viernes, 11 de septiembre de 2026

"¿Cuántas veces tengo que perdonar?" (Mt 18, 21-35)

 

El Evangelio subraya la importancia y necesidad del perdón:

- Es necesario para sanar las relaciones. Entre personas hay roces, y algunas veces nos hacemos daño (muchas veces, sin querer o por conflictos inevitables...). El perdón es la única forma posible de sanar una relación rota, y de construir una convivencia sana.

- Es el camino hacia la paz personal. El rencor nos envenena por dentro, nos malogra. Perdonar nos permite recuperar la paz y nos libera del pasado. También es importante pedir perdón, porque nos ayuda a asumir nuestros errores y restaurar la relación con las personas en verdad.

Perdonar no significa justificar lo que ocurrió, ni tampoco quitarle importancia. Es restablecer la relación con la persona en clave positiva, y "pasar página", para no quedarnos atados emocionalmente a un hecho del pasado. 

- Jesús pone el perdón en referencia a Dios. Nos invita a caer en la cuenta de la magnitud del perdón que nosotros recibimos de Dios. Nuestra deuda con Él (no sólo por nuestras ofensas, sino también por todo lo recibido, que no podríamos devolver) es infinita. Y agradecerla (Col 3, 15: Sed agradecidos). Es la gratitud la que nos hace capaces de gratuidad

Y, a la vez, es la gratuidad la que nos pone en sintonía con Dios, para acoger el perdón que Él ofrece incondicionalmente. 

- En el perdón nos encontramos con Dios, experimentamos su amor que nos renueva. La comunidad cristiana es lugar de la presencia de Dios ("allí estoy yo en medio de ellos"), porque es comunidad de personas que perdonan. Así se hace transmisora de su reconciliación ("lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo"), como escuchábamos el domingo pasado (Mt 18, 18-20).

     “¡Qué estimado debe ser este amarnos unos a otros del Señor! Pues pudiera el buen Jesús ponerle delante otras [cosas], y decir: «perdonadnos, Señor, porque hacemos mucha penitencia», o «porque rezamos mucho y ayunamos y lo hemos dejado todo por vos y os amamos mucho»; y no dijo «porque perderíamos la vida por vos», y, como digo, otras cosas que pudiera decir, sino sólo «porque perdonamos». (...)  

No puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia adonde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió; porque tiene presente el regalo y merced que le ha hecho, adonde vio señales de grande amor” 

    Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 36, 7-8.11


Muchas veces, el perdón es un camino. El primer paso es “querer perdonar”. Lo siguen las actitudes y signos reconciliadores (tal vez no podemos evitar sentirnos mal con alguien, pero sí podemos elegir tratarle bien …) y más tarde, llega a ser ese “perdón de corazón” en el que podemos sentir la paz interior. A ese camino lo acompaña la oración: pedir a Dios que sane nuestras heridas y nos ayude a perdonar (o pedir perdón), nos infunda su paz.


sábado, 5 de septiembre de 2026

“Estoy Yo en medio de ellos” (Mt 18, 15-20)

 

En nuestro tiempo, la era de las redes sociales, se multiplican las interacciones superficiales, pero crecen el individualismo y, paralelamente, la soledad (hay estudios que hablan de cómo la sufren no sólo muchos ancianos sino también uno de cada cuatro jóvenes). Tal vez el sentimiento de vacío y desencanto que cunden en la sociedad tiene relación con ello.

Jesús invita a amar. Así es como nos abrimos a la Vida que Él nos ofrece, porque Dios es amor (1 Jn 4,8). Por eso, Él se hace presente en la comunidad, en aquellos que comparten vida en su nombre. En comunidad nos sostenemos mutuamente ante las dificultades, y ensanchamos nuestra percepción de Dios, haciéndola menos parcial. Y, sobre todo, aprendemos a amar: a comprender, perdonar, dar y recibir… Pablo nos invita a relacionarnos así: "a nadie debáis nada más que amor..." (Rom 13, 8). Poniendo en el centro el bien de la persona, que es lo que da sentido a las normas, y que está por encima de compromisos sociales, para evitar que se conviertan en ataduras.

Con este crear comunidad tiene relación la promesa de que "si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre". No es una "receta mágica". Jesús subraya el camino hacia el acuerdo mutuo, que es la comunión, el ideal de la primera comunidad cristiana: "un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32). Un camino que nos hace capaces de ir más allá del propio interés, que nos abre al Espíritu y nos enseña a orar, porque "nosotros no sabemos cómo pedir para orar como nos conviene, pero el Espíritu intercede por nosotros" (Rom 8, 26). 

Ese amor también implica una corresponsabilidad, un interés por el hermano, que nos llama a no desentendernos de él. Con un sano equilibrio y respeto a su autonomía. En esa línea, Mateo nos transmite una enseñanza de Jesús sobre la corrección fraterna, que pone el acento en el deseo de salvar la persona. Por eso invita, en primer lugar, a hablar personalmente con el hermano, sin airear los problemas en críticas o comentarios con otros. Esto implica valor (a veces se habla mucho de una persona, y nadie se atreve a hablarle a ella de su problema). Y delicadeza, (el objetivo no es quedar por encima, "tener la razón", sino que el hermano "se salve"). Hace falta, para ello, humildad en el que habla, y, por supuesto, en el que escucha. ¿Cómo recibimos nosotros una llamada de atención, una crítica constructiva...?. 

Para situaciones de mayor trascendencia o aspecto público, esta praxis incorpora el recurso a otra persona, que ayude a tratar la situación con objetividad, con más perspectiva. Y finalmente a la comunidad. El Evangelio, finalmente, señala que cuando alguien no hace caso a la comunidad, se sitúa al margen de ella. Pero aun así, se deja una puerta abierta a la misericordia de Dios, que también llamó a la conversión a los publicanos y los paganos.


sábado, 29 de agosto de 2026

“Tome su cruz y me siga” (Mt 16, 21-27)

 

El domingo pasado, veíamos a Pedro reconocer a Jesús como Mesías, Hijo de Dios. Pero esto, ¿qué significa? ¿Cómo se hace Él presente en nuestras vidas y nos salva?

Tendemos a pensar que “si Dios está con nosotros” todo ha de ir bien, sin fracasos ni sufrimiento. La realidad no es así. Los cristianos también estamos, como todos, expuestos a esa parte de la vida humana. Jesús, el Hijo de Dios, también la asume, consciente de que así lo quiere el Padre (eso significa el “tenía que…”).  Si rechazamos esto, pierde autenticidad nuestro seguimiento de Jesús. Es lo que le pasa a Pedro. Él, la piedra-cimiento de la Iglesia, se convierte en piedra de tropiezo, por querer llevar el camino de Dios según sus deseos (“¡eso no puede pasarte!”). Se vuelve tentación para Jesús. Por eso, Él lo llama “Satanás” (el tentador) y le ordena aprender a ser seguidor: “ponte detrás de mí”.

Y aclara que todo discípulo ha de ”tomar su cruz”. Seguimos a Jesús precisamente asumiendo nuestra vida, con sus dificultades. Aprendiendo a amar, en nuestra realidad concreta. De fondo, está una propuesta fundamental de Jesús: entregar la vida, no vivir para nosotros mismos. El que sólo busca su propia felicidad, no la podrá encontrar (“quien quiera salvar su vida, la perderá”). Porque la plenitud humana se encuentra en el amor. Y el amor implica entrega, ir más allá de nosotros mismos (de nuestros intereses, gustos, comodidad...). Amar significa también renunciar a algunos (o muchos) de nuestros deseos y criterios, o reconducirlos: “negarse a sí mismo”.

El camino de Jesús, muchas veces, no evita el dolor y los fracasos, pero abre un camino que consigue ir más allá de ellos, y renueva la vida, la ensacha: “el que pierda la vida por mí, la encontrará”. La Vida Nueva del Resucitado, y de su Espíritu, se manifiestan haciendo germinar en el interior de las personas recursos, creatividad, fuerza, e incluso paz y alegría para crecer en medio de las situaciones difíciles, y también de los momentos hermosos de la vida.

Y se manifiestan también en la comunidad, fundada, como Jesús enseña en el amor fraterno (“donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy Yo… Mt 18,20 ). Hermanos, amigos, comunidad que nos sostienen en los momentos de dificultad y nos hacen capaces de superarla. No en vano, las primeras redes de solidaridad organizada en nuestra sociedad, nacen en las comunidades cristianas.

Por eso, el culto que San Pablo nos propone es ofrecernos nosotros mismos a Dios (en la lengua de un judío del siglo I, ofrecer “nuestros cuerpos”). Dejarle entrar en nuestra vida, en nuestros planes, en nuestro corazón, para que Él pueda irla transformando y guiando, renovando nuestra mente.

Y esto se realiza en una experiencia de amor, como la que canta el salmo 63:  Tu gracia vale más que la vida… tu diestra me sostiene… tengo sed de ti”.

El que de los apetitos no se deja llevar, volará ligero según el espíritu, como el ave a que no falta pluma.
Mira que tu ángel custodio no siempre mueve el apetito a obrar, aunque siempre alumbra la razón; por tanto, para obrar virtud, no esperes al gusto, que bástate la razón y entendimiento.
No pienses que el agradar a Dios está tanto en obrar mucho como en obrarlo con buena voluntad, sin propiedad y respetos
”.

San Juan de la Cruz, Dichos de Luz y Amor



domingo, 23 de agosto de 2026

“¿Quién decís que soy yo?” (Mt 16, 13-20)

 

Mateo (y también Marcos y Lucas) sitúa esta escena en la mitad del camino de Jesús. Después de haber estado  "proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo" (Mt 4, 23), y de encontrar diferentes respuestas, Jesús hace como un alto en el camino, y lanza esta pregunta. Y tras la confesión que hace Pedro en nombre de los discípulos, las enseñanzas de Jesús entran en otra profundidad y su camino apunta a la entrega definitiva en la cruz.

Como entonces, hoy se pueden dar diferentes respuestas a la pregunta “¿quién dice la gente…?”, pero la pregunta verdaderamente importante es la que Jesús nos dirige directamente a sus discípulos: “¿Quién decís que soy yo?”

Vale la pena hacernos esta pregunta. Y hacerla de vez en cuando. ¿Quién es Jesús para mí ahora, en este momento de mi vida? ¿Qué dice mi vida de Él?

Es una pregunta que introduce un diálogo. Jesús responde a Simón (Pedro) poniéndole un nombre nuevo: Jesús le dice quién es Pedro, cuál es su identidad más honda, y su misión. En diálogo con Dios, descubrimos nuestra vocación y el sentido de nuestro camino vital (Ap. 2, 17: " le daré también una piedrecita blanca, y grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe").  Y nos vamos renovando. Descubrimos cómo Dios se hace presente en nuestra vida, cómo es Él con nosotros, cómo nos acompaña, qué pasos podemos dar.

Una pregunta y una respuesta, personales, y a la vez, comunitarias. Pedro responde en nombre de los discípulos. Y Jesús señala que esa respuesta ha sido inspirada por el Padre. Esa respuesta lo hace "piedra" sobre la que construir la Iglesia. La comunidad se fundamenta en la fe en Jesús, que conlleva seguir sus enseñanzas y su estilo (“el primero entre vosotros será vuestro servidor” Mt 23, 11). Todo liderazgo, en la Iglesia, está al servicio de esa fe que nos une, para ayudarnos a afirmarnos en ella (Lc 22, 32 "y tú, cuando te recobres, confirma a tus hermanos") y cuidarnos (Jn 21, 15-17). Esta es la misión de Pedro y de su sucesor, y esa línea está la de todo pastor y agente de pastoral. La fe ha es compartida, y crece y se afianza en la vida comunitaria.



sábado, 15 de agosto de 2026

“Para tener misericordia de todos” (Rm 11,32. Mt 15, 21-28)

 

Las lecturas de este domingo nos hablan de la salvación de Dios que es para todos. Para el pueblo de Israel y para la primera Iglesia, comprender esta noción precisó un arduo camino. Contemplar las dificultades que ellos tuvieron para superar una concepción posesiva y cerrada de "su" Dios, para comprender que es Padre de todos, nos invita a preguntarnos, también nosotros, si esa tendencia al exclusivismo, tan fuerte en el corazón humano, puede también filtrarse en nuestras actitudes (tal vez de otras maneras, relacionadas con opciones políticas, con formas de pensar o de ser, con sensibilidades...).

Jesús mismo se nos muestra en camino. Al ascender al cielo, Jesús enviará a los discípulos “a todos los pueblos” (Mt28,19) Inicialmente, sin embargo, dice que “sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel” ( y en Mt 10,1-7 también ciñe la primera misión de los discípulos al pueblo hebreo). En la conversación con la cananea, Jesús hoy comienza poniendo de manifiesto el pensamiento judío (la salvación es para los judíos, que son los “hijos”, no para los paganos, considerados “perros”). Para después dejarse vencer por la insistencia de esa madre, que no se presenta ante Jesús con pretensiones (como quienes pensaban “merecer” el favor de Dios por su raza o por sus cumplimientos), sino apelando a la misericordia.

                En el Evangelio, Jesús dialoga. A veces se piensa en Dios como si tuviera todo dispuesto y decidido desde toda la eternidad. Jesús, sin embargo, cambia su plan de descansar para atender a la multitud inquieta y necesitada (Mt 14, 13-20); acompaña a Pedro, para salvarlo, a pesar de lo ambiguo de su pretensión de caminar sobre el agua (Mt 28-31). Y con la cananea, no se limita a “despacharla” (como pedían los discípulos), sino que entra en un diálogo profundo, en el que afloran concepciones y motivaciones de fondo. Dios hace camino con nosotros.

                También se nos descubre otra característica de la fe. El evangelio del domingo pasado señalaba la necesidad de clarificar las propias actitudes (lo que, en esa escena, le falta a Pedro, “hombre de poca fe”). Hoy llama la atención la humildad con que la cananea responde a las primeras palabras de Jesús, que sonaban a dureza y rechazo. Y Jesús reconoce la grandeza de la fe de esta mujer de oración humilde e insistente (En Lc 18, 1-8, precisamente, invitará a una oración insistente).



En la carta a los Romanos, Pablo medita sobre el plan de salvación de Dios. El domingo pasado nos compartía sus sentimientos. Él se enfrentó a los judíos por sus actitudes excluyentes, y decidió llevar el Evangelio a los paganos (Hch 13, 44-52). Esa decisión audaz, sin embargo, va acompañada por un profundo dolor por su pueblo. Y en ese dolor y ese esfuerzo para predicar el Evangelio con fidelidad, nace una reflexión profunda: el rechazo del pueblo judío al Evangelio, paradójicamente, impulsó que éste se propagara a todos los pueblos (los Hechos de los Apóstoles narran cómo sucede así en varios momentos). Por otra parte, “los dones y la llamada de Dios son irrevocables”. En ello, Pablo descubre la acción salvadora de Dios. Y espera que en algún momento esa salvación vuelva sobre el propio Israel: “si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver de la muerte a la vida?”. De manera misteriosa, Dios abre caminos, en medio de la desobediencia de unos y de otros, “para tener misericordia de todos”.

Recordar estas palabras, en este momento histórico, también invita a la oración para que el Israel actual deponga el actual belicismo creciente, y encuentre el camino de la paz.


viernes, 14 de agosto de 2026

¡Bienvaventurada la que ha creído! (Lc 1, 39-56)

 


La fiesta de la Asunción de María tiene un profundo arraigo en el pueblo cristiano. Muestra de ello son los muchos pueblos y ciudades que celebran hoy su fiesta.

Un pueblo cristiano que conoce bien los dramas de la vida cotidiana (a los que también alude, aunque con un lenguaje extraño a nosotros, el libro del Apocalipsis). Crisis social, incendios, terremotos…  Contemplar a María participando plenamente (en cuerpo y alma) de la Resurrección de Cristo no es para evadirnos de la situación. El Evangelio nos muestra a María en camino, de prisa, para hacerse presente en casa de Isabel y ayudarla en el embarazo que afronta con una edad avanzada. Y María canta la obra salvadora de Dios en medio de la historia del pueblo (Abraham y su descendencia, y en favor de los pobres.

María es una señal para nosotros. Como nos dice hoy Pablo, también nosotros seremos asumidos por la Resurrección de Cristo. Una Vida Nueva y definitiva que asume también nuestros esfuerzos por hacer este mundo lo más habitable posible, y la vida que compartimos, ese crear lazos de apoyo mutuo, de cercanía, de escucha, de amistad y comunidad. Creer (¡Bienaventurada la que ha creído!) es también ponerse en camino. 




domingo, 9 de agosto de 2026

"¡Ánimo, Soy Yo. No tengáis miedo!" (Mt 14, 22-33)

 

Tras atender a la multitud hambrienta, Jesús se retira a la soledad que estaba buscando. Ante la necesidad, lo pospuso, pero después volvió a ese espacio de oración, de encuentro con el Padre.

En ese clima de oración podemos nosotros contemplar este evangelio. Habla también de nuestras noches, de nuestro navegar por la vida, a veces sacudido por olas y vientos contrarios. Habla también de nuestros miedos. Y de nuestros, fantasmas, esas cosas que nos asustan y que (en todo o en parte) son fruto de nuestra imaginación, de nuestra mirada insegura.

Ánimo, Soy Yo, no tengáis miedo” Se nos invita a guardar en el corazón estas palabras. Podemos aventurarnos hacia otras orillas, y afrontar la noche, porque Él viene siempre a nuestro encuentro cuando lo necesitamos. Manifiesta su poder de maneras sorprendentes, y extiende su mano para salvarnos (ese “brazo extendido” del que habla tantas veces también el Antiguo Testamento).

Él nos acompaña en medio de la ambigüedad de nuestra vida. Una ambigüedad que se hoy refleja en las actitudes de Pedro: mezcla de fe y duda (la expresión “si eres Tú…” en la Biblia, es síntoma de tentación), de deseo de acercarse a Jesús y de afán innecesario de acciones extraordinarias… Pedro comienza a hundirse, pero sabe volverse hacia Jesús y llamarle. Y Jesús lo salva, a la vez que reprocha, con cariño, su falta de fe.

Una fe que va unida al discernimiento. Reconocer a Jesús en la noche. O, como Elías en la lectura del libro de los Reyes (19, 11-13), reconocer a Dios que no se manifiesta como se esperaba (el huracán, el terremoto, el fuego… habían sido signo suyo en otros momentos), sino “en el susurro de una brisa suave” (literalmente: “en la voz de un silencio sutil”). Aprender a escucharlo y descubrirlo, en el silencio y la noche. Para aprender a seguirlo, a navegar.


 
En el pasaje que hoy escuchamos de la carta a los Romanos, S. Pablo nos abre su corazón, hablando de su dolor por su pueblo. Es el inicio de una reflexión honda sobre los caminos de Dios y la historia, que escucharemos el próximo domingo. 

domingo, 2 de agosto de 2026

“Venid a mí: escuchadme y viviréis” (Is 55,3. Mt 14, 13-21)


 “Oíd, sedientos todos… venid a mí: escuchadme y viviréis” Estas palabras del profeta Isaías nos preparan hoy para acercarnos a Jesús en el Evangelio. Y también las palabras de S. Pablo: “ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8, 39)

El amor misericordioso, mueve a Jesús. Mateo nos dice que, en ese momento, Él buscaba un momento de soledad para “encajar” la muerte de Juan el Bautista (víctima del despotismo de Herodes y las intrigas de Herodías). Pero al encontrarse con la multitud que lo busca, se compadece, y responde concretamente ante las necesidades: cura a los enfermos, se da cuenta de que necesitan comer…

Señala también la unión de Jesús con el Padre: levanta la mirada al cielo, bendice el pan…

Y asocia a los discípulos a su misión. Frente a la tentación de inhibirse, por la precariedad de medios (“aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”), los llama a poner en juego lo que tienen, a compartir, a transmitir lo que Él les da.

Las lecturas de hoy nos dan, también, algunas claves esenciales de la Eucaristía:

- La sed, el anhelo que no se sacia con lo que se puede comprar con dinero ¿Cuáles son tus inquietudes, qué necesitas? La Eucaristía es momento para ponerlo ante Jesús

- Ofrecer. Cuando ponemos en manos de Jesús lo que somos y tenemos, aunque sea poco, Él lo transforma en abundancia para nosotros y para todos.

La Eucaristía nos invita a compartir: compartir nuestra vida con Dios (Él comparte con nosotros, nos entrega su presencia y su vida). Y formar comunidad, compartiendo nuestros recursos, nuestras inquietudes…

 

    Como… toda mi ansia era, y aún es, que pues [el Señor] tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo"

                (Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 1,2)


ANTE LOS SUCESOS EN CEUTA Y MELILLA: REFLEXIONES Y DOCUMENTACIÓN -> https://www.mesaporlahospitalidad.com/ante-los-sucesos-en-ceuta-reflexiones-y-documentacion/

Europa ha “externalizado” el control de la emigración, para que la controlen países vecinos (como Marruecos). Nuestra sociedad no quiere saber cómo lo hacen, qué pasa con los emigrantes que intentan llegar. Y estos países, a veces aprovechan esto para presionar. Lo sucedido estos días parece tener relación con ello. No están claros los verdaderos motivos, que han provocado la angustia de estas dos ciudades y el sufrimiento de decenas de miles de personas manipuladas en este juego. Y 67 muertos. 

domingo, 26 de julio de 2026

"El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido" (Mt 13, 44-52)

 

El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en un campo (En la historia de la Iglesia tenemos ejemplos de ello: el propio S. Mateo, S. Pablo, S. Ignacio de Loyola...). Otros (como S. Agustín, S. Justino...) llegaron a él tras una larga búsqueda, como el comerciante de perlas. Para unos y otros, este tesoro llena de alegría. Y esa alegría da fuerzas para una opción radical: vale la pena darlo todo por ese tesoro, porque en él está lo que puede llenar nuestro corazón, lo que da valor a nuestra vida.

Un buen comentario a este evangelio es lo que decía Pablo, que, por el Evangelio, dejó la seguridad de la Ley: “todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, (…) y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos, hasta hacerme semejante a Él...” (Flp 3, 7,11).

El evangelio habla también de algo escondido.  Y la lectura del libro de los Reyes (3,5) nos habla de un corazón atento (literalmente: un corazón que escuche). Hay una llamada a la interioridad, como cuando Jesús invita a "orar a tu Padre que ve en lo escondido" (Mt 6,6). Y a cultivar la sabiduría de una mirada diferente a la del mundo, como propone el Papa Francisco: “no mirar tanto a las cosas que el mundo alaba, a mirar las periferias, (…) dar importancia a lo que otros descartan (…) lo realmente valioso no llama nuestra atención, sino que requiere un paciente discernimiento para ser descubierto y valorado”. (Audiencia 17-XI-2021).

                La última parábola (que se expresa en el lenguaje de Juicio propio de la cultura judía del siglo I) añade una reflexión: la opción que tomamos tiene consecuencias, nos orienta hacia un destino. No da igual hacer el bien que el mal, porque el mal (y por tanto, optar por el mal) es incompatible con Dios y con su Vida. Esta llamada a la responsabilidad (no al miedo), hoy la leemos con la perspectiva que nos da S. Pablo. En otro lugar (1 Timoteo 2, 4) dice que “quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Dios nos ha pre-destinado, nos ha llamado a unirnos a Cristo y hacernos imagen de Él, para participar de su Vida. Nos corresponde a nosotros, libremente, responder a esa llamada. Y “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien”.

"Oye una palabra llena de sustancia y verdad inaccesible: es buscarle en fe y en amor, sin querer satisfacerte de cosa, ni gustarla ni entenderla más de lo que debes saber; que esos dos son los mozos del ciego que te guiarán por donde no sabes, allá a lo escondido de Dios (…)

Muy bien haces, ¡oh alma!, en buscarle siempre escondido, porque mucho ensalzas a Dios y mucho te llegas a él teniéndole por más alto y profundo que todo cuanto puedes alcanzar. (…) Bien haces, pues, en todo tiempo, ahora de adversidad, ahora de prosperidad espiritual o temporal, tener a Dios por escondido, y así clamar a él diciendo: ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido?"

        (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual 1,11-12)


Hoy, 26 de julio, es la fiesta de S. Joaquín y Santa Ana, los padres (según la tradición) de la Virgen María. Celebramos la Jornada de los abuelos y las personas mayores. Aquí tienes el mensaje del Papa León XIV

Oración por nuestros mayores

 Señor Jesús, tú naciste de la Virgen María,
hija de los santos Joaquín y Ana.
Mira con amor a los abuelos de todo el mundo. 

¡Protégelos! Son una fuente de enriquecimiento
para las familias,
para la Iglesia y para toda la sociedad.

 ¡Sostenlos! Que cuando envejezcan
sigan siendo para sus familias
pilares fuertes de la fe evangélica,
custodios de los nobles ideales hogareños,
tesoros vivos de sólidas tradiciones religiosas.

 Haz que sean maestros de sabiduría y valentía,
que transmitan a generaciones futuras
los frutos de su madura experiencia humana y espiritual.

 Señor Jesús, ayuda a las familias y a la sociedad
a valorar la presencia y el papel de los abuelos.
Que jamás sean ignorados o excluidos,
sino que siempre encuentren respeto y amor.

 Ayúdales a vivir serenamente y a sentirse acogidos
durante todos los años de vida que les concedas.

María, Madre de todos los vivientes, 
cuida constantemente a los abuelos,
acompáñalos durante su peregrinación terrena, 
y con tus oraciones obtén que todas las familias
se reúnan un día en nuestra patria celestial,
donde esperas a toda la humanidad
para el gran abrazo de la vida sin fin. Amén 



sábado, 25 de julio de 2026

Santiago, apóstol y peregrino

 

Celebramos a Santiago Apóstol, patrono de España. Esta fiesta nos habla de las raíces apostólicas de nuestra fe. También nos invita a descubrir la vida como peregrinación: camino guiado por Cristo, con una meta que orienta nuestros pasos y da sentido a lo que vivimos (encuentros, cansancios, momentos de hermosura o de dificultad…).

Desde esta clave de camino podemos también leer las lecturas de hoy. Hay un itinerario vital, en que aquellos discípulos que buscaban puestos en el Reino (“uno a tu derecha y otro a tu izquierda”) llegarán a convertirse en apóstoles dispuestos a dar la vida por el Evangelio (“mi cáliz lo beberéis”). Pedro, Santiago y Juan son los discípulos más cercanos a Jesús. Y esa cercanía es un progresivo camino de acercamiento a El y a su propuesta de Vida (servicio, entrega, arraigo en el amor del Padre…), hasta comprenderla y vivirla.

Esa cercanía es experiencia de confianza, como escuchamos a S. Pablo (2 Cor 4, 7-15). Conciencia de la propia fragilidad y pobreza. Pero sobre todo, de que, “en vasijas de barro”, llevamos un tesoro que se nos ha regalado, y nos acompaña la fuerza del Espíritu, capaz de vencer las dificultades e incluso la muerte (“sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros”).

Y es la clave del dinamismo evangelizador, lleno de energía y valor ("hay que obedecer a Dios antes que a los hombres", Hch 5, 29), que los hace capaces de vencer miedos y complejos, para transmitir la vida de Jesús. Serán capaces de dar la vida por el Evangelio, porque saben que en Cristo encuentran la vida que vence toda muerte. 

Cabe apuntar también que todas las lecturas, hoy, hablan en plural. Seguir a Jesús es un camino compartido. Jesús reúne a los discípulos (tentados de dividirse por sus diferencias y ambiciones personales), y nos llama a servir, a construir comunidad.



domingo, 19 de julio de 2026

“Dejadlos crecer” (Mt 13, 24-30)

 

Jesús sigue hablando con imágenes sugerentes. Y, de nuevo, encontramos una parábola y luego una explicación que la convierte en alegoría (va dando un significado a cada elemento) y le da un sentido nuevo, esta vez para indicar que paciencia de Dios no es indiferencia, que no tienen el mismo destino el trigo y la cizaña.

El sentido primero de la parábola, con todo, nos invita a confiar con realismo. El Reino de los cielos se parece a un granito de mostaza, a una mínima medida de levadura, y a un campo de trigo, en el que también hay cizaña. A pesar de la presencia de cizaña y de la pequeñez, encierra una fuerza fecunda, capaz de transformar todo: “basta para que todo fermente”.

Nos habla también del modo de actuar de Dios. A veces, nos puede desalentar o escandalizar el mal que crece en el mundo (y también en la Iglesia. Y, en fin, en el corazón de cada uno de nosotros), y cómo se mezcla y enreda con el bien. También, a veces, un afán excesivo de limpiar lo malo puede llevar actitudes demasiado críticas, a “arrancar también el trigo”. Dios sin embargo, enseña “que el justo debe ser humano” (Sab 12, 19). Apuesta, sobre todo, por el crecimiento del bien.

Actualmente, también algunos psicólogos indican que el incidir sobre lo bueno de una persona (reforzar las actitudes positivas, cultivar las capacidades y dones…) da más fruto que el esforzarse en eliminar los defectos (aunque esto tampoco se pueda descuidar).

S. Agustín, al comentar esta parábola, subraya la necesidad de un discernimiento atento, y con capacidad de autocrítica: “a veces se cree que algunos son trigo, pero son cizaña; o se cree que algunos son cizaña, pero realmente son trigo” (como dice el Evangelio, “por sus frutos los conoceréis” Mt 7, 16). Sobre todo, señala la oportunidad de conversión: “quien encuentre que es cizaña, no tema cambiar… Dios te ha prometido el perdón” (Sermón 73 A).

A esa llamada a la conversión, confiada en la misericordia de Dios, apunta hoy la liturgia, al acompañar este Evangelio con el Salmo 85 y con un pasaje de la Sabiduría que hablan de la misericordia de Dios, “pues concedes el arrepentimiento a los pecadores” (Sab 12, 19). Y, de otra manera, la carta los Romanos, al hablar del Espíritu que “acude en ayuda de nuestra debilidad” e “intercede por nosotros”.

¿Qué fruto puede dar tu vida? ¿Cómo crecer?

 

“un celo de la perfección muy grande, muy bueno es; mas podría venir de aquí que cualquier faltita de las hermanas le pareciese una gran quiebra y un cuidado de mirar si las hacen, y aun a las veces podría ser no ver las suyas por el gran celo que tiene de la religión. (...) Lo que aquí pretende el demonio no es poco: que es enfriar la caridad y el amor de unas con otras, que sería gran daño. Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo y, mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas. (...)  Dejémonos de celos indiscretos que nos pueden hacer mucho daño; cada una se mire a sí"

                           Santa Teresa de Jesús, Las Moradas, I, 2, 16-17



miércoles, 15 de julio de 2026

"Ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 25-27)

 

Oración a la Virgen del Carmen

Señora nuestra del Carmen:

     Tú acompañas la vida de nuestra parroquia. A lo largo del año, estás con nosotros en los momentos alegres y en los momentos dolorosos. Acoges la vida de los que nacen y de los que mueren. Por eso queremos, hoy, renovar nuestro recuerdo, agradecimiento y petición.

     Recordamos tu sencillez y entrega, acogiendo la voluntad de Dios, y comprometida fielmente con esta voluntad. Recordamos tu oración hecha agradecimiento a Dios, que hace cosas grandes con los pequeños y hace saber a los soberbios que no son nada. Recordamos tu cercanía a las personas, intercediendo por ellas ante Jesús.

     Te agradecemos las muestras de afecto maternal con las gentes, los sentimientos que suscitas en ellas y el ejemplo y fortaleza que prestas a los débiles. Te agradecemos el Escapulario como signo de amor y cercanía.

     Y te pedimos que sigas acompañando nuestros buenos deseos, el pequeño trabajo que realizamos. Que tu protección vele solícita por los miembros de esta parroquia, de quienes aquí te veneran y de todos los que ponen en ti su confianza.



domingo, 12 de julio de 2026

“Salió el sembrador a sembrar” (Mt 13, 1-23)

 

La parábola del sembrador nos habla de la fuerza de la Palabra de Dios, semilla que ha de dar fruto abundante. En primer término, es una llamada a la confianza, con el ejemplo de ese sembrador que, a pesar del fracaso de los primeros intentos, no deja de sembrar: al fin encuentra una cosecha sobreabundante (en aquel tiempo, una cosecha del siete o del diez por uno era buena. Y el evangelio habla del ciento, setenta y treinta por uno). La Palabra de Dios, como nos dice Isaías, es fuente de fecundidad, tiene la fuerza creadora de Dios, y produce fruto.

Con la explicación de la parábola (Mt 13, 10-23), este Evangelio nos muestra también que la Palabra de Dios tiene una riqueza de sentidos: sin perder el significado original,  despliega nuevos alcances, porque es Palabra Viva. La explicación de la Parábola del Sembrador es una nueva interpretación de la misma, que conecta profundamente con la experiencia de los discípulos (a lo largo del Evangelio, veremos cómo a veces no entienden a Jesús, o en el caso de Pedro, responden con un entusiasmo que sucumbe ante la dificultad…) Y nos llama, a nosotros, a reflexionar sobre cómo acogemos la Palabra. 

    ¿Qué tipo de tierra es mi corazón? ¿Cómo he de cultivarla para que llegue a ser tierra buena? 

 

    En estos días de la Novena del Carmen, el Carmelo vuelve la mirada a María, la que "guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón" (Lc 2, 19, y de nuevo Lc 2, 51). Ella es modelo de esa escucha de la Palabra de Dios, que nos lleva a encarnarla en nuestra vida, en actitudes evangélicas.

 

"Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma." 

 (S. Juan de la Cruz. Dichos de luz y amor)



domingo, 5 de julio de 2026

“Venid a mí…” (Mt 11, 25-30)

 



Hace algunos domingos, escuchábamos cómo Jesús mira con compasión a las gentes, cansadas y abatidas como ovejas sin pastor (Mt 9, 36). Con esa misericordia, Él envía a los discípulos a la misión, y los llama a mantenerse fieles, a pesar de las dificultades que encontrarán. La palabra y los gestos de Jesús responden a la necesidad del ser humano y, sin embargo, con frecuencia encuentran resistencia, rechazo, indiferencia. Los sabios y entendidos, los doctores de la ley, y también los que se sienten seguros en sí mismos, se vuelven incapaces de reconocer los signos de vida, signos de Dios que hace Jesús (“los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan…”  Mt 11,5). Ante esa tentación, la de qeudarnos encerrados en nuestras ideas preconcebidas sobre Dios (o nuestros intereses, que una cosa puede ir unida a la otra), Jesús señala que “nadie conoce al Padre sino el Hijo”. Por eso son los pequeños, los que se acercan a Jesús con sencillez y apertura, los que pueden recibir su vida.

De fondo, está la opción de "vivir en la carne" o "vivir en el espíritu", a la que alude Pablo  (Romanos 8, 9.11-13). Pablo no se refiere a la contraposición entre cuerpo y alma (propia de nuestra cultura de origen griego), sino a una elección, un estilo de vida: estar "en la carne" es vivir encerrado en uno mismo (en los propios deseos, intereses, criterios...). La vida espiritual es apertura a Dios, en la confianza y el amor. El Espíritu nos hace capaces de ir más allá de nosotros mismos...  y nos abre a la vida que Dios nos regala. Vida que vence incluso a la muerte: “el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales”.

Vivir en el espíritu es también aprender a encontrar descanso en Dios. Muchas cosas pueden agobiarnos y cansarnos: están las dificultades de la vida, que no podemos evitar; también las que encontramos al intentar ayudar a otros, y participar en la misión de Jesús, también nuestros errores…. Por otra parte, está el cómo afrontamos la vida y sus dificultades. El cansancio y abatimiento que Jesús veía en la gente tenía mucha relación con una religiosidad cargada de cumplimientos y preceptos, que se volvía aplastante. Hoy, el perfeccionismo puede llevar a muchas personas de buena voluntad al cansancio y al agobio de una exigencia que nunca se alcanza. A unos y otros, a todos, nos llama Jesús, para encontrar alivio en Él. Su yugo, aunque está lleno de radicalidad (amar a todos, perdonar…) es suave, porque se basa, ante todo, en el amor del Padre, que estamos llamados a experimentar: amor gratuito, que siempre nos acompaña, y puede ser nuestra fuente de ánimo, de fuerza, de alegría y paz.  Amor misericordioso y paciente con nuestras limitaciones. Amor que da sentido a todo esfuerzo. El "aprended de mí" de Jesús, es una invitación a experimentar su vida, conocer su Paz y Alegría (Jn 14, 27; 15,11).


“¡La ciencia del amor! ¡Sí, estas palabras resuenan dulcemente en los oídos de mi alma! No deseo otra ciencia. (...) Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas, el alma de tu Teresita, ni una sola perdería la esperanza de llegar a la cima de la montaña del amor, pues Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud, como dijo en el salmo 49 (…) No tiene necesidad de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir: «Dame de beber», lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor...

Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!”

Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma (Manuscrito B, 1-2rº)



sábado, 27 de junio de 2026

El que pierda su vida por mí la encontrará (Mt 10, 37)

 

Las palabras de Jesús, hoy, tienen como contexto el envío evangelizador, que conlleva identificarnos con Jesús ("el que os recibe a vosotros, me recibe a mí"), y la hostilidad del mundo a su mensaje. También la forma de hablar judía, tajante y radical. Conviene comprender su sentido. No es que el amor de Dios entre en "competencia" con el amor a la familia. Dios nunca es rival del ser humano. Él ama a cada persona más incluso que sus padres o sus hijos. La primacía del amor a Dios no "hace de menos" los otros amores, sino que los ordena, y los ayuda a crecer en plenitud. Desde Dios, el amor a los padres, a los hijos, a los cónyuges, los hermanos... crece en vitalidad, en capacidad de compartir, en horizonte y apertura hacia los demás, en libertad para no atrapar...

Con todo, a veces hay conflicto. Entre los primeros cristianos, hubo quienes sufrieron el rechazo de sus familias por su fidelidad a Cristo. Tuvieron que elegir.

Eso sigue ocurriendo hoy. Con frecuencia, de manera menos radical y explícita, pero también real: los lazos familiares, a veces, se pueden convertir en ataduras de chantajes afectivos, de actitudes (egoísmos de grupo, celos, enemistades…) que un seguidor de Cristo no puede aceptar. 

Jesús invita a optar con radicalidad, de raíz: poner la vida en juego. Aceptar el riesgo de "perder la vida" por Él. Porque seguir a Cristo (renunciar a buscar el propio interés por encima de todo, renunciar a la violencia y la mentira, perdonar…) también implica una serie de actitudes que, desde los criterios de nuestro mundo, pueden entenderse como "perder". Implica una manera diferente de afrontar la vida. Por eso, también, Pablo habla de andar en una vida nueva. ¿Qué puede significar esto, hoy, para mí? ¿A qué he de morir?

Jesús nos habla de cargar la propia cruz y seguirle. Esta expresión también nos remite a nuestra vida personal, a las "cruces" concretas que encontramos, y nos habla de un seguimiento de Cristo que se encarna en lo cotidiano. 

A la vez, estas palabras llevan dentro una esperanza y una experiencia de luz. No afrontamos nuestras dificultades y riesgos en solitario, sino siguiendo a Jesús, apoyados en Él, el que "nos amó primero" (1 Jn 4,19), que siempre está cerca de nosotros y toma la iniciativa. Afrontado con Él nuestras cruces, "viviremos con Él", encontraremos nuevos caminos, maneras fecundas de vivir nuestra realidad. La invitación a la radicalidad de este evangelio también conlleva un anuncio de la generosidad de Dios que comprende nuestra limitación y recompensa hasta el más pequeño esfuerzo. 

Porque el aprovechar no se halla sino imitando a Cristo que es el camino y la verdad y la vida, y ninguno viene al Padre sino por él, según él mismo dice por San Juan (14,6 y 10,9). Y en otra parte dice: Yo soy la puerta; por mí, si alguno entrare, salvarse ha. De donde todo espíritu que quiere ir por dulzuras y facilidad y huye de imitar a Cristo, no le tendría por bueno.

(San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, II,  7,8)



domingo, 21 de junio de 2026

“No tengáis miedo” (Mt 10, 26-33)

 

Cuando Mateo escribe el Evangelio, han comenzado las persecuciones. La comunidad cristiana ya sabe que la fidelidad a Cristo puede costar la vida. En ese contexto, Mateo recoge estas palabras de Jesús, que llaman a una fidelidad –y una confianza- radicales: “no temáis, pues vosotros valéis más que los gorriones”.

Son palabras actuales. Hoy, millones de cristianos (¡sí, millones!) viven en peligro o sufren discriminación por su fe: en el Sahel (Burkina Faso, Nigeria…),  en muchos países islámicos (Pakistán, Arabia Saudí…), en regímenes totalitarios (Nicaragua…). Sigue siendo necesario (quizás hoy más que nunca) trabajar por el respeto a la libertad de conciencia.

“No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma…” La fidelidad de tantos cristianos en medio de la prueba, nos llama a tomar conciencia de la seriedad de vivir nuestra fe. Es preciso comprender las palabras de Jesús: “a quien me niegue ante los hombres, lo negaré yo también ante mi Padre”, que tienen la radicalidad del lenguaje judío de entonces, y se matizan con los hechos de Jesús (su perdón y rehabilitación de Pedro, que lo negó tres veces). No se trata de tener miedo a Dios, que sempre está dispuesto a responder “con la bondad de su gracia, por su gran compasión” (salmo 68). Es tomar conciencia de que, si nos dejamos arrastrar por el mundo, renunciando a Cristo, nuestra vida puede irse vaciando de sentido, podemos irnos perdiendo, sin casi darnos cuenta. Si nos alejamos de Él, nos alejamos de la Vida.

La raíz de esa fidelidad es la confianza. “No temáis”, dice y repite Jesús. No podamos evitar, a veces, el sentimiento de temor (los sentimientos no se pueden cambiar simplemente a fuerza de voluntad), pero sí podemos evitar que el miedo nos gobierne. Y al hacerlo, crecemos en libertad.

Hay, además, razones para confiar: aunque a veces parezca que la mentira triunfa, la verdad siempre se abre paso (“la verdad padece, pero no perece”, decía Teresa de Jesús): ”nada hay escondido que no llegue a saberse”.

Y, sobre todo, Dios no se desentiende de nosotros: "hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados". De forma misteriosa, Él cuida de nosotros.

En este día en que Jesús repite "no temáis", podemos preguntarnos por nuestros temores. Ponerlos ante Dios, para que nos ayude a afrontarlos. Y preguntarnos por la forma en que hoy podemos "pregonar desde la azotea", hacer presente en el mundo la verdad que Dios va susurrando en nuestro interior y entre las oscuridades y luces de nuestro camino. 


domingo, 14 de junio de 2026

“Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad…” (Mt 9, 36 – 10, 8)

 

El Evangelio, hoy, nos invita a  participar de la mirada de Jesús. Una mirada que no se pierde en el anonimato de la muchedumbre, una mirada capaz de percibir los sentimientos de las personas. La de Aquél que es com-pasivo: ha venido a "padecer-con" nosotros, a compartir nuestros sentimientos y nuestra vida. Lo hace, además, para que nuestra vida no sea "pasiva": Él viene a nosotros para transmitirnos libertad, iniciativa creadora. 

Una mirada que descubre posibilidades. En ese gentío cansado y desorientado "como ovejas sin pastor", Jesús percibe un campo maduro, como las mieses en este tiempo de cosecha. Y hacen falta personas dispuestas a trabajar para recogerlo, para que no se pierda. Las respuestas a las inquietudes y anhelos, al hambre de nuestro tiempo, están también entre nosotros, esperando ser despertadas. 

La mirada de Jesús conecta con las personas, y llama. Nos invita a compartir su vida, su misma misión. Al recordar los doce apóstoles, Mateo muestra a Jesús fundando un "nuevo Israel": la Iglesia (como el antiguo Israel se fundó sobre doce tribus, doce patriarcas). Será "un reino de sacerdotes y una nación santa" (Éxodo, 19, 2-6). Con un sacerdocio que no se reduce al culto, sino que une nuestra realidad vital con Dios. Con una santidad que no nos separa de lo humano, sino que transmite en lo cotidiano la vida de Dios, su amor, que es fuente de salud, de vida, de dignidad. Que vence al mal: "curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios". Testimonio de que Dios no ha abandonado el mundo, está presente y comienza (con nuestra colaboración) a hacer presente su Reino

Mateo nos recuerda los nombres de aquellos primeros apóstoles y algún detalle pesonal. Es el comienzo de una lista que nos incluye a cada uno de nosotros. Somos alcanzados por esa mirada de amor que comprende nuestros sentimientos. Somos invitados a formar parte viva de la Iglesia, a unirnos a Jesús en su misión. A experimentar y transmitir la cercanía de Dios que sana y renueva. A compartir la mirada de Jesús. 



sábado, 6 de junio de 2026

"El que me come, vivirá por mí" (Jn 6, 51-58)

 

La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a cultivar nuestra relación con Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Corpus Christi nos recuerda que la Eucaristía es encuentro vivo con Cristo, en el que Él comparte su Vida con nosotros, nos transmite el Espíritu, y nos introduce en la relación que, como Hijo, Él tiene con el Padre, para que nosotros vivamos también como hijos suyos.

En el lenguaje de un hebreo del siglo I, el cuerpo se identifica con la persona, y la sangre con la vida. Como nos recuerda Pablo, la Eucaristía nos une a Cristo, en ella participamos de su vida (su sangre) y de su persona (su cuerpo). Así alimenta así nuestro espíritu, nos impulsa y nos construye como discípulos de Jesús. Para ello, también es preciso que nosotros asimilemos este alimento. Celebrar la Eucaristía auténticamente  nos compromete a vivir en comunión con Jesús: a adherirnos a Él, identificarnos con su mensaje y su vida entera, con su búsqueda de la voluntad del Padre.

El Evangelio subraya este alimentarnos de Jesús. El habla, insistentemente, de su carne. Es el término que usan los hebreos (y la Escritura) para hablar del ser humano, de su existencia histórica y concreta. Nos remite al Jesús real, "de carne y hueso", a sus enseñanzas, sus actitudes, sus sentimientos, su vida entera. Cristo, la Palabra hecha carne, es la Revelación definitiva de Dios, que ha asumido nuestra realidad humana.  Jesús es el Pan de Vida, el que sale a nuestro encuentro en nuestras circunstancias concretas, y nos transmite la Vida de Dios.

Jesús, el que sintió terror y angustia en Getsemaní, es quien puede sostenernos cuando sentimos debilidad y miedo. Y también El, que en Caná transformó el agua en vino, es quien puede dar sabor y fuerza a nuestra vida, para que no se vuelva insípida, y quien alimenta nuestra alegría con una hondura y una paz que el mundo no puede dar (Jn 14, 27; 15,11). Él, que lloró a su amigo Lázaro, viene a nosotros cuando nuestro corazón se apaga, y puede también sacarnos, como a Lázaro, de la tristeza y el aislamiento que a veces nos atrapan. Jesús, que abrazaba a los niños y tocaba a los leprosos, nos convoca a la Mesa, para formar una comunidad con capacidad de ternura y acogida. Una comunidad que comparte vida, y que así aprende a acoger y compartir la vida que Jesús nos ofrece. Como dice Pablo, aunque somos muchos y diferentes, podemos ir formando un cuerpo, una comunidad que haga presente hoy, en el mundo, la persona y el mensaje de Jesucristo.

Celebrar la Eucaristía y comulgar con Jesús es aprender a vivir nuestras alegrías, desencantos, tristezas, miedos y proyectos, unidos a Él, dejándonos iluminar por su palabra y acompañar por su presencia.


Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero. Y veo yo claro (y he visto después) que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta humanidad sacratísima, en quien dijo su Majestad se deleita (Mt 3, 17). Muy muchas veces lo he visto por experiencia; me lo ha dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos.

 Así que vuestra merced, señor, no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de contemplación. Por aquí va seguro. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes; él lo enseñará. Mirando su vida, es el mejor dechado. ¿Qué más queremos de un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere junto a sí”.

Teresa de Jesús. Vida, 22, 6-7



Jesuscristo, Pan de Vida, quienes vienen a Ti no tendrán hambre
Jesucristo, Señor Resucitado, quien confía en Ti no tendrá sed

domingo, 31 de mayo de 2026

“Tanto amó Dios al mundo” (Jn 3, 16-18)

 

Las fiestas de la Santísima Trinidad y del Corpus Christi nos invitan a contemplar al Dios que se nos ha revelado en los acontecimientos de la Pascua: en la Resurrección y Ascensión de Jesucristo, y el envío del Espíritu Santo. Y a encontrarnos con Él, en la Eucaristía y en la vida de cada día.

Las reflexiones filosóficas sobre cómo Dios es Tres y a la vez es Uno llegaron después. Lo originario es la experiencia que lleva a esta confesión. Una experiencia que nosotros estamos llamados a vivir, y para ello, a comprender lo que implica.

De Israel, el pueblo de la Primera Alianza, recibimos la experiencia (forjada a través de siglos, de la experiencia del éxodo, del destierro…) de que Dios es Uno solo (Dt 6,4). Esto nos ofrece perspectiva para mirar nuestro mundo, con tantas divisiones y discordias, este mundo en que a veces vence el mal. Pero en Dios no hay división. Él se revela como misericordioso y leal (como escuchamos hoy en la lectura del Éxodo) encima de nuestros pecados y de nuestras rebeldías. Jesús añade: “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único… para que el mundo se salve por Él”. Esto nos invita a la confianza, porque el único Dios tiene la última palabra sobre nuestra vida y sobre al mundo, y es una palabra de salvación y amor. También nos llama a la conversión: a construir puentes de unidad entre todos los seres humanos.

Los primeros discípulos descubren que Jesús es Dios, desde la experiencia que viven con Él. Sobre todo, desde el encuentro con Cristo Resucitado, y la Vida que Él les transmite. Comprenden así que Jesús es, verdadera y plenamente, el Hijo de Dios, y que Dios es Padre.

Experimentan, además, que, cuando Jesús ya no está físicamente entre ellos, sigue haciéndose presente a través de su Espíritu, que va guiando a la comunidad y le transmite su amor, su paz, su fuerza, su alegría. Es tan fuerte esta experiencia, que descubren que el Espíritu no es meramente “algo” de Dios, sino presencia viva, personal, que nos lleva a Jesús (a sus enseñanzas y su persona) y al Padre.

El Evangelio y el Nuevo Testamento nos transmiten esta experiencia de Jesucristo, Hijo de Dios, y del Espíritu Santo, que nos conducen al Padre. Por eso hablamos de Dios como Padre, Hijo y Espíritu. Descubrimos así también que su Unidad no es uniformidad, sino comunión de amor (Dios es amor, 1 Jn 4,8) entre tres personas distintas. La unidad que nos llama a construir en el mundo también es unión desde la pluralidad.

Nos transmiten esta experiencia para que la vivamos. Para que abramos nuestra vida al Espíritu Santo y cultivemos la amistad con Cristo, el Hijo de Dios que se ha hecho nuestro hermano. Para que, unidos a Él, vivamos como hijos de Dios, arraigándonos en el amor del Padre. Como nos dice Pablo:  “alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz…La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros”.

Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche.

Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.

Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen de ella tiene,
aunque es de noche.

Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben de ella,
aunque es de noche.

Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.

Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.

Sé ser tan caudalosos sus corrientes
que infiernos, cielos riegan y las gentes,
aunque es de noche.

El corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.

El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.

Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.

Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a oscuras
porque es de noche.

Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche. 

 San Juan de la Cruz



Lecturas de hoy 

  El Evangelio subraya la importancia y necesidad del perdón: - Es necesario para sanar las relaciones. Entre personas hay roces, y alguna...