sábado, 23 de agosto de 2025

“Entrar por la puerta estrecha” (Lc 13, 22-30)

 

El evangelio, hoy, se abre con una pregunta por la salvación. Nos invita a mirar más allá de lo inmediato, porque la vida no es una mera sucesión de instantes, de vivencias y sensaciones. Es bueno preguntarse por su sentido, por cómo podemos vivir en verdad. Mirar al horizonte, tener en cuenta ese sentido último, nos ayuda, además, a situarnos en nuestro día a día.

Por otra parte, Jesús habla de ello con varias paradojas: muchos que intentan entrar y no pueden, a pesar de parecer próximos a Él, y otros que vienen de lejos y tienen sitio… Tal vez nos está llamando a mirar esta cuestión con una lógica nueva, diferente de la mentalidad habitual:

- Le hacen una pregunta por el número, y como hablando de otros. Jesús, en cambio, interpela personalmente, llama a hacernos cargo de nuestra vida: "esforzaos por entrar por la puerta estrecha".

- Esa imagen de la puerta estrecha nos invita, tal vez, a preguntarnos qué hay que “dejar fuera”, porque no cabe por esa puerta: ¿Tal vez tendremos que adelgazar el ego, la soberbia, las ambiciones? ¿Tendremos que hacernos sencillos, pequeños?

En otro lugar, Jesús dice que salvarse, “para los hombres es imposible; mas para Dios todo es posible” (Mt 19, 26; Lc 18, 24). En ese mismo contexto tiene Mateo la frase que remata este pasaje: “hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”. No podemos salvarnos por nosotros mismos. Y por la misma razón, no se trata de “asegurar” la salvación con cumplimientos o méritos, como quien paga algo y puede exigirlo. Y nadie puede sentirse con más derechos que otros para tenerlo, o para estar por delante.

Es Dios quien nos salva. La salvación se recibe como gracia, y nos invita a entrar en esa dinámica de la gratuidad, del don. Del amor. Pide de nosotros un cambio de postura, un esfuerzo radical para entrar en ese estilo de vida, esa puerta estrecha, que a la vez está abierta a todos.

Hacernos al estilo de Jesús, que dice: "Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto" (Jn 10,9).


Se deben notar con advertencia las palabras que por san Mateo, en el capítulo 7, nuestro Salvador dijo de este camino, diciendo ¡Cuán angosta es la puerta y estrecho el camino que guía a la vida, y pocos son los que le hallan! (…) Porque el aprovechar (avanzar) no se halla sino imitando a Cristo, que es el camino y la verdad y la vida, y ninguno viene al Padre sino por él, según él mismo dice por san Juan (14,6). Y en otra parte (10,9) dice: Yo soy la puerta; por mí si alguno entrare, salvarse ha. De donde todo espíritu que quiere ir por dulzuras y facilidad y huye de imitar a Cristo, no le tendría por bueno”.
     San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, II, 7, 2.8



sábado, 16 de agosto de 2025

“He venido a prender fuego” (Lc 12, 49-53)

 

Suenan extrañas las palabras de Jesús, y más en los días de angustia que vivimos por los incendios. Más aún cuando dice "¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división" (Lc 12, 51). Parece contradictorio que lo diga Él que en otro momento dice: "la paz os dejo, mi paz os doy" (Jn 14, 27) propone el perdón y el amor incluso a los enemigos (Mt 5, 44),. Más aún:  como dirá Pablo (Ef 2, 14-20), “Él es nuestra Paz” y ha dado su vida para derribar las fronteras y odios que separan a los hombres.

Jesús dice estas palabras en el camino a Jerusalén, donde sufrirá la cruz. Y después de llamarnos a estar atentos, vigilantes. Con un lenguaje típicamente hebreo (paradojas, términos tajantes…) nos llama a tomar conciencia de las contradicciones que encuentra el Evangelio. Aunque ha venido a reconciliar a la humanidad y hacer presente el amor de Dios a todos, este anuncio será causa de divisiones y rechazo. No porque eso sea voluntad de Dios, que quiere la Paz y la unidad; sino porque el mundo reacciona así. Jesús mismo lo experimenta: por no rechazar a nadie (acoge a los pecadores y publicanos, cura al siervo de un romano…) va encontrando el rechazo de fariseos, nacionalistas judíos. Un rechazo que hará que su misión, su bautismo, se cumpla en la cruz.  

El mensaje de Jesús es fuego: no para destruir, sino para dar luz. Propuesta radical de cambio que choca con los intereses e inercias del mundo, como le pasó a Jesús. Es fuego como el del Espíritu, fuente de luz y de renovación. Es expresión del amor de Dios, "llamarada divina" (Cantar, 8,6), de su pasión por la humanidad ("como fuego ardiente encerrado en mis huesos", decía Jeremías, 20,9), que impulsaba a Jesús a curar, y a denunciar las mentiras e injusticias, y a llamar a la conversión. 

Seguir a Jesús implica afrontar esta contradicción, que podemos encontrar en nuestro entorno, y también en nuestro interior, pues necesitamos purificar muchas actitudes para vivir auténticamente el Evangelio. Por eso la Iglesia venera a los mártires: su testimonio es radical, porque llega a la entrega de la vida, y porque, es profundamente evangélico: es testimonio de perdón, es semilla de paz y reconciliación en nuestro mundo tan dividido. Este domingo, la carta a los Hebreos (12, 1-4) nos propone a Jesús como maestro (y apoyo) para nuestra fe, que es camino de confianza a través de las situaciones que nos toca afrontar en la vida ("la carrera que nos toca"): es "el que inició y completa nuestra fe" (Heb 12, 2). 



Un ejemplo de la contradicción que el Evangelio anuncia, es lo que está ocurriendo a raíz de la decisión, en Jumilla, de negar a los musulmanes el recurso a los polideportivos para celebrar algunas fiestas principales, la postura que ha tomado la Conferencia Episcopal ante este asunto. La Iglesia, ante este gesto de sorprendente laicismo (negar un espacio público para una celebración religiosa, cuando ese espacio es necesario), manifiesta su solidaridad con los creyentes de otra religión. Esta solidaridad está imbuida de la convicción de que la fe en Dios, bien vivida, ayuda a construir una convivencia en paz. Y de una apuesta por la integración, que es lo que permite que la diversidad se viva de forma positiva. No es camino fácil, pero la Iglesia piensa que es posible y necesario. Aunque algunos no lo comprendan.


jueves, 14 de agosto de 2025

“Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador” (Lc 1, 39-56)

 

Hoy, María nos invita a alegrarnos con ella. Celebramos que ella ha sido asumida (por eso hablamos de Asunción), alcanzada totalmente (en cuerpo y alma) por la Resurrección de Cristo. Participa plenamente de su vida. También del amor de Dios por toda la humanidad. Por eso, contemplarla en los cielos es, precisamente, saberla cercana a nuestras preocupaciones cotidianas, a la vida de cada uno de nosotros, transmitiéndonos ese amor materno de Dios que abre caminos en cada situación.  

 María nos precede, nos muestra el futuro que Dios nos ofrece a cada uno: llegar participar también, en plenitud, de la vida de Dios. También nosotros estamos llamados a ser asumidos por la Resurrección de Cristo. Ser asumidos, porque la iniciativa es suya (por Cristo, como hoy nos dice S. Pablo, todos volverán a la vida), y eso significa también que se hará a su modo, ese modo que Jesús va enseñándonos en el Evangelio. Y entrar en esa vida nueva en cuerpo y alma, con todo lo que somos, con nuestra personalidad y nuestra historia: realidad que va siendo purificada y renovada por el amor de Dios, que nos re-crea, y también con nuestra colaboración (ese colaborar con Dios que vamos también aprendiendo, porque esta renovación es obra de libertad).

El poderoso ha hecho obras grandes por cada uno de nosotros. En el Evangelio, María celebra, canta la obra salvadora de Dios en su pueblo, en todos los que, con sencillez, se abren a su misericordia, que llega a sus fieles, de generación en generación. Hoy es un buen día para cantar con ella. Este día de fiesta, como un alto en el camino, nos recuerda hacia dónde vamos, y nos invita a celebrar esa vida que va creciendo en nosotros, ese obrar de Dios en tu vida. 


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

domingo, 10 de agosto de 2025

“Donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Lc 12, 32-48)

 

El Evangelio, hoy, enlaza con el domingo pasado, que hablaba de ser ricos “ante Dios” (como diría Teresa de Jesús, “en Verdad”: verdaderamente ricos). Frente a la falsa seguridad de acumular bienes (“guardaos de toda clase de codicia”), Jesús propone un tesoro inagotable en el cielo. No se trata de oro ni de objetos. Tampoco el cielo es, propiamente, un lugar (como decía el Papa Benedicto XVI). Tiene que ver, más bien, con participar de la vida de Dios. Por ejemplo, cuando nuestro tesoro no son cosas sino personas; cuando es el amor lo que centra nuestro corazón.

Y así, el camino para ello pasa por vivir unas actitudes concretas. Con nuestros actos vamos escogiendo nuestro tesoro, orientando nuestro corazón. Actitudes que enlazan con las mismas de Jesús: libertad frente a las cosas, generosidad, servir, estar despiertos…

El Evangelio invita a preguntarte: ¿Dónde se va situando tu tesoro? ¿Dónde se centra tu corazón?

La carta a los Hebreos nos invita a asumir ese camino con fe. La fe nos hace capaces de colaborar con Dios y abrir camino a sus obras grandes en medio de nuestra realidad, precaria y a veces confusa. Así nos pone el ejemplo de aquellos patriarcas, dispuestos a arriesgarlo todo y a confiar. Aunque apenas llegaran a ver cumplidas las Promesas de Dios, colaboraron con su realización.

Jesús además, nos invita a estar despiertos, en medio de la incertidumbre de la vida (como aquellos criados en medio de la noche), para reconocerle y colaborar con Él, “para abrirle, apenas venga y llame”. Frente a la tentación de la inconsciencia, llama a la responsabilidad (al que mucho se le confió, más aún se le pedirá). Y a una actitud activa y atenta a la realidad (ceñida vuestra cintura, para servir…).

¿Qué lámparas puedo encender? ¿Qué boquetes tengo que prevenir en mi vida?

Todo ello, desde la confianza: “No temáis”. Y desde la conciencia de su amor. En la Eucaristía estamos viviendo ya su promesa: él mismo se ceñirá, los hará sentar a la mesa y acercándose, les irá sirviendo”.


La palabra de Dios siempre es más profunda, y la vamos comprendiendo poco a poco. En los evangelios y algunas cartas del Nuevo Testamento, podemos ver cómo la comunidad cristiana ha ido evolucionando en su comprensión de la espera y la venida del Señor, de las que habla hoy el Evangelio. Inicialmente, su cercanía se comprendió cronológicamente: pensaban que llegaría muy pronto. Poco a poco van comprendiendo que esa inminencia (“estoy a la puerta”, Ap 3, 20) es de otra manera: tiene que ver con su cercanía a toda nuestra realidad; con la forma en que Él se va haciendo, misteriosamente, presente en las situaciones de nuestro mundo y de nuestra vida. Y nos pide que respondamos ante esas situaciones que acontecen, para así colaborar con Él. Para eso necesitamos estar despiertos: discernir cómo se hace presente, qué está haciendo brotar, qué nos invita a cultivar. Y también qué obstáculos y dificultades hemos de remover.

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

sábado, 2 de agosto de 2025

“El que atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc 12, 13-21)

 

El final del Evangelio de hoy nos ofrece una clave de comprensión fundamental: la disyuntiva entre “atesorar para uno mismo” y “ser rico ante Dios” (o sea, “ser verdaderamente rico”. Pues es Dios quien nos ha dado la vida y quien ve en Verdad).

El pasaje comienza con alguien que intenta llevar a Jesús “a su terreno”, a sus intereses (“dile a mi hermano que reparta…”). Y Jesús, una vez más, responde con libertad y sabiduría, y nos invita a tomar una perspectiva más profunda.

"Aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes". Jesús habla, frecuentemente, de la tentación de poner la confianza en el dinero. Pablo nos dice (Col 1, 5) que la avaricia “es una idolatría”. Cuando el dinero se convierte en un "dios", en el valor más importante, esclaviza y provoca injusticias y violencias. Lo vemos a diario. La parábola del rico necio refleja esa mentalidad del mundo: el deseo acaparar y "darse buena vida", sin pensar en otros (en los planes de ese hombre falta el sentido del compartir, a pesar de que está muy presente en la Ley judía)...  Esas actitudes “consumen” la vida sin darle sentido: la malogran. El deseo de tener, disfrutar... nunca se sacia, y vacía a la persona. Porque su sed pide otra fuente.  

"Guardaos de toda clase de codicia". La avaricia económica es evidente, pero tampoco es la única. También podemos vivir otras dimensiones en clave de "acumular" y de “vivir para sí”: el saber, los éxitos personales, las relaciones humanas (las redes sociales “contabilizan” ilusioriamente esto en forma de seguidores, likes…). También los dones personales (la belleza, la forma física)... Incluso en el ámbito religioso podemos pensar en “acumular” virtudes, méritos...   Esa dinámica nos induce una falsa seguridad, que aboca al desencanto expresado por el Eclesiastés: "todo es vanidad" (Ecl 1, 2).

Jesús nos propone "ser rico ante Dios". En palabras de Pablo (Col 3, 2) “buscad los bienes de allá arriba" (Col 3,2). Esos bienes tampoco son “cosas” que se acumulan, sino más bien disposiciones, actitudes, una forma de ser y de vivir “que va renovando a imagen de su Creador" (Col 3, 10). Es ir aprendiendo a vivir en el amor acoger y de entregarse. Es la confianza, que nos ayuda a vivir nuestra fragilidad y pobreza desde la misericordia entrañable de Dios. Es la gratitud, que descubre el amor que Dios derrama cada día, en  gestos y dones con que envuelve nuestra vida: "sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo" (salmo 89, que rezamos hoy).

Es un camino personal, que cada uno estamos llamados a descubrir: "vuestra vida está con Cristo escondida en Dios", Col 3,3) y a recorrer, siguiendo a Jesús como discípulos, apoyándonos en Él como amigos. Él es el Camino.

En la tarde de esta vida, compareceré delante de ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor, que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso, yo quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de Ti mismo. No quiero otro trono ni otra corona que Tú mismo, Amado mío ...”               
(Teresa de Lisieux. Ofrenda al Amor misericordioso)

Al final del camino me dirán: —¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres
Pedro Casaldáliga


Bless the Lord, my soul  (Bendice al Señor, alma mía, y bendice su santo nombre.
Bendice al Señor, alma mía, él me guía hacia la vida)

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

sábado, 26 de julio de 2025

“Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1-13)

 

Los discípulos comienzan a intuir que, para seguir a Jesús, no sólo han de escuchar sus enseñanzas y llevarlas a la práctica. Para comprender su palabra y para poder vivirla, es necesario que el corazón se renueve: se abra a otra perspectiva, sane heridas y desviaciones… encuentre esa misma fuente de vida en la que Jesús está enraizado.

Porque la fuerza sanadora de Jesús, la sabiduría de su palabra, la libertad y paz con que se mueve, tienen relación con los momentos que pasa en oración, a solas con el Padre (alguna vez, la noche entera: Lc 6,11. También Lc 3,20; 5,16; 9; 9, 18.28; 22,41; 23,46…). Jesús vive siempre en referencia al Abbá, y es en Él en quien encuentra su fuerza, su gozo, su paz.

Y Jesús enseña esta plegaria (transmitida por Lucas de forma algo más simplificada que Mateo). Que es suya: el Padre Nuestro nos conecta con la propia oración y vida de Jesús. A lo largo del Evangelio lo vemos perdonar, hacer presente el Reinado de Dios (que es salud, paz, alegría, reconciliación…), repartir el pan… y llamar a Dios Abbá. La oración del Padre Nuestro nos introduce en esa relación fundamental de Jesús con el Padre. Relación que es posible, porque el bautismo nos ha unido a Cristo, para que podamos participar de su vida (la carta a los Colosenses habla, precisamente, de cómo el bautismo nos une profunda y definitivamente con Jesús).

Vale la pena meditar las palabras y las actitudes del Padre Nuestro. Decía San Cipriano de Cartago (siglo III) que esta plegaria "a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones". Encontramos en ella todo un itinerario espiritual.

Lucas transmite aquí, además, otra enseñanza de Jesús: la invitación a la perseverancia confiada, porque Dios escucha nuestra oración (como decimos hoy con el Salmo 137). Así, se nos invita a pedir, buscar, llamar. Sabiendo, por otra parte, que la oración, como toda nuestra relación con Dios, es misterio. No es un rito mágico, con el que se consigue automáticamente lo que se pide, sino una relación que cultivamos con Dios, en la que Él, sobre todo, nos da su Espíritu. Ese Espíritu que crea caminos nuevos, que renueva... que se manifiesta en todo lo que Jesús hace.

"¿Qué haré para tener la vida?" (Lc 10,25). El Evangelio profundiza en aquella cuestión que escuchábamos hace dos semanas: para saber concretar el amor a Dios y al prójimo, nos hacemos discípulos de Jesús. Y aprendemos a orar con Él. Aprendemos así, también, que la oración que va unida a la vida. El Padre nuestro también nos invita a preguntarnos cómo vivimos cada una de las realidades que en él pedimos: el Reinado de Dios en nuestra vida, el perdón, su voluntad, su amor de Padre…

"...entender lo mucho que pedimos cuando decimos esta oración evangelical (…) encierra en sí todo el camino espiritual, desde el principio hasta engolfar dios el alma y darla abundosamente a beber de la fuente de agua viva".

Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 42,5




sábado, 19 de julio de 2025

“Una sola es necesaria” (Lc 10, 38-42)

 

El pasaje evangélico de Marta y María sigue a la parábola del “Buen Samaritano”  (“haz tú lo mismo”, Lc 10, 25-37). De algún modo, tiene también, de fondo, la pregunta "¿qué he de hacer...?"

Nos habla de la hospitalidad, al igual que la lectura del Génesis (que ha inspirado el Icono de la Trinidad de Rublev). Abraham acoge, en la figura de aquellos tres misteriosos visitantes, a Dios mismo, que le trae la promesa de la fecundidad. Y esto nos invita a reflexionar en nuestro mundo, con toda la realidad actual de refugiados y emigrantes. ¿Cómo cultivamos la hospitalidad? ¿Cómo acojo al otro (al que llega de lejos, y también al que vive a mi lado?.

Marta acoge en su casa a Jesús, que vive en camino (y antes ha enviado así a los discípulos, como predicadores itinerantes, que se dejan acoger). Jesús recibe esta hospitalidad (es también significativo que se hospeda en casa de una mujer). Y la trata con afecto y confianza.

María da un paso más: “sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra”. Esta expresión tiene un significado preciso: hacerse discípulo (como se ve cuando Pablo afirma haber sido instruido en la Ley "a los pies de Gamaliel", Hch 22, 3). Sin embargo, la Ley prohibía a las mujeres ser discípulas de un rabino. Tal vez por eso, a la misma Marta le parecería que el afán de su hermana era imposible, y que era mejor que "le echara una mano". Pero Jesús afirma que eso que ha escogido "no se le va a quitar”: Él sí la admite como seguidora.

Y es que eso es lo esencial, “la parte mejor”: ser discípulos de Jesús. Es lo que da sentido a todo lo demás: a la acción y a la oración, a la participación en la comunidad y la vida cotidiana.

Con el salmo, nos preguntábamos quién puede "hospedarse en la tienda de Dios". Él nos invita a acogerlo como Maestro. Como María, ser sus discípulos, y escucharlo: en medio de nuestros quehaceres, y buscando también momentos para el silencio.

 "cuando el alma está en este estado, nunca dejan de obrar casi juntas Marta y María; porque en lo activo, y que parece exterior, obra lo interior, y, cuando las obras activas salen de esta raíz, son admirables y olorosísimas flores; porque proceden de este árbol de amor de Dios y por solo él, sin ningún interés propio, y extiéndese el olor de estas flores para aprovechar a muchos, y es olor que dura, no para presto, sino que hace gran operación".
          Teresa de Jesús, Meditaciones sobre los Cantares, 7, 3



  El evangelio, hoy, se abre con una pregunta por la salvación. Nos invita a mirar más allá de lo inmediato, porque la vida no es una mera s...