Celebramos hoy a san José, un hombre que pasa en silencio por la
Escritura, sin decir una palabra.
Durante siglos, también la Iglesia guardó silencio sobre él,
podríamos decir que casi lo olvidó. Él mismo, ante la Encarnación y el
nacimiento del Hijo de Dios, acepta una posición que no es de protagonismo,
sino de estar al servicio de Jesús y de María.
Poco a poco, a medida que se presta más atención a la
realidad humana de Cristo (verdadero Dios y verdadero hombre), comienza un
redescubrimiento de este hombre sencillo, humilde, cercano y fundamental. Y la
Iglesia experimenta su cercanía, inspiradora y protectora.
José, que vive en la mayor cercanía del Misterio de Dios hecho
hombre, vive también una realidad cercana a la nuestra: en familia, en el
trabajo, entre dificultades y conflictos… Y nos enseña, silenciosamente, a
acoger a Cristo en medio de esa realidad compleja, ambivalente, que nos toca a
diario.
José, hombre del silencio, de la escucha, de la confianza en
Dios convertida en creatividad valiente ante las dificultades de la vida, es
para nosotros, como decía Teresa, maestro de oración, maestro de vida.

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