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sábado, 15 de agosto de 2026

“Para tener misericordia de todos” (Rm 11,32. Mt 15, 21-28)

 

Las lecturas de este domingo nos hablan de la salvación de Dios que es para todos. Para el pueblo de Israel y para la primera Iglesia, comprender esta noción precisó un arduo camino. Contemplar las dificultades que ellos tuvieron para superar una concepción posesiva y cerrada de "su" Dios, para comprender que es Padre de todos, nos invita a preguntarnos, también nosotros, si esa tendencia al exclusivismo, tan fuerte en el corazón humano, puede también filtrarse en nuestras actitudes (tal vez de otras maneras, relacionadas con opciones políticas, con formas de pensar o de ser, con sensibilidades...).

Jesús mismo se nos muestra en camino. Al ascender al cielo, Jesús enviará a los discípulos “a todos los pueblos” (Mt28,19) Inicialmente, sin embargo, dice que “sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel” ( y en Mt 10,1-7 también ciñe la primera misión de los discípulos al pueblo hebreo). En la conversación con la cananea, Jesús hoy comienza poniendo de manifiesto el pensamiento judío (la salvación es para los judíos, que son los “hijos”, no para los paganos, considerados “perros”). Para después dejarse vencer por la insistencia de esa madre, que no se presenta ante Jesús con pretensiones (como quienes pensaban “merecer” el favor de Dios por su raza o por sus cumplimientos), sino apelando a la misericordia.

                En el Evangelio, Jesús dialoga. A veces se piensa en Dios como si tuviera todo dispuesto y decidido desde toda la eternidad. Jesús, sin embargo, cambia su plan de descansar para atender a la multitud inquieta y necesitada (Mt 14, 13-20); acompaña a Pedro, para salvarlo, a pesar de lo ambiguo de su pretensión de caminar sobre el agua (Mt 28-31). Y con la cananea, no se limita a “despacharla” (como pedían los discípulos), sino que entra en un diálogo profundo, en el que afloran concepciones y motivaciones de fondo. Dios hace camino con nosotros.

                También se nos descubre otra característica de la fe. El evangelio del domingo pasado señalaba la necesidad de clarificar las propias actitudes (lo que, en esa escena, le falta a Pedro, “hombre de poca fe”). Hoy llama la atención la humildad con que la cananea responde a las primeras palabras de Jesús, que sonaban a dureza y rechazo. Y Jesús reconoce la grandeza de la fe de esta mujer de oración humilde e insistente (En Lc 18, 1-8, precisamente, invitará a una oración insistente).



En la carta a los Romanos, Pablo medita sobre el plan de salvación de Dios. El domingo pasado nos compartía sus sentimientos. Él se enfrentó a los judíos por sus actitudes excluyentes, y decidió llevar el Evangelio a los paganos (Hch 13, 44-52). Esa decisión audaz, sin embargo, va acompañada por un profundo dolor por su pueblo. Y en ese dolor y ese esfuerzo para predicar el Evangelio con fidelidad, nace una reflexión profunda: el rechazo del pueblo judío al Evangelio, paradójicamente, impulsó que éste se propagara a todos los pueblos (los Hechos de los Apóstoles narran cómo sucede así en varios momentos). Por otra parte, “los dones y la llamada de Dios son irrevocables”. En ello, Pablo descubre la acción salvadora de Dios. Y espera que en algún momento esa salvación vuelva sobre el propio Israel: “si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver de la muerte a la vida?”. De manera misteriosa, Dios abre caminos, en medio de la desobediencia de unos y de otros, “para tener misericordia de todos”.

Recordar estas palabras, en este momento histórico, también invita a la oración para que el Israel actual deponga el actual belicismo creciente, y encuentre el camino de la paz.


domingo, 20 de agosto de 2023

"Para tener misericordia de todos" (Rom 11, 32; Mt 15, 21-28)

Las lecturas de este domingo nos hablan de la salvación de Dios que es para todos. Esta noción, que quizás nos parece familiar y fácil de asumir, para el pueblo de Israel implicó un arduo camino. Contemplar sus dificultades para dejar atrás una concepción nacionalista y cerrada de "su" Dios y comprender que es Padre de todos, nos invita a preguntarnos si esa tendencia al exclusivismo, tan fuerte en el corazón humano, se nos puede también colar nosotros (tal vez de otras maneras, relacionadas con opciones políticas, con formas de pensar o de ser, con sensibilidades...). En este tiempo de Sínodo, nos invita a afinar la capacidad de escucha, de diálogo y de tender puentes de colaboración con todos.

La lectura de Isaías plantea un nuevo modo de ser "el pueblo del Señor". Ya no depende de la nacionalidad, sino de "amar el nombre del Señor y ser sus servidores". La victoria de Dios es salvación, que quiere ofrecerse a todos, y lo que nos prepara para acogerla y nos introduce en ella es "velar por la equidad y practicar la justicia". 

Pablo, por su parte, concluye la reflexión sobre judíos y gentiles que comenzábamos a escuchar el domingo pasado. "Los dones y la llamada de Dios son irrevocables", y  por eso, el rechazo del pueblo judío a Cristo, que se ha convertido en ocasión para que el Evangelio y la salvación llegue a todos los pueblos, no ha de terminar en muerte sino en vida. La misma misericordia que ha convertido su rebeldía en oportunidad de salvación para otros, encontrará camino para salvarlos a ellos. Frente a la tendencia a la rebeldía, expresada de diversas formas (los paganos vivían al margen de Dios, el judaísmo rabínico prefirió el cumplimiento de la ley a la gracia que trae Jesús....) el amor misericordioso de todos es el que nos sana y salva a todos.

Esa misericordia es la que invoca la mujer cananea. Jesús, en vez de "despacharla rápido" (como querían los discípulos), profundiza en la situación, a través de un diálogo que, por un lado pone de manifiesto el pensamiento judío (la salvación es para los judíos, que son los "hijos", no para los "perros" paganos). Y por otro, saca a la luz la fe de esa mujer: una fe movida por su amor de madre (que recuerda a las entrañas misericordiosas con que los profetas describen a Dios); que no se presenta ante Dios con pretensiones (como quienes pensaban "merecer" el favor de Dios por su fidelidad a las leyes) sino con humildad, apelando a la misericordia; una fe que se hace oración insistente (como Jesús en otra ocasión enseña, Lc 18, 1-8), sin desfallecer ante la aparente falta inicial de respuesta. 

Esto nos revela también cómo Dios dialoga con las personas, con la humanidad. A veces tendemos a pensar como si Dios ya tuviera todas las cosas "decididas desde la eternidad". El Evangelio, sin embargo, nos muestra a un Dios que hace camino con nosotros, que, misteriosamente, va tejiendo su salvación en nuestra historia, con nuestra colaboración (como una labor de punto o de ganchillo, en la que Dios llevara una aguja y nosotros la otra). Nuestra colaboración y nuestra oración le ayudan a hacer presente su vida en nuestro mundo. 

A mí me ha dado su misericordia infinita, ¡y a través de ella contemplo y adoro las demás perfecciones divinas...! Entonces todas se me presentan radiantes de amor; incluso la justicia (y quizás más aún que todas las demás) me parece revestida de amor...
¡Qué dulce alegría pensar que Dios es
justo!; es decir, que tiene en cuenta nuestras debilidades, que conoce perfectamente la debilidad de nuestra naturaleza. Siendo así, ¿de qué voy a tener miedo?
               Teresa de Lisieux, Historia de un alma, ms. A, 83


 


domingo, 19 de febrero de 2023

"Amad a vuestros enemigos... sed perfectos como vuestro Padre del cielo" (Mt 5, 38-48)




Seguimos escuchando el Sermón de la montaña, en el que Mateo ha reunido el núcleo central de las enseñanzas de Jesús. Y hoy encontramos una palabra de Jesús exigente: "amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen". Es también uno de los mensajes más específicos y originales del cristianismo.

Las lecturas nos ayudan a situar esta palabra de Jesús, que se enmarca en la vocación del pueblo de Dios: "Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo" (Levítico, 19,1). Y que, a la vez, lleva a plenitud (y completa, corrige) aquella Ley que Dios dio a su pueblo a través de Moisés. Es una sabiduría que no es de este mundo, y que ante el mundo puede parecer necedad. 

Las expresiones que Jesús usa para superar la ley del Talión nos resultan chocantes. Parece que en su contexto tenían significados precisos (por ejemplo, un soldado romano, cuando lo trasladaban, podía exigir a cualquiera que cargara con su equipaje, pero una sola milla. Lo que sugiere que, si lo acompañaba más distancia, de alguna manera lo ponía en aprieto o en evidencia). Forman parte de la forma de hablar de Jesús, son expresiones tajantes que expresan la radicalidad de su propuesta. Ante la violencia, hemos de encontrar otra manera responder, una manera que abra caminos a la solución de los conflictos, que interpele al otro, para despertar su conciencia... Como en otros textos que venimos escuchando estos domingos, el mejor comentario y explicación los encontramos en el mismo Jesús. En Él encontramos la actitud de dignidad y de paz de quien, ante las ofensas y la violencia con que se le ataca, se sabe sostenido por el Padre, y sigue tendiendo una mano que conduce a la verdad y el amor. 

Jesús nos llama a la perfección de Dios, que ama a todos. Que quizás es diferente de las perfecciones que nosotros pensamos. Lucas, certeramente, la traduce como misericordia: "sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6, 36). Es el camino para ir construyendo una nueva humanidad, para superar las espirales de odio y violencia que, ojo por ojo, nos pueden dejar ciegos. Es parte fundamental del Reino de Dios. Una vez más, ese "como" (como vuestro Padre) no es meramente comparativo, sino que nos habla de participar en la vida de Dios. Viviendo el perdón, esforzándonos en ensanchar nuestro corazón para amar a todos, vamos entrando en el corazón de Dios, vamos realizando el ser hijos de Dios. Y, por su parte, es la experiencia de su amor la que nos hace capaces de todo esto. 

No puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia adonde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió; porque tiene presente el regalo y merced que le ha hecho, adonde vio señales de grande amor, y alégrase se le ofrezca en qué le mostrar alguno”.
Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 36, 12

      "Yo sé, Señor, que tú no mandas nada imposible. Tú conoces mejor que yo mi debilidad, mi imperfección. Tú sabes bien que yo nunca podré amar a mis hermanas como tú las amas, si tú  mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí. Y porque querías conce­derme esta gracia, por esto diste un mandamiento nuevo...¡Y cómo amo este mandamiento, pues me da la certeza de que tu voluntad es amar tú en mí a todos los que me mandas amar...!
Sí, lo sé: cuando soy caritativa, es únicamente Jesús quien actúa en mí. Cuanto más unida estoy a él, más amo a todas mis hermanas..."
Teresa de Lisieux, Historia de un alma, Ms C, 11-12


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)



domingo, 20 de febrero de 2022

"Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar" (Lc 6, 27-38)


En un mundo que presume de globalización, pero sigue lleno de divisiones y marca barreras infranqueables; en una sociedad que se está polarizando y en la que crece la desconfianza y la falta de entendimiento, las palabras de Jesús, hoy, resultan chocantes, y a la vez, portadoras de aire fresco.

A las Bienaventuranzas, les siguen las palabras de hoy, que son, como ellas, propuesta de una novedad que pasa por nosotros. 

En el corazón de este pasaje, una "regla de oro": "Tratad a los demás como queréis que ellos os traten" (Lc 6, 31). Con sencillez y profundidad, Jesús nos da la clave para tratar al otro como alguien con la misma dignidad que yo. Una invitación a ponerme en su lugar, a cultivar al empatía, para saber actuar haciendo el bien.

Y esta regla se inserta propuesta insólita: no basta con tratar bien a los que nos tratan o nos caen bien, a los nuestros ("¿qué mérito tenéis?"). Es preciso abrir el amor y la bondad a todos, incluyendo a los más difíciles: los enemigos, los que nos odian, maldicen e injurian. Podemos también aquí considerar a los que, sin llegar a esos extremos, nos resultan difíciles: los que nos resultan antipáticos o pesados, los que "no nos interesan"...

Lucas ilustra esta actitud con comportamientos sorprendentes, que Mateo expone más explícitamente (Mt 5, 39-42), con un significado preciso en aquella cultura. No se trata de una resignación pasiva ante el mal, sino de una respuesta que interpela al otro (como la resistencia pacífica que promovieron Gandhi y M. Luther King), que, incluso, busca despertar su lado humano, su conciencia. Sabemos que responder al mal con el mal sólo perpetúa la violencia y la injusticia. Es necesario inventar nuevas formas de responder (el Papa Francisco habla de "valentía creativa" para abrir caminos nuevos).

La razón que Jesús da, para este comportamiento nuevo, es que así es Dios, "que es bueno con los malvados y desagradecidos". Vivir como hijos suyos significa obrar como Él. Se nos invita a un "círculo virtuoso": entrar en su lógica, aprender con Él la "gramática del perdón", que conjuga el perdón, la universalidad, el ir más allá de nuestras fronteras, para ser capaces de comprender, de acoger, de vivir su amor que no condena, que perdona, que se nos da con una medida generosa, rebosante (el uso de la forma pasiva, aquí, como en otros pasajes bíblicos, se refiere a lo que Dios hace). A la vez, sólo acercándonos a Dios, cultivando la relación con Él, con su amor, vamos siendo capaces de amar así.


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

sábado, 29 de enero de 2022

"El amor no pasa nunca" (1 Cor 13,8; Lc 4, 21-30)

 


La presentación de Jesús en Nazaret, que comenzamos a contemplar el domingo anterior (L 4, 16-22) acaba en conflicto. Es el conflicto que acompañará toda la vida de Jesús, hasta llevarlo a la Cruz: la radicalidad con la que Jesús anuncia el amor del Padre, sin dejarlo manipular por exclusivismos, hace que, en la mayoría el entusiasmo inicial de por Jesús se vuelva rechazo y, finalmente, deseo de eliminarlo. 

Las primeras frases del Evangelio de hoy (de difícil traducción: no está claro si expresan aprobación y admiración, o una atención llena de extrañeza, cercana al escándalo) transmiten la reacción de los paisanos de Jesús ante su anuncio de sanación, libertad y gracia, y que va desde la atención inicial al escándalo. Es que Jesús ha cortado el pasaje que estaba leyendo de Isaías, que, anunciaba "el año de gracia del Señor... y el día de venganza de nuestro Dios" (Is 61, 1-2). Al cortar el verso que habla de la venganza de Dios, Jesús contraviene el mandato del Deuteronomio, de añadir o quitar nada de la Palabra (Dt 4,2) y, sobre todo, se opone a las expectativas del pueblo, que esperaba un Mesías que liberara a Israel de la opresión romana y lo pusiera a la cabeza de las naciones. De ahí la pregunta "¿No es éste el hijo de José...?", que refleja la expectativa de que Jesús se mantenga fiel a sus raíces, a su tradición y las esperanzas e intereses del pueblo en que se crió. Jesús capta esta postura de sus paisanos ("médico, cúrate a ti mismo; haz también aquí...") y la confronta, recordándoles episodios del Antiguo Testamento que anuncian la universalidad de la gracia de Dios. Pero con ello se hace más claro el rechazo a su anuncio. Aquel "¿No es éste el hijo de José?" tiene también el sentido de "¿quién es éste para reinterpretar la Palabra de Dios?" que encontraremos en otros momentos en que Jesús muestra radicalmente la misericordia del Padre, como cuando perdona pecados. Consecuentemente, intentan matarlo por blasfemo. Llama la atención, por otra parte, que cuando Jesús reivindica su autoridad como Hijo de Dios, es para defender la radicalidad de la misericordia de Dios, que no se ciñe a los intereses de un pueblo o un grupo, sino que "hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos" (Mt 5, 46).

El asunto no pierde actualidad. Émile Durkheim, el sociólogo, y otros críticos de la religión, han denunciado la tendencia que tenemos, todas las personas religiosas, a pensar a Dios como un aliado nuestro y enemigo de nuestros enemigos. Por eso las religiones tienen la recurrente tentación de aliarse con nacionalismos y otros movimientos de autoafirmación, de sentirse superiores... Y  en esto, conviene que mantengamos siempre alerta un sentido autocrítico, pues es más fácil ver estas tendencias en los otros que en nosotros mismos. Pero el verdadero Dios, el que Jesús, nos revela ("a Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer" Jn 1, 19) es amor incondicional e universal, que nos llama a convertirnos. 

La primera lectura, de Jeremías (Jr 1,4-5. 17-19) nos prepara hoy para contemplar la firmeza con que Jesús afronta el conflicto, en fidelidad al Padre. La carta a los Corintios (1 Cor 13) nos invita a profundizar en el sentido de ese amor que Jesús anuncia. Amor, por cierto, que tampoco coincide siempre con lo que nosotros pensamos (la carta habla poco de la retórica sentimental con que hoy se suele hablar del amor). Amor que se traduce, para Pablo, en actitudes que vamos aprendiendo a cultivar. Y que, a diferencia de muchas otras cosas (por brillantes que sean) no pasa: es el que nos introduce en Dios, nos lleva al verdadero sentido de la vida, es lo definitivo. 

Tiene algo de inquietante la escena final del Evangelio de hoy: Jesús se abre paso entre sus paisanos, que quieren matarlo, y se va alejando de ellos. ¿Seré capaz de abrirme paso entre aquello que me impide creer, perdonar, ser paciente... para seguirlo a Él, para no dejar que se aleje de mi vida?


Lecturas de hoy (www.dominicos)

  ¿Qué es lo más importante en la vida, lo que puede dar sentido y sostener lo demás? Así podríamos traducir la pregunta que hoy se hace a...