domingo, 21 de marzo de 2021

"Si el grano de trigo..." (Jn 12, 20-33)

 


El domingo presente y el capítulo del Evangelio que leemos, nos aproximan a la Pasión del Señor, a su sentido. Jesús ha de pasar por el rechazo de su pueblo y ser elevado en la cruz. El aparente fracaso de su misión, la entrega de su vida en pura fe al Padre, es el camino por el que, misteriosamente, ha de convertirse en autor de salvación eterna (Heb 5,9) que atrae a todos a la Vida, como anticipa la escena de los griegos buscando el encuentro con Él. 

Juan nos permite atisbar las dificultades que el propio Jesús siente ante este paso. Su alma agitada (Jn 12,27) nos lo descubre como hombre verdadero, que vive la obediencia como un aprendizaje, y sufre (Heb 5,7). Es Dios que anda por caminos humanos, experimenta nuestras incertidumbres, y nos abre el camino a una salvación que no ha consistido en evitar el sufrimiento, sino en alcanzar la Vida.

La vida entregada de Jesús se hace propuesta para todos nosotros, con la imagen del grano que cae y se entrega para dar fruto. Somos invitados a "relativizar" nuestra vida, ponerla en juego (Juan transcribe al griego palabras que Jesús dijo en arameo, una lengua antigua, que usa simplemente los términos "amar" y "aborrecer", no tiene matices como "relativizar", "posponer", "preferir"...). Hemos recibido gratuitamente la vida, y la vida encuentra sentido cuando estamos dispuestos a entregarla por amor. Como la semilla, que, si se queda en sí misma, simplemente caduca. Pero da fruto cuando, sepultada en la oscuridad de la tierra, se abre para germinar. 

"Pondré mi ley en su interior" (Jer 31, 33). Dios nos ofrece una Alianza nueva y definitiva, no escrita en tablas de piedra, sino en el corazón, en la vida que se va desarrollando paso a paso. Una Alianza ("Donde esté yo, allí estará mi servidor" Jn 12, 26) que, como en la semilla, implica un camino, que se va descubriendo poco a poco, de abrirnos, transformarnos, crecer... para dar fruto. 


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viernes, 19 de marzo de 2021

José, el silencio que acoge la Palabra

 

El silencio de José, en el Evangelio, es significativo. Cada personaje de los Evangelios de la infancia nos lega una oración: el Magníficat, el Benedictus, el Nunc Dimittis, la primera parte del Ave María... La oración que nos deja José es, precisamente, el silencio.
Silencio junto a Aquél que es la Palabra.
Silencio, en el que la interioridad de José se hace transparente a la voz de Dios, en los sueños ("Yo duermo, pero mi corazón vela", dice el Cantar, 5,2).
Silencio que se hace disponibilidad para los planes de Dios, en una peregrinación de fe, que lo lleva más allá de las convenciones de su tiempo y de los límites de su patria.
Silencio que se hace acogida cálida y colaboración eficaz .
Silencio despojado de protagonismos y libre de quejas, pronto para acompañar a María, y a Jesús en su crecimiento.
Silencio interior que le permite escuchar, más allá de las incertidumbres, de las persecuciones (él también "tuvo miedo", Mt 2,22), ese "no temas" (Mt 1, 20) del ángel, que alimenta su confianza, su alegría, su fe. 

"Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan (…) Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere; y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso patriarca y tenerle devoción.
    En especial, personas de oración, siempre le habían de ser aficionadas, que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles, en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no le den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro y no errará el camino."
                                    Santa Teresa de Jesús, Vida, 6 6-8

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sábado, 13 de marzo de 2021

"Tanto amó Dios al mundo" (Jn 3, 14-21)


La Torah refiere una extraña historia en el éxodo de los israelitas: atacados por una plaga de serpientes, Moisés hizo un estandarte con una serpiente de bronce, para que los que eran mordidos lo miraran, y así quedaran curados (Num 28, 8-9).

Cristo, elevado en la cruz, es nuestro estandarte.  

Ante un mundo que busca a toda costa el éxito, y fracasa, nosotros seguimos a Alguien que se atrevió a fracasar por amor.

Ante un mundo fascinado por el placer y por el poder, e impotente para detener el dolor que su propia injusticia provoca, levantamos a un crucificado, a Aquél que vino para servir y dar la vida por todos.

Ante un mundo que inútilmente intenta huir de la muerte o esconderla, nosotros miramos a alguien que asumió la muerte, para darnos la Vida.

Ante un mundo que tiende a cerrarse en el egoísmo y a rechazar a Dios, queremos abrir el corazón a quien, por amor al mundo, nos ha dado lo más querido, su propio Hijo.

El amor de Dios, manifestado en la entrega de Jesús, es nuestra bandera. La única capaz de reconciliar a la humanidad dividida en bandos, para construir un mundo de hermanos.

Es a Jesús a quien seguimos. Queremos vivir a su luz, acoger su amor, que se nos regala gratuitamente –por pura gracia estáis salvados (Ef 2, 5)-. Queremos responder con lealtad (realizar la verdad, Jn 3,21). 

Y a la vez, somos conscientes de que también hay sombras en nosotros. Estamos heridos: mordidos por la muerte, por la tristeza, por la soledad, por las miserias de nuestro mundo, porque somos de su misma barro: ambición, errores, idolatrías... Por eso miramos a Cristo, que ha cargado con todo eso, y que a través de su muerte, de su vida entregada por nosotros, abre un camino de liberación. Nos ponemos a la sombra de la cruz, a la luz del amor de Dios que se revela en ella. Con humildad, reconociendo nuestra realidad. Con confianza en su amor, que libera y renueva.

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domingo, 7 de marzo de 2021

"Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1 Co 24; Jn 2, 13-25)


Este año, la Cuaresma, en las primeras lecturas, nos trae la historia de la relación de Dios con su pueblo, a través de las distintas alianzas: la que hace con Noé, que abarca a la humanidad (Gn 9, 8-15), la que hace con Abraham (Gn 22), la que hace con el pueblo de Israel, en el Sinaí (que incluye el Decálogo que hoy escuchamos), a la que el pueblo será infiel, y los anuncios de una nueva Alianza. Dios se va revelando, y va estableciendo unos vínculos, que se van haciendo más profundos en una historia en la que, por una parte, aparece la debilidad de la respuesta humana, y por otra, la misericordia de Dios que no abandona, que se da con mayor generosidad cada vez. 

La Alianza definitiva llega en Jesús, donde Dios asume nuestra misma condición humana, para compartir con nosotros toda su Vida. Por eso, Jesús será el nuevo y verdadero Templo, el lugar donde nos encontramos verdaderamente con Dios, como alude el Evangelio ("El hablaba del templo de su cuerpo -de su persona-" Jn 2,21). La escena que contemplamos, en el relato de Juan, es el segundo signo que Jesús hace, después de haber ofrecido en Caná el vino nuevo y mejor (que sustituía al vino viejo y agotado de la antigua ley). 

El gesto de Jesús, en este caso, es una denuncia. Se refiere, en primer lugar, al hecho de que aquel templo destinado a ser morada de la gloria de Dios, se hubiera convertido en lugar de mercado (y el más importante centro de poder y de economía del país). Pero apunta más allá: alcanza la tendencia que tenemos, siempre, de convertir la relación con Dios en un "mercadeo" de ofrendas y favores, un "te doy  esto para que me des aquello". La Nueva Alianza que Jesús trae tiene otro sabor: el de la gratuidad, el del amor incondicional de Dios y la confianza de la persona que se abre sin reservas, para vivir desde Él.  

En el mundo que vivimos, esta propuesta, como dice Pablo (1 Cor 22-25), puede parecer una escandalosa locura, muy lejos de la religiosidad judaica (y sus signos de identidad que le aseguraban ser "Pueblo de Dios") y de la sabiduría pagana que de los que se intentan asegurar en sus propios medios (éxito, dinero, poder...). Es el riesgo de la confianza y del amor, que llevaron a Jesús a la Cruz. Pero en Él es donde encontramos, la sabiduría y fuerza verdaderas. La Vida.

El gesto de Jesús en el Templo, tan chocante, nos sigue interpelando. Nos pregunta por lo que hay en nosotros (Jn 2, 25), por nuestras actitudes profundas y vitales ante él, ante la vida. 




domingo, 28 de febrero de 2021

"Este es mi Hijo amado; ¡escuchadlo!" (Mc 9, -10)

 


Cuando leemos el "sacrificio de Isaac" en su contexto (los pueblos vecinos de Israel sí practicaban sacrificios humanos, como se ve en Lev. 18, 21, 2 Re 3, 26-27), podemos comprender que el sentido de este relato (entre otras cosas) era enseñar a Israel que Dios no quiere sacrificios humanos. A diferencia de los dioses paganos, Dios no quiere la destrucción ni el sufrimiento del ser humano. Lo que sí pide es una actitud de obediencia y confianza, para dejarse guiar. 

La carta a los Romanos (Rom 8, 31b-34) nos lleva más allá en el conocimiento del amor de Dios. Él es quien ha entregado todo por nosotros, sin reservarse ni siquiera su propio hijo. Desde ese amor total nos invita a confiar en Él y buscar su voluntad, que siempre es de vida. 

Estas dos lecturas nos ofrecen perspectiva para leer el relato de la Transfiguración, que también conviene situar en su contexto: Jesús ha anunciado a los discípulos que su camino, como Mesías, ha de pasar por el sufrimiento y la muerte (Mc 8, 31), y los discípulos no comprenden, se resisten, tienen miedo incluso de preguntar sobre ello (Mc 8, 32-33; Mc 9, 32). La Transfiguración muestra la luz interior de ese camino que se le hace oscuro a los discípulos, la gloria de Cristo (Jn 1,14: "hemos contemplado su gloria"), que brilla precisamente como amor que se entrega y da vida, y es el camino de la Resurrección. Una gloria que los discípulos aún no son capaces de comprender (Mc 9,10), y que no evade del mundo (como quisiera, en ese momento, Pedro), sino que precisamente llama a bajar a la arena de la lucha diaria. Jesús aparece como la plenitud de la Revelación de Dios, que Israel resumía en la Ley (Moisés) y los profetas (Elías). A partir de ahora, es a Jesús a quien hay que escuchar. 

La tradición cristiana ha visto en este relato de la Transfiguración una alusión a la contemplación, que no nos evade de la realidad, sino que nos hace mirar más hondo, descubrir la luz que desde dentro ilumina nuestras vidas, cuando intentamos seguir el camino del Señor, el camino de la entrega, del amor cotidiano. 

Pero porque dijimos que Dios no se sirve de otra cosa sino de amor, (...) si de algo se sirve, es de que el alma se engrandezca; y como no hay otra cosa en que más la pueda engrandecer que igualándola consigo, por eso solamente se sirve de que le ame; porque la propiedad del amor es igualar al que ama con la cosa amada.  (...). Dice, pues, la canción:

                 Mi alma se ha empleado
          y todo mi caudal en su servicio,
         ya no guardo ganado,
         ni ya tengo otro oficio
        que ya sólo en amar es mi ejercicio.

       


(San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual,  28,1)

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domingo, 21 de febrero de 2021

"El Espíritu empujó a Jesús al desierto" (Mc 1, 12-15)

 


El primer Domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús en el desierto,  ese lugar que también tuvo que atravesar Israel para dejar atrás la esclavitud y convertirse en Pueblo de Dios. Allí lo ha llevado el Espíritu Santo, para enfrentar sus tentaciones. Marcos no detalla su contenido, aunque podremos irlas descubriendo a lo largo del Evangelio. Nos presenta a Jesús entre fieras y ángeles, tal vez imagen de los instintos del mal y los mensajes del bien, entre los cuales Jesús se encuentra y tiene que trazar su camino. Como nosotros. 

Tras el desierto, emprende Jesús la predicación del Evangelio, marcada, en su inicio, por el arresto de Juan. Las palabras de Jesús son precisas, llenas de sentido: llaman a la conversión porque el Reino de Dios está cerca, y no hay que esperar a tiempos mejores, ni al momento en que se cumplan otras expectativas o condiciones: éste es el tiempo de Dios, de su obrar.

Somos invitados a creer en este tiempo, en este preciso momento vital en que nos encontramos. Somos llamados a la conversión, a un orientar hacia Dios nuestra vida, que también pasa por identificar y enfrentar las tentaciones de fondo de cada uno. La Cuaresma nos ofrece un desierto que no nos aleja de la realidad, sino que nos llama a verla con profundidad, para descubrir el Reino de Dios que está cerca. 


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sábado, 13 de febrero de 2021

"Quiero: queda limpio". Contagia solidaridad

 

El Evangelio que hoy escuchamos conecta con la Jornada Mundial del Enfermo, que celebramos el pasado jueves, en un contexto de crisis sanitaria mundial. Además, la experiencia que hemos tenido de aislamiento (el confinamiento del año pasado, los aislamientos de las personas contagiadas) nos puede ayudar a entender la terrible situación de los leprosos (pintada en la lectura del Levítico), que a su enfermedad unía un terrible aislamiento, de por vida, para evitar contagios. 

Jesús se acerca a ese hombre herido y rechazado por la sociedad, y rompe su aislamiento para alcanzarlo, para sanarlo y reinsertarlo en la sociedad. Cuando Jesús lo toca, no sucede el temido contagio de la lepra. Al revés, es Jesús quien contagia vida y salud al enfermo. 

El Evangelio, hoy, nos invita a tender puentes, buscar caminos, para que las medidas de seguridad e higiene que ahora son necesarias, no generen situaciones de aislamiento humano que mina a las personas. 

Nos invita también a ponernos ante Jesús como aquel hombre: dejarnos tocar por Él, que puede sanar lo que en nosotros precisa ser sanado. 

Nos llama a ser capaces de contagiar solidaridad. La Campaña contra el Hambre de Manos Unidas nos ofrece otra lectura de este Evangelio, recordándonos las situaciones de pobreza y miseria que vive gran parte de la humanidad. El sufrimiento que nos ha causado esta pandemia puede encerrarnos en nosotros mismos y empobrecernos como personas. O puede, por el contrario, ayudarnos a acercarnos al sufrimiento de miles de millones de personas, azotadas por enfermedades endémicas (como la malaria, que en 2018 afectó a 228 millones de personas y mató a más de 400.000) y por condiciones insalubres provocadas por la pobreza (como las diarreas provocadas por consumir agua no potable, que matan más de 4 millones de personas al año). 

Dejarnos tocar por el Señor. Contagiar solidaridad: dos dimensiones de un mismo movimiento de vida, al que somos invitados. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

  El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en ...