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domingo, 22 de febrero de 2026

Conducido por el Espíritu al desierto (Mt 4, 1-11)

 


Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua. Como a Israel, este camino nos lleva, en este primer domingo, al desierto. Nos invita al encuentro con nosotros mismos, “en una soledad sin caminos”, sin carriles prefijados. Para que tracemos nuestro rumbo, para que busquemos orientación. Como hizo también Jesús, al comienzo de su misión.

Jesús enfrenta en el desierto sus tentaciones. Son las  que irán apareciendo a lo largo de su vida y su misión. Y tienen relación con las tentaciones originarias del ser humano, presentadas en el relato del Génesis, con un lenguaje oriental, que ofrece símbolos y alusiones como pistas para reflexionar: la seducción del mal que sutilmente embauca, y lleva a la desnudez, a la indignidad; el deterioro de la relación con Dios (la ingratitud y la desconfianza, y por fin, el esconderse de Él)… Y aquél: “Seréis como Dios”, engañoso, porque, en realidad, apenas sabemos cómo es Dios (Jn 1, 18 “a Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo Unigénito es quien nos lo ha dado a conocer”), y con frecuencia nos lo imaginamos proyectando en él nuestros deseos o miedos.

Las tentaciones de Jesús tienen que ver, precisamente, con cuál es el camino de Dios en el mundo. Así, aparecen, como trampas, el poder (que lleva a postrarse ante Satanás: ahí se pueden resumir tantas historias de violencia, de opresión, de muerte...); la posibilidad de manejar las fuerzas del mundo para conseguir lo que se quiera; y la pretensión de caminar sin tropiezos, de ser un Mesías de éxitos, que no conozca el fracaso. De fondo, se puede adivinar el deseo (tan frecuente, tan humano) de eludir nuestras limitaciones humanas, el sueño de un "atajo divino" que nos ahorre todo eso.

Y las respuestas de Jesús revelan la lucidez y fidelidad al Padre ("Al Señor tu Dios adorarás, a Él solo darás culto") con que el Hijo de Dios ha asumido su misión. Su disponibilidad para buscar la voluntad del Padre ("no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Y en otro lugar: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre” (Jn 4, 34). Su decisión de asumir nuestra realidad humana, que pasa por el sufrimiento y la muerte, sin "tentar a Dios", sino confiando en su amor, para que el Padre pueda trazar su camino, que es misterioso: es a la manera de Dios y con una plenitud que no entraba en nuestros cálculos. El Mesías, el Hijo de Dios, se hace Siervo y se entrega por amor, para que tengamos vida en abundancia. 

Las respuestas de Jesús son inspiradoras para nosotros, que también somos tentados (muchas veces, sin darnos cuenta). El Espíritu que guio a Jesús al desierto también nos invita a nosotros a pararnos, a encontrarnos a solas con nosotros mismos, para identificar nuestras tentaciones (las que ya conocemos y las más que se pueden camuflar de forma más sutil), para enfrentarlas con lucidez. Para encontrar el camino de Dios en nuestra vida.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


domingo, 9 de marzo de 2025

“Por el desierto, mientras era tentado…” (Lc 4, 1-13)


 

La Cuaresma recuerda los cuarenta días de Jesús en el desierto, y los cuarenta años de Israel, en ese lago camino que lo llevó de la esclavitud a la libertad, a ser Pueblo de Dios. Nos invita, también a nosotros, a buscar momentos de soledad y a ponernos en camino, para avanzar en nuestra vida cristiana. Y, como Jesús, a identificar y enfrentar nuestras tentaciones, y así poder seguirle de forma más lúcida

En este relato, Lucas reúne las tentaciones que Jesús va a ir encontrando a lo largo de su misión. Así, pone al final la tentación de ser un mesías sin tropiezos, capaz de evitar la muerte milagrosamente. La que acompañó a Jesús hasta la Cruz: “a otros salvó; que se salve a sí mismo, si él es el Hijo de Dios” (Lc 23, 35).

Lucas coloca este relato después del Bautismo, donde Jesús ha sido revelado como Hijo de Dios, sobre quien se posa su Espíritu (Lc 3, 15-22). Y después de su genealogía, que Lucas extiende hasta llegar a Adán (Lc 3, 23-38). Jesús es Hijo de Dios y asume el camino de la humanidad. El tema de fondo es: cómo es Dios, y cómo ser hombre. Seducida por el diablo, la humanidad (Adán) pretendió “ser como dioses” al margen de Dios (Gen 3,5). Pero, ¿es que “ser como Dios” consiste en un poder que se ansía e incluso se “roba”?. S. Pablo nos dirá, por el contrario, que el Hijo de Dios “se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo” (Flp 2, 6) y por ese camino de humildad y entrega nos salva y recibe “el Nombre sobre todo nombre” (Fl p 2, 8).

Jesús es conducido por el Espíritu al desierto, y allí enfrenta también las tentaciones del diablo, que intentaron corromper su camino: la tentación de buscar el provecho propio, la de arrodillarse ante el poder, la de ser un mesías espectacular y mágico. Jesús responde con lucidez, desde la fidelidad al Padre. Así, dice “no sólo de pan vive el hombre”, porque “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 3,34). Y no se inclina ante el poder como un absoluto, porque sólo “al Señor, tu Dios, adorarás”. Esa fidelidad es la clave de su autenticidad, que no tampoco se deja enredar cuando la tentación usa lenguaje religioso y cita la Escritura (que también puede ocurrir). La tercera tentación es la de manipular (“tentar”), a la vez que la de una religiosidad de soluciones mágicas y extraordinarias.

Jesús, el Hijo de Dios nos muestra el camino de la nueva humanidad. El camino que nos lleva, con autenticidad, a ser hijos de Dios. Y nos acompaña en este camino, como llevó al pueblo a la Tierra Prometida (de lo que nos habla la lectura del Deuteronomio). Pablo, en la carta a los Romanos, nos invita a confesar la fe en Jesús y a interiorizar esta Palabra de vida que “está cerca de ti”. (Rom 10, 8).



domingo, 18 de febrero de 2024

"El Espíritu empujó a Jesús al desierto" (Mc 1, 12-15)

 

El Miércoles de Ceniza comenzamos el tiempo de Cuaresma, tiempo de preparación para vivir la Pascua, para renovar en ella nuestro Bautismo, nuestro seguimiento de Jesucristo. 

En estos domingos, las primeras lecturas nos irán llevando a través de las sucesivas alianzas que Dios hace con la humanidad, hasta anunciar (en el domingo V) la alianza nueva que Dios hará en los tiempos del Mesías, entregándonos su Espíritu para que podamos vivirla en verdad. En esa historia de alianzas aparecen reiteradamente, por una parte, la inconsistencia de la humanidad y su pecado, y por otra parte la fidelidad creativa de Dios, que una y otra vez vuelve a tender su mano y abre nuevos caminos. Hoy escuchamos la alianza que sigue al diluvio, una historia que, de manera simbólica (con un lenguaje oriental de hace tres mil años o más), alude a algo muy actual: cómo el pecado (egoísmo, falta de conciencia) provoca el desequilibrio, la catástrofe (pensemos, por ejemplo, en la crisis ecológica). Pero Dios, aun en medio de ello, salva y renueva. La primera carta de Pedro recuerda este relato, también de forma simbólica, enlazándolo con el bautismo, que nos une a Cristo Resucitado, el que se entregó por nosotros para conducirnos a Dios, y nos invita a poner nuestra realidad ante Él, orando que Él, con su Espíritu, nos ayude a vivir con una conciencia nueva, limpia, renovada.

Todo ello tiene que ver con el Evangelio que hoy escuchamos. El Espíritu empuja a Jesús al desierto, donde Él va a enfrentar sus tentaciones: las que le acecharán durante toda su vida.  para desenmascararlas y para así vencerlas siempre. 

El texto, tan breve, está lleno de alusiones y simbolismo. Los 40 días de Jesús en el desierto  recogen los 40 días que estuvo Moisés en el Sinaí, cuando recibió la Ley (Ex. 3,28), y los 40 años que anduvieron los hebreos por el desierto: el camino que los llevó de la esclavitud a la libertad, a convertirse en el pueblo de Dios. Jesús rehace ese camino y nos traerá la Ley definitiva. Por otra parte, Jesús es llevado al desierto como el chivo expiatorio del que habla el Levítico (Lv 10, 10). Un momento antes, Marcos nos mostraba a Jesús, proclamado por el Padre como su Hijo amado, en el bautismo en el que se había unido a los pecadores que recibían el bautismo de Juan (Mc 1, 1-11). Jesús, el Hijo amado, se hace cargo de nuestro pecado, de nuestra historia de división y de alejamiento de Dios, de nuestras tentaciones. Va al desierto para enfrentar el mal, y vencerlo. Y lo hace, como decía Pedro (1 Pe 3, 18), para conducirnos a Dios. 

Más aún: Jesús, en medio de las fieras y servido por los ángeles, es imagen de Adán, el primer ser humano, en el Paraíso (la literatura judía habla de cómo Adán vivía entre los animales, en una armonía que se rompió por su pecado, y era servido por los ángeles). Marcos nos está hablando de un nuevo comienzo, de la restauración del plan de Dios para la humanidad. Y para cada uno de nosotros. Así también podemos entender los versos siguientes: "se ha cumplido el plazo, el Reinado de Dios está cerca".

El Evangelio nos llama a a convertirnos. La Cuaresma nos empuja también a buscar momentos de soledad, de silencio, de "desierto". Para enfrentar, también, nuestras tentaciones. Y no se trata de un "recuento de pecados" repasando los Mandamientos, sino algo más hondo (¿cuánto de nuestra agresividad es miedo, cuánto de nuestro egoísmo y soberbia es inseguridad, cuánto de nuestra lujuria es ansia de amor y de hermosura...?). Nos llama a recomenzar nuestro camino de seguimiento de Jesús. ¿Qué hay de la alegría, de la paz, de amor de Dios que se nos ha transmitido en el bautismo? ¿Qué hay de las mejores experiencias de Dios que has vivido, donde has vislumbrado algo de esa paz y alegría, donde has sentido esa fuerza y ese ánimo?  Volver sobre nuestro camino vital, desde la Buena Noticia que Jesús nos ofrece y nos invita a creer: el Dios Abbá que Él conoce y nos invita a conocer, el que conoce nuestra historia y la mira con amor. Con Jesús, que se ha hecho nuestro hermano, somos invitados a rehacer nuestro camino, el que nos ha de llevar a Vida Nueva.  

"Cuenta una historia, que un día estaba Mullah en la calle, a cuatro patas, buscando algo, cuando se le acercó un amigo y le preguntó: – Mullah, ¿qué buscas? Y él le respondió: – Perdí mi llave. – Oh, Te ayudaré a encontrarla. Se arrodilló y luego preguntó: – ¿Dónde la perdiste? – En mi casa. – Entonces, ¿por qué la buscas aquí afuera? – Porque aquí hay más luz. 

Aunque parezca cómico, a veces nos pasa algo parecido... Nos cuesta más buscar dentro, y entrar en nuestros rincones oscuros... Pero podemos hacerlo, porque donde vayamos, nos acompaña la mirada del Maestro, que nos da luz"

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

sábado, 5 de marzo de 2022

"El Espíritu lo fue llevando por el desierto" (Lc 4, 1-13)


 El primer domingo de Cuaresma nos trae el relato de las tentaciones. Antes de comenzar su misión pública, el Espíritu Santo conduce a Jesús al desierto (el mismo desierto que atravesaron los hebreos para salir de la esclavitud y convertirse en Pueblo de Dios). Allí, Jesús enfrenta las tentaciones que le acompañarán durante toda su vida. Tentaciones que se refieren a su forma de ser Mesías; y, a la vez, tentaciones que nos alcanzan a nosotros.

- En primer lugar, la tentación de dedicarse a saciar los apetitos, que va unida a la tentación de usar su poder en su propio beneficio. Jesús, que un día multiplicará el pan para atender a una multitud hambrienta, ahora mantiene su ayuno y renuncia a convertir la piedra en pan, porque "no sólo de pan vive el hombre". Es preciso ir más allá de lo cómodo y de lo que apetece, es preciso descubrir la necesidad de Dios, y cultivar la interioridad. Y la verdadera interioridad no es mera búsqueda de bienestar (aunque sea bienestar interior), sino capacidad de amar, y por tanto, de posponer los propios intereses. 

- A continuación, la ambición del poder, que aparece en toda su crudeza, como un arrodillarse ante el diablo, que pretende ser dueño y administrador de reinos y glorias. La respuesta de Jesús nos invita a adorar a Dios: hacer silencio ante su misterio de amor, dejarnos alcanzar por Él, nos puede liberar de la tentación de dejarnos someter por otros poderes. Nos transmite la libertad de hijos de Dios, que tiene que ver con descubrir el verdadero poder que tiene la capacidad de amar, y de servir. Solo el amor da vida. 

- El lenguaje insidioso, manipulador, de las tentaciones ("Si eres Hijo de Dios...") se hace más sofisticado en la tercera tentación, que toma apariencia religiosa, e incluso usa (manipula) la Escritura. Es la tendencia a "tentar a Dios", la manipulación sutil (incluso inconsciente) de traer a Dios a donde nosotros queremos, convertirlo en garante de nuestras pretensiones y planes. La tentación de una religión que ahorre sufrimientos y dificultades y asegure el éxito. La escueta respuesta de Jesús, en este caso, resume el camino de toda una vida buscando la voluntad del Padre, cultivando en la oración la capacidad de escucha para descubrir cómo el Padre abría caminos a través de la realidad que le iba llegando a diario, e incluso, a través de la cruz, para llegar a la Resurrección, la Vida Nueva.

En las otras dos lecturas, encontramos la confesión de fe con la que los israelitas recordaban cómo Dios los había liberado, y la invitación de Pablo a confesar la fe, hacerla nuestra. Las prácticas tradicionales de la Cuaresma: el ayuno, la oración y la solidaridad (así podemos actualizar lo que antes se llamaba limosna), aludidas también en las actitudes con que Jesús responde a sus tentaciones, nos ayudan a profundizar en ese camino de fe. Desde la fe y la confianza en Dios, se nos invita a entrar en la Cuaresma como un tiempo de "desierto", una oportunidad para encontrar un momento de soledad, de encuentro con nosotros mismos. Para preguntarnos por nuestras propias tentaciones, por las tendencias que pueden desviar nuestra vida y alejarnos de Dios, y enfrentarlas. Para hacer más auténtica nuestra fe, nuestro acercamiento a Cristo. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


domingo, 21 de febrero de 2021

"El Espíritu empujó a Jesús al desierto" (Mc 1, 12-15)

 


El primer Domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús en el desierto,  ese lugar que también tuvo que atravesar Israel para dejar atrás la esclavitud y convertirse en Pueblo de Dios. Allí lo ha llevado el Espíritu Santo, para enfrentar sus tentaciones. Marcos no detalla su contenido, aunque podremos irlas descubriendo a lo largo del Evangelio. Nos presenta a Jesús entre fieras y ángeles, tal vez imagen de los instintos del mal y los mensajes del bien, entre los cuales Jesús se encuentra y tiene que trazar su camino. Como nosotros. 

Tras el desierto, emprende Jesús la predicación del Evangelio, marcada, en su inicio, por el arresto de Juan. Las palabras de Jesús son precisas, llenas de sentido: llaman a la conversión porque el Reino de Dios está cerca, y no hay que esperar a tiempos mejores, ni al momento en que se cumplan otras expectativas o condiciones: éste es el tiempo de Dios, de su obrar.

Somos invitados a creer en este tiempo, en este preciso momento vital en que nos encontramos. Somos llamados a la conversión, a un orientar hacia Dios nuestra vida, que también pasa por identificar y enfrentar las tentaciones de fondo de cada uno. La Cuaresma nos ofrece un desierto que no nos aleja de la realidad, sino que nos llama a verla con profundidad, para descubrir el Reino de Dios que está cerca. 


Lecturas de hoy (www.ciudadredonda.org)

  El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en ...