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sábado, 23 de agosto de 2025

“Entrar por la puerta estrecha” (Lc 13, 22-30)

 

El evangelio, hoy, se abre con una pregunta por la salvación. Nos invita a mirar más allá de lo inmediato, porque la vida no es una mera sucesión de instantes, de vivencias y sensaciones. Es bueno preguntarse por su sentido, por cómo podemos vivir en verdad. Mirar al horizonte, tener en cuenta ese sentido último, nos ayuda, además, a situarnos en nuestro día a día.

Por otra parte, Jesús habla de ello con varias paradojas: muchos que intentan entrar y no pueden, a pesar de parecer próximos a Él, y otros que vienen de lejos y tienen sitio… Tal vez nos está llamando a mirar esta cuestión con una lógica nueva, diferente de la mentalidad habitual:

- Le hacen una pregunta por el número, y como hablando de otros. Jesús, en cambio, interpela personalmente, llama a hacernos cargo de nuestra vida: "esforzaos por entrar por la puerta estrecha".

- Esa imagen de la puerta estrecha nos invita, tal vez, a preguntarnos qué hay que “dejar fuera”, porque no cabe por esa puerta: ¿Tal vez tendremos que adelgazar el ego, la soberbia, las ambiciones? ¿Tendremos que hacernos sencillos, pequeños?

En otro lugar, Jesús dice que salvarse, “para los hombres es imposible; mas para Dios todo es posible” (Mt 19, 26; Lc 18, 24). En ese mismo contexto tiene Mateo la frase que remata este pasaje: “hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”. No podemos salvarnos por nosotros mismos. Y por la misma razón, no se trata de “asegurar” la salvación con cumplimientos o méritos, como quien paga algo y puede exigirlo. Y nadie puede sentirse con más derechos que otros para tenerlo, o para estar por delante.

Es Dios quien nos salva. La salvación se recibe como gracia, y nos invita a entrar en esa dinámica de la gratuidad, del don. Del amor. Pide de nosotros un cambio de postura, un esfuerzo radical para entrar en ese estilo de vida, esa puerta estrecha, que a la vez está abierta a todos.

Hacernos al estilo de Jesús, que dice: "Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto" (Jn 10,9).


Se deben notar con advertencia las palabras que por san Mateo, en el capítulo 7, nuestro Salvador dijo de este camino, diciendo ¡Cuán angosta es la puerta y estrecho el camino que guía a la vida, y pocos son los que le hallan! (…) Porque el aprovechar (avanzar) no se halla sino imitando a Cristo, que es el camino y la verdad y la vida, y ninguno viene al Padre sino por él, según él mismo dice por san Juan (14,6). Y en otra parte (10,9) dice: Yo soy la puerta; por mí si alguno entrare, salvarse ha. De donde todo espíritu que quiere ir por dulzuras y facilidad y huye de imitar a Cristo, no le tendría por bueno”.
     San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, II, 7, 2.8



sábado, 7 de diciembre de 2024

"Alégrate, llena de gracia" (Lc 1, 26-38)


 Hoy se funden la celebración del Domingo segundo de Adviento con la de la Inmaculada Concepción. María es signo de esperanza para nosotros.

Con demasiada frecuencia, en nuestro mundo vemos corrupción, injusticia, violencia, falta de solidaridad… Tanto es así, que se extiende la idea de que todo eso forma parte de la condición humana hasta el punto de ser inevitable. De que el mal no sólo nos tienta y nos condiciona, sino que llega a determinarnos sin remedio. Lo que hoy celebramos, precisamente, es que no es así. En María vemos el plan original de Dios original: una humanidad libre del mal y de toda corrupción. Para realizarla, se ha encarnado el Hijo de Dios. El alfarero no sólo modela el barro, sino que lo cuece para que la vasija adquiera consistencia y no se vuelva a deshacer. Y el Hijo de Dios ha tomado nuestro barro: ha asumido, en sí mismo, nuestra realidad con toda su debilidad y su historia de pecado; con toda su dimensión de muerte. Lo ha vivido todo (la vida, la fragilidad, la muerte) desde su amor (“semejante en todo a nosotros, menos en el pecado” Heb 2, 17)  y en su Resurrección re-crea una humanidad nueva, sólida, fortalecida, capaz de vencer al pecado y la muerte.

En María contemplamos esta obra realizada radicalmente, desde el principio. Y así, en el Evangelio de hoy vemos, por una parte, al Hijo de Dios que se encarna para salvarnos. Y por otra parte, a María, ese ser humano nuevo, capa de responder a Dios en plenitud. En contraste con Adán, que se esconde de Dios y pone torpes excusas, María pone ante Dios su realidad (incluidas las dificultades: ¿cómo será eso…?) con toda libertad y con toda confianza. En el momento en que Jesús, el Señor se hace Siervo para transmitirnos su libertad, María, la esclava del Señor, nos muestra cómo es una libertad plena, que colabora con el plan de Dios y se realiza plenamente: hace y llega a ser lo que verdaderamente quiere ser, lo que lleva en sí plenitud.

Lo que en María está ya completo desde el principio, en nosotros es camino y aprendizaje, que vamos realizando paso a paso, colaborando con la iniciativa de Dios. Pablo habla de ello en la carta a los Filipenses (1, 4-6; 8-11): “el que ha inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante”. Y somos llamados a crecer en el amor, “en sensibilidad para apreciar los valores”, para “llegar al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de Justicia”. Es el propio Cristo el que lo hace posible (“por medio de Cristo Jesús”, y esa plenitud nuestra es “gloria y alabanza de Dios”.

Decir tu nombre, María,
es decir que todo nombre
puede estar lleno de gracia

            (Pedro Casaldáliga)







domingo, 20 de agosto de 2023

"Para tener misericordia de todos" (Rom 11, 32; Mt 15, 21-28)

Las lecturas de este domingo nos hablan de la salvación de Dios que es para todos. Esta noción, que quizás nos parece familiar y fácil de asumir, para el pueblo de Israel implicó un arduo camino. Contemplar sus dificultades para dejar atrás una concepción nacionalista y cerrada de "su" Dios y comprender que es Padre de todos, nos invita a preguntarnos si esa tendencia al exclusivismo, tan fuerte en el corazón humano, se nos puede también colar nosotros (tal vez de otras maneras, relacionadas con opciones políticas, con formas de pensar o de ser, con sensibilidades...). En este tiempo de Sínodo, nos invita a afinar la capacidad de escucha, de diálogo y de tender puentes de colaboración con todos.

La lectura de Isaías plantea un nuevo modo de ser "el pueblo del Señor". Ya no depende de la nacionalidad, sino de "amar el nombre del Señor y ser sus servidores". La victoria de Dios es salvación, que quiere ofrecerse a todos, y lo que nos prepara para acogerla y nos introduce en ella es "velar por la equidad y practicar la justicia". 

Pablo, por su parte, concluye la reflexión sobre judíos y gentiles que comenzábamos a escuchar el domingo pasado. "Los dones y la llamada de Dios son irrevocables", y  por eso, el rechazo del pueblo judío a Cristo, que se ha convertido en ocasión para que el Evangelio y la salvación llegue a todos los pueblos, no ha de terminar en muerte sino en vida. La misma misericordia que ha convertido su rebeldía en oportunidad de salvación para otros, encontrará camino para salvarlos a ellos. Frente a la tendencia a la rebeldía, expresada de diversas formas (los paganos vivían al margen de Dios, el judaísmo rabínico prefirió el cumplimiento de la ley a la gracia que trae Jesús....) el amor misericordioso de todos es el que nos sana y salva a todos.

Esa misericordia es la que invoca la mujer cananea. Jesús, en vez de "despacharla rápido" (como querían los discípulos), profundiza en la situación, a través de un diálogo que, por un lado pone de manifiesto el pensamiento judío (la salvación es para los judíos, que son los "hijos", no para los "perros" paganos). Y por otro, saca a la luz la fe de esa mujer: una fe movida por su amor de madre (que recuerda a las entrañas misericordiosas con que los profetas describen a Dios); que no se presenta ante Dios con pretensiones (como quienes pensaban "merecer" el favor de Dios por su fidelidad a las leyes) sino con humildad, apelando a la misericordia; una fe que se hace oración insistente (como Jesús en otra ocasión enseña, Lc 18, 1-8), sin desfallecer ante la aparente falta inicial de respuesta. 

Esto nos revela también cómo Dios dialoga con las personas, con la humanidad. A veces tendemos a pensar como si Dios ya tuviera todas las cosas "decididas desde la eternidad". El Evangelio, sin embargo, nos muestra a un Dios que hace camino con nosotros, que, misteriosamente, va tejiendo su salvación en nuestra historia, con nuestra colaboración (como una labor de punto o de ganchillo, en la que Dios llevara una aguja y nosotros la otra). Nuestra colaboración y nuestra oración le ayudan a hacer presente su vida en nuestro mundo. 

A mí me ha dado su misericordia infinita, ¡y a través de ella contemplo y adoro las demás perfecciones divinas...! Entonces todas se me presentan radiantes de amor; incluso la justicia (y quizás más aún que todas las demás) me parece revestida de amor...
¡Qué dulce alegría pensar que Dios es
justo!; es decir, que tiene en cuenta nuestras debilidades, que conoce perfectamente la debilidad de nuestra naturaleza. Siendo así, ¿de qué voy a tener miedo?
               Teresa de Lisieux, Historia de un alma, ms. A, 83


 


domingo, 22 de enero de 2023

"Una luz grande... Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos" (Mt 4, 12-23)


El pasaje que hoy escuchamos es como un "trailer" o una "obertura" del Evangelio de Mateo, que seguiremos este año. Podemos contemplar varias escenas, varios temas: el valor de Jesús, que empieza a predicar cuando Juan Bautista ha sido arrestado; el acercamiento de Jesús a la periferia (la "Galilea de los gentiles", en lugar de Jerusalén); la llamada a la conversión; la vocación de los primeros discípulos; el paso de Jesús que anuncia la cercanía del Reinado de Dios, y cura "toda enfermedad y toda dolencia"...

Y, presidiéndolo todo, la luz, que había anunciado el profeta Isaías (Is 8,23-9,3) y que resplandece en las palabras y en las obras de Jesús. Luz para los que habitan en tinieblas: que nos invita también, a cada uno, a abrir el corazón, para dejar que ilumine las sombras y los claroscuros de nuestra vida. Claridad que nos ve (como Jesús ve a Pedro y Andrés, a Santiago y Juan), y nos invita a volvernos hacia esta luz que es guía, alegría, vida saludable. Y a seguirla.

Cabe aquí un apunte: "pescador de hombres" en nuestro lenguaje, puede sonar a algo así como alguien con mucha capacidad de captar, cautivar gente ("pescar..."). En el contexto de Jesús (aquel pueblo judío que identificaba el mar con el abismo), es algo más liberador: es "sacar personas del abismo". Es, en definitiva, tomar parte en esa misión de Jesús que anuncia el Reinado de Dios, su acción salvadora, "curando enfermedad y toda dolencia". 

Es, por eso, una acción que no ha de crear bandos, sino suscitar una experiencia de vida que une. Desde ahí podemos entender las palabras de Pablo, a la comunidad de Corinto, llamado a convertirse de la división a la unidad. Unas palabras que resuenan con fuerza, para nosotros, en esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Los creyentes de las distintas confesiones cristianas pedimos a Dios que nos ayude a acercarnos, a reconstruir comunión, para vivir más profundamente la autenticidad de la salvación, de la vida que Él comparte con nosotros. Esa profundidad y esa comunión están unidas, llevan una a la otra. 

Con el salmo decimos: "El Señor es mi luz y mi salvación". Hoy celebramos el domingo de la Palabra de Dios. Un domingo que nos invita a dejarnos iluminar por la Palabra de Dios ("Lámpara es tu palabra para mis pasos", Salmo 119,105), que es palabra viva, capaz de transmitirnos la cercanía, el calor, la guía, el gozo de que hoy nos habla el Evangelio. Como decía el Papa Francisco, cuando instituyó esta fiesta, en 2019:

"Urge la necesidad de tener familiaridad e intimidad con la Sagrada Escritura y con el Resucitado, que no cesa de partir la Palabra y el Pan en la comunidad de los creyentes (...) Escuchar la Sagrada Escritura para practicar la misericordia: este es un gran desafío para nuestras vidas" (Aperuit illis, 8.14)


("Cristo, Luz del Mundo. Quien te siga, tendrá la Luz de la Vida")

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

 

domingo, 20 de noviembre de 2022

"Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino" (Lc 23, 35-43)

 

En esta fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, contemplamos a Jesús en la cruz, convertido en objeto de escarmiento y burla. El cartel sobre la cruz anunciaba el motivo de la condena (y a la vez, su falsedad e injusticia: Jesús siempre rechazó los intentos judíos de proclamarlo rey, y ante Pilato afirmó que su reino no es de este mundo) y también era una especie de aviso para quien se levantara contra el poder romano (por eso, la protesta de los sumos sacerdotes, Jn 19, 21-22). Sus adversarios, ante todo el pueblo (Lc 23,35: "Estaba el pueblo mirando") se regodean del fracaso de Jesús, burlándose de su desvalimiento. 

El relato vuelve, una y otra vez, sobre el título de Jesús como rey y Mesías (ungido de Dios), y sobre la salvación. Resuena también, de fondo, una de las tentaciones que Jesús ya enfrentó en el desierto, la del Mesías del éxito, sin tropiezo ni fracaso (Lc 4, 9-13). 

El relato nos invita a un camino de acercamiento a la verdad de este Cristo en la cruz. Los magistrados, desde la distancia de su soberbia, desprecian a ese Cristo que parece incapaz de salvarse a sí mismo. También se burlan los soldados, aunque se acercan a ofrecerle vinagre (en algunos lugares, y a falta de cosa mejor, se añadía vinagre al agua para provocar sensación refrescante). Junto a la cruz de Jesús, crucificados como Él, hay dos malhechores, tal vez bandoleros, o guerrilleros antirromanos. De ahí, tal vez, la imprecación exasperada de uno de ellos, ante ese Mesías que no lucha, que parece no hacer nada ante la injusticia y ante el dolor que alcanza a los tres: "Sálvate a ti mismo y a nosotros". Y por último, el otro malhechor, que toma conciencia del fracaso del camino de violencia que ha seguido hasta entonces, y se vuelve hacia Jesús, lo llama por su nombre (es el único, de cuantos piden algo a Jesús en el Evangelio, que lo llama así) y le pide algo que parece no acertar a concretarse, pero expresa una confianza, una relación personal: "acuérdate de mí". 

Y entonces, Jesús desvela su realeza y su poder, que se apoyan en la misericordia y el perdón. No ha venido a salvarse y enaltecerse a sí mismo, sino a ofrecer a todos la salvación de Dios, y para ello no ha dudado en entregar su vida. 

Y la ofrece "hoy". Él siempre está presente. Ese "hoy" del Evangelio nos interpela, nos invita a dirigirnos a Jesús desde el aquí y ahora de lo que somos y vivimos, para dejarnos alcanzar por esta vida. Podemos hacer nuestras las palabras de la primera lectura: "hueso tuyo y carne tuya somos" (1 Sam 5,1), porque Él ha asumido nuestra condición humana. Abrirnos a ese reino que pedimos cada vez que rezamos el Padre nuestro. Ese reinado de Dios que se manifiesta donde la violencia deja paso a la paz; donde la justicia avanza; donde se abren caminos de solidaridad. Cristo empieza a reinar cuando no nos "gobiernan" los miedos, complejos, odios... sino que crecemos en libertad y en amor.

La carta a los Colosenses (Col 1, 12-20) nos invita a mirar esta realeza de Cristo en una perspectiva más amplia. Cristo es Rey del Universo porque todo el cosmos lleva su huella, su impronta. La armonía del universo expresa la sabiduría eterna del Padre, que es el Hijo (como decía S. Juan de la Cruz:
"Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura
y yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó de hermosura"),

Una armonía que nos habla de que hemos sido creados para el amor. Y reconciliados por la misericordia de Dios, su amor entrañable en nuestra fragilidad, para que vivamos en plenitud. Cristo es rey impulsando nuestras vidas a esa plenitud.

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 21 de agosto de 2022

"Esforzaos en entrar por la puerta estrecha" (Lc 1, 22-30)

 

El evangelio de hoy se abre con una pregunta sobre la salvación, un tema que hoy no parece importar a la gente. Nuestra sociedad vive absorbida (¿consumida?) por lo inmediato, y prefiere mirar para otro lado, esconder la realidad de que nuestra existencia es limitada, y la pregunta por lo que hay después. Sin embargo, se trata del sentido de la vida: no sólo de lo que nos espera cuando nos llegue la muerte, sino también de vivir "con sentido", de vivir verdaderamente, y no sólo ir pasando de unos momentos a otros, metidos en una búsqueda incesante (de bienestar, relaciones sociales, experiencias...) que no termina de llenarnos.

La pregunta se planteó de forma general, como "estadística": "¿Serán muchos los que se salven?" Jesús, sin embargo, interpela personalmente: "esforzaos por entrar por la puerta estrecha". Y a los que se podían sentirse "de los primeros", seguros por ser del pueblo elegido, o por haber estado cerca de Jesús ("hemos comido y bebido contigo"), les advierte que pueden "quedarse fuera", porque la invitación de Dios es universal ("vendrán de oriente y de occidente"...), pero hay que entrar, y eso depende de las obras y actitudes de cada uno, excluye a los que obran el mal.

La imagen de la puerta estrecha, que Jesús usa, nos invita a preguntarnos de qué tendremos que prescindir, porque no cabrá por esa puerta. ¿Tal vez tendremos que adelgazar el ego, la soberbia, las ambiciones? ¿Tendremos que hacernos sencillos, pequeños?

En otro lugar (Jn 10, 9) encontramos las "medidas" de esa puerta. Allí, Jesús dice: "Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto". 

El Evangelio nos llama a "entrar". A quienes, en la Eucaristía, "hemos comido y bebido" con Jesús, y escuchado sus enseñanzas, nos invita a no quedarnos como espectadores, ni como meros "cumplidores" de unas normas. ¿Hasta qué punto estoy entrando en esa vida que Él me ofrece, y que pasa por las actitudes que veo en  Él?. 

Se deben notar con advertencia las palabras que por san Mateo, en el capítulo 7, nuestro Salvador dijo de este camino, diciendo ¡Cuán angosta es la puerta y estrecho el camino que guía a la vida, y pocos son los que le hallan! (…) Porque el aprovechar (avanzar) no se halla sino imitando a Cristo, que es el camino y la verdad y la vida, y ninguno viene al Padre sino por él, según él mismo dice por san Juan (14,6). Y en otra parte (10,9) dice: Yo soy la puerta; por mí si alguno entrare, salvarse ha. De donde todo espíritu que quiere ir por dulzuras y facilidad y huye de imitar a Cristo, no le tendría por bueno.
San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, II, 7, 2.8



sábado, 2 de abril de 2022

"Mirad que realizo algo nuevo" (Is 43.19; Flp 3, 8-14; Jn 8, 1-11)


Los escribas y fariseos intentan poner en evidencia que la predicación de Jesús no es fiel a la Ley de Dios. Para ello, traen ante él una mujer sorprendida en adulterio. Sobre ella, según la ley, pesa la condena a muerte por lapidación (¡aún vigente en algunos lugares!). Pero Jesús desenmascara la incongruencia de su rigorismo: al traer sólo a la mujer y dejar escapar al hombre que estaba con ella, ellos han pecado contra la misma ley que invocan, pues mandaba apedrear a ambos (Lv 20,10), y la han corrompido. El episodio, además de la denuncia "feminista" que plantea (¿cuántas veces hoy sigue siendo utilizada la mujer, y sigue sufriendo injusticias?), llama a una primera reflexión: cuando invocamos la justicia para condenar a otros, probablemente estamos haciendo una lectura sesgada, inconsciente de nuestras propias incoherencias y pecados. 

San Pablo contrapone también "una justicia mía, la de la ley" con "la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe", que es la que él busca (Flp 3,9). Lo que nos "justifica" y nos ofrece seguridad, no es el hecho de que cumplamos (más o menos) con un modo de vida honesto y bueno (si así fuera, ¿qué sería de tantos que han sido envueltos o arrastrados por entornos insanos...?). Lo que nos justifica, lo que da razón cabal de nuestra vida y de nuestra dignidad, es el amor que Dios nos tiene, y que ha manifestado en Cristo, que se entrega por nosotros. Cuando descubrimos ese amor, eso nos impulsa (con más fuerza que cualquier norma) a vivir en la bondad y en una justicia nueva, que tiene que ver con la solidaridad, con la misericordia. 

Jesús ofrece a la mujer pecadora esa justicia nueva, que es salvación. No la condena. Tampoco transige con su pecado. Tras salvarla de su condena a muerte, le dice "anda, y en adelante no peques más". La invita a ponerse en camino, a una vida nueva. Antes, ha estado inclinado, escribiendo con el dedo en el suelo. Con este gesto aludía al dedo de Dios que escribió las tablas de la Ley; y a la vez, se ponía a la altura de esa mujer postrada en el suelo: Jesús es ese dedo que Dios que escribe e interpreta auténticamente la Ley . Y lo hace, precisamente, inclinándose hacia el abatido y el caído, para levantarlo. 

Volviendo a la carta de Pablo a los Filipenses (Flp 3, 8-14), podemos leer el significado y la hondura de este encuentro con Jesús: "todo lo estimo pérdida comparado con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor" "todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él.... para conocer a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión en sus padecimientos"... Es el ímpetu de alguien que ha sido "alcanzado por Cristo" y quiere ahondar en ese encuentro, y por eso "olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome haca lo que está por delante, corro hacia la meta".

Isaías, en la primera lectura, también nos hablaba de lo antiguo y lo nuevo. La traducción literal de ese texto es ambigua (puede ser negación o pregunta ("no recordéis lo antiguo" o "¿no recordáis lo antiguo?"), pero el sentido es el mismo: el recuerdo de las acciones de Dios que leemos en la Escritura no es simple conocimiento del pasado. El mismo Dios sigue actuando ahora, en tu vida. Y el recuerdo de las acciones pasadas es apertura para descubrir eso que Dios está haciendo ahora brotar. "El amor nunca está ocioso" (como dice Santa Teresa). 

¿Qué está haciendo brotar Dios en tu vida? ¿Qué puede estar pidiéndote (o, mas bien, ofreciéndote) a través del encuentro con su Palabra, en la oración, o a partir del encuentro con los demás? ¿Qué caminos de misericordia, de salvación, está abriendo en este momento, o te está invitando a desbrozar?


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

sábado, 11 de septiembre de 2021

"Si alguien quiere venir en pos de mí..." (Mc 8, 27-35)

 


Hemos visto a Jesús realizando signos, predicando el Reino. Y hemos encontrado ya, a estas alturas del Evangelio de Marcos, la resistencia de diversos grupos de personas. Jesús y sus discípulos "van de camino" (M 8, 27), y Jesús ve ya, sobre ese camino, la sombra de la cruz. Por eso habla francamente con sus discípulos. Ellos ya son capaces de reconocerlo como Mesías. Pero, ¿qué significa el Mesías? Para ellos, significa el éxito, el cumplimiento de una serie de expectativas que el pueblo y que ellos mismos han proyectado sobre la promesa de Dios: grandeza, liberación política (incluso venganza...). Por eso Jesús (aquí y en otros pasajes) no quiere que lo divulguen. No es ese Mesías. El suyo no es el Dios de los triunfadores. Jesús habla de un Padre de todos; y su camino, para poder llegar a todos, bajará hasta los últimos. 

En ese diálogo directo, incluso abrupto, aparece la resistencia de Pedro, que se vuelve tentación para Jesús (recuerda aquello de "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie..." Mt 4,6). Y la respuesta decidida de Jesús, ante esa pretensión  de "ponerse delante de Jesús", de intentar conducirlo a sus propios planes: "ponte detrás de mí" (Mc 8, 33). 

A ella se une una enseñanza sobre las condiciones para seguir auténticamente a Jesús: es necesario "negarse a uno mismo", porque para vivir la disponibilidad del discípulo, a veces hay que renunciar a planes, expectativas, ideas preconcebidas... Seguir a Jesús, además, se hace con lo bueno y lo que nos pesa: las dificultades, los sufrimientos, los fracasos que se cruzan en nuestro camino, no son ajenos al seguimiento de Jesús. Hemos de integrarlas, seguirle con ellas... y precisamente Él nos enseñará, a cada uno, cómo llevar la cruz sin que nos aplaste. Y en definitiva, la propuesta de Jesús es de entrega, de apertura radical. Quien vive para sí mismo (quien quiera salvar su vida) se malogra. Quien es capaz de amar, de entregarse, corre el riesgo de perder, pero se abre a la salvación que Jesús trae. 

El Evangelio nos transmite la pregunta de Jesús: "y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Una pregunta que, hoy, nos invita a pensar sobre nuestra idea de Jesús, y las expectativas que tenemos sobre lo que es seguirle, y a confrontarlas con Él mismo, con lo que Él nos enseña, para caminar "detrás de Él". Para seguirlo como El quiere que lo sigamos. Para dejarnos salvar, comunicar vida, por Él.

"Y así, querría yo persuadir a los espirituales cómo este camino de Dios no consiste en multiplicidad de consideraciones, ni modos, ni maneras, ni gustos, aunque esto, en su manera, sea necesario a los principiantes (...) porque el aprovechar no se halla sino imitando a Cristo que es el camino y la verdad y la vida, y ninguno viene al Padre sino por él, según él mismo dice por San Juan (14,6 y 10,9). Y en otra parte dice: Yo soy la puerta; por mí, si alguno entrare, salvarse ha. De donde todo espíritu que quiere ir por dulzuras y facilidad y huye de imitar a Cristo, no le tendría por bueno".                        (San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo II, 7,8)



jueves, 24 de diciembre de 2020

"Y la Palabra se hizo carne" (Jn 1, 1-18)


Los Evangelios y lecturas de Navidad están llenos de contrastes que nos invitan a meditar: nos hablan de Luz, de gloria, de salvación. Y todo eso se hace presente en la noche (precisamente, celebramos la Navidad en la noche más larga y fría del año), en la precariedad de un establo, en la intemperie, en la fragilidad. Dios se nos comunica, se nos da. Su Palabra es Él mismo, el Hijo eterno del Padre, que asume la debilidad de nuestra carne.

El mundo intenta domesticar esta fiesta, revistiéndola de luces, adornos, fastos... convirtiéndola en una especie de tópico y de cuento para niños. El Evangelio nos invita a contemplar: a mirar con un corazón abierto, a asumir la fragilidad de nuestra existencia, a hacernos sencillos como los pastores que viven a la intemperie, para descubrir la señal del Dios salvador en algo tan humilde como un niño envuelto en pañales (como todos los niños) y acostado en un pesebre, porque no ha habido otra cuna para él. Dios viene a nosotros en medio de la incertidumbre, y asume nuestra realidad, con cuanto tiene de pobre y cuanto tiene de hermoso. Por eso nuestra vida tiene un nuevo horizonte, el del amor misericordioso, desde el que se nos invita a valorar y vivir todo lo humano. Dios viene a nosotros. Y lo hace para compartir con nosotros su vida: "a cuantos la recibieron y creyeron en ella, les concedió el llegar a ser hijos de Dios" (Jn 1,12).

Danos el Padre
a su único Hijo;
hoy viene al mundo
en pobre cortijo.
¡Oh gran regocijo,
Que ya el hombre es Dios!

            (Santa Teresa de Jesús)

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

  El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en ...