La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a cultivar
nuestra relación con Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Corpus
Christi nos recuerda que la Eucaristía es encuentro vivo con Cristo, en el que Él
comparte su Vida con nosotros, nos transmite el Espíritu, y nos introduce en la
relación que, como Hijo, Él tiene con el Padre, para que nosotros vivamos
también como hijos suyos.
En el lenguaje de un hebreo del siglo I, el cuerpo se identifica con la persona, y
la sangre con la vida. Como nos
recuerda Pablo, la Eucaristía nos une a Cristo, en ella participamos de su vida
(su sangre) y de su persona
(su cuerpo). Así alimenta así
nuestro espíritu, nos impulsa y nos construye como discípulos de Jesús. Para
ello, también es preciso que nosotros asimilemos
este alimento. Celebrar la Eucaristía auténticamente nos compromete a vivir en comunión con Jesús:
a adherirnos a Él, identificarnos con su mensaje y su vida entera, con su búsqueda
de la voluntad del Padre.
El Evangelio subraya este alimentarnos de Jesús. El habla, insistentemente, de su carne. Es el término que usan los hebreos
(y la Escritura) para hablar del ser humano, de su existencia histórica y
concreta. Nos remite al Jesús real, "de
carne y hueso", a sus enseñanzas, sus actitudes, sus sentimientos, su
vida entera. Cristo, la Palabra hecha carne, es la Revelación definitiva de
Dios, que ha asumido nuestra realidad humana. Jesús es el Pan de Vida, el que sale a nuestro
encuentro en nuestras circunstancias concretas, y nos transmite la Vida de Dios.
Jesús, el que sintió terror y angustia en Getsemaní, es
quien puede sostenernos cuando sentimos debilidad y miedo. Y también El, que en
Caná transformó el agua en vino, es quien puede dar sabor y fuerza a nuestra
vida, para que no se vuelva insípida, y quien alimenta nuestra alegría con una
hondura y una paz que el mundo no puede
dar (Jn 14, 27; 15,11). Él, que lloró a su amigo Lázaro, viene a nosotros
cuando nuestro corazón se apaga, y puede también sacarnos, como a Lázaro, de la
tristeza y el aislamiento que a veces nos atrapan. Jesús, que abrazaba a los
niños y tocaba a los leprosos, nos convoca a la Mesa, para formar una comunidad
con capacidad de ternura y acogida. Una comunidad que comparte vida, y que así
aprende a acoger y compartir la vida que Jesús nos ofrece. Como dice Pablo, aunque
somos muchos y diferentes, podemos ir
formando un cuerpo, una comunidad que
haga presente hoy, en el mundo, la persona y el mensaje de Jesucristo.
Celebrar la Eucaristía y comulgar con Jesús es aprender a
vivir nuestras alegrías, desencantos, tristezas, miedos y proyectos, unidos a
Él, dejándonos iluminar por su palabra y acompañar por su presencia.
“Con tan buen amigo
presente, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo
se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero. Y veo
yo claro (y he visto después) que para contentar a Dios y que nos haga grandes
mercedes, quiere sea por manos de esta humanidad sacratísima, en quien dijo su
Majestad se deleita (Mt 3, 17). Muy muchas veces lo he visto por experiencia;
me lo ha dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar si
queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos.
Así que vuestra merced, señor,
no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de contemplación. Por aquí va
seguro. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes; él lo
enseñará. Mirando su vida, es el mejor dechado. ¿Qué más queremos de un tan
buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como
hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le
trajere junto a sí”.
Teresa de Jesús. Vida, 22, 6-7

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