domingo, 27 de abril de 2025

“Paz a vosotros” (Jn 20, 19-31)

Hace ocho días, el Evangelio nos asomaba al sepulcro vacío, testimonio de la Resurrección de Jesús. Hoy el Evangelio nos vuelve a llevar a “aquel día, el primero de la semana”. Que conecta con el primer día de la Creación, “en el principio”  (Gn 1, 1. 5. Cuando Dios creó la luz). Con la Resurrección de Jesús comienza una Nueva Creación y una nueva historia.

Y nos cuenta el encuentro de los discípulos con Jesús resucitado. Ahora es cuando los discípulos constatan que Él es el Viviente, que vive por los siglos de los siglos y es capaz de cerrar para siempre el paso a la muerte y el abismo. (Apocalipsis, 1, 17-18). La experiencia que viven de Jesús (de su gloria, su vida, su fuerza, su hermosura…) los llevará a comprender que es el Hijo de Dios.

Sobre todo, ese encuentro los transforma a ellos. Jesús llega a ellos aunque están “con las puertas cerradas” llenos de miedo. Y les comunica sus dones. Entre ellos, destaca la Paz (tres veces dice Jesús “Paz a vosotros”). Y la alegría. En este relato, cada palabra tiene una profundidad que conecta con lo sobrenatural, con Dios. Y esa paz y alegría son experiencia de plenitud, del sentido de todo… Es experiencia de la vida de Dios dentro de ellos, que a partir de ese momento los impulsará.

El Resucitado muestra las manos y el costado, e invitará a Tomás a tocar sus llagas. Muestra así que es el mismo Jesús que predicó en Galilea, y el que murió en la Cruz. Las llagas hablan de una relación entre la Resurrección y la Cruz que tiene varias dimensiones y es profunda (va más allá de lo que se puede explicar). La Resurrección de Jesús tiene relación con su vida entregada. También con el sufrimiento humano que Jesús ha asumido en la Cruz. El Resucitado lleva en sus manos las heridas de la Humanidad, y no podemos llegar a Él sin acercarnos a los que sufren. Esas llagas que Jesús invita a Tomás a tocar tienen también relación con las heridas de los propios discípulos (y con las nuestras): su desconcierto y dolor, su miedo, el hecho de haber abandonado y negado a Jesús… Jesús no lo pasa por alto. Lo sana en profundidad. “Sus heridas nos han curado”, dirá Pedro (1 Pe 2, 24). Y los hará capaces de pasar, como Jesús, curando a otros, como escuchamos en Los Hechos de los Apóstoles (5, 16).

El Resucitado envía a los discípulos, los asocia a su propia misión. Que subraya, precisamente, la reconciliación, el perdón. El encuentro con Él es experiencia de su misericordia que sana, da vida y se transmite a otros.

Toda esta experiencia y estos dones tienen que ver con el Espíritu Santo, que Jesús comunica a los discípulos.

Pascua es tiempo del Espíritu. Somos invitados a pedirle a Jesús su Espíritu, que nos guíe. Que nos ayude a encontrarnos con Él. Y también a mirar, en sus manos, las llagas que nos duelen. A descubrir cómo Él nos sana y renueva. El Evangelio de hoy termina con una bienaventuranza para nosotros, los discípulos que no hemos visto, no hemos tenido una experiencia tan intensa como la de aquellos primeros. En la humildad de nuestros caminos, con sus ambigüedades y tropiezos, Él nos acompaña y nos comunica su Vida.  


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


martes, 22 de abril de 2025

En recuerdo agradecido (fray Miguel Márquez, superior general OCD)


 Queridos hermanos y hermanas de la gran familia del Carmelo Descalzo, frailes, monjas, OCDS y todas las familias afiliadas: ¡PAZ Y ESPERANZA!


Recién conocida la noticia del fallecimiento de nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, nos unimos de corazón, como Orden, todo el Carmelo Descalzo, hijos de Teresa y Juan de la Cruz, hijos de la Iglesia, para dar gracias a Dios por su vida y su servicio durante estos doce años de Pontificado. Confiamos su vida a las entrañas maternales de María, que lo conduzca al hogar del Cielo, con todos los santos, con los Papas precedentes, con todos sus familiares.

Oramos intensamente para que el Espíritu provea a la Iglesia del Papa que sea oportuno y obedezca a la necesidad de este tiempo de la historia y de la Iglesia, según el corazón de Dios. Lo acogeremos en espíritu de obediencia y de fidelidad.

En este momento y siempre, somos uno en el seguimiento de Jesús y en la fidelidad a la Iglesia y al Pastor que nos guía. Lo hemos sido al Papa Francisco y lo seguiremos siendo a su sucesor, en el espíritu de nuestra Santa Madre, Teresa de Jesús.

Recordamos dos de sus frases, al Capítulo General ocd el 11 septiembre 2021:

Queridos hermanos, la armonía entre estos tres elementos: la amistad con Dios, la vida fraterna y la misión, es una meta fascinante, capaz de motivar vuestras opciones presentes y futuras. Que el Espíritu Santo —es Él quien crea la armonía— ilumine y guíe vuestros pasos en este camino. Que la Virgen Santísima os proteja y acompañe. Os bendigo de corazón.
Y en el encuentro con las Carmelitas Descalzas, durante la revisión de las Constituciones, Nemi 18 abril 2024:

…ustedes me enseñan que la vocación contemplativa no lleva a custodiar cenizas, sino a alimentar un fuego que arda de manera siempre nueva y pueda dar calor a la Iglesia y al mundo… Miren al futuro con esperanza evangélica, con los pies descalzos, es decir, con la libertad del abandono en Dios. Miren al futuro con las raíces en el pasado. Y que ese estar totalmente sumergidas en la presencia del Señor les dé siempre la alegría de la fraternidad y del amor recíproco. Que la Virgen las acompañe.


En comunión con la Iglesia, y orando con los discípulos en la mañana de Resurrección, repito las palabras que le dije al Papa en mi saludo aquel 11 de septiembre con todos los hermanos, durante la audiencia a nuestro capítulo general, si os parece, las podemos ya dirigir al próximo sucesor de Pedro:
Santo Padre, quiero con mis hermanos y hermanas arriesgar nuestras vidas, sin esperar a mañana, sin miedo a ser heridos, como "caballeros sin paga", como dijo Teresa, (Vida 15:11), ayudando a Jesús a llevar la cruz, ayudando al Papa a llevar la cruz, con nuestra obediencia y servicio, sin echarnos atrás.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN! ¡DESCANSA EN PAZ, querido Papa Francisco!

Roma, 21 de abril de 2025Lunes de la Octava de Pascuafr. Miguel Márquez CalleSuperior General OCD

sábado, 19 de abril de 2025

“Ha resucitado. Recordad cómo os habló…” (Lc 24, 1-12)


Lucas, en el relato que escuchamos en la Vigilia, y Juan, en el que escuchamos el Domingo, recogen el desconcierto que provoca en los discípulos la noticia del sepulcro vacío. El sepulcro vacío y esa sorpresa atestiguan que la Resurrección aconteció realmente.

Y nos dice algo más: los discípulos han de vivir un proceso de “conversión”, para abrirse a algo que desborda su capacidad de comprender y que cambiará sus vidas definitivamente. El Resucitado es el mismo Jesús que les enseñaba en Galilea. Lucas subraya esa identidad, y a la vez señala que los discípulos no comprendían su anuncio de su muerte y resurrección. Porque, aunque es el mismo Jesús, su Resurrección no es la vuelta a la vida que tenía antes de morir. Es algo más grande, es una novedad que no cabe en palabras.

La Vida de Jesús Resucitado es vida que va más allá de la muerte, que ha asumido la muerte y el dolor, que tiene que ver con el perdón y la regeneración, con el amor misericordioso de Dios ofrecido a todos. Tiene que ver con lo que Jesús ha vivido y enseñado, que tiene una hondura mayor de la que percibían. Acoger al Resucitado significa ir entrando en esa hondura. Por eso, el primero en “ver y creer” será el discípulo amado (“el discípulo que Jesús quiere”): el que ha apoyado su cabeza en el pecho del Señor y lo ha seguido hasta la cruz…) será el primero en “ver y creer”. Y las primeras testigos de la Resurrección serán Magdalena y las mujeres que también estuvieron al pie de la cruz, madrugaron para ir en su busca, y recordaron sus palabras. Es una búsqueda movida por el amor (“buscaré al amor de mi alma” Ct 3, 2). Y una búsqueda como “ a tientas”, “cuando aún estaba oscuro”, hasta que Él mismo las ilumina: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado”.

Es todo un camino, un proceso, abrir el corazón a la Buena Noticia y la presencia de Jesús, el Viviente. De ello nos hablan las cartas a los Romanos (esta noche), y a los Colosenses (mañana), haciéndonos reflexionar sobre lo que significa el bautismo, que renovamos en esta noche: nos unimos a Cristo, para siempre. Entramos en un camino que significa “morir al hombre viejo” (el ser humano encerrado en su propio egoísmo y soberbia). “Para que, lo mismo que Cristo resucitó … así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rom 6,4). En consecuencia, “si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo”. (Col 3, 1) Las que Él nos enseña.

Lecturas de la Vigilia Pascual 

Lecturas del Domingo

viernes, 18 de abril de 2025

“Junto a la Cruz de Jesús” (Jn 18,1- 19-42)

 

Contemplamos a Jesús en la Cruz.

Él es la palabra que nos da el Padre, ante tantos sufrimientos y tantas muertes que suceden en nuestro mundo, y a las que no encontramos explicación. El cuarto Canto del Siervo de Yahveh (Is 52, 13 - 53,12) nos asoma a esta realidad que desborda nuestra capacidad de comprensión: “El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores… él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes”. Jesús asume la historia de sufrimiento de la humanidad, se hace solidario de cuantos sufren. Y, predicando la misericordia del Padre sin límites, afronta nuestras divisiones y violencias que tantas veces, como ocurrió con Él, provocan muerte. 

Lo asume en obediencia al Padre. Nos habla la carta a los Hebreos de cómo Él, el Hijo amado, vive y aprende la obediencia al Padre en medio de sufrimientos. Y por eso nos puede acompañar a nosotros en ese camino de buscar la voluntad de Dios, que es siempre voluntad de vida y amor; y que, sin embargo, a veces tiene caminos complicados de entender y de vivir, en medio de la complejidad de nuestro mundo. 

Él es el sacerdote auténtico (y la fuente de todo sacerdocio), el que une a Dios con la humanidad, y así nos salva. Él asume nuestra muerte. Juan, en su relato de la Pasión, nos deja ver los escarnios, los tormentos y el despojo que sufre Jesús. Y a la vez, nos ofrece atisbos de su realeza, que lo hace capaz de interpelar a los mismos que lo juzgan; y de su divinidad, ese “Yo soy”, ante el cual caen postrados en tierra los mismos que iban a detenerlo. 

Juan nos invita a contemplar cómo en Jesús, de una forma insospechada, se cumplen las promesas de Dios. Y nos invita a contemplar el agua que sale de su costado. Como el agua del costado del templo, que vio Ezequiel (Ez 4,7 1-12), que se convierte en un río que va saneando todo a su paso. La vida entregada de Jesús es fuente de Vida nueva, la de Dios . Una vida que podemos encontrar en medio de todas las situaciones de dificultad y dolor que se nos cruzan.

Lucas, el domingo pasado, nos sugería diversas maneras de acercarnos, desde la cruz, a Jesús. A veces, como Simón de Cirene, ayudamos a cargar la cruz de otros, con los que se solidariza Jesús. A veces, nuestra cruz es, como la de Dimas, consecuencia de nuestros propios actos, pero desde ella podemos volvernos a Jesús y recibir la salvación. Otras veces serán enfermedades, circunstancias diversas... Desde todas estas situaciones, nos podemos encontrar con Jesús y su Vida. 

Hoy, Juan nos invita a contemplar la Cruz, como el discípulo amado, junto a María. En la cruz, Jesús se hace, definitivamente, hermano nuestro. Y nos da a María como madre, para que ella nos ayude a crecer como hermanos suyos. Para que ella nos ayude a acercarnos a Jesús, el crucificado y resucitado, con fe y esperanza, en cada momento de nuestras vidas. 


jueves, 17 de abril de 2025

“Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24; Jn 13,1-15)

 

En esta Cena, Jesús deja a sus discípulos y amigos, como legado, lo que es la esencia, el fundamento de su vida, de su misma persona, de su misión como enviado del Padre.

Lucas, en el Evangelio que escuchamos el Domingo, nos ofrece el contexto, nos asoma a la complejidad del ambiente en que se desarrolla: se presiente la cercanía del Reino de Dios (Lc 22,17.29-31), y a la vez la inminencia de la crisis en que todo se tambaleará (“Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo en la criba” (Lc 22, 31). Los discípulos no están preparados, y se manifiestan, una vez, dinámicas que los contaminan: “Entre ellos hubo también un altercado sobre quién de ellos se consideraba el más importante” (Lc 22, 24). Jesús dice entonces: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27).

Es lo que expresa con el gesto que Juan nos transmite, revestido de solemnidad, y también de amor a esos discípulos inmaduros: “sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

Jesús se quita el manto (“se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo” Flp 2, 7. El manto era signo de dignidad) y se pone a lavar los pies de los discípulos, que era tarea de esclavos.

El gesto de Jesús nos alcanza, nos interpela. Es preciso descalzarse (como Moisés, Ex 3,5: “porque el lugar donde estás es sagrado”), para acogerlo. Pedro, lleno de buena voluntad para seguir a Jesús con sus fuerzas (que sucumbirán poco después) es un signo para nosotros: “Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo”. ¿De qué tengo que descalzarme, precisamente ahora, qué debo dejar que Jesús lave en mí? ¿Cómo necesito que Él, el que sanaba a los enfermos, toque en mi forma de caminar, para que pueda seguir sus pasos?

La Eucaristía de hoy nos recuerda cómo toda Eucaristía es memoria de la vida de Jesús, entregada en amor y servicio humilde hasta la Cruz, y de la Vida Nueva que nos transmite. Nos introduce en el Misterio Pascual, con un mandato: “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24) y una pregunta: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?”


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

martes, 15 de abril de 2025

"Voy a celebrar la Pascua en tu casa" (Mateo 26, 14-25)

 

El Evangelio nos habla de preparativos. Judas se pone de acuerdo con las autoridades judías, y buscan ocasión para prender a Jesús. Los discípulos organizan la celebración de la Pascua. Jesús también se prepara: sabe que llega su hora, que esta Pascua es definitiva. 

Alguien, que ha quedado en el anonimato, ha abierto su casa para acoger a Jesús y a sus discípulos. En ese hogar, Cristo va a revelar a los suyos el sentido de su misión y de su muerte, va a entregarles toda su vida y su persona, antes de entregarla en la cruz. De alguna manera, en esa casa nace la Iglesia.

Esa noche, Jesús anuncia que será entregado por uno de los suyos. Han compartido caminos, encuentros con multitudes, acontecimientos asombrosos y también momentos amargos; y están sentados a una mesa en la que Jesús comparte lo más íntimo y valioso… Pero hay un camino que cada uno recorre por sí mismo.

El anuncio de Jesús sacude a los discípulos. Les mueve a preguntarse, porque no están seguros: a veces, terminamos haciendo lo que no pensábamos; a veces, sin darnos casi cuenta, nos vamos dejando arrastrar por las circunstancias, las presiones, por tantas cosas… 

Hoy, Jesús mueve a los suyos a preguntarse cómo se sitúan ante Él.

¿Seré yo…? ¿Seré yo quien te traicione, quien te cambie por otros intereses, quien pierda tu camino…?

¿Seré yo, tal vez, quien te siga, quien comprenda tu palabra y tu entrega y pueda vivirla?

La casa en la que Jesús va a celebrar la Pascua puede ser la tuya. ¿Cómo vas a preparar esta Pascua?

¿Qué momentos vas a preparar para estar con Jesús, para ponerte a la escucha de su Palabra, para contemplarlo? ¿Cómo vas a preparar esos momentos? ¿De qué quieres hablar con Jesús, en estos días?  ¿Qué pasos, tal vez has de dar? Lo que vamos a celebrar, ¿qué tiene que ver con tu vida?

Y esta preparación personal, también puede pasar por los otros. ¿Necesitas reconciliarte con alguien para renovar la fraternidad? ¿O tal vez es momento oportuno para compartir con alguien tus inquietudes y buscar consejo? ¿Es, tal vez, momento de acercarte a alguien que sufre y necesita una presencia amiga?...


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


lunes, 14 de abril de 2025

“Era de noche” (Jn. 13, 21-33. 36-38)


 Las lecturas de hoy siguen acercándonos a la Pascua, y hoy lo hacen por su vertiente de oscuridad. Asistimos a los pasos siniestros de Judas, que se pierde en la noche, en la traición.

Y vemos también a Pedro. La noche se le viene encima, y él no está preparado. Tiene una imagen irreal de sí mismo, no conoce su debilidad, que le va a hacer caer.

En el centro de la escena está Jesús. Juan nos invita a apoyarnos en su pecho, como ha hecho él. A sentir su soledad, su conmoción interior, tal vez su desencanto, en este momento en que sabe que va a ser traicionado por uno y abandonado por otros.

Con todo, Jesús mantiene el rumbo. Lo sostiene la confianza en el Padre. Una confianza expresada por Isaías: “Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas». En realidad el Señor defendía mi causa” (Is 49,4). Jesús, así, incluso tiende su mano a Judas, con ese bocado de comida (que significaba un gesto de cariño). Y a Pedro. Jesús anuncia que, en esa historia de abandono, ultrajes y sufrimiento, que le aguarda, se ha de manifestar la gloria de Dios. El amor es más fuerte.

Hoy es un día para pararnos a tomar conciencia de nuestras debilidades, de nuestros tropiezos y desvíos. De cómo (y por qué) negamos a veces a Dios, y también a los que están cerca de nosotros, o traicionamos nuestras opciones, nuestros valores y nuestros mejores proyectos. En esta conciencia de nuestras propias contradicciones y debilidades, nos preside esa mirada de Jesús que nos acoge, que nos tiende siempre su mano, que nos invita a confiar, como Él. Cuando la realidad que nos rodea, o nuestra propia realidad, nos decepciona; cuando sentimos la soledad o la perplejidad, Él sigue siendo apoyo firme

 

"Hay otros que, cuando se ven imperfectos, con impaciencia no humilde se aíran contra sí mismos; acerca de lo cual tienen tanta impaciencia, que querrían ser santos en un día. De éstos hay muchos que proponen mucho y hacen grandes propósitos, y como no son humildes ni desconfían de sí, cuantos más propósitos hacen, tanto más caen y tanto más se enojan, no teniendo paciencia para esperar a que se lo dé Dios cuando él fuere servido: que también es contra la dicha mansedumbre espiritual; que del todo no se puede remediar sino por la purgación de la noche oscura. Aunque algunos tienen tanta paciencia en esto del querer aprovechar, que no querría Dios ver en ellos tanta"             

                                            San Juan de la Cruz, Noche Oscura, 1, 5,3


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

  El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en ...