Comenzamos la
Cuaresma, camino hacia la Pascua. Como a Israel, este camino nos lleva, en este
primer domingo, al desierto. Nos invita al encuentro con nosotros mismos, “en
una soledad sin caminos”, sin carriles prefijados. Para que tracemos
nuestro rumbo, para que busquemos orientación. Como hizo también Jesús, al
comienzo de su misión.
Jesús enfrenta en el
desierto sus tentaciones. Son las que
irán apareciendo a lo largo de su vida y su misión. Y tienen relación con las
tentaciones originarias del ser humano, presentadas en el relato del Génesis,
con un lenguaje oriental, que ofrece símbolos y alusiones como pistas para
reflexionar: la seducción del mal que sutilmente embauca, y lleva a la desnudez,
a la indignidad; el deterioro de la relación con Dios (la ingratitud y la
desconfianza, y por fin, el esconderse de Él)… Y aquél: “Seréis como Dios”,
engañoso, porque, en realidad, apenas sabemos cómo es Dios (Jn 1, 18 “a Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo
Unigénito es quien nos lo ha dado a conocer”), y con frecuencia nos lo
imaginamos proyectando en él nuestros deseos o miedos.
Las tentaciones de
Jesús tienen que ver, precisamente, con cuál es el camino de Dios en el mundo.
Así, aparecen, como trampas, el poder (que lleva a postrarse ante Satanás: ahí
se pueden resumir tantas historias de violencia, de opresión, de muerte...); la
posibilidad de manejar las fuerzas del mundo para conseguir lo que se quiera; y
la pretensión de caminar sin tropiezos, de ser un Mesías de éxitos, que no
conozca el fracaso. De fondo, se puede adivinar el deseo (tan frecuente,
tan humano) de eludir nuestras limitaciones humanas, el sueño
de un "atajo divino" que nos ahorre todo eso.
Y las respuestas de
Jesús revelan la lucidez y fidelidad al Padre ("Al Señor tu Dios
adorarás, a Él solo darás culto") con que el Hijo de Dios ha asumido
su misión. Su disponibilidad para buscar la voluntad del Padre ("no
sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".
Y en otro lugar: “mi alimento es hacer la
voluntad del Padre” (Jn 4, 34). Su decisión de asumir nuestra realidad
humana, que pasa por el sufrimiento y la muerte, sin "tentar a Dios",
sino confiando en su amor, para que el Padre pueda trazar su camino, que es
misterioso: es a la manera de Dios y con una plenitud que no entraba en
nuestros cálculos. El Mesías, el Hijo de Dios, se hace Siervo y se entrega por
amor, para que tengamos vida en abundancia.
Las respuestas de
Jesús son inspiradoras para nosotros, que también somos tentados (muchas veces,
sin darnos cuenta). El Espíritu que guio a Jesús al desierto también nos invita
a nosotros a pararnos, a encontrarnos a solas con nosotros mismos, para
identificar nuestras tentaciones (las que ya conocemos y las más que se pueden
camuflar de forma más sutil), para enfrentarlas con lucidez. Para encontrar el
camino de Dios en nuestra vida.
Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

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