domingo, 28 de diciembre de 2025

“El amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14; Mt 2. 13-23). La Sagrada Familia

 

Damos hoy gracias a Dios por nuestras familias. Y las ponemos ante Dios en oración

La familia es, hoy, una de las realidades más valoradas. En medio de un mundo complejo y difícil es espacio que ofrece confianza y sentido. Aunque también tiene sus dificultades y exigencias, porque es convivencia de personas diferentes, y necesita cuidado: cuidar a las personas, cuidar las la escucha, el encuentro…

Ese cuidado es una de las actitudes que hoy vemos en José. El Evangelio nos presenta, hoy, una Sagrada Familia emigrante, amenazada. La infancia de Jesús se forja en ese ir y venir entre Belén, Egipto y Nazaret. Y bajo el cuidado de María y de José, ese hombre que “que afrontó con los ojos abiertos lo que le acontecía, asumiendo la responsabilidad (… )el Evangelio nos dice que Dios siempre logra salvar lo que es importante, con la condición de que tengamos la misma valentía creativa del carpintero de Nazaret, que sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia” (Francisco, Patris Corde, 4-5).

Junto a esa actitud, Pablo, en la Carta a los Colosenses, despliega otras, que nos invita a “llevar puestas” (“revestíos”): compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, sobrellevarse mutuamente, perdonar… Nuestra referencia y nuestra fuerza, para ello, es Dios, tal como se nos ha revelado en Jesús. Por eso nos invita a “que la paz de Cristo reine en vuestro corazón”, “La Palabra de Cristo habite entre vosotros…” “Sed agradecidos”.

Celebrando la fiesta de la Sagrada Familia en este día que coincide con los Santos Inocentes, pienso que también hay que pensar en esa “matanza de inocentes” actual que es el aborto. Aunque gran parte de la sociedad lo “normalice”, los cristianos no podemos menos que reclamar el respeto a la vida de todo ser humano, también de los no nacidos, y su dignidad, frente a una cultura del descarte que deshumaniza. Y trabajar para que las mujeres que viven un embarazo no esperado, puedan encontrar otras soluciones, que sean de vida y no de muerte, para la criatura que llevan en sus entrañas, y para ellas mismas.



- Hace 15 años, un fraile de mi comunidad, más joven, iba por la calle, vestido con el hábito, cuando una chica se le acercó a preguntarle dónde estaba una clínica abortista, cercana a nuestra iglesia de la c/ Arturo Soria. Él la miró y le dijo: “no vayas”. La invitó a un café, y llamó a Red madre (https://www.redmadre.es/) que se pusieron de inmediato en contacto con la joven. Contando con su ayuda, ella decidió seguir adelante con su embarazo y traer al mundo a su hijo.

Yo me pregunto si esa chica, al dirigirse ¡a un joven con hábito! lo que quería era realmente preguntar dónde estaba la clínica abortista a la que iba, o más bien pedir otro camino, pedir ayuda. Personalmente, he conocido otro caso de una chica embarazada que pedía ayuda porque en su entorno (su novio, el casero de su piso, el jefe de su trabajo) no le dejaban otra salida que el aborto. Tuvo el valor de traer su hija al mundo, y no se arrepiente de ello… Pero ¿Cuántas mujeres abortan porque no se les deja otra salida? El aborto está matando a los niños no nacidos, y está convirtiendo a sus madres en rehenes de un empecinamiento ideológico.

- La película “Heridos” recoge el testimonio de cuatro personas que, tras años de silencio, se atrevieron a mirar de frente la herida profunda que deja el aborto, y encontraron caminos de sanación . Es un documental que habla del perdón, la misericordia y la esperanza.

- El final del pasaje de la carta a los Colosenses que hoy escuchamos, tiene dificultades de traducción. Particularmente, la expresión “mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos” (o “sed sumisas a vuestros maridos”). No significan lo mismo las palabras (el término “sumiso”, actualmente, se ha cargado de un sentido negativo, lejano de lo que Pablo quiere expresar cuando dice “someteos unos a otros por respeto a Cristo” Ef, 5, 21). Y también hay una distancia de contextos, de la forma como se entendían las relaciones familiares (y Pablo escribe en griego, pero es judío). Pablo no habla de sometimiento al poder y de pérdida de la libertad (como se puede ver en otros textos, p. ej. Gálatas 3, 28, donde habla de la superación de las diferencias entre los sexos) sino de relaciones de caridad fraterna y entrega mutua. En realidad el amor y la “obediencia” (entendida como escucha y disponibilidad), que Pablo “reparte” retóricamente entre maridos y mujeres, son mutuas.

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

jueves, 25 de diciembre de 2025

“Nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos, 1,2. Jn 1, 1-18)

 

Anoche, en la Misa del Gallo, escuchábamos cómo narra Lucas el nacimiento de Jesús. La gloria de Dios y la paz que Él nos ofrece se manifiestan en ese niño “envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Pequeño, pobre, vulnerable. Dios nos trae la salvación y la vida, y para ello necesita nuestra acogida, nuestra colaboración, nuestro cuidado.

Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre este misterio, descubriendo a Jesús de Nazaret como la Palabra eterna del Padre, “reflejo de su gloria, impronta de su ser”. La sabiduría que “sostiene todo con su palabra poderosa” (Heb. 1,3), pues “el mundo se hizo por medio de Él” (Jn 1, 10). Luz que “ilumina a todo hombre”, que nos da a conocer a Dios (ese Dios que intuimos, pero “a quien nadie ha visto jamás”), que nos trae “la gracia y la verdad”  y nos hace capaces de hacernos “hijos de Dios” (Jn 1, 9.11).

La carta a los Hebreos nos invita a la adoración. Ponernos en silencio y actitud de escucha ante Jesús.

“ Una palabra habló el Padre,
  que fue su Hijo,
  y ésta habla en eterno silencio,
  y en silencio ha de ser oída del alma ”
         
(San Juan de la Cruz)



Lc 2, 14 se suele traducir “Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres de buena voluntad”. Pero Lucas se refiere a la “buena voluntad” de Dios. Él, por su buena voluntad, ofrece la paz: no sólo a los buenos (ay, esa tendencia nuestra a dividir el mundo en buenos y malos), sino a todos. Él es la bondad y la paz que estamos llamados a acoger y asimilar.

domingo, 21 de diciembre de 2025

“Dios con nosotros” (Mt 1, 18-24)


 La esperanza del Adviento se centra en Jesús, el Mesías anunciado por los profetas (como nos transmite Is 7, 10-14), el Hijo de Dios, que nos invita a responder en fe (como anuncia Pablo, al comenzar su carta a los Romanos. 1, 1-7).

Y nos acerca a su venida al mundo, de la mano de José. José aparece en el Evangelio como “el silencio junto a la Palabra”. Y nos invita, en medio del bullicio de estos días, a buscar un espacio de silencio, de contemplación, para acoger el Misterio de Dios que viene a nosotros.

Misterio porque es comunicación de la Vida de Dios: es algo que no podemos “definir” o atrapar en palabras o razonamientos. La podemos recibir desde una actitud vital de acogida, de disponibilidad, de capacidad de compartir…

El Evangelio nos transmite la perplejidad de José, y el “camino interior” que él hace para situarse ante ese Misterio que se encarna en María, su mujer. Nos muestra a un hombre “justo”: no porque se siente justificado y seguro por cumplir una ley. La justicia de José será la disponibilidad, la capacidad de “ajustarse” al plan de Dios, aun sin entenderlo todo. De colaborar con Dios y hacerse cargo de Jesús y de María, sin protagonismo.

En estos últimos días, como preparación inmediata a la Navidad, el Evangelio nos invita también a buscar momentos de silencio y oración; y a situarnos ante la realidad que nos rodea: a acoger, a ser capaces de hacernos cargo, sin protagonismos ni evasiones...


Es frecuente interpretar la duda de José como desconfianza sobre el origen del niño que espera María. Sin embargo, algunos Padres de la Iglesia (como S. Juan Crisóstomo), y varios indicios del propio texto (p. ej., el ángel dice a José “no temas”), apuntan en otra dirección. Es lógico pensar que, estando desposados, hubiera entre María y José la suficiente confianza para que María contara a José el anuncio del ángel, y José la creyera. Pero esto pone a José en una situación inaudita: en los anteriores relatos bíblicos de nacimientos por intervención de Dios, el padre de familia siempre tenía un lugar central, y no se hacía nada sin contar con él (en el caso de Sansón, ni siquiera conocemos el nombre de su madre, y cuando se le aparece el ángel, ella corre a buscar a su marido Manoj. Para el nacimiento de Juan el Bautista, el ángel se aparece a Zacarías, aunque él esté poco dispuesto a creer). Es inaudito que Dios actúe sin contar antes con José. Y que María responda por sí misma, sin consultarle primero. En consecuencia, José puede pensar que no hay sitio para él en esa historia, y puede temer recibir a María como esposa “porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1,20).

El anuncio del ángel a José le explica, precisamente, que él sí tiene una misión: “Tú le pondrás por nombre Jesús”. María trae a Jesús al mundo, y José lo introduce en la sociedad. José acepta, por otra parte, no estar en el lugar primordial que le correspondía a un patriarca judío, sino estar detrás de Jesús (el que trae la salvación) y de María. El silencio de José es el de un hombre capaz de actuar sin hacerse notar, de servir sin buscar protagonismo. Como el Hijo a quien sirve, que ha venido “a servir y dar la vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45).

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

sábado, 13 de diciembre de 2025

“¿Eres tú el que ha de venir…?” (Mt 11, 2-11)

 

El tercer domingo, de Gaudete, nos invita a descubrir otra dimensión de la esperanza: la alegría. Alegría porque no estamos solos en el camino de la vida, porque Dios mantiene su fidelidad perpetuamente (Salmo 145), y viene a salvarnos. Frente a la tentación de la queja (de la que nos advierte Santiago), nos invita a una mirada capaz de descubrir signos de la presencia de Dios, que abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, liberta a los cautivos, hace justicia a los oprimidos…”.

Dios realiza, cumple lo anunciado por los profetas. Y su actuar va más allá, sorprendiéndonos. En el Evangelio, Jesús confirma la figura y la misión de Juan. A la vez (y en aquél mundo en que el más antiguo, el mayor, era considerado el más importante) señala que Él, (menor en edad) y la palabra que trae, son más grandes. Y su actuar sorprende al mismo Juan. Juan anunciaba al Mesías como un juez riguroso (“todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego” Mt 3,10), y Jesús viene con sencillez y misericordia.

Se nos invita a mantener la capacidad de sorpresa, a no aferrarnos a nuestras expectativas, nuestros prejuicios. Esperar es también abrirse a lo inesperado, a Aquél que abre caminos nuevos, y no cabe en nuestros esquemas y nuestros cálculos.

El Carmelo, hoy, celebra a S. Juan de la Cruz, en el tercer centenario de su canonización y el primero de su doctorado. Juan de la Cruz nos habla de la esperanza, junto a la fe y el amor, como actitudes fundamentales para llegar a Dios. Y, frente a nuestra tendencia a acumular (bienes, experiencias, seguridades…) nos dice que estas virtudes teologales en clave de vaciamiento, para hacer espacio en nuestra vida y en nuestro corazón a Dios. Porque Dios es como la fuente, de la cual cada uno coge como lleva el vaso” (Subida del Monte Carmelo, II, 21, 2), y “Para ir a donde no sabes, has de ir por donde no sabes… has de ir por donde no posees”.

Él nos invita a acoger a Dios que asume nuestra realidad, y nos trae su alegría, don suyo. Así cantaba él la Encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios, como desposorio entre Dios y la humanidad:

Ya que era llegado el tiempo
en que de nacer había,

(…)
Los hombres decían cantares,
los ángeles melodía,
festejando el desposorio
300. que entre tales dos había.
Pero Dios en el pesebre
allí lloraba y gemía,
que eran joyas que la esposa
al desposorio traía.
305. Y la Madre estaba en pasmo
de que tal trueque veía:
el llanto del hombre en Dios,
y en el hombre la alegría,
lo cual del uno y del otro
tan ajeno ser solía.

(Romance sobre la Encarnación del Verbo)


domingo, 7 de diciembre de 2025

“Alégrate, llena de gracia” (Lc 1, 26-38)


 En medio de nuestro mundo, que tantas veces percibimos manchado por noticias de corrupción, de violencia, de injusticia, levantamos la mirada hacia María, la llena de gracia.

Contemplamos a María, que con su Sí abre la historia de la humanidad a Dios, a su salvación. Y en ese Sí humilde y lleno de disponibilidad, atisbamos una vida transparente a la acción de Dios, libre de intereses, de interferencias que obstaculicen u opaquen su obrar.

Miramos a María, la madre de misericordia, la que Jesús nos ha dado por madre. En ella encontramos plenamente realizada la obra de la gracia, del Amor de Dios, que en nuestras vidas va afanosamente realizándose.

Y por eso María es para nosotros luz de esperanza. Como escuchamos en la carta de Pablo a los Efesios, sabemos que Dios nos ha llamado a participar de esa plenitud de vida. A través de Jesucristo, “El nos ha destinado a ser sus hijos”, a ser santos e intachables ante él por el amor”.

Y le pedimos a María, la llena de gracia, que nos enseñe a abrir nuestra vida a la gracia de Dios, a su amor.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

“Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos" (Mt 3, 1-12)

 

El Adviento nos habla de una esperanza que es fuente de ánimo y consuelo en nuestra vida, como dice S. Pablo (Rom 15,4). Del reinado de Dios, que anuncia el profeta Isaías, con un lenguaje poético, lleno de hermosura. Un reinado que llega humildemente, en signos pequeños, pero trae la fuerza del Espíritu Santo, para instaurar paz, para transmitirnos la Vida de Dios.

Esta esperanza es apertura a una realidad nueva. Y por ello implica un cambio en nuestras vidas. Nos llama a la conversión. El Reino de Dios está cerca, pero para entrar en él, y para que él se haga presente en nuestro mundo, hay un paso que nosotros hemos de dar. Juan el Bautista nos llama a preparar el camino para aquél que viene a nosotros. Remover los obstáculos que impiden que llegue. Y dar frutos de conversión: no basta con ser creyentes (“hijos de Abraham”, como él dice a los judíos), no basta con llevar el título de cristianos, ni con participar en unos ritos.

Juan anuncia ese Reino y apunta a Jesús, que viene con un bautismo de Espíritu Santo. La conversión implica también una actitud de escucha, para abrirnos a un “conocimiento del Señor” siempre nuevo, siempre mayor que lo que sabemos y vivimos de Él. Para acoger la acción del Espíritu, capaz de sorprendernos. El próximo domingo veremos al propio Juan sorprendido y perplejo, ante el Mesías que él anunciaba como juez riguroso, y que llega reflejando la misericordia entrañable de un Padre. 

La segunda lectura, en línea con esa misericordia, nos ofrece una pista de conversión: la acogida mutua, la búsqueda de la concordia. Y propone el ejemplo de Jesús, que, para llevarnos a todos más allá de la ley, para llevarnos al ámbito del amor gratuito de Dios, se sometió a la ley (la circuncisión, en ese caso). En estos tiempos de crispación, algunos frutos de conversión pueden ser el cultivar la acogida y la escucha mutua. O el acercarnos a personas de nuestro entorno (familiares, por ejemplo) que van quedando alejadas...


  Comienza Jesús su predicación, y lo hace en la periferia de Israel, en un lugar de Galilea frecuentado por gentiles. Se dirige, de forma p...