También podemos encontrar las huellas del Buen Pastor. El Papa Francisco, hace un año, nos invitaba a descubrirlas:
"Podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son
ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la
fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas
entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo
nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente
olvidadas— que (...) están
escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos,
enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los
supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad,
voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que
comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el
verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la
oración sacerdotal de Jesús: « Que todos sean uno » (Jn 17,21). Cuánta gente
cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar
pánico sino corresponsabilidad".
Esas huellas nos conducen a una experiencia: la de Jesús como Aquél que nos conoce a cada uno, con la misma profundidad y amor con que Él y el Padre se conocen. Que ha mostrado su amor dando la vida por nosotros. Que sabe cuidar y conducir, y por eso infunde paz. Que construye comunidad, en la que cada uno tiene su lugar y crece desarrollando su libertad.
Desde esa experiencia, hoy se nos habla también de vocación. Oramos por aquellas personas que Jesús llama a consagrarse a seguirle en una vida que, según los criterios del mundo, no tiene sentido, pero con Él, es camino de plenitud. Y esa oración por las vocaciones a la vida consagrada y por las vocaciones nativas en Iglesias de misión, también vuelve sobre nosotros: nos invita, a cada uno, a vivir en plenitud nuestra vocación; a seguir a Jesús, nuestro pastor, y "hacernos a Él", construir nuestra vida sobre Él como piedra angular.