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sábado, 4 de abril de 2026

“Ha resucitado y va delante de vosotros…” (Mt 28, 1-10; Jn 20, 1-9)

 

Cristo resucitado es nuestra esperanza, es fuente de Vida eterna y siempre Nueva para nosotros

Por Él, sabemos que, verdaderamente, estamos llamados a la vida para siempre. Y a una vida plena, porque Dios nos llama a participar de su vida a través de Jesús, su Hijo, que se ha hecho nuestro hermano y vence a la muerte.

Por eso, la Resurrección es el centro de nuestra fe. Y desde esta alegría somos llamados a escuchar cada palabra de Jesús, intuyendo que es palabra llena de Vida. Cristo resucitado, fuente de vida y alegría, es nuestra referencia, cada día y en cada momento.

El mensaje del ángel a las santas mujeres nos dice que Él va por delante de nosotros. Y nos envía a Galilea.

Galilea fue el lugar de la llamada, de la primera predicación de Jesús. Somos llamados a recordar nuestra vocación; a retomar nuestro camino de vida cristiana, sabiéndonos acompañados, precedidos, por la gracia de Jesús.  Y escuchar su palabra.

Galilea es el lugar de la vida cotidiana. Allí nos precede Jesús, y somos invitados a ir descubriendo los signos de su presencia, de su vida.

¡Feliz Pascua!


Lecturas de hoy

domingo, 22 de marzo de 2026

“Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 1-45)

 

Hoy, el Evangelio nos conduce a una confesión de fe fundamental, en medio de paradojas, como las que encontramos en nuestra vida.

Juan nos hace ver cómo Jesús es profundamente humano, y se estremece y llora ante la muerte de su amigo y el dolor inconsolable de María y las que lo acompañan. A la vez, hoy manifiesta la fuerza de Dios, capaz de resucitar a Lázaro. Dios se conmueve con nuestras tragedias. Y su compasión no es sólo sentimiento, sino poder que crea vida, la renueva.

Juan nos habla también de frustración, de desconcierto.  Lo que expresan, reiteradamente, Marta y María: “Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Nos queda la perplejidad por la demora de Jesús para socorrer a su hermano (y, aunque Jesús se hubiera puesto en camino inmediatamente, habría llegado dos días después del entierro de Lázaro). Podemos ver reflejado, en este episodio, nuestro desconcierto por ante tantas situaciones, ante tantas cosas que ocurren.

Marta y María exponen a Jesús sus sentimientos, abiertamente, confiadamente. Desde su  dolor y decepción, Marta se abre al diálogo con el Maestro. Y ese diálogo la conducirá a confesar a Jesús como resurrección y vida, como “el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. En ese diálogo, Jesús acompaña a Marta a vencer sus propias resistencias, a quitar la losa que cierra el sepulcro de Lázaro, para permitirle hacer su obra: dar nueva vida.

La carta a los Hebreos (2, 14-15) nos dice que “ Jesús participó de esa condición (nuestra carne y sangre, nuestra vida mortal), para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al Diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan la vida como esclavos”. Jesús ha venido a darnos vida, y para hacerlo Él mismo pasará por la muerte. Él trae la Resurrección y la Vida definitiva: una vida que anhelamos, y a la vez somos incapaces de definir y comprender (como un ciego de nacimiento no podría describir los colores, o un sordo imaginar la música). Una vida que recibiremos plenamente más allá de esta vida, y que también se va haciendo presente en esta vida, en la experiencia que podemos ir haciendo del “Espíritu que habita en vosotros” (Romanos, 8, 8-11), que es fuente de paz, de creatividad, de valor, de perdón… de vida que se renueva.

Este Evangelio, hoy, nos pregunta también por nuestra vida, que tal vez tiene también “espacios muertos”, sellados con losas, y frustraciones y desconciertos... Nos invita a entrar en diálogo con Jesús, que ofrece Vida, no sólo en el último día, sino también en el hoy de nuestra existencia.


En la primera lectura, escuchamos las palabras del profeta Ezequiel, ante un pueblo en el destierro, que se sentía a punto de desaparecer, después de haber perdido casi todo (la independencia y la libertad, la tierra patria, y el templo que era el medio que tenían para relacionarse con Dios):

"Yo mismo abriré vuestros sepulcros,
y os haré salir de vuestros sepulcros...
Y cuando abra vuestros sepulcros
y os saque de ellos, pueblo mío,
comprenderéis que soy el Señor.
Pondré mi espíritu en vosotros, y viviréis."

Son palabras que anuncian una obra de Dios: ese momento, que parecía de muerte (hasta ese momento, todos los pueblos antiguos, al ser desterrados, desaparecían como pueblo), va a ser el momento en que Israel se renueve, se afiance con una nueva identidad, y una nueva manera de comprender a Dios y de relacionarse con Él.


domingo, 2 de noviembre de 2025

“Yo soy la Resurrección y la Vida” (Jn 11, 25-26)

 

Recordamos hoy a nuestros difuntos, y oramos por ellos. Lo hacemos desde la fe en Cristo resucitado, que nos dice que hemos sido creados para la vida. Para llegar a compartir la vida de Dios.

El punto de partida de nuestra fe es el encuentro con el Resucitado. Es lo primero que María Magdalena y los apóstoles anunciaron. No se trata sólo de su palabra (testimonio refrendado con la entrega de sus vidas), sino, además, de la profunda transformación que el encuentro con Cristo resucitado realizó en ellos: aquellos hombres desanimados (Lc 24,21), incapaces de entender las enseñanzas de Jesús (Lc 18, 31), llenos de miedos (Lc 22,56-60), y de divisiones (Mt 20, 24), al encontrarse con Jesús resucitado, y reconocerlo, convertirse a Él, se transformaron en personas capaces de comprender, explicar y vivir la palabra de Jesús: llenos de valor (Hch 5,29), formando una comunidad que comparte lo que es y tiene (Hch 4, 32-36). En ellos se hace patente la fuerza del Espíritu Santo, que transforma su vida terrena, nos lleva a la vida eterna.

A lo largo de los siglos, esa fuerza y luz se sigue haciendo presente en los seguidores de Jesús. A veces de manera extraordinaria, como capacidad para llevar hasta los confines del mundo el Evangelio (como S. Francisco Javier) o la caridad hacia los necesitados (Teresa de Calcuta); como sabiduría capaz de iluminar la vida (s. Agustín, Sta. Teresa de Lisieux…)… O, de forma más humilde, en tantas personas que pasan por el mundo transmitiendo vida y amor. Todos esos testimonio de vida son signos de la Vida Nueva del Resucitado, y de la Vida eterna a la que somos llamados.

En el encuentro con el Resucitado, los discípulos comprenden, definitivamente, que Él es el Hijo de Dios. Y eso significa un misterio de solidaridad de Dios con la humanidad: el Hijo de Dios ha asumido nuestra realidad humana, ha compartido nuestra vida y nuestra muerte. Y lo hace para que nosotros podamos compartir su Vida, para siempre (Rom 6, 3-6)

Hablar de esa Vida (lo que llamamos el Cielo), que va más allá de la existencia que conocemos, no es fácil, porque está también más allá de nuestra capacidad de pensar. Sabemos, en todo caso, que en ella conservaremos nuestra personalidad, transfigurada (el Credo, al hablar de “la resurrección de la carne”, se refiere a eso: no esperamos una especie de “disolución en el Todo” como dicen algunas corrientes espirituales, sino una vida personal, transfigurada por Dios). Tal vez, la experiencia del amor es lo que mejor nos asoma, nos acerca a comprender lo que es esa Vida que esperamos. Jesús, que nos promete una vida más allá de nuestra capacidad biológica, nos manda amar: ir más allá de nosotros mismos, abriéndonos al otro. Y Dios, que nos llama a participar de su vida, es amor (1 Jn 4,8)

En este día, oramos confiadamente a Dios por nuestros difuntos, para que los introduzca en su vida. Para que, había que purificar algo en ellos para poder vivir en ese amor, lo haga. Aunque ya no los vemos físicamente, mantenemos con ellos el vínculo del amor, que ahora se expresa en la oración.


sábado, 19 de abril de 2025

“Ha resucitado. Recordad cómo os habló…” (Lc 24, 1-12)


Lucas, en el relato que escuchamos en la Vigilia, y Juan, en el que escuchamos el Domingo, recogen el desconcierto que provoca en los discípulos la noticia del sepulcro vacío. El sepulcro vacío y esa sorpresa atestiguan que la Resurrección aconteció realmente.

Y nos dice algo más: los discípulos han de vivir un proceso de “conversión”, para abrirse a algo que desborda su capacidad de comprender y que cambiará sus vidas definitivamente. El Resucitado es el mismo Jesús que les enseñaba en Galilea. Lucas subraya esa identidad, y a la vez señala que los discípulos no comprendían su anuncio de su muerte y resurrección. Porque, aunque es el mismo Jesús, su Resurrección no es la vuelta a la vida que tenía antes de morir. Es algo más grande, es una novedad que no cabe en palabras.

La Vida de Jesús Resucitado es vida que va más allá de la muerte, que ha asumido la muerte y el dolor, que tiene que ver con el perdón y la regeneración, con el amor misericordioso de Dios ofrecido a todos. Tiene que ver con lo que Jesús ha vivido y enseñado, que tiene una hondura mayor de la que percibían. Acoger al Resucitado significa ir entrando en esa hondura. Por eso, el primero en “ver y creer” será el discípulo amado (“el discípulo que Jesús quiere”): el que ha apoyado su cabeza en el pecho del Señor y lo ha seguido hasta la cruz…) será el primero en “ver y creer”. Y las primeras testigos de la Resurrección serán Magdalena y las mujeres que también estuvieron al pie de la cruz, madrugaron para ir en su busca, y recordaron sus palabras. Es una búsqueda movida por el amor (“buscaré al amor de mi alma” Ct 3, 2). Y una búsqueda como “ a tientas”, “cuando aún estaba oscuro”, hasta que Él mismo las ilumina: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado”.

Es todo un camino, un proceso, abrir el corazón a la Buena Noticia y la presencia de Jesús, el Viviente. De ello nos hablan las cartas a los Romanos (esta noche), y a los Colosenses (mañana), haciéndonos reflexionar sobre lo que significa el bautismo, que renovamos en esta noche: nos unimos a Cristo, para siempre. Entramos en un camino que significa “morir al hombre viejo” (el ser humano encerrado en su propio egoísmo y soberbia). “Para que, lo mismo que Cristo resucitó … así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rom 6,4). En consecuencia, “si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo”. (Col 3, 1) Las que Él nos enseña.

Lecturas de la Vigilia Pascual 

Lecturas del Domingo

domingo, 7 de abril de 2024

"Entró Jesús, se puso en medio y les dijo: "Paz a vosotros..." (Jn 20, 19-31)

 

En la liturgia, toda esta semana que hemos pasado es un eco del Domingo de Pascua. Y el Evangelio nos vuelve a situar en "el día primero de la semana". Ese día iluminado por la Resurrección de Jesús es para nosotros siempre el primero, la referencia de toda nuestra vida. 

Los discípulos ya han recibido la noticia de la Resurrección del Señor. Juan, con Pedro, "vio y creyó" (Jn 20,8); María Magdalena se encontró con el Resucitado y ha transmitido a los demás su palabra (Jn 20,11-18). Cuando Jesús aparece, lo reconocen sin las vacilaciones iniciales. Sin embargo, están encerrados en una sala con miedo. Han empezado a comprender y creer, pero su fe y su vida tienen límites y lastres. El Evangelio está narrando un camino de fe que puede ser también el nuestro. 

Nos habla de una experiencia con notas que contrastan: la paz, la alegría ... y las llagas de Jesús, que aparecen tres veces en el relato. Tomás, aquel discípulo decido y generoso que en un día difícil dijo "vayamos también nosotros y muramos con Él" (Jn 11, 16), necesita tocarlas para creer que es verdad la Resurrección. Parece que la impresión del sufrimiento del Crucificado le hace preguntarse si es el mismo que los demás afirman haber visto, resucitado. ¿Cómo puede ser eso, qué camino hay de la Cruz a la Resurrección? 

Y precisamente, Jesús se identifica mostrando esas llagas. Su paz no es la tranquilidad de quien está a salvo de conflictos. Su alegría ha conocido el dolor, no está "más acá" de la cruz, sino "más allá". Por eso, el Resucitado ofrece respuesta a cuantos experimentan el dolor, el fracaso y la muerte. Es más: sigue llevando en sus manos la señales de la Cruz en que se ha unido a todos los que sufren, los sigue teniendo presentes. Y ante Él, Tomás pronuncia la confesión más completa de todos los Evangelios: "Señor mío y Dios mío". 

En este Evangelio aparecen también, con fuerza, el envío y la comunión. Comunión con Él: nos envía como el Padre lo ha enviado, y con su mismo Espíritu. La misión no es la simple realización de una tarea encargada. Es comunión con Jesús. Está llamada a dejarse impulsar por su Espíritu (y por su estilo, sus palabras y obras) y a hundir sus raíces en la misma experiencia de amor que Jesús tiene del Padre. 

Comunión que crea comunidad, y de alguna manera se hace "palpable" en la comunidad. Jesús se hace presente en medio de los discípulos reunidos en su nombre. Y es ahí, en comunidad, donde Tomás lo encuentra. La experiencia de Dios, de Jesús es personal, y a la vez comunitaria (es singular, pero no individual). Y los Hechos de los Apóstoles nos muestran una de las consecuencias de ese encuentro de Jesús Resucitado con sus discípulos, de esa transmisión del Espíritu y ese envío: la comunidad que comparte vida y da testimonio de El. Una comunidad que, con todas sus pobrezas y limitaciones (Los Hechos de los Apóstoles irán contando las dificultades y discusiones de aquellos primeros cristianos) es lugar de encuentro con Jesús y continúa su obra. 

El Evangelio nos habla de Jesús que se hace presente en el primer día de la semana (el Domingo), en ese encuentro semanal de los discípulos. Se hace presente en la Eucaristía que celebramos, para transmitirnos su Paz y su Alegría, para invitarnos a acercarnos a Él (y "poner el dedo en la llaga", hablar con Él de nuestras dificultades, nuestros miedos, nuestras puertas cerradas), para comunicarnos su Espíritu y enviarnos.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

sábado, 30 de marzo de 2024

"Ha resucitado y va delante de vosotros a Galilea" (Mc 16, 7; Jn 20, 1-9)


 Los relatos evangélicos de la Resurrección hablan de algo que trasciende los conceptos y las categorías de nuestro pensamiento: de algo que no cabe en palabras. Por eso, como el lenguaje de los místicos, recurren a símbolos, a imágenes que nos invitan a ponernos en camino, como a Pedro y Juan, hacia la experiencia de la Resurrección y la fe. 

Un elemento que todos transmiten es la dificultad de aquellas discípulas y discípulos (los primeros testigos son las mujeres que acompañaron a Jesús en la cruz. Y esto es significativo), la dificultad para creer y comprender. En todos ellos hay un desconcierto, como en Magdalena, un primer momento en que lo que están descubriendo sobrepasa su capacidad de entender, un momento de vacilación. Y un camino.

Un camino que se emprende madrugando, y en oscuridad. Una oscuridad que aludíamos al celebrar la Vigilia Pascual en la noche. Una oscuridad como la que envolvía al mundo al principio del Primer día de la Creación. Y es que con la Resurrección de Jesús comienza una Nueva Creación. Nueva Creación que empieza en los creyentes: de hecho, y aunque todos los evangelios  hablan del sepulcro vacío, el signo más claro de la Resurrección, para el mundo, fue y sigue siendo la renovación de los que se encuentran con Él: la vida que los llena, y que se manifiesta como alegría, capacidad de compartir, audacia y liberación de temores, capacidad de comprender la palabra de Jesús y vivirla... los dones del Espíritu. Desde nuestro corazón y nuestra vida, Dios quiere ir, pacientemente, renovando la sociedad y el mundo entero. 

Un camino personal. El primer anuncio ha sido "un no sé qué que quedan balbuciendo" (como cantaba Juan de la Cruz). Magdalena anuncia apenas que Jesús no está en el sepulcro, sin saber dar razón. Movidos por la inquietud, Pedro y el discípulo amado se ponen en marcha, como antes lo había hecho ella. Juan nos deja ahí el detalle de que el discípulo que Jesús ama es el más rápido, y también una nota con sabor a comunidad: aunque llega antes, entra con Pedro. Tal vez eso es determinante para alcanzar a comprender los signos (los lienzos "vacíos" porque el cuerpo de Jesús no ha sido llevado, sino que los ha dejado; el sudario, signo de muerte, aparte), y creer. El encuentro con el Resucitado es un camino de conversión (dejar atrás prejuicios y ataduras, volvernos hacia Jesús, abrirnos a su Espíritu), personal y a la vez hecho en comunidad.

Un "camino a Galilea". El Evangelio de la Vigilia, de Marcos, nos envía allí, recordando las palabras de Jesús, en la Última Cena, cuando anunciaba también la dispersión y escándalo de los discípulos ante el arresto y la cruz del Maestro. Galilea es el lugar donde comenzó Jesús su predicación, como hoy recuerda Pedro en los Hechos de los Apóstoles; el lugar donde llamó a los discípulos, donde comenzó su misión, "haciendo el bien y curando a los oprimidos". Es también el lugar de la vida cotidiana, donde tenían su trabajo y sus familias. 

Y es que, aunque este Domingo se nos ha convertido en "el final de la Semana Santa", es el Primer Día. Aquí comienza todo. Es como el "kilómetro cero", el punto de referencia de toda nuestra vida. Somos invitados a recomenzar nuestro seguimiento, a encontrarlo, vivo, en nuestra vida cotidiana. A descubrir con Él "los bienes de allá arriba" (los que Él puso encima, con sus actitudes y sus palabras, distintos a los del mundo). A una Vida Nueva que, de momento, tal vez no resplandece enseguida, porque "está escondida con Cristo en Dios"(Col 3, 1-4), pero va germinando, como una primavera del Espíritu, en el corazón del discípulo. 

¡Feliz Pascua!


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

martes, 15 de agosto de 2023

"Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador" (Lc 1, 39-56)


Hoy, María nos invita a alegrarnos con ella. Celebramos que ella ha sido asumida (por eso hablamos de Asunción), alcanzada totalmente (en cuerpo y alma) por la Resurrección de Cristo. Participa plenamente de su vida. También del amor de Dios por toda la humanidad. Por eso, contemplarla en los cielos es, precisamente, saberla cercana a nuestras preocupaciones cotidianas, a la vida de cada uno de nosotros, transmitiéndonos ese amor materno de Dios que abre caminos en cada situación.  

María nos precede, nos muestra el futuro que Dios nos ofrece a cada uno: llegar participar también, en plenitud, de la vida de Dios. También nosotros estamos llamados a ser asumidos por la Resurrección de Cristo. Ser asumidos, porque la iniciativa es suya (por Cristo, como hoy nos dice S. Pablo, todos volverán a la vida), y eso significa también que se hará a su modo, ese modo que Jesús va enseñándonos en el Evangelio. Y entrar en esa vida nueva en cuerpo y alma, con todo lo que somos, con nuestra personalidad y nuestra historia: realidad que va siendo purificada y renovada por el amor de Dios, que nos re-crea, y también con nuestra colaboración (ese colaborar con Dios que vamos también aprendiendo, porque esta renovación es obra de libertad).

El poderoso ha hecho obras grandes por cada uno de nosotros. En el Evangelio, María celebra, canta la obra salvadora de Dios en su pueblo, en todos los que, con sencillez, se abren a su misericordia, que llega a sus fieles, de generación en generación. Hoy es un buen día para cantar con ella. Este día de fiesta, como un alto en el camino, nos recuerda hacia dónde vamos, y nos invita a celebrar esa vida que va creciendo en nosotros, ese obrar de Dios en tu vida. 

 

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 16 de abril de 2023

"Paz a vosotros... Os envío" (Jn 20, 19-31)

 

El encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos que narra Juan tiene muchos detalles, muchos elementos implícitos para contemplar. Apunto sólo algunos. 

Jesús se hace presente en medio de una comunidad que ya ha recibido el anuncio de la Resurrección (a través del testimonio de María Magdalena. Y de su propia visita al sepulcro vacío, donde el discípulo amado "vio y creyó", Jn 20,8) pero se encuentra "con las puertas cerradas por miedo". Una vez más, Juan nos está dando a entender cómo el encuentro de los discípulos con el Resucitado no fue un "flash" que cambió todo como por arte de magia, sino un proceso, un camino en que los amigos de Jesús recorrieron con dificultades (y el Evangelio nos habla de comprender, caer en la cuenta, reconocer...) y, en el que experimentaron la fuerza transformadora del Señor. Y su gozo: "los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor". 

Junto a la alegría, la Paz, que es saludo, repetido tres veces, del Señor. Es la paz del Resucitado, que lleva las señales de su paso por la cruz y la muerte. Es la paz de quien ha afrontado el conflicto, de quien conoce en propia carne, el sufrimiento de la humanidad (de toda la humanidad), y la muerte; de quien ha cargado con nuestra injusticia, mentiras, violencia (todo eso que se hizo presente en su condena a muerte...). Es la Paz de quien, asumiendo todo esto, abre un camino nuevo de vida. Es la victoria de Dios, que no se impone por la fuerza, sino que encuentra otro modo de brotar. Es una Paz que tiene que ver con la Misericordia de Dios, que celebramos también en este domingo. Y con el envío de los discípulos, a quienes Jesús confía una misión de reconciliación, de perdón de los pecados.

El Evangelio habla también de la comunidad, que es lugar de encuentro con Jesús. Por eso Tomas, que "no estaba con ellos", es incapaz de creer. Y por eso también Tomás, que a pesar de sus dudas (ese querer que Dios se manifieste a la medida de sus condiciones) permanece en la comunidad, llega a encontrarse con Jesús. Un encuentro verdadero, en el que Tomás comprende, confiesa lo que no podría haber "palpado": la divinidad y el señorío de Cristo.  

"Muchos otros signos" hizo y sigue haciendo Jesús. Como aquella primera comunidad, nosotros tenemos una fe incipiente, con miedos y puertas cerradas . No encontramos, por ejemplo, la "puerta" para entrar en el corazón de nuestra cultura y anunciar, de forma que nos comprendan, lo que ofrece Cristo Resucitado. Pero Jesús se hace presente, para comunicarnos su paz y su gozo. Somos invitados a "creer sin ver", a ponernos en camino, aun no sin tenerlo "todo claro", sin tener encajadas todas las piezas de nuestro puzle.  Estamos en camino de experimentar el encuentro con Jesús resucitado y la Vida que nos ofrece. Y Él nos envía. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

sábado, 8 de abril de 2023

"Ha resucitado de entre los muertos, y va delante de vosotros a Galilea" (Mt 28,7)

 

Hoy celebramos la fiesta más importante. Cristo resucitado es el centro y la fuente de nuestra fe. Su victoria sobre la muerte y el mal son el fundamento de nuestra esperanza. Su presencia  es la que congrega la Iglesia. Su fuerza, la fuerza del Espíritu, es la que impulsa nuestras vidas. 

Hablar de la Resurrección de Cristo es hablar de un acontecimiento que está en el centro de la historia, y a la vez va más allá de cuanto se puede narrar. Los evangelistas usan un lenguaje simbólico para hablar de la experiencia de encuentro con Cristo que vivieron los discípulos, una experiencia difícil de poner en palabras, de reducir a los esquemas de nuestro pensamiento, a la vez que una experiencia profundamente real, que, de hecho, transformó totalmente sus vidas, ahora contagiadas de esa luz, fuerza y vida nueva del Resucitado. 

Se nos irá hablando, así, de búsqueda, de encuentros, de dificultad para reconocer... El encuentro con el Resucitado es también, para los discípulos, una experiencia de conversión: ahora es cuando cambian su forma de enfocar la vida, su escala de valores y sus actitudes, toda su vida se recompone desde el encuentro con Jesús. Y eso implica un proceso de comprender, abrir los ojos, hacer camino... La resurrección se presenta como acontecimiento luminoso como un relámpago, con fuerza para transformar la vida... pero a la vez, y como todo lo de Dios, como algo que se ofrece, no se impone; y que, por tanto, en nosotros significa dar pasos, hacer proceso. 

El anuncio del ángel  que escuchábamos ayer en la Vigilia, envía a los discípulos a Galilea ("ha resucitado de entre los muertos, y va delante de vosotros a Galilea"). Y sobre ello vuelve el mismo Jesús, que sale a su encuentro: "Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán". Esa Galilea es el lugar de la vida cotidiana. También, el lugar de la primera predicación de Jesús, donde (en palabras de Pedro, Hch 10,37) comenzó todo. Ahí se nos envía, para encontrarnos con El. El va delante de nosotros: delante de nuestros esfuerzos, de nuestras iniciativas, de nuestro construir comunidad, de nuestras búsquedas. Abriéndonos camino. Sigámosle, para encontrarnos con El.

 


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

domingo, 26 de marzo de 2023

"Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11, 3-45)

 

Juan, en su Evangelio, presenta siete signos que van desvelando quién es Jesús y qué significa su Buena Nueva. La resurrección de Lázaro es el último, y enlaza con la Pascua, la propia muerte y resurrección de Jesús. 

Juan nos acerca a un Jesús profundamente humano, que se estremece y llora ante la muerte de su amigo y el dolor inconsolable de María y las que lo acompañan. A la vez, Jesús manifiesta que es el Hijo de Dios, capaz de de resucitar a Lázaro. Un Dios que se conmueve con nuestras tragedias. Una compasión que no es sólo sentimiento, sino poder que re-crea la vida.

Repetidamente aparece también la frustración, la decepción de Marta y María: "Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano". Nos queda perplejidad por la demora de Jesús en llegar a Betania (y  si Jesús se hubiera puesto en camino inmediatamente, también habría llegado dos días después del entierro de Lázaro). Una perplejidad en la que se pueden reflejar muchas de nuestras desilusiones, decepciones, esperanzas no realizadas. Marta y María la exponen ante Jesús, abiertamente. Confiadamente. Con esa confianza en Jesús, en medio del dolor y la decepción, Marta se abre al diálogo con el Maestro. Un diálogo que la conduce a confesar a Jesús como resurrección y vida (aunque ella aún no es consciente de todo el alcance de lo que está diciendo) y como "el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo". Un diálogo que la lleva a vencer las propias resistencias y atreverse a quitar la losa que cubre el sepulcro de Lázaro. 

La liturgia, nos invita a leer este Evangelio desde la palabra que el profeta Ezequiel, en el siglo VI a.C., decía a un pueblo desterrado, que lo había perdido todo (la independencia y libertad, la tierra, el templo y el modo mismo que tenían de relacionarse con Dios), y se sentía acabado: 

"Yo mismo abriré vuestros sepulcros,
y os haré salir de vuestros sepulcros...
Y cuando abra vuestros sepulcros
y os saque de ellos, pueblo mío,
comprenderéis que soy el Señor.
Pondré mi espíritu en vosotros, y viviréis."

Son palabra para nosotros. Dios renovó la vida de aquel pueblo exiliado. Jesús resucitó a Lázaro. Y esa misma acción salvadora se nos ofrece a nosotros. Tiene que ver con aquellas áreas o dimensiones de nuestra persona donde falta vida; con los desencantos, desconfianzas y tristezas en que hemos caído o nos hemos encerrado.

Una acción salvadora que alcanza nuestra vida presente, porque la Resurrección que Marta esperaba para el último día, es Jesús, que está ya presente, para renovar la vida. Y a la vez, apunta siempre más allá. La vuelta de Lázaro a la vida manifiesta que ni la muerte puede separarnos de Cristo, de su amor salvador: "el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre". La vuelta a la vida de Lázaro es signo de una Resurrección cuyo alcance va más allá de lo que podemos comprender. Nuestra razón es limitada, y comprender lo que es la Vida Nueva de Jesús es para nosotros tan difícil como puede ser, para un ciego de nacimiento, pensar lo que son los colores; o para un sordo, comprender lo que es la música. De la mano de Jesús, de la mano de su Espíritu, que es amor, somos conducidos a esa Vida. 

Una Vida que está enraizada en la entrega de Cristo. En el relato aparece también la conciencia del peligro que tiene ir a Judea (y el valor de Tomás, que, aun sin entender bien lo que hay, quiere seguir al Maestro). Éste será, de hecho, el viaje último de Jesús, y la resurrección de Lázaro será la que lleve a las autoridades a decidir su muerte. Él ha venido para darnos vida. Para darnos la vida. Su muerte manifestará la radicalidad de su entrega. Su Resurrección, la radicalidad de su victoria sobre toda muerte.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


domingo, 6 de noviembre de 2022

"No es Dios de muertos, sino de vivos" (Lc 20, 27-38)

 

En este tiempo de otoño (en una época, por estas fechas tenía lugar el final del año), y en este fin del año litúrgico, la liturgia nos invita a pensar en "preguntas últimas". Hoy, el Evangelio nos habla de la Resurrección.

Los saduceos, uno de los grupos influyentes en tiempo de Jesús, leían y comprendían la Escritura de manera bastante restringida, y negaban la Resurrección. Se presentan ante Jesús con una argumentación que pretende ser ingeniosa, porque intenta mostrar la Resurrección como algo absurdo, proponiendo un caso que se basaría en la misma Escritura, pues la propia Ley mandaba que si moría un hombre casado sin hijos, el hermano se casara con la viuda para ampararla y dar descendencia a su hermano. Pero están proyectando sobre aquello que está "más allá", todos sus estereotipos de "más acá". Entre ellos, por cierto, la visión de la esposa como "posesión" del marido (y frente a ello, Jesús también alude a unas relaciones nuevas, en libertad: "no serán dadas en matrimonio... son como ángeles y son hijos de Dios").

Jesús no se deja enredar. Por el contrario, hace ver que la Resurrección y la vida de los resucitados está más allá de nuestras categorías de pensamiento y de comprensión de la realidad, hechas "a medida" de este mundo. Y subraya el aspecto de relación con Dios: es Él quien nos resucita, y quienes son resucitados ("hijos de la resurrección", en lenguaje hebreo) son hijos suyos. Así como Abraham, Moisés y Jacob están vivos "para Él" y por Él. En otro lugar, San Pablo habla también de ese "para Él", refiriéndose ya al propio Jesús (Rom 8, 8 y 2 Cor 5, 15): "los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos". Lo que sabemos de la Resurrección es que es una vida recibida de Dios, vinculada a Cristo, un vivir "ante Él", en su presencia. 

Una Vida nueva en la que ya somos invitados a ir entrando, dentro de las limitaciones y lo fragmentario de nuestra vida actual. A ello se refieren el "consuelo eterno" y la "esperanza dichosa" "el amor de Dios y la paciencia en Cristo" que son "fuerza para toda clase de palabras y obras buenas" de que habla la IIª carta a los Tesalonicenses (2 Ts 2,16-3,5).

Dios es Dios de vivos. Nos invita a vivir en una plenitud que vamos descubriendo desde Él. A despertar (¿qué meadormece? ¿a qué puedo ir abriendo hoy los ojos y el corazón?) para saciarnos de su semblante (Salmo 16, 15)


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


martes, 1 de noviembre de 2022

¡Bienaventurados! (Mt 5, 1-12)


Las celebraciones de Halloween, en estos días, tienen una curiosa mezcla de diversión y tristeza. Por un lado, expresan esa maravillosa capacidad lúdica del ser humano. Maravillosa, porque ese humor que convierte todo en objeto de fiesta, es también una expresión de una esperanza escondida en lo más hondo de nuestro corazón, una capacidad de mirar las cosas de otra manera, de encontrar siempre una salida. Por otro lado, reflejan la oscuridad de la mirada pagana, que más allá de esta vida sólo ve sombras tenebrosas, amenaza, horror. 

Son notorias las dificultades de nuestra cultura para integrar la muerte en su comprensión de la vida. Se rehúye, se esconde... y precisamente, esa dificultad para asumir nuestra fragilidad, nuestro ser mortales, incapacita para comprender sanamente la vida, para vivirla cuando se encuentra con el sufrimiento o las dificultades. 

Las celebraciones cristianas de estos días, con su sobriedad, nos ofrecen otra forma de mirar, serena y esperanzada. Y que conecta con nuestra experiencia. El amor de las personas con las que hemos compartido vida, no muere. Ese amor es como una ventana que nos abre a otra dimensión. Sabemos que hay "algo más" que la biología y sus limitaciones, porque vivimos relaciones en las que hay mucho más que un simple juego de necesidades e intereses.

La fe cristiana en la vida eterna es una consecuencia de la fe en Cristo Resucitado, de la fe en el Espíritu Santo (por eso, en el Credo, hablamos de la vida eterna al hablar del Espíritu). El Espíritu que hace a las personas capaces de perdonar y superar cualquier mal y cualquier herida con el bien; el Espíritu que despliega su capacidad creadora en personas que han realizado obras sobrehumanas, como Teresa de Calcuta o Francisco Javier; el Espíritu que hace a las personas capaces de superar sus limitaciones, a veces de manera asombrosa, y todos los días, de manera más humilde y sencilla. Ese Espíritu de Jesús Resucitado nos hace saber que nuestra vida no se limita a lo que da de sí nuestra biología. Que hemos sido creados por amor, y para la vida, por Dios que es Padre, y que Él quiere compartir su Vida con nosotros. Que, por tanto, aquellas personas que han dejado este mundo que conocemos, están en sus manos, participando ya de esa Vida. 

Saber eso, por cierto, nos hace capaces de descubrir otra forma de vivir, con metas diferentes de las que plantea nuestra cultura. Caminos para aventurar bien la vida, como Jesús. Caminos que pasan por el compartir, la misericordia, la entrega, la búsqueda de la justicia y la construcción de la paz... Caminos que hacen posible la paz del corazón aun en el encuentro con el sufrimiento, y la libertad incluso en situaciones de persecución. Las bienaventuranzas nos invitan a explorar otra manera de felicidad y de vida, siguiendo a Jesús, que es quien mejor las encarna.

Mañana recordaremos a nuestros difuntos, con esperanza en el Dios de la Vida. Hoy celebramos la santidad de muchos de ellos: algunos famosos por sus obras; otros muchos escondidos, pero bien conocidos por Dios; personas que no fueron perfectas, pero vivieron en el amor y pasaron, como Jesús, haciendo el bien. Algunos textos litúrgicos hablan de los santos como "corona de Cristo". Y es que fueron cauces del amor de Dios para muchos. Y ese amor que vivieron, ese bien que hicieron, es la gloria de Dios.   

Todos los que militáis
debajo de esta bandera,
ya no durmáis, no durmáis
pues que no hay paz en la tierra.

(...)

¡No haya ningún cobarde!
¡Aventuremos la vida!

Pues Jesús es nuestra guía,
y el premio de aquesta guerra.
Ya no durmáis, no durmáis,
porque no hay paz en la tierra.

(Sta. Teresa de Jesús)



domingo, 14 de agosto de 2022

"El Poderoso ha hecho obras grandes por mí" (Lc 1, 39-56)


 En medio del verano, tiempo de plenitud (días de cosecha, con lo que eso significaba para una sociedad que, hasta hace menos de un siglo, vivía al ritmo de la naturaleza y las labores del campo) celebramos la fiesta de la Asunción de María. Una verdad de fe afirmada como dogma en 1950, y asentada desde antiguo en la conciencia del pueblo creyente.

Esta fiesta nos invita a la alegría, a la esperanza, a una mirar el mundo y la vida y descubrirlos llenos de la luz de Dios. Contemplamos a María participando plenamente, en cuerpo y alma, de la Resurrección de Cristo. Ella, nuestra madre, llena de felicidad porque ha vivido llena de fe (Lc 1,45), va delante de nosotros, y nos muestra hacia dónde se dirige nuestra vida. Como dice San Pablo, "Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos"  (1 Cor 15,20). Unidos a Él por el bautismo, unidos a Él como seguidores y amigos suyos, participaremos de esa plenitud de vida que nuestras palabras no alcanzan a describir. 

María nos muestra cuál es el destino que Dios nos ofrece, y también nos muestra cómo encaminarnos a Él, cómo abrir nuestro vivir para recibir esa plenitud, para dejarnos iluminar, ya desde ahora, por ella. En el Evangelio de la vigilia (Lc 11, 27-28), el propio Jesús tomaba una alabanza hacia su madre ("dichoso el vientre que te llevó...") y la reorientaba hacia la raíz de la bienaventuranza de María, que está también a nuestro alcance: "mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen". Hoy, Isabel nos invita a la fe y a la confianza que llena de gozo a María: "Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". Y María nos invita a descubrir la grandeza de Dios, que se manifiesta en cada persona ("de generación en generación"), y especialmente en los que se abren a Él, desde la humildad ("enaltece a los humildes") y la fe ("en favor de Abraham y su descendencia"). Si lo pensamos un poco (hoy se nos invita a ello), también podremos descubrir que Dios hace obras grandes en nuestra vida. Y alegrarnos. 


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

sábado, 23 de abril de 2022

"Para que tengáis vida en su nombre" (Jn 20, 19-31)


 Los relatos evangélicos del encuentro con el Resucitado intentan describir algo que no cabe en palabras, que desborda nuestros conceptos; algo que es profundamente real y, a la vez, abre toda nuestra realidad a otra dimensión. Están, por ello, llenos de detalles simbólicos, de pistas para nuevas lecturas. Son puentes que nos acercan al encuentro con Cristo Resucitado. 

Un encuentro que se realiza en la fe. La historia de Tomás nos conduce a una bienaventuranza: "Dichosos los que crean sin haber visto". Tomás también confiesa lo que está más allá de lo visible: el señorío y la divinidad de Jesús. No se cuenta si llegó a tocar las llagas de Jesús, como antes exigía. Más bien parece que el encuentro con Él lo sorprende de tal modo que le hace olvidar aquellas exigencias. 

Este relato nos invita a preguntarnos sobre las condiciones que ponemos para "ver" al Señor, para reconocer su presencia en nuestras vidas. Tal vez Él se está haciendo presente y nos invita a descubrirle donde no esperábamos, o de la manera que no pensábamos. 

Nos habla también de la comunidad. Tomás se encuentra con Jesús porque, a pesar de sus dudas, permanece con los demás discípulos que, cada ocho días, se están encontrando, a la hora de la Cena, con el Señor, el que se deja reconocer "en la fracción del pan" (Lc 24, 35). La Eucaristía dominical es encuentro con Cristo resucitado, que se hace misteriosamente presente.

Nos habla de paz y reconciliación, unas realidades tan necesarias hoy. Jesús repite por tres veces el saludo "Paz a vosotros", y su palabra llena de alegría el corazón. Por otra parte, se identifica mostrando las marcas de la Pasión, que lo siguen uniendo a tantos llagados y crucificados que hay en el mundo. Y, con el Espíritu, entrega a la comunidad una misión de reconciliación, de perdón. 

Y nos invita a mirar más allá de lo escrito. Los últimos versículos del texto, son un primer final del Evangelio de Juan. Nos recuerda que se ha escrito, no meramente para informarnos, sino para que en Cristo encontremos vida. Y nos advierte que Jesús hizo "muchos otros signos" que no están escritos. En el segundo final (Jn 21, 25) insiste en que "si se escribieran uno por uno, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros". Es que Jesús sigue vivo, obrando en sus discípulos. El relato de Hch 5, 12-16 nos invita a descubrir su presencia en la primera comunidad cristiana, que participa de la capacidad sanadora de Jesús ("el que cree en mí hará también las obras que yo hago" Jn, 14, 12), derramando su misericordia como lluvia de vida. 

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)



 

sábado, 16 de abril de 2022

"Que Él había de resucitar de entre los muertos" (Jn 20, 1-9)

La Resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fe, de toda vida cristiana. Es desde ella desde contemplamos la muerte de Jesús en la cruz y la Última Cena. De otro modo, esos acontecimientos serían admirables, conmovedores... pero no traerían salvación, no cambiarían las cosas. Si Cristo hubiera terminado definitivamente en la cruz, habrían conseguido su objetivo quienes lo mataron y los motivos y medios que usaron (el odio, la manipulación, la injusticia, las divisiones y enfrentamientos). 

La Resurrección lo cambia todo. Es un cambio tan radical que a los discípulos les cuesta asimilarlo. Los relatos evangélicos transmiten esta dificultad que tienen los discípulos para descubrir el sepulcro vacío como señal de la Resurrección, para comprender y acoger el anuncio de los ángeles, y el testimonio de las primeras testigos, e incluso para reconocer a Jesús, aunque lo tengan ante su vista. Esta dificultad, por una parte, prueba la verdad de su experiencia. El anuncio de la Resurrección no es la invención de unos discípulos entusiasmados o exaltados. Es el testimonio de unas mujeres y hombres que vivieron un encuentro inesperado, desconcertante, que a ellos mismos les costó asumir. 

El Evangelio, entre líneas, nos habla de un proceso de conversión, en ese ir y venir al sepulcro, como también en esa conversación entre aquellos dos discípulos que estaban "de vuelta de todo", camino de Emaús. Un ir abriéndose a comprender, que pasa por creer (y el discípulo que Jesús quiere avanza más rápido, aunque espera a Pedro, y es el que ve y cree). Jesús resucitado se les hace presente de forma sorprendente, y a la vez respeta su libertad, no se impone. De hecho, Mateo nos informa de que algunos de los más cercanos a los hechos (los guardias del sepulcro, y los sumos sacerdotes), prefirieron negarlo. En ese proceso de encuentro con el Resucitado, los discípulos no sólo acogen la noticia de que Él ha resucitado, sino que van, ellos mismos, creciendo, transformándose. Cristo resucitado les transmite su Espíritu, que va sanando sus miedos e incapacidades, desarrollando su corazón y su mente, haciéndoles capaces de "sintonizar" con Jesús. Son los mismos discípulos que antes seguían a Jesús sin comprenderlo, sin asumir sus propuestas (y algunas de esas dificultades seguirán apuntando después, porque esto es un proceso de toda la vida, no un cambio "mágico"), pero ahora entienden la palabra y la vida de Jesús, van asimilando sus actitudes, participan de su amor, de su valor, de su paz, son capaces de obrar como Él. 

Iniciamos el tiempo de Pascua, más amplio aún de lo que ha sido la Cuaresma, para celebrar la Resurrección y para ir abriéndonos a ella: comprender lo que significa para nosotros ("buscad los bienes de allá arriba, dice San Pablo. Que no es evadirse de la realidad, sino vivirla con la perspectiva de Dios: y así en otros textos hablará de actitudes cotidianas de compasión, comprensión mutua..."). Abrirnos al Espíritu Santo, para que nos vaya introduciendo, como a aquellos primeros discípulos, en la Vida Nueva de Jesús Resucitado. 

 

Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

lunes, 1 de noviembre de 2021

Bienaventurados. Luz y esperanza (Mt 5, 1-12)

 


Alguien dijo que el paganismo es brillante por fuera y triste por dentro, mientras el cristianismo es sobrio pero lleno de esperanza y vida. Las celebraciones de estos días lo ilustran.

La fiesta de Halloween parece tener su origen en creencias y prácticas célticas en torno al fin de año, que se situaba por estas fechas. Según aquella mentalidad, en ese recomienzo del ciclo del tiempo y del orden del mundo, se abría, momentáneamente, una especie de "brecha" que permitía a los muertos visitar el mundo de los vivos. Parece que los disfraces y otras prácticas (truco o trato...) pretendían, sobre todo, evitar que esos visitantes causaran daño a los vivos. Y como los hombres sabemos (afortunadamente) hacer fiesta con todo, aquello dio lugar a las fiestas y juegos que hoy vemos y podemos disfrutar. 

Aparte del aspecto lúdico y divertido que esto tiene, llama la atención la visión que todo este "imaginario" transmite de la muerte y lo que está más allá: es la visón de un mundo tenebroso, despiadado, monstruoso, destructor. Eso puede enlazar con nuestros miedos más primarios. Pero no se corresponde con la experiencia que tenemos de aquellos seres queridos que ya fallecieron. Su recuerdo no es para nosotros fuente de miedo, sino que tiene el aroma (teñido de nostalgia) del cariño, de la bondad que nos transmitieron. 

Ese recuerdo amable, que con frecuencia es incluso intuición de una presencia velada, se corresponde con la fe que Jesús nos ha transmitido: el Padre nos ha creado para la vida, para siempre. Y la muerte es paso a esa vida. Un tránsito doloroso, porque es despedida, y porque pasa por un despojamiento de fuerzas y capacidades. Pero un paso que nos lleva a las manos misericordiosas del Padre. a participar en la Resurrección de Cristo. Nuestras celebraciones en torno a los difuntos suelen ser sobrias, quizás poco atractivas, pero llevan dentro la luz de la esperanza, una luz que sana las heridas de las despedidas, y que ayuda a vivir. 

Una luz que encontramos ya en la vida de muchos de aquéllos que nos han precedido, en unos casos de forma más escondida, y en otros, de forma resplandeciente. (Yo recuerdo, por ejemplo, a los misioneros que, tras las terribles experiencias de la guerra de Rwanda, volvieron para atender a los refugiados de esa misma guerra. Es inolvidable la impresión de palpar una bondad y paz sobrehumanas, encarnadas en personas sencillas, frágiles como los demás). La bondad, la paz, la alegría que muchas personas han transmitido, son señal de esa Vida Nueva  y eterna que el Espíritu Santo infunde ya en esta existencia. Al celebrar a todos los Santos -los famosos y los anónimos- celebramos la acción del Espíritu Santo, llena de creatividad, que ha impulsado a tantas personas a la plenitud, ha hecho de sus vidas una buena aventura, una existencia Bienaventurada, desbordante, transmisora de vida, y que es anticipo y señal de esa misma vida eterna en que esperamos. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

sábado, 14 de agosto de 2021

"Dichosa tú, que has creído" (Lc 1, 39-56)


Este Domingo, celebramos la fiesta de la Asunción de la Virgen María. Una fiesta en la que, una vez más, el pueblo cristiano expresa su admiración y amor a la Virgen, y que, a la vez, nos devuelve una mirada de esperanza sobre nuestra realidad y vocación como personas. 

En la Asunción afirmamos que María participa plenamente, "en cuerpo y alma", de la Resurrección del Señor Jesús. Al contemplar así a María, nuestra madre y hermana, estamos hablando también del destino que Dios nos tiene reservado, del futuro definitivo que nos ofrece. Estamos llamados a la Resurrección, y a participar en ella con todo nuestro ser. A la vez, esta afirmación nos sobrepasa: intuimos apenas una plenitud de vida que desborda lo que somos capaces de pensar e imaginar. 

Esta fiesta es una llamada a la esperanza. Cabe recordar que Pío XII definió como dogma esta convicción del pueblo cristiano en un momento especialmente sombrío, cinco años después de  la II Guerra Mundial, y en los comienzos de la Guerra Fría). 

Y de esperanza nos hablan las lecturas de hoy: de la Resurrección a la que estamos todos llamados; de las obras grandes que el Señor realiza en cada generación (Lc 1, 47-55); de la lucha contra el mal que, a pesar de su apariencia poderosa, finalmente no vencerá (y la muerte es una de las expresiones de ese mal, "el último enemigo aniquilado", 1 Cor 15, 26). 

Una esperanza que, para nosotros, es fuente de alegría. También la palabra de Isabel a María vuelve hacia nosotros, como una invitación: "Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá" (Lc 1, 45). Y es impulso para caminar hacia esa vida a la que Dios nos llama, para construir ese Reinado de Dios y de su misericordia. En nuestro tiempo, marcado por el desencanto, por una especie de desesperanza muchas veces aliada con la comodidad y la reducción a lo inmediato, la Asunción nos llama a levantar la vista para recordar que nuestra vida no es una simple sucesión de momentos, sino un camino con un destino, que da sentido y orienta nuestros pasos.  

La fiesta de hoy nos invita, así, a preguntarnos por cómo vivimos la esperanza, a preguntarnos por la fuente de nuestra alegría. Y hacerlo de la mano de María, acompañados por su amor.


Lecturas de hoy (https://www.vaticannews.va) 


sábado, 3 de abril de 2021

"Ya que habéis resucitado con Cristo..." (Col 3,1)


No hay palabras para narrar la Resurrección de Cristo. Desborda nuestra capacidad de pensar. Y nos llama a una nueva conversión: abrirnos a este amor sin límites, que vence a la muerte, y a todo lo que en nosotros es muerte: el pecado, el miedo, la duda, la amargura...

Magdalena, que madrugó para buscarlo cuando aún estaba oscuro, nos despierta para  ponernos en camino. Él ya se nos ha adelantado. No está donde lo habíamos dejado, y nada puede reternerlo: ni las ataduras de la muerte, ni los poderes que pretenden dominar el mundo, ni tampoco nuestras ideas preconcebidas sobre lo que Él puede hacer en nosotros. 

En la mañana de Resurrección, amanecer de todos nuestros días, su tumba vacía nos invita a creer. Y a poner ante Él todo cuanto en nosotros se fue apagando o está languideciendo, para que su luz nos saque de nuestros sepulcros y nos llene de vida. 

Él va delante de nosotros, a Galilea, la tierra de lo cotidiano. Allí lo encontraremos. Y, como aquellos discípulos de la primera hora, nos costará reconocerlo, pero su palabra encenderá nuestro corazón y su presencia iluminará nuestro camino, sanando nuestras heridas, renovando nuestro ser. Él ha resucitado y nos transmite una Vida Nueva, capaz de hacer florecer y madurar todo lo que hay en nosotros. Somos testigos de su Resurrección. Somos llamados a experimentar su Vida. 

"Miradle resucitado; que sólo imaginar cómo salió del sepulcro os alegrará. Mas ¡con qué claridad, y con qué hermosura! ¡Con qué majestad, qué victorioso, qué alegre! Como quien tan bien salió de la batalla adonde ha ganado un tan gran reino, que todo le quiere para vos, y a Sí con él."
                (Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 26,4)

Lecturas de hoy (www.vaticannews.va)


  El domingo pasado veíamos a Jesús acompañar a los discípulos de Emaús, y conducirlos de nuevo a la comunidad, iluminados por su presencia ...