El domingo anterior daba la vuelta a las categorías de
"últimos" y "primeros", para subrayar la
misericordia de Dios que busca a todos, y que nos llama a vivir desde la
gratuidad. Hoy, Jesús da un paso más. Ya está en Jerusalén, próximo a la
cruz. Y denuncia, de forma abierta, la hipocresía de las autoridades judías.
Su planteamiento va más allá de lo moral: el “trabajo” al que se refiere la parábola es
la conversión, que Juan Bautista predicaba. Es orientar radicalmente nuestra
vida a Dios. Algo que ya estaba en la Ley, tal como la expresa el Deuteronomio:
“Escucha, Israel: Yahveh es el único Señor.
Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu
fuerza” (Dt 6, 4-5). Lo que hace "primeros" a aquellos
pecadores públicos (publicanos, prostitutas...), es que ellos son conscientes que
necesitan ser salvados, y han escuchado
y acogido la llamada a la conversión. Los fariseos, sin embargo, se sienten
seguros en sí mismos, en su cumplimiento de normas. Y esa seguridad orgullosa los
ciega, para no ver las contradicciones que viven (“ellos no hacen lo que dicen”, Mt 23,3; “su corazón está lejos de Dios” Mt 15,9), e incluso condenar a
otros.
El evangelio nos llama a la humildad. Teresa de Jesús dice que es “andar en verdad”: darnos cuenta de
nuestras incoherencias, nuestra falta de consistencia. Esa conciencia nos llama
a seguir esforzándonos por convertir en vida la fe que profesamos, hacer la voluntad del Padre. Además, nos
llama a asumir nuestra fragilidad, y vivir una fe humilde y agradecida: lo que
nos salva es el amor misericordioso de Dios. (La parábola de hoy habla de un
padre, como el del hijo pródigo). Podemos asumir nuestra verdad, con sus
sombras y sus luces, porque Dios mira nuestra realidad con amor.
En esa línea leemos hoy la carta de Pablo a los Filipenses (Flp, 2,1-11),
que “resume” la historia de la salvación, desde uno de sus aspectos
fundamentales: frente a la soberbia humana que pretendía "asaltar el
cielo" (aquel "seréis como dioses" que escuchó Adán, Gn
3,5), el camino de Dios es el camino humilde del amor que se entrega. Es el
camino de la Vida.
Desde el evangelio de hoy se abre también una mirada dialogante hacia
nuestro mundo, en el que muchos dicen "no quiero" (ante la
religión, ante la Iglesia...), y, sin embargo, trabajan por construir un mundo
más pacífico y justo... más de Dios. Nos recuerda la llamada del Concilio Vaticano
II, y del Sínodo a derribar muros y construir puentes.

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