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domingo, 16 de noviembre de 2025

"Con vuestra perseverancia, salvaréis vuestras almas" (Lc 25, 5-19). Jornada Mundial de los Pobres

 


Nos acercamos al final del año litúrgico, y la liturgia nos invita a situarnos ante la vida con la perspectiva de considerar qué es definitivo y sólido, dónde podemos poner nuestra confianza.  

Jesús advierte de la inconsistencia de las construcciones, de las instituciones humanas: son transitorias (“no quedará piedra sobre piedra”), y están también tocadas por la violencia y la injusticia (“reino contra reino…”). Anuncia la destrucción del templo de Jerusalén (que era centro y emblema de la nación judía) y las vicisitudes de la historia: guerras, catástrofes, epidemias, fenómenos espantosos… Y también, las dificultades que sus seguidores tendrán que afrontar a veces: persecuciones, rechazo y violencia de los cercanos... Cuando Lucas transcribe estas palabras, la comunidad cristiana ya conoce muchas de estas cosas.

Ante esto la actitud que propone Jesús es de serenidad y confianza en Él.

Llama a no asustarse por los sucesos adversos (“no tengáis pánico”). Ni dejarse embaucar por mensajes apocalípticos, que muchas veces tienen un sesgo sectario (podemos pensar en los anuncios del fin del mundo que a veces aparecen… Y también en algunos extremismos, tanto religiosos como políticos, que cargan las tintas en las situaciones críticas, para presentarse como solución salvadora).

                E invita a mantenernos firmes en Él: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Confianza que ayuda a vivir con sentido incluso situaciones críticas: “Esto os servirá de ocasión para dar testimonio… yo os daré palabras y sabiduría”.

Pablo nos expone una concreción de esa perseverancia, que es el vivir nuestro tiempo con dignidad y responsabilidad. Escribe para algunos cristianos que pensaban que ya no tenía sentido trabajar en un mundo que creían próximo a su fin, y presenta su propio ejemplo, de laboriosidad y entrega motivadas, precisamente, por el anuncio del Evangelio.   

«Por amor de nuestro Señor les pido se acuerden cuán presto se acaba todo … Pongan siempre los ojos en la casta de donde venimos, de aquellos santos Profetas. ¡Qué de santos tenemos en el cielo que trajeron este hábito! Tomemos una santa presunción, con el favor de Dios, de ser nosotros como ellos. Poco durará la batalla, hermanas mías, y el fin es eterno. Dejemos estas cosas que en sí no son, si no es las que nos allegan a este fin que no tiene fin, para más amarle y servirle, pues ha de vivir para siempre jamás, amén, amén».
    (Teresa de Jesús, Fundaciones, 29, 33).



domingo, 19 de octubre de 2025

“Orar siempre, sin desfallecer” (Lc 18, 1-8)

 

“Auméntanos la fe”. Hace dos semanas, el Evangelio nos dejaba esa palabra de los discípulos. Hoy, habla de la relación de la fe con la oración, y del valor de la perseverancia.

La parábola de Jesús nos presenta  una viuda, (viudas y huérfanos eran la imagen del desvalimiento en Israel): Y un juez, revestido de un poder que usa a su antojo (sin referencia a Dios ni respeto a las personas). Pero que termina cediendo ante la tenacidad de aquella mujer. Al leer esta historia, podemos pensar en tantas personas que sufren injusticias y abusos. Y podemos también recordar historias que conocemos, en las que la perseverancia llega a implantar justicia, a impulsar pequeños pasos adelante en humanidad.

Esas historias nos recuerdan que la esperanza tiene sentido. Pero es preciso mantenernos en ella. Esta parábola conecta con una de las peticiones del Padre nuestro: “no nos dejes caer en la tentación”. Concretamente, en la tentación de sucumbir al cansancio, el desánimo, la desesperanza. La fe está en relación con la oración, que está llamada a ser un diálogo permanente, “día y noche” (cfr. Salmo 1,2), con Dios. Un diálogo que abre a Dios la puerta de nuestro corazón. Y que, de alguna manera que escapa a cálculos y previsiones, le abre la puerta de nuestra vida y de nuestro mundo, para que Él actúe.

Un diálogo que, a nosotros, nos abre los ojos para poder descubrir por dónde brota la obra de Dios, y colaborar con ella. Y nos infunde fuerza, ánimo. La invitación a la perseverancia en la oración y en la fe, hoy conecta con el lema del Domund: “Misioneros de esperanza entre los pueblos”. La Iglesia va sembrando esperanza con el anuncio del Evangelio y con obras que impulsan la justicia y el desarrollo humano y la paz. Gestos que hacen real el amor de Dios y la fraternidad, y que significan vida para personas concretas. Somos parte de esta Iglesia, y estamos llamados a serlo de manera cada vez más consciente y activa: con nuestra labor (también España es territorio de misión), con nuestro apoyo, con nuestra oración. Para ver y seguir el camino que Dios va abriendo en nuestro mundo.





domingo, 13 de noviembre de 2022

"Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas" (Lc 21, 5-19)


El templo de Jerusalén era el centro de la nación judía a todos los niveles (no sólo religioso, también político e incluso económico), y su señal de identidad. En el Evangelio que hoy escuchamos, Jesús nos advierte de la caducidad de toda institución humana. También de las vicisitudes que podemos encontrar a lo largo de la historia: guerras, catástrofes, epidemias... Y de las dificultades que podemos encontrar, como seguidores de Jesús. Las primeras comunidades cristianas vieron mucho de esto: desde la destrucción del templo de Jerusalén a las persecuciones. 

El mensaje que nos deja, sin embargo, no es de alarma. De hecho, advierte también contra la tentación de dejarse llevar por anuncios apocalípticos. En esa misma línea, Pablo (a algunos cristianos de Tesalónica que consideraban sin sentido seguir trabajando en un mundo que creían próximo a su fin), les llama a mantener la labor cotidiana. 

En medio de un mundo cambiante, a veces hostil, Jesús nos llama a poner la confianza en Él, que no dejará de asistirnos. A perseverar en nuestro camino cristiano. Una palabra que habla de constancia, de paciencia, de serenidad, de confianza. Su amor y su presencia a nuestro lado, permanece, y nos salva.


Al Señor estaré siempre agradecido,
en el Señor me regocijaré.
Mirad a Dios, no tengáis miedo
Alzad vuestras voces, el Señor está cerca

domingo, 14 de agosto de 2022

"He venido a prender fuego" (Lc 12, 49-53)

 


Poco antes, Pedro preguntaba a Jesús: "Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos?" (Lc 2, 41). Ahora, Jesús habla del alcance que tienen sus palabras para el mundo entero y para sí mismo, de la radicalidad de su mensaje, que viene "a prender fuego a la tierra", y que para Él ha de significar la angustia de entregar la vida en la cruz (entrega a la que alude al hablar de su bautismo).

Puede resultar sorprendente que Jesús diga "¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división" (Lc 12, 51). El, que dice "la paz os dejo, mi paz os doy" (Jn 14, 27) propone el perdón y el amor incluso a los enemigos (Mt 5, 44), y habla de Dios como Padre. Jesús, en este pasaje, utiliza una forma de hablar de su tiempo y su pueblo (que ya aparece también en la vocación de Isaías, Is 6,10). Expresa en forma de finalidad ("he venido a") lo que acontece como resultado de la misión. Es decir: no es la intención de Jesús, ni del Padre, provocar el enfrentamiento entre personas; pero, tal como es el mundo, inevitablemente va a aparecer esta división como consecuencia de la predicación de Jesús, que "será como una bandera discutida" (Lc 2, 34). Las primeras comunidades, que vivieron con frecuencia la incomprensión y el rechazo de los más cercanos ante la conversión al mensaje de Cristo, tuvieron experiencia de estas palabras. 

El mensaje y el amor de Jesús es fuego que quiere purificar las estructuras de este mundo, con frecuencia corrompidas por la soberbia, la codicia y la indiferencia, propuesta radical de cambio que no podrá menos que chocar con los intereses e inercias del mundo, como le pasó a Jesús. Es fuego como el del Espíritu, fuente de luz y de renovación. Es expresión del amor de Dios, "llamarada divina" (Cantar, 8,6), de su pasión por la humanidad ("como fuego ardiente encerrado en mis huesos", decía Jeremías, 20,9), que impulsaba a Jesús a curar, y a denunciar las mentiras e injusticias, y a llamar a la conversión. 

Al fin, es en Jesús donde mejor encontramos el significado del Evangelio que hoy escuchamos: en la radicalidad de sus gestos y sus palabras, que encendían una forma nueva de vivir. En la  fidelidad con la que Él transmitió el amor del Padre a todos, sin echarse atrás ante el rechazo que encontró contra su mensaje y su persona. En la actitud de no-violencia, de perdón (de sembrar paz, en medio de todo), con que Él afrontó la persecución y la cruz. El Evangelio (y la carta a los Hebreos, 5,8) nos deja ver que asumir esto, para Él, fue también un camino, en que experimentó "angustia". Y la carta a los Hebreos (12, 1-4) nos lo propone como maestro (y apoyo) para nuestra fe, que es camino de confianza a través de las situaciones que nos toca afrontar en la vida ("la carrera que nos toca"): es "el que inició y completa nuestra fe" (Heb 12, 2). 

El Evangelio nos invita hoy, en fin, a acercarnos, con nuestras contradicciones, a este fuego que Jesús viene a traer. A tomar conciencia de las tibiezas, de las "componendas" y discordancias que necesitamos ir purificando. A poner ante Él también las dificultades y oposiciones que tal vez encontramos al vivir la fe en nuestro entorno, y pedirle ese amor suyo, creativo (y paciente) que tal vez necesitamos para sobrellevarlas e incluso convertirlas en fuente de vida. Nuestro bautismo nos une al bautismo que hoy menciona el Evangelio: a la entrega de Jesús, vivificadora; a su Resurrección y a la fuerza renovadora del Espíritu que Él nos transmite.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

(Imagen: http://depositphotos.com) 

  ¿Qué es lo más importante en la vida, lo que puede dar sentido y sostener lo demás? Así podríamos traducir la pregunta que hoy se hace a...