Con la parábola de los jornaleros, Jesús ilumina un dicho que repite varias
veces en el Evangelio “los últimos serán primeros
y los primeros últimos” (Mt 20, 16).
Una expresión que desafía la lógica del mundo. Pero se puede comprender con
el corazón. Para una madre o un padre, que quiere a cada uno de sus hijos, el
primero que viene a su mente es aquél que está en situación más vulnerable, o aquél
que sufre. Jesús nos dice que el Padre, Dios, es así. (Y nuestro corazón,
cuando ama, se hace a imagen del de
Dios).
En la parábola, el dueño de la viña se mueve por la generosidad. Busca que
todos tengan trabajo. Y paga el jornal entero incluso a quien llegó a última
hora. El denario era el salario de una jornada y significaba, para los
jornaleros, el sustento de su familia.
Y dice: “¿vas a tener tú envidia
porque yo soy bueno?”. Literalmente (es una expresión hebrea): “¿es tu ojo malo porque yo soy bueno?”
Su generosidad nos interpela: ¿cómo es mi mirada? Mi forma de comprender la
justicia, ¿da lugar a celos y envidias? ¿Pueden ofuscar mi mirada la
competitividad, o el deseo de ser más que otros…?
La parábola habla además, entre líneas, de confianza:
los primeros jornaleros saben lo que van a cobrar; pero los contratados a media
mañana confían que su salario será “lo debido”,
y los últimos van sin oír qué se les pagará. Habla de gratuidad, y de gratitud.
Porque el Reino de los cielos es infinitamente más de lo que podemos ganar con nuestros méritos y trabajos. Es
gracia. En la 1ª carta a los Corintios, Pablo, con profunda conciencia de esa
gratuidad, dirá que su paga por
empeñar su vida en el anuncio del Evangelio, es entrar en esa gratuidad (“para ser partícipe del mismo” 1 Co 9,
18-23”). Y hoy llega a decir “para mí la vida es Cristo”.
“Como está el cielo más alto que la
tierra, así están mis caminos más altos que los vuestros, y mis caminos que los
vuestros" (s 55,9) Dios nos
llama a un cambio de mentalidad. Esa distancia, paradójicamente, es cercanía:
Dios es más cercano y misericordioso de lo que pensamos. “Cerca está el Señor de los que lo invocan… es incalculable su grandeza,
es clemente y misericordioso” rezamos con el salmo 144).
“¿Para qué pensáis, hijas, que he pretendido
declarar el fin y mostrar el premio antes de la batalla, con deciros el bien
que trae consigo llegar a beber de esta fuente celestial, de esta agua viva?
Para que no os congojéis del trabajo y contradicción que hay en el camino, y
vayáis con ánimo y no os canséis (…) Mirad que convida el Señor a todos (Mt 11,
28). Pues es la misma Verdad, no hay que dudar. Si no fuera general este
convite, no nos llamara el Señor a todos (…)
tengo por cierto que todos los que no se quedaren en el camino, no les
faltará esta agua viva. Dénos el Señor, que la promete, gracia para buscarla
como se ha de buscar”.
Teresa de Jesús, Camino
de perfección, 19, 14-15

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