Hoy, el Evangelio nos conduce a una confesión de fe
fundamental, en medio de paradojas, como las que encontramos en nuestra vida.
Juan nos hace ver cómo Jesús es profundamente humano, y se estremece y llora ante la muerte de su amigo y
el dolor inconsolable de María y las que lo acompañan. A la vez, hoy manifiesta
la fuerza de Dios, capaz de resucitar a Lázaro. Dios se conmueve con nuestras
tragedias. Y su compasión no es sólo sentimiento, sino poder que crea vida, la
renueva.
Juan nos habla también
de frustración, de desconcierto. Lo que
expresan, reiteradamente, Marta y María: “Si
hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Nos queda la
perplejidad por la demora de Jesús para socorrer a su hermano (y, aunque Jesús
se hubiera puesto en camino inmediatamente, habría llegado dos días después del
entierro de Lázaro). Podemos ver reflejado, en este episodio, nuestro
desconcierto por ante tantas situaciones, ante tantas cosas que ocurren.
Marta y María exponen
a Jesús sus sentimientos, abiertamente, confiadamente. Desde su dolor y decepción, Marta se abre al diálogo
con el Maestro. Y ese diálogo la conducirá a confesar a Jesús como resurrección
y vida, como “el Hijo de Dios, el que
tenía que venir al mundo”. En ese diálogo, Jesús acompaña a Marta a vencer
sus propias resistencias, a quitar la losa que cierra el sepulcro de Lázaro,
para permitirle hacer su obra: dar nueva vida.
La carta a los Hebreos (2, 14-15) nos dice que “
Jesús participó de esa condición
(nuestra carne y sangre, nuestra vida mortal), para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al
Diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan la vida como
esclavos”. Jesús ha venido a darnos vida, y para hacerlo Él mismo pasará
por la muerte. Él trae la Resurrección y la Vida definitiva: una vida que
anhelamos, y a la vez somos incapaces de definir y comprender (como un ciego de
nacimiento no podría describir los colores, o un sordo imaginar la música). Una
vida que recibiremos plenamente más allá de esta vida, y que también se va
haciendo presente en esta vida, en la experiencia que podemos ir haciendo del “Espíritu que habita en vosotros” (Romanos,
8, 8-11), que es fuente de paz, de creatividad, de valor, de perdón… de vida
que se renueva.
Este Evangelio, hoy, nos
pregunta también por nuestra vida, que tal vez tiene también “espacios muertos”, sellados con losas, y
frustraciones y desconciertos... Nos invita a entrar en diálogo con Jesús, que
ofrece Vida, no sólo en el último día, sino también en el hoy de nuestra
existencia.
En la primera lectura, escuchamos las palabras del profeta
Ezequiel, ante un pueblo en el destierro, que se sentía a punto de desaparecer,
después de haber perdido casi todo (la independencia y la libertad, la tierra
patria, y el templo que era el medio que tenían para relacionarse con Dios):
"Yo mismo abriré vuestros sepulcros,
y os haré salir de vuestros sepulcros...
Y cuando abra vuestros sepulcros
y os saque de ellos, pueblo mío,
comprenderéis que soy el Señor.
Pondré mi espíritu en vosotros, y viviréis."
Son palabras que anuncian una obra de Dios: ese momento, que parecía de muerte (hasta ese momento, todos los pueblos antiguos, al ser desterrados, desaparecían como pueblo), va a ser el momento en que Israel se renueve, se afiance con una nueva identidad, y una nueva manera de comprender a Dios y de relacionarse con Él.

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