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jueves, 1 de enero de 2026

“Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gal 4, 4-7; Lc 2, 16-21)

 

Comenzamos el año con la Jornada Mundial de la Paz (establecida en 1967 por Pablo VI). La bendición del libro de los Números (6 22-27), que hoy recibimos, habla de la Paz. Esa paz es también armonía, tiene relación con una plenitud de vida, con una vida verdad. En la Escritura, está vinculada a la justicia y la fraternidad, a la misericordia, la fe, la alegría. Es don del Mesías. Pablo nos dirá que “Cristo es nuestra paz” (Efesios, 2, 14).

María nos acerca al misterio de Dios que se hace hombre. Al invocarla como “Madre de Dios” (afirmación que viene del Concilio de Éfeso, en el año 431), afirmamos que en Jesús están integrados lo humano y lo divino. El Hijo de Dios se hace verdaderamente hombre, se somete a las leyes naturales e históricas de nuestra existencia. Y así, abre nuestra realidad, desde dentro, a su paz, a su plenitud, a su vida: Dios nos convierte en hijos suyos (la adopción no es una filiación rebajada. Al contrario, es una filiación elegida. En el mundo antiguo, por ejemplo, el César adoptaba como hijo a quien elegía para ser su sucesor.

Y Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, para ir transformando desde dentro (siempre con nuestra colaboración) nuestra realidad. Para que vivamos como hijos. Como Jesús, el que nos ha enseñado a orar diciendo “¡Abba!” ¡Padre!

María, la llena de gracia (del Espíritu Santo), la que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” se nos ofrece como acompañante y guía de ese camino, que incluye una actitud contemplativa (capacidad de escucha, y de mirar más hondo) para vivir con disponibilidad hacia Dios.

Comenzamos un año nuevo. Tiempo para crecer como hijos de Dios, y para construir la paz. La liturgia, hoy, nos invita a reconocer la bendición de Dios, a conservar en nuestro corazón lo que nos habla de Él. Busca un momento para repasar, en oración, el año terminado. Para reconocer el paso de Dios por tu vida, ver los frutos que hace brotar. Para tomar conciencia de cómo estás llamado a colaborar con su obra. Para recordar, ante Él, a las personas que has ido encontrando en este camino. Para poner ante Él tus planes y proyectos, pidiéndole que te ayude a mantener los ojos y el corazón abiertos a los suyos.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 1 de enero de 2023

"Nacido de una mujer... para que recibiéramos la adopción de hijos" (Gal 4, 4-7; Lc 2, 16-21)


Entramos en el año nuevo de la mano de María. Ella es testigo y colaboradora fundamental del misterio que celebramos: Dios se hace hombre, asume toda nuestra realidad. Dios comparte nuestra vida, para que nosotros seamos hijos de Dios. Y por eso, como nos dice san Pablo en la carta a los Gálatas, nos envía su Espíritu. Para que nos enseñe a orar -y a vivir- como Jesús. En ese "abbá" se nos ofrece toda la experiencia y el camino de confianza, de comunicación profunda, de entrega, que encontramos en Jesús. 

Además, Jesús es, plenamente, la bendición anunciada desde antiguo, que hemos escuchado en la lectura del libro de los Números (Num 6, 22-27): Es el rostro de Dios, que él ilumina sobre nosotros, como luz que nos guía. Él es nuestra paz (Ef 2, 14; Jn 14, 27-28), que nos acompaña para afrontar los acontecimientos que lleguen, porque con él todo camino lleva a la Vida. Y que nos hace capaces de construir paz, desde la reconciliación y la misericordia. 

Este primer día del año nos invita a hacer memoria de lo vivido el año pasado. Memoria que nos puede ayudar a aprender de las experiencias vividas, a tomar conciencia del paso de Dios por nuestra vida a lo largo de estos meses, a darle gracias por tantas cosas. 

Se nos invita a acercarnos a Belén, como los pastores del Evangelio. La Eucaristía (acción de gracias) es espacio para compartir nuestra fe, como ellos comparten las palabras que han recibido sobre ese niño, en un encuentro que suscita la alabanza, y ayuda a reconocer la presencia y la salvación de Dios en signos humildes, aparentemente tan insignificantes como un recién nacido acostado en un pesebre. Y María, la madre de Dios, nos ofrece una clave fundamental para acoger a Dios en nuestra vida, para poder encarnar su palabra y su amor en nuestro día a día: conservar todas todas estas cosas, meditándolas en el corazón. Para nosotros que vivimos entre tantas prisas y barullo, es un reto. Puede ser un buen propósito para este año.

Es, sobre todo, un camino para abrir nuestras vidas a ese Espíritu que nos conduce a descubrir la ternura del Abbá, y nos guía por caminos de libertad, para tener (ser herederos de) su Vida. No sabemos lo que nos deparará el año que comienza. Pero sabemos que Dios nos acompaña. Dejándonos acompañar por Él, haciendo espacio en nuestro corazón para todas estas cosas (su Palabra, el testimonio de su amor, sobre todo el compartido en comunidad, la capacidad de reconocerlo en sus humildes señales), podemos ir creciendo, a través de todo, como hijos suyos, ir descubriendo y saboreando su Vida. 

Hoy es también la Jornada Mundial de la Paz. El Papa Francisco, en su mensaje de hoy, nos recuerda que nadie puede salvarse solo, y nos invita a una conversión, a que nos comprometamos (con responsabilidad y compasión) con la sanación de nuestra sociedad y nuestro plantea, creando las bases para un mundo más justo y pacífico, que se involucre con seriedad en la búsqueda de un bien que sea verdaderamente común."

Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz 2023


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


sábado, 1 de enero de 2022

"Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer" (Gal 4, 4-7; Lc 2, 16-21). Santa María, Madre de Dios

Ocho días después de la Navidad, comenzamos un año nuevo, y lo hacemos de la mano de María. El título con el que la invocamos hoy, Madre de Dios, se afirma en el Concilio de Éfeso (año 431) y apunta, en primer lugar, a la radicalidad de la Encarnación del Hijo de Dios: en Jesús están indisolublemente unidas la realidad divina y la humana, y por eso María, su madre, se hace Madre de Dios. Es lo que dice San Pablo en la carta a los Gálatas: "envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer..." (Gal 4,4). Dios asume nuestra carne, se somete a las leyes de nuestro mundo. Y lo hace para hacernos a nosotros hijos de Dios, abriendo nuestra realidad a una dimensión nueva de libertad y de plenitud. Vivir esto pasa por reconocer en nuestro interior y acoger el Espíritu que Él "ha enviado a nuestros corazones" y que nos mueve a orar con las mismas actitudes de Jesús, con la misma confianza y disponibilidad... "Abbá, Padre" (Gal 4, 6).

Celebrar a María como Madre de Dios nos habla también de la colaboración humana en esta obra de Dios. Porque Dios se hace pequeño y pobre, como lo ven los pastores en Belén (acostado en un comedero de animales adaptado como cuna; Lc 2, 16). Dios ha elegido necesitar de nuestra ayuda. La escena del Evangelio que contemplamos subraya subraya los aspectos maternos de la ternura, el cuidado... tan necesarios hoy. Y añade una nota contemplativa: la actitud de María, que "guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón" (Lc 2, 19; y de nuevo se repite en Lc 2, 51). Somos invitados a recoger esas actitudes. 

Comenzamos un nuevo año, celebrando, a la vez, la Jornada Mundial de la Paz, que nos recuerda la necesidad que tiene nuestro mundo (y cada uno de nosotros) de construirla. ¿Qué nos depararán los próximos días y meses? Muchos acontecimientos no dependen de nosotros, y no podemos predecir cómo serán. Pero sabemos que nos acompaña Dios, que ha asumido entrañablemente nuestra realidad. De la mano de María, somos invitados a contemplarlo, a hacerle sitio en nuestro corazón (y para ello, dedicarle un tiempo...), a abrirnos a su Espíritu, que nos mueve a la confianza, para colaborar con Él. Que, de este modo, sea un año de crecer en la alegría y la paz que Dios nos ofrece. 

"Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 12,50). (…).  Somos madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20), por el amor y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo (Mt 5,16)".
                       (San Francisco de Asís. Carta a los fieles)

 


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

jueves, 31 de diciembre de 2020

"El Señor ilumine su rostro sobre ti, y te conceda la paz" (Nm 6, 25-26; Lc 2, 16-21)


Comenzamos el año con una oración de bendición, que nos invita a poner todo lo que vamos a vivir bajo la mirada de Dios, que, con palabras y hechos, "dice bien" (eso significa, en primer término, bendecir), nos regala su amor. 
La bendición de Aarón (Num 6, 22-27) y el Salmo 66 piden que Dios "ilumine su rostro sobre nosotros" (Salm 66,2). Ese rostro de Dios que es luz  para nuestro caminar (Salm 108,105) aparece en Jesús, el hijo de María, que, en el pesebre, asume la fragilidad de nuestro ser y la humildad de los pobres. Su persona, su palabra y sus gestos, son el rostro de Dios que nos ilumina y bendice.

Y el Evangelio nos deja en María, madre de Dios, una clave para vivir el año a la luz de Dios, para descubrirlo como fuente de paz (pues hoy es también la Jornada de la Paz): "conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón".

Que así, a la luz de Dios reflejada en Jesús, vivamos el año que empieza. De este modo podrá ser feliz. 

  El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en ...