Es Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, la plenitud de la Pascua. Entre los muchos detalles que las lecturas y la secuencia nos ofrecen para reflexionar y orar, quisiera subrayar algunos:
- La universalidad y la reconciliación. El relato de los Hechos de los Apóstoles, y el Evangelio, nos hablan de una casa (la Iglesia) que se abre al mundo. Jesús se hace presente en medio de aquella comunidad encerrada en el miedo, y los envía (Jn 20, 19-23), con el poder de perdonar. El Espíritu los impulsa a proclamar las maravillas de Dios en todas las lenguas, de manera que "cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua" (Hch 2, 11). El relato de los Hechos de los Apóstoles tiene como trasfondo la historia de Babel (Gen 11, 1-9) donde la confusión de lenguas aparecía como fruto de la soberbia humana, que pretendía "escalar el cielo" y acabó en la incapacidad de entenderse unos con otros, y la división y dispersión de la humanidad. Aquella historia antigua transmitía una sensación de rivalidad entre la humanidad y Dios. El Espíritu Santo, sin embargo, nos ayuda a descubrir al Dios revelado en Jesús: Él alienta todo lo verdaderamente humano, y lo hace crecer. Por eso su obra y su palabra reconcilian, liberan de los miedos, y hablan al corazón de cada persona "en su propia lengua".
- La unión con Jesús y la renovación de la persona. Es el propio Jesús resucitado quien sopla sobre los discípulos su Espíritu. Es un acto creador, como el del Padre que dio vida al primer ser humano (Gn 2,7). El Espíritu re-crea, renueva profundamente nuestra realidad. Ese Espíritu es el que hace a los discípulos capaces de comprender las palabras de Jesús, y vivirlas. El Espíritu nos une a la misión de Jesús, haciéndonos participar de su propio envío, que es algo fundamental en la identidad de Jesús y en su relación con el Padre. El Espíritu nos va uniendo a Jesús, para compartir su vida y su misión "Como el Padre me ha enviado, también yo os envío". El Espíritu nos acerca a su corazón, nos hace reflejar su vida, con una infinita diversidad de dones y carismas, que conectan la personalidad de cada persona con Cristo. Por eso, es gracias al Espíritu que podemos decir auténticamente "Jesús es Señor" (1 Cor 12, 3), reflejar ese señorío que potencia nuestra libertad y nos lleva a desarrollar en plenitud nuestra vida.
- La comunidad. El Espíritu se hace presente en la comunidad reunida, a pesar de sus miedos y pobrezas. Y su riqueza de carismas, dones y actuaciones, que tiene la lógica del amor, busca el bien común y va construyendo una comunidad versátil, capaz de abrazar la humanidad entera y "hablar todas las lenguas", unida desde dentro, desde Dios que impulsa nuestras vidas.
La fiesta de hoy nos invita a orar y pedir el Espíritu Santo. Y María, la llena de gracia, en medio de los discípulos, nos invita a abrir el corazón al Espíritu. Con ello tiene que ver el vivir en el amor y cultivar una actitud de sinceridad, de búsqueda de la verdad. Nos invita también a descubrir y agradecer los dones que el Espíritu ha ido poniendo en nosotros, repasar la historia que el Espíritu ha ido haciendo en nuestra vida, sanando heridas, enseñándonos, ayudándonos a desarrollar nuestras capacidades en el amor.
¡Oh llama de amor viva que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro, pues ya no eres esquiva, acaba ya, si quieres; rompe la tela de este dulce encuentro!
¡Oh cauterio suave! ¡Oh regalada llaga! ¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado que a vida eterna sabe y toda deuda paga; matando, muerte en vida la has trocado!
¡Oh lámparas de fuego en cuyos resplandores las profundas cavernas del sentido, que estaba oscuro y ciego, con extraños primores calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso recuerdas en mi seno donde secretamente solo moras y en tu aspirar sabroso de bien y gloria lleno cuán delicadamente me enamoras!
Acercándonos al final de la Pascua, la fiesta de la Ascensión nos invita a profundizar en lo que significa la Resurrección de Jesús. Lo contemplamos a la derecha del Padre, manifestando que es Dios. Aquel hombre, Jesús, que recorrió los caminos de Galilea y Judea anunciando el amor del Padre, haciendo el bien y sanando (Hch 10, 38), que lavó los pies de los discípulos, que se sometió al juicio de Pilatos y entregó su vida en la cruz, es Dios, y es la plena revelación de Dios.
El tiene pleno poder en el cielo y en la tierra. Un poder que no se ejerce como imposición ni manipulación. Un poder, el que el Padre le ha dado, que tal vez no comprendemos del todo, pero tiene que ver con la capacidad de crear y dar vida. Que abre caminos nuevos en nuestra vida y, no sabemos bien cómo, conducirá nuestra historia -la de nuestro mundo y la de cada uno de nosotros- a la Vida, a la plenitud.
Como aquellos discípulos, nos acercamos a Él con actitud de adoración, y también con dudas, con nuestras vacilaciones y debilidades. Y El se acerca a nosotros. Y nos envía a ser testigos y continuadores de su obra y de su palabra. Ese monte de Galilea donde los Once se encuentran con Jesús, nos recuerda al monte de la Transfiguración, donde el Padre nos urgía a escuchar a Jesús (Mt 17,5) y al monte en el que Jesús anunció las Bienaventuranzas (Mt 5-7) donde encontramos sus enseñanzas, las que hemos de "guardar" y transmitir.
Contemplamos a Jesús, pero no para quedarnos "plantados mirando al cielo" (Hch 1, 11) sino para ponernos en camino, y "hacer discípulos", transmitir el anhelo de búsqueda de la verdad y de la vida que a nosotros nos lleva a Él, invitar a otros también a hacer camino, a descubrirlo, a seguirle y unirse a Él. La celebración de hoy nos mueve también a pensar qué pasos hemos de dar (sin que nuestras debilidades nos paralicen). El está con nosotros, en los días buenos y en los malos. Tal vez lo experimentamos, especialmente, cuando nos implicamos en continuar su obra.
Continuamos escuchando las palabras de Jesús a sus discípulos, en la Última Cena. Jesús se está despidiendo, pues ya no volverá a estar con los suyos en la forma en que había estado hasta ahora. Pero seguirá acompañándonos, y no sólo como un recuerdo entrañable e inspirador. Jesús habla de una presencia en la ausencia, difícil de explicar con palabras, pero profundamente intensa y real, más aún, vivificante: "el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis".
Empieza así Jesús a anunciar al Espíritu Santo, que es el que va a hacerle presente a Jesús y al Padre. Y habla de Él como el Paráclito (el que acompaña, para defender como un abogado en el juicio, para interceder y amparar, para ayudar, para infundir ánimo y luz...). Es presencia espiritual. Por tanto, es intangible (no podemos percibirlo con la exactitud de las cosas físicas, y sobre todo, no podemos controlarlo) y sobre todo, es presencia que infunde vida. Jesús habla de él como el Espíritu de la Verdad, aquél que nos "guiará hasta la verdad plena" (Jn 16,3), que es capaz de conectarnos, a nosotros que somos parciales y limitados, con esa verdad plena que está en Dios, y así ayudarnos a situarnos de forma auténtica y reconciliada ante la vida.
Esa presencia es presencia por el amor, que nos une a Jesús, y con Él, al Padre. Amor que significa una adhesión a Él, una unión de la voluntad con El, y que por tanto se expresa en ese "aceptar guardar sus mandamientos", que ha resumido poco antes en el amor "como yo os he amado, os améis unos a otros" (Jn 13, 34). No se trata de normas impuestas desde fuera, ni de una condición externa, sino de una condición interna. De manera parecida a como una radio ha de sintonizarse don una frecuencia para recibir adecuadamente el mensaje; de manera parecida a como nuestros sentidos necesitan estar atentos preparados y sanos para percibir con nitidez la luz y los sonidos, para ver y oír, nuestro corazón, cuando va viviendo el amor que Jesús nos enseña, se hace capaz de comprenderlo (me revelaré a él) y de verlo.
De los frutos de ese ver a Jesús, acoger la Verdad, y ser acompañados por su Espíritu, nos hablan las otras dos lecturas. La primera nos cuenta cómo el Evangelio desborda los límites de Jerusalén y llega a Samaría. Ahí está la fuerza del Espíritu, que impulsa a Felipe (aunque no era de los Doce) a dar ese paso y llevar a Samaría el Evangelio que llena la ciudad de la alegría y la fuerza sanadora de Jesús, y que se hace presente, como comunión, en la misión de Pedro y Juan, confirmando la obra de Felipe y siendo cauce y a la vez testigos del Espíritu. La carta de Pedro, por su parte, nos ofrece un mensaje plenamente actual: "dar razón de vuestra esperanza a todo el que la pidiere, con delicadeza, y respeto y en buena conciencia", como palabra que no siempre conlleva el éxito ("también Cristo murió") pero nos hace capaces de hacer el bien incluso cuando nos toca padecer, y es promesa de vida definitiva.
El Espíritu "vive con vosotros y está con vosotros". ¿Cómo hacernos más conscientes, cómo escucharlo mejor, cada uno de nosotros y como comunidad? ¿Hacia dónde me (nos) impulsa?
A lo largo de este tiempo de Cuaresma y Pascua, Jesús se va revelando, y va revelando al Padre. Ese "Yo soy..." conecta con la revelación de Dios a Moisés (Ex 3, 14), y se va desplegando en una serie de palabras-símbolo: luz, agua viva, resurrección, puerta, pastor... Dejar que resuenen en nuestro corazón, meditarlas, nos ayuda a profundizar en nuestra relación con Él, en lo que Él significa para nosotros.
El pasaje del Evangelio que hoy escuchamos se sitúa en la última cena, después de que Jesús haya lavado los pies de los discípulos, haya expresado su mandamiento nuevo ("que, como yo os he amado, así taos améis también vosotros, los unos a los otros", Jn 13,34), y también haya aludido a las negaciones de Pedro. El mismo Jesús que dice "no se turbe vuestro corazón", es el que un momento antes, anunciando la traición de Judas, "se turbó en su interior" (Jn 13, 21). Conoce el miedo, la inseguridad, el desconcierto: el que El mismo siente; el que van a sentir sus discípulos ante su arresto y ejecución en la cruz; el que sentimos nosotros en muchas situaciones. Y como aquel que "va delante" (Jn 10, 4), nos invita a no dejar que esos sentimientos (que no podemos evitar sentir) se instalen en nuestro corazón y nos gobiernen. Nos invita a la fe y la confianza.
Jesús habla de la vida eterna ("para que donde esté yo, estéis también vosotros"), y la presenta como un estar con El, compartir su vida, que ya se empieza a hacer realidad en esta vida. De alguna manera, la pregunta de Tomás "no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?" puede expresar la incertidumbre humana ante esa vida que está más allá de nuestro conocimiento, y sobre cómo nos podemos encaminar hacia ella, podemos ir haciendo experiencia de ella.
Ante esas preguntas, Jesús mismo se presenta como Camino, Verdad y Vida. Son palabras como diamantes, con muchos sentidos o facetas. De entrada, tienen una referencia muy concreta: ese Jesús que ha lavado los pies, que va a entregar su vida en la cruz, es el camino que hemos de seguir. Ese amor que se hace servicio y entrega es la verdad, y es la vida verdadera.
Son tres palabras relacionadas entre sí. Jesús -su enseñanza, su persona, su existencia, también su presencia que se nos entrega en la Eucaristía- es una verdad que vamos descubriendo y una vida que se nos comparte en un camino, que vamos haciendo paso a paso. Porque somos incapaces de abarcar toda la verdad, y vivimos la vida en una sucesión de momentos. Jesús es camino (a la vez que guía y meta) que nos va llevando a la verdad y la vida. A la vez, es verdad que ilumina nuestros pasos, que nos ayuda a vivir auténticamente. Y es vitalidad, fuerza, que dan sentido al camino y calor humano a la verdad... En Él vamos descubriendo a Dios, con Él podemos ir también comprendiendo nuestra vida y orientándola a plenitud.
Estando una
vez en oración (...) se me dio a entender una verdad, que es cumplimiento de
todas las verdades; entendí el gran bien que hay en no hacer caso de cosa que
no sea para llegarnos más a Dios, y así entendí qué cosa es andar un alma en
verdad delante de la misma Verdad. Esto que entendí es darme el Señor a
entender que Él es la misma Verdad”. Esta
Verdad que digo se me dio a entender, es en sí misma Verdad, y es sin principio
ni fin, y todas las demás verdades dependen de esta Verdad, como todos los
demás amores de este amor, y todas las demás grandezas de esta grandeza; aunque
esto va dicho oscuro para la claridad con que a mí el Señor quiso se me diese a
entender. ¡Y cómo se ve el poder de esta Majestad, pues en tan breve tiempo
deja tan gran ganancia y tales cosas imprimidas en el alma! Santa Teresa de Jesús, Vida, 40, 1-6
El capítulo 10 del Evangelio de Juan comienza con una crítica de Jesús a los fariseos y dirigentes del pueblo (cuya ceguera ha denunciado poco antes), como pastores ilegítimos, que buscan su propio bien, más que el del Pueblo de Dios (como dicen Mt 23, 1-7: "lían fardos pesados... todo lo que hacen es para que los vea la gente". Jn 5, 44, "recibís gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene de Dios").
A diferencia de ellos, Jesús es el Pastor auténtico, que conoce a sus ovejas y las guía (camina delante de ellas), que, incluso, da la vida por ellas (Jn 10,11), porque ha venido para que tengan vida, y la tengan abundante. Más aún, Jesús es la Puerta: todo pastor auténtico entra a través de Jesús, de su "perfil", de su enseñanza, de forma de ser y de actuar: su entrega, su actitud de servicio, su atención a la persona. Jesús es también la puerta que da acceso a la vida de Dios (como la puerta del templo, o de la ciudad santa), a la salvación y la vida plena, donde el ser humano se sacia. Una puerta caracterizada por la confianza y la libertad (podrá entrar y salir). Ese entrar a través de Jesús, nos habla de seguir su enseñanza, de vivir unidos a Él, de "hacernos a la medida" de esa puerta: cuando nuestra vida y nuestro corazón se hacen al de Jesús y toman su forma, vamos entrando en su vida.
El Evangelio de hoy nos invita a meditar algunos rasgos de ese Buen Pastor, que hablan de nuestra relación con Él. Es Pastor que conoce a los suyos por su nombre, personalmente. Y Pastor cuya voz conocen los suyos. Algo que, por una parte, habla de lo que ya vivimos (le seguimos porque su voz conecta con nuestro interior, nos inspira confianza), y por otra parte, nos llama a preguntarnos: en medio de tantas voces y ruidos, ¿cómo reconocemos su voz? (o ¿cómo podemos reconocerla mejor?). Es Pastor que va delante de nosotros: sea cual sea la situación que nos toca vivir, él ya la conoce, y puede abrir camino para nosotros. Sobre todo, es Pastor que viene a nosotros, para que tengamos vida, y vida abundante.
Vueltos hacia este "pastor y guardián de nuestras almas" (1 Pe 2, 25), la carta de San Pedro ofrece una reflexión sobre la actitud que podemos mantener cuando nos alcanza el sufrimiento: perseverar en hacer el bien (lo mismo en que resumió Pedro la vida de Jesús, en su anuncio a Cornelio, Hch 10, 38). Es una palabra novedosa, contracultural, ante una sociedad (la de entonces, y también la actual) que considera el sufrimiento como algo de lo que se huye "a cualquier precio", algo que, cuando llega, se vive con desesperación. Para no irnos al extremo contrario, conviene matizar lo que Pedro afirma como "una gracia de parte de Dios" o "cosa hermosa ante Dios" no es el sufrimiento en sí (que es algo negativo), sino la capacidad de soportarlo haciendo el bien, como Jesús. Él nos muestra que podemos soportar el mal sin que el mal nos "invada". Él, que nos ha curado con sus heridas, nos da hace capaces de darle la vuelta, abrir camino al bien.
"El aprovechar [crecer] no se halla
sino imitando a Cristo que es el camino y la verdad y la vida, y ninguno viene
al Padre sino por él, según él mismo dice por San Juan (14,6 y 10,9). Y en otra
parte dice: Yo soy la puerta; por mí, si alguno entrare, salvarse ha". (San Juan de la Cruz, Subida del Monte
Carmelo, II, 7,8)
En esta mañana de Pascua ("aquel mismo día": porque Jesús es presente, es presencia viva que acompaña Jn 11, 25), Lucas nos invita a ponernos en camino, con aquellos dos discípulos, cuya experiencia evoca lo que vivió la primera comunidad cristiana; y lo que, sin darnos apenas cuenta, porque nuestros ojos también están velados (Lc 24, 16), se nos ofrece a vivir.
Jesús sale a paso de su (nuestro) camino. Ellos estaban "de vuelta" (en todos los sentidos). Desanimados, derrotados. Sus ojos son incapaces de reconocer a Jesús, de manera parecida a como son incapaces de reconocer lo que significa el sepulcro vacío, y de comprender el testimonio de las mujeres. Pero Jesús se acerca. Incluso ante su primera reacción es desabrida ("¿eres tú el único que no sabe...?"), se pone a la escucha de su desencanto, sus lamentos, sus esperanzas frustradas... Dios escucha, e invita a que le hablemos de nuestros sentimientos, inquietudes...
Y en esa conversación, toma la palabra. Una palabra audaz, capaz de sacudir su ofuscamiento (en 1 Cor 15, 34 Pablo habla de algo parecido). Una palabra que ayuda a ver la historia vivida desde otra perspectiva, la de Dios que abre camino de salvación de una manera diferente ("era necesario..."). Jesús guía una nueva lectura de la Escritura, que ilumina lo que están viviendo, y enciende su corazón. Es lo que hizo con las primeras comunidades cristianas, que comprenden y resitúan lo que hoy llamamos Antiguo Testamento, desde Jesús. Es lo que sigue haciendo, cuando nos acercamos a la Escritura para leer, desde ella, nuestra vida.
"Lo reconocieron en la fracción del pan". El relato culmina en ese momento en que reconocen, en el gesto de partir el pan, a ese Jesús que ha partido y compartido su vida con ellos y por ellos. "Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron".
La expresión recuerda a la del Génesis, cuando "se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos" (Gn 3,7). Pero ahora todo es nuevo y de otra manera: la conciencia de la propia pobreza e indignidad, está iluminada por aquél que ha vencido al pecado y la muerte y nos sana, aquél que nos muestra la misericordia victoriosa de Dios. Por eso, en lugar de un camino de destierro y penalidades, el camino que se abre aquí es de gozo, de vida, un retorno a Jerusalén y a la comunidad.
La Eucaristía se muestra como momento de reconocimiento de la presencia de Jesús. Un reconocimiento que tiene relación con la hospitalidad y el compartir ("quédate con nosotros"). Y con la comunidad, a la que vuelven aquellos discípulos para compartir el testimonio del resucitado (y vuelven de noche, pues han reconocido a Jesús en la cena, pero ni la noche les impide el camino). De algún modo, todo ese camino es como una Eucaristía, en la que han escuchado a Jesús explicarles las Escrituras, y han podido descubrir la presencia de Él en sus (nuestras) vidas.
Una presencia que no se puede agarrar: "lo reconocieron. Pero él desapareció"; y a la vez, se dan cuenta de que sus corazones ardían cuando les hablaba por el camino. Antes, nos ha dicho que "entró para quedarse". Es esa presencia misteriosa que no podemos asir, controlar. Pero que nos llena de esperanza y nos guía por el camino.
El encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos que narra Juan tiene muchos detalles, muchos elementos implícitos para contemplar. Apunto sólo algunos.
Jesús se hace presente en medio de una comunidad que ya ha recibido el anuncio de la Resurrección (a través del testimonio de María Magdalena. Y de su propia visita al sepulcro vacío, donde el discípulo amado "vio y creyó", Jn 20,8) pero se encuentra "con las puertas cerradas por miedo". Una vez más, Juan nos está dando a entender cómo el encuentro de los discípulos con el Resucitado no fue un "flash" que cambió todo como por arte de magia, sino un proceso, un camino en que los amigos de Jesús recorrieron con dificultades (y el Evangelio nos habla de comprender, caer en la cuenta, reconocer...) y, en el que experimentaron la fuerza transformadora del Señor. Y su gozo: "los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor".
Junto a la alegría, la Paz, que es saludo, repetido tres veces, del Señor. Es la paz del Resucitado, que lleva las señales de su paso por la cruz y la muerte. Es la paz de quien ha afrontado el conflicto, de quien conoce en propia carne, el sufrimiento de la humanidad (de toda la humanidad), y la muerte; de quien ha cargado con nuestra injusticia, mentiras, violencia (todo eso que se hizo presente en su condena a muerte...). Es la Paz de quien, asumiendo todo esto, abre un camino nuevo de vida. Es la victoria de Dios, que no se impone por la fuerza, sino que encuentra otro modo de brotar. Es una Paz que tiene que ver con la Misericordia de Dios, que celebramos también en este domingo. Y con el envío de los discípulos, a quienes Jesús confía una misión de reconciliación, de perdón de los pecados.
El Evangelio habla también de la comunidad, que es lugar de encuentro con Jesús. Por eso Tomas, que "no estaba con ellos", es incapaz de creer. Y por eso también Tomás, que a pesar de sus dudas (ese querer que Dios se manifieste a la medida de sus condiciones) permanece en la comunidad, llega a encontrarse con Jesús. Un encuentro verdadero, en el que Tomás comprende, confiesa lo que no podría haber "palpado": la divinidad y el señorío de Cristo.
"Muchos otros signos" hizo y sigue haciendo Jesús. Como aquella primera comunidad, nosotros tenemos una fe incipiente, con miedos y puertas cerradas . No encontramos, por ejemplo, la "puerta" para entrar en el corazón de nuestra cultura y anunciar, de forma que nos comprendan, lo que ofrece Cristo Resucitado. Pero Jesús se hace presente, para comunicarnos su paz y su gozo. Somos invitados a "creer sin ver", a ponernos en camino, aun no sin tenerlo "todo claro", sin tener encajadas todas las piezas de nuestro puzle. Estamos en camino de experimentar el encuentro con Jesús resucitado y la Vida que nos ofrece. Y Él nos envía.