El Evangelio de esta fiesta (uno de los dos que se pueden elegir) coincide con el de este domingo, que nos ofrece las Bienaventuranzas. Es un texto que San Mateo y San Lucas colocan al comienzo de la predicación de Jesús, como "texto programático". Sin embargo, Jesús se dirige a discípulos que ya tienen un "recorrido", que ya conocen las dificultades que entraña ser seguidor de Jesús: el empobrecimiento que implica el compartir; el llanto de quien se acerca a compartir el sufrimiento de otros (como también, el de quien toma cabal conciencia de su propio pecado, de su fragilidad y pobreza); el hambre y sed de justicia de quien ha abandonado la indiferencia; la aparente inferioridad de los que optan por la no violencia, la paciencia y el aguante; e incluso la persecución, la discriminación, la calumnia.
Ser discípulo de Jesús implica arrostrar, muchas veces, inconvenientes, sufrimientos y sacrificios. Jesús es consciente de ello, y por eso habla de ellos. Y se atreve a felicitar a quienes sufren todas estas cosas. Los felicita porque, precisamente, son discípulos suyos, porque están viviendo con autenticidad (y por eso, están pagando ese precio) el seguirlo. Porque ese camino que se hace "cuesta arriba" es el de la verdadera vida. Vida para ellos, y Vida que se transmite a otros. En el relato de las bienaventuranzas de Mateo se incluyen precisamente, actitudes que hacen presente el Reinado de Dios en el mundo: la misericordia, el trabajo por la paz ("se llamarán hijos de Dios" utiliza el "pasivo teológico" que hoy podríamos traducir como "Dios los llama sus hijos")...
Vida que el Evangelio expresa en futuro, y ya es también presente. Ese "cielo" en que recibirán la recompensa, es, ciertamente, la vida eterna. Y esa vida eterna, ese Reino de los cielos, ya empiezan a hacerse presentes en el corazón y en la vida de quien ama, de quien vive desde Dios. Las Bienaventuranzas describen la paradoja de la paz que conocen los que optan por el amor en medio de la tribulación y el conflicto; la libertad y riqueza interior de los desprendidos y de aquellos que buscan la justicia; el consuelo interior de quien ha abierto su corazón a los demás, acercándose a los que sufren; la paz del humilde que conoce su realidad desde los ojos misericordiosos de Dios.
Cada Bienaventuranza nos invita a meditar; a contrastarnos con ella, mirando a Jesús. Siguiéndole a Él, haciéndonos a su estilo, nuestra vida se hace aventura de Bien.
Lecturas de este domingo (www.dominicos.org)