entrega y la muerte de Jesús es, efectivamente, el cumplimiento total de todos los anuncios y profecías anteriores, la Revelación plena de Dios. Jesús muere por fidelidad al Padre, al amor de Dios a todos los hombres, que él ha predicado sin plegarse a los exclusivismos de unos y otros (fariseos, nacionalistas judíos, etc.). Su entrega, su amor hasta el fin, su humilde despojarse de sí mismo y de la misma vida por nosotros (que canta Flp 2, 6-11), su comunión, en la cruz, con todos los que sufren, revela quién es Dios en verdad. 

Es un cumplimiento lleno de paradojas, que también aparecen por doquier: los discípulos que prometen ser fieles pero sucumbirán a su debilidad, y aún así, serán testigos de la fidelidad de Jesús que, en medio de todo, se entrega y salva; la incomprensión del pueblo elegido y de los doctores de la ley, frente a la reconocimiento de los paganos, que culmina en la confesión del centurión: "Verdaderamente este era Hijo de Dios". Dios lleva adelante su plan de salvación anunciado, pero no sucede como esperábamos. Acontece, de hecho, con más hondura y más alcance. 

Así sigue siendo. Esta cruz de Jesús ilumina también las encrucijadas de la vida de cada uno de nosotros, y nuestras contradicciones. En ellas también nos acompaña y salva, de forma, a veces, insospechada Somos invitados a la confianza en Él, y a dejarnos iluminar por su palabra, por su ejemplo, por su vida, por su presencia. . Somos invitados, en estos días, a mirar la cruz de Jesús. Y mirar nuestra vida a su luz. 



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domingo, 20 de noviembre de 2022

"Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino" (Lc 23, 35-43)

 

En esta fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, contemplamos a Jesús en la cruz, convertido en objeto de escarmiento y burla. El cartel sobre la cruz anunciaba el motivo de la condena (y a la vez, su falsedad e injusticia: Jesús siempre rechazó los intentos judíos de proclamarlo rey, y ante Pilato afirmó que su reino no es de este mundo) y también era una especie de aviso para quien se levantara contra el poder romano (por eso, la protesta de los sumos sacerdotes, Jn 19, 21-22). Sus adversarios, ante todo el pueblo (Lc 23,35: "Estaba el pueblo mirando") se regodean del fracaso de Jesús, burlándose de su desvalimiento. 

El relato vuelve, una y otra vez, sobre el título de Jesús como rey y Mesías (ungido de Dios), y sobre la salvación. Resuena también, de fondo, una de las tentaciones que Jesús ya enfrentó en el desierto, la del Mesías del éxito, sin tropiezo ni fracaso (Lc 4, 9-13). 

El relato nos invita a un camino de acercamiento a la verdad de este Cristo en la cruz. Los magistrados, desde la distancia de su soberbia, desprecian a ese Cristo que parece incapaz de salvarse a sí mismo. También se burlan los soldados, aunque se acercan a ofrecerle vinagre (en algunos lugares, y a falta de cosa mejor, se añadía vinagre al agua para provocar sensación refrescante). Junto a la cruz de Jesús, crucificados como Él, hay dos malhechores, tal vez bandoleros, o guerrilleros antirromanos. De ahí, tal vez, la imprecación exasperada de uno de ellos, ante ese Mesías que no lucha, que parece no hacer nada ante la injusticia y ante el dolor que alcanza a los tres: "Sálvate a ti mismo y a nosotros". Y por último, el otro malhechor, que toma conciencia del fracaso del camino de violencia que ha seguido hasta entonces, y se vuelve hacia Jesús, lo llama por su nombre (es el único, de cuantos piden algo a Jesús en el Evangelio, que lo llama así) y le pide algo que parece no acertar a concretarse, pero expresa una confianza, una relación personal: "acuérdate de mí". 

Y entonces, Jesús desvela su realeza y su poder, que se apoyan en la misericordia y el perdón. No ha venido a salvarse y enaltecerse a sí mismo, sino a ofrecer a todos la salvación de Dios, y para ello no ha dudado en entregar su vida. 

Y la ofrece "hoy". Él siempre está presente. Ese "hoy" del Evangelio nos interpela, nos invita a dirigirnos a Jesús desde el aquí y ahora de lo que somos y vivimos, para dejarnos alcanzar por esta vida. Podemos hacer nuestras las palabras de la primera lectura: "hueso tuyo y carne tuya somos" (1 Sam 5,1), porque Él ha asumido nuestra condición humana. Abrirnos a ese reino que pedimos cada vez que rezamos el Padre nuestro. Ese reinado de Dios que se manifiesta donde la violencia deja paso a la paz; donde la justicia avanza; donde se abren caminos de solidaridad. Cristo empieza a reinar cuando no nos "gobiernan" los miedos, complejos, odios... sino que crecemos en libertad y en amor.

La carta a los Colosenses (Col 1, 12-20) nos invita a mirar esta realeza de Cristo en una perspectiva más amplia. Cristo es Rey del Universo porque todo el cosmos lleva su huella, su impronta. La armonía del universo expresa la sabiduría eterna del Padre, que es el Hijo (como decía S. Juan de la Cruz:
"Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura
y yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó de hermosura"),

Una armonía que nos habla de que hemos sido creados para el amor. Y reconciliados por la misericordia de Dios, su amor entrañable en nuestra fragilidad, para que vivamos en plenitud. Cristo es rey impulsando nuestras vidas a esa plenitud.

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martes, 13 de septiembre de 2022

"Para que el mundo se salve por Él" (Jn 3, 13-17)


 

La Cruz.

Sólo eran dos palos para atormentar al hombre,

para plantar la muerte,

para imponer el poder.

Hasta el día

que aquí se cruzaron el cielo y la tierra,

los caminos de los hombres

y el amor de Dios,

las heridas de nuestro mundo

y la fidelidad del Hijo.

Y la sed de vida y esperanza

encontró aquí una fuente.

 

Desde tu cruz

se ha derramado tu vida, Jesús,

agua fresca para nosotros.

Y aquí volvemos, una vez más

para beber en la sabiduría de la cruz,

para aprender contigo

la confianza y la entrega

que hacen florecer la vida.


(Y decía: “Jesús, acuérdate de mi cuando vengas con tu Reino”. Lc 23, 42)


viernes, 15 de abril de 2022

"Junto a la cruz de Jesús" (Jn 18,1-19,42)


Contemplamos hoy la cruz. 

La muerte de Jesús es consecuencia de su vida, de la misión que Él ha venido a realizar en nuestro mundo. Ha venido a nosotros, y ha anunciado el amor del Padre, que acoge a todos y nos ofrece su vida. Amor que estamos llamados a vivir y transmitir. Amor en el que podemos encontrar felicidad. Asumiendo la dificultad que tiene nuestro mundo para acoger su amor, cargando así con nuestro pecado. 

Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11). Es extraño que, por anunciar el amor, Jesús fuera odiado; por anunciar la paz, encontrara la violencia. Pero así es nuestro mundo. En Israel, había diversos grupos, y cada uno tenía sus “fronteras de odio”. Los fariseos consideraban que el amor a Dios implicaba la exclusión y el odio a los pecadores (en algunos salmos del Antiguo Testamento quedan ribetes de esa postura). Los judíos odiaban a muerte a los romanos… Resultó inaceptable el amor del Padre a todos, sin exclusiones, que Jesús anunciaba. Como también el hecho de que pusiera el amor por encima de la seguridad de la Ley. Por eso se fue quedando solo, y al fin lo mataron. Sigue ocurriendo hoy: Gandhi, Martin Luther King, Ignacio Ellacuría, Óscar Romero… Son muchos los que han muerto asesinados por predicar la paz, y han sufrido la injusticia porque trabajaban por la justicia.

 Jesús lo sabe. Y asume, voluntariamente,  ese rechazo, esa dificultad del mundo para acoger el amor de Dios. Carga con nuestro pecado Lo hace por amor al Padre y a todos nosotros. Muere por nosotros, por cada uno. Por amor a ti.  

 Y muere junto a nosotros. En la cruz, Jesús se hace solidario de todos los que sufren. Ésta es la respuesta de Dios ante el mal del mundo. No es una explicación, sino su propio Hijo, clavado a nuestras cruces. Su Hijo, que muere con nosotros, por amor a nosotros. 

Y que, a través de la cruz, abre un camino que va más allá. Cristo ha resucitado. De hecho, Juan nos invita a atisbar cómo en su misma crucifixión, ya está apuntando la fuerza y la luz de la Resurrección. su relato va desgranando detalles que hablan de la Cruz como la hora en que se manifiesta la gloria de Dios, como Jesús la había anunciado. Aun en medio de los ultrajes, Jesús aparece como rey que juzga a Pilato, y como Dios ante cuya presencia ("Yo soy") los mismos que han ido a prenderlo se postran, aunque no quieran. Y su muerte es entrega del espíritu, que anticipa cómo lo va a transmitir en su Resurrección. La entrega de Cristo, por amor a nosotros, lleva en sí misma la vida de Dios que vence al pecado y a la muerte. 

Por eso, la cruz de Jesús y su Resurrección son el comienzo de una historia nueva, en la que el odio es vencido por el perdón, la mentira por la verdad, la muerte por la vida. Lo que ya se ha realizado en Jesús, se va realizando poco a poco, paso a paso, en sus seguidores, que con la fuerza de Cristo, muerto y resucitado, podemos ir venciendo la injusticia, la mentira, el odio... y participaremos de su Resurrección 

El dibujo que acompaña esta reflexión es obra de San Juan de la Cruz. Con una perspectiva inédita en su tiempo, Juan nos invita a mirar la cruz desde el cielo, como si nos sugiriera mirarla desde el Padre. Una cruz de la que pende el cuerpo de Jesús, en sombras, inclinado sobre el mundo, y que a la vez aparece como iluminada desde atrás, como anunciando la luz de la Resurrección. Juan canta la misteriosa belleza del crucificado con el poema del pastorcico, en el que Cristo es el pastor que da la vida para llamarnos a su amor. "Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32).

Un pastorcico solo está penado,
ajeno de placer y de contento
y en su pastora puesto el pensamiento
y el pecho del amor muy lastimado.

No llora por haberle amor llagado,
que no le pena vese así afligido,
aunque en el corazón está herido,
mas llora por pensar que está olvidado.

Que sólo de pensar que está olvidado
de su bella pastora, con gran pena
se deja maltratar en tierra ajena,
el pecho del amor muy lastimado.

Y dice el pastorcico: “¡ay, desdichado
de aquel que de mi amor ha hecho ausencia
y no quiere gozar la mi presencia
y el pecho por su amor muy lastimado.

Y a cabo de un gran rato se ha encumbrado
sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos
y muerto se ha quedado asido dellos,
el pecho del amor muy lastimado.

San  Juan de la Cruz



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sábado, 11 de septiembre de 2021

"Si alguien quiere venir en pos de mí..." (Mc 8, 27-35)

 


Hemos visto a Jesús realizando signos, predicando el Reino. Y hemos encontrado ya, a estas alturas del Evangelio de Marcos, la resistencia de diversos grupos de personas. Jesús y sus discípulos "van de camino" (M 8, 27), y Jesús ve ya, sobre ese camino, la sombra de la cruz. Por eso habla francamente con sus discípulos. Ellos ya son capaces de reconocerlo como Mesías. Pero, ¿qué significa el Mesías? Para ellos, significa el éxito, el cumplimiento de una serie de expectativas que el pueblo y que ellos mismos han proyectado sobre la promesa de Dios: grandeza, liberación política (incluso venganza...). Por eso Jesús (aquí y en otros pasajes) no quiere que lo divulguen. No es ese Mesías. El suyo no es el Dios de los triunfadores. Jesús habla de un Padre de todos; y su camino, para poder llegar a todos, bajará hasta los últimos. 

En ese diálogo directo, incluso abrupto, aparece la resistencia de Pedro, que se vuelve tentación para Jesús (recuerda aquello de "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie..." Mt 4,6). Y la respuesta decidida de Jesús, ante esa pretensión  de "ponerse delante de Jesús", de intentar conducirlo a sus propios planes: "ponte detrás de mí" (Mc 8, 33). 

A ella se une una enseñanza sobre las condiciones para seguir auténticamente a Jesús: es necesario "negarse a uno mismo", porque para vivir la disponibilidad del discípulo, a veces hay que renunciar a planes, expectativas, ideas preconcebidas... Seguir a Jesús, además, se hace con lo bueno y lo que nos pesa: las dificultades, los sufrimientos, los fracasos que se cruzan en nuestro camino, no son ajenos al seguimiento de Jesús. Hemos de integrarlas, seguirle con ellas... y precisamente Él nos enseñará, a cada uno, cómo llevar la cruz sin que nos aplaste. Y en definitiva, la propuesta de Jesús es de entrega, de apertura radical. Quien vive para sí mismo (quien quiera salvar su vida) se malogra. Quien es capaz de amar, de entregarse, corre el riesgo de perder, pero se abre a la salvación que Jesús trae. 

El Evangelio nos transmite la pregunta de Jesús: "y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Una pregunta que, hoy, nos invita a pensar sobre nuestra idea de Jesús, y las expectativas que tenemos sobre lo que es seguirle, y a confrontarlas con Él mismo, con lo que Él nos enseña, para caminar "detrás de Él". Para seguirlo como El quiere que lo sigamos. Para dejarnos salvar, comunicar vida, por Él.

"Y así, querría yo persuadir a los espirituales cómo este camino de Dios no consiste en multiplicidad de consideraciones, ni modos, ni maneras, ni gustos, aunque esto, en su manera, sea necesario a los principiantes (...) porque el aprovechar no se halla sino imitando a Cristo que es el camino y la verdad y la vida, y ninguno viene al Padre sino por él, según él mismo dice por San Juan (14,6 y 10,9). Y en otra parte dice: Yo soy la puerta; por mí, si alguno entrare, salvarse ha. De donde todo espíritu que quiere ir por dulzuras y facilidad y huye de imitar a Cristo, no le tendría por bueno".                        (San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo II, 7,8)



sábado, 27 de marzo de 2021

"¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Mc 11, 1-10; Mc 14 y 15)

 


Con los ramos y la aclamación a Cristo, entramos en la Semana Santa, donde celebraremos su victoria sobre la muerte y el pecado. Una victoria, como todo lo de Dios, que se realiza de otra manera, por caminos diferentes a los humanos... (el camino de la cruz, de la muerte...) precisamente para asumir todo lo humano. Es la Pascua, el Paso del Señor. Paso que nos lleva de la muerte a la vida, de la tiniebla a la luz. Somos llamados a abrir el corazón para que este Misterio pase por nosotros. 

Este año escuchamos el relato de la Pasión según san Marcos, el primero de los relatos evangélicos. Nos presenta cómo Cristo se revela (paradójicamente) en lo escondido. A través de su muerte, vence a la muerte. En el fracaso y el desprecio se revela como Hijo de Dios (Mc 15,40), que muere rezando un salmo de abandono y confianza en medio del sufrimiento, el salmo 21, que, según la costumbre de entonces, Marcos cita con sus primeras palabras: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Más aún (como ha señalado Secundino Castro en su obra "El sorprendente Jesús de Marcos"): las palabras que los presentes oyen, y que confunden con una invocación a Elías, serían las del versículo 11: Elí atha: "(desde el vientre materno) tú eres mi Dios". La muerte de Jesús corona su vida entregada en la confianza al Padre y su proyecto de amor a los hombres.

Dejémonos interpelar por el relato de Marcos, para acercarnos, de su mano, al misterio de la Cruz y la Resurrección. 

En la cruz está la vida
  y el consuelo,
y ella sola es el camino
   para el cielo.

Después que se puso en cruz
   el Salvador,
en la cruz está la gloria,
   y el honor;
y en el padecer dolor,
   vida y consuelo,

y el camino más seguro
   para el cielo.

(Teresa de Jesús)


Lecturas de hoy (ewtn)

domingo, 21 de marzo de 2021

"Si el grano de trigo..." (Jn 12, 20-33)

 


El domingo presente y el capítulo del Evangelio que leemos, nos aproximan a la Pasión del Señor, a su sentido. Jesús ha de pasar por el rechazo de su pueblo y ser elevado en la cruz. El aparente fracaso de su misión, la entrega de su vida en pura fe al Padre, es el camino por el que, misteriosamente, ha de convertirse en autor de salvación eterna (Heb 5,9) que atrae a todos a la Vida, como anticipa la escena de los griegos buscando el encuentro con Él. 

Juan nos permite atisbar las dificultades que el propio Jesús siente ante este paso. Su alma agitada (Jn 12,27) nos lo descubre como hombre verdadero, que vive la obediencia como un aprendizaje, y sufre (Heb 5,7). Es Dios que anda por caminos humanos, experimenta nuestras incertidumbres, y nos abre el camino a una salvación que no ha consistido en evitar el sufrimiento, sino en alcanzar la Vida.

La vida entregada de Jesús se hace propuesta para todos nosotros, con la imagen del grano que cae y se entrega para dar fruto. Somos invitados a "relativizar" nuestra vida, ponerla en juego (Juan transcribe al griego palabras que Jesús dijo en arameo, una lengua antigua, que usa simplemente los términos "amar" y "aborrecer", no tiene matices como "relativizar", "posponer", "preferir"...). Hemos recibido gratuitamente la vida, y la vida encuentra sentido cuando estamos dispuestos a entregarla por amor. Como la semilla, que, si se queda en sí misma, simplemente caduca. Pero da fruto cuando, sepultada en la oscuridad de la tierra, se abre para germinar. 

"Pondré mi ley en su interior" (Jer 31, 33). Dios nos ofrece una Alianza nueva y definitiva, no escrita en tablas de piedra, sino en el corazón, en la vida que se va desarrollando paso a paso. Una Alianza ("Donde esté yo, allí estará mi servidor" Jn 12, 26) que, como en la semilla, implica un camino, que se va descubriendo poco a poco, de abrirnos, transformarnos, crecer... para dar fruto. 


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

sábado, 13 de marzo de 2021

"Tanto amó Dios al mundo" (Jn 3, 14-21)


La Torah refiere una extraña historia en el éxodo de los israelitas: atacados por una plaga de serpientes, Moisés hizo un estandarte con una serpiente de bronce, para que los que eran mordidos lo miraran, y así quedaran curados (Num 28, 8-9).

Cristo, elevado en la cruz, es nuestro estandarte.  

Ante un mundo que busca a toda costa el éxito, y fracasa, nosotros seguimos a Alguien que se atrevió a fracasar por amor.

Ante un mundo fascinado por el placer y por el poder, e impotente para detener el dolor que su propia injusticia provoca, levantamos a un crucificado, a Aquél que vino para servir y dar la vida por todos.

Ante un mundo que inútilmente intenta huir de la muerte o esconderla, nosotros miramos a alguien que asumió la muerte, para darnos la Vida.

Ante un mundo que tiende a cerrarse en el egoísmo y a rechazar a Dios, queremos abrir el corazón a quien, por amor al mundo, nos ha dado lo más querido, su propio Hijo.

El amor de Dios, manifestado en la entrega de Jesús, es nuestra bandera. La única capaz de reconciliar a la humanidad dividida en bandos, para construir un mundo de hermanos.

Es a Jesús a quien seguimos. Queremos vivir a su luz, acoger su amor, que se nos regala gratuitamente –por pura gracia estáis salvados (Ef 2, 5)-. Queremos responder con lealtad (realizar la verdad, Jn 3,21). 

Y a la vez, somos conscientes de que también hay sombras en nosotros. Estamos heridos: mordidos por la muerte, por la tristeza, por la soledad, por las miserias de nuestro mundo, porque somos de su misma barro: ambición, errores, idolatrías... Por eso miramos a Cristo, que ha cargado con todo eso, y que a través de su muerte, de su vida entregada por nosotros, abre un camino de liberación. Nos ponemos a la sombra de la cruz, a la luz del amor de Dios que se revela en ella. Con humildad, reconociendo nuestra realidad. Con confianza en su amor, que libera y renueva.

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sábado, 29 de agosto de 2020

"... que cargue con su cruz y me siga" (Mt 16, 21-27)

 


En un momento, la roca llamada a ser fundamento de la Iglesia  (Mt 16, 18), se convierte en piedra de tropiezo, en tentador. Pedro (¿y quién no?) quiere seguir a Jesús "a su manera", y compaginar la misión con el éxito. Jesús reacciona sin contemplaciones ante ese intento de manipularlo: "¡quítate de delante!" El discípulo no está para ir delante, marcando el camino, sino para seguir a Jesús, y dejarse enseñar.

El Evangelio del domingo pasado nos invitaba a preguntarnos quién es Jesús en nuestras vidas. El de hoy nos invita a preguntarnos sobre nuestra disposición para seguirlo: para dejarnos conducir por Dios, y no intentar traerlo a nuestros intereses. Para buscar al Dios de los bienes, y no los bienes de Dios. Para seguir a Jesús con realismo, asumiendo las dificultades del camino. 

La propuesta de Jesús exigente. También es portadora de esperanza: nuestras cruces (sufrimientos, dificultades, fracasos...), no las llevamos solos, sino acompañados y guiados por Él, que nos ayuda y nos enseña a integrarlas en un camino de crecimiento. Y lo que parece pérdida, llegará a descubrirse como parte de ese camino que nos llena de Vida (Flp 3, 7-10). No seguimos a Jesús para tener éxito. Lo seguimos porque con Él, podemos asumir los éxitos sin que nos dispersen (y desintegren), y los fracasos, sin que nos aplasten. Porque con Él, todo puede encontrar sentido, y encontramos la plenitud.

Tu mano apretada
        No pida yo nunca estar libre de peligros,
sino denuedo para afrontarlos.
No quiera yo que se apaguen mis dolores,
sino que sepa dominarlos mi corazón.
¡No sea yo tan cobarde, Señor,
que quiera tu misericordia en mi triunfo,
sino tu mano apretada en mi fracaso!
                R. Tagore

Alguien preguntó a la M. Teresa de Calcuta cómo podía tener éxito en su misión de aliviar el sufrimiento y combatir la soledad. Ella respondió: “no he sido llamada a tener éxito; he sido llamada a ser fiel”, a seguir adelante en el camino trazado en el evangelio.


Lecturas de hoy: https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

 


  El domingo pasado veíamos a Jesús acompañar a los discípulos de Emaús, y conducirlos de nuevo a la comunidad, iluminados por su presencia ...