El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa, con la
entrada de Jesús en Jerusalén, de forma humilde, y aclamado como aquél "que
viene en nombre del Señor”. El Mesías no viene a caballo (símbolo del poder
guerrero), sino con la fuerza del Espíritu, la fuerza de Dios Amor que se entrega
y da vida, que salva. La aclamación de los que acompañan a Jesús anuncia una
victoria que se va a realizar de forma diferente a como ellos esperaban, y con
un alcance más definitivo.
El relato de la Pasión nos introduce en todo lo que vamos a contemplar
en estos días, para que lo meditemos, para que vayamos, día tras día y año tras
año, entrando en el sentido de este Misterio que siempre es más profundo de lo
captamos. Y que tiene relación con nuestras vidas, más de lo que
percibimos.
Se nos invita a una lectura pausada de la Pasión del Señor,
para dejarnos interpelar por ella: por las situaciones y las personas que
aparecen, por múltiples detalles que nos hablan.
El relato de Mateo subraya que en Jesús se cumplen las
Escrituras. Su vida, entregada hasta la muerte, es, efectivamente, la
Revelación plena de Dios, que cumple todos los anuncios y profecías anteriores.
Jesús muere por fidelidad al Padre, al amor de Dios a todos los hombres, que él
ha predicado sin plegarse a los exclusivismos de unos y otros (fariseos,
nacionalistas judíos, etc.). Su entrega, su amor hasta el fin, su humilde
despojarse de sí mismo y de la misma vida por nosotros (que canta Flp 2, 6-11),
su comunión, en la cruz, con todos los que sufren, revela quién es Dios en
verdad.
Es un cumplimiento lleno de paradojas: los discípulos prometen
ser fieles pero sucumbirán a su debilidad; y aún así, serán, al fin, testigos
de la fidelidad de Jesús que, en medio de todo, se entrega y salva: El pueblo
elegido y sus doctores de la ley no comprende a Jesús, mientras que un pagano,
el centurión, lo reconoce: "Verdaderamente
este era Hijo de Dios". Dios lleva adelante su plan de salvación
anunciado, pero no sucede como esperábamos. Acontece, de hecho, con más hondura
y más alcance.
Así sigue siendo. Esta cruz de Jesús ilumina también las
encrucijadas de mi vida y mis contradicciones. En ellas también nos acompaña y
salva, de forma, a veces, insospechada. Se nos invita a aprender a confiar en
Él, y a dejarnos iluminar por su palabra, por su ejemplo, por su vida, por su
presencia. . Somos invitados, en estos días, a mirar la cruz de Jesús. Y mirar
nuestra vida a su luz.

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