Jesús habla de la vida
eterna ("para que donde esté yo, estéis también vosotros"), y
la presenta como un estar con El, compartir su vida. Algo que ya empezamos a pre-gustar
en esta vida, pero va más allá de lo que podemos conocer. Podemos, tal vez,
reconocernos en la pregunta de Tomás "no sabemos a dónde vas, ¿cómo
podemos saber el camino?".
Y Jesús mismo se
presenta como Camino. Y como Verdad y Vida. Estas palabras tienen diferentes
niveles de sentido. Vale la pena dejar que resuenen en nuestro corazón,
meditarlas.
De entrada, tienen una
referencia muy concreta: ese Jesús que ha lavado los pies, que va a entregar su
vida en la cruz, es el camino que hemos de seguir. Ese amor que se hace
servicio y entrega es la vida verdadera.
Jesús (su enseñanza,
su persona, también su presencia en la Eucaristía) es una verdad que vamos
descubriendo, y una vida que se nos comparte en un camino, porque somos
incapaces de abarcar toda la verdad en un solo paso, en un momento. Jesús es
camino (a la vez que es guía y meta). Y nos va llevando a la verdad y la vida.
A la vez, es verdad que nos ayuda a vivir auténticamente. Y es vitalidad que da
sentido al camino y da calor humano a la verdad... En Él vamos descubriendo a
Dios, con Él podemos ir también comprendiendo nuestra vida y orientándola a
plenitud.
“Traer un ordinario apetito de imitar a Jesucristo en todas sus obras,
conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y
haberse en todas las cosas como él se hubiera” (S. Juan de la Cruz. Dichos de luz y amor)
Cuando Jesús dice
"Yo soy...", conecta con aquel “Yo soy” con el que Dios se reveló a Moisés (Ex 3, 14). Jesús revela
al Padre, y se muestra Él mismo como Hijo de Dios. Él, para nosotros, es
pastor, puerta, luz, agua viva…
Y se revela en las obras. Obras de vida: curar, devolver la
vista, rehabilitar las personas… Ese es
el toque de autenticidad de Dios. Él sorprende, te puede llevar incluso donde
no pensabas. Pero te lleva a donde realmente quieres ir, te lleva a Vida.
