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domingo, 15 de marzo de 2026

“La Luz del mundo” (¿También nosotros estamos ciegos?) (Jn 9)

 

El capítulo 9 de San Juan se expresa con paradojas. Así, Jesús dice que "para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, queden ciegos". Él cura al ciego, y pone en evidencia la ceguera de los fariseos, cada vez más obstinada.

Y nos interpela con la pregunta final: “¿también nosotros estamos ciegos?”. Juan habla de muchas cegueras, de miradas desenfocadas en las que, tal vez, podemos reconocernos:

- Cuando, ante el mal, buscamos culpables (“¿quién pecó, este o sus padres?”) en vez de preguntarnos qué podemos hacer (“Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado". Esa actitud es, además, la que ayuda a descubrir cómo “se manifiestan las obras de Dios”)

- Cuando pasamos junto a los pobres sin verlos, como aquella gente que no acertaba a reconocer a quien había estado ante ellos, todos los días, pidiendo limosna.

- Cuando preferimos "mirar para otro lado", como los padres del ciego ("Preguntádselo a él, que es mayor... porque tenían miedo")

- Cuando nos obcecamos (por orgullo, prejuicios, o por otras causas) y dejamos de ver lo evidente, como los fariseos que se fijaban en la ley del sábado, y no veían el signo que Jesús había hecho. 

Podríamos añadir más formar de mirar sin ver (Mt 13, 13-15). Lo importante, con todo, es el itinerario de sanación que Juan narra. Ese ciego era alguien que vivía en la oscuridad, en la dependencia, en la marginación (se le consideraba “empecatado de los pies a la cabeza”), y va haciendo un camino, en el que Jesús ha tomado la iniciativa: a principio no sabe dónde está Jesús, pero llegará a confesarlo (aun a precio de ser expulsado) y a encontrarse con Él, y a reconocerlo ("Creo, Señor").

Es un camino de renovación, de creación (por eso Jesús, como Dios en el principio, hace barro y se lo coloca en los ojos). Es un itinerario bautismal (por eso dice: "lávate en la piscina de Siloé -que significa enviado-"). Se nos propone a nosotros, que en el bautismo hemos recibido un don, para que lo hagamos vida.

Jesús es la Luz del Mundo. Una luz que transmite la misericordia, el amor de Dios, y llena de paz (“En la Palabra estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” Jn 1, 4). Se nos invita a poner nuestras vidas a esta luz (reconociendo nuestras sombras, desenredando nuestros recovecos interiores…), para dejarnos iluminar por Él, que “mira el corazón” (1 Samuel 16,7). Así podemos llegar a “ser luz por el Señor", (Ef 5,8). Iluminados por Jesús, podemos "trabajar", involucrarnos en la obra de Dios (Jn 9,4-5). Podemos ser aprender a mirar como Él, y ser luz con nuestras actitudes.



Podemos también leer el capítulo 9 de Juan, desde la experiencia de San Pablo, que tiene varios paralelismos: un fariseo que, en el camino de Damasco, fue cegado por la luz de Jesús, para abrir los ojos desde la fe (Hch 9, 3-18).

viernes, 25 de octubre de 2024

"Maestro, ¡que pueda ver!" (Mc 10, 46,52)

 

La curación del ciego Bartimeo (probablemente, alguien conocido en la primera comunidad cristiana, pues se nombra a su padre) es el último signo de Jesús en su camino hacia Jerusalén. Marcos la narra con palabras cargadas de significado: entre líneas, podemos leer toda una historia de fe, un itinerario que puede ser también el nuestro.

Bartimeo aparece en este relato como alguien que “ha perdido el camino”. Ciego, está sentado en la cuneta de la vida, como un mendigo que vive de limosna. En aquella sociedad, es además un marginado.  

Pero en su interior brilla aún la esperanza. Al oír a Jesús que pasa, se despierta, como el atisbo de una luz que empieza ya a guiarlo. Y empieza a llamar a Jesús. Lo invoca como Mesías, hijo de David. A este título (ambiguo aún, como un acercamiento “a tientas” a Cristo) le añade una petición que, en su humildad, alcanza el corazón de Jesús y su mensaje: la misericordia. Y aunque el entorno le invita a desistir, él insiste. Como Jesús nos invita a hacer en la oración: “¡ten compasión de mí!

Acoge la llamada de Jesús, y responde. A diferencia del joven rico, que quedó atrapado en sus muchas riquezas (Mc 10, 21-22), Bartimeo suelta lo que tiene (el manto era “lo único que tiene para protegerse del frío” Éxodo 22:26-27; Dt 24:17-18), y da el salto hacia Jesús. Y ante la pregunta de Jesús (la misma que poco antes hizo a los hijos de Zebedeo, Mc 10,36), él pide lo verdaderamente importante. Que enlaza, además, con los signos del Reino de Dios  (“los ciegos ven, los cojos andan…” Lc 7, 22). Este pasaje es también una enseñanza sobre la oración y la vida: “Maestro, ¡que pueda ver!

Y Bartimeo, verdaderamente llega a ver. Por eso entra en el camino de Jesús (ese mismo que a los discípulos les daba miedo y les resultaba incomprensible, Mc 10, 32).

La otras lecturas de hoy nos iluminan y proponen lo que Bartimeo “ve”: la obra salvadora de Dios, cantada por Jeremías (Jr 31, 7-9) y por el salmo 125, y realizada plenamente por Jesús. Él ha tocado nuestra debilidad y ha sido constituido por el Padre como sacerdote, “puente” (pontífice) que nos permite llegar a Él, a la vida (Hebreos 5, 1-6).  

La fe, que comenzó como atisbo y la esperanza de luz, nos guía a Jesús, se hace plena en el encuentro con Él, y es capaz de curar nuestras cegueras.

“¡Oh almas criadas para estas grandezas y para ellas llamadas!, ¿qué hacéis?, ¿en qué os entretenéis? Vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos, y para tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y gloria, os quedáis miserables y bajos, de tantos bienes, hechos ignorantes …”
   S. Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 39,7


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


domingo, 19 de marzo de 2023

"Soy la luz del mundo" (Jn 9, 1-41)

El pasaje evangélico de hoy es largo, y la liturgia ofrece la posibilidad de recortarlo. Vale la pena, sin embargo, leer entero este capítulo de Juan.

Nos ofrece una clave fundamental al final, en la pregunta "¿también nosotros somos ciegos?" y la respuesta de Jesús.
(Por cierto ese "para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, queden ciegos" es lo que experimentó Pablo, cegado por la luz de Jesús, para abrir los ojos desde la fe. Hch 9, 3-18)

 Desde esa pregunta y la respuesta de Jesús a quienes no reconocen su ceguera, podemos descubrir que este capítulo habla de muchas cegueras, muchas formas "tuertas" de mirar. Probablemente me puedo reconocer en varias:

- Cuando como los discípulos, ante el mal y el problema, busco culpables (¿quién pecó, este o sus padres?) en vez de preguntarme qué puedo hacer ("es para que se manifiesten las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado")

- Cuando paso junto a los pobres sin verlos, como aquella gente que no acertaba a reconocer con certeza a quien estaba, todos los días, sentado pidiendo limosna.

- Cuando, como los padres del ciego, prefiero "mirar para otro lado" ("Preguntádselo a él, que es mayor... porque tenían miedo")

- Cuando me obceco (por mis prejuicios, o por el orgullo, o... ) y dejo de ver incluso lo evidente, como los fariseos que sólo ven la norma del sábado, y dejan de ver el gran signo que ha hecho Jesús. 

- ...

Y  habla, por supuesto, de Jesús. Él sí que vio al ciego. Su curación significa una "nueva creación" (como Dios, en el principio, hizo al hombre con barro y le insufló aliento), en la que Jesús se involucra personalmente (por eso usa su propia saliva para hacer el barro). El es luz del mundo, que nos hace posible el ver. Jesús que vuelve a buscar al que había sido ciego, para invitarle a  creer, abrir sus ojos a una nueva dimensión que ha ido germinando en su interior.

Habla, también, de ese ciego que vivía en la oscuridad, en la mendicidad, en la dependencia, sujeto a la mentalidad de una sociedad que lo consideraba "empecatado desde el nacimiento de pies a cabeza". Ese hombre que ha sido visto por Jesús, y curado y buscado por El. Ese hombre a quien Jesús ha abierto los ojos, y que va haciendo un itinerario personal: desde un no saber decir dónde está Jesús, hasta llegar a confesarlo (pagando un alto precio: ser expulsado) y hasta encontrarse con Él, y reconocerlo ("Creo, Señor"). Es todo un itinerario bautismal ("lávate en la piscina de Siloé -que significa enviado-"), que también podemos considerar nosotros. 

Un itinerario que nos lleva a ser "luz por el Señor", como explica San Pablo (Ef 5,8). Jesús, como la luz del día, nos hace posible el "trabajar", involucrarnos también nosotros, participar en la obra de Dios (Jn 9,4-5). Se nos invita a vivir como hijos de la luz, ser luz con nuestras actitudes. Y abrir los ojos a una nueva forma de mirar, la de Dios (ya aludida en el relato de Samuel), la de Jesús. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


sábado, 26 de febrero de 2022

"De lo que rebosa el corazón habla la boca" (Lc 6, 39-45)

 

Con varias imágenes y refranes de su tiempo, hoy nos invita Jesús a ser conscientes de lo que hay en nuestro interior, no engañarnos a nosotros mismos. Podemos pasarnos la vida, y perderla, echando a los demás la culpa de lo que nos ocurre: la tentación del victimismo es seductora, porque parece quitarnos la responsabilidad de lo que nos pasa, pero nos impide encontrar nuestros recursos para cambiar nuestra situación. Podemos proyectar nuestro malestar en críticas contra los demás, sin darnos cuenta de que ese malestar interior que no podemos reconocer, es el que nos hace ver mal todo. Nuestra mente tiene varios recursos para no afrontar la realidad incómoda, pero esa actitud nos ciega, y no conduce a nada bueno.

Jesús nos invita a una actitud lúcida: descubrir qué hay en nuestro corazón. Para ello, puede servir de ayuda ver los frutos que está dando, lo que sale de él. Muchos maestros espirituales hablan de esta necesidad de ser conscientes de lo que hay dentro de nosotros, para poder avanzar realmente en el camino espiritual, y en toda nuestra vida. Teresa de Jesús habla de la humildad como "andar en verdad", ante Dios, que es la Verdad. Una verdad que, como dice el Papa Francisco, "no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona" (Patris Corde, 2). Esa conciencia de la mirada amorosa de Dios nos facilita el mirar nuestra realidad sin intentar maquillarla ni esconderla.

Humildad de discípulos, pues ser cristianos es ser discípulos, siempre en camino, siempre con mucho por aprender. Dios siempre tiene mucho más para ofrecernos, nuestra vida siempre puede ser más amplia.  

"Es menester no poner vuestro fundamento sólo en rezar y contemplar; porque, si no procuráis virtudes y hay ejercicio de ellas siempre, os quedaréis enanas; y aun plega a Dios que sea sólo no crecer, porque ya sabéis que quien no crece, descrece; porque el amor tengo por imposible contentarse de estar en un ser, adonde le hay"
(Teresa de Jesús, Moradas VII, cap. 4, 9)


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

  El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en ...