El domingo pasado, veíamos a Pedro reconocer a Jesús como
Mesías, Hijo de Dios. Pero esto, ¿qué significa? ¿Cómo se hace Él presente en
nuestras vidas y nos salva?
Tendemos a pensar que “si
Dios está con nosotros” todo ha de ir bien, sin fracasos ni sufrimiento. La
realidad no es así. Los cristianos también estamos, como todos, expuestos a esa
parte de la vida humana. Jesús, el Hijo de Dios, también la asume, consciente
de que así lo quiere el Padre (eso significa el “tenía que…”). Si rechazamos
esto, pierde autenticidad nuestro seguimiento de Jesús. Es lo que le pasa a Pedro.
Él, la piedra-cimiento de la Iglesia,
se convierte en piedra de tropiezo,
por querer llevar el camino de Dios según sus deseos (“¡eso no puede pasarte!”). Se vuelve tentación para Jesús. Por eso,
Él lo llama “Satanás” (el tentador) y le ordena aprender a ser seguidor: “ponte detrás de mí”.
Y aclara que todo discípulo ha de ”tomar su cruz”. Seguimos a Jesús precisamente asumiendo nuestra
vida, con sus dificultades. Aprendiendo a amar, en nuestra realidad concreta. De
fondo, está una propuesta fundamental de Jesús: entregar la vida, no vivir para
nosotros mismos. El que sólo busca su propia felicidad, no la podrá encontrar (“quien quiera salvar su vida, la perderá”).
Porque la plenitud humana se encuentra en el amor. Y el amor implica entrega,
ir más allá de nosotros mismos (de nuestros intereses, gustos, comodidad...). Amar
significa también renunciar a algunos (o muchos) de nuestros deseos y
criterios, o reconducirlos: “negarse a sí
mismo”.
El camino de Jesús, muchas veces, no evita el dolor y los
fracasos, pero abre un camino que va más allá de ellos, y llega a la Vida Nueva:
“el que pierda la vida por mí, la
encontrará”. Una Vida Nueva que ya aquí podemos gustar: la fuerza del
Resucitado, y de su Espíritu, se manifiestan haciendo germinar en el interior
de las personas recursos, creatividad, fuerza, e incluso paz y alegría para
crecer en medio de las situaciones difíciles, y también de los momentos
hermosos de la vida.
Por eso, el culto que San Pablo nos propone es ofrecernos
nosotros mismos a Dios (en la lengua de un judío del siglo I, ofrecer “nuestros cuerpos”). Dejarle entrar en
nuestra vida, en nuestros planes, en nuestro corazón, para que Él pueda irla
transformando y guiando, renovando nuestra mente.
Y esto se realiza en una experiencia de amor, como la que canta
el salmo 63: “Tu gracia vale más que la vida… tu diestra me sostiene… tengo sed de ti”.
“El que de los apetitos no se deja llevar, volará ligero
según el espíritu, como el ave a que no falta pluma.
Mira que tu ángel custodio no siempre mueve el apetito a
obrar, aunque siempre alumbra la razón; por tanto, para obrar virtud, no
esperes al gusto, que bástate la razón y entendimiento.
No pienses que el agradar a Dios está tanto en obrar mucho
como en obrarlo con buena voluntad, sin propiedad y respetos”.
San Juan de la Cruz, Dichos
de Luz y Amor

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