jueves, 15 de agosto de 2024

"Bienaventurada la que ha creído, porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá" (Lc 1, 39-56)

 

Madre, Muéstranos a Jesús

             "Madre de Dios y Madre nuestra,
Madre de Cristo el Señor,
el Salvador, Madre de la Iglesia,
enséñanos a Jesús, muéstranos a Jesús,
danos a gustar por dentro a Jesús.
Que seamos dóciles a su Palabra
y que mediante esta Palabra seamos fieles
a la voluntad del Padre.

 María: enséñanos a descubrir a Jesús en la noche
y en la mañana, en la cruz y en la alegría,
en la vida y en la muerte.
Madre: muéstranos a Jesús todos los días,
para que al final de nuestro camino
nos muestres clara y definitivamente
a Jesús, el fruto bendito de tu vientre. Amén


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


domingo, 11 de agosto de 2024

"Yo soy el Pan de la Vida" (Jn 6, 41-51)

 

Jesús se ofrece como Pan de Vida, y nos invita a alimentarnos de Él. Hacerlo implica aceptar que Jesús es quien nos revela quién es y cómo es Dios, y quien nos transmite verdaderamente la Vida.

El Evangelio deja ver que esto tiene sus dificultades, como les ocurrió a los que lo escuchaban aquel día. Esperaban un enviado de Dios que apareciera de manera extraordinaria y deslumbrante. Les resulta difícil reconocer a Dios en Jesús, que ha crecido en una familia humilde.

Y Jesús, precisamente invita “convertir” nuestra forma de pensar: en lugar de esperar un Dios de hechos sobrehumanos, pero a la medida de nuestras expectativas, nos invita a aprender. Son nuestras expectativas e ideas las que han de abrirse a lo que Él enseña y ofrece, a su forma de hacer las cosas, porque es Él quien ha visto al Padre.  Y su carne, su realidad histórica y concreta, es el alimento que nos da la vida definitiva. Toda la vida de Dios pasa por las formas humildes y humanas (y humanizadoras) de Jesús. Por su forma de descubrir y gozar cuanto tiene de hermoso y bueno la existencia, y su manera de compartirlo. Por su forma de asumir el dolor, las dificultades, las contradicciones que encuentra la vida humana, y por su forma de abrir camino para superarlas…. Jesús, el que pasó por la muerte, es quien nos ofrece vida eterna. Vida que va más allá de la muerte, porque es la vida de Dios. Y a la vez, fuerza y amor que nos hacen capaces de vivir esta vida de otra manera, participando de la libertad y la paz de Jesús, de su capacidad de pasar haciendo el bien...  

Celebramos la Eucaristía para esto: para alimentarnos de Jesús, de su Palabra y del encuentro personal y vivo con Él; para recibirlo y comulgar con Él, con sus actitudes, sus sentimientos, su Vida, su Espíritu.

San Pablo nos recuerda que esto implica un estilo de vida: “Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo…”

Y la historia de Elías, en la primera lectura, nos anuncia también algo que muchos han experimentado en la Eucaristía. Si el camino de la vida, a veces, es muy largo (superior a tus fuerzas, decía otra traducción) y podemos experimentar el cansancio y el desánimo, en este encuentro con Cristo, Pan de Vida, encontramos el alimento que nos fortalece para seguir, y nos guía al encuentro con Dios.  



Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 4 de agosto de 2024

"Señor, danos siempre de este pan" (Jn 6, 24-35)

 

Hoy, vemos en el Evangelio una tensión entre la gente que busca a Jesús, que intuye la Vida que Él ofrece, pero intenta “domesticarlo”, traerlo a su modo de vivir y sus intereses, y Jesús que quiere revelar y entregar Vida, pero en Verdad.

Así, aunque Jesús ha frustrado sus esperanzas de tener un rey, siguen buscándolo.

Y entablan un diálogo difícil. Las preguntas de la gente “se van por las ramas”, por cuestiones colaterales: la curiosidad por cómo llegó al lugar sin tener barca, las obras que hay que hacer, los mediadores y las mediaciones (como Moisés, y el maná). Y Jesús, en cada respuesta, intenta centrarlos en lo fundamental:

- Llama a buscar y esforzarse, sobre todo, “por el alimento que permanece para la vida eterna”.

- Ante la pregunta por las obras (cumplimientos, actividades…) Jesús remite a lo que es previo, a la raíz: creer en Él, aceptarlo como fuente de Vida y Verdad, acoger su propuesta de vida.

- Como Jesús afirma estar marcado con el sello del Padre, ellos preguntan por la señal de ese sello, y recuerdan a Moisés, que les transmitió el maná y la Ley. De fondo está, precisamente, el deseo de quedarse en esa Ley, en cumplimientos externos (por eso Juan anota que han vuelto a cruzar a la orilla judía, a Cafarnaúm, y luego situará la discusión en la sinagoga). Y Jesús señala la verdadera fuente, más allá de Moisés, del maná y la Ley: es Dios quien envió a Moisés y quien ofrece el pan que verdaderamente baja del cielo y da la vida al mundo. Y ese pan es el propio Jesús. Su palabra, sus hechos, su propia persona, se nos ofrecen como verdadero alimento que sacia nuestros anhelos y nutre nuestra vida.

Pablo, en la carta a los Efesios, nos llama a preguntarnos por los criterios con los que vivimos, para no dejarnos seducir por cuestiones insustanciales y deseos que corrompen:

- Es necesario trabajar por el alimento y las demás necesidades cotidianas. Pero, ¿hasta qué punto nos absorben estas cuestiones –para muchos parece que todo es poseer y gozar-, o las situamos como medio para vivir, para compartir, para amar? ¿Hasta qué punto cultivamos el hambre y sed de justicia y de paz, el hambre de Dios, de Vida?

- Tenemos normas y rutinas de actividades que nos ayudan (¡y mucho!) para vivir en concreto nuestros valores. ¿Intentamos también ir a la raíz, al encuentro con Dios?

Pablo nos invita a renovarnos en la mente y el espíritu, para alcanzar la vida que Dios nos está ofreciendo, que él quiere crear en nosotros. Con el Evangelio, hoy podemos orar:  Señor, danos siempre de este pan”.



domingo, 28 de julio de 2024

"Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió" (Jn 6, 1-15)

 

A aquella multitud que buscaba “como ovejas sin pastor” (Mc 6, 34) Jesús les enseña “muchas cosas”, y además se preocupa por que coman. Hoy escuchamos el relato de la multiplicación de los panes y los peces. La liturgia nos lo ofrece en la versión de Juan, para después seguir con el discurso de Jesús sobre el Pan de Vida, en ese mismo evangelio.

En la narración, Juan subraya matices que recuerdan el Éxodo, cuando Dios salvó a los hebreos de la esclavitud, los convirtió en Pueblo de Dios, y los alimentó. En todo lo que se está contando, “estaba cerca la Pascua”.

Jesús se hace cargo de la necesidad de la gente, y la plantea a los discípulos, para buscar solución. Resolverlo a base de dinero parece inviable. Y entonces aparece ese muchacho con cinco panes de cebada (el pan de los humildes) y dos peces. La pobreza de esta respuesta es evidente: “¿qué es esto para tantos?” Sin embargo, Jesús invita a emprenderla con confianza (“decid a la gente que se siente en el suelo”), y esa comida se convierte en un signo de Dios. Un signo de sobreabundancia, que brota desde ese poco que alguien tenía, y que ha puesto en manos de Jesús, que ha pasado por la acción de gracias y se ha repartido.

Pero hay riesgo de no comprender el signo. El joven puso lo que tenía a disposición de Jesús, sin buscar siquiera reconocimiento (no conocemos su nombre). Sin embargo, la gente, fascinada por lo extraordinario, quiere utilizar a Jesús para sus propios proyectos: tener un rey, volver a ser una nación fuerte, tal vez resolver su subsistencia… Ante eso, Jesús se retira a la montaña solo. Igual que hizo Moisés, cuando el pueblo fabricó un becerro de oro. Y es que, cuando intentamos utilizar a Dios como “recurso mágico” al servicio de nuestros proyectos, en lugar de hacernos nosotros discípulos, convertimos a Dios en un ídolo, degradamos la fe.

Ante este relato evangélico, no podemos olvidar el hambre en el mundo (lo sufren cerca de 739 millones). “¿Con qué compraremos panes para que coman estos?”. No bastan cálculos económicos para dar una solución. Es necesario renovar la economía y las relaciones humanas desde la actitud de aquel joven: compartir. Y esto, a todos los niveles, empezando por los que tenemos a mano.

El Evangelio nos está hablando también de la Eucaristía, y nos propone cómo entrar en ella: la confianza de sentarnos con Jesús, el dar gracias, el poner a su disposición lo que somos y tenemos, el hacerse cargo de las necesidades de los otros... También la capacidad de recoger lo que se nos ofrece. Y, por otra parte, de hacernos cargo de aquellos que parecen sobrar en nuestro mundo: “que nada se pierda”. Junto a ello, las actitudes que propone Pablo, en la carta a los Efesios (humildad, amabilidad, comprensión)… la búsqueda de comunión. Cada domingo nos recuerda que somos convocados, y tenemos una vocación, un proyecto de plenitud, que vivir.

"Como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal... determiné hacer eso poquito que era en mí... confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por él se determina".

             (Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 1,2)


domingo, 21 de julio de 2024

"Venid vosotros a solas" (Mc 6, 30-34)

 

La ética termina donde empiezan los nervios”. Así reza un titular de una escritora de éxito, que leí ayer. Me sorprende esta falta de conciencia y de memoria: hace sólo cuatro años, miles de sanitarios luchaban, en una situación límite que se prolongó durante meses, por salvar millones de vidas. La frase me parece un ejemplo (entre muchos) de la desorientación y falta de principios de nuestro tiempo. Puede hacernos pensar también en la falta de rumbo y sentido de quienes “pastorean” hoy la cultura (medios de comunicación, intelectuales…: “vosotros dispersasteis mis ovejas y las dejasteis ir sin preocuparos de ellas”, dice la lectura de Jeremías, 23, 1-6).

Este domingo, el evangelio habla de una multitud que “andaban como ovejas que no tienen pastor”. Describe también la realidad de hoy, con tantas personas extenuadas, corriendo de aquí para allá sin encontrar lo que buscan, abatidas por la falta de esperanza y de sentido, desorientadas.

Ante ellos, vemos a Jesús y sus discípulos. Se mueven entre el anhelo de un lugar tranquilo para estar a solas con el Maestro, y la atención a esa multitud que tiene hambre de Verdad y de Vida. Marcos nos propone buscar el equilibrio entre esas dos dimensiones: el discípulo ha de ser apóstol, no puede desentenderse de la gente; y por otra parte, él también tiene mucho que aprender, y necesita encontrar tiempo para alimentarse, para “estar muchas veces a solas, con quien sabemos nos ama” (como describía Teresa de Jesús la oración).

Llama la atención, una vez más, la actitud de Jesús. Quería retirarse a un lugar tranquilo, pero su plan se frustra, porque ese lugar desierto se ha llenado de gente que lo requiere. Y, en lugar de impacientarse, Jesús se pone a enseñar a la gente “muchas cosas”. La expresión de Marcos también significa “con calma”. Jesús lleva dentro esa calma, que se hace capacidad para ver a la multitud y reconocer lo que están viviendo las personas. Esa paz no es un “blindaje” ni un abstraerse de los problemas de la gente: Marcos nos dice que a Jesús “se le conmueven las entrañas” (ese es el sentido del verbo “compadecerse”). Es una Paz unida a la Misericordia. Con ella, Jesús va a enseñar a la gente. Y también va a responder a sus necesidades, dándoles de comer, como veremos en el pasaje que sigue. Esa Paz y Misericordia de Jesús se nos propone como referencia.

El salmo nos ayuda a enfocar todo esto, al invitarnos a reconocer a Jesús al Buen Pastor. Él es nuestra referencia: nos conduce por el sendero de vida, nos acompaña con su bondad y su misericordia. Él nos alimenta, repara nuestras fuerzas, es nuestro descanso. “Él es nuestra paz”, nos dice San Pablo (Efesios, 2, 14); y ahonda en uno de los sentidos de esa paz: la reconciliación, que es trabajo por la paz y la unión entre los pueblos; es conversión, apertura al amor de Dios; y es también camino personal de sanación de las heridas y contradicciones que nos tensan por dentro.   


domingo, 14 de julio de 2024

"Los fue enviando" (Mc 6, 713)

 


A pesar del rechazo que ha encontrado en su propio pueblo (como escuchábamos el domingo pasado), Jesús sigue anunciando el Evangelio y además, involucra en su misión a los Doce. Y ello, a pesar de que todavía tienen mucho que aprender. Es que, para ser discípulos, para descubrir lo que significa el Reinado de Dios que Jesús anuncia, esos discípulos (y nosotros) han de hacer la experiencia de predicar la conversión, de luchar contra el mal y de hacer el bien, sanar a otros. El Evangelio nos recuerda, hoy, que la Iglesia no existe para sí misma. No podemos vivir la fe como “consumidores”. Se nos ha dado este don para que lo transmitamos a otros.  

Marcos alude apenas al contenido de aquella predicación, y subraya, sobre todo, actitudes. Por un lado, cuenta lo que hacen los discípulos, en consonancia con Jesús: curar, llamar a la conversión (otra actitud: la de volverse hacia Dios), vencer al mal (“echar demonios”. Jesús les ha dado, precisamente, autoridad para eso). Y, señala las instrucciones de Jesús:

-  Los envía “de dos en dos”. Esto subraya la importancia del testimonio (que se confirmaba por la declaración de dos testigos). Y de la comunidad. Transmitimos una fe que cultivamos en comunidad y que no es teoría, sino testimonio de vida.

- Y los envía preparados para un camino largo (con bastón y sandalias), pero sin provisiones, reservas ni protección: han de ir confiados en la Providencia y en la hospitalidad de las gentes, a la que tendrán que acogerse, sin discriminaciones. La autoridad para vencer el mal, aquí, va acompañada por la sencillez para recibir, como pobres, lo que necesiten. Cabe apuntar que en aquel tiempo, había también predicadores itinerantes de algunos grupos judíos, que llevaban su propia comida para no exponerse a comer algo que no cumpliera los preceptos de pureza legal, o a ser acogidos por pecadores.

En los primeros tiempos del cristianismo, hubo predicadores itinerantes. En nuestros días, y frente a la tentación de instalarnos, necesitamos mantener cierta actitud de itinerancia, de relativizar muchas cosas para recordar que Dios es lo primero. De recordar que somos llamados para ser enviados. ¿Cómo puedo vivir ese envío en mi realidad concreta?



domingo, 7 de julio de 2024

"¿Qué sabiduría es esa? (Mc 6, 16)

 


Tras hacer milagros y señales y predicar a multitudes en varios lugares, Jesús va a Nazaret, y no encuentra allí acogida. Este hecho impresionó a los discípulos, y al propio Jesús. Lo cuentan también Mateo y Lucas, y Juan lo resume, al principio de su Evangelio: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11-12. Y añade: “pero a los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios”). Los detalles con que lo narra Marcos, y las lecturas con que lo acompaña hoy la Liturgia, nos ofrecen algunas claves:

- La obstinación y la cerrazón. Las dificultades del profeta Ezequiel ante Israel, un pueblo “de corazón obstinado” anuncian las de Jesús, y denuncian una tendencia de la humanidad: la de cerrarnos en nuestra mentalidad, nuestra ideología y esquemas. Los paisanos de Jesús se escandalizaron ante su mensaje: “¿De dónde saca todo eso?”. Hoy, esta tendencia hace crecer en todo el mundo una peligrosa polarización: sólo oír a los de nuestro círculo. El Evangelio nos invita a esforzarnos por mantener abierto el corazón. Ante los otros, y ante Dios.

- La desconfianza. ¿Cuántas veces hemos oído (o dicho) la frase “te conozco demasiado bien” en contexto de reproches? A veces etiquetamos a las personas y no esperamos de ellas nada nuevo. Los paisanos de Jesús creían saberlo todo sobre Él, su familia y orígenes. Su falta de fe y de apertura les impidió encontrarse de verdad con Él, conocer la Vida que les ofrecía: “No pudo hacer allí ningún milagro. Y se admiraba de su falta de fe.

- La autosuficiencia y el desprecio. Los de Nazaret se refieren a Jesús con matices peyorativos (como lo era, en aquella cultura, omitir al padre). Cuando leemos esta escena desde el salmo, podemos descubrir que en la desconfianza y obstinación hay una autosuficiencia que desprecia al otro. Israel tuvo, además, la tentación de despreciar a los demás pueblos. La predicación de Jesús chocó, repetidas veces, con las pretensiones de supremacía y poder judías. En contraste con esa arrogancia y desdén, el salmista se vuelve hacia la misericordia de Dios. Y de ella también habla Pablo, desde una experiencia dolorosa, en la que aprendió algo: evitar la autosuficiencia, dejar de soñar con la perfección que él pretendía, para acoger la gracia de Dios que actuaba, con fuerza, en medio de sus dificultades y su fragilidad.

La sabiduría que Jesús ofrece tiene que ver con eso: con la vida que Dios regala gratuitamente, que nos acompaña en medio de nuestras debilidades. La gracia de Dios que nos ayuda a realizar nuestra vida: tal vez no por el camino que pensábamos, pero por un camino de fecundidad y de amor.

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

  El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en ...