sábado, 23 de abril de 2022

"Para que tengáis vida en su nombre" (Jn 20, 19-31)


 Los relatos evangélicos del encuentro con el Resucitado intentan describir algo que no cabe en palabras, que desborda nuestros conceptos; algo que es profundamente real y, a la vez, abre toda nuestra realidad a otra dimensión. Están, por ello, llenos de detalles simbólicos, de pistas para nuevas lecturas. Son puentes que nos acercan al encuentro con Cristo Resucitado. 

Un encuentro que se realiza en la fe. La historia de Tomás nos conduce a una bienaventuranza: "Dichosos los que crean sin haber visto". Tomás también confiesa lo que está más allá de lo visible: el señorío y la divinidad de Jesús. No se cuenta si llegó a tocar las llagas de Jesús, como antes exigía. Más bien parece que el encuentro con Él lo sorprende de tal modo que le hace olvidar aquellas exigencias. 

Este relato nos invita a preguntarnos sobre las condiciones que ponemos para "ver" al Señor, para reconocer su presencia en nuestras vidas. Tal vez Él se está haciendo presente y nos invita a descubrirle donde no esperábamos, o de la manera que no pensábamos. 

Nos habla también de la comunidad. Tomás se encuentra con Jesús porque, a pesar de sus dudas, permanece con los demás discípulos que, cada ocho días, se están encontrando, a la hora de la Cena, con el Señor, el que se deja reconocer "en la fracción del pan" (Lc 24, 35). La Eucaristía dominical es encuentro con Cristo resucitado, que se hace misteriosamente presente.

Nos habla de paz y reconciliación, unas realidades tan necesarias hoy. Jesús repite por tres veces el saludo "Paz a vosotros", y su palabra llena de alegría el corazón. Por otra parte, se identifica mostrando las marcas de la Pasión, que lo siguen uniendo a tantos llagados y crucificados que hay en el mundo. Y, con el Espíritu, entrega a la comunidad una misión de reconciliación, de perdón. 

Y nos invita a mirar más allá de lo escrito. Los últimos versículos del texto, son un primer final del Evangelio de Juan. Nos recuerda que se ha escrito, no meramente para informarnos, sino para que en Cristo encontremos vida. Y nos advierte que Jesús hizo "muchos otros signos" que no están escritos. En el segundo final (Jn 21, 25) insiste en que "si se escribieran uno por uno, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros". Es que Jesús sigue vivo, obrando en sus discípulos. El relato de Hch 5, 12-16 nos invita a descubrir su presencia en la primera comunidad cristiana, que participa de la capacidad sanadora de Jesús ("el que cree en mí hará también las obras que yo hago" Jn, 14, 12), derramando su misericordia como lluvia de vida. 

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sábado, 16 de abril de 2022

"Que Él había de resucitar de entre los muertos" (Jn 20, 1-9)

La Resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fe, de toda vida cristiana. Es desde ella desde contemplamos la muerte de Jesús en la cruz y la Última Cena. De otro modo, esos acontecimientos serían admirables, conmovedores... pero no traerían salvación, no cambiarían las cosas. Si Cristo hubiera terminado definitivamente en la cruz, habrían conseguido su objetivo quienes lo mataron y los motivos y medios que usaron (el odio, la manipulación, la injusticia, las divisiones y enfrentamientos). 

La Resurrección lo cambia todo. Es un cambio tan radical que a los discípulos les cuesta asimilarlo. Los relatos evangélicos transmiten esta dificultad que tienen los discípulos para descubrir el sepulcro vacío como señal de la Resurrección, para comprender y acoger el anuncio de los ángeles, y el testimonio de las primeras testigos, e incluso para reconocer a Jesús, aunque lo tengan ante su vista. Esta dificultad, por una parte, prueba la verdad de su experiencia. El anuncio de la Resurrección no es la invención de unos discípulos entusiasmados o exaltados. Es el testimonio de unas mujeres y hombres que vivieron un encuentro inesperado, desconcertante, que a ellos mismos les costó asumir. 

El Evangelio, entre líneas, nos habla de un proceso de conversión, en ese ir y venir al sepulcro, como también en esa conversación entre aquellos dos discípulos que estaban "de vuelta de todo", camino de Emaús. Un ir abriéndose a comprender, que pasa por creer (y el discípulo que Jesús quiere avanza más rápido, aunque espera a Pedro, y es el que ve y cree). Jesús resucitado se les hace presente de forma sorprendente, y a la vez respeta su libertad, no se impone. De hecho, Mateo nos informa de que algunos de los más cercanos a los hechos (los guardias del sepulcro, y los sumos sacerdotes), prefirieron negarlo. En ese proceso de encuentro con el Resucitado, los discípulos no sólo acogen la noticia de que Él ha resucitado, sino que van, ellos mismos, creciendo, transformándose. Cristo resucitado les transmite su Espíritu, que va sanando sus miedos e incapacidades, desarrollando su corazón y su mente, haciéndoles capaces de "sintonizar" con Jesús. Son los mismos discípulos que antes seguían a Jesús sin comprenderlo, sin asumir sus propuestas (y algunas de esas dificultades seguirán apuntando después, porque esto es un proceso de toda la vida, no un cambio "mágico"), pero ahora entienden la palabra y la vida de Jesús, van asimilando sus actitudes, participan de su amor, de su valor, de su paz, son capaces de obrar como Él. 

Iniciamos el tiempo de Pascua, más amplio aún de lo que ha sido la Cuaresma, para celebrar la Resurrección y para ir abriéndonos a ella: comprender lo que significa para nosotros ("buscad los bienes de allá arriba, dice San Pablo. Que no es evadirse de la realidad, sino vivirla con la perspectiva de Dios: y así en otros textos hablará de actitudes cotidianas de compasión, comprensión mutua..."). Abrirnos al Espíritu Santo, para que nos vaya introduciendo, como a aquellos primeros discípulos, en la Vida Nueva de Jesús Resucitado. 

 

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viernes, 15 de abril de 2022

"Junto a la cruz de Jesús" (Jn 18,1-19,42)


Contemplamos hoy la cruz. 

La muerte de Jesús es consecuencia de su vida, de la misión que Él ha venido a realizar en nuestro mundo. Ha venido a nosotros, y ha anunciado el amor del Padre, que acoge a todos y nos ofrece su vida. Amor que estamos llamados a vivir y transmitir. Amor en el que podemos encontrar felicidad. Asumiendo la dificultad que tiene nuestro mundo para acoger su amor, cargando así con nuestro pecado. 

Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11). Es extraño que, por anunciar el amor, Jesús fuera odiado; por anunciar la paz, encontrara la violencia. Pero así es nuestro mundo. En Israel, había diversos grupos, y cada uno tenía sus “fronteras de odio”. Los fariseos consideraban que el amor a Dios implicaba la exclusión y el odio a los pecadores (en algunos salmos del Antiguo Testamento quedan ribetes de esa postura). Los judíos odiaban a muerte a los romanos… Resultó inaceptable el amor del Padre a todos, sin exclusiones, que Jesús anunciaba. Como también el hecho de que pusiera el amor por encima de la seguridad de la Ley. Por eso se fue quedando solo, y al fin lo mataron. Sigue ocurriendo hoy: Gandhi, Martin Luther King, Ignacio Ellacuría, Óscar Romero… Son muchos los que han muerto asesinados por predicar la paz, y han sufrido la injusticia porque trabajaban por la justicia.

 Jesús lo sabe. Y asume, voluntariamente,  ese rechazo, esa dificultad del mundo para acoger el amor de Dios. Carga con nuestro pecado Lo hace por amor al Padre y a todos nosotros. Muere por nosotros, por cada uno. Por amor a ti.  

 Y muere junto a nosotros. En la cruz, Jesús se hace solidario de todos los que sufren. Ésta es la respuesta de Dios ante el mal del mundo. No es una explicación, sino su propio Hijo, clavado a nuestras cruces. Su Hijo, que muere con nosotros, por amor a nosotros. 

Y que, a través de la cruz, abre un camino que va más allá. Cristo ha resucitado. De hecho, Juan nos invita a atisbar cómo en su misma crucifixión, ya está apuntando la fuerza y la luz de la Resurrección. su relato va desgranando detalles que hablan de la Cruz como la hora en que se manifiesta la gloria de Dios, como Jesús la había anunciado. Aun en medio de los ultrajes, Jesús aparece como rey que juzga a Pilato, y como Dios ante cuya presencia ("Yo soy") los mismos que han ido a prenderlo se postran, aunque no quieran. Y su muerte es entrega del espíritu, que anticipa cómo lo va a transmitir en su Resurrección. La entrega de Cristo, por amor a nosotros, lleva en sí misma la vida de Dios que vence al pecado y a la muerte. 

Por eso, la cruz de Jesús y su Resurrección son el comienzo de una historia nueva, en la que el odio es vencido por el perdón, la mentira por la verdad, la muerte por la vida. Lo que ya se ha realizado en Jesús, se va realizando poco a poco, paso a paso, en sus seguidores, que con la fuerza de Cristo, muerto y resucitado, podemos ir venciendo la injusticia, la mentira, el odio... y participaremos de su Resurrección 

El dibujo que acompaña esta reflexión es obra de San Juan de la Cruz. Con una perspectiva inédita en su tiempo, Juan nos invita a mirar la cruz desde el cielo, como si nos sugiriera mirarla desde el Padre. Una cruz de la que pende el cuerpo de Jesús, en sombras, inclinado sobre el mundo, y que a la vez aparece como iluminada desde atrás, como anunciando la luz de la Resurrección. Juan canta la misteriosa belleza del crucificado con el poema del pastorcico, en el que Cristo es el pastor que da la vida para llamarnos a su amor. "Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32).

Un pastorcico solo está penado,
ajeno de placer y de contento
y en su pastora puesto el pensamiento
y el pecho del amor muy lastimado.

No llora por haberle amor llagado,
que no le pena vese así afligido,
aunque en el corazón está herido,
mas llora por pensar que está olvidado.

Que sólo de pensar que está olvidado
de su bella pastora, con gran pena
se deja maltratar en tierra ajena,
el pecho del amor muy lastimado.

Y dice el pastorcico: “¡ay, desdichado
de aquel que de mi amor ha hecho ausencia
y no quiere gozar la mi presencia
y el pecho por su amor muy lastimado.

Y a cabo de un gran rato se ha encumbrado
sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos
y muerto se ha quedado asido dellos,
el pecho del amor muy lastimado.

San  Juan de la Cruz



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jueves, 14 de abril de 2022

"Los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1-15)

 


Nos disponemos a celebrar el Triduo Pascual: la muerte, sepultura y Resurrección del Señor. El Jueves Santo recoge el sentido de toda esta celebración, que se hace presente en cada Eucaristía. 

Jesús, sabiendo que está a punto de ser arrestado, celebra la Pascua definitiva con sus discípulos. La Pascua (= Paso) comenzó siendo una fiesta de paso del invierno a la primavera. Cuando los hebreos salieron de Egipto, se convirtió en la fiesta del paso de la esclavitud a la libertad, a convertirse en Pueblo de Dios. Ahora, con Jesús, va a ser el paso de la muerte a la vida, con una alianza nueva, y eterna, entre Dios y la humanidad: la que el Hijo de Dios realiza entregando su vida por nosotros, compartiendo nuestra muerte, para que nosotros podamos compartir su Vida. 

En la mesa de la Última Cena, Jesús entrega a los suyos lo que ha sido su vida: su experiencia del amor del Padre, su misericordia por toda la humanidad, su entrega por ese amor, en la que se recogen todos sus hechos y sus palabras. En el pan y el vino, que San Pablo recuerda en la carta a los Corintios (1 Cor 11, 23-26), Jesús pone su persona (su cuerpo) y su vida (su sangre). Y así, por la fuerza del Espíritu Santo, del mismo Espíritu que lo acompañó y que ha transmitido a su Iglesia, en la Eucaristía lo recibimos a Él, recibimos su presencia viva. 

El gesto del lavatorio de los pies expone lo que significa ese amor que mueve a Jesús: capacidad de servicio, humildad, entrega. 

Acogemos estos gestos, que fundan la Iglesia, para vivirlos, para ir aprendiendo a vivir como Jesús, y unidos a Él: "os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" (Jn 13, 15). O, como recordamos cada día en Misa: "Haced esto en memoria mía". 

Un detalle más llama la atención: la Acción de Gracias que Jesús pronuncia. Era, ciertamente, uno de los ritos de la cena pascual. Pero el hecho de estar recogida en los relatos evangélicos y en el de Pablo indica que está llena de significado. Por un lado, esa acción de gracias era confesión de toda la obra salvadora de Dios, que precisamente se completa en Jesús. Por otra parte, conocemos el contexto, que Juan vuelve a recordar: Jesús sabe lo que viene sobre Él, como sabe también que uno de los suyos lo va a entregar y que los demás van a abandonarlo. Y, en estas circunstancias, Él ama hasta el extremo; y recoge y renueva la Acción de Gracias que expresaba la fe del pueblo de Dios. Tal vez el Evangelio nos invita a asomarnos a la profundidad de la mirada de Jesús: en medio de una trama que está urdida con miserias y debilidades, y que va a llevarlo a la cruz, Él descubre la presencia del Padre ("el que me envió está conmigo, no me ha dejado solo" Jn 8, 29), su amor, que va a salvarnos a todos, a cada uno de nosotros; un amor y una obra salvadora que da sentido a todo ese sufrimiento y redime toda esa pobreza. También nos entrega esto, para que lo vivamos. 


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miércoles, 13 de abril de 2022

"Voy a celebrar la Pascua en tu casa" (Mateo 26, 14-25)

 


El Evangelio nos habla de preparativos. Judas se pone de acuerdo con las autoridades judías, y buscan ocasión para prender a Jesús. Los discípulos se disponen a preparar la fiesta de Pascua. Jesús también se prepara: sabe que llega su hora, que esta Pascua es definitiva. 

Envía a los discípulos a una casa. Ha quedado en el anonimato su dueño. Alguien dispuesto a abrir su casa para acoger a Jesús y a sus discípulos. Su hogar será el lugar donde Cristo revela a los suyos el sentido de su misión y de su muerte, donde pone toda su vida y su persona en manos de sus discípulos, antes de entregarla en la cruz. De alguna manera, en esa casa nace la Iglesia.

Esa noche, Jesús anuncia que será entregado por uno de los suyos. Han compartido caminos, encuentros con multitudes, acontecimientos asombrosos y también momentos amargos; y están sentados a una mesa en la que Jesús comparte lo más íntimo y valioso… Pero hay un camino que cada uno recorre por sí mismo.

El anuncio de Jesús sacude a los discípulos. Les mueve a preguntarse cómo se van a situar ante Él. Y se preguntan, porque no están seguros: a veces, terminamos haciendo lo que no pensábamos; a veces, sin darnos casi cuenta, nos vamos dejando arrastrar por las circunstancias, las presiones, por tantas cosas… 

Con todo, la respuesta está en cada uno, como sugiere Jesús a Judas.

¿Seré yo…? ¿Seré yo quien te traicione, quien te cambie por otros intereses, quien pierda tu camino…?

¿Seré yo, tal vez, quien te siga, quien comprenda tu palabra y tu entrega y pueda vivirla?

 

La casa en la que Jesús va a celebrar la Pascua puede ser la tuya. ¿Cómo vas a preparar esta Pascua?

¿Qué momentos vas a preparar para estar con Jesús, para ponerte a la escucha de su Palabra, para contemplarlo? ¿Cómo vas a preparar esos momentos? ¿De qué quieres hablar con Jesús, en estos días?  ¿Qué necesita, en ti, dar pasos nuevos? Lo que vamos a celebrar, ¿qué tiene que ver con tu vida?

Y esta preparación personal, también puede pasar por los otros. ¿Necesitas reconciliarte con alguien para renovar la fraternidad? ¿Es, tal vez, tiempo oportuno para acercarte a alguien que sufre y necesita una presencia amiga? ¿Tal vez estos días son momento para hablar con alguien, buscando consejo sobre lo que estás viviendo…?

 


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lunes, 11 de abril de 2022

"Era de noche" (Jn 13,21-33.36-38)

 


Las lecturas de hoy siguen acercándonos a la Pascua, y hoy lo hacen por su lado oscuro. Asistimos a los pasos siniestros de Judas, que se pierde en la noche, en la traición.

Y vemos también a Pedro. La noche se le viene encima, y él no está preparado. Tiene una imagen irreal de sí mismo, no conoce su debilidad, que le va a hacer caer.

En el centro de la escena está Jesús. Juan nos invita a apoyarnos en su pecho, como Él, a sentir su soledad, su conmoción interior, tal vez su desencanto, en este momento en que sabe que va a ser traicionado por uno y abandonado por otros. Con todo, Jesús mantiene el rumbo. Lo sostiene la confianza en el Padre. Una confianza que “rima” con las palabras que escuchamos a Isaías: “Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas». En realidad el Señor defendía mi causa” (Is 49,4). Tiende, también su mano a Judas, con ese bocado de comida (que significaba un gesto de cariño, incluso de predilección) y con las palabras a Pedro (que escuchamos el domingo pasado: “yo he rezado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos” Lc 22, 32). Jesús anuncia que, en esa historia de abandono, ultrajes y sufrimiento, que le aguarda, se ha de manifestar la gloria de Dios. El amor es más fuerte.

Hoy es un día para pararnos a tomar conciencia de nuestras debilidades, de nuestros tropiezos y desvíos. De cómo (y por qué) negamos a veces a Dios, y también a los que están cerca de nosotros, o traicionamos nuestras opciones, nuestros valores y nuestros mejores proyectos. En esta conciencia de nuestras propias contradicciones y debilidades, nos preside esa mirada de Jesús que nos acoge, que nos tiende siempre su mano, que nos invita a confiar, como Él. Cuando la realidad que nos rodea, o nuestra propia realidad, nos decepciona; cuando sentimos la soledad o la perplejidad, Él sigue siendo apoyo firme


"Hay otros que, cuando se ven imperfectos, con impaciencia no humilde se aíran contra sí mismos; acerca de lo cual tienen tanta impaciencia, que querrían ser santos en un día. De éstos hay muchos que proponen mucho y hacen grandes propósitos, y como no son humildes ni desconfían de sí, cuantos más propósitos hacen, tanto más caen y tanto más se enojan, no teniendo paciencia para esperar a que se lo dé Dios cuando él fuere servido: que también es contra la dicha mansedumbre espiritual; que del todo no se puede remediar sino por la purgación de la noche oscura. Aunque algunos tienen tanta paciencia en esto del querer aprovechar, que no querría Dios ver en ellos tanta"             
                                            San Juan de la Cruz, Noche Oscura, 1, 5,3


"La casa se llenó de la fragancia del perfume" (Jn 12, 1-11)


 Hay cosas que “no sirven para nada”, pero pueden significarlo todo. Como un abrazo, como escuchar a alguien en un momento de dificultad o sufrimiento, aunque no puedas darle ninguna solución…

            En una sociedad que ha centrado todo en la eficacia; en una cultura que pone precio a todo y que ha dado tanta importancia a los medios que puede perder los fines, perder el rumbo, el gesto de María nos interpela. Es un gesto de amor sin medida, y sin vuelta atrás, como ese frasco quebrado y el perfume derramado. Como la misma vida de Jesús, que ha pasado haciendo el bien, hasta el fin: esos pies que María ha ungido con el perfume, se dirigen ya a la Cruz.

            Y es que los medios y la eficacia son necesarios. Pero son inútiles si no hay una opción personal, una orientación de fondo, que los encauce. En lo que se refiere a la atención a los pobres, por ejemplo, personas frágiles y sin medios, como Teresa de Calcuta o Francisco de Asís han hecho más que muchos poderosos. Se encontraron con Jesús. Y desde Él, fueron capaces de todo.

 

            Imagina la escena. Piensa, también, en gestos que para ti han sido importantes. ¿Y tú? ¿Eres capaz de dar sin buscar algo a cambio? ¿Eres capaz de hacer algo sin buscar resultados enseguida?

            Aquí tenemos también una clave, “una llave” para entrar en el Misterio Pascual que celebramos. Dedicar tiempos a la oración, a escuchar la Palabra de Jesús, a meditarla, puede parecer que “no sirve para nada”. Pero nos acercan a esa amistad en la que todo puede encontrar sentido, y en la que encontramos fuerza y luz para toda nuestra vida.

Un salmo habla de la oración como un perfume:

            “suba mi oración como incienso en tu presencia,
El alzar de mis manos, como ofrenda de la tarde” (Salmo 141, 2)




sábado, 9 de abril de 2022

"El Rey que viene en el nombre del Señor" (Lc 19, 38; Lc 22 y 23)


 El Domingo de Ramos nos introduce en la Pascua que vamos a celebrar en esta semana. El tercer canto del Siervo de Yahveh, de Isaías (Is 50, 4-17) nos va acercando al misterio del enviado de Dios que va a salvar pasando por el sufrimiento y la humillación. Por su parte, la carta a los Filipenses (Flp 2, 6-11) nos ofrece un himno que resume la misión y la vida entera del Hijo de Dios como un camino de solidaridad con los hombres, un camino de abajamiento (kénosis), obediencia y servicio. Éste es el camino de la gloria de Dios. La gloria que, extrañamente, reconoce el centurión romano que asiste a la ejecución de Jesús. 

El relato de la Pasión, en los cuatro evangelios, es un relato denso, lleno de contenido, y a la vez conciso. Permite ver e imaginar los sufrimientos de Jesús, pero no abunda en ellos. Prefiere apuntar detalles que nos hablan de la salvación que esta vida entregada nos ofrece, del misterio de Dios que se revela, veladamente (valga la paradoja) en Jesús, el Maestro que muere despreciado, desautorizado, condenado. Y aun así, prometiendo vida y llamando a conversión. Lucas subraya la misericordia de Jesús y refiere con toda claridad la confianza en el Padre que Jesús vive hasta su último aliento (confianza que, de forma un poco más oscura, refieren Mateo y Marcos al recordarlo orando con el salmo 21). Vale la pena leerlo y contemplarlo despacio, dejándonos interpelar. 

Entramos con Jesús en Jerusalén. El Evangelio nos invita a entrar. A no quedarnos como meros espectadores. Llama la atención esa multitud que un día aclama entusiasmada, y otro condena, fácil de manipular porque le faltan raíces (Mt 13, 6). Incluso a los discípulos les cuesta alcanzar el sentido de lo que están viviendo, y se pierden en discusiones durante la Cena o se duermen en el Huerto. También a nosotros nos cuesta entrar en este Misterio, cuyo relato conocemos "de memoria", pero cuya profundidad nos sobrepasa. No nos quedemos en la superficie, en folclores, en sentimientos de un momento, en costumbres. Al celebrar la Pascua, cada año, (al celebrarla este año, con lo que estamos viviendo ahora), renovamos nuestro bautismo, que nos vincula, vitalmente, a Cristo muerto y resucitado. Para descubrir que su muerte acompaña y sana nuestras heridas, y su Resurrección va abre nuestra existencia a nuevas, dimensiones que son anticipos de una Vida incontenible. 


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sábado, 2 de abril de 2022

"Mirad que realizo algo nuevo" (Is 43.19; Flp 3, 8-14; Jn 8, 1-11)


Los escribas y fariseos intentan poner en evidencia que la predicación de Jesús no es fiel a la Ley de Dios. Para ello, traen ante él una mujer sorprendida en adulterio. Sobre ella, según la ley, pesa la condena a muerte por lapidación (¡aún vigente en algunos lugares!). Pero Jesús desenmascara la incongruencia de su rigorismo: al traer sólo a la mujer y dejar escapar al hombre que estaba con ella, ellos han pecado contra la misma ley que invocan, pues mandaba apedrear a ambos (Lv 20,10), y la han corrompido. El episodio, además de la denuncia "feminista" que plantea (¿cuántas veces hoy sigue siendo utilizada la mujer, y sigue sufriendo injusticias?), llama a una primera reflexión: cuando invocamos la justicia para condenar a otros, probablemente estamos haciendo una lectura sesgada, inconsciente de nuestras propias incoherencias y pecados. 

San Pablo contrapone también "una justicia mía, la de la ley" con "la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe", que es la que él busca (Flp 3,9). Lo que nos "justifica" y nos ofrece seguridad, no es el hecho de que cumplamos (más o menos) con un modo de vida honesto y bueno (si así fuera, ¿qué sería de tantos que han sido envueltos o arrastrados por entornos insanos...?). Lo que nos justifica, lo que da razón cabal de nuestra vida y de nuestra dignidad, es el amor que Dios nos tiene, y que ha manifestado en Cristo, que se entrega por nosotros. Cuando descubrimos ese amor, eso nos impulsa (con más fuerza que cualquier norma) a vivir en la bondad y en una justicia nueva, que tiene que ver con la solidaridad, con la misericordia. 

Jesús ofrece a la mujer pecadora esa justicia nueva, que es salvación. No la condena. Tampoco transige con su pecado. Tras salvarla de su condena a muerte, le dice "anda, y en adelante no peques más". La invita a ponerse en camino, a una vida nueva. Antes, ha estado inclinado, escribiendo con el dedo en el suelo. Con este gesto aludía al dedo de Dios que escribió las tablas de la Ley; y a la vez, se ponía a la altura de esa mujer postrada en el suelo: Jesús es ese dedo que Dios que escribe e interpreta auténticamente la Ley . Y lo hace, precisamente, inclinándose hacia el abatido y el caído, para levantarlo. 

Volviendo a la carta de Pablo a los Filipenses (Flp 3, 8-14), podemos leer el significado y la hondura de este encuentro con Jesús: "todo lo estimo pérdida comparado con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor" "todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él.... para conocer a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión en sus padecimientos"... Es el ímpetu de alguien que ha sido "alcanzado por Cristo" y quiere ahondar en ese encuentro, y por eso "olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome haca lo que está por delante, corro hacia la meta".

Isaías, en la primera lectura, también nos hablaba de lo antiguo y lo nuevo. La traducción literal de ese texto es ambigua (puede ser negación o pregunta ("no recordéis lo antiguo" o "¿no recordáis lo antiguo?"), pero el sentido es el mismo: el recuerdo de las acciones de Dios que leemos en la Escritura no es simple conocimiento del pasado. El mismo Dios sigue actuando ahora, en tu vida. Y el recuerdo de las acciones pasadas es apertura para descubrir eso que Dios está haciendo ahora brotar. "El amor nunca está ocioso" (como dice Santa Teresa). 

¿Qué está haciendo brotar Dios en tu vida? ¿Qué puede estar pidiéndote (o, mas bien, ofreciéndote) a través del encuentro con su Palabra, en la oración, o a partir del encuentro con los demás? ¿Qué caminos de misericordia, de salvación, está abriendo en este momento, o te está invitando a desbrozar?


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  La parábola que hoy escuchamos es considerada el “corazón” del Evangelio de S. Lucas. Y se plantea también en un contexto central. El hech...