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sábado, 1 de noviembre de 2025

“Bienaventurados” (Mt 5, 1-12)

 

Desde muy pronto, la Iglesia venera a los mártires como testigos de Cristo resucitado: su fidelidad recuerda a Jesús, que entrega su vida por nosotros, y que nos comunica esa fuerza que vence a la muerte. En la persecución de Diocleciano (a principios del siglo IV), hubo numerosos mártires y, ante la dificultad de conmemorarlos por separado, surgió una celebración para recordarlos todos juntos. Con el correr del tiempo, a la memoria de los mártires se ha unido la de muchos otros, cuyas vidas también manifiestan esa fuerza del amor de Dios: en su entrega generosa a los demás, en su servicio a la comunidad cristiana, en su sabiduría y rectitud de vida… En el siglo IX, el Papa Gregorio IV fijó esta fiesta de Todos los Santos en el 1 de noviembre.

Hoy damos gracias a Dios por tantos seguidores de Jesús, conocidos y anónimos, que han vivido plenamente el amor de Dios. Su entrega a los demás y al servicio del Evangelio, su serenidad y alegría en los momentos de dificultad, su sabiduría de vida, son muestra de la fuerza y la luz del Espíritu Santo, de su creatividad para renovar nuestras vidas y hacerlas fecundas.

Y recordamos que todos estamos llamados a la santidad: a enraizarnos en la vida de Dios, en su amor. Un santo no es alguien absolutamente perfecto (seguimos siendo de vasijas de barro, 2 Cor 4,7), sino alguien que vive desde el amor de Dios, en medio de sus circunstancias, y que transmite esa vida y ese amor.  

Las Bienaventuranzas nos muestran caminos de santidad, de plenitud de vida.

Son paradójicas, como lo es la vida misma: porque el camino de la alegría profunda, el del amor, también pasa por las lágrimas, y la plenitud pasa por la pobreza, la capacidad de despojarse de muchas cosas (“Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada”, dice S. Juan de la Cruz). El evangelista Mateo las transmite a una comunidad cristiana que ya conoce la persecución. Y apuntan a algo que la Iglesia va descubriendo: que para seguir a Jesús, en nuestro mundo, hay que superar contradicciones, como sufrir hambre y sed de justicia y aprender a buscarla con mansedumbre (sin violencia); que es necesario limpiar el corazón con humildad y capacidad de compartir, para transmitir paz y misericordia…  

Estas palabras tienen varios niveles de lectura y poco a poco vamos descubriendo su sentido: hablan de transformación interior y de esa humanidad nueva que Dios va creando; del Dios misericordioso que se acerca a los que sufren y necesitan, y de nuestra capacidad de ser cauces de ese amor hacia los demás. Hablan de una dimensión más profunda de plenitud que empezamos a gustar en esta vida y que ya nos asoma a la Plenitud de Dios que viviremos más allá de esta vida.

Para comprenderlas, hay que mirar a Jesús, el que las ha vivido en plenitud. Como rezamos con el salmo, buscamos su rostro y su presencia. Queremos aventurar la vida con Él.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


martes, 1 de noviembre de 2022

¡Bienaventurados! (Mt 5, 1-12)


Las celebraciones de Halloween, en estos días, tienen una curiosa mezcla de diversión y tristeza. Por un lado, expresan esa maravillosa capacidad lúdica del ser humano. Maravillosa, porque ese humor que convierte todo en objeto de fiesta, es también una expresión de una esperanza escondida en lo más hondo de nuestro corazón, una capacidad de mirar las cosas de otra manera, de encontrar siempre una salida. Por otro lado, reflejan la oscuridad de la mirada pagana, que más allá de esta vida sólo ve sombras tenebrosas, amenaza, horror. 

Son notorias las dificultades de nuestra cultura para integrar la muerte en su comprensión de la vida. Se rehúye, se esconde... y precisamente, esa dificultad para asumir nuestra fragilidad, nuestro ser mortales, incapacita para comprender sanamente la vida, para vivirla cuando se encuentra con el sufrimiento o las dificultades. 

Las celebraciones cristianas de estos días, con su sobriedad, nos ofrecen otra forma de mirar, serena y esperanzada. Y que conecta con nuestra experiencia. El amor de las personas con las que hemos compartido vida, no muere. Ese amor es como una ventana que nos abre a otra dimensión. Sabemos que hay "algo más" que la biología y sus limitaciones, porque vivimos relaciones en las que hay mucho más que un simple juego de necesidades e intereses.

La fe cristiana en la vida eterna es una consecuencia de la fe en Cristo Resucitado, de la fe en el Espíritu Santo (por eso, en el Credo, hablamos de la vida eterna al hablar del Espíritu). El Espíritu que hace a las personas capaces de perdonar y superar cualquier mal y cualquier herida con el bien; el Espíritu que despliega su capacidad creadora en personas que han realizado obras sobrehumanas, como Teresa de Calcuta o Francisco Javier; el Espíritu que hace a las personas capaces de superar sus limitaciones, a veces de manera asombrosa, y todos los días, de manera más humilde y sencilla. Ese Espíritu de Jesús Resucitado nos hace saber que nuestra vida no se limita a lo que da de sí nuestra biología. Que hemos sido creados por amor, y para la vida, por Dios que es Padre, y que Él quiere compartir su Vida con nosotros. Que, por tanto, aquellas personas que han dejado este mundo que conocemos, están en sus manos, participando ya de esa Vida. 

Saber eso, por cierto, nos hace capaces de descubrir otra forma de vivir, con metas diferentes de las que plantea nuestra cultura. Caminos para aventurar bien la vida, como Jesús. Caminos que pasan por el compartir, la misericordia, la entrega, la búsqueda de la justicia y la construcción de la paz... Caminos que hacen posible la paz del corazón aun en el encuentro con el sufrimiento, y la libertad incluso en situaciones de persecución. Las bienaventuranzas nos invitan a explorar otra manera de felicidad y de vida, siguiendo a Jesús, que es quien mejor las encarna.

Mañana recordaremos a nuestros difuntos, con esperanza en el Dios de la Vida. Hoy celebramos la santidad de muchos de ellos: algunos famosos por sus obras; otros muchos escondidos, pero bien conocidos por Dios; personas que no fueron perfectas, pero vivieron en el amor y pasaron, como Jesús, haciendo el bien. Algunos textos litúrgicos hablan de los santos como "corona de Cristo". Y es que fueron cauces del amor de Dios para muchos. Y ese amor que vivieron, ese bien que hicieron, es la gloria de Dios.   

Todos los que militáis
debajo de esta bandera,
ya no durmáis, no durmáis
pues que no hay paz en la tierra.

(...)

¡No haya ningún cobarde!
¡Aventuremos la vida!

Pues Jesús es nuestra guía,
y el premio de aquesta guerra.
Ya no durmáis, no durmáis,
porque no hay paz en la tierra.

(Sta. Teresa de Jesús)



lunes, 1 de noviembre de 2021

Bienaventurados. Luz y esperanza (Mt 5, 1-12)

 


Alguien dijo que el paganismo es brillante por fuera y triste por dentro, mientras el cristianismo es sobrio pero lleno de esperanza y vida. Las celebraciones de estos días lo ilustran.

La fiesta de Halloween parece tener su origen en creencias y prácticas célticas en torno al fin de año, que se situaba por estas fechas. Según aquella mentalidad, en ese recomienzo del ciclo del tiempo y del orden del mundo, se abría, momentáneamente, una especie de "brecha" que permitía a los muertos visitar el mundo de los vivos. Parece que los disfraces y otras prácticas (truco o trato...) pretendían, sobre todo, evitar que esos visitantes causaran daño a los vivos. Y como los hombres sabemos (afortunadamente) hacer fiesta con todo, aquello dio lugar a las fiestas y juegos que hoy vemos y podemos disfrutar. 

Aparte del aspecto lúdico y divertido que esto tiene, llama la atención la visión que todo este "imaginario" transmite de la muerte y lo que está más allá: es la visón de un mundo tenebroso, despiadado, monstruoso, destructor. Eso puede enlazar con nuestros miedos más primarios. Pero no se corresponde con la experiencia que tenemos de aquellos seres queridos que ya fallecieron. Su recuerdo no es para nosotros fuente de miedo, sino que tiene el aroma (teñido de nostalgia) del cariño, de la bondad que nos transmitieron. 

Ese recuerdo amable, que con frecuencia es incluso intuición de una presencia velada, se corresponde con la fe que Jesús nos ha transmitido: el Padre nos ha creado para la vida, para siempre. Y la muerte es paso a esa vida. Un tránsito doloroso, porque es despedida, y porque pasa por un despojamiento de fuerzas y capacidades. Pero un paso que nos lleva a las manos misericordiosas del Padre. a participar en la Resurrección de Cristo. Nuestras celebraciones en torno a los difuntos suelen ser sobrias, quizás poco atractivas, pero llevan dentro la luz de la esperanza, una luz que sana las heridas de las despedidas, y que ayuda a vivir. 

Una luz que encontramos ya en la vida de muchos de aquéllos que nos han precedido, en unos casos de forma más escondida, y en otros, de forma resplandeciente. (Yo recuerdo, por ejemplo, a los misioneros que, tras las terribles experiencias de la guerra de Rwanda, volvieron para atender a los refugiados de esa misma guerra. Es inolvidable la impresión de palpar una bondad y paz sobrehumanas, encarnadas en personas sencillas, frágiles como los demás). La bondad, la paz, la alegría que muchas personas han transmitido, son señal de esa Vida Nueva  y eterna que el Espíritu Santo infunde ya en esta existencia. Al celebrar a todos los Santos -los famosos y los anónimos- celebramos la acción del Espíritu Santo, llena de creatividad, que ha impulsado a tantas personas a la plenitud, ha hecho de sus vidas una buena aventura, una existencia Bienaventurada, desbordante, transmisora de vida, y que es anticipo y señal de esa misma vida eterna en que esperamos. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 1 de noviembre de 2020

"Hijos de Dios. Bienaventurados"

 



El día de Todos los Santos y del día de Difuntos transmiten la visión cristiana sobre el misterio de lo que hay más allá de esta vida. Bajo la sobriedad de estas celebraciones podemos descubrir una esperanza llena de optimismo y serenidad. En contraste, el marketing de las fiestas de Halloween tapa una visión aterrorizada, poblada de fantasmas y miedos.

Mañana, 2 de noviembre, recordaremos a nuestros difuntos con la nostalgia y la pena que nos produce su ausencia, pero con esperanza serena en el Dios de la misericordia, que nos ha creado para la Vida, y cuando esta existencia que conocemos se agota, nos introduce en su Vida. 

Y hoy, fiesta de Todos los Santos, celebramos esa Vida, que es plenitud que se nos invita a descubrir ya en este mundo. Plenitud que ha brillado en la existencia de tantas personas que transmiten el bien, la paz, el amor. 

De esa realización humana nos habla el Evangelio. En un mundo que pretende que la dicha sólo es para los ricos, los que tienen éxito y se imponen a los demás, Jesús habla de felicidad para los pobres, para los que lloran, para los misericordiosos y los que trabajan por la justicia y la paz... Dios hace brotar una realidad nueva, y aquellos que la acogen se convierten en cauce que transmite esa vida y se llena de ella. 

Las bienaventuranzas ofrecen una variedad de caminos de realización humana desde Dios. Los santos que conocemos muestran la creatividad de la gracia, del Espíritu Santo, que florece en cada persona de una manera nueva, con un fruto propio, reflejando un rasgo de Dios en una realidad concreta.

Al celebrar a todos los santos, tanto los que han brillado ante todos como los que han pasado discretamente, recordamos nuestra vocación a esta plenitud de vida. La santidad no consiste en hechos extraordinarios, ni siquiera en una vida exenta de fallos. La santidad es la presencia y el amor de Dios que cada persona estamos llamados a acoger y cultivar en nuestra vida concreta, para que dé fruto.

"¡Aventuremos la vida!" (Teresa de Jesús)



Lecturas de hoy: https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/hoy/lecturas/



  ¿Qué es lo más importante en la vida, lo que puede dar sentido y sostener lo demás? Así podríamos traducir la pregunta que hoy se hace a...