sábado, 8 de abril de 2023

"Ha resucitado de entre los muertos, y va delante de vosotros a Galilea" (Mt 28,7)

 

Hoy celebramos la fiesta más importante. Cristo resucitado es el centro y la fuente de nuestra fe. Su victoria sobre la muerte y el mal son el fundamento de nuestra esperanza. Su presencia  es la que congrega la Iglesia. Su fuerza, la fuerza del Espíritu, es la que impulsa nuestras vidas. 

Hablar de la Resurrección de Cristo es hablar de un acontecimiento que está en el centro de la historia, y a la vez va más allá de cuanto se puede narrar. Los evangelistas usan un lenguaje simbólico para hablar de la experiencia de encuentro con Cristo que vivieron los discípulos, una experiencia difícil de poner en palabras, de reducir a los esquemas de nuestro pensamiento, a la vez que una experiencia profundamente real, que, de hecho, transformó totalmente sus vidas, ahora contagiadas de esa luz, fuerza y vida nueva del Resucitado. 

Se nos irá hablando, así, de búsqueda, de encuentros, de dificultad para reconocer... El encuentro con el Resucitado es también, para los discípulos, una experiencia de conversión: ahora es cuando cambian su forma de enfocar la vida, su escala de valores y sus actitudes, toda su vida se recompone desde el encuentro con Jesús. Y eso implica un proceso de comprender, abrir los ojos, hacer camino... La resurrección se presenta como acontecimiento luminoso como un relámpago, con fuerza para transformar la vida... pero a la vez, y como todo lo de Dios, como algo que se ofrece, no se impone; y que, por tanto, en nosotros significa dar pasos, hacer proceso. 

El anuncio del ángel  que escuchábamos ayer en la Vigilia, envía a los discípulos a Galilea ("ha resucitado de entre los muertos, y va delante de vosotros a Galilea"). Y sobre ello vuelve el mismo Jesús, que sale a su encuentro: "Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán". Esa Galilea es el lugar de la vida cotidiana. También, el lugar de la primera predicación de Jesús, donde (en palabras de Pedro, Hch 10,37) comenzó todo. Ahí se nos envía, para encontrarnos con El. El va delante de nosotros: delante de nuestros esfuerzos, de nuestras iniciativas, de nuestro construir comunidad, de nuestras búsquedas. Abriéndonos camino. Sigámosle, para encontrarnos con El.

 


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

viernes, 7 de abril de 2023

"Cargando él mismo con la cruz..." (Jn 18,1 - 19,42)

 



Hoy se nos invita a contemplar la cruz de Jesús, a dejarnos interpelar por aquello que fue instrumento de tortura y muerte, pero ha cambiado de sentido por la muerte de Cristo, hasta convertirse en señal de salvación y vida. 

El relato de la Pasión según san Juan nos ofrece una perspectiva significativa. Por un lado, su historicidad detalla escenas como las negaciones de Pedro, y muestra el juego de manipulaciones insidiosas entre los sumos sacerdotes y Pilato (ellos lo corrompen para que condene injustamente a Jesús, y él consigue que declaren "no tenemos más rey que al César"). Por otro, una serie de detalles ofrecen una lectura más honda, que descubre cómo se manifiesta ahí la gloria de Dios, la salvación de la humanidad. Jesús (como uno de tantos, Flp 2, 7-8) es traído y llevado por los manejos de las autoridades, maltratado y escarnecido. Pero manifiesta su majestad como Dios. Una majestad velada, que intimida a Pilato (quien, de alguna manera, es juzgado por el propio Jesús, que le dice "soy rey... no tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado..."), y hace retroceder y postrarse a los soldados que van a prenderlo. (el mismo Jesús que, en la Ultima Cena se arrodillaba para lavar los pies de los discípulos, es quien ahora se presenta como "Yo Soy", como se identificó ante Moisés. Ex 3, 14-15). Manifiesta así que "nadie me quita la vida, sino que Yo la doy voluntariamente. Tengo autoridad para darla, y tengo autoridad para recuperarla" (Jn 10,18). Su muerte no es, como parece, victoria del poder del mundo, sino manifestación del amor y obediencia de Jesús al Padre (Jn 14,31), el Padre que lo ha enviado para anunciar su amor salvador para todos. Y en su entrega hasta la muerte, "todo está cumplido" (Jn 19,30). La revelación de Dios a la humanidad se cumple, culmina en ese amor que, por nosotros, se ha despojado de todo, se ha hecho igual a nosotros, hasta ser contado entre los últimos, y ha dado la vida. Y la humanidad es salvada. Su historia, marcada por la muerte, la mentira y la injusticia, se abre a un nuevo comienzo, porque el Hijo de Dios ha cargado con ella, y porque la ha vencido. La Resurrección de Jesús hará "evidente" (aunque con "evidencia" que no se impone, sino se ofrece y se acoge en la fe) esa victoria de Dios.

La muerte de Jesús asume los dolores y muertes de la humanidad. En esa cruz que Jesús ha asumido por anunciar el amor del Padre a todos (sin plegarse a los exclusivismos y las manipulaciones de fariseos y de otros poderes de aquel tiempo), Jesús se une a todos los que sufren, a todos los que mueren. Para que su Vida alcance a todos los que la quieran acoger. El Jesús que ahora entrega el espíritu (Jn 19,30), es el mismo que, resucitado, lo alentará sobre los discípulos, para llevar al mundo la reconciliación y la Vida Nueva (Jn 20, 22-23)

Somos invitados a permanecer junto a la cruz de Jesús, como lo hace el discípulo que Jesús quiere. Junto a María, que, también esta vez, es la que guarda (y nos enseña a guardar) todas las cosas de Jesús, meditándolas en el corazón (Lc 2, 51), aun sin comprenderlas del todo, pero esperando a que su Palabra y su Vida germinen y den fruto (como "el grano que cae en tierra y muere" Jn 12, 24-26). A la espera de la Resurrección que mostrará todo el poder salvador y renovador de la entrega de Jesús. 

Ante esa cruz somos invitados a poner nuestras cruces, nuestros dolores, incertidumbres, fracasos... Y mirar nuestra vida desde la cruz de Jesús, desde el amor que en ella nos muestra, desde la esperanza que ella abre. 

Ante esa cruz somos llamados a hacer presentes las cruces de nuestro mundo, de todos los que sufren, de todas las víctimas, de cuantos vemos "sin aspecto atrayente, despreciados y evitados de los hombres" (Is 53, 2). San Pablo nos dice que Jesús, el Hijo de Dios, aprendió, como hombre real que era, el camino de la obediencia, de la búsqueda de la voluntad del Padre, asumiendo la dificultad y sufrimiento que comporta esta búsqueda. Con Él ("toma parte en los trabajos del Evangelio", 2 Tim 1,8), somos llamados a buscar la voluntad de Dios, que abre caminos de justicia, de solidaridad, de vida. Significativamente, Juan nos presenta al pie de la cruz a quienes serán los primeros testigos de la Resurrección, los primeros en reconocerlo (Jn 20,16; 21,7)

"Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero"  (Teresa de Jesús, Vida, 22,6)




jueves, 6 de abril de 2023

"Haced esto en memoria mía" (1 Cor 11, 24; Jn 13,1-15)

 

Entramos en la celebración de la Pascua. Las lecturas de hoy nos hablan del sentido de la muerte y resurrección del Señor, que vamos a contemplar en estos días. Muerte (no lo olvidemos) que es consecuencia y culminación de su vida, y Resurrección que es fuente de Vida Nueva para nosotros. Conectan esta muerte y resurrección con la Pascua judía, que es memoria del paso salvador de Dios, que libera a su pueblo, y afianza su relación con él a través de un pacto, una alianza. En Pascua, de hecho, tuvo lugar la muerte y resurrección de Jesús. Sobre todo, es que la Pascua judía se convierte en anuncio de la de Jesús: su muerte y resurrección son el paso definitivo de Dios por nuestra historia, que nos libera y salva. 

Y por otro lado, conectan la Pascua con la Eucaristía que celebramos a diario; y que, cada día, remite nuestras vidas a la vida, muerte y resurrección de Jesús, y fortalece nuestra relación personal (alianza) con Él. Para que su salvación, su vida, vaya impregnando y transformando nuestra vida. 

El texto de la Carta a los Corintios que escuchamos hoy, es el relato más antiguo de la Última Cena de Jesús. Nos transmite el gesto de Jesús con el pan y el vino. Y Juan nos presenta otro gesto, el lavatorio, que nos ayuda a comprender el sentido de la muerte de Jesús, y también el sentido de la Iglesia, como comunidad que Jesús funda, y de la Eucaristía. Las primeras palabras del relato de Juan revisten de solemnidad este gesto: el lavatorio expresa el sentido de la vida y misión de Jesús (que, el domingo pasado, Pablo nos presentaba como un camino de entrega y humildad: por nosotros "se despojó de si mismo... hasta la muerte". Flp 2, 6-11), y revela el sentido de su muerte, que manifestará la gloria de Dios, su amor que está por encima de todo, y que ha de vencer a la muerte y al mal. 

Una solemnidad que contrasta con la humildad, con la escandalosa humillación del gesto que Jesús hace (un gesto de servicio relegado a los esclavos). Como será también escandalosa la humillación de su muerte en la cruz. El amor que Jesús enseña  no tiene límites, implica asumir lo que no entraría en un plan. Sólo el amor puede afrontar lo imprevisible, y la realidad humana, con sus limitaciones y heridas.

Juan nos dice que Jesús "se ciñe" para realizar este gesto, y vuelve a aludir después al paño que Jesús lleva ceñido. Lo que Jesús está haciendo no es casual. Jesús se ciñe, como el luchador para el combate, o como el pueblo para el Éxodo (en la primera lectura) para el camino de liberación que emprende. De hecho, Jesús se ciñe a la voluntad del Padre, a su amor a toda la humanidad, y afronta así su muerte ya próxima. Esa muerte, que iba a ser una injusticia, un abuso, un plan trazado por otros para eliminarlo, es algo que Jesús asume conscientemente, y lo convierte en entrega, y en vida. 

Juan subraya la iniciativa de Jesús. En el Éxodo se ceñía el pueblo, aquí es Jesús quien se ciñe. Donde cabía esperar que los discípulos sirvieran, es Jesús quien sirve. Aunque todos fallen (Pedro que, a pesar de sus promesas, negará a Jesús; Judas, que lo traicionará), Jesús lleva adelante su misión, y ante ese panorama desolador de traiciones y debilidades, manifiesta su amor hasta el extremo. El amor es más fuerte. El amor de Jesús es el fundamento firme de todo. 

Es preciso dejarse lavar por Él. Es preciso tener la humildad de reconocer su iniciativa, y acogerla. Tomar conciencia de este amor con el que Dios se pone a nuestros pies. En la medida en que llegamos a conocer este amor, a dejarnos rehacer por él, es él quien puede hacernos comprender, impulsarnos.

Y esto pasa por la comunidad. Comunidad que se ha de construir desde el amor y la humildad. Que vamos aprendiendo a construir día a día, al estilo de Jesús, haciendo el esfuerzo de servirnos unos a otros, y de dejarnos lavar unos por otros. 

Entramos en la Pascua. Para que Dios nos ayude a dar pasos, a entrar en la Vida Nueva que nos ofrece. 

Lecturas de hoy (www.domincos.org)

domingo, 2 de abril de 2023

"Obediente hasta la muerte... Jesucristo es Señor" (Flp 2, 6-11; Mt 26,14-27,66)

 

El Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa, con ese gesto profético de la entrada de Jesús en Jerusalén, de forma humilde, y aclamado como aquél "que viene en nombre del Señor". Por las mismas fechas, el gobernador romano hacía su entrada en la capital, escoltado por un imponente despliegue militar para dejar claro su dominio de la situación. La entrada de Jesús es la del Mesías que viene, no con el poder de un ejército que se impone, sino con la fuerza del Espíritu, la fuerza de Dios Amor que se entrega y da vida, que salva. La aclamación de los que acompañan a Jesús anuncia una victoria que se va a realizar de forma muy diferente a como ellos esperaban, y con un alcance más definitivo. 

El relato de la Pasión nos introduce en todo lo que vamos a contemplar en estos días, para que lo meditemos una y otra vez, para que vayamos entrando en el sentido de este Misterio que siempre es más profundo de lo captamos, siempre es mayor. Y está más conectado con nuestras vidas de lo que percibimos. 

Se nos invita a una lectura pausada de la Pasión del Señor, para dejarnos interpelar por ella. Son muchas las escenas, las personalidades que aparecen, los elementos y los detalles que nos hablan. Cabe apuntar, entre otros, que el relato de Mateo se caracteriza por las frecuentes referencias al cumplimiento de las Escrituras, ya desde la entrada de Jesús en Jerusalén (Mt 21, 1-11) que recuerda el texto del profeta Zacarías (Za 9,9). La entrega y la muerte de Jesús es, efectivamente, el cumplimiento total de todos los anuncios y profecías anteriores, la Revelación plena de Dios. Jesús muere por fidelidad al Padre, al amor de Dios a todos los hombres, que él ha predicado sin plegarse a los exclusivismos de unos y otros (fariseos, nacionalistas judíos, etc.). Su entrega, su amor hasta el fin, su humilde despojarse de sí mismo y de la misma vida por nosotros (que canta Flp 2, 6-11), su comunión, en la cruz, con todos los que sufren, revela quién es Dios en verdad. 

Es un cumplimiento lleno de paradojas, que también aparecen por doquier: los discípulos que prometen ser fieles pero sucumbirán a su debilidad, y aún así, serán testigos de la fidelidad de Jesús que, en medio de todo, se entrega y salva; la incomprensión del pueblo elegido y de los doctores de la ley, frente a la reconocimiento de los paganos, que culmina en la confesión del centurión: "Verdaderamente este era Hijo de Dios". Dios lleva adelante su plan de salvación anunciado, pero no sucede como esperábamos. Acontece, de hecho, con más hondura y más alcance. 

Así sigue siendo. Esta cruz de Jesús ilumina también las encrucijadas de la vida de cada uno de nosotros, y nuestras contradicciones. En ellas también nos acompaña y salva, de forma, a veces, insospechada Somos invitados a la confianza en Él, y a dejarnos iluminar por su palabra, por su ejemplo, por su vida, por su presencia. . Somos invitados, en estos días, a mirar la cruz de Jesús. Y mirar nuestra vida a su luz. 



Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 26 de marzo de 2023

"Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11, 3-45)

 

Juan, en su Evangelio, presenta siete signos que van desvelando quién es Jesús y qué significa su Buena Nueva. La resurrección de Lázaro es el último, y enlaza con la Pascua, la propia muerte y resurrección de Jesús. 

Juan nos acerca a un Jesús profundamente humano, que se estremece y llora ante la muerte de su amigo y el dolor inconsolable de María y las que lo acompañan. A la vez, Jesús manifiesta que es el Hijo de Dios, capaz de de resucitar a Lázaro. Un Dios que se conmueve con nuestras tragedias. Una compasión que no es sólo sentimiento, sino poder que re-crea la vida.

Repetidamente aparece también la frustración, la decepción de Marta y María: "Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano". Nos queda perplejidad por la demora de Jesús en llegar a Betania (y  si Jesús se hubiera puesto en camino inmediatamente, también habría llegado dos días después del entierro de Lázaro). Una perplejidad en la que se pueden reflejar muchas de nuestras desilusiones, decepciones, esperanzas no realizadas. Marta y María la exponen ante Jesús, abiertamente. Confiadamente. Con esa confianza en Jesús, en medio del dolor y la decepción, Marta se abre al diálogo con el Maestro. Un diálogo que la conduce a confesar a Jesús como resurrección y vida (aunque ella aún no es consciente de todo el alcance de lo que está diciendo) y como "el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo". Un diálogo que la lleva a vencer las propias resistencias y atreverse a quitar la losa que cubre el sepulcro de Lázaro. 

La liturgia, nos invita a leer este Evangelio desde la palabra que el profeta Ezequiel, en el siglo VI a.C., decía a un pueblo desterrado, que lo había perdido todo (la independencia y libertad, la tierra, el templo y el modo mismo que tenían de relacionarse con Dios), y se sentía acabado: 

"Yo mismo abriré vuestros sepulcros,
y os haré salir de vuestros sepulcros...
Y cuando abra vuestros sepulcros
y os saque de ellos, pueblo mío,
comprenderéis que soy el Señor.
Pondré mi espíritu en vosotros, y viviréis."

Son palabra para nosotros. Dios renovó la vida de aquel pueblo exiliado. Jesús resucitó a Lázaro. Y esa misma acción salvadora se nos ofrece a nosotros. Tiene que ver con aquellas áreas o dimensiones de nuestra persona donde falta vida; con los desencantos, desconfianzas y tristezas en que hemos caído o nos hemos encerrado.

Una acción salvadora que alcanza nuestra vida presente, porque la Resurrección que Marta esperaba para el último día, es Jesús, que está ya presente, para renovar la vida. Y a la vez, apunta siempre más allá. La vuelta de Lázaro a la vida manifiesta que ni la muerte puede separarnos de Cristo, de su amor salvador: "el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre". La vuelta a la vida de Lázaro es signo de una Resurrección cuyo alcance va más allá de lo que podemos comprender. Nuestra razón es limitada, y comprender lo que es la Vida Nueva de Jesús es para nosotros tan difícil como puede ser, para un ciego de nacimiento, pensar lo que son los colores; o para un sordo, comprender lo que es la música. De la mano de Jesús, de la mano de su Espíritu, que es amor, somos conducidos a esa Vida. 

Una Vida que está enraizada en la entrega de Cristo. En el relato aparece también la conciencia del peligro que tiene ir a Judea (y el valor de Tomás, que, aun sin entender bien lo que hay, quiere seguir al Maestro). Éste será, de hecho, el viaje último de Jesús, y la resurrección de Lázaro será la que lleve a las autoridades a decidir su muerte. Él ha venido para darnos vida. Para darnos la vida. Su muerte manifestará la radicalidad de su entrega. Su Resurrección, la radicalidad de su victoria sobre toda muerte.


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domingo, 19 de marzo de 2023

"Soy la luz del mundo" (Jn 9, 1-41)

El pasaje evangélico de hoy es largo, y la liturgia ofrece la posibilidad de recortarlo. Vale la pena, sin embargo, leer entero este capítulo de Juan.

Nos ofrece una clave fundamental al final, en la pregunta "¿también nosotros somos ciegos?" y la respuesta de Jesús.
(Por cierto ese "para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, queden ciegos" es lo que experimentó Pablo, cegado por la luz de Jesús, para abrir los ojos desde la fe. Hch 9, 3-18)

 Desde esa pregunta y la respuesta de Jesús a quienes no reconocen su ceguera, podemos descubrir que este capítulo habla de muchas cegueras, muchas formas "tuertas" de mirar. Probablemente me puedo reconocer en varias:

- Cuando como los discípulos, ante el mal y el problema, busco culpables (¿quién pecó, este o sus padres?) en vez de preguntarme qué puedo hacer ("es para que se manifiesten las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado")

- Cuando paso junto a los pobres sin verlos, como aquella gente que no acertaba a reconocer con certeza a quien estaba, todos los días, sentado pidiendo limosna.

- Cuando, como los padres del ciego, prefiero "mirar para otro lado" ("Preguntádselo a él, que es mayor... porque tenían miedo")

- Cuando me obceco (por mis prejuicios, o por el orgullo, o... ) y dejo de ver incluso lo evidente, como los fariseos que sólo ven la norma del sábado, y dejan de ver el gran signo que ha hecho Jesús. 

- ...

Y  habla, por supuesto, de Jesús. Él sí que vio al ciego. Su curación significa una "nueva creación" (como Dios, en el principio, hizo al hombre con barro y le insufló aliento), en la que Jesús se involucra personalmente (por eso usa su propia saliva para hacer el barro). El es luz del mundo, que nos hace posible el ver. Jesús que vuelve a buscar al que había sido ciego, para invitarle a  creer, abrir sus ojos a una nueva dimensión que ha ido germinando en su interior.

Habla, también, de ese ciego que vivía en la oscuridad, en la mendicidad, en la dependencia, sujeto a la mentalidad de una sociedad que lo consideraba "empecatado desde el nacimiento de pies a cabeza". Ese hombre que ha sido visto por Jesús, y curado y buscado por El. Ese hombre a quien Jesús ha abierto los ojos, y que va haciendo un itinerario personal: desde un no saber decir dónde está Jesús, hasta llegar a confesarlo (pagando un alto precio: ser expulsado) y hasta encontrarse con Él, y reconocerlo ("Creo, Señor"). Es todo un itinerario bautismal ("lávate en la piscina de Siloé -que significa enviado-"), que también podemos considerar nosotros. 

Un itinerario que nos lleva a ser "luz por el Señor", como explica San Pablo (Ef 5,8). Jesús, como la luz del día, nos hace posible el "trabajar", involucrarnos también nosotros, participar en la obra de Dios (Jn 9,4-5). Se nos invita a vivir como hijos de la luz, ser luz con nuestras actitudes. Y abrir los ojos a una nueva forma de mirar, la de Dios (ya aludida en el relato de Samuel), la de Jesús. 


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domingo, 12 de marzo de 2023

"Señor, dame de esa agua" (Jn 4, 5-42)

 


Este domingo, y los dos que siguen, escucharemos tres capítulos del Evangelio de San Juan, que centraban tres catequesis para los que estaban a punto de ser bautizados. Nos presentan a Cristo como Agua Viva, Luz del Mundo, y Resurrección y Vida. Son textos largos (con frecuencia, en la Misa se escoge una versión más breve, que prescinde de alguna parte) y densos: son muchos los temas y los detalles en los que podemos fijar nuestra atención. Lo importante es que nos lleven a un encuentro personal con Jesús. 

Un Jesús al que vemos muy humano: cansado del camino, sediento... Y a la vez, con la capacidad que Dios tiene para saltar fronteras (entre judíos y samaritanos, que estaban enfrentados; entre varones y mujeres...), para superar los conflictos ("Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén"), llevando las cosas a un plano más profundo; para tocar y decir la verdad de la persona ("me ha dicho todo lo que he hecho") sin condenar; para ofrecer un agua que "salta hasta la vida eterna". Un Jesús que se presenta pidiendo, como necesitado, para dar, para ofrecer el don de Dios (tantas veces lo hace así...), y que busca el diálogo con aquella mujer que se muestra esquiva, pero lleva por dentro sed y preguntas, deseo de vida auténtica.

"No endurezcáis vuestro corazón" nos advierte el salmo. Frente a la tentación de endurecernos como tierra reseca, de quedarnos en nuestros desencantos, hoy se nos invita a preguntarnos por nuestra sed más profunda. Y por cómo intentamos saciar nuestro corazón (He aquí, por cierto, uno de los sentidos del ayuno cuaresmal: llevarnos a tocar ese hambre y sed que hay en nosotros, abrirnos desde ahí a Dios). Jesús se ofrece como fuente de un agua viva, capaz de saciar y convertirse, en nuestro interior, en fuente. Con la imagen del agua, se nos habla del don de Dios: de verdad y sabiduría; de encuentro y amor; de vida y de fecundidad; de bondad y hermosura... San Pablo nos dice que "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado" (Rom 5,5), y este amor gratuito, que acogemos en la confianza de la fe, es el que nos "justifica", el que nos salva y da razón de nuestra vida, el que nos puede llevar a plenitud. 

El Evangelio nos revela también un Dios que tiene "hambre y sed". Aquel Jesús que en el desierto renunció a convertir piedras en panes porque "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 3-4), ahora habla a sus discípulos de un alimento nuevo, que le llena a Él de energía: "hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra". Dios es una fuente sedienta, deseosa de compartir su plenitud y su vida con nosotros, para llenarnos. 

"He aquí, pues, todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed... Pero al decir: «Dame de beber», lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor...
Sí, me doy cuenta, más que nunca, de que Jesús está sediento. Entre los discípulos del mundo, sólo encuentra ingratos e indiferentes, y entre sus propios discípulos ¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!"
                    Sta. Teresa del Niño Jesús, Carta a su hermana María, 13-IX-1896

Dios no se sirve de otra cosa sino de amor (…), y es porque todas nuestras obras y todos nuestros trabajos, aunque sea lo más que pueda ser, no son nada delante de Dios; porque en ellas no le podemos dar nada ni cumplir su deseo, el cual sólo es de engrandecer al alma. Para sí nada de esto desea, pues no lo ha menester, y así, si de algo se sirve, es de que el alma se engrandezca; y como no hay otra cosa en que más la pueda engrandecer que igualándola consigo, por eso solamente se sirve de que le ame; porque la propiedad del amor es igualar al que ama con la cosa amada (…). Dice, pues, la canción:

                Mi alma se ha empleado
                y todo mi caudal en su servicio,
                ya no guardo ganado,
                ni ya tengo otro oficio
                que ya sólo en amar es mi ejercicio”.

          San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 28,1


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

  El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en ...