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domingo, 24 de mayo de 2026

"Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20, 19-23)

 

El Espíritu Santo es el don que Jesús resucitado regala a sus discípulos. El que nos renueva y nos  hace capaces de ser, cada vez más, discípulos y amigos de Jesús: de compartir su Vida.

Está presente en todo lo hermoso de nuestra vida. Todo cuanto la Iglesia tiene de auténtico, es obra del Espíritu. Y en la vida de cada persona, Él es como “el aliento de Dios” que nos inspira para hacer el bien, para ser creativos, para plasmar hermosura, para amar.

El mundo actual de las redes electrónicas (Wifi, etc.) nos puede ayudar a comprender su acción: El Espíritu es nuestra conexión con el corazón de Jesús y con el Padre. Conexión que nos hace posible comprender su Palabra, y actualiza su mensaje para que lo vivamos en el presente que nos toca. Que nos transmite su Paz, su Alegría, su valor y fuerza. Conexión de amor, del mismo amor que une al Padre y al Hijo. (¡Dios nos introduce en su misma vida de amor, en la relación que une a la Trinidad!)

El Espíritu es el que nos introduce en la Vida Nueva de Jesús. La infunde en nuestro corazón y nos hace capaces de irla realizando. Es obra suya todo lo que confesamos en la última parte del Credo: la Iglesia, (fermento de unidad y santidad en el mundo y anuncio del Evangelio a toda la humanidad), la comunión, el perdón y la reconciliación (entre nosotros y con Dios), la resurrección y la vida eterna.

Una obra que va realizando en colaboración, en diálogo con la persona. El Espíritu no se impone ni aliena. Por el contrario, potencia nuestra personalidad y nuestra creatividad, nos hace ser más “nosotros mismos” y ayuda a llevar a plenitud nuestra vida.

Damos gracias a Dios por el don de su Espíritu. Le pedimos que nos lo dé, y disponemos nuestro corazón para recibirlo. Lo disponemos, “sintonizamos” nuestro corazón con el de Cristo, lo hacemos capaz de recibir su Espíritu, cuando buscamos la verdad y nos esforzaos por vivir la solidaridad y el amor fraterno (que implica el perdón, la comunidad…); cuando cultivamos el encuentro con Él en la oración, la Eucaristía, la Reconciliación; cuando procuramos vivir nuestra vocación a la luz del Evangelio.

¡Ven, Espíritu Santo!


Lecturas de hoy

domingo, 10 de mayo de 2026

"El Espíritu de la Verdad" (Jn 14, 15-21)

 

Continuamos escuchando las palabras de Jesús a sus discípulos, en la Última Cena. Jesús se está despidiendo. Ya no estará con ellos físicamente. Pero seguirá acompañándonos. Jesús habla de una presencia en la ausencia, difícil de explicar con palabras, pero intensa y real, más aún, vivificante: "el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis". 

Empieza así a anunciar al Espíritu Santo. Y habla de Él como el Paráclito (el que acompaña, para defender, para interceder y amparar, para ayudar, para infundir ánimo y luz...). Es presencia espiritual.  Por tanto, no podemos percibirlo y controlarlo con la exactitud de las cosas físicas. Sobre todo, es presencia que infunde vida. Jesús habla de él como el Espíritu de la Verdad, aquél que nos "guiará hasta la verdad plena" (Jn 16,3): Verdad siempre mayor que nosotros, verdad que es vida y crea vida.

Es presencia por el amor, que nos une a Jesús, y con Él, al Padre. Adhesión a Él, que une nuestra voluntad con la suya, y que, por eso, se expresa en ese "guardar sus mandamientos". Y estos mandamientos se resumen en que "como yo os he amado, os améis unos a otros" (Jn 13, 34). No se trata de normas impuestas desde fuera, ni de una condición externa, sino de una condición interna. Es “sintonizar” con Dios, situarnos de manera que podamos acoger y comprender su presencia y su palabra (me revelaré a él…)

De los frutos de ese ver a Jesús, acoger la Verdad, y ser acompañados por su Espíritu, nos hablan las otras dos lecturas. La primera nos cuenta cómo el Evangelio desborda los límites de Jerusalén y llega a Samaría, llenando la ciudad de la alegría y la fuerza sanadora de Jesús, que Pedro y Juan confirman. La carta de Pedro nos ofrece un mensaje actual: "dar razón de vuestra esperanza a todo el que la pidiere, con delicadeza, y respeto y en buena conciencia", como palabra que no siempre conlleva el éxito ("también Cristo murió") pero nos hace capaces de hacer el bien incluso cuando nos toca padecer, y es promesa de vida definitiva. 

El Espíritu "vive con vosotros y está con vosotros". ¿Cómo hacernos más conscientes, cómo escucharlo mejor, cada uno de nosotros y como comunidad? ¿Hacia dónde me impulsa?


Lecturas de hoy

domingo, 8 de marzo de 2026

"Señor, dame de esa agua" (Jn 4, 5-42)

 

Este domingo, y los dos que siguen, escuchamos tres capítulos del Evangelio de San Juan, que centraban tres catequesis para los que se iban a recibir el bautismo en Pascua. Nos descubren quién es Jesús para nosotros: Agua Viva, Luz del mundo, y Resurrección y Vida. Nos invitan a encontrarnos con Él, que nos busca, como buscó, con insistente delicadeza, el diálogo con aquella samaritana.

Juan nos presenta un Jesús humano: cansado, sediento... Y a la vez, con la capacidad que Dios tiene para saltar fronteras (entre varones y mujeres, entre judíos y samaritanos...), para tocar y decir la verdad de la persona ("me ha dicho todo lo que he hecho") sin condenar; para superar los conflictos, llevando las cosas a un plano más profundo ("el sitio donde se debe dar culto …"), para ofrecer un agua que "salta hasta la vida eterna". Jesús se acerca pidiendo, y lo hace para dar, para ofrecer el don de Dios (tantas veces lo hace así...).

El Evangelio nos habla de sed: de deseo y necesidad. El salmo nos advierte: "No endurezcáis vuestro corazón". Frente a la tentación de endurecernos en nuestros desencantos (como tierra reseca), se nos invita a preguntarnos por nuestra sed más profunda. ¿Cómo intentamos saciar nuestro corazón? Esta pregunta es uno de los sentidos del ayuno cuaresmal.

Jesús es fuente de un agua viva, capaz de saciar y convertirse en fuente en nuestro interior. Nos ofrece del don de Dios: verdad y sabiduría; encuentro y amor; vida y de fecundidad; bondad y hermosura...  Nos ofrece el Espíritu Santo. San Pablo nos dice que "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado" (Rom 5,5), y este amor gratuito, que acogemos en la confianza de la fe, es el que nos "justifica", el que nos salva y hace que nuestra vida encuentre su lugar, tenga sentido y contenido. 

El Evangelio nos revela que Dios que tiene "hambre y sed". Jesús, que en el desierto renunció a convertir piedras en panes porque "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 3-4), ahora habla a sus discípulos de un alimento nuevo: "hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra". Dios es una fuente sedienta: desea compartir su plenitud y su vida con nosotros, para llenarnos. 


"He aquí, pues, todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir: «Dame de beber», lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor...

Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!"
                    Sta. Teresa del Niño Jesús, Carta a su hermana María, 13-IX-1896



domingo, 8 de junio de 2025

“Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 19-23)

 

Pentecostés es la plenitud de la Pascua.

Inicialmente (cuando Pascua era la fiesta del paso del invierno a la primavera), era la fiesta de la cosecha. Después comenzó a celebrarse, en esta fiesta, el don de la Ley: Dios, tras liberar a los hebreos de Egipto, les da, en el Sinaí, la Ley (vuestra sabiduría e inteligencia, Dt 4, 6), que los reúne y los identifica como pueblo, el pueblo de Dios.

El Espíritu Santo es el don de Jesús resucitado a sus discípulos. El que abre su mente para comprender su Palabra (Lc 24, 45). El que les transmite a su corazón (El Espíritu habla, se une a nuestro espíritu… Rom 8,16) el gozo, la Paz, el amor de Jesús. El que les hace posible identificarse con el Maestro y, cada uno desde su propia personalidad, vivir el Evangelio y transmitirlo. El gesto de Jesús, soplando sobre ellos, recuerda al de Dios soplando sobre Adán (Gn 2,7): los re-crea, los renueva profundamente.

El fuego, símbolo de la presencia de Dios (que bajó sobre el Sinaí en la Alianza, Ex. 19, 18) ahora baja sobre cada uno de los discípulos. Y los lanza a la misión, para llegar a todos, de manera que cada uno los oiga hablar de las grandezas de Dios en su propia lengua (Hch 2, 4-11). Las lecturas, hoy, subrayan esa diversidad de lenguas, sensibilidades, actuaciones, carismas… “para el bien común”  (1 Cor 12, 7): que conduce a la comunión. El Evangelio alude de una misión de reconciliación. Un reto para nuestro tiempo.

Esta fiesta nos invita a pedir el don del Espíritu. Y, sobre todo, a recibirlo. Nos ofrece algunas claves de cómo hacerlo: con actitud de discípulos, en comunidad (reunidos, como un cuerpo con miembros diversos…). En otros lugares hablará de la búsqueda de la Verdad, de las actitudes del amor…

¿Cómo puedo abrir mi vida al Espíritu? ¿Qué puede estar alentando el Espíritu en mí?

¡Oh llama de amor viva
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro,
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro!

¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando, muerte en vida la has trocado!

¡Oh lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
cuán delicadamente me enamoras!

San Juan de la Cruz



domingo, 12 de enero de 2025

“Él os bautizará con Espíritu Santo” (Lc 3, 15-16.21-22)

 

La fiesta del Bautismo del Señor concluye el ciclo de la Navidad. Jesús, nacido en Belén y presentado a Israel y a todos los pueblos, hoy se manifiesta como Hijo de Dios, y también manifiesta el sentido de la misión que en ese momento comienza.

El bautismo de Juan era un signo de conversión y penitencia. Siglos atrás, los hebreos atravesaron el Jordán para entrar en la Tierra Prometida como Pueblo de Dios. Sumergirse de nuevo en ese río expresaba e deseo de vivir pueblo de Dios, fieles a la Alianza con Dios. A la vez, Juan anuncia que era preparación para algo nuevo.

Jesús trae esa realidad nueva, y lo hace asumiendo el gesto de Juan. Sorprende que Aquél que no tiene pecado se una al grupo de penitentes que reciben el bautismo. Pero es que así será, precisamente, su Misión: el Hijo de Dios se hace solidario con la humanidad: Él se ha unido a nosotros, ha venido para asumir la realidad de esta humanidad pecadora y frágil, que busca la Vida, que busca a Dios. Y así es como se abre el cielo. Y en Jesús, la humanidad se hace capaz de acoger el Espíritu. (Espíritu que viene sobre él como una paloma, recordando aquella paloma que, al terminar el diluvio, buscaba un lugar en el que poder anidar).

Es significativo que en esta escena se hace presente la Trinidad: vemos a Jesús, y al Espíritu que se posa sobre El, y escuchamos la voz del Padre que lo proclama como Hijo. El misterio de la Santísima Trinidad se revela como un misterio de profunda cercanía: Dios acoge nuestra historia de errores y de búsqueda, de pecado y de anhelo de bien y de vida. Porque él nos busca primero: nos ha creado por amor, nos ha enviado a su Hijo para hacernos hijos, y nos envía el Espíritu, para que nos ayude a Vivir unidos a Él.   

El bautismo de Jesús anticipa lo que será su misión, que incluirá la cruz (en otro momento, Jesús dirá: “con un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cuánta angustia siento hasta que se cumpla!”) y la Resurrección. Nuestro bautismo significa sumergirnos en ese misterio pascual de Jesús, unirnos a Cristo muerto y Resucitado, para participar de toda su Vida.

Desde ahí podemos leer las lecturas de hoy. Se refieren, en primer término, al Mesías. Y también a nosotros, unidos a él. Estamos llamados a pasar, como Jesús, “haciendo el bien y curando”, a intentar ser luz y manifestar la justicia con verdad, a abrir los ojos de los ciegos, y liberar cautivos. Y para cada uno de nosotros –sobre ti, personalmente- es esta palabra: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”.


Lectura de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 19 de mayo de 2024

"Él os guiará hasta la verdad plena" (Jn 15, 26-27; 16, 12-15)

 

Pentecostés es la plenitud de la Pascua. No sólo nos encontramos con Cristo Resucitado, que ha vencido a la muerte y se manifiesta con la gloria, la vida y hermosura, el poder que tiene como Hijo de Dios. Él nos hace partícipes de todo esto, al entregarnos su Espíritu. Para que vayamos experimentando en nosotros su poder vivificador.

La liturgia de esta fiesta de Pentecostés, con su Vigilia y con las dos posibilidades que ofrece para las lecturas del día (dos lecturas posibles de San Pablo, y también dos textos del Evangelio) traza todo un recorrido por la historia de la salvación, y pone de relieve cómo, frente a la presunción y la debilidad humanas, que terminan siendo causa de división (Babel), de esclavitud (Egipto) y fracaso (el destierro), Dios actúa con la fuerza de su Espíritu, liberando, ofreciendo nuevas oportunidades de vida, y abriendo caminos de unidad. El Espíritu es fuerza impetuosa, que sacude los cimientos de la comunidad y la lanza a la calle para dar testimonio audaz del Resucitado. Y a la vez es aliento sereno que toca delicadamente nuestro corazón, para sanarlo, para despertar sus facultades, para impulsar el crecimiento de cada persona, “a la medida de Cristo, en su plenitud” (Ef 4,13). Pues cada persona hemos recibido un don y tiene una capacidad singular de seguir a Cristo, de identificarnos con Él, de reproducir uno de sus rasgos y hacerlo presente, en el mundo, como fuente de vida, de paz, de alegría. Por eso es el impulsor de una creatividad sin límites, fuente inagotable de novedad y de renovación, de re-creación de nuestra realidad; y a la vez es maestro de comunión, para tejer toda esa diversidad construyendo el cuerpo de Cristo. Para vivir y anunciar la reconciliación y el amor.

Como los discípulos a los que Jesús hablaba en la Última Cena (Jn 16, 12-13), somos incapaces de abarcar toda la riqueza de vida y verdad que Dios nos ofrece. El Espíritu es quien ha de guiarnos “hasta la verdad plena”, siempre refiriéndonos a Jesús y al Padre. Somos invitados a dejarnos conducir por Él, poco a poco, en medio de la complejidad de nuestra vida.

Tras esta fiesta, volvemos al tiempo “ordinario”. Puede parecer abrupto este paso de una de fiesta tan extraordinaria al ritmo de los días "normales" del año. Esto también tiene un mensaje. En la liturgia cristiana, las fiestas no son momentos de evasión de la rutina cotidiana. Son oportunidad de un encuentro intenso con Cristo y con su poder salvador, que nos devuelve, renovados, al día a día. Somos invitados a renovar nuestra vida cotidiana con la fuerza del Espíritu que hemos recibido, a vivir cada jornada con la conciencia, cada año más profunda, de que nos acompaña Cristo resucitado, con su palabra y su presencia.

    Hacer sombra es tanto como amparar y hacer favores; porque, llegando a tocar la sombra, es señal que la persona de quien es la sombra, está cerca para favorecer. Por eso se le dijo a la Virgen (Lc 1,35) “que la virtud del Altísimo la haría sombra”, porque había de llegar tan cerca de ella el Espíritu Santo que había de venir sobre ella.
    En lo cual es de notar que cada cosa tiene y hace la sombra como tiene la propiedad y el talle. Si la cosa es condensa y opaca, hará sombra oscura y condensa,  y si es más rara y clara, hará sombra más clara, como es de ver en el madero y en el cristal, que, porque el uno es opaco, la hace oscura, y, porque el otro es claro, la hace clara. (…).
    La sombra de la vida será luz: si divina, luz divina; si humana, luz natural. Según esto, la sombra de la hermosura ¿cuál será? Será otra hermosura al talle y propiedad de aquella hermosura, y la sombra de la fortaleza será otra fortaleza al talle y condición de aquella fortaleza; y la sombra de la sabiduría será otra sabiduría; o, por mejor decir, será la misma hermosura y la misma fortaleza y la misma sabiduría en sombra, en la cual se conoce el talle y propiedad cuya es la sombra.
    Según esto, ¿cuáles serán las sombras que hará el Espíritu Santo al alma de todas las grandezas de sus virtudes y atributos…?

                 San Juan de la Cruz, Llama de Amor Viva A, 3, 12-14



Lecturas de hoy (www.curas.com.ar)

domingo, 28 de mayo de 2023

"Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20, 19-23)

 


Es Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, la plenitud de la Pascua. Entre los muchos detalles que las lecturas y la secuencia nos ofrecen para reflexionar y orar, quisiera subrayar algunos:

- La universalidad y la reconciliación. El relato de los Hechos de los Apóstoles, y el Evangelio, nos hablan de una casa (la Iglesia) que se abre al mundo. Jesús se hace presente en medio de aquella comunidad encerrada en el miedo, y los envía (Jn 20, 19-23), con el poder de perdonar. El Espíritu los impulsa a proclamar las maravillas de Dios en todas las lenguas, de manera que "cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua" (Hch 2, 11). El relato de los Hechos de los Apóstoles tiene como trasfondo la historia de Babel (Gen 11, 1-9) donde la confusión de lenguas aparecía como fruto de la soberbia humana, que pretendía "escalar el cielo" y acabó en la incapacidad de entenderse unos con otros, y la división y dispersión de la humanidad. Aquella historia antigua transmitía una sensación de rivalidad entre la humanidad y Dios. El Espíritu Santo, sin embargo, nos ayuda a descubrir al Dios revelado en Jesús: Él alienta todo lo verdaderamente humano, y lo hace crecer. Por eso su obra y su palabra reconcilian, liberan de los miedos, y hablan al corazón de cada persona "en su propia lengua". 

- La unión con Jesús y la renovación de la persona. Es el propio Jesús resucitado quien sopla sobre los discípulos su Espíritu. Es un acto creador, como el del Padre que dio vida al primer ser humano (Gn 2,7). El Espíritu re-crea, renueva profundamente nuestra realidad. Ese Espíritu es el que hace a los discípulos capaces de comprender las palabras de Jesús, y vivirlas. El Espíritu nos une a la misión de Jesús, haciéndonos participar de su propio envío, que es algo fundamental en la identidad de Jesús y en su relación con el Padre. El Espíritu nos va uniendo a Jesús, para compartir su vida y su misión "Como el Padre me ha enviado, también yo os envío". El Espíritu nos acerca a su corazón, nos hace reflejar su vida, con una infinita diversidad de dones y carismas, que conectan la personalidad de cada persona con Cristo. Por eso, es gracias al Espíritu que podemos decir auténticamente "Jesús es Señor" (1 Cor 12, 3), reflejar ese señorío que potencia nuestra libertad y nos lleva a desarrollar en plenitud nuestra vida.

- La comunidad. El Espíritu se hace presente en la comunidad reunida, a pesar de sus miedos y pobrezas. Y su riqueza de carismas, dones y actuaciones, que tiene la lógica del amor, busca el bien común y va construyendo una comunidad versátil, capaz de abrazar la humanidad entera y "hablar todas las lenguas", unida desde dentro, desde Dios que impulsa nuestras vidas. 

La fiesta de hoy nos invita a orar y pedir el Espíritu Santo. Y María, la llena de gracia, en medio de los discípulos, nos invita a abrir el corazón al Espíritu. Con ello tiene que ver el  vivir en el amor y cultivar una actitud de sinceridad, de búsqueda de la verdad. Nos invita también a descubrir y agradecer los dones que el Espíritu ha ido poniendo en nosotros, repasar la historia que el Espíritu ha ido haciendo en nuestra vida, sanando heridas, enseñándonos, ayudándonos a desarrollar nuestras capacidades en el amor. 

¡Oh llama de amor viva
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro,
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro!

¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando, muerte en vida la has trocado!

 ¡Oh lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
cuán delicadamente me enamoras!

               (San Juan de la Cruz)


sábado, 4 de junio de 2022

"Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20, 19-23)

 


Pentecostés es la plenitud de la Pascua. Jesús resucitado, que ha vencido al pecado y a la muerte, viene al encuentro de los discípulos (discípulos que tienen miedo, pero están reunidos y no dispersos, lo que no es poco) y les comunica su Espíritu. Espíritu que los acompañará y guiará en su misión, que es misión reconciliadora. Con el Espíritu Santo, los discípulos superan el miedo, porque se saben unidos al que ha vencido a la muerte, llamados a la resurrección. Con el Espíritu Santo, son enviados a transmitir el perdón de Aquél que ha vencido al pecado, y es capaz de renovar nuestras vidas. Somos invitados a recibir el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, para participar de la vida de Dios, y transmitirla en nuestra forma de vivir. 

Con el Espíritu Santo, los discípulos, la Iglesia, se vuelve capaz de hablar de las grandezas de Dios en todas las lenguas, de transmitir el Evangelio a todas las personas, con sus diferentes formas de pensar y sus diferentes sensibilidades. Aquello que comenzó en la mañana de Pentecostés, sigue realizándose, paso a paso, continúa en curso, y en nuestros días, tenemos oportunidad de vivirlo con especial intensidad, pues el Sínodo en que estamos embarcados trata de eso: de escuchar para "aprender" esas diferentes "lenguas" (las de los jóvenes, las de los excluidos, las de los alejados...) porque el Evangelio es palabra de Vida para todos, y precisamos aprender a pronunciarlo en esas nuevas claves. Y es que, cuando hablamos del Espíritu Santo, no hablamos de una acción "mágica", sino de un milagro que Dios va entretejiendo con nuestra colaboración (como podemos ir viendo a lo largo de los Hechos de los Apóstoles), de un trabajo humilde y discreto como el crecimiento de una semilla, a la vez lleno de la creatividad y fuerza de Dios. De una fuerza extraordinaria que nos impulsa, pero siempre contando con nosotros. De una acción que nos recrea, pero nunca nos aliena, sino que, por el contrario, nos hace más nosotros mismos, potencia nuestra libertad y hace brotar lo mejor de nosotros. 

Con el Espíritu aparecen, así, diversidad de dones, ministerios, carismas... No sólo los siete clásicamente recordados (tomados de Is 11, 1-2), sino muchos más, en algunos casos llamativos, y en otros, escondidos y sencillos (como la capacidad para escuchar, para estar atentos a lo que hace falta...) y no por ello menos importantes como Es bueno que te pares a reconocer aquéllos que Dios ha puesto en ti, para agradecérselos (recordando la humildad que predicaba s. Francisco: que todo cuanto tenemos, lo hemos recibido de Dios), y para ponerlos al servicio de la comunidad. Pues toda esa diversidad de dones, de lenguas y sensibilidades, toda esa creatividad, tiene una raíz, que es el amor, y está ordenada a la unidad: su sentido es construir esa comunidad abierta que plasma en el mundo el amor de Dios. 

¡Oh llama de amor viva
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro,
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro!

¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga;
matando, muerte en vida la has trocado!

¡Oh lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
cuán delicadamente me enamoras!

(San Juan de la Cruz)



sábado, 22 de mayo de 2021

"Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20, 19-23)


Pentecostés es la fiesta de la plenitud. Terminamos el tiempo de Pascua abriéndonos al Espíritu Santo, que es el que nos comunica la vida del Resucitado, nos renueva, nos hace posible descubrir en el día a día (mañana retomamos el tiempo "ordinario") la presencia y la voz de Dios, que nos llena de gozo, y hacer vida, en lo cotidiano, el Evangelio. 

Una vez más, somos llamados a la confianza, a la esperanza. Jesús resucitado se hace presente a pesar de que los discípulos se encuentran bloqueados por el miedo, y les comunica su Espíritu, a la vez que los envía. Él es capaz de abrir nuevos caminos entre nosotros, de ayudarnos a superar nuestros miedos y dificultades. 

Somos invitados a contar con el Espíritu. A invocarlo, a abrirnos a Él, buscando la verdad, intentando vivir en apertura, cultivando la acogida y la capacidad de comunión. A discernir su voz y su inspiración, para dejarnos impulsar por Él. 

Somos enviados, con un mensaje que es de perdón, de reconciliación y sanación para nuestro mundo. Con el testimonio de las maravillas de Dios, que quiere ser proclamado en las todas las lenguas, sonar de forma comprensible para todos, vibrar con la sensibilidad de cada uno, para ayudar a cada uno a reconocerse como hijo de Dios y aportar el don que ha recibido, para construir un mundo de hermanos. 

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas [= despiertas] en mi seno
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
cuán delicadamente me enamoras!

San Juan de la Cruz



  El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en ...