La fiesta de la Asunción de María tiene un profundo arraigo
en el pueblo cristiano. Muestra de ello son los muchos pueblos y ciudades que
celebran hoy su fiesta.
Un pueblo cristiano que conoce bien los dramas de la vida
cotidiana (a los que también alude, aunque con un lenguaje extraño a nosotros,
el libro del Apocalipsis). Crisis social, incendios, terremotos… Contemplar a María participando plenamente (en
cuerpo y alma) de la Resurrección de Cristo no es para evadirnos de la
situación. El Evangelio nos muestra a María en camino, de prisa, para hacerse presente en casa de Isabel y ayudarla en el
embarazo que afronta con una edad avanzada. Y María canta la obra salvadora de
Dios en medio de la historia del pueblo (Abraham y su descendencia, y en favor
de los pobres.
María es una señal para nosotros. Como nos dice hoy Pablo,
también nosotros seremos asumidos por la Resurrección de Cristo. Una Vida Nueva
y definitiva que asume también nuestros esfuerzos por hacer este mundo lo más
habitable posible, y la vida que compartimos, ese crear lazos de apoyo mutuo,
de cercanía, de escucha, de amistad y comunidad. Creer (¡Bienaventurada la que ha creído!) es también ponerse en camino.


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