Las lecturas de este domingo nos hablan de la salvación de Dios que es para
todos. Para el pueblo de Israel y para la primera Iglesia, comprender esta
noción precisó un arduo camino. Contemplar las dificultades que ellos tuvieron para
superar una concepción posesiva y cerrada de "su" Dios, para comprender
que es Padre de todos, nos invita a preguntarnos, también nosotros, si esa
tendencia al exclusivismo, tan fuerte en el corazón humano, puede también filtrarse
en nuestras actitudes (tal vez de otras maneras, relacionadas con opciones políticas,
con formas de pensar o de ser, con sensibilidades...).
Jesús mismo se nos muestra en camino. Al ascender al cielo, Jesús enviará a
los discípulos “a todos los pueblos” (Mt28,19)
Inicialmente, sin embargo, dice que “sólo
he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel” ( y en Mt 10,1-7
también ciñe la primera misión de los discípulos al pueblo hebreo). En la
conversación con la cananea, Jesús hoy comienza poniendo de manifiesto el
pensamiento judío (la salvación es para los judíos, que son los “hijos”, no para los paganos,
considerados “perros”). Para después dejarse vencer por la insistencia de esa
madre, que no se presenta ante Jesús con pretensiones (como quienes pensaban “merecer” el favor de Dios por su raza o
por sus cumplimientos), sino apelando a la misericordia.
En el
Evangelio, Jesús dialoga. A veces se piensa en Dios como si tuviera todo
dispuesto y decidido desde toda la eternidad. Jesús, sin embargo, cambia su
plan de descansar para atender a la multitud inquieta y necesitada (Mt 14,
13-20); acompaña a Pedro, para salvarlo, a pesar de lo ambiguo de su pretensión
de caminar sobre el agua (Mt 28-31). Y con la cananea, no se limita a “despacharla” (como pedían los
discípulos), sino que entra en un diálogo profundo, en el que afloran
concepciones y motivaciones de fondo. Dios hace camino con nosotros.
También
se nos descubre otra característica de la fe. El evangelio del domingo pasado señalaba
la necesidad de clarificar las propias actitudes (lo que, en esa escena, le
falta a Pedro, “hombre de poca fe”).
Hoy llama la atención la humildad con que la cananea responde a las primeras palabras
de Jesús, que sonaban a dureza y rechazo. Y Jesús reconoce la grandeza de la fe
de esta mujer de oración humilde e insistente (En Lc 18, 1-8, precisamente,
invitará a una oración insistente).
En la carta a los Romanos, Pablo medita sobre el plan de
salvación de Dios. El domingo pasado nos compartía sus sentimientos. Él se
enfrentó a los judíos por sus actitudes excluyentes, y decidió llevar el
Evangelio a los paganos (Hch 13, 44-52). Esa decisión audaz, sin embargo, va
acompañada por un profundo dolor por su pueblo. Y en ese dolor y ese esfuerzo para
predicar el Evangelio con fidelidad, nace una reflexión profunda: el rechazo
del pueblo judío al Evangelio, paradójicamente, impulsó que éste se propagara a
todos los pueblos (los Hechos de los Apóstoles narran cómo sucede así en varios
momentos). Por otra parte, “los dones y
la llamada de Dios son irrevocables”. En ello, Pablo descubre la acción
salvadora de Dios. Y espera que en algún momento esa salvación vuelva sobre el
propio Israel: “si su rechazo es
reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver de la
muerte a la vida?”. De manera misteriosa, Dios abre caminos, en medio de la
desobediencia de unos y de otros, “para
tener misericordia de todos”.
Recordar estas palabras, en este momento histórico, también
invita a la oración para que el Israel actual deponga el actual belicismo creciente,
y encuentre el camino de la paz.

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