La escena del Evangelio que de hoy sigue a la del Domingo pasado, donde contemplábamos a Jesús abrazando a un pequeño. Marcos añade ahí unos dichos de Jesús, que vienen a completar una enseñanza sobre la radicalidad que pide Jesús.
Una radicalidad no excluyente. La tendencia a "marcar territorio", a dejar fuera a quienes "no son de los nuestros", no es de Jesús. Él nos habla del Padre que acoge y ama a todos. Y subraya su generosidad, que no deja sin recompensa cualquier gesto, por pequeño que sea. La Iglesia, como subraya el Concilio Vaticano II, ha de tender la mano para colaborar con todos aquellos que trabajan por la paz y la justicia, todos cuantos luchan contra el mal (expulsar demonios), ser capaz de reconocer la acción del Espíritu que obra también fuera de límites visibles de la Iglesia
Una radicalidad que busca el bien. Jesús advierte con severidad a quien haga caer a un pequeño (hacer caer, ése es el sentido del término escandalizar). Tras abrir para todos la posibilidad de hacer bien en su nombre, y valorar los gestos pequeños, Jesús subraya la responsabilidad de hacer el bien, nunca el mal, especialmente ante los más débiles.
Una radicalidad que exige un trabajo personal para identificar y purificar nuestras actitudes. Los términos drásticos que siguen hablan de "cortar por lo sano" con actitudes (mano), caminos (pie), enfoques o miradas (ojo) que nos aparten de Jesús. Nos invitan a purificar, con decisión, nuestro corazón y nuestra vida para seguir a Cristo con autenticidad.
"La elección de los apóstoles no es el privilegio de una
posición exclusiva de poder y de separación, sino la gracia de un ministerio
inclusivo de bendición y de comunión. Gracias al don del Espíritu del Señor
resucitado, ellos deben custodiar el lugar que ocupa Jesús, sin sustituirlo: no
para poner filtros a su presencia, sino para que sea más fácil encontrarlo".
Tras el primer anuncio de su Pasión, Jesús profundiza en el camino que está haciendo con sus discípulos. Es un camino difícil, frustrante, para los discípulos (que escuchan un mensaje alejado de sus expectativas), y también para el propio Jesús, que ve que no le comprenden, y no es por una dificultad intelectual, sino porque sus corazones tienen otra orientación. El mismo Jesús tendrá que esperar y confiar que la Palabra que está sembrando en el corazón de sus discípulos llegue a dar fruto algún día.
Contrasta la actitud de los discípulos, que no comprenden y les da miedo preguntar (¿miedo de que Jesús vea lo lejos que están de su mensaje? ¿Miedo de que Jesús les lleve "más adentro" en esa propuesta que a ellos les repele?), con la de Jesús, que, precisamente, pregunta, entra en diálogo con ellos, con sus motivaciones e ideas. Una vez más, Jesús nos invita también a nosotros a hacer camino con Él, a abrirle nuestros sentimientos (con sus contradicciones...), nuestros deseos, nuestros planes, nuestros planteamientos.
Aparece ahí la pretensión de ser importante. Una pretensión a la que alude la carta de Santiago, en la que se habla de envidias, de rivalidades... Y Santiago nos dice que la sabiduría que viene de Dios es "comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia" (St. 3, 17-18). Esa sabiduría hoy aparece en la palabra de Jesús. Él que nos invita a orientar ese deseo de ser importantes, asumiendo su mismo lugar, el de Él que ha venido a servir. Y en su gesto. Abrazando a un niño, que en aquella sociedad era alguien "que no cuenta" (cfr. Mt 14, 21, p.ej.), Jesús habla de una acogida y una ternura que deja a un lado pretensiones e intereses, para alcanzar la persona; una actitud que abre el corazón a lo que Jesús transmite, y a su misma presencia, a la ternura de Dios. Y nos invita a dejarnos abrazar también por Él, en nuestra pequeñez y pobreza.
Hemos visto a Jesús realizando signos, predicando el Reino. Y hemos encontrado ya, a estas alturas del Evangelio de Marcos, la resistencia de diversos grupos de personas. Jesús y sus discípulos "van de camino" (M 8, 27), y Jesús ve ya, sobre ese camino, la sombra de la cruz. Por eso habla francamente con sus discípulos. Ellos ya son capaces de reconocerlo como Mesías. Pero, ¿qué significa el Mesías? Para ellos, significa el éxito, el cumplimiento de una serie de expectativas que el pueblo y que ellos mismos han proyectado sobre la promesa de Dios: grandeza, liberación política (incluso venganza...). Por eso Jesús (aquí y en otros pasajes) no quiere que lo divulguen. No es ese Mesías. El suyo no es el Dios de los triunfadores. Jesús habla de un Padre de todos; y su camino, para poder llegar a todos, bajará hasta los últimos.
En ese diálogo directo, incluso abrupto, aparece la resistencia de Pedro, que se vuelve tentación para Jesús (recuerda aquello de "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie..." Mt 4,6). Y la respuesta decidida de Jesús, ante esa pretensión de "ponerse delante de Jesús", de intentar conducirlo a sus propios planes: "ponte detrás de mí" (Mc 8, 33).
A ella se une una enseñanza sobre las condiciones para seguir auténticamente a Jesús: es necesario "negarse a uno mismo", porque para vivir la disponibilidad del discípulo, a veces hay que renunciar a planes, expectativas, ideas preconcebidas... Seguir a Jesús, además, se hace con lo bueno y lo que nos pesa: las dificultades, los sufrimientos, los fracasos que se cruzan en nuestro camino, no son ajenos al seguimiento de Jesús. Hemos de integrarlas, seguirle con ellas... y precisamente Él nos enseñará, a cada uno, cómo llevar la cruz sin que nos aplaste. Y en definitiva, la propuesta de Jesús es de entrega, de apertura radical. Quien vive para sí mismo (quien quiera salvar su vida) se malogra. Quien es capaz de amar, de entregarse, corre el riesgo de perder, pero se abre a la salvación que Jesús trae.
El Evangelio nos transmite la pregunta de Jesús: "y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Una pregunta que, hoy, nos invita a pensar sobre nuestra idea de Jesús, y las expectativas que tenemos sobre lo que es seguirle, y a confrontarlas con Él mismo, con lo que Él nos enseña, para caminar "detrás de Él". Para seguirlo como El quiere que lo sigamos. Para dejarnos salvar, comunicar vida, por Él.
"Y así, querría
yo persuadir a los espirituales cómo este camino de Dios no consiste en
multiplicidad de consideraciones, ni modos, ni maneras, ni gustos, aunque esto,
en su manera, sea necesario a los principiantes (...) porque el aprovechar no se halla sino
imitando a Cristo que es el camino y la verdad y la vida, y ninguno viene al
Padre sino por él, según él mismo dice por San Juan (14,6 y 10,9). Y en otra
parte dice: Yo soy la puerta; por mí, si alguno entrare, salvarse ha. De donde
todo espíritu que quiere ir por dulzuras y facilidad y huye de imitar a Cristo,
no le tendría por bueno".(San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo II,7,8)
Jesús aparece, esta vez, fuera del pequeño mundo de Israel, en tierra de gentiles (Siria y Líbano, que, por cierto, actualmente están sufriendo una crisis de la que sólo de vez en cuando oímos algo). Una vez más, su acción sanadora es un signo del Reinado de Dios, de lo que Él nos trae. El comentario de la gente ("todo lo ha hecho bien" Mc 1, 37) recuerda incluso al Génesis ("todo era bueno" Gn 1, 31), suena a Creación, a renovación.
El Evangelio nos presenta una situación de aislamiento, de incomunicación, que nos interpela también a nosotros, habitantes de la "era de las comunicaciones"... que tantas veces sentimos también dificultades para comunicarnos. Y nos invita a preguntarnos por esta paradoja. ¿Qué es lo que nos aísla y hace difícil el entablar una relación auténtica, humana, con los que están a nuestro alrededor e incluso con nosotros mismos? ¿Tal vez ruidos, superficialidad, otras actitudes de fondo...?
Le piden a Jesús que le imponga las manos. Su respuesta, sin embargo, no es una "acción mágica", y el relato tiene detalles sugerentes: el gesto de llevar al hombre aparte (que sugiere un "tomar distancia" frente al mundo, un "retirarse"), los dedos en los oídos, como venciendo una resistencia, la saliva, que alude a un contacto personal, la mirada orante ... y su palabra, que Marcos nos hace escuchar en arameo, tal como Jesús la pronunció : "Effetá"
Ábrete. Ésta es una de las palabras esenciales de Jesús. Una de sus propuestas fundamentales: frente al riesgo de cerrarnos en nosotros mismos (en nuestras soberbias o nuestros miedos, en nuestros egoísmos o prejuicios, o en lo que a cada uno nos cierra), nos invita a abrir los oídos, el corazón, la vida; a escuchar, acoger, compartir; a confiar, a amar. Entrar en nosotros mismos (abrirnos a nuestro interior), abrirnos a los demás. Abrirnos a Él.
La Palabra de Dios es sabiduría sanadora. Y su anuncio va unido al bien de la persona. Esto se expresa en las normas higiénicas que encontramos en el Antiguo Testamento (lavarse las manos...). Como también tiene relación con la educación en valores que ha sido consigna de buena parte de la educación católica en las últimas décadas, o en la relación que buena parte de la espiritualidad actual tiene con el cultivo de actitudes psicológicas sanas.
El problema, tal vez, está en que ese camino también puede hacerse "de vuelta". Podemos, tal vez casi darnos cuenta, desconectarnos de Jesús. Se nos puede perder la dimensión de escucha (así empieza el anuncio de la Ley del Señor, en Dt 4,1: "Ahora, Israel, escucha..."), y podemos convertir ese anuncio en "preceptos humanos", en doctrinas ideológicas o normas a las que nos aferramos, o incluso en motivo para juzgar a otros, mientras el corazón se ha ido alejando del Señor y su vida.
Más allá de la lectura, obvia para nuestra cultura, de que la fidelidad a Dios no está en meras prácticas externas, el evangelio de hoy puede interpelarnos, invitarnos a preguntarnos "dónde está nuestro corazón". Preguntarnos por lo que sale de nuestro interior (¡tantas veces explicamos nuestras actitudes por los contextos, por las situaciones, por los condicionamientos...!), con una actitud humilde ("andar en verdad", como decía Sta. Teresa) que también es confianza y nos acerca a la experiencia de la misericordia del Señor. Porque, si bien nuestro corazón muchas veces es ambiguo y frágil, la Palabra y la presencia del Señor "es capaz de salvarnos" (St. 1, 20).
La segunda lectura (Ef 5, 21-32), que puede extrañar en el contexto actual, pide una aclaración. Cabe tener en cuenta que la Palabra de Dios llega en palabras humanas, que recogen también la mentalidad del tiempo (el mundo judío del siglo I). Pero, sobre todo, es que Pablo no está hablando de una supuesta superioridad del hombre sobre la mujer. De manera retórica, "distribuye" unas actitudes entre mujeres ("se sometan a sus maridos") y hombres ("amen a sus mujeres"). Pero se trata de actitudes mutuas: de la misma forma que cabe esperar que las mujeres amen a sus maridos, éstos también se someten a sus mujeres. De hecho, el pasaje ha comenzado universalizando esa actitud: "someteos unos a otros con respeto cristiano" (o "en el temor de Cristo"). Y eso apunta a que ese sometimiento tiene un sentido diferente del que hoy suele connotar la palabra sumisión. Un sentido que tiene que ver con la escucha mutua, el tenerse en cuenta, el estar en comunión y decidir juntos. Con esa "autoridad" que tienen para nosotros las personas a las que queremos. Por otra parte, el texto pone la relación entre Cristo y la Iglesia como modelo de la relación conyugal, como amor comprometido, definitivo, fecundo.
En el Evangelio (anticipado, de alguna forma, por la lectura de Josué 24), el discurso del Pan de Vida que había comenzado con la multiplicación de los panes y los peces, termina con una llamada a tomar opción. Muchos comentan que el lenguaje de Jesús es duro. No sé si es porque no entendían las palabras de Jesús, que hablaban de comer su carne y beber su sangre (Jn 60, 54-56), o si es porque sí las entendían: y es que una cosa es hacerse partidarios de un líder capaz de multiplicar panes y peces, y otra, bastante más comprometida, es seguir a Cristo asimilando, "tragándose" su estilo y su propuesta de vida, "comulgando" con Él. El caso es que, cuando descubren las exigencias del seguimiento de Jesús, muchos se marchan. Y Jesús les deja ir, no intenta ganárselos rebajando estas exigencias, ni con otros argumentos. Y se vuelve a los más cercanos (y en ellos a nosotros), interpelándolos a tomar una decisión.
La respuesta, la confesión de Pedro transmite una relación personal (no dice"¿adónde iremos?", sino "¿a quién iremos?"), y una profunda experiencia: "Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Esto es clave, y da razón de todo lo demás: la palabra y la vida de Jesús son radicales, porque son raíz de vida. Y Él mismo es quien da fuerzas y ánimo para vivirlas.
Este Domingo, celebramos la fiesta de la Asunción de la Virgen María. Una fiesta en la que, una vez más, el pueblo cristiano expresa su admiración y amor a la Virgen, y que, a la vez, nos devuelve una mirada de esperanza sobre nuestra realidad y vocación como personas.
En la Asunción afirmamos que María participa plenamente, "en cuerpo y alma", de la Resurrección del Señor Jesús. Al contemplar así a María, nuestra madre y hermana, estamos hablando también del destino que Dios nos tiene reservado, del futuro definitivo que nos ofrece. Estamos llamados a la Resurrección, y a participar en ella con todo nuestro ser. A la vez, esta afirmación nos sobrepasa: intuimos apenas una plenitud de vida que desborda lo que somos capaces de pensar e imaginar.
Esta fiesta es una llamada a la esperanza. Cabe recordar que Pío XII definió como dogma esta convicción del pueblo cristiano en un momento especialmente sombrío, cinco años después de la II Guerra Mundial, y en los comienzos de la Guerra Fría).
Y de esperanza nos hablan las lecturas de hoy: de la Resurrección a la que estamos todos llamados; de las obras grandes que el Señor realiza en cada generación (Lc 1, 47-55); de la lucha contra el mal que, a pesar de su apariencia poderosa, finalmente no vencerá (y la muerte es una de las expresiones de ese mal, "el último enemigo aniquilado", 1 Cor 15, 26).
Una esperanza que, para nosotros, es fuente de alegría. También la palabra de Isabel a María vuelve hacia nosotros, como una invitación: "Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá" (Lc 1, 45). Y es impulso para caminar hacia esa vida a la que Dios nos llama, para construir ese Reinado de Dios y de su misericordia. En nuestro tiempo, marcado por el desencanto, por una especie de desesperanza muchas veces aliada con la comodidad y la reducción a lo inmediato, la Asunción nos llama a levantar la vista para recordar que nuestra vida no es una simple sucesión de momentos, sino un camino con un destino, que da sentido y orienta nuestros pasos.
La fiesta de hoy nos invita, así, a preguntarnos por cómo vivimos la esperanza, a preguntarnos por la fuente de nuestra alegría. Y hacerlo de la mano de María, acompañados por su amor.