sábado, 24 de octubre de 2026

Lo que de verdad importa. “Amarás a Yahveh, tu Dios… amarás al prójimo” (Mt 22, 34-40)

 

¿Qué es lo más importante en la vida, lo que puede dar sentido y sostener lo demás?

Así podríamos traducir la pregunta que hoy se hace a Jesús. (Para los fariseos, el cumplimiento de la Ley era lo fundamental, la respuesta a Dios para que Él nos dé vida). Jesús, trae la cuestión a lo esencial: el amor. Es lo que da sentido y hace posible lo demás. “El que ama al prójimo, ha cumplido la Ley”, dirá S. Pablo (Romanos, 13, 8-10). Amor, que no es mero sentimiento, sino actitudes. Y que se traduce en obras, pero va más allá de cumplimientos o acciones (1 Corintios, 13).

Jesús une el amor a Dios con el amor al prójimo. Este segundo mandamiento es semejante, como el hombre es imagen y semejanza de Dios (Génesis 1, 27). Y nos hacemos semejantes a Dios, precisamente, cuando amamos. “Porque Dios es amor” (1 Juan 4,8). El amor al prójimo es escuela de amor real: perdonar, comprender, ceder, respetar, esperar, sobrellevar, cuidar, atender, compartir, recibir …  

Y el amor a Dios nos aporta profundidad. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó” (1 Juan 4, 10). Amar es renunciar a ponernos en el centro: para reconocer y recibir de Dios la iniciativa del amor, y para centrarnos en el otro. Además, nuestro amor no es mera respuesta a lo que recibimos en nuestro entorno, porque bebe de otra fuente, el amor que Dios derrama sobre nosotros. En Él hemos de enraizarnos: en ese amor que siempre nos acoge, nos levanta, nos bendice.

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente” (el texto que Jesús cita, Deuteronomio 6,5, decía “con todas tus fuerzas”). Con todo lo que somos, también nuestra fragilidad. Como decía el Papa Francisco: Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad. Esto es lo que hace que san Pablo diga: «Él me ha dicho: ¡Te basta mi gracia!, porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad”  (2 Co 12,7-9. Patris Corde, 2).

Amar con nuestra personalidad. Cada uno tenemos una manera de amar, como hemos tenido una manera de ser (que también hemos de “pulir” y trabajar). Eso significa también abrirnos al otro y su manara de amar:  la persona con quien trato, con quien convivo: ¿cómo expresa su amor? ¿y cómo necesita ser amada?

 

“Dios no se sirve de otra cosa sino de amor (…) su deseo, sólo es de engrandecer al alma. Para sí nada de esto desea [obras, trabajos…], pues no lo ha menester, y así, si de algo se sirve, es de que el alma se engrandezca; y como no hay otra cosa en que más la pueda engrandecer que igualándola consigo, por eso solamente se sirve de que le ame; porque la propiedad del amor es igualar al que ama con la cosa amada (…). Dice, pues, la canción:

                Mi alma se ha empleado
                y todo mi caudal en su servicio,
                ya no guardo ganado,
                ni ya tengo otro oficio
                que ya sólo en amar es mi ejercicio”.

(San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual B  28,1)


sábado, 17 de octubre de 2026

Uno en Cristo, unidos en la misión. “Al César lo que es del César, pero a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 15-21)

 

Jesús, hoy nos ofrece una palabra luminosa, con ocasión de una pregunta trampa. Los fariseos y herodianos (enemigos entre sí, pero unidos contra Jesús) pretendían ponerle en un dilema, y desautorizarlo ante el pueblo (si decía que hay que pagar el tributo al César) o acusarlo ante el poder romano (si decía que no hay que pagar).

Jesús pone en evidencia la falsedad de la pregunta: de hecho, ellos ya tienen su respuesta: han acatado al César, porque llevan consigo su moneda (¡incluso en el recinto sagrado del Templo, donde se sitúa esta discusión!), con su imagen y una inscripción que proclamaba su divinidad. El modo de proceder de Jesús, de alguna manera, nos invita también a darnos cuenta de que hay preguntas erróneas y  conflictos mal planteados.

Las palabras de Jesús nos enseñan a deslindar el plano “temporal” y el espiritual. El mundo tiene una autonomía legítima, una forma de funcionar en lo político, económico, social… Y hemos de saber participar en la sociedad, colaborando con el bien común. Pero hay otra dimensión, señalada con ese “pero a Dios, lo de es de Dios”. Y es la más honda y definitiva, pues, en último término, todo es de Dios (“Yo soy el Señor y no hay otro”, escuchamos hoy a Isaías). Respetamos las leyes del mundo (en la medida en que se ajustan a criterios de justicia, de paz y solidaridad…), pero sólo Dios es nuestro Señor.

Un Señor que nos ha dado todo, y que nos invita a responderle con una actitud de confianza y de amor. “Dar a Dios lo que es de Dios” no es un tributo que nos empobrece. Es abrir  nuestra vida a una relación con Él que nos enriquece y hace libres. Como decía S. Ireneo, “la gloria de Dios es que el ser humano viva, y la vida del hombre es ver a Dios”.

Y hoy, el DOMUND nos invita a descubrir una dimensión de esta respuesta. También hemos recibido de Dios el don de la fe, el vivir unidos a Cristo. Y ese don lo hemos recibido para compartirlo, con otros. Es más, lo recibimos y lo comprendemos plenamente cuando lo compartimos. Profundizamos en nuestra unión con Cristo participando de su misión: anunciar y hacer presente el amor de Dios a través de las enseñanzas, los gestos y la vida de Cristo. Y, como Jesús, anunciarlo con palabras y con obras: por eso la Iglesia, anuncia el Evangelio y abre escuelas, celebra los sacramentos y levanta hospitales, funda comunidades y teje redes de solidaridad, anuncia la gloria de Dios y promueve la dignidad de las personas.  

Este domingo nos invita a pensar ¿qué puedo dar a Dios? ¿Cómo puedo participar en la misión de la Iglesia?.

“El César busca su imagen, dádsela. Dios busca la suya: devolvédsela. No pierda el César su moneda por vosotros; no pierda Dios la suya en vosotros” (S. Agustín, Comentario al Salmo 57,11)


Te sugiero acercarte a alguna revista misionera: La Obra Máxima , Mundo Negro  ... Es una forma de colaborar. Y también es una forma de ampliar tus horizontes, de conocer mejor el mundo (nuestros medios de comunicación, frecuentemente olvidan o silencian muchas regiones, muchas cuestiones).

El Domund cumple hoy 100 años. Aunque su historia comienza hace más de 200. En 1822, una joven francesa, la beata Paulina Jaricot, fundó la Asociación de la Propagación de la Fe. 100 años más tarde, el Papa Pío XI la asumió como Obra Pontificia para cooperación misionera, y en 1926 instituyó el Domingo Mundial de la Propagación de la Fe.

sábado, 10 de octubre de 2026

“Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos” (Mt 22, 1-14)

 

Jesús (e Isaías, en la primera lectura) compara el reino de Dios con un banquete magnífico. En contraste con la generosidad de esta invitación aparecen la indiferencia y el rechazo de los llamados.

La violencia de esa parábola resulta chocante en Jesús, que siempre anuncia la misericordia del Padre (aunque una parábola es un relato muy esquemático con trazos simples). Refleja, sin embargo, la realidad de nuestro mundo, donde recursos para que todos pudieran vivir con dignidad, pero, por el rechazo a los valores que Dios propone, se malogran las oportunidades de compartir y se desatan muchas veces la guerra y la brutalidad.

A pesar del rechazo de los llamados, el banquete se sigue ofreciendo, y con una generosidad que alcanza a todos, "malos y buenos". Es la misma benevolencia del "Padre celestial que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos" (Mt 5, 45), que ofrece su amor a todos.

El "vestido de boda" significa que la invitación nos compromete a algo. La gracia de Dios es gratuita, pero no barata (como decía D. Bonhoeffer). El invitado expulsado había desdeñado también el banquete, al presentarse de manera negligente. Y su expulsión introduce la sentencia final del texto. Todos hemos sido llamados, pero es necesario responder. El vestido habla, aquí, de actitudes de vida. En esa línea, S. Pablo habla de "revestirnos” de una serie de actitudes: verdad, justicia  (Efesios, 6,6-19), entrañas de misericordia, bondad, humildad, paciencia (Col 2, 12). Finalmente, es revestirnos de Cristo (Gálatas, tas 3, 27; Efesios 4, 24).

El Evangelio, en fin, nos llama a preguntarnos cómo respondemos a la invitación que Dios nos hace para compartir la vida que Él nos ofrece.



“En  un reino lejano de Oriente, se encontraban dos amigos que tenían deseo de saber sobre el Bien y el Mal. Un día se acercaron a la cabaña del sabio Lang para hacerle algunas preguntas:

Anciano, díganos: ¿qué diferencia hay entre el cielo y el infierno?…

El sabio contestó:  

– Veo una montaña de arroz recién cocinado, con variedad de manjares. Alrededor hay muchos hombres y mujeres con mucha hambre. Los palillos que utilizan para comer son más largos que sus brazos. Por eso cuando cogen el arroz no pueden hacerlo llegar a sus bocas. La ansiedad y la frustración cada vez van a más.

– Veo también otra montaña de arroz recién cocinado, con variedad de manjares. Alrededor hay muchas personas alegres que sonríen con satisfacción. Sus palos son también más largos que sus brazos. Aun así, han decidido darse de comer unos a otros.”


sábado, 3 de octubre de 2026

“Un pueblo que produzca sus frutos” (Mt 21, 33-43)

 

El canto de Isaías y la parábola del Evangelio, esbozan la historia de Dios con su pueblo, que se niega a dar los frutos que se le piden, maltrata a los profetas, y llegará a matar a Cristo, el Hijo que Dios envía. 

No es sólo la historia de Israel. En nuestro mundo aparece lo que el profeta denuncia: "esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada. Esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos" (Is 5,7).  

Esta historia nos interpela a todos, pues en cada uno está la capacidad de dar buen fruto, o dejar que ese fruto se estropee. El evangelio ofrece una clave: la disposición a dar fruto, frente a la tentación de querer apropiarse de todo. S. Francisco de Asís (cuya fiesta celebramos este domingo), nos recuerda que todo cuanto tenemos, lo hemos recibido de Dios: no sólo los bienes materiales, sino también nuestras cualidades personales, y la misma vida. Y cuando pretendemos apropiarnos de ello, quedárnoslo sólo para nosotros, lo estropeamos. Nuestra vida da fruto y se realiza cuando esos dones se convierten  en ofrenda: acción de gracias a Dios y dones que se ponen al servicio de los demás. De ello habla también la Plegaria Eucarística III, que pide que el Espíritu "nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos".

Cabe apuntar que Dios nos pide frutos, que no es lo mismo que resultados. El "resultado" de nuestros esfuerzos depende de muchos factores, a veces ajenos a nosotros. Y también escapa a nuestros cálculos. La vida de algunos santos, como Teresa de Lisieux y Charles de Foucauld, podía parecer un fracaso sin resultado, y sin embargo han tenido una extraordinaria fecundidad y capacidad de dar luz a otros.

En el Nuevo Testamento, los frutos se refieren, más bien, a las actitudes. Así, dice San Pablo (Gálatas, 5, 23) que "el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza"...  Hoy nos invita también a cultivar, junto con la oración confiada, una serie de actitudes: "todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, todo lo que es virtud o mérito" y poner en obra "lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí" (Flp 4, 8-9). 

Vale la pena que preguntarse ¿qué frutos me pide Dios? ¿Qué frutos pide la realidad que me rodea? ¿Qué frutos puede (y pide) dar mi vida? 

 

Y devolvamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos los bienes son de él, y démosle gracias por todos a él, de quien proceden todos los bienes. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a él se le tributen y él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es bueno (cf. Lc 18,19).
(S. Francisco de Asís, Regla no bulada, cap. 17)


En la tarde de esta vida, compareceré delante de ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor, que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso yo quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de Ti mismo. No quiero otro trono ni otra corona que Tú mismo, Amado mío...
 (Sta. Teresa del Niño Jesús, Ofrenda al Amor misericordioso)



En la Escritura hay otro pasaje que habla de una viña y puede iluminar el de hoy: Jn 15 1-10,  Jesús es la vid verdadera, y nosotros los sarmientos, que, unidos a Él, podemos dar fruto. Frente a la tentación de un voluntarismo basado en las propias fuerzas (otra vez, el quedarnos en nosotros mismos), nos dice hoy Jesús que Él es la piedra angular (Mt 21, 42), sobre la que podemos construir. 


sábado, 26 de septiembre de 2026

"¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?" (Mt 21, 28-32)

 

El domingo anterior daba la vuelta a las categorías de "últimos" y "primeros", para subrayar la misericordia de Dios que busca a todos, y que nos llama a vivir desde la gratuidad. Hoy, Jesús da un paso más. Ya está en Jerusalén, próximo a la cruz. Y denuncia, de forma abierta, la hipocresía de las autoridades judías.

Su planteamiento va más allá de lo moral: el “trabajo” al que se refiere la parábola es la conversión, que Juan Bautista predicaba. Es orientar radicalmente nuestra vida a Dios. Algo que ya estaba en la Ley, tal como la expresa el Deuteronomio: “Escucha, Israel: Yahveh es el único Señor. Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Dt 6, 4-5). Lo que hace "primeros" a aquellos pecadores públicos (publicanos, prostitutas...), es que ellos son conscientes que necesitan ser salvados, y han escuchado y acogido la llamada a la conversión. Los fariseos, sin embargo, se sienten seguros en sí mismos, en su cumplimiento de normas. Y esa seguridad orgullosa los ciega, para no ver las contradicciones que viven (“ellos no hacen lo que dicen”, Mt 23,3; “su corazón está lejos de Dios” Mt 15,9), e incluso condenar a otros.

El evangelio nos llama a la humildad. Teresa de Jesús dice que es “andar en verdad”: darnos cuenta de nuestras incoherencias, nuestra falta de consistencia. Esa conciencia nos llama a seguir esforzándonos por convertir en vida la fe que profesamos, hacer la voluntad del Padre. Además, nos llama a asumir nuestra fragilidad, y vivir una fe humilde y agradecida: lo que nos salva es el amor misericordioso de Dios. (La parábola de hoy habla de un padre, como el del hijo pródigo). Podemos asumir nuestra verdad, con sus sombras y sus luces, porque Dios mira nuestra realidad con amor. 

En esa línea leemos hoy la carta de Pablo a los Filipenses (Flp, 2,1-11), que “resume” la historia de la salvación, desde uno de sus aspectos fundamentales: frente a la soberbia humana que pretendía "asaltar el cielo" (aquel "seréis como dioses" que escuchó Adán, Gn 3,5), el camino de Dios es el camino humilde del amor que se entrega. Es el camino de la Vida. 

Desde el evangelio de hoy se abre también una mirada dialogante hacia nuestro mundo, en el que muchos dicen "no quiero" (ante la religión, ante la Iglesia...), y, sin embargo, trabajan por construir un mundo más pacífico y justo... más de Dios. Nos recuerda la llamada del Concilio Vaticano II, y del Sínodo a derribar muros y construir puentes.  

 

"La sola cosa que nadie envidia es el último lugar. Este último lugar es, pues lo único que no es vanidad y aflicción de espíritu...
Coloquémonos humildemente entre los imperfectos, considerémonos almas pequeñas a las que Dios tiene que sostener a cada instante. Cuando él nos ve profundamente convencidas de nuestra nada, nos tiende la mano…. «Cuando parece que voy a tropezar, tu misericordia, Señor, me sostiene» (Salmo 93). Sí, basta con humillarse, con soportar serenamente las propias imperfecciones. ¡He ahí la verdadera santidad!
Cojámonos de la mano, hermana querida, y corramos al último lugar... Nadie vendrá a disputárnoslo..." 
 (Teresa del Niño Jesús, Carta a Celina, 7-6-1897)



sábado, 19 de septiembre de 2026

“Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 1-16)

 

Con la parábola de los jornaleros, Jesús ilumina un dicho que repite varias veces en el Evangelio “los últimos serán primeros y los primeros últimos” (Mt 20, 16).

Una expresión que desafía la lógica del mundo. Pero se puede comprender con el corazón. Para una madre o un padre, que quiere a cada uno de sus hijos, el primero que viene a su mente es aquél que está en situación más vulnerable, o aquél que sufre. Jesús nos dice que el Padre, Dios, es así. (Y nuestro corazón, cuando ama, se hace a imagen del de Dios). 

En la parábola, el dueño de la viña se mueve por la generosidad. Busca que todos tengan trabajo. Y paga el jornal entero incluso a quien llegó a última hora. El denario era el salario de una jornada y significaba, para los jornaleros, el sustento de su familia.

Y dice: “¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Literalmente (es una expresión hebrea): “¿es tu ojo malo porque yo soy bueno?” Su generosidad nos interpela: ¿cómo es mi mirada? Mi forma de comprender la justicia, ¿da lugar a celos y envidias? ¿Pueden ofuscar mi mirada la competitividad, o el deseo de ser más que otros…?

    La parábola habla además, entre líneas, de confianza: los primeros jornaleros saben lo que van a cobrar; pero los contratados a media mañana confían que su salario será “lo debido”, y los últimos van sin oír qué se les pagará. Habla de gratuidad, y de gratitud. Porque el Reino de los cielos es infinitamente más de lo que podemos ganar con nuestros méritos y trabajos. Es gracia. En la 1ª carta a los Corintios, Pablo, con profunda conciencia de esa gratuidad, dirá que su paga por empeñar su vida en el anuncio del Evangelio, es entrar en esa gratuidad (“para ser partícipe del mismo” 1 Co 9, 18-23”). Y hoy llega a decir “para mí la vida es Cristo”.

“Como está el cielo más alto que la tierra, así están mis caminos más altos que los vuestros, y mis caminos que los vuestros" (s 55,9) Dios nos llama a un cambio de mentalidad. Esa distancia, paradójicamente, es cercanía: Dios es más cercano y misericordioso de lo que pensamos. “Cerca está el Señor de los que lo invocan… es incalculable su grandeza, es clemente y misericordioso” rezamos con el salmo 144).

 

“¿Para qué pensáis, hijas, que he pretendido declarar el fin y mostrar el premio antes de la batalla, con deciros el bien que trae consigo llegar a beber de esta fuente celestial, de esta agua viva? Para que no os congojéis del trabajo y contradicción que hay en el camino, y vayáis con ánimo y no os canséis (…) Mirad que convida el Señor a todos (Mt 11, 28). Pues es la misma Verdad, no hay que dudar. Si no fuera general este convite, no nos llamara el Señor a todos (…)  tengo por cierto que todos los que no se quedaren en el camino, no les faltará esta agua viva. Dénos el Señor, que la promete, gracia para buscarla como se ha de buscar”.

Teresa de Jesús, Camino de perfección, 19, 14-15


 - Cabe también apuntar que, en esta parábola, el denario no llega como mero subsidio, sino como pago a los que responden y van a trabajar (siquiera una hora). Este evangelio une la gratuidad con el esfuerzo y la respuesta humana, que tienen su valor ante Dios.


viernes, 11 de septiembre de 2026

"¿Cuántas veces tengo que perdonar?" (Mt 18, 21-35)

 

El Evangelio subraya la importancia y necesidad del perdón:

- Es necesario para sanar las relaciones. Entre personas hay roces, y algunas veces nos hacemos daño (muchas veces, sin querer o por conflictos inevitables...). El perdón es la única forma posible de sanar una relación rota, y de construir una convivencia sana.

- Es el camino hacia la paz personal. El rencor nos envenena por dentro, nos malogra. Perdonar nos permite recuperar la paz y nos libera del pasado. También es importante pedir perdón, porque nos ayuda a asumir nuestros errores y restaurar la relación con las personas en verdad.

Perdonar no significa justificar lo que ocurrió, ni tampoco quitarle importancia. Es restablecer la relación con la persona en clave positiva, y "pasar página", para no quedarnos atados emocionalmente a un hecho del pasado. 

- Jesús pone el perdón en referencia a Dios. Nos invita a caer en la cuenta de la magnitud del perdón que nosotros recibimos de Dios. Nuestra deuda con Él (no sólo por nuestras ofensas, sino también por todo lo recibido, que no podríamos devolver) es infinita. Y agradecerla (Col 3, 15: Sed agradecidos). Es la gratitud la que nos hace capaces de gratuidad

Y, a la vez, es la gratuidad la que nos pone en sintonía con Dios, para acoger el perdón que Él ofrece incondicionalmente. 

- En el perdón nos encontramos con Dios, experimentamos su amor que nos renueva. La comunidad cristiana es lugar de la presencia de Dios ("allí estoy yo en medio de ellos"), porque es comunidad de personas que perdonan. Así se hace transmisora de su reconciliación ("lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo"), como escuchábamos el domingo pasado (Mt 18, 18-20).

     “¡Qué estimado debe ser este amarnos unos a otros del Señor! Pues pudiera el buen Jesús ponerle delante otras [cosas], y decir: «perdonadnos, Señor, porque hacemos mucha penitencia», o «porque rezamos mucho y ayunamos y lo hemos dejado todo por vos y os amamos mucho»; y no dijo «porque perderíamos la vida por vos», y, como digo, otras cosas que pudiera decir, sino sólo «porque perdonamos». (...)  

No puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia adonde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió; porque tiene presente el regalo y merced que le ha hecho, adonde vio señales de grande amor” 

    Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 36, 7-8.11


Muchas veces, el perdón es un camino. El primer paso es “querer perdonar”. Lo siguen las actitudes y signos reconciliadores (tal vez no podemos evitar sentirnos mal con alguien, pero sí podemos elegir tratarle bien …) y más tarde, llega a ser ese “perdón de corazón” en el que podemos sentir la paz interior. A ese camino lo acompaña la oración: pedir a Dios que sane nuestras heridas y nos ayude a perdonar (o pedir perdón), nos infunda su paz.


sábado, 5 de septiembre de 2026

“Estoy Yo en medio de ellos” (Mt 18, 15-20)

 

En nuestro tiempo, la era de las redes sociales, se multiplican las interacciones superficiales, pero crecen el individualismo y, paralelamente, la soledad (hay estudios que hablan de cómo la sufren no sólo muchos ancianos sino también uno de cada cuatro jóvenes). Tal vez el sentimiento de vacío y desencanto que cunden en la sociedad tiene relación con ello.

Jesús invita a amar. Así es como nos abrimos a la Vida que Él nos ofrece, porque Dios es amor (1 Jn 4,8). Por eso, Él se hace presente en la comunidad, en aquellos que comparten vida en su nombre. En comunidad nos sostenemos mutuamente ante las dificultades, y ensanchamos nuestra percepción de Dios, haciéndola menos parcial. Y, sobre todo, aprendemos a amar: a comprender, perdonar, dar y recibir… Pablo nos invita a relacionarnos así: "a nadie debáis nada más que amor..." (Rom 13, 8). Poniendo en el centro el bien de la persona, que es lo que da sentido a las normas, y que está por encima de compromisos sociales, para evitar que se conviertan en ataduras.

Con este crear comunidad tiene relación la promesa de que "si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre". No es una "receta mágica". Jesús subraya el camino hacia el acuerdo mutuo, que es la comunión, el ideal de la primera comunidad cristiana: "un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32). Un camino que nos hace capaces de ir más allá del propio interés, que nos abre al Espíritu y nos enseña a orar, porque "nosotros no sabemos cómo pedir para orar como nos conviene, pero el Espíritu intercede por nosotros" (Rom 8, 26). 

Ese amor también implica una corresponsabilidad, un interés por el hermano, que nos llama a no desentendernos de él. Con un sano equilibrio y respeto a su autonomía. En esa línea, Mateo nos transmite una enseñanza de Jesús sobre la corrección fraterna, que pone el acento en el deseo de salvar la persona. Por eso invita, en primer lugar, a hablar personalmente con el hermano, sin airear los problemas en críticas o comentarios con otros. Esto implica valor (a veces se habla mucho de una persona, y nadie se atreve a hablarle a ella de su problema). Y delicadeza, (el objetivo no es quedar por encima, "tener la razón", sino que el hermano "se salve"). Hace falta, para ello, humildad en el que habla, y, por supuesto, en el que escucha. ¿Cómo recibimos nosotros una llamada de atención, una crítica constructiva...?. 

Para situaciones de mayor trascendencia o aspecto público, esta praxis incorpora el recurso a otra persona, que ayude a tratar la situación con objetividad, con más perspectiva. Y finalmente a la comunidad. El Evangelio, finalmente, señala que cuando alguien no hace caso a la comunidad, se sitúa al margen de ella. Pero aun así, se deja una puerta abierta a la misericordia de Dios, que también llamó a la conversión a los publicanos y los paganos.


sábado, 29 de agosto de 2026

“Tome su cruz y me siga” (Mt 16, 21-27)

 

El domingo pasado, veíamos a Pedro reconocer a Jesús como Mesías, Hijo de Dios. Pero esto, ¿qué significa? ¿Cómo se hace Él presente en nuestras vidas y nos salva?

Tendemos a pensar que “si Dios está con nosotros” todo ha de ir bien, sin fracasos ni sufrimiento. La realidad no es así. Los cristianos también estamos, como todos, expuestos a esa parte de la vida humana. Jesús, el Hijo de Dios, también la asume, consciente de que así lo quiere el Padre (eso significa el “tenía que…”).  Si rechazamos esto, pierde autenticidad nuestro seguimiento de Jesús. Es lo que le pasa a Pedro. Él, la piedra-cimiento de la Iglesia, se convierte en piedra de tropiezo, por querer llevar el camino de Dios según sus deseos (“¡eso no puede pasarte!”). Se vuelve tentación para Jesús. Por eso, Él lo llama “Satanás” (el tentador) y le ordena aprender a ser seguidor: “ponte detrás de mí”.

Y aclara que todo discípulo ha de ”tomar su cruz”. Seguimos a Jesús precisamente asumiendo nuestra vida, con sus dificultades. Aprendiendo a amar, en nuestra realidad concreta. De fondo, está una propuesta fundamental de Jesús: entregar la vida, no vivir para nosotros mismos. El que sólo busca su propia felicidad, no la podrá encontrar (“quien quiera salvar su vida, la perderá”). Porque la plenitud humana se encuentra en el amor. Y el amor implica entrega, ir más allá de nosotros mismos (de nuestros intereses, gustos, comodidad...). Amar significa también renunciar a algunos (o muchos) de nuestros deseos y criterios, o reconducirlos: “negarse a sí mismo”.

El camino de Jesús, muchas veces, no evita el dolor y los fracasos, pero abre un camino que consigue ir más allá de ellos, y renueva la vida, la ensacha: “el que pierda la vida por mí, la encontrará”. La Vida Nueva del Resucitado, y de su Espíritu, se manifiestan haciendo germinar en el interior de las personas recursos, creatividad, fuerza, e incluso paz y alegría para crecer en medio de las situaciones difíciles, y también de los momentos hermosos de la vida.

Y se manifiestan también en la comunidad, fundada, como Jesús enseña en el amor fraterno (“donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy Yo… Mt 18,20” ). Hermanos, amigos, comunidad que nos sostienen en los momentos de dificultad y nos hacen capaces de superarla. No en vano, las primeras redes de solidaridad organizada en nuestra sociedad, nacen en las comunidades cristianas.

Por eso, el culto que San Pablo nos propone es ofrecernos nosotros mismos a Dios (en la lengua de un judío del siglo I, ofrecer “nuestros cuerpos”). Dejarle entrar en nuestra vida, en nuestros planes, en nuestro corazón, para que Él pueda irla transformando y guiando, renovando nuestra mente.

Y esto se realiza en una experiencia de amor, como la que canta el salmo 63:  “Tu gracia vale más que la vida… tu diestra me sostiene… tengo sed de ti”.

“El que de los apetitos no se deja llevar, volará ligero según el espíritu, como el ave a que no falta pluma.
Mira que tu ángel custodio no siempre mueve el apetito a obrar, aunque siempre alumbra la razón; por tanto, para obrar virtud, no esperes al gusto, que bástate la razón y entendimiento.
No pienses que el agradar a Dios está tanto en obrar mucho como en obrarlo con buena voluntad, sin propiedad y respetos
”.

San Juan de la Cruz, Dichos de Luz y Amor



domingo, 23 de agosto de 2026

“¿Quién decís que soy yo?” (Mt 16, 13-20)

 

Mateo (y también Marcos y Lucas) sitúa esta escena en la mitad del camino de Jesús. Después de haber estado  "proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo" (Mt 4, 23), y de encontrar diferentes respuestas, Jesús hace como un alto en el camino, y lanza esta pregunta. Y tras la confesión que hace Pedro en nombre de los discípulos, las enseñanzas de Jesús entran en otra profundidad y su camino apunta a la entrega definitiva en la cruz.

Como entonces, hoy se pueden dar diferentes respuestas a la pregunta “¿quién dice la gente…?”, pero la pregunta verdaderamente importante es la que Jesús nos dirige directamente a sus discípulos: “¿Quién decís que soy yo?”

Vale la pena hacernos esta pregunta. Y hacerla de vez en cuando. ¿Quién es Jesús para mí ahora, en este momento de mi vida? ¿Qué dice mi vida de Él?

Es una pregunta que introduce un diálogo. Jesús responde a Simón (Pedro) poniéndole un nombre nuevo: Jesús le dice quién es Pedro, cuál es su identidad más honda, y su misión. En diálogo con Dios, descubrimos nuestra vocación y el sentido de nuestro camino vital (Ap. 2, 17: " le daré también una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe").  Y nos vamos renovando. Descubrimos cómo Dios se hace presente en nuestra vida, cómo es Él con nosotros, cómo nos acompaña, qué pasos podemos dar.

Una pregunta y una respuesta, personales, y a la vez, comunitarias. Pedro responde en nombre de los discípulos. Y Jesús señala que esa respuesta ha sido inspirada por el Padre. Esa respuesta lo hace "piedra" sobre la que construir la Iglesia. La comunidad se fundamenta en la fe en Jesús, que conlleva seguir sus enseñanzas y su estilo (“el primero entre vosotros será vuestro servidor” Mt 23, 11). Todo liderazgo, en la Iglesia, está al servicio de esa fe que nos une, para ayudarnos a afirmarnos en ella (Lc 22, 32 "y tú, cuando te recobres, confirma a tus hermanos") y cuidarnos (Jn 21, 15-17). Esta es la misión de Pedro y de su sucesor, y esa línea está la de todo pastor y agente de pastoral. La fe ha es compartida, y crece y se afianza en la vida comunitaria.



sábado, 15 de agosto de 2026

“Para tener misericordia de todos” (Rm 11,32. Mt 15, 21-28)

 

Las lecturas de este domingo nos hablan de la salvación de Dios que es para todos. Para el pueblo de Israel y para la primera Iglesia, comprender esta noción precisó un arduo camino. Contemplar las dificultades que ellos tuvieron para superar una concepción posesiva y cerrada de "su" Dios, para comprender que es Padre de todos, nos invita a preguntarnos, también nosotros, si esa tendencia al exclusivismo, tan fuerte en el corazón humano, puede también filtrarse en nuestras actitudes (tal vez de otras maneras, relacionadas con opciones políticas, con formas de pensar o de ser, con sensibilidades...).

Jesús mismo se nos muestra en camino. Al ascender al cielo, Jesús enviará a los discípulos “a todos los pueblos” (Mt28,19) Inicialmente, sin embargo, dice que “sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel” ( y en Mt 10,1-7 también ciñe la primera misión de los discípulos al pueblo hebreo). En la conversación con la cananea, Jesús hoy comienza poniendo de manifiesto el pensamiento judío (la salvación es para los judíos, que son los “hijos”, no para los paganos, considerados “perros”). Para después dejarse vencer por la insistencia de esa madre, que no se presenta ante Jesús con pretensiones (como quienes pensaban “merecer” el favor de Dios por su raza o por sus cumplimientos), sino apelando a la misericordia.

                En el Evangelio, Jesús dialoga. A veces se piensa en Dios como si tuviera todo dispuesto y decidido desde toda la eternidad. Jesús, sin embargo, cambia su plan de descansar para atender a la multitud inquieta y necesitada (Mt 14, 13-20); acompaña a Pedro, para salvarlo, a pesar de lo ambiguo de su pretensión de caminar sobre el agua (Mt 28-31). Y con la cananea, no se limita a “despacharla” (como pedían los discípulos), sino que entra en un diálogo profundo, en el que afloran concepciones y motivaciones de fondo. Dios hace camino con nosotros.

                También se nos descubre otra característica de la fe. El evangelio del domingo pasado señalaba la necesidad de clarificar las propias actitudes (lo que, en esa escena, le falta a Pedro, “hombre de poca fe”). Hoy llama la atención la humildad con que la cananea responde a las primeras palabras de Jesús, que sonaban a dureza y rechazo. Y Jesús reconoce la grandeza de la fe de esta mujer de oración humilde e insistente (En Lc 18, 1-8, precisamente, invitará a una oración insistente).



En la carta a los Romanos, Pablo medita sobre el plan de salvación de Dios. El domingo pasado nos compartía sus sentimientos. Él se enfrentó a los judíos por sus actitudes excluyentes, y decidió llevar el Evangelio a los paganos (Hch 13, 44-52). Esa decisión audaz, sin embargo, va acompañada por un profundo dolor por su pueblo. Y en ese dolor y ese esfuerzo para predicar el Evangelio con fidelidad, nace una reflexión profunda: el rechazo del pueblo judío al Evangelio, paradójicamente, impulsó que éste se propagara a todos los pueblos (los Hechos de los Apóstoles narran cómo sucede así en varios momentos). Por otra parte, “los dones y la llamada de Dios son irrevocables”. En ello, Pablo descubre la acción salvadora de Dios. Y espera que en algún momento esa salvación vuelva sobre el propio Israel: “si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver de la muerte a la vida?”. De manera misteriosa, Dios abre caminos, en medio de la desobediencia de unos y de otros, “para tener misericordia de todos”.

Recordar estas palabras, en este momento histórico, también invita a la oración para que el Israel actual deponga el actual belicismo creciente, y encuentre el camino de la paz.


viernes, 14 de agosto de 2026

¡Bienvaventurada la que ha creído! (Lc 1, 39-56)

 


La fiesta de la Asunción de María tiene un profundo arraigo en el pueblo cristiano. Muestra de ello son los muchos pueblos y ciudades que celebran hoy su fiesta.

Un pueblo cristiano que conoce bien los dramas de la vida cotidiana (a los que también alude, aunque con un lenguaje extraño a nosotros, el libro del Apocalipsis). Crisis social, incendios, terremotos…  Contemplar a María participando plenamente (en cuerpo y alma) de la Resurrección de Cristo no es para evadirnos de la situación. El Evangelio nos muestra a María en camino, de prisa, para hacerse presente en casa de Isabel y ayudarla en el embarazo que afronta con una edad avanzada. Y María canta la obra salvadora de Dios en medio de la historia del pueblo (Abraham y su descendencia, y en favor de los pobres.

María es una señal para nosotros. Como nos dice hoy Pablo, también nosotros seremos asumidos por la Resurrección de Cristo. Una Vida Nueva y definitiva que asume también nuestros esfuerzos por hacer este mundo lo más habitable posible, y la vida que compartimos, ese crear lazos de apoyo mutuo, de cercanía, de escucha, de amistad y comunidad. Creer (¡Bienaventurada la que ha creído!) es también ponerse en camino. 




domingo, 9 de agosto de 2026

"¡Ánimo, Soy Yo. No tengáis miedo!" (Mt 14, 22-33)

 

Tras atender a la multitud hambrienta, Jesús se retira a la soledad que estaba buscando. Ante la necesidad, lo pospuso, pero después volvió a ese espacio de oración, de encuentro con el Padre.

En ese clima de oración podemos nosotros contemplar este evangelio. Habla también de nuestras noches, de nuestro navegar por la vida, a veces sacudido por olas y vientos contrarios. Habla también de nuestros miedos. Y de nuestros, fantasmas, esas cosas que nos asustan y que (en todo o en parte) son fruto de nuestra imaginación, de nuestra mirada insegura.

“Ánimo, Soy Yo, no tengáis miedo” Se nos invita a guardar en el corazón estas palabras. Podemos aventurarnos hacia otras orillas, y afrontar la noche, porque Él viene siempre a nuestro encuentro cuando lo necesitamos. Manifiesta su poder de maneras sorprendentes, y extiende su mano para salvarnos (ese “brazo extendido” del que habla tantas veces también el Antiguo Testamento).

Él nos acompaña en medio de la ambigüedad de nuestra vida. Una ambigüedad que se hoy refleja en las actitudes de Pedro: mezcla de fe y duda (la expresión “si eres Tú…” en la Biblia, es síntoma de tentación), de deseo de acercarse a Jesús y de afán innecesario de acciones extraordinarias… Pedro comienza a hundirse, pero sabe volverse hacia Jesús y llamarle. Y Jesús lo salva, a la vez que reprocha, con cariño, su falta de fe.

Una fe que va unida al discernimiento. Reconocer a Jesús en la noche. O, como Elías en la lectura del libro de los Reyes (19, 11-13), reconocer a Dios que no se manifiesta como se esperaba (el huracán, el terremoto, el fuego… habían sido signo suyo en otros momentos), sino “en el susurro de una brisa suave” (literalmente: “en la voz de un silencio sutil”). Aprender a escucharlo y descubrirlo, en el silencio y la noche. Para aprender a seguirlo, a navegar.


 
En el pasaje que hoy escuchamos de la carta a los Romanos, S. Pablo nos abre su corazón, hablando de su dolor por su pueblo. Es el inicio de una reflexión honda sobre los caminos de Dios y la historia, que escucharemos el próximo domingo. 

domingo, 2 de agosto de 2026

“Venid a mí: escuchadme y viviréis” (Is 55,3. Mt 14, 13-21)


 “Oíd, sedientos todos… venid a mí: escuchadme y viviréis” Estas palabras del profeta Isaías nos preparan hoy para acercarnos a Jesús en el Evangelio. Y también las palabras de S. Pablo: “ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8, 39)

El amor misericordioso, mueve a Jesús. Mateo nos dice que, en ese momento, Él buscaba un momento de soledad para “encajar” la muerte de Juan el Bautista (víctima del despotismo de Herodes y las intrigas de Herodías). Pero al encontrarse con la multitud que lo busca, se compadece, y responde concretamente ante las necesidades: cura a los enfermos, se da cuenta de que necesitan comer…

Señala también la unión de Jesús con el Padre: levanta la mirada al cielo, bendice el pan…

Y asocia a los discípulos a su misión. Frente a la tentación de inhibirse, por la precariedad de medios (“aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”), los llama a poner en juego lo que tienen, a compartir, a transmitir lo que Él les da.

Las lecturas de hoy nos dan, también, algunas claves esenciales de la Eucaristía:

- La sed, el anhelo que no se sacia con lo que se puede comprar con dinero ¿Cuáles son tus inquietudes, qué necesitas? La Eucaristía es momento para ponerlo ante Jesús

- Ofrecer. Cuando ponemos en manos de Jesús lo que somos y tenemos, aunque sea poco, Él lo transforma en abundancia para nosotros y para todos.

La Eucaristía nos invita a compartir: compartir nuestra vida con Dios (Él comparte con nosotros, nos entrega su presencia y su vida). Y formar comunidad, compartiendo nuestros recursos, nuestras inquietudes…

 

    Como… toda mi ansia era, y aún es, que pues [el Señor] tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo"

                (Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 1,2)


ANTE LOS SUCESOS EN CEUTA Y MELILLA: REFLEXIONES Y DOCUMENTACIÓN -> https://www.mesaporlahospitalidad.com/ante-los-sucesos-en-ceuta-reflexiones-y-documentacion/

Europa ha “externalizado” el control de la emigración, para que la controlen países vecinos (como Marruecos). Nuestra sociedad no quiere saber cómo lo hacen, qué pasa con los emigrantes que intentan llegar. Y estos países, a veces aprovechan esto para presionar. Lo sucedido estos días parece tener relación con ello. No están claros los verdaderos motivos, que han provocado la angustia de estas dos ciudades y el sufrimiento de decenas de miles de personas manipuladas en este juego. Y 67 muertos. 

domingo, 26 de julio de 2026

"El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido" (Mt 13, 44-52)

 

El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en un campo (En la historia de la Iglesia tenemos ejemplos de ello: el propio S. Mateo, S. Pablo, S. Ignacio de Loyola...). Otros (como S. Agustín, S. Justino...) llegaron a él tras una larga búsqueda, como el comerciante de perlas. Para unos y otros, este tesoro llena de alegría. Y esa alegría da fuerzas para una opción radical: vale la pena darlo todo por ese tesoro, porque en él está lo que puede llenar nuestro corazón, lo que da valor a nuestra vida.

Un buen comentario a este evangelio es lo que decía Pablo, que, por el Evangelio, dejó la seguridad de la Ley: “todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, (…) y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos, hasta hacerme semejante a Él...” (Flp 3, 7,11).

El evangelio habla también de algo escondido.  Y la lectura del libro de los Reyes (3,5) nos habla de un corazón atento (literalmente: un corazón que escuche). Hay una llamada a la interioridad, como cuando Jesús invita a "orar a tu Padre que ve en lo escondido" (Mt 6,6). Y a cultivar la sabiduría de una mirada diferente a la del mundo, como propone el Papa Francisco: “no mirar tanto a las cosas que el mundo alaba, a mirar las periferias, (…) dar importancia a lo que otros descartan (…) lo realmente valioso no llama nuestra atención, sino que requiere un paciente discernimiento para ser descubierto y valorado”. (Audiencia 17-XI-2021).

                La última parábola (que se expresa en el lenguaje de Juicio propio de la cultura judía del siglo I) añade una reflexión: la opción que tomamos tiene consecuencias, nos orienta hacia un destino. No da igual hacer el bien que el mal, porque el mal (y por tanto, optar por el mal) es incompatible con Dios y con su Vida. Esta llamada a la responsabilidad (no al miedo), hoy la leemos con la perspectiva que nos da S. Pablo. En otro lugar (1 Timoteo 2, 4) dice que “quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Dios nos ha pre-destinado, nos ha llamado a unirnos a Cristo y hacernos imagen de Él, para participar de su Vida. Nos corresponde a nosotros, libremente, responder a esa llamada. Y “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”.

"Oye una palabra llena de sustancia y verdad inaccesible: es buscarle en fe y en amor, sin querer satisfacerte de cosa, ni gustarla ni entenderla más de lo que debes saber; que esos dos son los mozos del ciego que te guiarán por donde no sabes, allá a lo escondido de Dios (…)

Muy bien haces, ¡oh alma!, en buscarle siempre escondido, porque mucho ensalzas a Dios y mucho te llegas a él teniéndole por más alto y profundo que todo cuanto puedes alcanzar. (…) Bien haces, pues, en todo tiempo, ahora de adversidad, ahora de prosperidad espiritual o temporal, tener a Dios por escondido, y así clamar a él diciendo: ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?"

        (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual 1,11-12)


Hoy, 26 de julio, es la fiesta de S. Joaquín y Santa Ana, los padres (según la tradición) de la Virgen María. Celebramos la Jornada de los abuelos y las personas mayores. Aquí tienes el mensaje del Papa León XIV

Oración por nuestros mayores

 Señor Jesús, tú naciste de la Virgen María,
hija de los santos Joaquín y Ana.
Mira con amor a los abuelos de todo el mundo. 

¡Protégelos! Son una fuente de enriquecimiento
para las familias,
para la Iglesia y para toda la sociedad.

 ¡Sostenlos! Que cuando envejezcan
sigan siendo para sus familias
pilares fuertes de la fe evangélica,
custodios de los nobles ideales hogareños,
tesoros vivos de sólidas tradiciones religiosas.

 Haz que sean maestros de sabiduría y valentía,
que transmitan a generaciones futuras
los frutos de su madura experiencia humana y espiritual.

 Señor Jesús, ayuda a las familias y a la sociedad
a valorar la presencia y el papel de los abuelos.
Que jamás sean ignorados o excluidos,
sino que siempre encuentren respeto y amor.

 Ayúdales a vivir serenamente y a sentirse acogidos
durante todos los años de vida que les concedas.

María, Madre de todos los vivientes, 
cuida constantemente a los abuelos,
acompáñalos durante su peregrinación terrena, 
y con tus oraciones obtén que todas las familias
se reúnan un día en nuestra patria celestial,
donde esperas a toda la humanidad
para el gran abrazo de la vida sin fin. Amén 



sábado, 25 de julio de 2026

Santiago, apóstol y peregrino

 

Celebramos a Santiago Apóstol, patrono de España. Esta fiesta nos habla de las raíces apostólicas de nuestra fe. También nos invita a descubrir la vida como peregrinación: camino guiado por Cristo, con una meta que orienta nuestros pasos y da sentido a lo que vivimos (encuentros, cansancios, momentos de hermosura o de dificultad…).

Desde esta clave de camino podemos también leer las lecturas de hoy. Hay un itinerario vital, en que aquellos discípulos que buscaban puestos en el Reino (“uno a tu derecha y otro a tu izquierda”) llegarán a convertirse en apóstoles dispuestos a dar la vida por el Evangelio (“mi cáliz lo beberéis”). Pedro, Santiago y Juan son los discípulos más cercanos a Jesús. Y esa cercanía es un progresivo camino de acercamiento a El y a su propuesta de Vida (servicio, entrega, arraigo en el amor del Padre…), hasta comprenderla y vivirla.

Esa cercanía es experiencia de confianza, como escuchamos a S. Pablo (2 Cor 4, 7-15). Conciencia de la propia fragilidad y pobreza. Pero sobre todo, de que, “en vasijas de barro”, llevamos un tesoro que se nos ha regalado, y nos acompaña la fuerza del Espíritu, capaz de vencer las dificultades e incluso la muerte (“sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros”).

Y es la clave del dinamismo evangelizador, lleno de energía y valor ("hay que obedecer a Dios antes que a los hombres", Hch 5, 29), que los hace capaces de vencer miedos y complejos, para transmitir la vida de Jesús. Serán capaces de dar la vida por el Evangelio, porque saben que en Cristo encuentran la vida que vence toda muerte. 

Cabe apuntar también que todas las lecturas, hoy, hablan en plural. Seguir a Jesús es un camino compartido. Jesús reúne a los discípulos (tentados de dividirse por sus diferencias y ambiciones personales), y nos llama a servir, a construir comunidad.



domingo, 19 de julio de 2026

“Dejadlos crecer” (Mt 13, 24-30)

 

Jesús sigue hablando con imágenes sugerentes. Y, de nuevo, encontramos una parábola y luego una explicación que la convierte en alegoría (va dando un significado a cada elemento) y le da un sentido nuevo, esta vez para indicar que paciencia de Dios no es indiferencia, que no tienen el mismo destino el trigo y la cizaña.

El sentido primero de la parábola, con todo, nos invita a confiar con realismo. El Reino de los cielos se parece a un granito de mostaza, a una mínima medida de levadura, y a un campo de trigo, en el que también hay cizaña. A pesar de la presencia de cizaña y de la pequeñez, encierra una fuerza fecunda, capaz de transformar todo: “basta para que todo fermente”.

Nos habla también del modo de actuar de Dios. A veces, nos puede desalentar o escandalizar el mal que crece en el mundo (y también en la Iglesia. Y, en fin, en el corazón de cada uno de nosotros), y cómo se mezcla y enreda con el bien. También, a veces, un afán excesivo de limpiar lo malo puede llevar actitudes demasiado críticas, a “arrancar también el trigo”. Dios sin embargo, enseña “que el justo debe ser humano” (Sab 12, 19). Apuesta, sobre todo, por el crecimiento del bien.

Actualmente, también algunos psicólogos indican que el incidir sobre lo bueno de una persona (reforzar las actitudes positivas, cultivar las capacidades y dones…) da más fruto que el esforzarse en eliminar los defectos (aunque esto tampoco se pueda descuidar).

S. Agustín, al comentar esta parábola, subraya la necesidad de un discernimiento atento, y con capacidad de autocrítica: “a veces se cree que algunos son trigo, pero son cizaña; o se cree que algunos son cizaña, pero realmente son trigo” (como dice el Evangelio, “por sus frutos los conoceréis” Mt 7, 16). Sobre todo, señala la oportunidad de conversión: “quien encuentre que es cizaña, no tema cambiar… Dios te ha prometido el perdón” (Sermón 73 A).

A esa llamada a la conversión, confiada en la misericordia de Dios, apunta hoy la liturgia, al acompañar este Evangelio con el Salmo 85 y con un pasaje de la Sabiduría que hablan de la misericordia de Dios, “pues concedes el arrepentimiento a los pecadores” (Sab 12, 19). Y, de otra manera, la carta los Romanos, al hablar del Espíritu que “acude en ayuda de nuestra debilidad” e “intercede por nosotros”.

¿Qué fruto puede dar tu vida? ¿Cómo crecer?

 

“un celo de la perfección muy grande, muy bueno es; mas podría venir de aquí que cualquier faltita de las hermanas le pareciese una gran quiebra y un cuidado de mirar si las hacen, y aun a las veces podría ser no ver las suyas por el gran celo que tiene de la religión. (...) Lo que aquí pretende el demonio no es poco: que es enfriar la caridad y el amor de unas con otras, que sería gran daño. Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo y, mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas. (...)  Dejémonos de celos indiscretos que nos pueden hacer mucho daño; cada una se mire a sí"

                           Santa Teresa de Jesús, Las Moradas, I, 2, 16-17



miércoles, 15 de julio de 2026

"Ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 25-27)

 

Oración a la Virgen del Carmen

Señora nuestra del Carmen:

     Tú acompañas la vida de nuestra parroquia. A lo largo del año, estás con nosotros en los momentos alegres y en los momentos dolorosos. Acoges la vida de los que nacen y de los que mueren. Por eso queremos, hoy, renovar nuestro recuerdo, agradecimiento y petición.

     Recordamos tu sencillez y entrega, acogiendo la voluntad de Dios, y comprometida fielmente con esta voluntad. Recordamos tu oración hecha agradecimiento a Dios, que hace cosas grandes con los pequeños y hace saber a los soberbios que no son nada. Recordamos tu cercanía a las personas, intercediendo por ellas ante Jesús.

     Te agradecemos las muestras de afecto maternal con las gentes, los sentimientos que suscitas en ellas y el ejemplo y fortaleza que prestas a los débiles. Te agradecemos el Escapulario como signo de amor y cercanía.

     Y te pedimos que sigas acompañando nuestros buenos deseos, el pequeño trabajo que realizamos. Que tu protección vele solícita por los miembros de esta parroquia, de quienes aquí te veneran y de todos los que ponen en ti su confianza.



domingo, 12 de julio de 2026

“Salió el sembrador a sembrar” (Mt 13, 1-23)

 

La parábola del sembrador nos habla de la fuerza de la Palabra de Dios, semilla que ha de dar fruto abundante. En primer término, es una llamada a la confianza, con el ejemplo de ese sembrador que, a pesar del fracaso de los primeros intentos, no deja de sembrar: al fin encuentra una cosecha sobreabundante (en aquel tiempo, una cosecha del siete o del diez por uno era buena. Y el evangelio habla del ciento, setenta y treinta por uno). La Palabra de Dios, como nos dice Isaías, es fuente de fecundidad, tiene la fuerza creadora de Dios, y produce fruto.

Con la explicación de la parábola (Mt 13, 10-23), este Evangelio nos muestra también que la Palabra de Dios tiene una riqueza de sentidos: sin perder el significado original,  despliega nuevos alcances, porque es Palabra Viva. La explicación de la Parábola del Sembrador es una nueva interpretación de la misma, que conecta profundamente con la experiencia de los discípulos (a lo largo del Evangelio, veremos cómo a veces no entienden a Jesús, o en el caso de Pedro, responden con un entusiasmo que sucumbe ante la dificultad…) Y nos llama, a nosotros, a reflexionar sobre cómo acogemos la Palabra. 

    ¿Qué tipo de tierra es mi corazón? ¿Cómo he de cultivarla para que llegue a ser tierra buena? 

 

    En estos días de la Novena del Carmen, el Carmelo vuelve la mirada a María, la que "guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón" (Lc 2, 19, y de nuevo Lc 2, 51). Ella es modelo de esa escucha de la Palabra de Dios, que nos lleva a encarnarla en nuestra vida, en actitudes evangélicas.

 

"Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma." 

 (S. Juan de la Cruz. Dichos de luz y amor)



  ¿Qué es lo más importante en la vida, lo que puede dar sentido y sostener lo demás? Así podríamos traducir la pregunta que hoy se hace a...