El evangelio, hoy, se abre con una pregunta por la
salvación. Nos invita a mirar más allá de lo inmediato, porque la vida no es
una mera sucesión de instantes, de vivencias y sensaciones. Es bueno
preguntarse por su sentido, por cómo podemos vivir en verdad. Mirar al horizonte, tener en cuenta ese sentido último,
nos ayuda, además, a situarnos en nuestro día a día.
Por otra parte, Jesús
habla de ello con varias paradojas: muchos que intentan entrar y no pueden, a
pesar de parecer próximos a Él, y otros que vienen de lejos y tienen sitio… Tal
vez nos está llamando a mirar esta cuestión con una lógica
nueva, diferente de la mentalidad habitual:
- Le hacen una pregunta por el número, y como hablando de otros. Jesús, en cambio, interpela personalmente, llama a hacernos cargo de nuestra vida: "esforzaos por entrar por la puerta estrecha".
- Esa imagen de la puerta estrecha nos invita, tal vez, a
preguntarnos qué hay que “dejar fuera”, porque no cabe por esa puerta: ¿Tal vez
tendremos que adelgazar el ego, la soberbia, las ambiciones? ¿Tendremos que
hacernos sencillos, pequeños?
En otro lugar, Jesús dice que salvarse, “para los hombres es imposible; mas para Dios todo es posible” (Mt
19, 26; Lc 18, 24). En ese mismo contexto tiene Mateo la frase que remata este
pasaje: “hay últimos que serán primeros,
y primeros que serán últimos”. No podemos salvarnos por nosotros mismos. Y
por la misma razón, no se trata de “asegurar” la salvación con cumplimientos o
méritos, como quien paga algo y puede exigirlo. Y nadie puede sentirse con más
derechos que otros para tenerlo, o para estar por delante.
Es Dios quien nos salva. La salvación se recibe como gracia,
y nos invita a entrar en esa dinámica de la gratuidad, del don. Del amor. Pide
de nosotros un cambio de postura, un esfuerzo radical para entrar en ese estilo de vida,
esa puerta estrecha, que a la vez está abierta a todos.
Hacernos al estilo de Jesús, que dice: "Yo soy la puerta; si uno entra por mí,
estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto" (Jn 10,9).