domingo, 26 de mayo de 2024

"En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 16-20)

 

Terminado el tiempo Pascual, la Liturgia nos ofrece dos fiestas –la de hoy y la del Corpus Christi- que nos invitan a volver de nuevo sobre lo que hemos celebrado en este tiempo, y tomar nueva conciencia de ello.

La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar a Dios, tal como se ha revelado en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Como al pueblo de Israel, se nos dice: “reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón” (Dt 4,39-40) estos acontecimientos en los que tiene su fundamento la comunidad cristiana. Para los cristianos, Dios no es un concepto o una “hipótesis” para expresar unas creencias o una intuición espiritual más o menos vaga. Hablamos de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque Él se ha revelado así, porque así lo experimentaron los primeros discípulos, y desde ellos, se transmite esa fe. Fe que está llamada a hacerse, en cada uno de nosotros, experiencia de encuentro con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. (Decía santa Teresa que Dios “es muy amigo de que no pongan tasa a sus obras” y “hace aun muy mayores muestras de amor”. Moradas I, 1,1).

Los discípulos confesaron a Jesucristo como Hijo de Dios (¡y eso significaba romper sus esquemas mentales!), porque experimentaron su Divinidad: primero en sus gestos y palabras a lo largo de su predicación, y después en el encuentro con Cristo Resucitado, en la forma en que transmite vida y transforma la vida, sanando, liberando, haciendo crecer, abriendo la existencia a otra dimensión... Y, cuando Jesús ya no está físicamente entre ellos, experimentan (conforme a lo que Él había anunciado en Jn 14 y 16), la presencia del Espíritu Santo, con esa misma capacidad transformadora y vivificadora. El Espíritu que, como dice S. Pablo (Rm 8 14-17) nos guía a vivir como hijos de Dios y vivir, como Jesús, la experiencia del Padre, y como él llamarle “Abbá”.

El Evangelio de hoy nos ayuda a comprender lo que significa que la Trinidad es el único Dios. En su mano está el destino último de todo, el poder. Un poder, por cierto, que no es como tendemos a imaginarlo (poder inmediato, totalitario, que se impone por la fuerza…). Tal vez, un poder paciente, como el de la vida que crece, el poder que en la cruz nos ha salvado. Y nos envía a bautizar a todos los pueblos y enseñarles a guardar el mandamiento del amor, a construir esa fraternidad de hijos de Dios que se abre a todos.

El bautismo significa, precisamente, incorporarnos a Cristo, entrar en esa dinámica, animada por el Espíritu Santo, de compartir su vida, su muerte y resurrección, su Vida Nueva, y así ser, cada vez más plenamente, hijos de Dios. El nos invita a compartir su vida.

La fiesta de hoy nos invita a la alabanza, a la adoración. A “dejar a Dios ser Dios" en nuestra vida.



Oramos hoy, de manera especial, por las monjas y monjes contemplativos, que viven aquella vocación expresada certeramente por Sta. Teresa del Niño Jesús: "en el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor" (Ms. B, 3vº)

domingo, 19 de mayo de 2024

"Él os guiará hasta la verdad plena" (Jn 15, 26-27; 16, 12-15)

 

Pentecostés es la plenitud de la Pascua. No sólo nos encontramos con Cristo Resucitado, que ha vencido a la muerte y se manifiesta con la gloria, la vida y hermosura, el poder que tiene como Hijo de Dios. Él nos hace partícipes de todo esto, al entregarnos su Espíritu. Para que vayamos experimentando en nosotros su poder vivificador.

La liturgia de esta fiesta de Pentecostés, con su Vigilia y con las dos posibilidades que ofrece para las lecturas del día (dos lecturas posibles de San Pablo, y también dos textos del Evangelio) traza todo un recorrido por la historia de la salvación, y pone de relieve cómo, frente a la presunción y la debilidad humanas, que terminan siendo causa de división (Babel), de esclavitud (Egipto) y fracaso (el destierro), Dios actúa con la fuerza de su Espíritu, liberando, ofreciendo nuevas oportunidades de vida, y abriendo caminos de unidad. El Espíritu es fuerza impetuosa, que sacude los cimientos de la comunidad y la lanza a la calle para dar testimonio audaz del Resucitado. Y a la vez es aliento sereno que toca delicadamente nuestro corazón, para sanarlo, para despertar sus facultades, para impulsar el crecimiento de cada persona, “a la medida de Cristo, en su plenitud” (Ef 4,13). Pues cada persona hemos recibido un don y tiene una capacidad singular de seguir a Cristo, de identificarnos con Él, de reproducir uno de sus rasgos y hacerlo presente, en el mundo, como fuente de vida, de paz, de alegría. Por eso es el impulsor de una creatividad sin límites, fuente inagotable de novedad y de renovación, de re-creación de nuestra realidad; y a la vez es maestro de comunión, para tejer toda esa diversidad construyendo el cuerpo de Cristo. Para vivir y anunciar la reconciliación y el amor.

Como los discípulos a los que Jesús hablaba en la Última Cena (Jn 16, 12-13), somos incapaces de abarcar toda la riqueza de vida y verdad que Dios nos ofrece. El Espíritu es quien ha de guiarnos “hasta la verdad plena”, siempre refiriéndonos a Jesús y al Padre. Somos invitados a dejarnos conducir por Él, poco a poco, en medio de la complejidad de nuestra vida.

Tras esta fiesta, volvemos al tiempo “ordinario”. Puede parecer abrupto este paso de una de fiesta tan extraordinaria al ritmo de los días "normales" del año. Esto también tiene un mensaje. En la liturgia cristiana, las fiestas no son momentos de evasión de la rutina cotidiana. Son oportunidad de un encuentro intenso con Cristo y con su poder salvador, que nos devuelve, renovados, al día a día. Somos invitados a renovar nuestra vida cotidiana con la fuerza del Espíritu que hemos recibido, a vivir cada jornada con la conciencia, cada año más profunda, de que nos acompaña Cristo resucitado, con su palabra y su presencia.

    Hacer sombra es tanto como amparar y hacer favores; porque, llegando a tocar la sombra, es señal que la persona de quien es la sombra, está cerca para favorecer. Por eso se le dijo a la Virgen (Lc 1,35) “que la virtud del Altísimo la haría sombra”, porque había de llegar tan cerca de ella el Espíritu Santo que había de venir sobre ella.
    En lo cual es de notar que cada cosa tiene y hace la sombra como tiene la propiedad y el talle. Si la cosa es condensa y opaca, hará sombra oscura y condensa,  y si es más rara y clara, hará sombra más clara, como es de ver en el madero y en el cristal, que, porque el uno es opaco, la hace oscura, y, porque el otro es claro, la hace clara. (…).
    La sombra de la vida será luz: si divina, luz divina; si humana, luz natural. Según esto, la sombra de la hermosura ¿cuál será? Será otra hermosura al talle y propiedad de aquella hermosura, y la sombra de la fortaleza será otra fortaleza al talle y condición de aquella fortaleza; y la sombra de la sabiduría será otra sabiduría; o, por mejor decir, será la misma hermosura y la misma fortaleza y la misma sabiduría en sombra, en la cual se conoce el talle y propiedad cuya es la sombra.
    Según esto, ¿cuáles serán las sombras que hará el Espíritu Santo al alma de todas las grandezas de sus virtudes y atributos…?

                 San Juan de la Cruz, Llama de Amor Viva A, 3, 12-14



Lecturas de hoy (www.curas.com.ar)

domingo, 12 de mayo de 2024

"Proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc 16, 15-20)

La fiesta de la Ascensión resalta la divinidad de Jesús, manifestada en su Resurrección. Y habla de la forma de estar Jesús ahora con nosotros, y de la forma de situarnos nosotros ante Él (más bien, “en Él”, como escuchamos los domingos anteriores) y en el mundo.

Los textos utilizan la expresión “ascender”, “ser llevado al cielo”, que no se refieren a un espacio físico, sino más bien al lugar que tiene en la historia, en el mundo, en nuestras vidas. Como dice la carta a los Efesios, Él está “por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro”. Por encima de los poderes de nuestro mundo, por encima de las cosas que a veces nos llenan de temor, y por encima de las que nos fascinan, nos ofuscan y acaparan toda nuestra atención. La oración que  hoy escuchamos: “que el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón…”, “rima” con el “levantemos el corazón” que repetimos en la Eucaristía. Frente a la tendencia de nuestro mundo a recortar nuestros anhelos  y a achantar nuestra mirada y reducirla a intereses “a ras de suelo”, Pablo pide a Dios (y nos invita a pedir) “que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros”.

Porque ese lugar de Jesús, a la derecha del Padre, no es lejano a nosotros. El ha enseñado que su gloria (la de aquél que “por nosotros se despojó de su rango, tomando la condición de siervo, …”, Flp 2, 6-11), se manifiesta en dar vida. De esa vida hablan los signos que “acompañarán a los que crean en Él”. Signos que, en su literalidad, vemos cumplidos en los Hechos de los Apóstoles (y también en la actualidad, hay testimonios de estas cosas). Y que, como signos, apuntan a otra realidad, de la que todos podemos hacer experiencia: vencer al mal y sanear situaciones, relaciones…, ampliar nuestra capacidad de comprensión y diálogo para llegar a otras sensibilidades, manejar situaciones peligrosas con buen resultado, superar situaciones tóxicas sin que nos envenenen, ser presencia sanadora… Jesús está a nuestro lado, infundiendo vida, y colaborando con nosotros. Y nos envía a colaborar con Él.

(Cabe apuntar un dato de estudio bíblico: el pasaje evangélico que hoy leemos no fue escrito por S. Marcos, sino añadido después. S. Marcos escribió el primer Evangelio como un relato conciso de Jesús, que se ciñe a su misión, muerte y resurrección, y no se detuvo a hablar ni de su nacimiento –resume su origen diciendo que es Hijo de Dios- ni de la expansión del Evangelio. Cuando los demás Evangelios comienzan a circular entre las comunidades, la Iglesia “completa” el final de este Evangelio con unas líneas, que resumen las apariciones de Jesús descritas por Lucas y Juan. Y hace esto, impulsada por el Espíritu -como autor verdadero del Evangelio-, porque comprende la importancia de incorporar esta dimensión: que Jesús nos envía).

 

 Nosotros, con los pies en la tierra y arraigados en Cristo, somos enviados a llevar su palabra y sus hechos, su persona, su amor salvador. Somos ahora sus testigos, los que lo hacemos presente, y para ello necesitamos ser guiados por la fuerza del Espíritu Santo. Y esa misión se extiende "a toda la creación", con la dimensión universal y también la ecológica que hoy podemos descubrir en estas palabras. 


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domingo, 5 de mayo de 2024

"Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor" (Juan 15, 9-17)

 

Tras hablarnos de cómo se arraiga el sarmiento en la vid, el Evangelio nos invita a permanecer así en el amor de Jesús. Un amor que es como el que une a Jesús con el Padre: ese amor que lo ha sostenido en su misión, y en la entrega de su propia vida, que se expresa en esa plenitud de vida que Jesús transmite. Jesús, el Hijo, viene a compartir con nosotros el mismo amor que Él vive.

Toma conciencia de quién eres para Dios. No eres siervo, sino amigo. Amigo con quien Jesús comparte todo y por quien da la vida. Así te llama hoy Jesús. Y te invito a orar este Evangelio hoy así: pasando de los términos genéricos a los personales, al yo-tú que Jesús usa hoy.

Para ser exactos, Jesús dice Yo-vosotros. Lo que nos descubre la importancia de la comunidad, que no reduce la importancia y peculiaridad personal de cada uno, sino que nos ofrece el camino para ese ser “yo mismo” ante Dios. El laborioso camino del amor fraterno, como nos explica Juan en su carta, es el que nos conduce al “conocimiento” de Dios. Un conocimiento que no es meramente intelectual, es experiencia viva de ese amor, de esa relación de la que está hablando Jesús.    

En nuestra forma de hablar, “vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando” podría sonar como una condición, una forma de coacción. Pero Juan nos aclara, en su carta, que “en esto consiste el amor; no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino el que él nos amó y nos envió a su Hijo”. Es Él quien ha tomado la iniciativa, nos ha elegido gratuitamente. Y Jesús ofrece incondicionalmente su amor (como el del Padre, que “hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia a justos e injustos” Mt 5, 45). Nuestro amor es respuesta agradecida. Y guardar su mandato, su enseñanza (que, como ya hemos visto es creer en Él y amar, 1 Jn 3, 23) es la forma de abrir nuestro corazón y nuestra vida a su amor, de arraigarnos en ese amor. De la misma manera que Jesús vive su unión con el Padre como comunión con su corazón, que le lleva a hacer su voluntad. (No sólo cumplir. Guardar, como “María guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” Lc 2, 19.51).

De manera parecida “lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé” no es la expresión de un favoritismo (un “enchufe” para conseguir cualquier cosa), sino que tiene que ver con esa comunión que nos lleva a mirar el mundo con los ojos de Dios y así “saber pedir lo que nos conviene” (Romanos 8, 26), vivir en esa comunión de nuestra voluntad con la suya, en la que Él se inclina hacia nosotros, para escucharnos y responder con generosidad a los deseos auténticos de nuestro corazón.

Como discípulos, estamos en ese camino de “prender” en su amor, descubrir la plenitud que nos ofrece. “Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud”.

 “Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero. Y veo yo claro ‑y he visto después‑ que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad Sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita (Mt 3,17). Muchas veces lo he visto por experiencia; me lo ha dicho el Señor. He visto que por esta puerta hemos de entrar si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos.
 Así que vuestra merced, señor, no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación. Por aquí va seguro. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes; El lo enseñará. Mirando su vida, es el mejor modelo. ¿Qué más queremos de un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere junto a sí”.

Teresa de Jesús, Vida, 22, 6-7


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domingo, 28 de abril de 2024

"Yo soy la vid, vosotros los sarmientos" (Jn 15, 1-18)

 

Hoy escuchamos una de las palabras de Jesús en la Última Cena. En ese momento de intimidad de Jesús con los discípulos, lleno de intensidad (“sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre…” Jn 13,1) Juan nos transmite un conjunto de enseñanzas sobre Jesús y sus discípulos. La primera de ellas ha sido el gesto de lavar los pies de los discípulos.

 Jesús habla hoy con otra imagen familiar en aquel mundo agrícola, la de la vid, que ya había utilizado en varias parábolas (el dueño de la vid que va contratando obreros a lo largo del día, los viñadores homicidas, el padre que envía a sus hijos a trabajar…). También los profetas han usado esta imagen. Isaías (5 , 1-7) narra con ella, la historia de Dios que “planta” a su pueblo y lo cuida, pero no encuentra el fruto de esperaba: “la viña del Señor es la casa de Israel, y los hombres de Judá su plantel preferido. Esperaba de ellos justicia, y ahí tenéis: violencia…”

 Con Jesús, Dios vuelve a reescribir la historia. Ahora, la viña se convierte en una sola vid, y es unidos a esa vid verdadera como damos frutos.  

 (Cabe aquí apuntar un dato que aquellas gentes del campo conocían: un sarmiento, desgajado de la vid, sí tiene una posibilidad de dar fruto: si se planta en tierra, echa raíces y se convierte en una nueva vid. Pero sería otra vid. Si volvemos con atención sobre el Evangelio del domingo pasado encontraremos otro planteamiento para pensar: se puede pedir a un pastor que defienda sus ovejas, pero ¿quién le pediría que llegara a morir por ellas? En estos pasajes, apunta una “lógica” diferente. La Bondad del Buen Pastor, y la Verdad de esta vid auténtica, van más allá de nuestros conceptos y nos invitan a abrir nuestra mente a la “lógica” de Dios, siempre mayor).

 Jesús, que está unido al Padre (“el Hijo único, que está en el seno del Padre” Jn 1, 18) es la vid. Y es unidos a Él como nuestra vida tiene fecundidad auténtica. El Evangelio repite varias veces el verbo permanecer (que habla de arraigo y a la vez, como verbo, significa acción). Una unión como la de la rama al árbol: arraigarnos en Jesús, recibir de Él la savia vital, conectarnos con sus propias raíces, ser uno con El para dar sus mismos frutos.

 Permanecer: una propuesta contracultural en esta sociedad “líquida” donde todo parece efímero (también los principios y los vínculos), y a la vez nos deja insatisfechos (una flor del Principito de Antoine de Saint-Exupéry, decía de los hombres: “nunca se sabe dónde encontrarlos. El viento los pasea. Les faltan las raíces. Esto les molesta”). Y donde, también, la necesidad de ser fecundos, dar frutos, se convierte con frecuencia en desencanto o en defensa un poco cínica de la mediocridad y la banalidad.

Permanecer, que es imprescindible para forjar relaciones humanas auténticas, y para realizar proyectos vitales, para llegar al término de un camino. La fe no es el entusiasmo de un momento (aunque pueda nacer ahí). Se forja en la constancia, en un tejer, con paciencia y fidelidad, una relación personal con Dios. Implica, muchas veces, saber esperar, sin dejarse llevar por sentimientos que nos descentran, o por corrientes que arrastran.

Permanecer arraigados en Jesús. Ante las situaciones que la vida nos va presentando, ¿en qué criterios nos fundamos? ¿qué actitudes cultivamos? ¿dónde nos apoyamos, de dónde sacamos fuerza y orientación?

De ese permanecer y dar fruto nos habla la carta de San Juan, invitándonos a amar “de verdad y con obras”. Y llamándonos a la confianza: hay momentos en que las situaciones nos revuelven, nuestra conciencia puede torna insegura y se vuelve contra nosotros en una autocrítica destructiva. Pero “Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo” y nos invita a caminar (con nuestras limitaciones) en la confianza y el amor. Juan nos invita a guardar este mandamiento: creer en Cristo, y amarnos como él nos mandó. Creer en Cristo que, entre muchas otras cosas, es creer en el amor de Dios a ti (a cada uno de nosotros, pero de forma totalmente personal), remitirnos a ese amor que es fuente y raíz, para poder amar y aprender a hacerlo como él nos enseña.

De esta forma, las situaciones dolorosas y difíciles, las pérdidas, el encuentro con nuestra fragilidad y limitación, puede vivirse como la poda de que habla en el Evangelio. En los campos de la Mancha, al final del invierno se ven las vides reducidas casi al tronco. El paisaje, para quien ha visto unos meses antes las cepas cubiertas de hojas y frutos, podría ser desolador. Pero es, justamente, el paso previo a un brotar de nuevas ramas, llenas de frutos.

«“Permaneced en mí”. Es el Verbo de Dios quien da este mandato, quien expresa esta voluntad. Permaneced en mí, no por unos momentos, por unas horas pasajeras, sino «permaneced...» de forma permanente, habitual.
Permaneced en mí, orad en mí, adorad en mí, amad en mí, sufrid en mí, trabajad, obrad en mí.
Permaneced en mí para tratar con las personas y con las cosas, entrad cada vez más adentro en esta profundidad.
Mas para escuchar esas palabras tan misteriosas, no hay que detenerse, por así decirlo, en la superficie: es preciso entrar cada vez más en el Ser divino mediante el recogimiento “Yo sigo corriendo”, exclamaba san Pablo [Flp 3, 12]. Así también nosotros debemos bajar día a día por ese sendero del Abismo que es Dios.
Dejémonos deslizar por esa pendiente con una confianza cuajada de amor»
                (Sta. Isabel de la Trinidad)


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sábado, 20 de abril de 2024

"Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por las ovejas" (Jn 10, 11-18)

 

En los primeros domingos de Pascua, el Evangelio narra los encuentros de Jesús Resucitado con los discípulos. En los tres siguientes, antes de la Ascensión, nos habla de nuestra relación con Él, a través de tres imágenes: el Buen Pastor, la Vid y los sarmientos, y el Amigo.

Hoy se presenta Jesús como Pastor. Es una imagen familiar para aquellas gentes, que con frecuencia se aplicó a reyes y gobernantes, encargados de conducir a los pueblos. Más de una vez, los profetas hablaron así de los reyes de Israel, para denunciar que eran malos pastores, que se aprovechaban del pueblo, en vez de cuidarlo.

Jesús es, en cambio, el Buen Pastor, que da la vida por las ovejas. Ha expresado, poco antes, la razón de esa entrega: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan a en abundancia”(Jn 10,10). Ese “dar la vida” se hará real en la muerte de Jesús, que aquí se afirma como un acto de total libertad de Jesús: “Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente”.  Y aquí, se unen dos paradojas, que nos invitan a meditar: la libertad de Jesús, que incluso está por encima de la muerte (“Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla”) se realiza unida a la voluntad, el “mandato” del Padre. Y Jesús se manifiesta como “dueño” de las ovejas, en la entrega por ellas.

Otro rasgo fundamental de esta relación del Buen Pastor con los suyos es el conocimiento mutuo. Un conocimiento profundo, íntimo: tanto, que Jesús lo declara igual al que une al Padre y al Hijo. La carta de San Juan nos ayuda a comprenderlo: Jesús usa la imagen del Pastor, pero los términos “oveja” y “rebaño” son mera metáfora, porque nuestra relación con Dios aclara y hace emerger nuestra verdadera realidad, con toda su dignidad y singularidad: el Padre nos llama "hijos suyos y ¡lo somos!" aunque aún no se ha manifestado plenamente cuanto esto significa. Él ya nos conoce y nos ama. Nosotros estamos en camino de comprender vivir esa filiación, ese conocerle y amarle, que une el conocimiento y la identificación, nos iguala en dignidad y en posibilidades: estamos llamados a ser semejantes a El, a participar de su vida

Y esta vocación es universal. La misión de Jesús como Pastor no se reduce al “redil” de Israel, se abre a la humanidad entera, llamada a formar un solo rebaño, un solo pueblo.

El Salmo 118 y la lectura de Hechos, hoy, unen otra imagen, desde la que nos invitan a considerar la del Pastor: Jesús es “la piedra que desecharon los arquitectos y que se ha convertido en piedra angular” (Salmo 118, 22-23). La expresión está planteada en polémica (como también lo estaba la comparación de Jesús con otros pastores), y en ello resplandece de nuevo ese “para que tengan vida en abundancia” de Jesús: Pedro responde ante el Sanedrín, precisamente porque han curado, en nombre de Jesús, a un paralítico; y esto manifiesta qué sentido tiene el poder de Jesús. El mundo “no le conoció a Él” (como también desconoce y oculta nuestra condición de hijos de Dios) y Él ha sido “rechazado por los arquitectos”, hasta ser condenado a muerte en la cruz. Sin embargo, su amor es el que tiene la iniciativa y dirige la historia: Él ha entregado su vida libremente para que nosotros tengamos vida en abundancia. Él es el pastor que nos conoce y nos conduce, y  Él es la rocasobre la que podemos levantar, con solidez, nuestra vida.

Un pastorcico solo está penado,
ajeno de placer y de contento,
y en su pastora puesto el pensamiento,
y el pecho del amor muy lastimado.

No llora por haberle amor llagado,
que no le pena verse así afligido,
aunque en el corazón está herido;
mas llora por pensar que está olvidado.

Que sólo de pensar que está olvidado
de su bella pastora, con gran pena
se deja maltratar en tierra ajena,
el pecho del amor muy lastimado.

Y  dice el pastorcito: ¡Ay, desdichado
de aquel que de mi amor ha hecho ausencia
y no quiere gozar la mi presencia,
y el pecho por su amor muy lastimado!

Y a cabo de un gran rato se ha encumbrado
sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos,
y muerto se ha quedado asido dellos,
el pecho del amor muy lastimado.

           S. Juan de la Cruz

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domingo, 14 de abril de 2024

"Soy yo en persona" (Lc 24, 35-48)

 

¿En qué se cree hoy? Personalmente, cuando echo un vistazo al mundo de la cultura actual (cine, literatura, etc.), veo una profusión exuberante de relatos, de fantasía que juega con el pasado, con el futuro, con universos paralelos, con retóricas... Y me deja una sensación de vacío: la impresión de que (casi) todos esos relatos no son "ventanas", sino meras imágenes. No se abren a otra realidad, sino que sólo sirven para "decorar" la vida, o  para acompañar la apatía. Da la impresión de que vivimos en una era de desencanto, en que las creencias se reducen a mitos, a historias que se usan para distraer, o en momentos difíciles para calmar el dolor (como ante la muerte, mucha gente se apoya en una difusa esperanza en un más allá y en algún Ser Supremo), sin más trascendencia.

De esto (entre otras cosas) viene a hablarnos Lucas, cuando nos narra hoy un encuentro de Jesús con sus discípulos. Es también hermosa y sugerente la descripción de ese momento, porque habla de lo que está llamada a ser nuestra celebración de la Eucaristía y los grupos cristianos: los discípulos están reunidos, compartiendo la noticia de la Resurrección y cómo está afectando a sus vidas: "contaban lo que les había pasado por el camino y cómo lo reconocieron al partir el pan". Y Jesús se hace presente en medio de ellos. Realmente presente. No es que su entusiasmo y fervor les haga sentir la presencia de Jesús; porque, de hecho, esta presencia los sorprende, los descoloca e incluso atemoriza. En los testimonios de la Resurrección, esto es casi una constante: lo inesperado y chocante de la experiencia que viven, aunque a la vez lleva por dentro una profunda paz. Una experiencia que a ellos mismos les resulta difícil de integrar (y tienen que hacer un proceso para "darse cuenta") y que los transforma: pasan del desencanto y desolación a la fe, de las dudas a la confianza, del miedo a la paz y al valor, del aturdimiento y cerrazón a la capacidad de comprender. 

Jesús no es un "fantasma", un "espíritu". No es simplemente una "hermosa causa", o una "filosofía de vida". No es un mito. Los discípulos se encontraron con Jesús en persona. Aunque el Resucitado es de otra manera (se hace presente sin barreras físicas, hace falta algo más que los sentidos para reconocerlo...) es Él: el mismo a quien habían intentado seguir por los caminos de Judea y Galilea, el mismo que vieron morir en la cruz. De hecho, una vez más las lecturas insisten en ese hecho difícil de comprender, pero que ocurrió: que el Mesías, el Salvador, tenía que pasar por el sufrimiento y la muerte para abrir un camino definitivo de reconciliación y de vida para nosotros. Un mensaje, de hecho, que siempre nos sigue desbordando, su sentido (para el mundo y para la vida de cada uno de nosotros) es más de lo que acabamos de comprender. El encuentro con Él fue real y tan real que cambió su rumbo y su forma de vivir. Y así, en los Hechos de los Apóstoles vemos a esos discípulos haciendo, precisamente, lo que Jesús ha dicho: ser testigos, ante el pueblo, de su muerte y resurrección, y proclamar una conversión que es reconocimiento de la propia realidad (con toda su crudeza, incluso: "matasteis al autor de la vida") y encuentro con la misericordia de Dios.  

El cambio de vida de los discípulos es consecuencia y testimonio de su encuentro con el Resucitado. A la vez, forma parte del camino hacia ese encuentro. Por eso Juan, a la vez que llama a la confianza en Él, cuando tropezamos con nuestra debilidad y pecado, recuerda la necesidad de "guardar sus mandamientos". Que tampoco se trata de un cumplimiento minucioso de normas, pues los mandamientos de Jesús son creer en Él (Jn 6, 29), amarse unos a otros (Jn 15, 12-14), permanecer en Él (Jn 15,4), hacer práctica la misericordia (Lc 10,37).... El llevar a la vida la enseñanza de Jesús, vivir como discípulos suyos, construir comunidad, nos "pone en sintonía", nos acerca a su camino, en el que Él sale a nuestro paso y nos sorprende con su presencia. Aunque nuestra experiencia tiene características diferentes de las de la primera comunidad cristiana, Jesús también nos invita a un encuentro personal con Él. A descubrir que Él es real, y que nos llama a convertirnos, a crecer, a descubrir nuevas dimensiones de su palabra y de su vida. 

"Señor haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro" (salmo 4)

     "...así como el sol está madrugando y dando en tu casa para entrar si destapas el agujero, así Dios, que en guardar a Israel no dormita, ni menos duerme, entrará en el alma vacía y la llenará de bienes divinos". (S. Juan de la Cruz, Llama 3, 46)


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


  El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en ...