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domingo, 9 de agosto de 2026

"¡Ánimo, Soy Yo. No tengáis miedo!" (Mt 14, 22-33)

 

Tras atender a la multitud hambrienta, Jesús se retira a la soledad que estaba buscando. Ante la necesidad, lo pospuso, pero después volvió a ese espacio de oración, de encuentro con el Padre.

En ese clima de oración podemos nosotros contemplar este evangelio. Habla también de nuestras noches, de nuestro navegar por la vida, a veces sacudido por olas y vientos contrarios. Habla también de nuestros miedos. Y de nuestros, fantasmas, esas cosas que nos asustan y que (en todo o en parte) son fruto de nuestra imaginación, de nuestra mirada insegura.

“Ánimo, Soy Yo, no tengáis miedo” Se nos invita a guardar en el corazón estas palabras. Podemos aventurarnos hacia otras orillas, y afrontar la noche, porque Él viene siempre a nuestro encuentro cuando lo necesitamos. Manifiesta su poder de maneras sorprendentes, y extiende su mano para salvarnos (ese “brazo extendido” del que habla tantas veces también el Antiguo Testamento).

Él nos acompaña en medio de la ambigüedad de nuestra vida. Una ambigüedad que se hoy refleja en las actitudes de Pedro: mezcla de fe y duda (la expresión “si eres Tú…” en la Biblia, es síntoma de tentación), de deseo de acercarse a Jesús y de afán innecesario de acciones extraordinarias… Pedro comienza a hundirse, pero sabe volverse hacia Jesús y llamarle. Y Jesús lo salva, a la vez que reprocha, con cariño, su falta de fe.

Una fe que va unida al discernimiento. Reconocer a Jesús en la noche. O, como Elías en la lectura del libro de los Reyes (19, 11-13), reconocer a Dios que no se manifiesta como se esperaba (el huracán, el terremoto, el fuego… habían sido signo suyo en otros momentos), sino “en el susurro de una brisa suave” (literalmente: “en la voz de un silencio sutil”). Aprender a escucharlo y descubrirlo, en el silencio y la noche. Para aprender a seguirlo, a navegar.


 
En el pasaje que hoy escuchamos de la carta a los Romanos, S. Pablo nos abre su corazón, hablando de su dolor por su pueblo. Es el inicio de una reflexión honda sobre los caminos de Dios y la historia, que escucharemos el próximo domingo. 

domingo, 19 de julio de 2026

“Dejadlos crecer” (Mt 13, 24-30)

 

Jesús sigue hablando con imágenes sugerentes. Y, de nuevo, encontramos una parábola y luego una explicación que la convierte en alegoría (va dando un significado a cada elemento) y le da un sentido nuevo, esta vez para indicar que paciencia de Dios no es indiferencia, que no tienen el mismo destino el trigo y la cizaña.

El sentido primero de la parábola, con todo, nos invita a confiar con realismo. El Reino de los cielos se parece a un granito de mostaza, a una mínima medida de levadura, y a un campo de trigo, en el que también hay cizaña. A pesar de la presencia de cizaña y de la pequeñez, encierra una fuerza fecunda, capaz de transformar todo: “basta para que todo fermente”.

Nos habla también del modo de actuar de Dios. A veces, nos puede desalentar o escandalizar el mal que crece en el mundo (y también en la Iglesia. Y, en fin, en el corazón de cada uno de nosotros), y cómo se mezcla y enreda con el bien. También, a veces, un afán excesivo de limpiar lo malo puede llevar actitudes demasiado críticas, a “arrancar también el trigo”. Dios sin embargo, enseña “que el justo debe ser humano” (Sab 12, 19). Apuesta, sobre todo, por el crecimiento del bien.

Actualmente, también algunos psicólogos indican que el incidir sobre lo bueno de una persona (reforzar las actitudes positivas, cultivar las capacidades y dones…) da más fruto que el esforzarse en eliminar los defectos (aunque esto tampoco se pueda descuidar).

S. Agustín, al comentar esta parábola, subraya la necesidad de un discernimiento atento, y con capacidad de autocrítica: “a veces se cree que algunos son trigo, pero son cizaña; o se cree que algunos son cizaña, pero realmente son trigo” (como dice el Evangelio, “por sus frutos los conoceréis” Mt 7, 16). Sobre todo, señala la oportunidad de conversión: “quien encuentre que es cizaña, no tema cambiar… Dios te ha prometido el perdón” (Sermón 73 A).

A esa llamada a la conversión, confiada en la misericordia de Dios, apunta hoy la liturgia, al acompañar este Evangelio con el Salmo 85 y con un pasaje de la Sabiduría que hablan de la misericordia de Dios, “pues concedes el arrepentimiento a los pecadores” (Sab 12, 19). Y, de otra manera, la carta los Romanos, al hablar del Espíritu que “acude en ayuda de nuestra debilidad” e “intercede por nosotros”.

¿Qué fruto puede dar tu vida? ¿Cómo crecer?

 

“un celo de la perfección muy grande, muy bueno es; mas podría venir de aquí que cualquier faltita de las hermanas le pareciese una gran quiebra y un cuidado de mirar si las hacen, y aun a las veces podría ser no ver las suyas por el gran celo que tiene de la religión. (...) Lo que aquí pretende el demonio no es poco: que es enfriar la caridad y el amor de unas con otras, que sería gran daño. Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo y, mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas. (...)  Dejémonos de celos indiscretos que nos pueden hacer mucho daño; cada una se mire a sí"

                           Santa Teresa de Jesús, Las Moradas, I, 2, 16-17



domingo, 30 de noviembre de 2025

“Estad en vela” (Mt 24, 37-44)

 

Comenzamos un nuevo año litúrgico, con el tiempo de Adviento. El evangelio de hoy conecta con el de hace 15 días, que también hablaba del fin de los tiempos… Este recomienzo del ciclo litúrgico no transmite un “eterno retorno”. Al contrario, nos pregunta sobre cómo avanza nuestra vida, a través de los años y de las épocas que atravesamos. Como dice Pablo, “la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe” (Rom 13,11).

S. Pablo nos interpela: “Comportaos reconociendo el momento en que vivís”: ¿cómo vivimos la esperanza, en este tiempo?

Tal vez, nos sentimos saturados de noticias y mensajes que llevan a la decepción, al tedio (los medios de comunicación silencian otras voces, que hablan de iniciativas de cambio, y de situaciones dramáticas que piden respuesta). Tal vez, también, el ritmo cotidiano de tareas, distracciones y ruidos nos aturde (ya hace semanas que ha comenzado otra preparación de la Navidad, desde el consumo: luces, compras…)

El evangelio nos llama a “estar en vela”. Porque la vida, que parece discurrir indefinidamente (“la gente comía y bebía, se casaban…), tiene un término. Y un sentido. Y, además está jalonada de momentos que nos exigen “estar preparados”. De situaciones (quizás ya tenemos alguna experiencia de ello) que llegan inesperadamente (“como un ladrón en la noche”) y “abren un boquete” en nuestras vidas; de momentos que piden una respuesta que no se improvisa.

El Adviento nos llama a estar en vela, a prepararnos: para celebrar la venida del Hijo de Dios a nuestro mundo (hace 2025 años); para la última venida del Señor (al término de nuestra vida, y al de nuestro mundo); para acoger a Dios que sigue viniendo a nosotros, a veces de forma misteriosa, a Dios que viene en la noche.

 Él no llega para robar (las parábolas de Jesús tienen mucho de paradojas), sino para traer vida, para hacer posible caminos de alegría, de justicia y de paz. Isaías nos dice que “El nos instruirá en sus caminos”. Sus palabras no son una simple poesía utópica, sino anuncio de algo que podemos ir construyendo, a una escala limitada, que va haciendo sitio, en nuestra vida, a la Vida Nueva, ilimitada, de Dios.

“Caminemos a la luz del Señor”. “Revestíos del Señor Jesús”. ¿Qué puede significar esto, para mí, hoy?



domingo, 10 de agosto de 2025

“Donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Lc 12, 32-48)

 

El Evangelio, hoy, enlaza con el domingo pasado, que hablaba de ser ricos “ante Dios” (como diría Teresa de Jesús, “en Verdad”: verdaderamente ricos). Frente a la falsa seguridad de acumular bienes (“guardaos de toda clase de codicia”), Jesús propone un tesoro inagotable en el cielo. No se trata de oro ni de objetos. Tampoco el cielo es, propiamente, un lugar (como decía el Papa Benedicto XVI). Tiene que ver, más bien, con participar de la vida de Dios. Por ejemplo, cuando nuestro tesoro no son cosas sino personas; cuando es el amor lo que centra nuestro corazón.

Y así, el camino para ello pasa por vivir unas actitudes concretas. Con nuestros actos vamos escogiendo nuestro tesoro, orientando nuestro corazón. Actitudes que enlazan con las mismas de Jesús: libertad frente a las cosas, generosidad, servir, estar despiertos…

El Evangelio invita a preguntarte: ¿Dónde se va situando tu tesoro? ¿Dónde se centra tu corazón?

La carta a los Hebreos nos invita a asumir ese camino con fe. La fe nos hace capaces de colaborar con Dios y abrir camino a sus obras grandes en medio de nuestra realidad, precaria y a veces confusa. Así nos pone el ejemplo de aquellos patriarcas, dispuestos a arriesgarlo todo y a confiar. Aunque apenas llegaran a ver cumplidas las Promesas de Dios, colaboraron con su realización.

Jesús además, nos invita a estar despiertos, en medio de la incertidumbre de la vida (como aquellos criados en medio de la noche), para reconocerle y colaborar con Él, “para abrirle, apenas venga y llame”. Frente a la tentación de la inconsciencia, llama a la responsabilidad (al que mucho se le confió, más aún se le pedirá). Y a una actitud activa y atenta a la realidad (ceñida vuestra cintura, para servir…).

¿Qué lámparas puedo encender? ¿Qué boquetes tengo que prevenir en mi vida?

Todo ello, desde la confianza: “No temáis”. Y desde la conciencia de su amor. En la Eucaristía estamos viviendo ya su promesa: él mismo se ceñirá, los hará sentar a la mesa y acercándose, les irá sirviendo”.


La palabra de Dios siempre es más profunda, y la vamos comprendiendo poco a poco. En los evangelios y algunas cartas del Nuevo Testamento, podemos ver cómo la comunidad cristiana ha ido evolucionando en su comprensión de la espera y la venida del Señor, de las que habla hoy el Evangelio. Inicialmente, su cercanía se comprendió cronológicamente: pensaban que llegaría muy pronto. Poco a poco van comprendiendo que esa inminencia (“estoy a la puerta”, Ap 3, 20) es de otra manera: tiene que ver con su cercanía a toda nuestra realidad; con la forma en que Él se va haciendo, misteriosamente, presente en las situaciones de nuestro mundo y de nuestra vida. Y nos pide que respondamos ante esas situaciones que acontecen, para así colaborar con Él. Para eso necesitamos estar despiertos: discernir cómo se hace presente, qué está haciendo brotar, qué nos invita a cultivar. Y también qué obstáculos y dificultades hemos de remover.

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

sábado, 12 de julio de 2025

¿Qué tengo que hacer…?” (Lc 10, 25-37)

 

"¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?" Ante esa cuestión clave (para cualquiera de nosotros), Jesús invita una respuesta personal, desde la Palabra de Dios: ¿Cómo la lees? Porque podemos, por nosotros mismos, comprender lo esencial: "Amarás al Señor tu Dios..." y "a tu prójimo como a ti mismo".

El doctor de la ley insiste. En su mente legalista, la pregunta significaría "¿hasta qué grado de cercanía, puedo considerar a alguien como prójimo?" (¿los de mi familia, mi tribu, mi nación, mi raza...?). Jesús, entonces, le invita a mirar con una perspectiva diferente, y le propone una situación vital, la de una persona herida al borde del camino, necesitada de ayuda. De hecho, nos invita, al final, a identificarnos con ese hombre herido ("¿cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?"). 

Nos invita a despojarnos de etiquetas, para ver en verdad. El levita y el sacerdote vieron el riesgo de contraer impureza al tocar a alguien que podría ya estar muerto, y pasaron de largo. El samaritano (gente, por cierto “etiquetada” como infiel y enemiga) mira sin prejuicios, y ve verdaderamente a ese hombre. Por eso sabe responder como Dios pide.

"Este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable" (Dt  30, 11). Para responder a lo que Dios nos pide, para descubrir los caminos que él nos ofrece, lo más importante es abrir los ojos, ver la realidad. 

Aunque eso también implica un camino, porque nuestra mirada, muchas veces, está condicionada por prejuicios, por miedos, por intereses... Necesitamos acercarnos a Jesús ("El primero en todo, en quien reside toda la plenitud, el que reconcilió todo", como dice Pablo en la carta a los colosenses 1, 15-20) para que nos ayude a salir de nuestros encasillamientos y mirar con otra perspectiva, desde la misericordia y el amor.





domingo, 1 de diciembre de 2024

“Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 25-28.34-36)

 

Comenzamos un nuevo año litúrgico, con el Adviento. El Adviento nos habla de Cristo, que ha venido a nosotros, y nació en Belén; que vendrá al fin de los tiempos para completar su obra salvadora; que viene a nuestro encuentro “en cada persona y en cada acontecimiento” (como dice un prefacio de este tiempo), “para que lo recibamos en la fe y para que, demos testimonio, por el amor, de la espera dichosa de su reino”. Aparecen aquí las tres virtudes teologales: la fe que, apoyándose en el testimonio de los apóstoles y evangelistas, nos lleva al encuentro con Jesús; el amor con que acogemos a Jesús en las personas que nos encontramos (Mt 25, 37-40: “conmigo lo hicisteis”); la esperanza que nos sostiene, en medio de las situaciones ambivalentes de esta vida, y nos hace levantar la vista y apoyarnos en Cristo que trae la plenitud que intuimos y buscamos.

Las lecturas nos hablan de esa esperanza, que va ensayando lenguajes nuevos, a través del tiempo, para hablar de esa vida que Dios ofrece. En el siglo VI a.C., Jeremías vive el fracaso de su pueblo (la torpeza de sus dirigentes, la falsedad y la violencia, la invasión y el destierro…), y ahí es testigo de una esperanza nueva: la reconstrucción del pueblo (que se hizo realidad unas décadas más tarde), y la promesa del Mesías, “que hará justicia y derecho en la tierra”. Su proclama, “El Señor es nuestra justicia”, es anuncio de una justicia nueva, al estilo de Dios: justicia que nos justifica, que rectifica nuestra historia, que da sentido a nuestra vida. Que salva.

El Evangelio recoge el lenguaje apocalíptico que se usaba en su tiempo. Esas imágenes, en tiempos desesperados (invasión tras invasión, persecuciones reiteradas… ) expresan la esperanza en el triunfo de Dios (en un mundo que no deja sitio a la verdad y la justicia, se puede comprender que Dios, al manifestarse, sacuda las potencias del cielo y los cimientos de la tierra). Pero, en ese contexto de ansiedad y desfallecimiento, Jesús no invita al miedo, sino a la esperanza: a levantar la mirada y descubrirle a Él, que está cerca. Él, que ha vencido al pecado y a la muerte, y está abriendo caminos de libertad, de paz y justicia, de vida.

Y nos dice: “tened cuidado de vosotros”. Para no dejarnos aturdir: ni por los vicios, ni tampoco por las inquietudes y agobios de la vida. Para no dejarnos atrapar por los vaivenes que suceden en el mundo. Para “manteneros en pie ante el Hijo del hombre”. Pablo nos ayuda a entender esta expresión (1 Ts 3,12-4,2): afianzar nuestros corazones y “rebosar de amor mutuo y de amor a todos”, pues en eso se centra la santidad que Dios nos ofrece.

Es una llamada al discernimiento, a estar atentos: “despiertos en todo tiempo”. Hoy podemos preguntarnos sobre nuestra esperanza. ¿Cómo es? ¿Cómo está? A veces los desencantos la erosionan, y los miedos la ponen a prueba. Siempre necesita renovarse. Esperar es abrirnos a Dios, siempre más grande que nuestros esquemas, que abre caminos nuevos, caminos de vida.

  

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 13 de agosto de 2023

"Ánimo, soy yo, no tengáis miedo" (Mt 14, 22-33)


El relato evangélico que hoy escuchamos sigue a la multiplicación de los panes y los peces. Jesús no se queda en el entusiasmo de la gente, ni deja a sus discípulos quedarse ahí. Mateo subraya la fuerza con la que "los apremia" a embarcarse para ir a otra orilla. Más de una vez repetirá Jesús ese mandato. A nosotros, tentados por la seguridad de nuestra orilla (de "nuestro mundo" y sus intereses, de lo  conocido y acostumbrado...) nos impulsa a buscar otras fronteras, a salir al encuentro de los alejados y los otros, de lo aún desconocido...

Va a ser un viaje en la noche, sin sentir la presencia de Jesús a su lado. Un viaje azaroso, de una comunidad lejos de tierra firme, con viento contrario, zarandeada por las olas. Pero Jesús no está lejos. De hecho, hacia el final de esa noche difícil (en el cuarto turno de vela) de la oscuridad y dificultades, experimentan cómo Jesús les sale al paso y se les revela como Dios: como el que es capaz de dominar el abismo (andar sobre las aguas) y, sobre todo, como Aquél que extiende su mano para salvar (aquél "brazo extendido" que tanto recordaba Israel en el Antiguo Testamento, es una mano tendida hacia Pedro que se hundía). Esos gestos ayudan a comprender el sentido de sus palabras: "¡Ánimo, soy yo. No tengáis miedo!". Palabras que somos invitados a guardar en el corazón, para reconocerlas cuando, de alguna manera, también llegan a nosotros. 

Y el Evangelio esboza una especie de diálogo entre esa presencia animosa de Jesús, como Señor, y la fe incipiente, insegura, del discípulo. Entre la noche y el encuentro sorprendente, aparecen el miedo, y la tendencia a "ver fantasmas". Y la palabra de Jesús, que infunde ánimo e invita a reconocerlo. También se cuela la tendencia pedir más señales. Y en las palabras de Pedro se mezclan la inseguridad de quien sigue pidiendo pruebas ("si eres tú"...), y la temeridad de quien pretende lo extraordinario, y el deseo de acercarse a Jesús... En ese intento de seguir a Jesús con más impulso que conciencia, y al sentir la violencia de los vientos, Pedro se siente hundir. Y en esa ambigüedad de su miedo y su deseo, se vuelve a Jesús, y experimenta cómo él lo salva. Pues Dios es el que tiende su mano a nosotros, para salvarnos en medio de la ambigüedad de nuestra vida. Y su reproche amistoso invita a dejar atrás dudas. El Evangelio de hoy nos invita también a hacer memoria y dar gracias a Dios, por tantas veces que su mano nos ha agarrado, y su palabra nos ha invitado a dejar atrás dudas y crecer en la fe

De fondo, en las lecturas de este domingo hay una invitación a descubrir el rostro y la presencia de Dios. Con el salmo 84 rezamos "muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salvación"... En el relato del libro de los Reyes vemos a Elías, el gran profeta, que "afina el oído" para descubrir la presencia de Dios, que ya no llega aparatosamente en el huracán, el fuego y el terremoto, sino "en el susurro de una brisa suave" (o, más literalmente, "la voz de un silencio sutil"). En la carta a los Romanos, Pablo nos abre su corazón, roto por el dolor de que su propio pueblo, el heredero de las promesas de Dios, ha rechazado al Mesías prometido. A continuación, en esa carta nos habla de cómo, incluso a través de esa oposición incomprensible a Dios, Él ha abierto un camino de bien, para que su salvación llegue a todos los pueblos. Elías y Pablo nos invitan a cultivar esa capacidad de escucha capaz de descubrir el paso de Dios en formas y hechos inesperados. 

Y la oración. Jesús se retira al monte, a orar. Con ese encuentro, a solas con el Padre, tiene que ver cuanto despliega: la capacidad para responder a la gente sin dejarse arrastrar por ella, para llegar hasta sus discípulos y trazar senderos en el mar, para infundir ánimo, calmar vientos y guiar en la fe.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)



sábado, 22 de julio de 2023

"Dejadlos crecer juntos" (Mt 13, 24-30)


Jesús comienza a hablar en parábolas. La primera imagen era la del sembrador (evangelio del domingo pasado) que, a pesar de varios intentos fallidos (lo que cae en pedregal, zarzas, camino...) sigue sembrando, y consigue una cosecha extraordinaria. A ella le sigue la que hoy escuchamos. Ésta da cuenta de cómo conviven y se entremezclan el bien y el mal en el mundo. El trigo y la cizaña crecen juntos en el mundo. Y también en la Iglesia. Y en el corazón de cada uno. 

La imagen, y el sentido popular de los términos, es sugerente. La cizaña se ha convertido, para nosotros, en símbolo de la incitación a la división y discordia, la maledicencia y calumnia... La planta es parecida al trigo, y se puede confundir con él, además de que puede enredarse en sus raíces. Se distinguen en la siega, porque la espiga de la cizaña es prácticamente hueca (y por eso se mantiene erguida), mientras el trigo, lleno de fruto comestible, se inclina. Esto invita a pensar en actitudes que pueden tener apariencia religiosa pero no dan fruto (dice Pablo, en Gálatas 5, 22-23, que "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad,  humildad y dominio propio"), y que se delatan por su soberbia o por sembrar división. Como en otro lugar dice Jesús, "por sus frutos los conoceréis" (Mt 7, 16)

Frente a la tentación justiciera de correr a arrancar la "cizaña", Jesús nos habla de un Dios paciente, que deja la oportunidad de crecer y de dar fruto. 

Y, de manera parecida a como la parábola del sembrador Mt 13, 4-9.18-23) nos llevaba a una reflexión sobre el tipo de tierra que somos cada uno (y qué habrá que hacer para convertirse en tierra buena, capaz de dar fruto), ésta nos invita a discernir cuidadosamente lo que va creciendo en nuestro corazón y en nuestra vida, para potenciar el crecimiento del "buen trigo", y dar fruto, y evitar el crecimiento de nuestras "cizañas" personales. 

"¡Oh hermanas mías!, no os aseguréis ni os echéis a dormir, que será como el que se acuesta muy sosegado habiendo muy bien cerrado sus puertas por miedo de ladrones, y se los deja en casa. Y ya sabéis que no hay peor ladrón, pues quedamos nosotras mismas, que si no se anda con gran cuidado y cada una (como en negocio más importante que todos) no se mira mucho en andar contradiciendo su voluntad, hay muchas cosas para quitar esta santa libertad de espíritu, que pueda volar a su Hacedor sin ir cargada de tierra y de plomo (...) Aquí puede entrar la verdadera humildad."
                   Teresa de Jesús, Camino de perfección, 10, 1.3


Lecturas (www.dominicos.org)

domingo, 26 de febrero de 2023

"Conducido por el Espíritu al desierto"(Mt 4, 1-11)

Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua. Como a Israel, este camino nos lleva, en este primer domingo, al desierto. Nos invita al encuentro con nosotros mismos, “en una soledad sin caminos”, sin carriles prefijados; para que busquemos orientación, para que tracemos nuestro rumbo. Como hizo también Jesús, al comienzo de su misión.

Jesús enfrenta en el desierto sus tentaciones, que irán apareciendo a lo largo de su vida. Y que están conectadas con las tentaciones originarias del ser humano, presentadas en el relato del Génesis, lleno de simbolismo. Podemos centrar nuestra atención en muchos detalles y alusiones, que ofrecen pistas para reflexionar: la seducción del mal que sutilmente embauca; el hecho de que promete lo más apetecible, y lleva a la desnudez, a la indignidad (y a un nuevo error, que es esconderse de Dios)… Y aquella palabra de la serpiente: “Seréis como Dios”, engañosa, porque... ¿qué sabemos, realmente, de cómo es Dios?

Las tentaciones de Jesús tienen que ver, precisamente, con cuál pueda ser el camino de Dios en el mundo. Así, aparecen, como trampas, el poder (que lleva a postrarse ante Satanás: ahí se pueden resumir tantas historias de violencia, de opresión, de muerte...); la posibilidad de manejar las fuerzas del mundo para conseguir lo que se quiera; y la pretensión de caminar sin tropiezos, de ser un Mesías de éxitos, que no conozca el fracaso. De fondo, se puede adivinar el deseo (tan frecuente, tan humano) de eludir nuestras limitaciones humanas, el sueño de un "atajo divino" que nos ahorre todo eso.

Y las respuestas de Jesús revelan la lucidez y fidelidad al Padre ("Al Señor tu Dios adorarás, a Él solo darás culto") con que el Hijo de Dios ha asumido su misión. Su disponibilidad para buscar la voluntad del Padre ("no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"). Su decisión de asumir nuestra realidad humana, que pasa por el sufrimiento y la muerte, sin "tentar a Dios", sino confiando en su amor, para que el Padre pueda trazar su camino, que es misterioso: es a la manera de Dios y con una plenitud que no entraba en nuestros cálculos. El Mesías, el Hijo de Dios, se hace Siervo y se entrega por amor, para que tengamos vida en abundancia. 

Las respuestas de Jesús son inspiradoras para nosotros, que también somos tentados (y a veces, sin darnos cuenta). El Espíritu que guió a Jesús al desierto también nos invita a nosotros a pararnos, a encontrarnos a solas con nosotros mismos, para identificar nuestras tentaciones (las que ya conocemos y las más que se pueden camuflar de forma más sutil), para enfrentarlas con lucidez. Para encontrar el camino de Dios en nuestra vida.


 Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

sábado, 7 de noviembre de 2020

"Velad" (Mt 25, 1-13)

 

Los últimos domingos del año litúrgico nos interpelan sobre el rumbo y el sentido de nuestra vida, y nos llaman a estar vigilantes. Para las primeras comunidades cristianas, esa vigilancia se orientó, en gran medida, en la espera del retorno glorioso de Cristo ("Maranathá!" ¡Ven, Señor! La segunda lectura, de 1 Tes 4,13-18, nos muestra que lo esperaban como algo inminente). Con el paso del tiempo, la Iglesia va comprendiendo que ese estar en vela es discernimiento para descubrir el paso del Señor por nuestra vida ("para abrirle tan pronto como llegue y llame" Lc 12, 36) y por nuestro mundo ("interpretar los signos de los tiempos", Lc 12, 56), para estar atentos a lo que nos ofrece y lo que nos pide.

Esa invitación a tener los ojos y el corazón abiertos, se ilustra con la parábola de las diez doncellas, que habla sobre la necesidad de estar preparados, precisamente porque hay momentos que nos pillan por sorpresa, como ese esposo que llega en mitad de la noche (Mt 10,6). Y la capacidad de responder no se improvisa, tiene que ver con las actitudes que hemos ido cultivando y guardando en el corazón, simbolizadas por ese aceite que no se puede repartir, porque es personal: nadie puede amar, ni esperar, ni creer por mí. 

¿Qué aceite, qué actitudes he de cultivar y guardar para que mi vida pueda dar luz, para salir al encuentro del Señor que viene?

"¿No oíste sus pasos silenciosos?
Él viene, viene, viene siempre.
En cada instante y en cada edad,
todos los días y todas las noches,
Él viene, viene, viene siempre.
"

    (R. Tagore)



Lecturas de hoy (ciuadredonda.org)

  ¿Qué es lo más importante en la vida, lo que puede dar sentido y sostener lo demás? Así podríamos traducir la pregunta que hoy se hace a...