En noviembre, recordamos a los difuntos, y nos acercamos al
fin del año litúrgico. Las lecturas nos invitan a pensar sobre el sentido de
nuestra vida. A velar, mantener la mente despierta para ser conscientes del
rumbo con el que caminamos.
La parábola de las diez vírgenes subraya un aspecto de este
velar: estar preparados, “porque no
sabéis el día ni la hora”. Ese día y
hora tienen sentido final: el fin del mundo y el fin de nuestra vida,
cuando vendrá el Señor definitivamente a nuestro encuentro. Y también tiene
relación con la vida misma, que nos sorprende con situaciones inesperadas. Para
responder ante ellas, ante la vida, es preciso ir preparando nuestro corazón con
actitudes capaces de dar luz. En ese sentido habla el Evangelio de una “provisión de aceite” que nadie nos puede
“prestar”, nadie puede suplir, porque es algo que hemos de cultivar cada uno.
La tradición de la Iglesia ha identificado ese aceite con “las buenas obras” (S. Efrén), la fidelidad, la relación con Dios, desarrollada
a través de la oración, la escucha de la Palabra y el amor fraterno…
¿Qué aceite, qué actitudes he de cultivar y
guardar para que mi vida pueda dar luz, para salir al encuentro del Señor que
viene?
Para ayudarnos a profundizar en lo que significa “estar despierto”, la primera lectura (Sab 6, 12-16) nos habla de la sabiduría. Y el salmo 62 nos invita a orar y vivir desde el deseo de Dios: “Tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti… tu gracia vale más que la vida… velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio…”
