"Madre de Dios y Madre nuestra, Madre de Cristo el Señor, el Salvador, Madre de la Iglesia, enséñanos a Jesús, muéstranos a Jesús, danos a gustar por dentro a Jesús. Que seamos dóciles a su Palabra y que mediante esta Palabra seamos fieles a la voluntad del Padre.
María: enséñanos a descubrir a Jesús en la noche y en la mañana, en la cruz y en la alegría, en la vida y en la muerte. Madre: muéstranos a Jesús todos los días, para que al final de nuestro camino nos muestres clara y definitivamente a Jesús, el fruto bendito de tu vientre. Amén
Jesús se ofrece como Pan de Vida, y nos invita a alimentarnos de Él. Hacerlo implica aceptar que Jesús es quien nos revela quién es y cómo es Dios, y quien nos transmite verdaderamente la Vida.
El Evangelio deja ver que esto tiene sus dificultades, como les ocurrió a los que lo escuchaban aquel día. Esperaban un enviado de Dios que apareciera de manera extraordinaria y deslumbrante. Les resulta difícil reconocer a Dios en Jesús, que ha crecido en una familia humilde.
Y Jesús, precisamente invita “convertir” nuestra forma de pensar: en lugar de esperar un Dios de hechos sobrehumanos, pero a la medida de nuestras expectativas, nos invita a aprender. Son nuestras expectativas e ideas las que han de abrirsea lo que Él enseña y ofrece, a su forma de hacer las cosas, porque es Él quien ha visto al Padre. Y su carne, su realidad histórica y concreta, es el alimento que nos da la vida definitiva. Toda la vida de Dios pasa por las formas humildes y humanas (y humanizadoras) de Jesús. Por su forma de descubrir y gozar cuanto tiene de hermoso y bueno la existencia, y su manera de compartirlo. Por su forma de asumir el dolor, las dificultades, las contradicciones que encuentra la vida humana, y por su forma de abrir camino para superarlas…. Jesús, el que pasó por la muerte, es quien nos ofrece vida eterna. Vida que va más allá de la muerte, porque es la vida de Dios. Y a la vez, fuerza y amor que nos hacen capaces de vivir esta vida de otra manera, participando de la libertad y la paz de Jesús, de su capacidad de pasar haciendo el bien...
Celebramos la Eucaristía para esto: para alimentarnos de Jesús, de su Palabra y del encuentro personal y vivo con Él; para recibirlo y comulgar con Él, con sus actitudes, sus sentimientos, su Vida, su Espíritu.
San Pablo nos recuerda que esto implica un estilo de vida: “Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo…”
Y la historia de Elías, en la primera lectura, nos anuncia también algo que muchos han experimentado en la Eucaristía. Si el camino de la vida, a veces, es muy largo (superior a tus fuerzas, decía otra traducción) y podemos experimentar el cansancio y el desánimo, en este encuentro con Cristo, Pan de Vida, encontramos el alimento que nos fortalece para seguir, y nos guía al encuentro con Dios.
Hoy, vemos en el Evangelio una tensión entre la gente que
busca a Jesús, que intuye la Vida que Él ofrece, pero intenta “domesticarlo”,
traerlo a su modo de vivir y sus intereses, y Jesús que quiere revelar y
entregar Vida, pero en Verdad.
Así, aunque Jesús ha frustrado sus esperanzas de tener un
rey, siguen buscándolo.
Y entablan un diálogo difícil. Las preguntas de la gente “se van por las ramas”, por cuestiones
colaterales: la curiosidad por cómo llegó al lugar sin tener barca, las obras
que hay que hacer, los mediadores y las mediaciones (como Moisés, y el maná). Y
Jesús, en cada respuesta, intenta centrarlos en lo fundamental:
- Llama a buscar y esforzarse, sobre todo, “por el alimento que permanece para la vida
eterna”.
- Ante la pregunta por las obras (cumplimientos, actividades…)
Jesús remite a lo que es previo, a la raíz: creer en Él, aceptarlo como fuente
de Vida y Verdad, acoger su propuesta de vida.
- Como Jesús afirma estar marcado con el sello del Padre,
ellos preguntan por la señal de ese sello, y recuerdan a Moisés, que les
transmitió el maná y la Ley. De fondo está, precisamente, el deseo de quedarse
en esa Ley, en cumplimientos externos (por eso Juan anota que han vuelto a
cruzar a la orilla judía, a Cafarnaúm, y luego situará la discusión en la
sinagoga). Y Jesús señala la verdadera fuente, más allá de Moisés, del maná y la
Ley: es Dios quien envió a Moisés y quien ofrece el pan que verdaderamente baja del cielo y da la vida al mundo. Y ese
pan es el propio Jesús. Su palabra, sus hechos, su propia persona, se nos
ofrecen como verdadero alimento que sacia nuestros anhelos y nutre nuestra
vida.
Pablo, en la carta a los Efesios, nos llama a preguntarnos
por los criterios con los que vivimos, para no dejarnos seducir por cuestiones
insustanciales y deseos que corrompen:
- Es necesario trabajar por el alimento y las demás
necesidades cotidianas. Pero, ¿hasta qué punto nos absorben estas cuestiones –para
muchos parece que todo es poseer y gozar-, o las situamos como medio para
vivir, para compartir, para amar? ¿Hasta qué punto cultivamos el hambre y sed
de justicia y de paz, el hambre de Dios, de Vida?
- Tenemos normas y rutinas de actividades que nos ayudan (¡y
mucho!) para vivir en concreto nuestros valores. ¿Intentamos también ir a la
raíz, al encuentro con Dios?
Pablo nos invita a renovarnos en la mente y el espíritu,
para alcanzar la vida que Dios nos está ofreciendo, que él quiere crear en
nosotros. Con el Evangelio, hoy podemos orar:“Señor, danos siempre de este pan”.
A aquella multitud que buscaba “como ovejas sin pastor” (Mc 6, 34) Jesús les enseña “muchas cosas”, y además se preocupa por
que coman. Hoy escuchamos el relato de la multiplicación de los panes y los
peces. La liturgia nos lo ofrece en la versión de Juan, para después seguir con el discurso de Jesús sobre el Pan de Vida, en ese mismo evangelio.
En la narración, Juan subraya matices que recuerdan el Éxodo, cuando Dios salvó a los hebreos de la esclavitud, los convirtió en Pueblo de
Dios, y los alimentó. En todo lo que se está contando, “estaba cerca la Pascua”.
Jesús se hace cargo de la necesidad de la gente, y la plantea
a los discípulos, para buscar solución. Resolverlo a base de dinero parece
inviable. Y entonces aparece ese muchacho con cinco panes de cebada (el pan de
los humildes) y dos peces. La pobreza de esta respuesta es evidente: “¿qué es esto para tantos?” Sin embargo,
Jesús invita a emprenderla con confianza (“decid
a la gente que se siente en el suelo”), y esa comida se convierte en un signo
de Dios. Un signo de sobreabundancia, que brota desde ese poco que alguien tenía,
y que ha puesto en manos de Jesús, que ha pasado por la acción de gracias y se ha
repartido.
Pero hay riesgo de no comprender el signo. El joven puso
lo que tenía a disposición de Jesús, sin buscar siquiera reconocimiento (no
conocemos su nombre). Sin embargo, la gente, fascinada por lo extraordinario,
quiere utilizar a Jesús para sus propios proyectos: tener un rey, volver a ser
una nación fuerte, tal vez resolver su subsistencia… Ante eso, Jesús se retira
a la montaña solo. Igual que hizo Moisés, cuando el pueblo fabricó un becerro
de oro. Y es que, cuando intentamos utilizar a Dios como “recurso mágico” al servicio de nuestros proyectos, en lugar de hacernos
nosotros discípulos, convertimos a Dios en un ídolo, degradamos la fe.
Ante este relato evangélico, no podemos olvidar el hambre en
el mundo (lo sufren cerca de 739 millones). “¿Con
qué compraremos panes para que coman estos?”. No bastan cálculos económicos
para dar una solución. Es necesario renovar la economía y las relaciones humanas
desde la actitud de aquel joven: compartir. Y esto, a todos los niveles,
empezando por los que tenemos a mano.
El Evangelio nos está hablando también de la Eucaristía, y
nos propone cómo entrar en ella: la
confianza de sentarnos con Jesús, el dar gracias, el poner a su disposición lo
que somos y tenemos, el hacerse cargo de las necesidades de los otros... También
la capacidad de recoger lo que se nos ofrece. Y, por otra parte, de hacernos
cargo de aquellos que parecen sobrar en nuestro mundo: “que nada se pierda”. Junto a ello, las actitudes que propone Pablo,
en la carta a los Efesios (humildad, amabilidad, comprensión)… la búsqueda de comunión.
Cada domingo nos recuerda que somos convocados, y tenemos una vocación, un
proyecto de plenitud, que vivir.
"Como si yo pudiera algo o fuera algo,
lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal... determiné hacer eso
poquito que era en mí... confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de
ayudar a quien por él se determina".
“La ética termina
donde empiezan los nervios”. Así reza un titular de una escritora de éxito,
que leí ayer. Me sorprende esta falta de conciencia y de memoria: hace sólo
cuatro años, miles de sanitarios luchaban, en una situación límite que se
prolongó durante meses, por salvar millones de vidas. La frase me parece un
ejemplo (entre muchos) de la desorientación y falta de principios de nuestro
tiempo. Puede hacernos pensar también en la falta de rumbo y sentido de quienes
“pastorean” hoy la cultura (medios de
comunicación, intelectuales…: “vosotros
dispersasteis mis ovejas y las dejasteis ir sin preocuparos de ellas”, dice
la lectura de Jeremías, 23, 1-6).
Este domingo, el evangelio habla de una multitud que “andaban como ovejas que no tienen pastor”.
Describe también la realidad de hoy, con tantas personas extenuadas, corriendo de
aquí para allá sin encontrar lo que buscan, abatidas por la falta de esperanza
y de sentido, desorientadas.
Ante ellos, vemos a Jesús y sus discípulos. Se mueven entre el
anhelo de un lugar tranquilo para estar a solas con el Maestro, y la atención a
esa multitud que tiene hambre de Verdad y de Vida. Marcos nos propone buscar el
equilibrio entre esas dos dimensiones: el discípulo ha de ser apóstol, no puede
desentenderse de la gente; y por otra parte, él también tiene mucho que
aprender, y necesita encontrar tiempo para alimentarse, para “estar muchas veces a solas, con quien
sabemos nos ama” (como describía Teresa de Jesús la oración).
Llama la atención, una vez más, la actitud de Jesús. Quería retirarse
a un lugar tranquilo, pero su plan se frustra, porque ese lugar desierto se ha
llenado de gente que lo requiere. Y, en lugar de impacientarse, Jesús se pone a
enseñar a la gente “muchas cosas”. La
expresión de Marcos también significa “con
calma”. Jesús lleva dentro esa calma, que se hace capacidad para ver a la multitud y reconocer lo que están
viviendo las personas. Esa paz no es un “blindaje” ni un abstraerse de los
problemas de la gente: Marcos nos dice que a Jesús “se le conmueven las entrañas” (ese es el sentido del verbo “compadecerse”). Es una Paz unida a la
Misericordia. Con ella, Jesús va a enseñar a la gente. Y también va a responder
a sus necesidades, dándoles de comer, como veremos en el pasaje que sigue. Esa
Paz y Misericordia de Jesús se nos propone como referencia.
El salmo nos ayuda a enfocar todo esto, al invitarnos a reconocer
a Jesús al Buen Pastor. Él es nuestra referencia: nos conduce por el sendero de
vida, nos acompaña con su bondad y su misericordia. Él nos alimenta, repara
nuestras fuerzas, es nuestro descanso. “Él
es nuestra paz”, nos dice San Pablo (Efesios, 2, 14); y ahonda en uno de
los sentidos de esa paz: la reconciliación, que es trabajo por la paz y la
unión entre los pueblos; es conversión, apertura al amor de Dios; y es también
camino personal de sanación de las heridas y contradicciones que nos tensan por
dentro.
A pesar del rechazo que ha encontrado en su propio pueblo
(como escuchábamos el domingo pasado), Jesús sigue anunciando el Evangelio y
además, involucra en su misión a los Doce. Y ello, a pesar de que todavía
tienen mucho que aprender. Es que, para ser discípulos, para descubrir lo que
significa el Reinado de Dios que Jesús anuncia, esos discípulos (y nosotros)
han de hacer la experiencia de predicar la conversión, de luchar contra el mal
y de hacer el bien, sanar a otros. El Evangelio nos recuerda, hoy, que la
Iglesia no existe para sí misma. No
podemos vivir la fe como “consumidores”.
Se nos ha dado este don para que lo transmitamos a otros.
Marcos alude apenas al contenido de aquella predicación, y
subraya, sobre todo, actitudes. Por un lado, cuenta lo que hacen los
discípulos, en consonancia con Jesús: curar, llamar a la conversión (otra
actitud: la de volverse hacia Dios), vencer al mal (“echar demonios”. Jesús les ha dado, precisamente, autoridad para eso).
Y, señala las instrucciones de Jesús:
- Los envía “de dos en dos”. Esto subraya la
importancia del testimonio (que se confirmaba por la declaración de dos
testigos). Y de la comunidad. Transmitimos una fe que cultivamos en comunidad y
que no es teoría, sino testimonio de vida.
- Y los envía preparados para un camino largo (con bastón y
sandalias), pero sin provisiones, reservas ni protección: han de ir confiados
en la Providencia y en la hospitalidad de las gentes, a la que tendrán que
acogerse, sin discriminaciones. La autoridad para vencer el mal, aquí, va
acompañada por la sencillez para recibir, como pobres, lo que necesiten. Cabe
apuntar que en aquel tiempo, había también predicadores itinerantes de algunos
grupos judíos, que llevaban su propia comida para no exponerse a comer algo que
no cumpliera los preceptos de pureza legal, o a ser acogidos por pecadores.
En los primeros tiempos del cristianismo, hubo predicadores
itinerantes. En nuestros días, y frente a la tentación de instalarnos,
necesitamos mantener cierta actitud de itinerancia, de relativizar muchas cosas
para recordar que Dios es lo primero. De recordar que somos llamados para ser
enviados. ¿Cómo puedo vivir ese envío en mi realidad concreta?
Tras hacer milagros y señales y predicar a multitudes en
varios lugares, Jesús va a Nazaret, y no encuentra allí acogida. Este hecho impresionó
a los discípulos, y al propio Jesús. Lo cuentan también Mateo y Lucas, y Juan
lo resume, al principio de su Evangelio: “Vino
a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11-12. Y añade: “pero a los que lo recibieron les dio poder
de hacerse hijos de Dios”). Los detalles con que lo narra Marcos, y las
lecturas con que lo acompaña hoy la Liturgia, nos ofrecen algunas claves:
- La obstinación y la cerrazón. Las dificultades del profeta
Ezequiel ante Israel, un pueblo “de
corazón obstinado” anuncian las de Jesús, y denuncian una tendencia de la
humanidad: la de cerrarnos en nuestra mentalidad, nuestra ideología y esquemas.
Los paisanos de Jesús se escandalizaron ante su mensaje: “¿De dónde saca todo eso?”. Hoy, esta tendencia hace crecer en todo
el mundo una peligrosa polarización: sólo oír a los de nuestro círculo. El
Evangelio nos invita a esforzarnos por mantener abierto el corazón. Ante los
otros, y ante Dios.
- La desconfianza. ¿Cuántas veces hemos oído (o dicho) la frase
“te conozco demasiado bien” en contexto
de reproches? A veces etiquetamos a las personas y no esperamos de ellas nada
nuevo. Los paisanos de Jesús creían saberlo todo sobre Él, su familia y
orígenes. Su falta de fe y de apertura les impidió encontrarse de verdad con Él,
conocer la Vida que les ofrecía: “No pudo
hacer allí ningún milagro. Y se admiraba de su falta de fe.”
- La autosuficiencia y el desprecio. Los de Nazaret se
refieren a Jesús con matices peyorativos (como lo era, en aquella cultura,
omitir al padre). Cuando leemos esta escena desde el salmo, podemos descubrir
que en la desconfianza y obstinación hay una autosuficiencia que desprecia al
otro. Israel tuvo, además, la tentación de despreciar a los demás pueblos. La
predicación de Jesús chocó, repetidas veces, con las pretensiones de supremacía
y poder judías. En contraste con esa arrogancia y desdén, el salmista se vuelve
hacia la misericordia de Dios. Y de ella también habla Pablo, desde una
experiencia dolorosa, en la que aprendió algo: evitar la autosuficiencia, dejar
de soñar con la perfección que él pretendía, para acoger la gracia de Dios que actuaba,
con fuerza, en medio de sus dificultades y su fragilidad.
La sabiduría que Jesús ofrece tiene que ver con eso: con la
vida que Dios regala gratuitamente, que nos acompaña en medio de nuestras
debilidades. La gracia de Dios que nos ayuda a realizar nuestra vida: tal vez
no por el camino que pensábamos, pero por un camino de fecundidad y de amor.