En este día de alabanzas y celebraciones en honor de María, el Evangelio nos revela el secreto de su vida y bienaventuranza: "mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen" (Lc 11, 28). Con ello, nos centra, también, en la actitud que más nos acerca a María, la que nos ayuda a identificarnos con ella y honrarla.
Contemplamos hoy a María en medio de la comunidad cristiana (Hch 1, 14), sosteniendo, alentando su perseverancia en la oración, que los prepara para acoger el Espíritu de Dios. Como aquella columna de fuego y nube con la que Dios guiaba y alumbraba al pueblo en su camino por el desierto (Ex 13, 21), María es para nosotros referencia luminosa, que nos invita a construir nuestra vida sobre Jesús, el verdadero cimiento (Mt 7, 24; 1 Cor 3, 11). Su sencillez abierta a Dios nos invita a, como buenos constructores, poner en él el centro de gravedad de nuestra vida, apoyar en Él nuestras cargas, trazar desde su Palabra las líneas fundamentales de nuestro actuar.
Sólo María gestó y amamantó a Jesús. Pero nosotros podemos encarnar, hacer realidad sus palabras, sus gestos, e incluso sus sentimientos (Flp 2, 11), encarnar su Paz, su Alegría, participar en su experiencia del amor del Padre. Y esto es, precisamente, ser cristiano. María, madre y maestra, nos enseña y acompaña.
Tú me haces comprender, ¡oh Reina de los santos!, que no me es imposible caminar tras tus huellas. Nos hiciste visible el estrecho camino que va al cielo con la constante práctica de virtudes humildes
Hoy, la lectura del libro de Sab. 7, 7-11, nos invita a buscar sabiduría. Nos prepara así para la escena (sorprendente) del Evangelio de hoy: alguien que "lo tiene todo" (es joven, es rico, ha cumplido todo lo prescrito...) y en un momento, toda esa riqueza se le vuelve miseria (Flp 3,8), porque le impide lo más importante: entrar en la Vida con Cristo. Es como el reverso de la vocación de Mateo (Mc 2, 13-14), cuando Jesús "vio a Leví", éste "se levantó y lo siguió" y a continuación hubo en su casa una fiesta en la que Jesús proclamó la misericordia del Padre que busca a los enfermos y pecadores. Frente a la alegría de los que se encuentran con Jesús, el joven rico marchó triste.
Jesús señala la cuestión fundamental: dónde ponemos nuestra confianza. Y señala que salvarse es imposible para los hombres. Nadie puede salvarse con sus propios recursos, con sus propias fuerzas ni con sus propios méritos. Sólo con Jesús podemos entrar en la Vida. Por eso vale la pena dejarlo todo por Él, para encontrarlo todo en Él.
La carta a los Hebreos (Heb. 4,12-13), hablándonos de la Palabra que conoce los deseos del corazón, y entra hasta lo más sutil y lo más escondido, nos invita a un discernimiento ante este Evangelio: hoy, ¿qué es lo que Jesús me invita a poner a disposición de Él y de los demás ("vende lo que tienes, dáselo a los pobres"), para seguirle?
Nos invita, previamente, a acoger su mirada, que se posa con cariño sobre nuestra realidad. Con el salmo oramos: "Sácianos de tu misericordia, Señor, y toda nuestra vida será alegría" (Sal 89,14)
“¿Cómo puedes preguntarme si puedes tú
amar a Dios como le amo yo...? (...) Mis deseos de martirio no son nada, no son
ellos los queme dan la confianza ilimitada que tengo en mi corazón. A decir
verdad, las riquezas espirituales hacen injusto al hombre cuando se apoya en
ellas con complacencia, creyendo que son algo grande.(...) Lo que le agrada [a
Dios] es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo
en su misericordia... Éste es mi único tesoro. Madrina querida, ¿por qué este
tesoro no va a ser también el tuyo...?
La confianza, y nada más que la
confianza, puede conducirnos al amor”.
Teresa
de Lisieux, Carta 197, a
su hermana María, 17-9-1896
El hilo conductor del pasaje evangélico de hoy es (una vez más) la sensibilidad y cercanía de Jesús hacia los pequeños y vulnerables, que se manifiesta en su gesto de abrazar a los niños, y en su defensa del matrimonio y de la dignidad de la mujer. Pues lo que los fariseos plantean a Jesús no es el divorcio (como se entiende hoy) sino la facultad que, en la sociedad judía, el hombre (sólo el varón) tenía para repudiar a su mujer. En las interpretaciones más "flexibles" de la ley, ese repudio se podía justificar casi por cualquier motivo.
Jesús, una vez más, no entra en casuísticas legales, sino que remite al proyecto del Padre, expresado en el Génesis con unos términos sorprendentemente actuales, que subrayan la igualdad del varón y la mujer ("hueso de mis huesos y carne de mi carne", dice Adán, que no impone nombre a Eva, sino que la reconoce) y la complementariedad entre ambos, en la que la persona encuentra la ayuda que necesita para vivir. Esa igual dignidad y complementariedad están a la base de una unión que es obra de Dios: obra del amor.
Este proyecto de Dios ("al principio de la creación") se ha de realizar en la actual condición humana, herida por el pecado, es decir, caracterizada por la fragilidad y temporalidad. Lo que significa la necesidad de cultivar día a día, con la ayuda de Dios el amor en la familia (y podemos recordar los textos de las cartas apostólicas sobre cómo encarnar el amor en lo cotidiano...). Y por otro lado, plantea el qué hacer cuando, por debilidades humanas, un proyecto así ha llegado a romperse irremediablemente. La Iglesia lleva años esforzándose en la reflexión sobre esta difícil cuestión (mejor dicho: este conjunto de cuestiones y situaciones diferentes). Podemos recoger las palabras del Papa Francisco en su exhortación apostólica Amoris Laetitia (n. 299) que a su vez recogen reflexiones ya expresadas por Benedicto XVI sobre los divorciados: “no sólo sepan que pertenecen al Cuerpo de Cristo que es la
Iglesia, sino que puedan tener una experiencia feliz y fecunda. Son bautizados,
son hermanos y hermanas, el Espíritu Santo derrama en ellos dones y carismas
para el bien de todos (…) Ellos no solo no tienen que sentirse excomulgados, sino que
pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una
madre que les acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de
la vida y del Evangelio”
El Evangelio de hoy termina con la imagen de Jesús entre los niños. Frente a los apóstoles que los regañan (tal vez porque molestaban, tal vez porque en aquella cultura, los niños contaban muy poco) Jesús aparece mostrando la ternura de Dios, que nos invita a recibir desde nuestra pequeñez.
La escena del Evangelio que de hoy sigue a la del Domingo pasado, donde contemplábamos a Jesús abrazando a un pequeño. Marcos añade ahí unos dichos de Jesús, que vienen a completar una enseñanza sobre la radicalidad que pide Jesús.
Una radicalidad no excluyente. La tendencia a "marcar territorio", a dejar fuera a quienes "no son de los nuestros", no es de Jesús. Él nos habla del Padre que acoge y ama a todos. Y subraya su generosidad, que no deja sin recompensa cualquier gesto, por pequeño que sea. La Iglesia, como subraya el Concilio Vaticano II, ha de tender la mano para colaborar con todos aquellos que trabajan por la paz y la justicia, todos cuantos luchan contra el mal (expulsar demonios), ser capaz de reconocer la acción del Espíritu que obra también fuera de límites visibles de la Iglesia
Una radicalidad que busca el bien. Jesús advierte con severidad a quien haga caer a un pequeño (hacer caer, ése es el sentido del término escandalizar). Tras abrir para todos la posibilidad de hacer bien en su nombre, y valorar los gestos pequeños, Jesús subraya la responsabilidad de hacer el bien, nunca el mal, especialmente ante los más débiles.
Una radicalidad que exige un trabajo personal para identificar y purificar nuestras actitudes. Los términos drásticos que siguen hablan de "cortar por lo sano" con actitudes (mano), caminos (pie), enfoques o miradas (ojo) que nos aparten de Jesús. Nos invitan a purificar, con decisión, nuestro corazón y nuestra vida para seguir a Cristo con autenticidad.
"La elección de los apóstoles no es el privilegio de una
posición exclusiva de poder y de separación, sino la gracia de un ministerio
inclusivo de bendición y de comunión. Gracias al don del Espíritu del Señor
resucitado, ellos deben custodiar el lugar que ocupa Jesús, sin sustituirlo: no
para poner filtros a su presencia, sino para que sea más fácil encontrarlo".
Tras el primer anuncio de su Pasión, Jesús profundiza en el camino que está haciendo con sus discípulos. Es un camino difícil, frustrante, para los discípulos (que escuchan un mensaje alejado de sus expectativas), y también para el propio Jesús, que ve que no le comprenden, y no es por una dificultad intelectual, sino porque sus corazones tienen otra orientación. El mismo Jesús tendrá que esperar y confiar que la Palabra que está sembrando en el corazón de sus discípulos llegue a dar fruto algún día.
Contrasta la actitud de los discípulos, que no comprenden y les da miedo preguntar (¿miedo de que Jesús vea lo lejos que están de su mensaje? ¿Miedo de que Jesús les lleve "más adentro" en esa propuesta que a ellos les repele?), con la de Jesús, que, precisamente, pregunta, entra en diálogo con ellos, con sus motivaciones e ideas. Una vez más, Jesús nos invita también a nosotros a hacer camino con Él, a abrirle nuestros sentimientos (con sus contradicciones...), nuestros deseos, nuestros planes, nuestros planteamientos.
Aparece ahí la pretensión de ser importante. Una pretensión a la que alude la carta de Santiago, en la que se habla de envidias, de rivalidades... Y Santiago nos dice que la sabiduría que viene de Dios es "comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia" (St. 3, 17-18). Esa sabiduría hoy aparece en la palabra de Jesús. Él que nos invita a orientar ese deseo de ser importantes, asumiendo su mismo lugar, el de Él que ha venido a servir. Y en su gesto. Abrazando a un niño, que en aquella sociedad era alguien "que no cuenta" (cfr. Mt 14, 21, p.ej.), Jesús habla de una acogida y una ternura que deja a un lado pretensiones e intereses, para alcanzar la persona; una actitud que abre el corazón a lo que Jesús transmite, y a su misma presencia, a la ternura de Dios. Y nos invita a dejarnos abrazar también por Él, en nuestra pequeñez y pobreza.
Hemos visto a Jesús realizando signos, predicando el Reino. Y hemos encontrado ya, a estas alturas del Evangelio de Marcos, la resistencia de diversos grupos de personas. Jesús y sus discípulos "van de camino" (M 8, 27), y Jesús ve ya, sobre ese camino, la sombra de la cruz. Por eso habla francamente con sus discípulos. Ellos ya son capaces de reconocerlo como Mesías. Pero, ¿qué significa el Mesías? Para ellos, significa el éxito, el cumplimiento de una serie de expectativas que el pueblo y que ellos mismos han proyectado sobre la promesa de Dios: grandeza, liberación política (incluso venganza...). Por eso Jesús (aquí y en otros pasajes) no quiere que lo divulguen. No es ese Mesías. El suyo no es el Dios de los triunfadores. Jesús habla de un Padre de todos; y su camino, para poder llegar a todos, bajará hasta los últimos.
En ese diálogo directo, incluso abrupto, aparece la resistencia de Pedro, que se vuelve tentación para Jesús (recuerda aquello de "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie..." Mt 4,6). Y la respuesta decidida de Jesús, ante esa pretensión de "ponerse delante de Jesús", de intentar conducirlo a sus propios planes: "ponte detrás de mí" (Mc 8, 33).
A ella se une una enseñanza sobre las condiciones para seguir auténticamente a Jesús: es necesario "negarse a uno mismo", porque para vivir la disponibilidad del discípulo, a veces hay que renunciar a planes, expectativas, ideas preconcebidas... Seguir a Jesús, además, se hace con lo bueno y lo que nos pesa: las dificultades, los sufrimientos, los fracasos que se cruzan en nuestro camino, no son ajenos al seguimiento de Jesús. Hemos de integrarlas, seguirle con ellas... y precisamente Él nos enseñará, a cada uno, cómo llevar la cruz sin que nos aplaste. Y en definitiva, la propuesta de Jesús es de entrega, de apertura radical. Quien vive para sí mismo (quien quiera salvar su vida) se malogra. Quien es capaz de amar, de entregarse, corre el riesgo de perder, pero se abre a la salvación que Jesús trae.
El Evangelio nos transmite la pregunta de Jesús: "y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Una pregunta que, hoy, nos invita a pensar sobre nuestra idea de Jesús, y las expectativas que tenemos sobre lo que es seguirle, y a confrontarlas con Él mismo, con lo que Él nos enseña, para caminar "detrás de Él". Para seguirlo como El quiere que lo sigamos. Para dejarnos salvar, comunicar vida, por Él.
"Y así, querría
yo persuadir a los espirituales cómo este camino de Dios no consiste en
multiplicidad de consideraciones, ni modos, ni maneras, ni gustos, aunque esto,
en su manera, sea necesario a los principiantes (...) porque el aprovechar no se halla sino
imitando a Cristo que es el camino y la verdad y la vida, y ninguno viene al
Padre sino por él, según él mismo dice por San Juan (14,6 y 10,9). Y en otra
parte dice: Yo soy la puerta; por mí, si alguno entrare, salvarse ha. De donde
todo espíritu que quiere ir por dulzuras y facilidad y huye de imitar a Cristo,
no le tendría por bueno".(San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo II,7,8)
Jesús aparece, esta vez, fuera del pequeño mundo de Israel, en tierra de gentiles (Siria y Líbano, que, por cierto, actualmente están sufriendo una crisis de la que sólo de vez en cuando oímos algo). Una vez más, su acción sanadora es un signo del Reinado de Dios, de lo que Él nos trae. El comentario de la gente ("todo lo ha hecho bien" Mc 1, 37) recuerda incluso al Génesis ("todo era bueno" Gn 1, 31), suena a Creación, a renovación.
El Evangelio nos presenta una situación de aislamiento, de incomunicación, que nos interpela también a nosotros, habitantes de la "era de las comunicaciones"... que tantas veces sentimos también dificultades para comunicarnos. Y nos invita a preguntarnos por esta paradoja. ¿Qué es lo que nos aísla y hace difícil el entablar una relación auténtica, humana, con los que están a nuestro alrededor e incluso con nosotros mismos? ¿Tal vez ruidos, superficialidad, otras actitudes de fondo...?
Le piden a Jesús que le imponga las manos. Su respuesta, sin embargo, no es una "acción mágica", y el relato tiene detalles sugerentes: el gesto de llevar al hombre aparte (que sugiere un "tomar distancia" frente al mundo, un "retirarse"), los dedos en los oídos, como venciendo una resistencia, la saliva, que alude a un contacto personal, la mirada orante ... y su palabra, que Marcos nos hace escuchar en arameo, tal como Jesús la pronunció : "Effetá"
Ábrete. Ésta es una de las palabras esenciales de Jesús. Una de sus propuestas fundamentales: frente al riesgo de cerrarnos en nosotros mismos (en nuestras soberbias o nuestros miedos, en nuestros egoísmos o prejuicios, o en lo que a cada uno nos cierra), nos invita a abrir los oídos, el corazón, la vida; a escuchar, acoger, compartir; a confiar, a amar. Entrar en nosotros mismos (abrirnos a nuestro interior), abrirnos a los demás. Abrirnos a Él.