sábado, 26 de septiembre de 2026

"¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?" (Mt 21, 28-32)

 

El domingo anterior daba la vuelta a las categorías de "últimos" y "primeros", para subrayar la misericordia de Dios que busca a todos, y que nos llama a vivir desde la gratuidad. Hoy, Jesús da un paso más. Ya está en Jerusalén, próximo a la cruz. Y denuncia, de forma abierta, la hipocresía de las autoridades judías.

Su planteamiento va más allá de lo moral: el “trabajo” al que se refiere la parábola es la conversión, que Juan Bautista predicaba. Es orientar radicalmente nuestra vida a Dios. Algo que ya estaba en la Ley, tal como la expresa el Deuteronomio: “Escucha, Israel: Yahveh es el único Señor. Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Dt 6, 4-5). Lo que hace "primeros" a aquellos pecadores públicos (publicanos, prostitutas...), es que ellos son conscientes que necesitan ser salvados, y han escuchado y acogido la llamada a la conversión. Los fariseos, sin embargo, se sienten seguros en sí mismos, en su cumplimiento de normas. Y esa seguridad orgullosa los ciega, para no ver las contradicciones que viven (“ellos no hacen lo que dicen”, Mt 23,3; “su corazón está lejos de Dios” Mt 15,9), e incluso condenar a otros.

El evangelio nos llama a la humildad. Teresa de Jesús dice que es “andar en verdad”: darnos cuenta de nuestras incoherencias, nuestra falta de consistencia. Esa conciencia nos llama a seguir esforzándonos por convertir en vida la fe que profesamos, hacer la voluntad del Padre. Además, nos llama a asumir nuestra fragilidad, y vivir una fe humilde y agradecida: lo que nos salva es el amor misericordioso de Dios. (La parábola de hoy habla de un padre, como el del hijo pródigo). Podemos asumir nuestra verdad, con sus sombras y sus luces, porque Dios mira nuestra realidad con amor. 

En esa línea leemos hoy la carta de Pablo a los Filipenses (Flp, 2,1-11), que “resume” la historia de la salvación, desde uno de sus aspectos fundamentales: frente a la soberbia humana que pretendía "asaltar el cielo" (aquel "seréis como dioses" que escuchó Adán, Gn 3,5), el camino de Dios es el camino humilde del amor que se entrega. Es el camino de la Vida. 

Desde el evangelio de hoy se abre también una mirada dialogante hacia nuestro mundo, en el que muchos dicen "no quiero" (ante la religión, ante la Iglesia...), y, sin embargo, trabajan por construir un mundo más pacífico y justo... más de Dios. Nos recuerda la llamada del Concilio Vaticano II, y del Sínodo a derribar muros y construir puentes.  

 

"La sola cosa que nadie envidia es el último lugar. Este último lugar es, pues lo único que no es vanidad y aflicción de espíritu...
Coloquémonos humildemente entre los imperfectos, considerémonos almas pequeñas a las que Dios tiene que sostener a cada instante. Cuando él nos ve profundamente convencidas de nuestra nada, nos tiende la mano…. «Cuando parece que voy a tropezar, tu misericordia, Señor, me sostiene» (Salmo 93). Sí, basta con humillarse, con soportar serenamente las propias imperfecciones. ¡He ahí la verdadera santidad!
Cojámonos de la mano, hermana querida, y corramos al último lugar... Nadie vendrá a disputárnoslo..." 
 (Teresa del Niño Jesús, Carta a Celina, 7-6-1897)



sábado, 19 de septiembre de 2026

“Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 1-16)

 

Con la parábola de los jornaleros, Jesús ilumina un dicho que repite varias veces en el Evangelio “los últimos serán primeros y los primeros últimos” (Mt 20, 16).

Una expresión que desafía la lógica del mundo. Pero se puede comprender con el corazón. Para una madre o un padre, que quiere a cada uno de sus hijos, el primero que viene a su mente es aquél que está en situación más vulnerable, o aquél que sufre. Jesús nos dice que el Padre, Dios, es así. (Y nuestro corazón, cuando ama, se hace a imagen del de Dios). 

En la parábola, el dueño de la viña se mueve por la generosidad. Busca que todos tengan trabajo. Y paga el jornal entero incluso a quien llegó a última hora. El denario era el salario de una jornada y significaba, para los jornaleros, el sustento de su familia.

Y dice: “¿vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Literalmente (es una expresión hebrea): “¿es tu ojo malo porque yo soy bueno?” Su generosidad nos interpela: ¿cómo es mi mirada? Mi forma de comprender la justicia, ¿da lugar a celos y envidias? ¿Pueden ofuscar mi mirada la competitividad, o el deseo de ser más que otros…?

    La parábola habla además, entre líneas, de confianza: los primeros jornaleros saben lo que van a cobrar; pero los contratados a media mañana confían que su salario será “lo debido”, y los últimos van sin oír qué se les pagará. Habla de gratuidad, y de gratitud. Porque el Reino de los cielos es infinitamente más de lo que podemos ganar con nuestros méritos y trabajos. Es gracia. En la 1ª carta a los Corintios, Pablo, con profunda conciencia de esa gratuidad, dirá que su paga por empeñar su vida en el anuncio del Evangelio, es entrar en esa gratuidad (“para ser partícipe del mismo” 1 Co 9, 18-23”). Y hoy llega a decir “para mí la vida es Cristo”.

“Como está el cielo más alto que la tierra, así están mis caminos más altos que los vuestros, y mis caminos que los vuestros" (s 55,9) Dios nos llama a un cambio de mentalidad. Esa distancia, paradójicamente, es cercanía: Dios es más cercano y misericordioso de lo que pensamos. “Cerca está el Señor de los que lo invocan… es incalculable su grandeza, es clemente y misericordioso” rezamos con el salmo 144).

 

“¿Para qué pensáis, hijas, que he pretendido declarar el fin y mostrar el premio antes de la batalla, con deciros el bien que trae consigo llegar a beber de esta fuente celestial, de esta agua viva? Para que no os congojéis del trabajo y contradicción que hay en el camino, y vayáis con ánimo y no os canséis (…) Mirad que convida el Señor a todos (Mt 11, 28). Pues es la misma Verdad, no hay que dudar. Si no fuera general este convite, no nos llamara el Señor a todos (…)  tengo por cierto que todos los que no se quedaren en el camino, no les faltará esta agua viva. Dénos el Señor, que la promete, gracia para buscarla como se ha de buscar”.

Teresa de Jesús, Camino de perfección, 19, 14-15


 - Cabe también apuntar que, en esta parábola, el denario no llega como mero subsidio, sino como pago a los que responden y van a trabajar (siquiera una hora). Este evangelio une la gratuidad con el esfuerzo y la respuesta humana, que tienen su valor ante Dios.


viernes, 11 de septiembre de 2026

"¿Cuántas veces tengo que perdonar?" (Mt 18, 21-35)

 

El Evangelio subraya la importancia y necesidad del perdón:

- Es necesario para sanar las relaciones. Entre personas hay roces, y algunas veces nos hacemos daño (muchas veces, sin querer o por conflictos inevitables...). El perdón es la única forma posible de sanar una relación rota, y de construir una convivencia sana.

- Es el camino hacia la paz personal. El rencor nos envenena por dentro, nos malogra. Perdonar nos permite recuperar la paz y nos libera del pasado. También es importante pedir perdón, porque nos ayuda a asumir nuestros errores y restaurar la relación con las personas en verdad.

Perdonar no significa justificar lo que ocurrió, ni tampoco quitarle importancia. Es restablecer la relación con la persona en clave positiva, y "pasar página", para no quedarnos atados emocionalmente a un hecho del pasado. 

- Jesús pone el perdón en referencia a Dios. Nos invita a caer en la cuenta de la magnitud del perdón que nosotros recibimos de Dios. Nuestra deuda con Él (no sólo por nuestras ofensas, sino también por todo lo recibido, que no podríamos devolver) es infinita. Y agradecerla (Col 3, 15: Sed agradecidos). Es la gratitud la que nos hace capaces de gratuidad

Y, a la vez, es la gratuidad la que nos pone en sintonía con Dios, para acoger el perdón que Él ofrece incondicionalmente. 

- En el perdón nos encontramos con Dios, experimentamos su amor que nos renueva. La comunidad cristiana es lugar de la presencia de Dios ("allí estoy yo en medio de ellos"), porque es comunidad de personas que perdonan. Así se hace transmisora de su reconciliación ("lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo"), como escuchábamos el domingo pasado (Mt 18, 18-20).

     “¡Qué estimado debe ser este amarnos unos a otros del Señor! Pues pudiera el buen Jesús ponerle delante otras [cosas], y decir: «perdonadnos, Señor, porque hacemos mucha penitencia», o «porque rezamos mucho y ayunamos y lo hemos dejado todo por vos y os amamos mucho»; y no dijo «porque perderíamos la vida por vos», y, como digo, otras cosas que pudiera decir, sino sólo «porque perdonamos». (...)  

No puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia adonde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió; porque tiene presente el regalo y merced que le ha hecho, adonde vio señales de grande amor” 

    Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 36, 7-8.11


Muchas veces, el perdón es un camino. El primer paso es “querer perdonar”. Lo siguen las actitudes y signos reconciliadores (tal vez no podemos evitar sentirnos mal con alguien, pero sí podemos elegir tratarle bien …) y más tarde, llega a ser ese “perdón de corazón” en el que podemos sentir la paz interior. A ese camino lo acompaña la oración: pedir a Dios que sane nuestras heridas y nos ayude a perdonar (o pedir perdón), nos infunda su paz.


sábado, 5 de septiembre de 2026

“Estoy Yo en medio de ellos” (Mt 18, 15-20)

 

En nuestro tiempo, la era de las redes sociales, se multiplican las interacciones superficiales, pero crecen el individualismo y, paralelamente, la soledad (hay estudios que hablan de cómo la sufren no sólo muchos ancianos sino también uno de cada cuatro jóvenes). Tal vez el sentimiento de vacío y desencanto que cunden en la sociedad tiene relación con ello.

Jesús invita a amar. Así es como nos abrimos a la Vida que Él nos ofrece, porque Dios es amor (1 Jn 4,8). Por eso, Él se hace presente en la comunidad, en aquellos que comparten vida en su nombre. En comunidad nos sostenemos mutuamente ante las dificultades, y ensanchamos nuestra percepción de Dios, haciéndola menos parcial. Y, sobre todo, aprendemos a amar: a comprender, perdonar, dar y recibir… Pablo nos invita a relacionarnos así: "a nadie debáis nada más que amor..." (Rom 13, 8). Poniendo en el centro el bien de la persona, que es lo que da sentido a las normas, y que está por encima de compromisos sociales, para evitar que se conviertan en ataduras.

Con este crear comunidad tiene relación la promesa de que "si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre". No es una "receta mágica". Jesús subraya el camino hacia el acuerdo mutuo, que es la comunión, el ideal de la primera comunidad cristiana: "un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32). Un camino que nos hace capaces de ir más allá del propio interés, que nos abre al Espíritu y nos enseña a orar, porque "nosotros no sabemos cómo pedir para orar como nos conviene, pero el Espíritu intercede por nosotros" (Rom 8, 26). 

Ese amor también implica una corresponsabilidad, un interés por el hermano, que nos llama a no desentendernos de él. Con un sano equilibrio y respeto a su autonomía. En esa línea, Mateo nos transmite una enseñanza de Jesús sobre la corrección fraterna, que pone el acento en el deseo de salvar la persona. Por eso invita, en primer lugar, a hablar personalmente con el hermano, sin airear los problemas en críticas o comentarios con otros. Esto implica valor (a veces se habla mucho de una persona, y nadie se atreve a hablarle a ella de su problema). Y delicadeza, (el objetivo no es quedar por encima, "tener la razón", sino que el hermano "se salve"). Hace falta, para ello, humildad en el que habla, y, por supuesto, en el que escucha. ¿Cómo recibimos nosotros una llamada de atención, una crítica constructiva...?. 

Para situaciones de mayor trascendencia o aspecto público, esta praxis incorpora el recurso a otra persona, que ayude a tratar la situación con objetividad, con más perspectiva. Y finalmente a la comunidad. El Evangelio, finalmente, señala que cuando alguien no hace caso a la comunidad, se sitúa al margen de ella. Pero aun así, se deja una puerta abierta a la misericordia de Dios, que también llamó a la conversión a los publicanos y los paganos.


  Jesús, hoy nos ofrece una palabra luminosa, con ocasión de una pregunta trampa. Los fariseos y herodianos (enemigos entre sí, pero unidos ...