Hace
algunos domingos, escuchábamos cómo Jesús mira con compasión a las gentes, cansadas y abatidas como ovejas sin pastor
(Mt 9, 36). Con esa misericordia, Él envía a los discípulos a la misión, y los
llama a mantenerse fieles, a pesar de las dificultades que encontrarán. La
palabra y los gestos de Jesús responden a la necesidad del ser humano y, sin
embargo, con frecuencia encuentran resistencia, rechazo, indiferencia. Los sabios y entendidos, los doctores de la
ley, y también los que se sienten seguros en sí mismos, se vuelven incapaces de
reconocer los signos de vida, signos de Dios que hace Jesús (“los ciegos ven y los cojos andan, los
leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan…” Mt 11,5). Ante esa tentación, la de qeudarnos
encerrados en nuestras ideas preconcebidas sobre Dios (o nuestros intereses,
que una cosa puede ir unida a la otra), Jesús señala que “nadie conoce al Padre sino el Hijo”. Por eso son los pequeños, los que se acercan a Jesús con
sencillez y apertura, los que pueden recibir su vida.
De
fondo, está la opción de "vivir en la carne" o "vivir en el espíritu", a la que alude Pablo (Romanos 8, 9.11-13). Pablo no se refiere a la
contraposición entre cuerpo y alma (propia de nuestra cultura de origen
griego), sino a una elección, un estilo de vida: estar "en la carne" es vivir encerrado en uno mismo (en los propios
deseos, intereses, criterios...). La vida espiritual es apertura a Dios, en la
confianza y el amor. El Espíritu nos hace capaces de ir más allá de nosotros
mismos... y nos abre a la vida que Dios nos regala. Vida que vence
incluso a la muerte: “el que resucitó de
entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales”.
Vivir en el espíritu es también aprender a encontrar descanso en
Dios. Muchas cosas pueden agobiarnos y cansarnos: están las dificultades de la
vida, que no podemos evitar; también las que encontramos al intentar ayudar a
otros, y participar en la misión de Jesús, también nuestros errores…. Por otra
parte, está el cómo afrontamos la
vida y sus dificultades. El cansancio y abatimiento que Jesús veía en la gente
tenía mucha relación con una religiosidad cargada de cumplimientos y preceptos,
que se volvía aplastante. Hoy, el perfeccionismo puede llevar a muchas personas
de buena voluntad al cansancio y al agobio de una exigencia que nunca se
alcanza. A unos y otros, a todos, nos llama Jesús, para encontrar alivio en Él.
Su yugo, aunque está lleno de radicalidad (amar a todos, perdonar…) es suave,
porque se basa, ante todo, en el amor del Padre, que estamos llamados a
experimentar: amor gratuito, que siempre nos acompaña, y puede ser nuestra
fuente de ánimo, de fuerza, de alegría y paz. Amor misericordioso y paciente con nuestras
limitaciones. Amor que da sentido a todo esfuerzo. El "aprended de mí" de Jesús, es una
invitación a experimentar su vida, conocer su Paz y Alegría (Jn 14, 27; 15,11).
“¡La ciencia del amor! ¡Sí, estas palabras
resuenan dulcemente en los oídos de mi alma! No deseo otra ciencia. (...) Si
todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de
todas las almas, el alma de tu Teresita, ni una sola perdería la esperanza de
llegar a la cima de la montaña del amor, pues Jesús no pide grandes hazañas,
sino únicamente abandono y gratitud, como dijo en el salmo 49 (…) No tiene
necesidad de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios
que declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en
mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir: «Dame de
beber», lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre
criatura. Tenía sed de amor...
Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús
está sediento. Entre los discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e
indiferentes, y entre sus propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que
se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor
infinito!”
Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma (Manuscrito
B, 1-2rº)

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