Este año escuchamos el relato de la Pasión según san Marcos, el primero de los relatos evangélicos. Nos presenta cómo Cristo se revela (paradójicamente) en lo escondido. A través de su muerte, vence a la muerte. En el fracaso y el desprecio se revela como Hijo de Dios (Mc 15,40), que muere rezando un salmo de abandono y confianza en medio del sufrimiento, el salmo 21, que, según la costumbre de entonces, Marcos cita con sus primeras palabras: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Más aún (como ha señalado Secundino Castro en su obra "El sorprendente Jesús de Marcos"): las palabras que los presentes oyen, y que confunden con una invocación a Elías, serían las del versículo 11: Elí atha: "(desde el vientre materno) tú eres mi Dios". La muerte de Jesús corona su vida entregada en la confianza al Padre y su proyecto de amor a los hombres.
Dejémonos interpelar por el relato de Marcos, para acercarnos, de su mano, al misterio de la Cruz y la Resurrección.
En la cruz está la
vida
y el consuelo,
y ella sola es el
camino
para el cielo.
Después que se puso en cruz
el Salvador,
en la cruz está la gloria,
y el honor;
y en el padecer dolor,
vida y consuelo,
y el camino más seguro
para el cielo.