domingo, 5 de julio de 2026

“Venid a mí…” (Mt 11, 25-30)

 



Hace algunos domingos, escuchábamos cómo Jesús mira con compasión a las gentes, cansadas y abatidas como ovejas sin pastor (Mt 9, 36). Con esa misericordia, Él envía a los discípulos a la misión, y los llama a mantenerse fieles, a pesar de las dificultades que encontrarán. La palabra y los gestos de Jesús responden a la necesidad del ser humano y, sin embargo, con frecuencia encuentran resistencia, rechazo, indiferencia. Los sabios y entendidos, los doctores de la ley, y también los que se sienten seguros en sí mismos, se vuelven incapaces de reconocer los signos de vida, signos de Dios que hace Jesús (“los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan…”  Mt 11,5). Ante esa tentación, la de qeudarnos encerrados en nuestras ideas preconcebidas sobre Dios (o nuestros intereses, que una cosa puede ir unida a la otra), Jesús señala que “nadie conoce al Padre sino el Hijo”. Por eso son los pequeños, los que se acercan a Jesús con sencillez y apertura, los que pueden recibir su vida.

De fondo, está la opción de "vivir en la carne" o "vivir en el espíritu", a la que alude Pablo  (Romanos 8, 9.11-13). Pablo no se refiere a la contraposición entre cuerpo y alma (propia de nuestra cultura de origen griego), sino a una elección, un estilo de vida: estar "en la carne" es vivir encerrado en uno mismo (en los propios deseos, intereses, criterios...). La vida espiritual es apertura a Dios, en la confianza y el amor. El Espíritu nos hace capaces de ir más allá de nosotros mismos...  y nos abre a la vida que Dios nos regala. Vida que vence incluso a la muerte: “el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales”.

Vivir en el espíritu es también aprender a encontrar descanso en Dios. Muchas cosas pueden agobiarnos y cansarnos: están las dificultades de la vida, que no podemos evitar; también las que encontramos al intentar ayudar a otros, y participar en la misión de Jesús, también nuestros errores…. Por otra parte, está el cómo afrontamos la vida y sus dificultades. El cansancio y abatimiento que Jesús veía en la gente tenía mucha relación con una religiosidad cargada de cumplimientos y preceptos, que se volvía aplastante. Hoy, el perfeccionismo puede llevar a muchas personas de buena voluntad al cansancio y al agobio de una exigencia que nunca se alcanza. A unos y otros, a todos, nos llama Jesús, para encontrar alivio en Él. Su yugo, aunque está lleno de radicalidad (amar a todos, perdonar…) es suave, porque se basa, ante todo, en el amor del Padre, que estamos llamados a experimentar: amor gratuito, que siempre nos acompaña, y puede ser nuestra fuente de ánimo, de fuerza, de alegría y paz.  Amor misericordioso y paciente con nuestras limitaciones. Amor que da sentido a todo esfuerzo. El "aprended de mí" de Jesús, es una invitación a experimentar su vida, conocer su Paz y Alegría (Jn 14, 27; 15,11).


“¡La ciencia del amor! ¡Sí, estas palabras resuenan dulcemente en los oídos de mi alma! No deseo otra ciencia. (...) Si todas las almas débiles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña de todas las almas, el alma de tu Teresita, ni una sola perdería la esperanza de llegar a la cima de la montaña del amor, pues Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud, como dijo en el salmo 49 (…) No tiene necesidad de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir: «Dame de beber», lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor...

Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!”

Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma (Manuscrito B, 1-2rº)



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